Biblia comentada.
Texto de la Nácar-Colunga.
Hechos de los Apóstoles y Epístola a los Romanos,
por Lorenzo Turrado.
Tomo VI a.
Para Usos Internos y Didácticos Solamente
Adaptación pedagógica: Dr. Carlos Etchevarne, Bach. Teol.
Contenido:
L o s H e c h o s d e l o s A p o s t ó l e s .
Introducción.
Idea general del libro. Autor. Fecha del libro. La cuestión de las fuentes. Valor histórico
del libro. Los discursos. El texto.
Introducción, 1:1-11.
Prólogo, 1:1-3. Últimos días de Jesucristo en la tierra, 1:4-8. La ascensión, 1:9-11.
I. La Iglesia en Jerusalén, 1:12-8:3.
El grupo de los apóstoles, 1:12-14. Elección de Matías, 1:15-26. Venida del Espíritu
Santo en Pentecostés, 2:1-13. Discurso de Pedro, 2:14-36. Efecto del discurso de Pedro y
primeras conversiones, 2:37-41. Vida de la comunidad cristiana primitiva, 2:42-47.
Curación de un cojo de nacimiento, 3:1-11. Discurso de Pedro al pueblo en el pórtico de
Salomón, 3:12-26. Pedro y Juan ante el sanedrín, 4:1-22. Oración de los apóstoles, 4:23-
31. Unión fraterna de los fieles, 4:32-37. El caso de Ananías y Safira, 5:1-11. Numerosos
milagros de los apóstoles y continuo. aumento de fieles, 5:12-16 Los apóstoles,
nuevamente arrestados, comparecen ante el sanedrín, 5:17-33. Intervención de Gamaliel,
5:34-42. Elección de los siete diáconos, 6:1-7. Esteban, conducido ante el sanedrín, 6:8-
15. Discurso de Esteban, 7:1-53. Martirio de Esteban, 7:54-60. Persecución contra la
Iglesia, 8:1-3.
II. Expansión de la Iglesia Fuera de Jerusalen 8:4-12:25.
Predicación del diácono Felipe en Samaría 8:4-8. Simón el Mago, 8:9-25. Bautismo del
eunuco etíope, 8:26-40. Saulo, camino de Damasco, 9:1-2. La conversión de Saulo, 9:3-9.
Saulo y Anemias, 9:10-19. Predicación de Saulo en Damasco, 9:19-25. Visita de Saulo a
Jerusalén y regreso a Tarso, 9:26-30. Correrías apostólicas de Pedro, 9:31-43. El
centurión Cornelio, 10:1-8. Misteriosa visión de Pedro, 10:9-23. Pedro en casa de
Cornelia, 10:23-33. Discurso de Pedro, 10:34-43. Bautismo de los primeros gentiles,
10:44-48. La noticia del suceso en Jerusalén, 11:1-18. Fundación de la iglesia de
Antioquía, 11:19-26. La iglesia de Antioquía envía limosnas a Jerusalén, 11:27-30.
Muerte de Santiago y prisión de Pedro, 12:1-5. Liberación milagrosa de Pedro, 12:6-17.
La muerte del perseguidor, 12:18-23. Bernabé y Saulo regresan a Antioquía, 12:24-25.
III. Difusión de la Iglesia en el Mundo Greco-Romano, 13:1-28:31.
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Bernabé y Saulo, elegidos para el apostolado a los gentiles, 13:1-3. Evangelizan la isla de
Chipre, 13:4-12. Pasan los misioneros al Asia Menor, 13:13-15. Discurso de Pablo en la
sinagoga de Antioquia, 13:16-41. Efectos del discurso de Pablo, 13:42-52. Pablo y
Bernabé en Iconio, 14:1-7. Evangelización de Listra y Derbe, 14:8-20. Regreso a
Antioquía de Siria, 14:21-28. El problema de la obligación de la Ley, 15:1-2.
El concilio de Jerusalén.
Comisionados por la iglesia de Antioquía, Pablo y Bernabé suben a Jerusalén, 15:2-5.
Reunión de la iglesia de Jerusalén y discurso de Pedro, 15:6-12. Discurso de Santiago,
15:13-21. El decreto apostólico, 15:22-29. Promulgación del decreto en Antioquía, 15:30-
35.
Segundo viaje misional de Pablo, 15:36-18:22.
Separación de Pablo y Bernabé, 15:36-41. Llega Pablo a Licaonia acompañado de Silas,
en Listra tornan por compañero a Timoteo, 16:1-5. A través del Asia Menor, 16:6-10.
Pasan los misioneros a Europa, deteniéndose en Filipos, 16:11-15. Prisión de Pablo y
Silas, 16:16-24. Liberación milagrosa de los misioneros, 16:25-40. En Tesalónica, 17:1-9.
En Berea, 17:10-15. Pablo, en Atenas, 17:16-21. Discurso en el Areópago, 17:22-34.
Pablo, en Corinto, 18:1-11. Es acusado ante Gallón, 18:12-17. Regreso a Antioquía,
18:18-22.
Tercer viaje misional de Pablo, 18:23-28.
Pablo y Apolo, 18:23-28. Pablo en Efeso, 19:1-20. Motín contra Pablo, 19-21-40. Pablo
deja Efeso, recorriendo Macedonia y Grecia, 20:1-5. La “fracción del pan” en Tróade,
20:6-12. De Tróade a Mileto, 20:13-16. Discurso de Pablo en Mileto, 20:17-38. De
Mileto a Jerusalén, 21:1-16.
El Prisionero de Cristo, 21:17-28:31.
Pablo en Jerusalén, 21:17-26. Prisión de Pablo, 21:27-40. Discurso de Pablo al pueblo,
22:1-21. Apela Pablo a su condición de ciudadano romano, 22:22-30. Pablo ante el
sanedrín, 23:1-11. Complot de los judíos contra Pablo, 23:12-22. Pablo es conducido a
Cesárea, 23:23-35. El proceso ante Félix, 24:1-21. Es diferida la causa, 24:22-27. Nuevo
proceso ante el procurador Festo, y apelación al César, 25:1-12. El caso de Pablo,
expuesto ante el rey Agripa 25:13-27. Discurso de Pablo, 26:1-32. Camino de Roma,
27:1-6. De las costas de Asia a la isla de Malta, 27:7-44. Parada en Malta, 28:1-10. De
Malta o Pozzaoli y Roma, 28:11-15. En Roma, 28:16-31.
E p í s t o l a s P a u l i n a s .
Introducción.
I. biografía de San Pablo. 1. El fariseo perseguidor de la Iglesia. 2. Conversión y primeras
actividades del convertido. 3. Los tres grandes viajes misionales. 4. El prisionero de
Cristo. 5. Últimos años. 6. Cronología de la vida de Pablo.
II. Las cartas.
1. Pablo, escritor. 2. Las cartas paulinas en el conjunto de la epistolografía antigua, 3. El
orden cronológico de las cartas. 4. Riqueza doctrinal. 5. Fuentes de la doctrina de
Pablo. 6. Autenticidad.
E p í s t o l a a l o s R oman o s .
Introducción.
4568
La iglesia de Roma. Ocasión de la carta. Estructura o plan general. Perspectivas
doctrinales.
Introducción, 1:1-17.
Saludo epistolar, 1:1-7. Elogio de los fieles de Roma en forma de acción de gracias a
Dios, 1:8-15, Tema de la carta, 1:16-17.
I. Justificación Por Medio de Jesucristo, 1:18.-11:36.
Culpabilidad de los gentiles, 1:18-23. El castigo divino, 1:24-32. Culpabilidad de los
judíos, 2:1-11. Ni la Ley ni la circuncisión dispensan de la rectitud. interior, 2:12-29.
Todos, judíos y gentiles, reos ante el tribunal de Dios., 3:1-20 La justificación mediante
la fe y no mediante la Ley, 3:21-31. Incluso Abraham fue ya justificado por su fe, 4:1-25.
La justificación, prenda de la salud eterna, 5:1-11. Paralelismo entre Cristo y Adán, 5:12-
21. El cristiano, unido a Cristo por el bautismo, está muerto al pecado, 6:1-14. El servicio
del pecado y el de Dios, 6:15-22. El cristiano, muerto a la Ley, 7:1-6. La Ley y el pecado,
7:7-12. La potencia maligna del pecado, 7:13-25. La vida de gracia o vida del espirita,
8:1-11. Hijos de Dios y herederos del cielo, 8:12-17. Certeza de nuestra esperanza, 8:18-
30. Himno de la esperanza cristiana, 8:31-39. La salud mesiánica y el pueblo de Israel,
9:1-5. Dios no ha sido infiel a sus promesas, 9:6-13. Ni ha sido injusto, 9:14-29. La
culpabilidad de Israel, 9:30-33. Justicia por la Ley y justicia por la fe, 10:1-13. Los judíos
son inexcusables, 10:14-21. La futura conversión del pueblo judío, 11:1-32. Himno final
de rendido homenaje a la grandeza de Dios, 11:33-36.
II. Exigencias Morales de la Justificación, 12:1-15:13.
Lo que debe ser la vida del cristiano, 12:1-2. Cada cristiano debe sentir modestamente de
sí, contentándose con la función que le haya sido asignada en la comunidad, 12:3-8.
Consejos de vida cristiana, centrados en la práctica de la caridad, 12:9-21. Obediencia a
los poderes públicos, 13:1-7. De nuevo el precepto de la caridad, 13:8-10. Exhortación a
la vigilancia, 13:11-14. Un caso de conciencia: los “fuertes” y los “débiles”, 14:1-23. El
ejemplo de Jesucristo, 15:1-13.
Epilogo, 15:14-16:27.
Excasas por haber escrito, 15:14-21. Proyectos de viaje, 15:22-33. Recomendaciones y
saludos, 16:1-24. La gran doxología final, 16:25-27.
Los Hechos de los Apóstoles.
Introducción.
Idea general del libro.
En los manuscritos griegos antiguos suele aparecer este libro bajo el título de Πράξεις
αποστόλων, ο sea, Hechos de Apóstoles; algunos manuscritos añaden el artículo, “Hechos de los
Apóstoles,” y otros ponen simplemente “Hechos.” En los manuscritos latinos es llamado “Actus
Apostolorum,” o también “Acta Apostolorum.” 1 Títulos de esa clase estaban entonces muy en
uso en la literatura helenística. Así, tenemos las Πράξεις Αλεξάνδρου, de Galístenes; y las
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Πράξεις 'Αννίβα, de Sósilo. No se trataba en estos libros de presentar una biografía o historia
completa del personaje aludido (Alejandro o Aníbal), sino simplemente de recoger las gestas más
señaladas; es precisamente lo que hace también Lucas respecto de los personajes por él elegidos,
los apóstoles. Claro que, en realidad, el título no corresponde del todo al contenido, pues, de
hecho, Lucas apenas habla de otros apóstoles que de Pedro y Pablo; pero todo da la impresión de
que Lucas presenta a los “apóstoles” como colegio (cf. 1:2.26; 2:14; 5:18; 6:2; 8:14; 9:27; 11:1;
15:2), de ahí que le baste con detenerse en sus portavoces y figuras capitales 2.
El libro es de importancia suma para la historia del cristianismo, pues nos presenta a éste en ese
momento clave en que comienza a desarrollarse.
Con razón se ha dicho que este libro es como una continuación de los Evangelios y una
prolusión a las Epístolas. En efecto, los Evangelios terminan su narración con la muerte, resurrección
y ascensión de Jesucristo; a su vez, las Epístolas (paulinas y católicas) suponen ya más o
menos formadas las comunidades cristianas a las que van dirigidas; pues bien, a llenar ese espacio
intermedio entre Evangelios y Epístolas, hablándonos de la difusión del cristianismo a partir
de la ascensión del Señor a los cielos, viene el libro de los Hechos.
El tema queda claramente reflejado en las palabras del Señor a sus apóstoles: “Descenderá
el Espíritu Santo sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda la Judea, en Samaría
y hasta los extremos de la tierra” (1:8). En efecto, a través del libro de los Hechos podemos ir
siguiendo los primeros pasos de la vida de la Iglesia, que nace en Jerusalén y se va extendiendo
luego gradualmente, primero a las regiones cercanas de Judea y Samaría y, por fin, al mundo todo.
Esta salida hacia la universalidad implicaba una trágica batalla con el espíritu estrecho de la
religión judía, batalla que queda claramente reflejada en el libro de los Hechos y que pudo ser
ganada gracias a la dirección y luces del Espíritu Santo, como constantemente se va haciendo
notar (cf. 6:1-14; 11:1-18; 15:1-33).
Tan en primer plano aparecen las actividades del Espíritu Santo, que no sin razón ha sido
llamado este libro, ya desde antiguo, el evangelio del Espíritu Santo 3. Apenas hay capítulo en
que no se aluda a esas actividades, cumpliéndose así la promesa del Señor a sus apóstoles de que
serían “bautizados,” es decir, como “sumergidos” en el campo de acción del Espíritu Santo (1:5-
8). Con su efusión en Pentecostés se abre la historia de la Iglesia (2:4.33), interviniendo luego
ostensiblemente en cada una de las fases importantes de su desarrollo (cf. 4:8-12; 6:5; 8:14-17;
10:44; 11:24; 13:2; 15:8.28). El es quien ordena (8:29; 10:19-20; 13:2; 15:28), prohíbe (16:6-7),
advierte (11:27; 20:23; 21:11), da testimonio (5, 32), llena de sus dones (2:4; 4:8.31; 6:5.10;
7:55; 8:17; 9:17. 31; 10:44; 11:15; Ι3:9·52; 19:6; 20:28), en una palabra, es el principio de vida
que anima todos los personajes. Los fieles vivían y como respiraban esa atmósfera de la presencia
del Espíritu Santo. Por eso, como la cosa más natural, dirá San Pedro a Ananías que con su
mentira ha pretendido engañar al Espíritu Santo (5:3); y como la cosa más natural también, San
Pablo se extrañará de que en Efeso unos discípulos digan que no saben nada de esas efusiones
del Espíritu Santo (19:2-6). Tan manifiesta era su presencia en medio de los fieles, que Simón
Mago trata de comprar por dinero a los apóstoles ese poder con que, por la imposición de manos,
comunicaban el Espíritu Santo (8:18).
Atendiendo a la materia misma del libro, más bien que a posibles intenciones del autor,
de interpretación siempre problemática, podemos distinguir tres partes:
I. La Iglesia en Jerusalén (1:1-8:3). — Ultimas instrucciones de Jesús (1:1-8). — En espera
del Espíritu Santo (1:9-26). — La gran efusión de Pentecostés (2:1-41). — Vida de los primitivos
fieles (2:42-47). — Actividades de los apóstoles y persecución por parte del Sanedrín
(3:1-5:42). — Elección de los siete diáconos y martirio de Esteban (6:1-7:60). — Dispersión de
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la comunidad jerosolimitana (8:1-3).
II. Expansión de la Iglesia fuera de Jerusalén (8:4-12:25). — Predicación del diácono
Felipe en Samaría (8:4-25). — Bautismo del eunuco etíope (8:26-40). — Conversión y primeras
actividades de Saulo (9:1-30). — Gorrerías apostólicas de Pedro (9:31-43). — Conversión en
Cesárea del centurión Cornelio (10:1-11:18). — Fundación de la iglesia de Antioquía (11:19-30).
— Persecución de la iglesia en Jerusalén bajo Herodes Agripa (12:1-25).
III. Difusión de la Iglesia en el mundo grecorromano (13:1-28, 31). — Bernabé y Saulo,
elegidos para el apostolado a los gentiles (13:1-3). — Viaje misional a través de Chipre y Asia
Menor (13:4-14:20). — Regreso de los dos misioneros a Antioquía (14:21-28). — El problema
de la obligación de la Ley discutido en Jerusalén (15:1-29). — Alegría de los fieles antioquenos
por la solución dada al problema (15:30-35)· — Segundo gran viaje misional de Pablo, que, atravesando
Asia Menor y Macedonia, llega hasta Atenas y Corinto (15:35-18:17). — Regreso a Antioquía
(18:18-22). — Tercer gran viaje misional, con parada especial en Efeso (18:23-19:40). —
Sigue a Macedonia y Grecia, regresando luego a Jerusalén (20, i-21:16). — Pablo es hecho prisionero
en Jerusalén (21:17-23:22). — Su conducción a Cesárea, donde permanece dos años preso
(23, 23-26:32). — Conducción a Roma, donde sigue preso otros dos años (27:1-28:31).
Como fácilmente podrá observarse, en las dos primeras partes, el personaje central es Pedro,
y el marco geográfico queda limitado a Jerusalén, extendido luego, en la segunda parte, a
Palestina y Siria; en cambio, la tercera parte tiene por personaje central a Pablo, rompiendo definitivamente
con ese marco geográfico limitado de las dos primeras partes para llegar hasta Roma,
capital del mundo gentil.
No se nos da, pues, una historia completa de los orígenes de la difusión del cristianismo.
De hecho, nada se dice de las actividades de la gran mayoría de los apóstoles, e incluso respecto
de Pedro se guarda absoluto silencio por lo que toca a su apostolado fuera de Palestina. Tampoco
se dice nada de la fundación de ciertas iglesias importantes, como la de Alejandría o la de Roma,
cuya fe cristiana es ciertamente anterior a la llegada de San Pablo a esa ciudad. Incluso queda
también en penumbra el origen de las iglesias de Galilea (9:31), que sigue siendo un enigma. Recientes
tentativas han querido vincularlas a la vida pública de Jesús o a las apariciones en Galilea.
Nada podemos decir con certeza; pero, a pesar de sus lagunas, ningún otro libro nos ofrece
un cuadro tan completo, dentro de lo que cabe, de la vida de la Iglesia primitiva en sus dogmas,
en su jerarquía y en su culto.
Autor.
La cuestión de autor puede decirse que no ha sido discutida hasta fines del siglo XVIII y
principios del XIX. Unánimemente se consideró siempre a Lucas, compañero y colaborador de
Pablo (cf. Gol 4:14; Flm 24; 2 Tim 4:11), como autor del libro de los Hechos. Tenemos de ello
testimonios explícitos a partir de mediados del siglo II, pertenecientes a las más diversas iglesias,
prueba inequívoca de una tradición más antigua, que se remonta hasta las mismas fechas de la
composición del libro 4.
De otra parte, el análisis del libro nos confirma en la misma idea. Nótese, en primer lugar,
que el libro se presenta como complemento a otra obra anterior sobre los hechos y dichos de Jesús
y está dedicado a Teófilo (1:1-2); pues bien, ese libro anterior no parece pueda ser otro sino
el tercer evangelio, dedicado también al mismo personaje (cf. Lc 1:1-4). Además, un examen
comparativo de ambos libros bajo el aspecto lexicográfico y de estilo nos lleva claramente a la
misma conclusión; dicho examen ha sido hecho repetidas veces por autores de las más diversas
tendencias, dando siempre como resultado una interminable lista de palabras y construcciones
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gramaticales comunes, que revelan ser ambas obras de un mismo autor, el cual ha empleado en
ellas su habitual patrimonio lingüístico, diferente siempre del de cualquier otro escritor5. Incluso,
al igual que en el tercer evangelio (4:38; 5:18; 22:44), también en los Hechos encontramos términos
más o menos técnicos de carácter médico (cf. 3:7; 9:18; 28:8). Todo ello prueba que es
uno mismo el autor de ambas obras; de donde, si el autor del tercer evangelio es Lucas, ese mismo
ha de ser también el de los Hechos, y los argumentos en favor de la paternidad lucana del tercer
evangelio pasan, ipso fació, a ser argumentos en favor de la paternidad lucana de los Hechos.
A este mismo resultado, sin salimos del examen interno del libro, podemos llegar también
por otro camino, tomando como punto de partida las “secciones nos” o pasajes en primera
persona de plural. Esos pasajes aparecen de improviso en la trama lógica de la narración (16:10-
17; 20:5-15; 21:1-18; 27:1-28:16), presentándose el narrador como compañero de Pablo, presente
en los acontecimientos allí descritos. Pues bien, si examinamos, a través de Hechos y Epístolas,
quiénes fueron los compañeros de Pablo durante los períodos a que se refieren las “secciones
nos,” fácilmente llegará también a la conclusión de que, entre esos compañeros, únicamente Lucas
pudo ser el autor de dichas narraciones. En efecto, quedan excluidos Sópatros, Aristarco, Segundo,
Gayo, Timoteo, Tíquico y Trófimo, pues todos éstos se separan de Pablo antes de llegar a
Tróade y, sin embargo, la narración prosigue en primera persona de plural (20:4-6); queda también
excluido Silas, pues éste acompañaba ya a Pablo desde Antioquía al comenzar su segundo
viaje apostólico (cf. 15:40), mientras que la narración en primera persona de plural no comienza
hasta que llegan a Tróade (16:10). Además le excluimos, e igualmente a Tito, porque ni Silas ni
Tito parece que acompañaran a Pablo en su viaje a Roma, donde nunca aparecen con él, y, sin
embargo, la narración está hecha en primera persona de plural (27:1-28:16). Por el contrario, de
Lucas, no mencionado nunca por su nombre en los Hechos, igual que Juan en el cuarto evangelio,
sabemos ciertamente que estaba con Pablo en Roma durante la cautividad que siguió a este
viaje (Col 4:14; Flm 24), de donde cabe concluir que él es el compañero y colaborador de Pablo
que se oculta bajo esa primera persona de plural de las “secciones nos.”
Esto supuesto, es fácil ya dar el salto a todo el libro. Para ello bastará demostrar que las
características de lengua y estilo propias de las “secciones nos” se encuentran igualmente en las
restantes páginas de los Hechos; de ser ello así, como pacientes y minuciosos exámenes comparativos
han demostrado, lógicamente cabe deducir que el autor que habla en primera persona en
las “secciones nos” es el mismo que habla en tercera en el resto del libro. El cambio de persona
se explica sencillamente porque Lucas, autor del libro, con perfecta unidad de plan desde un
principio, ha querido indicar de este modo ser testigo ocular de algunos de los hechos que narra.
Incluso es posible, conforme expondremos luego al hablar de la cuestión de las fuentes, que esas
“secciones nos” sean una especie de “diario de viaje,” redactado precedentemente e incorporado
luego al libro sin cambio siquiera de persona.
De hecho, que Lucas sea el autor de este libro sigue afirmándose, no sólo por la inmensa
mayoría de los autores católicos (Jacquier, Wikenhauser, Pirot, Ricciotti, Renié, Dessain, Cerfaux),
sino también por bastantes críticos acatólicos (Harnack, Weiss, Zahn, Ramsay, Blass, Dibelius,
Trocmé..)· Sin embargo, otros muchos (Schleiermacher, Baur, Welhausen, Norden, Goguel,
Windisch, Haenchen, Kümmel..) niegan abiertamente a Lucas la paternidad del libro de los
Hechos. Dicen que Lucas no puede ser autor del libro, al menos del libro en su conjunto, pues
hay en él narraciones que suponen un largo proceso de evolución, como son todas las que se refieren
a milagros e intervenciones sobrenaturales; éstas se habrían ido formando poco a poco entre
el pueblo, y habrían sido recogidas más tarde por un autor desconocido, que habría sido, valiéndose
de documentos de diversa procedencia, el autor del libro. Ni hay inconveniente en admi4572
tir, según muchos de ellos, que alguno o algunos de esos documentos tengan por autor a Lucas 6.
En apoyo de esta tesis, se insistirá luego mucho en ciertas diferencias entre Hechos y
Epístolas paulinas, lo que daría claramente a entender que no puede tratarse de un compañero y
colaborador de Pablo, como se supone que fue Lucas. Esas diferencias no se refieren sólo al aspecto
histórico, con noticias relativas a la vida de Pablo (cf. Act 15:1-29 = Gal 2:1-14), sino
también al aspecto teológico, con concepciones radicalmente opuestas a las del Apóstol7. Y así,
mientras en Act 17:22-31 se presupone una teología natural que permite disculpar la ignorancia
religiosa de los paganos, en Rom 1:18-32 se les hace inexcusables; igualmente, mientras en varios
pasajes de los Hechos se presenta a un Pablo con absoluta fidelidad a la Ley judía (16:3;
21:24-26; 22:3; 24:14-16; 26:4-7), en sus Cartas sostiene él la tesis contraria (Rom 2-7; Gal 3-4;
Fil 3, 2-10). Lo mismo se diga respecto de la cristología; pues, mientras en los Hechos tenemos
una cristología de clara marca adopcionista (cf. 2:36; 5:31; 13:19-37), en las Cartas el título
“Hijo de Dios” incluye la preexistencia y tiene carácter metafísico (cf. Rom 1:3; 8:3; Gal 1:16;
4:4).
Por lo que se refiere a la unidad de estilo entre las “secciones nos” y el resto del libro,
niegan que de ahí se deduzca que hayamos de identificar necesariamente ambos autores, el del
libro y el de las “secciones nos”; pues dicha unidad puede muy bien ser debida al redactor final,
que habría revestido de su propio estilo las narraciones todas del libro, incluso las que procedían
de ese documento o “secciones nos,” especie de diario de viaje, escrito por alguno de los acompañantes
habituales de Pablo 8. Por lo demás, para muchos críticos actuales, ese diario de viaje o
documento primitivo no sólo incluiría las “secciones nos,” sino otros muchos relatos referentes a
la actividad misional de Pablo, lo cual explicaría también en gran parte la unidad literaria entre
las “secciones nos” y el resto del libro 9.
¿Qué pensar de todo esto? Comencemos con una observación de carácter general. Nuestra
actitud al estudiar el libro de los Hechos no puede ser nunca la misma, querámoslo o no, que
la de quien considera lo sobrenatural como inconciliable con el pensamiento científico moderno.
Unos y otros podremos recorrer juntos grandes trozos de camino y buscar fuentes, influjos de acá
o de allá, intenciones apologéticas del autor..; pero hay un punto en que no podemos coincidir, y
es el de que muchos críticos dan por descartado que el hecho milagroso pueda ser históricamente
real, y nosotros, aunque nos tachen de “hipocríticos,” ni podemos ni debemos descartar esa hipótesis,
que por otra parte parece obvio que fuera la primera en considerar. Esto hará que la problemática
no sea siempre la misma para nosotros y para ellos, al estudiar determinadas narraciones
del libro de los Hechos y el largo proceso de evolución que dicen suponer.
A este respecto nos parece muy acertada la observación de M. Zervvik, al reseñar una
obra de G. Lohfink sobre los relatos de la conversión de San Pablo. Dice el P. Zervvik que, si
somos sinceros, reconoceremos que incluso nosotros, hijos de nuestro tiempo, parece que sentimos
cierta aversión a explicar los hechos por la intervención divina. No negamos que esa intervención
pueda darse, pero preferimos, un poco pudorosos, explicar todo basándose en tradiciones
oscuras, que se desarrollan bajo estos o aquellos influjos. Y añade: “en modo alguno negamos
que tales evoluciones se han dado muchas veces, y en ocasiones pueden tocarse hasta casi
con las manos; de ahí la legitimidad, o mejor, la necesidad del método morfocrítico.. Pero, a veces,
¿no resulta mucho más lógico explicar el hecho por la intervención milagrosa?” La objeción
que aquí hacemos, concluye Zervvik, “non est principii, sed applicationis vel potius formae mentís”
9*.
Por lo que respecta ya concretamente a las diferencias entre Hechos y Pablo, no debemos
exagerar. Con mucha razón escribe E. Trocmé: “Estas diferencias son importantes y sería absur4573
do negarlo. Pero hay que decir que con bastante frecuencia han sido ridiculamente exageradas,
sobre todo por los críticos, que, como los de la escuela de Tubinga, se forjaban una falsa idea de
Pablo y de su teología. La enérgica reacción de Harnak, no obstante sus excesos” tuvo el mérito
de poner las cosas en su sitio. Nadie sostiene hoy día que el libro de los Hechos nos dé una imagen
de la vida del Apóstol de los gentiles radicalmente incompatible con la que nos dan las Cartas.”
10 Así lo creemos también nosotros, y en su lugar respectivo del comentario lo iremos
haciendo notar. Lo que sucede es que Lucas en los Hechos y Pablo en las Cartas cuentan las cosas
cada uno según su punto de vista, que no siempre es idéntico, y recogen precisamente aquellos
datos que más interesan a la finalidad que pretenden, sin que por eso falten a la verdad histórica.
Si el Pablo de las Cartas parece haber roto radicalmente con su pasado judaico, mientras que
el de los Hechos sigue mostrando veneración hacia la Ley, téngase en cuenta que en las Cartas,
a veces, abiertamente polémicas, Pablo trata de defender la pureza del Evangelio contra las
teorías judaizantes y, por consiguiente, la imagen formada a base de sólo esos pasajes, tiene que
resultar necesariamente unilateral. En ocasiones, también el Pablo de las Epístolas muestra gran
amor hacia su pueblo (cf. Rom 9:1-5; 11:1-36; 2 Cor 11:18-22) y sabe hacerse judío con los judíos
(1 Cor 9:20).
Por lo demás, el hecho de esas diferencias, más que restar valor, confirma la tesis de la
paternidad lucana del libro; pues sería realmente inexplicable que un autor posterior anónimo, sin
vinculación alguna con el Apóstol ni con los acontecimientos, hubiera obrado tan independientemente
de la perspectiva que presentan las Cartas paulinas.
Por lo que se refiere al otro aspecto de la cuestión, es a saber, atribuir a la fuente primitiva y a la
habilidad del redactor final la unidad de estilo entre las “secciones nos” y el resto del libro, nos
parece una hipótesis sin base ninguna sólida. Lo más obvio es atribuir toda la obra a Lucas, compañero
de Pablo, como desde el principio nos vienen diciendo los testimonios de la tradición.
Además, si es que el redactor final del libro no fue testigo ocular y retocó sin escrúpulo alguno
sus fuentes, ¿cómo explicar que conservara las “secciones nos” en primera persona de plural?
Creemos que el empleo de ese “nosotros,” trátese simplemente de procedimiento literario o de
que se recoge un documento anterior, no tiene otra explicación sino la de que quien escribió el
pasaje fue testigo ocular de los acontecimientos descritos.
Fecha del libro.
Este punto de la fecha de composición del libro, una vez admitido que el autor es Lucas,
es realmente de importancia muy secundaria. Lo verdaderamente importante es el hecho de que
lo escribiera Lucas, contemporáneo de los hechos que narra, y de muchos de ellos testigo ocular;
el que lo escribiera unos años antes o unos años después no afecta en nada al valor de la narración.
De ahí que no se aluda siquiera a ello en los testimonios externos antiguos referentes al autor
del libro de los Hechos.
Nuestra única base de argumentación ha de ser el examen interno del libro, cosa que vamos
a hacer a continuación.
Ante todo, notemos que este libro está escrito después del tercer evangelio, al cual se
hace explícita alusión (1:1); y que el tercer evangelio, según tradición antiquísima sólidamente
documentada, es posterior cronológicamente al de Marcos, y éste, a su vez, al de Mateo. Si supiéramos,
pues, la fecha de composición de los tres primeros evangelios, tendríamos ya un dato
positivo, al menos como término a quo, para comenzar a buscar la fecha de composición de los
Hechos; pero desgraciadamente, a pesar de los numerosos estudios hechos a este respecto, la fecha
exacta de composición de los Evangelios sigue siendo bastante problemática, hasta el punto
4574
de que es corriente entre los autores proceder a la inversa, es decir, establecer primero la fecha de
composición de los Hechos y luego yendo hacia atrás, deducir la fecha de composición de los
Evangelios 11. Hay que buscar, pues, otro camino.
Un indicio no despreciable de que la fecha de composición del libro de los Hechos hay
que ponerla bastante temprano podemos verlo en el hecho de que la perspectiva de la narración
en los capítulos 11-15, Por lo que se refiere a ciertos episodios de la vida del Apóstol, difiere
bastante de la de las Epístolas paulinas, lo que da claramente a entender que Lucas no utilizó estas
Epístolas para la composición de su libro, sin duda porque, aunque tuviese conocimiento de
su existencia, no pudo tenerlas a mano por no haber sido aún coleccionadas y difundidas por las
diversas iglesias. Claro que la conclusión deducida de este hecho no puede ser sino bastante genérica.
Hay un indicio que puede ayudarnos a concretar más, y es la manera como se habla de
Jerusalén y de los judíos, en general, sin que se deje traslucir por ningún lado la gran catástrofe
del año 70. Esto, desde luego, sería muy difícil de explicar si el libro hubiera sido compuesto
después de esa fecha; tanto más que la destrucción de Jerusalén y del templo le habría ofrecido a
Lucas un eficaz argumento en apoyo del universalismo cristiano y de la abrogación de la Ley
mosaica. ¿Cómo, en tantas ocasiones como se le presentaban, no iba a hacer alguna alusión?
Todavía podemos descender más. En el verano del año 64 estalla en Roma el terrible incendio
que destruyó diez de las catorce regiones o distritos de la ciudad. Como es sabido, se echó
la culpa a los cristianos y, a partir de ese momento, comenzaron las persecuciones por parte de
las autoridades imperiales contra la nueva religión; pues bien, si el libro de los Hechos hubiera
sido escrito después de esa fecha del 64, es muy difícil que, con alguna referencia o alusión, no
se dejara traslucir ese estado de ruptura con el imperio, al que, por el contrario, en el libro de los
Hechos se presenta siempre en plan benévolo, que permite incluso a Pablo predicar libremente
durante su prisión. Esto parece exigir para la composición del libro de los Hechos una fecha anterior
al verano del 64; lo cual podemos ver confirmado en un nuevo indicio; es, a saber, la manera
como se nos transmite el discurso de Mileto, con la predicción de Pablo de que no volvería
a Efeso (20:25), predicción que luego fue desmentida por los hechos, cosa que Lucas, sin duda,
no habría dejado de observar, si hubiese escrito después de la vuelta del Apóstol a Asia.
Queda todavía otro dato, que muchos consideran decisivo en orden a determinar la fecha de
composición de este libro. Nos referimos al modo brusco como termina la narración (28:30-31),
sin que se nos diga cuál fue el resultado de la causa de Pablo. Este silencio, dicen, no tiene explicación
si, cuando se escribió el libro, había terminado ya el proceso en Roma y estaba fallada la
causa; por consiguiente, la fecha de composición ha de ponerse al final de la primera cautividad
romana de Pablo, cuando éste llevaba ya “dos años” en prisión (28:30), pero aún no había concluido
el proceso; concretamente, a fines del 62 o principios del 63.
Esta manera de interpretar el final de los Hechos ha sido la tradicional desde tiempos ya
de Eusebio y San Jerónimo. La Comisión Bíblica la recoge como iure et mérito retinenda. Sin
embargo, esa interpretación ha comenzado a ser puesta en duda por parte también de autores católicos
(Wikenhauser, Dupont, Boismard..), que buscan otra explicación a ese final12. Anteriormente,
algunos críticos como F. Spitta y Th. Zahn, explicaban ya ese silencio de Lucas sobre el
resultado del proceso de Pablo, no porque éste no hubiera tenido ya lugar, sino porque Lucas
pensaba escribir un tercer libro (cf. el πρώτος y no πρότερος de Act 1:1), que habría de comenzar
precisamente en ese punto de la vida de Pablo.
Desde luego, la interpretación tradicional no parece resolver el problema de ese silencio
de Lucas sobre el proceso de Pablo. ¿Por qué no aguardó a que terminara el proceso ? ¿Es que
tenía apuro para que su libro sirviera algo así como de defensa forense en el juicio? Pero ni el
4575
libro tiene carácter de defensa forense, ni se explicaría por qué Lucas habría esperado a que pasasen
“dos años enteros de prisión” (28:30), cuando el desenlace era ya algo previsto (cf. Fil
1:25; 2:24; Film 22). Por lo demás, siempre quedaba el recurso de haber completado siquiera
brevemente el libro después. Más bien creemos que es otra la explicación. En efecto, todo da la
impresión de que, cuando Lucas terminó su libro, Pablo no estaba ya preso. La misma expresión
“permaneció dos años enteros en la casa que había alquilado” (28:30), da claramente a entender
que al escribir Lucas esa frase, la situación de Pablo ya había cambiado. Creemos que, si no se
detiene a narrar el proceso de Pablo, no es porque pensara escribir otro libro, hipótesis para la
que no hay base alguna, sino sencillamente por razones literarias de composición. Con la llegada
de Pablo a Roma, centro del mundo gentil, quedaba concluido el plan que se había propuesto de
narrar la historia de la difusión del cristianismo hasta hacerse religión universal (cf. 1:8); si
termina de modo vago, sin detallar el apostolado de Pablo durante esos “dos años,” es porque
quiere despedir así genéricamente a su personaje, para no verse como obligado a continuar la
historia del Apóstol, de modo parecido a como había hecho con Pedro, al terminar la primera
parte de los Hechos (cf. 12:17). Ni es cierto que Lucas no diga nada del resultado de la causa de
Pablo, pues conforme explicaremos al comentar Act 28:30-31, la expresión “dos años enteros”
(διετία) vendría a significar, en fin de cuentas, que Pablo consiguió la libertad después de un
“bienio” de prisión, que parece ser era el plazo máximo de una detención preventiva. Con todo,
aunque de este final de la narración nada pueda deducirse en orden a la fecha de composición del
libro, sí que podrá hacerse a base de las otras razones antes apuntadas: modo de hablar de Jerusalén,
de las autoridades romanas, de la predicción de Pablo en su discurso de Mileto. Todo ello da
a entender que el libro de los Hechos debe estar escrito poco después de haber terminado el proceso
de Pablo en Roma y antes de que, hacia el año 64, emprendiera de nuevo sus viajes por
Oriente.
La cuestión de las fuentes.
Aparte los hechos de los que el mismo Lucas pudo ser testigo ocular, es evidente que en
el libro de los Hechos, particularmente en los quince primeros capítulos, hay muchos episodios
que Lucas sólo pudo haber conocido a través de información ajena. ¿Será posible determinar la
naturaleza de esas fuentes o medios de información?
Comencemos por afirmar que, hablando en teoría, las informaciones podían llegar a Lucas
por tres caminos: conversaciones directas con testigos oculares (Pedro, Pablo, Juan, Santiago,
Felipe..), tradiciones orales sueltas, de acá o de allá, en torno a determinados episodios, y
documentos escritos. Es muy probable que de los tres modos el autor del libro de los Hechos, con
su acostumbrado afán de búsqueda y seriedad (cf. Lc 1:3), se haya procurado sus informaciones.
Todo da la impresión, dado el vocabulario diferente de algunas perícopas e incluso ciertas frasespuente
para unir unas narraciones con otras (cf. 6:7; 9:31; 12:24), de que Lucas recogió en su
libro narraciones que provenían de diversas partes, cuyos vestigios se dejarían traslucir gracias a
la fidelidad con que, dentro de cierta libertad de adaptación y encuadramiento en el conjunto, las
habría reproducido. Es muy posible que las narraciones de los c.1-5, en que el horizonte está limitado
a Jerusalén y al templo, provengan de fuentes judío-cristianas conservadas en la comunidad
de Jerusalén; por el contrario, lo relativo a los orígenes de la iglesia de Antioquía (11:19-30;
13:1-3), y quizás también a la institución de los diáconos y a la conversión de Saulo (c.6-7 y 9),
en que el punto de vista es ya mucho más universalista, se conservara en Antioquía, ciudad que
sirvió como de centro de operaciones en los grandes viajes apostólicos de San Pablo, con una
comunidad cristiana muy floreciente, de la que parece era originario San Lucas. Lo relativo a los
4576
hechos de Felipe (c.8) y a los viajes misionales de Pedro (10:1-11:18), es posible que proceda de
Cesárea, en la que residió Felipe (cf. 21:8) y en la que tuvo lugar la conversión de Cornelio (cf.
10:1).
Claro que en todo esto, si tratamos de aquilatar, apenas podremos salir del terreno de las
conjeturas. Hasta no hace muchos años esta cuestión de las fuentes estaba muy en primer plano
entre los críticos. Hablaban unos (B. Weiss, F. Spitta, Feine, Knopf) de dos fuentes principales:
judiopalestinense y paulina; otros (A. Hilgenfeld, C. Ciernen) distinguían tres: petrina, helenista
y paulina, o también (A. Harnack, K. Lake): cesariense-jerosolimitana, antioquensejerosolimitana
y paulina; ni faltaban (A. Loisy, H. Sahlin) quienes preferían hablar de un proto-
Lucas, que habría servido de base al autor posterior de nuestro libro, o decían (C. Torrey) que la
primera parte del libro era una traducción casi literal de una fuente aramea, hecha por el mismo
autor que redactó la segunda parte.
Hoy las cosas han cambiado. Aparte los pasajes de las “secciones nos,” problema a que
aludiremos luego, la cuestión de las fuentes se da por insoluble y, consiguientemente, inútil de
tratar. Así lo reconoce E. Trocmé, uno de los últimos críticos que han escrito sobre el tema.
“Como muy bien ha demostrado F. C. Burkitt — dice — es inútil tratar de llegar a través del texto
de los Hechos hasta el de sus fuentes. El autor de ad Theophilum no copia con suficiente fidelidad
ni el marco de conjunto ni los relatos ni los discursos que encuentra ante sí, de modo que
podamos confiar en reconstruir palabra por palabra los documentos que ha utilizado, a no ser de
manera muy hipotética y parcial.” 13 Es lo mismo de que nos advierte también J. Dupont: “Hoy
ya no se admite que sea posible discernir los diversos documentos que sin duda servirían de base
a la redacción de la primera parte de los Hechos. Escepticismo sobre la cuestión de las fuentes:
he ahí la impresión de conjunto.” 14
Hay, sin embargo, unos pasajes sobre los que, dentro del ámbito del problema de las
fuentes, se sigue escribiendo mucho. Son los pasajes o “secciones nos,” a que ya aludimos más
arriba al tratar del autor del libro. La explicación tradicional es la de que con ese “nosotros” Lucas,
autor del libro, ha querido señalar discretamente su presencia entre los compañeros de viaje
del Apóstol. Es ésta precisamente una de las puebas que hemos alegado en favor de la paternidad
lucana del libro. Fue F. Schleiermacher, a principios del siglo pasado, quien primeramente, de
manera explícita, atacó la opinión tradicional, afirmando tratarse de una fuente o documento redactado
en primera persona de plural por un compañero de Pablo y recogido luego tal cual por el
autor posterior del libro de los Hechos 15. Es la teoría que hizo suya la escuela de Tubinga (Baur,
Holsten..)” Y que ha sido también sostenida por otros críticos. A esta teoría dio un duro golpe A.
Harnack en los estudios anteriormente aludidos, asegurando que las “secciones nos” no difieren
nada, ni por la forma ni por el fondo, del resto del libro.
Valor histórico del libro.
En las numerosas referencias que los escritores cristianos, ya desde los primeros siglos,
han venido haciendo al libro de los Hechos, siempre fue considerado como libro histórico, que
nos transmite datos y noticias fidedignas sobre la Iglesia primitiva. Ello es natural. Pues todo da
la impresión de que el libro de los Hechos, atribuido a Lucas, quiere ser una obra histórica: el
estilo sobrio de sus narraciones, los innumerables datos personales y geográficos, el conjunto
todo de sus modos de información, es el que compete a los libros de esta clase.
Sin embargo, a lo largo ya de todo el siglo XIX, a este libro de los Hechos, que evidentemente
respira sobrenaturalismo, se le ha negado mucho de su valor histórico no sólo en lo relativo
a hechos milagrosos, sino también en otros muchos datos. Como motivos de duda, aparte la
4577
razón general de falta de espíritu crítico en los antiguos, se aduce el hecho del carácter apologético
del libro y el estar compuesto basándose en fuentes irresponsables más o menos legendarias.
En un principio, con la escuela de Tubinga en cabeza, se insistió sobre todo en el primer aspecto,
considerando este libro como una apología o escrito tendencioso, que desfigura los hechos reales;
más tarde, con representantes tan caracterizados como Harnack y Welhausen, se insistió
más bien en lo de las fuentes de diversa procedencia, y que el autor del libro, para muchos ciertamente
no Lucas, habría ido combinando en orden al plan que se propuso.
Actualmente, desde hace algunos años, sin dejar de tener en consideración los dos capítulos
anteriores, la cuestión del valor histórico del libro es presentado por los críticos bajo un nuevo
enfoque. En efecto, ha comenzado a aplicarse al estudio de este libro el método de la Formgeschichte,
que desde hace ya más tiempo venía aplicándose al estudio de los Evangelios; es decir,
se insiste en el origen y evolución de los diversos relatos (Formgeschichte), y al mismo tiempo
en la parte que hay que atribuir al autor del libro con su mentalidad y sus preocupaciones
(Redaktionsgeschichte). En general, ha sido abandonada la idea de señalar fuentes concretas, y se
habla más bien de relatos breves, aislados, que llegan al autor del libro en forma oral y a veces
quizá escrita; el único documento que sobrepasaría el nivel de narración popular por su longitud
y por su contenido sería el célebre “diario de viaje” de la segunda parte del libro, del que ya tenemos
noticia, por haberlo tratado antes. Esta doble corriente de ideas, la que procede del autor y
la que procede de la tradición, es la que explicaría por qué el autor del libro de los Hechos ha podido,
no obstante su admiración por Pablo, no aparecer demasiado influenciado por el pensamiento
de éste y ofrecer a sus lectores una mezcla de cristología arcaica y de teología helenística.
Así se expresan, omitiendo diferencias de detalle, M. Dibelius, W. L. Knox, W. G. Kümmel, E.
Haenchen, H. Con-Zelmann, M. Wilkens.
Es evidente que, vistas así las cosas, el valor histórico del libro de los Hechos sufre un
duro golpe. ¿Hay base suficiente para ser tan radicales? Tratemos primeramente de concretar,
basándose en indicios positivos, el carácter literario del libro.
Ya el título mismo, “Hechos de los Apóstoles,” debe ponernos en la pista. Conforme expusimos
al principio de esta introducción, este título ciertamente es muy antiguo y probablemente
fue puesto por el mismo Lucas. Al igual que en los “Hechos” de Alejandro o en los de Aníbal,
no se trata de una historia seca y fría de los acontecimientos, sino de recoger las gestas más señaladas
a las que se procura dar cierto dramatismo con una evidente intención apologética. Basta
leer, por ejemplo, la narración de la conversión de Cornelio (10:1-11; 18) o las de la conversión
de Saulo (9:1-25; 22:1-21 y 26:1-32) o el discurso de Esteban (7:1-60) para darnos cuenta de
ello. Todo el libro de los Hechos, lo mismo en su primera parte (1-12), verdadero mosaico de
episodios de toda suerte, que en la última (13-28), restringida prácticamente a los viajes apostólicos
de Pablo, deja traslucir claramente la existencia de un hilo conductor: poner de relieve el
desarrollo progresivo del cristianismo bajo la guía del Espíritu Santo. Es lo que insinúa ya el
autor desde ' un principio (cf. 1:8). Estamos convencidos de que no atender a esto, al utilizar como
datos históricos las narraciones de este libro, puede llevar a falsas deducciones. Es muy probable
que ciertos silencios, como el del incidente de Antioquía (cf. Gal 2:1-14) o el de la hostilidad
contra Pablo en Galacia y Corinto (cf. Gal 5:7-12; 2 Cor 10:8-11), se deba precisamente a
que el relato de esos episodios no interesaba para el plan del libro; al contrario, otros episodios,
como el de la conversión de Pablo o el del concilio de Jerusalén, serán puestos muy de relieve.
Este carácter histórico-apologético del libro, reflejado en el mismo tenor de las narraciones
e insinuado ya en el título, es algo que incluso deberíamos dar por supuesto, dado cómo el
mismo Lucas define su Evangelio (cf. Lc 1:1-4), del que el libro de los Hechos es presentado
4578
como complemento (cf. Act 1:1). En efecto, dice que con su Evangelio trata de instruir a Teófilo
sobre los hechos y dichos de Jesús “para que conozca la firmeza (άσφάλεισν) de la doctrina que
ha recibido” (Lc 1:4); y que lo va a hacer a base de una búsqueda minuciosa (ακριβώς) y exhaustiva
(πάσιν) sobre los acontecimientos tal como han sido transmitidos por los que “desde el principio
fueron testigos oculares (αυτότττοα) y ministros de la palabra” (Lc 1:2-3). Los términos no
pueden ser más expresivos. Es el lenguaje mismo de los historiadores clásicos que, para corroborar
la verdad de sus relatos, comienzan manifestando su método de trabajo 18.
Hay, sin embargo, en esas líneas una expresión que nos obliga a ser muy cautos: “ministros
de la palabra.” Ello quiere decir que los informes de Lucas han sido sí transmitidos por testigos
oculares, pero lo han sido en el marco de una predicación y con un fin apologético doctrinal.
Y si esto dice de su primer libro, sobre los hechos y dichos de Jesús, es obvio que apliquemos
eso mismo al segundo, que se presenta como complemento, y en el que sigue informando
a Teófilo sobre cuanto aconteció después de desaparecido el Maestro.
Conforme a lo dicho, es claro que lo que sobre todo interesa a Lucas es el mensaje religioso.
Más que a los hechos en sí, Lucas atiende a presentarlos como testimonio de la verdad de
la Revelación. Incluso es posible que el acontecimiento histórico, al igual que sucede en las narraciones
de los Evangelios, haya sido coloreado con matices teológicos de época posterior, bien
por el mismo Lucas, bien en el curso ya de la tradición. Sin embargo, nada de todo esto da derecho
a suponer que Lucas desfigura sustancialmente los hechos. Cierto que la finalidad de su
libro no es propia y directamente histórica, sino más bien apologético-doctrinal, pero siempre
con base en la historia; procede basándose en hechos históricos, realmente acaecidos, no basándose
en hechos inventados con un fin tendencioso.
Hay autores (F. Overbeck, O. Pfleiderer, J. Weiss, A. Loisy, B. S. Easton) que concretan
esa finalidad apologética del libro de los Hechos en que habría sido escrito en orden a conseguir
de las autoridades romanas que la religión cristiana fuese considerada religión lícita, con los privilegios
concedidos ya de antiguo al judaísmo; otros (M. Aberle D. Plooij, H. Sahlin) consideran
más bien este libro como una apología destinada a convencer a las autoridades romanas, que a la
sazón estarían estudiando el proceso de Pablo en Roma, de que el Apóstol no era culpable de
ningún delito político. Creemos que no hay base alguna para tales teorías; pues, en ese caso, ¿a
qué detenerse a narrar tantos acontecimientos y episodios que nada tendrían que ver con esas finalidades?
Menos aún tiene base alguna en el libro la vieja tesis de la escuela de Tubinga (Baur,
Hausrath, Holsten, Hilgenfeld), según la cual los Hechos escritos en el siglo n serían una apología
totalmente tendenciosa, donde se presenta a Pedro y a Pablo artificiosamente unánimes, con
la única finalidad de fomentar la conciliación entre las dos facciones existentes todavía entonces,
la petrina (judaizante) y la paulina (universalista).
Esta teoría, que consiguió en su tiempo bastantes adeptos entre los críticos, ha sido prácticamente
abandonada. Se reconoció pronto que ese supuesto antagonismo entre petrinismo y
paulinismo, que habría dividido a la Iglesia primitiva, no tenía la importancia ni la extensión que
se le quería atribuir. La finalidad apologética que persigue el libro de los Hechos creemos que es
de carácter más general y está ya insinuada lo mismo en el texto de Lc 1:4: .”. para que conozcas
la firmeza de la doctrina que has recibido,” que en el de Act 1:8: “seréis mis testigos en Jerusalén..
y hasta el extremo de la tierra.” En concreto: poner de relieve, con base en la historia, el
progresivo desarrollo del cristianismo hasta hacerse religión universal.
Para esta base en la historia, Lucas se hallaba en inmejorables condiciones. En efecto, toda
la segunda parte del libro (13-28) tiene por protagonista a Pablo, que Lucas mismo acompañó
en muchos de sus viajes. En cuanto a la primera parte (1-12), los acontecimientos quedaban más
4579
lejos, y Lucas hubo de valerse sin duda de informaciones ajenas; no es de extrañar, pues, que, en
general, haya menos precisión, faltando sobre todo las indicaciones cronológicas, a excepción de
un único caso, en 11:26. Cierto que apenas podemos precisar nada sobre cuáles fueran concretamente
esas fuentes de información de Lucas; pero, procedan de aquí o de allí las fuentes, es claro
que, a poca distancia aún de los hechos narrados, con su acostumbrado afán histórico (cf. Lc
1:3), Lucas estaba en condiciones de juzgar de esas fuentes, tratando de combinarlas con sus indagaciones
y noticias personales, ordenándolas y encuadrándolas en el plan de su obra. La extraordinaria
precisión, contra lo que muchos se habían imaginado, al hablar de “procónsules” en
Chipre y Acaya (13:7; 18:12), de “asiarcas” en Efeso (19:31), de “pretores” en Filipos (16:20),
de “politarcas” en Tesalónica (17:6), de “primero” en Malta (28:7), que los recientes descubrimientos
arqueológicos han demostrado, son buena prueba de la escrupulosa exactitud con que
Lucas procedía. Igual se diga de su descripción de la vida en Atenas (17:16-34) y de la del viaje
marítimo hasta Roma, cuya precisión y exactitud, hasta en los menores detalles, han sido reconocidas
umversalmente por los entendidos en estas materias. Vale la pena reproducir aquí el testimonio
del gran arqueólogo inglés Sir William Ramsay, después de largos y prolongados viajes
en Oriente y de minuciosísimas investigaciones: “Podéis escudriñar las palabras de Lucas más de
lo que se suele hacer con cualquier otro historiador, y ésas resistirán firmes el más agudo examen
y el más duro tratamiento, siempre a condición de que el crítico sea persona versada en la materia
y no sobrepase los límites de la ciencia y de la justicia.” 18*
Los discursos.
Dentro de este capítulo sobre el valor histórico de los Hechos, es necesario que nos refiramos
a toda una serie de discursos que Lucas consigna en su libro, poniéndolos en boca de Jesús,
de Pedro, Esteban, Pablo y Santiago (cf. 1:4-8.15-22; 2:14-40; 3:12-26; 4:8-12; 5:29-32; 7:2-
53; 10:34-43; 13:16-41; 15:7-21; 17:22-31; 20, 18-35; 22:1-21; 24:10-21; 26:1-29). Algunos de
estos discursos son directamente apologéticos en favor del Cristianismo o de Pablo (cf. 22:1-21);
otros, de carácter más bien misional (cf. 13:16-41); y otros, en fin, parecen dedicados a poner de
relieve un determinado momento histórico (cf. 7:2-53). Son discursos que se hallan perfectamente
enmarcados en la trama del libro, y constituyen para nosotros una fuente de valor inapreciable
en orden a conocer el pensamiento teológico de los primitivos cristianos. En estos últimos años
se ha discutido mucho sobre estos discursos y la parte que en ellos haya de atribuirse al autor del
libro 19. El punto de arranque de la cuestión, sobre todo para aquellos discursos que Lucas inserta
en momentos clave de la historia del cristianismo, ha sido la comparación con la historiografía
antigua. Es sabido, en efecto, que los historiadores clásicos (Tucídides, Jenofonte, Tito Livio)
suelen, intercalar en sus narraciones discursos libremente compuestos por ellos. Esos discursos
propiamente hablando no son históricos, puesto que no fueron de hecho pronunciados por los
personajes en cuya boca se ponen; pero sí lo son en cuanto que el historiador trata de reflejar en
ellos con absoluta fidelidad las ideas del personaje en cuestión en aquel momento histórico. Con
ello, sin que pierda la historia en exactitud, gana en vida y animación. ¿Habrá que aplicar esto
mismo o algo parecido a los discursos de Lucas en los Hechos? Algunos críticos lo afirman,
apoyados en que no pocos de estos discursos aparecen como fuera de contexto y más que dirigidos
a los oyentes de entonces parecen dirigidos a los lectores del libro. Así, por ejemplo, el largo
discurso de Esteban dentro de una escena tan tumultuosa (7:2-53) o el importante discurso de
Pablo en Atenas, donde tan escasos resultados obtiene (17:22-32). Más que pertenecer a aquellas
situaciones concretas, parece que estos discursos estuvieran puestos ahí por conveniencias del
plan de la obra: el primero, para presentar las causas concretas del rechazo de Israel en un mo4580
mento en que la nueva religión va a salir hacia el gentilismo; y el segundo, porque convenía que
fuera precisamente en Atenas, capital del mundo culto, donde el cristianismo se enfrentara con la
sabiduría pagana.
Algo semejante habría que decir del discurso de Cristo, revelando las intenciones divinas
respecto de la fundación del Reino (1:4-8), y del de Pedro subrayando la importancia de los doce
(1:15-22).
Es precisamente en los discursos donde muchos críticos actuales suelen poner la aportación
principal que hace a su libro el autor de los Hechos. Para algunos (Dodd, Dibelius, Trocmé),
estos discursos, aunque redactados por Lucas y distribuidos por él libremente acá y allá, serían
un reflejo de la predicación cristiana primitiva, lo mismo por su contenido que por su terminología,
de que encontramos también vestigios en las cartas paulinas (cf. 1 Cor 11:23-26; 15:3-7;
Rom 11:1-5); para otros (Haencken, Conzelmann, Evans) se trataría, más que de concepciones
de la Iglesia primitiva, de concepciones lucanas.
Debemos reconocer que una respuesta tajante y definitiva sobre la parte que haya de atribuirse
a Lucas no es posible. Por supuesto, a nadie se le ocurrirá sostener que se trata de reproducciones
literales de discursos así pronunciados; pero eso no significa que hayamos de pasar al
otro extremo y decir que son simplemente invenciones literarias de Lucas. Afirmar que esos discursos
no encajan en el contexto resultará siempre una afirmación bastante problemática, en la
que influye mucho lo que cada uno vaya buscando. Tampoco vemos motivo para quedarnos en la
actitud de aquellos críticos que consideran esos discursos como un reflejo de los diversos tipos
de predicación cristiana primitiva, pero que Lucas habría vinculado por su cuenta a determinados
nombres (Pedro, Esteban, Pablo) y a determinadas circunstancias. Más bien creemos que, en
cuanto al fondo, se trata de discursos realmente pronunciados' en esas circunstancias en que se
ponen, cuyo resumen conservado por tradición oral o, a veces, incluso escrita, Lucas recogió en
su libro, dentro de cierta libertad de redacción, al igual que habría hecho con otras tradiciones.
En los discursos mismos hay señales claras de autenticidad. Así, en los discursos de Pedro encontramos
algunas expresiones típicas (cf. 2:23; 5:30; 10:28), que sólo volvernos a encontrar en
sus epístolas (1 Pe 1:2; 2:24; 4:3); y más claro aún es el caso de los discursos de Pablo, cuyo
contenido y expresiones ofrecen sorprendentes puntos de contacto con sus cartas (cf. 17, 23 = 2
Tes 2:4; 20:20 = 1 Cor 10:33; 20:28 = Fil 1:1; 20:32 = Ef 1:18).
En resumen, si Lucas atribuye esos discursos a determinados personajes y en determinadas
circunstancias, no vemos por qué no admitirlo así. No se trata de que sea una reproducción
literal del discurso; basta que lo sea en cuanto al fondo. Tampoco vemos dificultad en que Lucas,
en conformidad con el plan que se ha propuesto para su libro, elija precisamente este o aquel
momento para situar un discurso que, en lo sustancial, habría sido pronunciado también en otras
ocasiones por el mismo personaje. Tal sería, por ejemplo, el caso del discurso de Pablo en Atenas
(Act 17:22-31), cuyas ideas básicas fueron seguramente el nervio de la predicación del Apóstol
ante auditorio gentil y, consiguientemente, repetidas muchas veces.
El texto.
El texto del libro de los Hechos, como en general el de los libros del Nuevo Testamento,
ha llegado a nosotros con numerosas variantes de detalle; pero, mucho más que en los otros libros,
estas variantes acusan aquí la existencia de dos formas textuales bien definidas que, aunque
no se contradicen, son fuertemente divergentes entre sí. La una está representada por los más célebres
códices griegos (B, S, A, C, H, L, P), así como por el papiro Chester Beatty (P45). Es la
que vemos usan los escritores alejandrinos, como Clemente y Orígenes, y a partir del siglo IV
4581
puede decirse que se hace general, no sólo entre los Padres orientales, sino también entre los
latinos. Suele denominarse “texto oriental,” y es el de nuestra Vulgata y el que suelen preferir las
ediciones críticas actuales. La otra está representada por el códice D, así como por la antigua versión
siríaca y las antiguas latinas anteriores a la Vulgata. También la encontramos en algunos
antiguos papiros griegos (P38 y P58). Es la que vemos usan los Padres latinos antiguos, como Ireneo,
Tertuliano y Cipriano; de ahí, la denominación de “texto occidental.”
Muchos de sus elementos añadidos dan la impresión de no ser sino simples paráfrasis o
explicaciones del texto (oriental), para hacerlo más inteligible y fluido o para hacer resaltar alguna
idea doctrinal; pero, a veces, se trata de variantes que aportan nuevos datos al relato y lo
hacen más vivo y pintoresco. Así, por ejemplo, en 12:10: “bajaron los siete peldaños”; 19:9: “de
la hora quinta a la hora décima”; 20:15: “nos quedamos en Trogilio”; 28:16: “el centurión entregó
los presos al estratopedarco.” En alguna ocasión, la variante “occidental” cambia totalmente
el sentido respecto de la “oriental”; así en el decreto apostólico (15:20.29), donde el texto occidental
da al decreto un carácter moral que no tiene en el texto oriental.
Mucho se ha venido discutiendo sobre cuál de estas dos formas textuales, la oriental o la
occidental, responde mejor al texto primitivo de Lucas. Es curiosa a este respecto la hipótesis
propuesta por F. Blass en 1894, y que luego han defendido también otros. Según este autor, ambas
formas textuales, la oriental y la occidental, se remontarían hasta Lucas, el cual primeramente
habría escrito para los fieles de Roma el texto que hoy llamamos “occidental,” y luego, estando
en Oriente, habría hecho una nueva redacción en forma más concisa, destinada a Teófilo, que
sería el texto que hoy llamamos “oriental.”
Introducción, 1:1-11.
Prólogo, 1:1-3.
1 En el primer libro, ¡oh Teófilo!, traté de todo lo que Jesús hizo y enseñó, 2 hasta el
día en que fue levantado al cielo, una vez que, movido por el Espíritu Santo, dio sus
instrucciones a los apóstoles que se había elegido; 3 a los cuales, después de su pasión,
se dio a ver en muchas ocasiones, apareciéndoseles durante cuarenta días y
habiéndoles del reino de Dios.
Como hizo cuando el Evangelio, también ahora antepone San Lucas un breve prólogo a su libro,
aludiendo a la obra anterior 21, y recordando la dedicación a Teófilo, personaje del que no sabemos
nada en concreto, pero que, en contra de la opinión de Orígenes, juzgamos con San Juan
Crisóstomo sea persona real, no imaginaria, al estilo de “Filetea” ( — alma amiga de Dios) de
que habla San Francisco de Sales. El título de κρατήστε (óptimo, excelentísimo) con que es designado
en Le 1:3, título que solía darse a gobernadores, procónsules, etc., v.gr., a Félix y a Festo,
procuradores de Judea (cf. 23:26; 26:25), parece indicar que sería persona constituida en autoridad.
Está claro, sin embargo, dado el carácter de la obra, que San Lucas, aunque se dirige a
Teófilo, no intenta redactar un escrito privado, sino que piensa en otros muchos cristianos que se
encontraban en condiciones más o menos parecidas a las de Teófilo. Esta práctica de dedicar una
obra a algún personaje insigne era entonces frecuente. Casi por las mismas fechas, Josefo dedicará
sus Antigüedades judaicas (1:8) y su Contra Apión (1:1) a un tal Epafrodito.
Gramaticalmente, la construcción del prólogo es bastante intrincada. Ese “en el primer li4582
bro traté de..” parece estar pidiendo un “ahora voy a tratar de..” Es la construcción normal que
encontramos en los historiadores griegos, quienes, además, suelen unir ambas partes mediante
las conocidas partículas. δε. También Lucas usa la partícula μεν para la primera parte: τον μεν
πρώτον λόγον. pero falta la segunda, acompañada del habitual δε, como todos esperaríamos. Esto
ha dado lugar a una infinidad de conjeturas, afirmando, como hace, v.gr., Loisy, que en la obra
principal de Lucas teníamos el período completo con el acostumbrado μεν. δε, pero un redactor
posterior, que mutiló y retocó los Hechos con carácter tendencioso, dándole ese fondo de sobrenaturalismo
que hoy tienen, suprimió la segunda parte con su correspondiente δε, en la que se
anunciaba el sumario de las cosas a tratar, quedando así truncada la estructura armoniosa de todo
el prólogo 22. Naturalmente, esto no pasa de pura imaginación. La realidad es que en Lucas, como,
por lo demás, no es raro en la época helenística, encontramos no pocas veces el μεν solitario,
es decir, sin el correspondiente δε (cf. 3:21; 23:22; 26:9; 27:21). Y en cuanto a la cuestión de
fondo, nada obligaba a Lucas, como hay también ejemplos en otros autores contemporáneos, a
añadir, después de la alusión a lo tratado en su primer libro, el sumario de lo que se iba a tratar
en el siguiente. Por lo demás, aunque no de manera directa, en realidad ya queda indicado en los
v.3-8, particularmente en este último, en que se nos da claramente el tema que se desarrollará en
el libro.
Es de notar la expresión con que Lucas caracteriza la narración evangélica: “lo que Jesús
hizo y enseñó,” como indicando que Jesús, a la predicación, hizo preceder el ejemplo de su vida,
y que la narración evangélica, más que a la información histórica, está destinada a nuestra edificación.
En griego se dice: “comenzó a hacer y a enseñar,” frase que muchos interpretan como si
Lucas con ese “comenzó” quisiera indicar que el ministerio público de Jesús 110 era sino el principio
de su obra, cuya continuación va a narrar ahora él en los Hechos. Es decir, dan pleno valor
al verbo “comenzar.” Ello es posible, pues de hecho la obra de los apóstoles es presentada como
continuación y complemento de la de Jesús (cf. 1:8; 9:15); sin embargo, también es posible, como
sucede frecuentemente en el griego helenístico y en los evangelios (cf. Mt 12:1; 16:22; Lc
3:8; 14:9; 19:45), que el verbo “comenzó” se emplee pleonástica-mente y venga a ser equivalente
a “se dio a..,” pudiendo traducirse: “hizo y enseñó.”
También es de notar la mención que Lucas hace del Espíritu Santo, al referirse a las instrucciones
que Jesús da a los apóstoles durante esos cuarenta días 23 que median entre la resurrección
y la ascensión, y en que se les aparece repetidas veces (v.3; cf. Lc 24, 38-43; Jn 20:27;
21:9-13). Son días de enorme trascendencia para la historia de la Iglesia, las postreras consignas
del capitán antes de lanzar sus soldados a la conquista del mundo. De estos días, en que les
hablaba del “reino de Dios,” arrancan, sin duda, muchas tradiciones en torno a los sacramentos
y a otros puntos dogmáticos que la Iglesia ha considerado siempre como inviolables, aunque no
se hayan transmitido por escrito.
Si Lucas habla de que Jesús da esas instrucciones y consignas “movido por el Espíritu
Santo,” no hace sino continuar la norma que sigue en el evangelio, donde muestra un empeño
especial en hacer resaltar la intervención del Espíritu Santo cuando la concepción de Jesús
(Lc 1:15.35.41.67), cuando la presentación en el templo (Lc 2:25-27), cuando sus actuaciones de
la vida pública (Lc 4:1-14-18; 10:21; 11:13). Es obvio, pues, que también ahora, al dar Jesús sus
instrucciones a los que han de continuar su obra, lo haga “movido por el Espíritu Santo.” Algunos
interpretan ese inciso como refiriéndose a la frase siguiente, es decir, a la elección de los
apóstoles; y San Lucas trataría de hacer resaltar cómo los apóstoles, cuyas actuaciones bajo la
evidente acción del Espíritu Santo va a describir en su obra, habían sido ya elegidos con intervención
de ese mismo Espíritu. El texto griego (άχρι f¡s ημέρας έντειλάμενος τοΐς οπτοστόλοις
4583
δια πνεύματος αγίου ους έξελέξατο άν-ελήμφ3η) nada tendría que oponer gramaticalmente a esta
interpretación, que es posible, igual que la anterior. Y hasta pudiera ser que San Lucas se refiera
a las dos cosas, instrucciones y elección, hechas ambas por Jesús “movido por el Espíritu Santo.”
Últimos días de Jesucristo en la tierra, 1:4-8.
4 Y comiendo con ellos, les mandó no apartarse de Jerusalén, sino esperar la promesa
del Padre, que de mí habéis escuchado; 5 porque Juan bautizó en agua, pero vosotros,
pasados no muchos días, seréis bautizados en el Espíritu Santo. 6 Ellos, pues,
estando reunidos, le preguntaban: Señor, ¿es ahora cuando vas a restablecer el reino
de Israel? 7 El les dijo: No os toca a vosotros conocer los tiempos ni los momentos
que el Padre ha fijado en virtud de su poder soberano; 8 pero recibiréis la virtud
del Espíritu Santo, que descenderá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén,
en toda la Judea, en Samaría y hasta los extremos de la tierra.
Es normal que Jesús, después de su resurrección, aparezca a sus apóstoles en el curso de una comida
y coma con ellos (cf. Mc 16, 14; Lc 24:30.43; Jn 21:9-13; Act 10:41). De esa manera, la
prueba de que estaba realmente resucitado era más clara. En una de estas apariciones, al final ya
de los cuarenta días que median entre resurrección y ascensión, les da un aviso importante: que
no se ausenten de Jerusalén hasta después que reciban el Espíritu Santo. Quería el Señor que esta
ciudad, centro de la teocracia judía, fuera también el lugar donde se inaugurara oficialmente la
Iglesia, adquiriendo así un hondo significado para los cristianos (cf. Gal 4:25-26; Apoc 3:12;
21:2-22). Jerusalén será la iglesia-madre, y de ahí, una vez recibido el Espíritu Santo, partirán
los apóstoles para anunciar el reino de Dios en el resto de Palestina y hasta los extremos de la
tierra (cf. 1:8). Es probable que Lucas, para hacer resaltar esa idea, haya omitido en su evangelio
la referencia a las apariciones en Galilea (cf. Lc 24:6-7 = Mt 16:7).
Llama al Espíritu Santo “promesa del Padre,” pues repetidas veces había sido prometido
en el Antiguo Testamento para los tiempos mesiánicos (Is 44:3; Ez 36:26-27; Jl 2:28-32),
como luego hará notar San Pedro en su discurso del día de Pentecostés, dando razón del hecho
(cf. 2:16). También Jesús lo había prometido varias veces a lo largo de su vida pública para después
de que él se marchara (cf. Lc 24:49; Jn 14:16; 16:7). Ni se contenta con decir que recibirán
el Espíritu Santo, sino que, haciendo referencia a una frase del Bautista (cf. Lc 3:16), dice que
“serán bautizados” en él, es decir, como sumergidos en el torrente de sus gracias y de sus dones
24. Evidentemente alude con ello a la gran efusión de Pentecostés (cf. 11:16), que luego se describirá
con detalle (cf. 2:1-4).
La pregunta de los apóstoles de si iba, por fin, a “restablecer el reino de Israel” no está
claro si fue hecha en la misma reunión a que se alude en el v.4, o más bien en otra reunión distinta.
Quizá sea más probable esto último, pues la reunión del v.4 parece que fue en Jerusalén y estando
en casa, mientras que ésta del v.6 parece que tuvo lugar en el monte de los Olivos, cerca de
Betania (cf. v.9-12; Lc 24:50). Con todo, la cosa no es clara, pues la frase “dicho esto” del v.9,
narrando a renglón seguido la ascensión, no exige necesariamente que ésta hubiera de tener lugar
en el mismo sitio donde comenzó la reunión. Pudo muy bien suceder que la reunión comenzara
en Jerusalén y luego salieran todos juntos de la ciudad por el camino de Betania, llegando hasta
la cumbre del monte Olívete, donde habría tenido lugar la ascensión. La distancia no era larga,
sino el “camino de un sábado” (1:12), es decir, unos dos mil codos, que era lo que, según la enseñanza
de los rabinos, podían caminar los israelitas sin violar el descanso sagrado del sábado.
En total, pues, poco menos de un kilómetro, si se entiende el codo vulgar (= 0:450 m.), o poco
4584
más de un kilómetro, si se entiende el codo mayor o regio (= 0:525 m.). La misma pregunta de si
era “ahora cuando iba a restablecer el reino de Israel,” parece estar sugerida por la anterior promesa
del Señor de que, pasados pocos días, serían bautizados en el Espíritu Santo.
Hay autores, particularmente entre los que suponen un solo volumen original que incluía
tercer evangelio y Hechos, que dicen ser este v.6 el que recoge el hilo de la narración interrumpida
en Le 24:49. Mas sea de eso lo que fuere, es interesante hacer notar cómo los discípulos,
después de varios años de convivencia con el Maestro, seguían aún ilusionados con una restauración
temporal de la realeza davídica, con dominio de Israel sobre los otros pueblos. Así interpretaban
lo dicho por los profetas sobre el reino mesiánico (cf. Is 11:12; 14:2; 49:23; Ez 11:17; Os
3:5; Am 9:11-15; Sal 2:8; 110:2-5), a pesar de que ya Jesús, en varias ocasiones, les había declarado
la naturaleza espiritual de ese reino (cf. Mt 16:21-28; 20:26-28; Lc 17:20-21; 18:31-34; Jn
18:36). No renegaban con ello de su fe en Jesús, antes, al contrario, viéndole ahora resucitado y
triunfante, se sentían más confiados y unidos a él; pero tenían aún muy metida esa concepción
político-mesiánica, que tantas veces se deja traslucir en los Evangelios (cf. Mt 20:21; Lc 24:21;
Jn 6:15) y que obligaba a Jesús a usar de suma prudencia al manifestar su carácter de Mesías, a
fin de no provocar levantamientos peligrosos que obstaculizasen su misión (cf. Mt 13:13; 16:20;
Mc 3:11-12; 9:9). Sólo la luz del Espíritu Santo acabará de corregir estos prejuicios judaicos
de los apóstoles, dándoles a conocer la verdadera naturaleza del Evangelio. De momento,
Jesús no cree oportuno volver a insistir sobre el particular, y se contenta con responder a la cuestión
cronológica, diciéndoles que el pleno establecimiento del reino mesiánico, de cuya naturaleza
él ahora nada especifica, es de la sola competencia del Padre, que es quien ha fijado los diversos
“tiempos y momentos” de preparación (cf. 17:30; Rom 3:26; 1 Pe 1:11), inauguración (Mc
1:15; Gal 4:4; 1 Tim 2:6), desarrollo (Mt 13:30; Rom 11:25; 13:11; 2 Cor 6:2; 1 Tes 5:1-11) y
consumación definitiva (Mt 24:36; 25:31-46; Rom 2:5-11; 1 Cor 1:7-8; 2 Tes 1:6-10). En tal ignorancia,
lo que a ellos toca, una vez recibida la fuerza procedente del Espíritu Santo, es trabajar
por ese restablecimiento, presentándose como testigos de los hechos y enseñanzas de Jesús,
primero en Jerusalén, luego en toda la Palestina y, finalmente, en medio de la gentilidad.
Tal es la consigna dada por Cristo a su Iglesia con palabras que son todo un programa:
“recibiréis la virtud del Espíritu Santo y seréis mis testigos..,” lo que viene a significar que la
Iglesia es concebida como una realización jerárquico-carismastica, que descansa en el principio
del envío. El testimonio de esos “testigos” será testimonio del Espíritu Santo (cf. 2:4; 4:31; 5:32;
15:28). Es un mandato y una promesa. Al reino de Israel, limitado a Palestina, opone Jesús la
universalidad de su Iglesia y de su reino, predicha ya por los profetas (cf. Sal 87:1-7; Is 2:2-4;
45:14; 60:6-14; Jer 16:19-21, Sof 3:9-10; Zac 8:20-23) y repetidamente afirmada por él (cf. Mt
8:11; 24:14; 28:19; Lc 24:47).
La ascensión, 1:9-11.
9 Dicho esto y viéndole ellos, se elevó, y una nube le ocultó a sus ojos. 10 Mientras estaban
mirando al cielo, fija la vista en El, que se iba, dos varones con hábitos blancos
se les pusieron delante, 11 y les dijeron: Varones galileos, ¿qué estáis mirando al
cielo? Ese Jesús que ha sido llevado de entre vosotros al cielo vendrá así, como le
habéis visto ir al cielo.
Narra aquí San Lucas, con preciosos detalles, el hecho trascendental de la ascensión de Jesús al
cielo. Ya lo había narrado también en su evangelio, aunque más concisamente (cf. Lc 24:50-52).
Lo mismo hizo San Marcos (Mc 16:19). San Mateo y San Juan lo dan por supuesto, aunque ex4585
plícitamente nada dicen (cf. Mt 28, 16-20; Jn 21:25).
Parece que la acción fue más bien lenta, pues los apóstoles están mirando al cielo mientras
“se iba.” Evidentemente, se trata de una descripción según las apariencias físicas, sin intención
alguna de orden científico-astronómico. Es el cielo atmosférico, que puede contemplar
cualquier espectador, y está fuera de propósito querer ver ahí alusión a alguno de los cielos de la
cosmografía hebrea o de la cosmografía helenística (cf. 2 Cor 12:2). Los dos personajes “con
hábitos blancos” son dos ángeles en forma humana, igual que los que aparecieron a las mujeres
junto al sepulcro vacío de Jesús (Lc 24:4; Jn 20:12).
En cuanto a la nube, ya en el Antiguo Testamento una nube reverencial acompañaba casi
siempre las teofanías (cf. Ex 13:21-22; 16:10; 19:9; Lev 16:2; Sal 97:2; Is 19:1; Ez 1:4). También
en el Nuevo Testamento aparece la nube cuando la transfiguración de Jesús (Lc 9:34-35). El
profeta Daniel habla de que el “Hijo del Hombre” vendrá sobre las nubes a establecer el
reino mesiánico (Dan 7:13-14), pasaje al que hace alusión Jesucristo aplicándolo a sí mismo (cf.
Mt 24:30; 26:64). Es obvio, pues, que, al entrar Jesucristo ahora en su gloria, una vez cumplida
su misión terrestre, aparezca también la nube, símbolo de la presencia y majestad divinas. Los
dos personajes de “hábito blanco,” de modo semejante a lo ocurrido en la escena de la resurrección
(cf. Lc 24:4), anuncian a los apóstoles que Jesús reaparecerá de nuevo de la misma manera
que lo ven ahora desaparecer, sólo que a la inversa, pues ahora desaparece subiendo y entonces
reaparecerá descendiendo. Alusión, sin duda, al retorno glorioso de Jesús en la parusía, que
desde ese momento constituye la suprema expectativa de la primera generación cristiana, y cuya
esperanza los alentaba y sostenía en sus trabajos (cf. 3:20-21; 1 Tes 4:16-18; 2 Pe 3:8-14).
Es claro que, teológicamente hablando, Jesús ha entrado en la Vida desde el momento
mismo de la Resurrección, sin que haya de hacerse esa espera de cuarenta días hasta la Ascensión.
Lo que se trata de indicar es que Jesús, aunque viviera ya en el mundo futuro escatológico,
todavía se manifestaba en este mundo nuestro, a fin de instruir y animar a sus fieles 25.
I. La Iglesia en Jerusalén, 1:12-8:3.
El grupo de los apóstoles, 1:12-14.
12 Entonces se volvieron del monte llamado de los Olivos a Jerusalén, que dista de
allí el camino de un sábado. 13 Cuando hubieron llegado, subieron al aposento superior,
en donde solían morar Pedro y Juan; Santiago y Andrés; Felipe y Tomás; Bartolomé
y Mateo; Santiago de Alfeo y Simón el Zelotes y Judas de Santiago. 14 Todos
éstos perseveraban unánimes en la oración, con algunas mujeres, con María, la madre
de Jesús, y con los hermanos de éste.
Estos versículos permiten dar una ojeada fugaz al embrión de la primitiva Iglesia. Los apóstoles,
desaparecido de entre ellos el Maestro, vuelven del Monte de los Olivos a Jerusalén, “perseverando
unánimes en la oración” (v.14; cf. 2:46; 4:24; 5:12), en espera de la promesa del Espíritu
Santo hecha por Jesús.
A los apóstoles acompañaban algunas mujeres, que no se nombran, a excepción de la
madre de Jesús, pero bien seguro son de aquellas que habían acompañado al Señor en su ministerio
de Galilea (cf. Lc 8:2-3), Y aparecen luego también cuando la pasión y resurrección (cf. Mt
27:56; Le 23:55-24:10). Y aún hay un tercer grupo, los “hermanos de Jesús.” De ellos se habla
4586
también en el Evangelio, e incluso se nos da el nombre de cuatro: Santiago, José, Simón y Judas
(cf. Mt 13:55-56; Mc 6:3). Entonces se habían mostrado hostiles a las enseñanzas de Jesús (Mc
3:21-32; Jn 7:5), pero se ve que, posteriormente, al menos algunos de ellos, habían cambiado de
actitud. Parece que, junto con los apóstoles, gozaron de gran autoridad en la primitiva Iglesia, a
juzgar por aquella expresión de San Pablo, cuando trata de defender ante los corintios su modo
de proceder en la predicación del Evangelio: “¿No tenemos derecho a llevar en nuestras peregrinaciones
una hermana, igual que los demás apóstoles y los hermanos del Señor y Cefas?” (1 Cor
9:5). Entre estos “hermanos del Señor” destacará sobre todo Santiago, al que Pablo visita después
de convertido en su primera subida a Jerusalén (Gal 1:19), y es, sin duda, el mismo que aparece
en los Hechos como jefe de la iglesia jerosolimitana (cf. 12:17; 15:13; 21,18; Gal 2:9-12).
La opinión tradicional es que este Santiago, “hermano del Señor” y autor de la carta que lleva su
nombre, es Santiago de Alfeo, llamado también Santiago el Menor, que aparece en las listas de
los apóstoles (cf. Mt 10:2-4; Me 3:16-19; Lc 6, 14-16; Act 1:13). Sin embargo, aunque es la opinión
más fundada (cf. Gal 1:19), pruebas apodícticas no las hay, y son bastantes los autores que
se inclinan a la negativa.
En cuanto a la expresión “hermanos de Jesús” 26, a nadie debe extrañar, no obstante no
ser hijos de María, pues en hebreo y arameo no hay un término especial para designar a los primos
y primas, y se les llama en general “hermanos” y “hermanas,” sea cual fuere el grado de parentesco
(cf. Gen 13:8; 14:16; 29:15; Lev 10:4; Núm 16:10; 1 Par 23:22).
No es fácil saber si ese “aposento superior” donde ahora se reúnen los apóstoles en espera
de la venida del Espíritu Santo es el mismo lugar donde fue instituida la eucaristía. El término
que aquí emplea San Lucas (υττερωον) es distinto del empleado entonces (ccváycaov: cf. Mc
14:15; Le 22:12). Sin embargo, la significación de los dos términos viene a ser idéntica, designando
la parte alta de la casa, lugar de privilegio en las casas judías (cf. 4 Re 4:10), más o menos
espacioso, según la riqueza del propietario. En el caso de la eucaristía expresamente se dice que
era “grande,” y en este caso se supone también que era grande, pues luego se habla de que se
reúnen ahí unas 120 personas (cf. 1:15). Además, parece claro que San Lucas alude a ese lugar
como a algo ya conocido y donde se reunían los apóstoles habitualmente. Incluso es probable
que se trate de la misma “casa de María,” la madre de Juan Marcos, en la que más adelante vemos
se reúnen los cristianos (cf. 12:12).
Elección de Matías, 1:15-26.
15 En aquellos días se levantó Pedro en medio de los hermanos, que eran en conjunto
unos ciento veinte, y dijo: 16 hermanos, era preciso que se cumpliese la Escritura,
que por boca de David había predicho el Espíritu Santo acerca de Judas, que fue
guía de los que tomaron preso a Jesús, 17 y era contado entre nosotros, habiendo tenido
parte en este ministerio, 18 Este, pues, adquirió un campo con el precio de su
iniquidad; y, precipitándose, reventó y todas sus entrañas se derramaron; 19 y fue
público a todos los habitantes de Jerusalén, tanto que el campo se llamó en su lengua
Hacéldama, que quiere decir Campo de Sangre. 20 Pues está escrito en el libro
de los Salmos: “Quede desierta su morada y no haya quien habite en ella y otro se
alce con su cargo.” 21 Ahora, pues, conviene que de todos los varones que nos han
acompañado todo el tiempo en que vivió entre nosotros el Señor Jesús, 22 a partir del
bautismo de Juan, hasta el día en que fue tomado de entre nosotros, uno de ellos sea
testigo con nosotros de su resurrección. 23 Fueron presentados dos, José, por sobrenombre
Barsaba, llamado Justo, y Matías. 24 Orando dijeron: Tú, Señor, que cono4587
ces los corazones de todos, muestra a cuál de estos dos escoges 25 para ocupar el lugar
de este ministerio y el apostolado de que rechazo Judas para irse a su lugar. 26
Echaron suertes sobre ellos, y cayó la suerte sobre Matías, que quedó agregado a los
once apóstoles.
Tenemos aquí la primera intervención de Pedro, quien, en consonancia con lo predicho por el
Señor (cf. Mt 16:13-19; Lc 22:32; Jn 21:15-17). Lo mismo sucede en los siguientes capítulos de
los Hechos, hasta el 15 inclusive (cf. 2:14.37; 3:5-12; 4:8; 5:3.29; 8:20; 9:32; 10:5-48; 11:4;
12:3; 15:7); posteriormente, San Lucas ya no vuelve a hablar de él, pues restringe su narración a
las actividades de Pablo.
La expresión “en aquellos días” (v.15) es una fórmula vaga y, más o menos estereotipada
(cf. 6:1; 11:27), que suple la falta de precisiones cronológicas.
Es curiosa esa necesidad, que en su discurso parece suponer Pedro, de tener que completar
el número “doce,” buscando sustituto de Judas. Se trataría de una necesidad de orden simbólico,
al igual que habían sido doce los patriarcas del Israel de la carne (cf. Rom 9:8; Gal 6:16).
Serán ellos, los “Doce,” los que nos engendren para Cristo y constituyan los cimientos del
nuevo pueblo de Dios.
Funda la necesidad de esa sustitución en que ya está predicha en la Escritura, y cita los
salmos 69:26 y 109:8, fundiendo las dos citas en una. Creen algunos que se trata de textos directamente
mesiánicos, alusivos a Judas, que entrega al divino Maestro. Parece, sin embargo, a poco
que nos fijemos en el conjunto del salmo, que esos salmos no son directamente mesiánicos,
sino que el salmista se refiere, en general, al justo perseguido, concretado muchas veces en la
persona del mismo salmista, quejándose ante Yahvé de los males que por defender su causa sufre
de parte de los impíos, y pidiendo para éstos el merecido castigo. En los versículos de referencia
pide que el impío sea quitado del mundo y quede desierta su casa, pasando a otro su cargo. San
Pedro hace la aplicación a Judas, que entregó al Señor. No se trataría, sin embargo, de mera
acomodación, sino que, al igual que en otras citas de estos mismos salmos (cf. Jn 2:17; 15:25;
Rom 11:9-10; 15:3), tendríamos ahí un caso característico de sentido “plenior.” Esas palabras del
salmo, no en la intención expresada del salmista, pero sí en la de Dios, iban hasta los tiempos del
Mesías, el justo por excelencia, y con ellas trataba Dios de ir esbozando el gran misterio de la
pasión del Mesías, que luego, a través de Isaías, en los capítulos del “siervo de Yahvé,” nos
anunciara ya directamente 27. Sabido es que, en los planes de Dios, cual se manifiestan en el Antiguo
Testamento, el pueblo judío y su historia no tienen otra razón de ser sino servir de preparación
para la época de “plenitud” (cf. Mt 5, 17; 1 Cor 10:1-11; Gal 3:14; Col 2:17). Los judíos,
atentos sólo a la letra de la Escritura, no se dan cuenta de esta verdad (cf. 2 Cor 3:13-18); no así
los apóstoles, una vez glorificado el Señor (cf. Lc 24:45; Jn 12:16).
La condición que pone San Pedro es que el que haya de ser elegido tiene que haber sido
testigo ocular de la predicación y hechos de Jesús a lo largo de toda su vida pública (v.21-22).
Los apóstoles iban a ser los pilares del nuevo edificio (cf. Ef 2:20), y convenía que fueran testigos
de visu. De los dos presentados nada sabemos en concreto. Eusebio afirma 28 que eran del
número de los 72 discípulos (Lc 10:1-24), cosa que parece muy probable, dado que habían de ser
testigos oculares de la vida del Maestro. A nuestra mentalidad resulta un poco chocante el método
de las suertes para la elección, pero tengamos en cuenta que era un método de uso muy frecuente
en el Antiguo Testamento (cf. Lev 16:8-9; Núm 26:55; Jos 7:14; 1 Sam 10:20; 1 Par
25:8), en conformidad con aquello que se dice en los Proverbios: “En el seno se echan las suertes,
pero es Dios quien da la decisión” (Prov 16:33). Piensan los apóstoles que la elección de un
4588
nuevo apóstol debía ser hecha de manera inmediata por el mismo Jesucristo y, acompañando
la oración, juzgan oportuno ese método para que diera a conocer su voluntad.
No es fácil concretar el sentido de la expresión aplicada a Judas, de que “prevaricó” para
irse a su lugar” (v.25). Generalmente se interpreta como un eufemismo para indicar el infierno
(cf. Mt 26, 24; Lc 16:28); pero muy bien pudiera aludir simplemente a la nueva posición que él
escogió, saliendo del apostolado, es decir, el lugar de traidor, con sus notorias consecuencias, el
suicidio inclusive, predichas ya en la Escritura.
En cuanto a la alusión que se hace a su muerte, diciendo que “adquirió un campo.. y precipitándose
reventó..” (v. 18-19), Parece difícilmente armonizable con lo que dice San Mateo de
que Judas “se ahorcó” y son los sacerdotes quienes adquieren el campo para sepultura de peregrinos
(Mt 27:3-8). Para la mayoría de los exegetas modernos se trata de dos relatos independientes
el uno del otro, que circulaban en tradiciones orales y que coinciden en lo sustancial, pero
no en pequeños detalles. Sin embargo, otros autores, particularmente los antiguos, creen que ambos
relatos se pueden armonizar y reconstruyen así la escena: los sacerdotes adquieren el campo
con dinero de Judas, al que, por tanto, en cierto sentido, puede atribuirse su adquisición, y sería
en ese campo donde habría sido enterrado Judas, el cual habría ido ahí a ahorcarse, como refiere
Mateo, pero en el acto de ahorcarse se habría roto la cuerda o la rama a que estaba atada, cayendo
el infeliz de cabeza y reventando por medio.
Una tradición antigua coloca este lugar de la muerte de Judas en el valle de Ge-Hinnom o
de la Gehenna, al sur de Jerusalén. No está claro si estos dos versículos alusivos a la muerte de
Judas forman parte del discurso de Pedro o son un inciso explicatorio de Lucas. Más bien parece
esto último, pues interrumpen el discurso y, hablando a un auditorio perfectamente conocedor
del hecho, bastaba una simple alusión y no tenía Pedro por qué detenerse en dar tan detallados
pormenores. Además, puesto que hablaba en arameo, no tiene sentido eso de “se llamó en su
lengua Hacéldama, que quiere decir campo de sangre.” En cambio, todo se explica perfectamente
si, parecido a como hace en otras ocasiones (cf. 9:12; Lc 23:51), es Lucas quien inserta esas noticias
para ilustrar a sus lectores no pa-lestinenses, ignorantes del hecho y de las lenguas semitas.
En cuanto al nombre “Hacéldama,” Lucas parece derivarlo de la sangre de Judas, mientras que
Mateo parece que lo deriva del precio con que se compró el campo, que fue la sangre de nuestro
Señor. Quizás eran corrientes ambas etimologías.
Venida del Espíritu Santo en Pentecostés, 2:1-13.
1 Cuando llegó el día de Pentecostés, estando todos juntos en un lugar, 2 se produjo
de repente un ruido del cielo, como el de un viento impetuoso, que invadió toda la
casa en que residían. 3 Aparecieron, como divididas, lenguas de fuego, que se posaron
sobre cada uno de ellos, 4 quedando todos llenos del Espíritu Santo; y comenzaron
a hablar en lenguas extrañas, según que el Espíritu les movía a expresarse. 5 Residían
en Jerusalén judíos, varones piadosos, de cuantas naciones hay bajo el cielo, 6
y habiéndose corrido la voz, se juntó una muchedumbre que se quedó confusa al oírlos
hablar cada uno en su propia lengua. 7 Estupefactos de admiración, decían: Todos
estos que hablan, ¿no son galileos? 8 Pues ¿como nosotros los oímos cada uno en
nuestra propia lengua, en la que hemos nacido? 9 Partos, medos, elamitas, los que
habitan Mesopotamia, Judea, Capadocia, el Ponto y Asia, 10 Frigia y Panfilia, Egipto
y las partes de Libia que están contra Cirene, y los forasteros romanos, u judíos y
prosélitos, cretenses y árabes, los oímos hablar en nuestras propias lenguas las
grandezas de Dios. 12 Todos, atónitos y fuera de sí, se decían unos a otros: ¿Qué es
4589
esto? i3 Otros, burlándose, decían: Están cargados de mosto.
Escena de enorme trascendencia en la historia de la Iglesia la narrada aquí por San Lucas. A ella,
como a algo extraordinario, se refería Jesucristo cuando, poco antes de la ascensión, avisaba a los
apóstoles de que no se ausentasen de Jerusalén hasta que llegara este día (cf. 1:4-5). Es ahora
precisamente cuando puede decirse que va a comenzar la historia de la Iglesia, pues es ahora
cuando el Espíritu Santo desciende visiblemente sobre ella para darle la vida y ponerla en
movimiento. Los apóstoles, antes tímidos (cf. Mt 26:56; Jn 20:19), se transforman en intrépidos
propagadores de la doctrina de Cristo (cf. 2:14; 4:13-19; 5:29).
Es probable que este hecho de Pentecostés haya sido coloreado en su presentación literaria
con el trasfondo de la teofanía del Sinaí y quizás también con la de la confusión de lenguas en
Babel, a fin de hacer resaltar más claramente dos ideas fundamentales que dirigirán la trama de
todo el libro de los Hechos, es a saber, la presencia divina en la Iglesia (v.1-4) y la universalidad
de esta Iglesia, representada ya como en germen en esa larga lista de pueblos enumerados (v.5-
13). El trasfondo veterotestamentario se dejaría traslucir sobre todo en las expresiones “ruido del
cielo.., lenguas de fuego como divididas.., oía hablar cada uno en su propia lengua,” máxime
teniendo en cuenta las interpretaciones que a esas teofanías daban muchos rabinos y el mismo
Filón 29.
Pero, haya o no-trasfondo de narraciones veterotestamentarias en su presentación literaria,
de la historicidad del hecho no hay motivo alguno para dudar. Veamos cuáles son las afirmaciones
fundamentales de Lucas.
Se comienza por la indicación de tiempo y lugar: “el día de Pentecostés, estando todos
juntos..” (v.1). Esa fiesta de Pentecostés era una de las tres grandes fiestas judías llamadas de
“peregrinación,” pues en ellas debían los israelitas peregrinar a Jerusalén para adorar a Dios en el
único y verdadero templo que se había elegido. Las otras dos eran Pascua y los Tabernáculos.
Estaba destinada a dar gracias a Dios por el final de la recolección, y en ella se le ofrecían los
primeros panes de la nueva cosecha. Una tradición rabínica posterior añadió a este significado el
de conmemoración de la promulgación de la Ley en el Sinaí; y, en este sentido, los Padres hablan
muchas veces de que, así como la Ley mosaica se dio el día de Pentecostés, así la Ley nueva,
que consiste principalmente en la gracia del Espíritu Santo y ha de sustituir a la Ley antigua,
debía promulgarse en ese mismo día. Es posible que Lucas, comenzando precisamente
por hacer notar la coincidencia del hecho cristiano con la fiesta judía, esté tratando ya de hacer
resaltar la misma idea. Los judíos de Palestina solían llamarla la fiesta de las “semanas” (hebr.
shabuoth), pues había de celebrarse siete “semanas” después de Pascua (cf. Lev 23:15; Núm
28:26; Dt 16:9); en cambio, los judíos de la diáspora parece que la designaban con el término
griego pentecosté (= quincuagésimo), por la misma razón de tener que celebrarse el “quinquagésimo”
día después de Pascua. Había seria discusión sobre cuándo habían de comenzar a contarse
esos “cincuenta” días, pues el texto bíblico está oscuro, y no es fácil determinar cuál es ese día
“siguiente al sábado” (Lcv 23:11.15), que debe servir de base para comenzar a contar. Los fariseos,
cuya interpretación, al menos en época posterior, prevaleció, tomaban la palabra “sábado,”
no por el sábado de la semana pascual, sino por el mismo día solemne de Pascua, 15 de Nisán,
que era día de descanso “sabático”; en consecuencia, el día “siguiente al sábado” era el 16 de Nisán,
fuese cual fuese el día de la semana. No así los saduceos, que afirmaban tratarse del “sábado”
de la semana, y, por consiguiente, el día “siguiente al sábado” era siempre el domingo, y la
fiesta de Pentecostés (cincuenta días más tarde) había de caer siempre en domingo 30.
En cuanto al lugar en que sucedió la escena, parece claro que fue en una casa o local cerrado
(v.1-2), probablemente la misma en que se habían reunido los apóstoles al volver del Olí4590
vete, después de la ascensión (1:13), y de la que ya hablamos al comentar ese pasaje. Si ahora
estaban reunidos todos los 120 de cuando la elección de Matías (1:15), o sólo el grupo apostólico
presentado antes (1:13-14), no es fácil de determinar. De hecho, en la narración sólo se habla de
los apóstoles (2:14.37), pero la expresión “estando todos juntos” (v.1) parece exigir que, si no el
grupo de los 120, al menos estaban todos los del grupo apostólico de que antes se habló. Es posible
que el episodio de la elección de Matías (1:15-26) proceda de una fuente distinta, en cuyo
caso desaparecería la ambigüedad del “todos” (v.1), pues el pasaje, 2:1-13 podría considerarse
como continuación de 1:13-14. La expresión “todos juntos” (όμοΰ) tiene directamente sentido
local; pero probablemente esté insinuando también, en consonancia con el “unánimes” de 1:14,
la unanimidad de mentes y corazones que suponía la unión local, lo cual puede ser un nuevo indicio
del trasfondo sinaítico de esta narración (cf. Ex 19:8).
La afirmación fundamental del pasaje está en aquellas palabras del v-4: “quedaron todos
llenos del Espíritu Santo.” Todo lo demás, de que se habla antes o después, no son sino manifestaciones
exteriores para hacer visible esa gran verdad. A eso tiende el ruido, como de viento impetuoso,
que se oye en toda la casa (v.2). Era como el primer toque de atención. A ese fenómeno
acústico sigue otro fenómeno de orden visual: unas llamecitas, en forma de lenguas de fuego,
que se reparten y van posando sobre cada uno de los reunidos (ν.β). Ambos fenómenos pretenden
lo mismo: llamar la atención de los reunidos de que algo extraordinario está sucediendo. Y
nótese que lo mismo el “viento” que el “fuego” eran los elementos que solían acompañar las teofanías
(cf. Ex 3:2; 24:17; 2 Sam 5:24; 3 Re 19:11; Ez 1:13) y, por tanto, es obvio que los apóstoles
pensasen que se hallaban ante una teofanía, la prometida por Jesús pocos días antes, al anunciarles
que serían bautizados en el Espíritu Santo (1:6-8). Es clásica, además, la imagen del
“fuego” como símbolo de purificación a fondo y total (cf. Is 6:5-7; Ez 22:20-22; Sal 16:3;
17:31; 65:10; 118:110; Prov 17:3; 30:5; Ecl 2:5), y probablemente eso quiere indicar también
aquí. El texto, sin embargo, parece que, con esa imagen de las “lenguas de fuego,” apunta sobre
todo al don de lenguas, de que se hablará después (v.4).
Qué es lo que incluye ese “quedaron llenos del Espíritu Santo,” que constituye la afirmación
fundamental del pasaje, no lo especifica San Lucas. El se fija sólo en el primer efecto manifiesto
de esa realidad, y fue que “comenzaron a hablar en lenguas extrañas,” pero no por propia
iniciativa, sino “según que el Espíritu les movía a expresarse.” No cabe duda, sin embargo, que
la causa no se extiende sólo al efecto ahí puesto de relieve, es decir, en orden a hablar en lenguas.
Esa misma expresión “llenos del Espíritu Santo” se repetirá luego de Pedro (4:8), Pablo
(9:17; 13:9), Esteban (6:5; 7:55), Bernabé (11:24) Y otros (4:31) con un significado de mucha
más amplitud, significado que evidentemente también queda insinuado aquí. Añadamos que si
Lucas habla de que la venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles tuvo lugar en Pentecostés
(1:8; 2:4), ello no se opone a que ya antes (cf. Jn 20:22-23) hayan recibido el Espíritu Santo. Es
una nueva efusión del Espíritu sobre ellos, o mejor, un nuevo aspecto de la actuación en ellos
de ese Espíritu, en orden a la difusión del Reino de Dios en el mundo, que va a comenzar.
La glosolalía: Por lo que se refiere concretamente al don de “hablar en lenguas” concedido
a los Apóstoles (v.4), es mucho lo que se ha discutido y sigue discutiéndose 31. Trataremos de
recoger las principales opiniones, advirtiendo de lo que nos parece más probable.
Entre los críticos racionalistas suele explicarse este pasaje de los Hechos como alusivo a
una oración a Dios en estado de excitación psíquica, mezclando sonidos inarticulados con palabras
en desorden, sea de la propia lengua, sea de otra extraña de la que se conocen algunas frases.
Insisten en hacer notar que este fenómeno de la glosolalía era algo corriente en el helenismo,
especialmente en los cultos orgiásticos y en los oráculos de las Sibilas; por tanto, es lógico que lo
4591
encontremos también en la Iglesia primitiva (2:4-6; 10:46; 19:6; 1 Cor 12:10; 14:2-39). Lo característico
de este pasaje de los Hechos es que, sea por el autor del libro, sea ya antes en las fuentes
que le sirven de base, un simple episodio de glosolalía — que es lo que habría sido el hecho primitivo
— se transformó en un verdadero milagro lingüístico, introduciendo tales variantes, que
hacen hablar a los Apóstoles las diversas lenguas de los oyentes. El hecho real habría sido mucho
más simple; de ahí esas anomalías que encontramos en la narración, señalando, por una parte, la
admiración por oírles hablar cada uno en su lengua materna (v.6), y, por otra, la acusación de que
están borrachos (v.13).
Afirmamos, por nuestra parte, que no creemos que haya base para suponer tal libertad en
el proceder de Lucas, adulterando de ese modo el hecho primitivo. Sin embargo, hay bastantes
cosas en que estamos de acuerdo. Creemos, desde luego, que ese “hablar en lenguas” era una
oración a Dios, no una oración en frío y con el espíritu en calma, sino más bien en estado de
excitación psíquica bajo la acción del Espíritu Santo. Podríamos encontrar antecedentes, más
o menos cercanos de este fenómeno, en el antiguo profetismo de Israel (cf. Núm 11:25-29; 1
Sam 10:5-6; 19:20-24; 3 Re 22:10), como parece insinuar luego el mismo San Pedro al citar la
profecía de Joel (v. 16-17). Su finalidad era llamar la atención y provocar el asombro de los infieles,
disponiéndoles a la conversión (cf. 8:1-21-9; 1 Cor 14:22), y al mismo tiempo servir de
consuelo a los fieles al verse así favorecidos con la presencia del Espíritu Santo. Bajo este aspecto,
queda descartada esa opinión, que fue bastante común en siglos pasados, de entender el
“don de lenguas” concedido a los Apóstoles como un don permanente para poder expresarse en
varias lenguas en orden a la predicación del Evangelio (Orígenes, Crisóstomo, Agustín); o, con
la modalidad que interpretaban otros, como un don para que, aunque hablasen una sola lengua, la
suya nativa, ésta fuese entendida por los oyentes, cada uno en su lengua respectiva (Cipriano,
Gregorio Niseno, Beda). El texto bíblico no da base para esas suposiciones. Se trata de un
“hablar en lenguas” según que (καθώς) el Espíritu Santo les movía a expresarse, lo que indica
que el milagro ha de ponerse en los labios de los Apóstoles, y no simplemente en los oídos de los
que escuchaban (cf. Mc 16:17). Ni se hace referencia para nada a la predicación; al contrario, los
Apóstoles aparecen “hablando en lenguas” no sólo después que acude la muchedumbre (v.6),
sino ya antes, cuando están solos (v.4), y el texto da a entender que el don fue concedido no sólo
a los Apóstoles, sino a “todos los reunidos” (v.1), incluso las piadosas mujeres (1:14), que, sin
duda, formaban parte también del grupo. En esa oración proclamaban “las grandezas de Dios”
(v.11; cf. 10:46).
Más difícil resulta el precisar si se está aludiendo a una oración a Dios en lenguas extrañas
realmente existentes, como podía ser el latín, persa, macedonio, egipcio.., o más bien a una
oración en lenguaje semejante al que describen los autores místicos 32, mezcla de palabras y de
sonidos inarticulados, que nada tiene que ver con las lenguas vivas corrientes entre los hombres.
Tendríamos así cierto parecido con fenómenos entonces corrientes en el helenismo, cosa muy en
consonancia con la “sincatábasis” o condescendencia divina en su actuación con los hombres. A
esta última opinión se inclinan hoy muchos exegetas (Wikenhauser, Lyonnet, Cerfaux..); otros,
en cambio, se inclinan más a lo primero (Prat, Vosté, Ricciotti..). Ni faltan quienes (Belser, Jacquier,
Alio..) creen necesario distinguir entre el caso de Pentecostés, en que se trataría efectivamente
de lenguas vivas reales, y los restantes casos, en que se aludiría más bien a un lenguaje
extático, semejante al de los autores místicos; pues en Pentecostés, al contrario que en los restantes
casos (cf. 1 Cor 14:2), los oyentes entendían directamente a los Apóstoles sin necesidad de
intérprete (cf. 2:6-11). De ahí también que, en el caso de Pentecostés, se hable de “otras lenguas”
(v.4), mientras que en los demás casos se habla simplemente de “hablar en lenguas” (cf. 10:46).
4592
Ambas opiniones tienen su pro y su contra. Desde luego, no vemos motivo para separar
de los casos restantes el caso de Pentecostés, dado el modo como se expresa San Pedro: “Descendió
el Espíritu Santo sobre ellos, igual que sobre nosotros al principio..” (11:15). Decir que la
analogía se refiere al don mismo del Espíritu, no a la manera como éste manifestaba su presencia,
nos parece simplemente una escapatoria. Ni creemos que haya de urgirse la diferencia entre
“hablar en lenguas” y “hablar en otras lenguas.” Parecería, pues, que se trata de lenguas humanas
realmente existentes, como se da a entender en Act 2:6-11. Pero, de otra parte, San Pablo considera
este “hablar en lenguas” como una oración a Dios (1 Cor 14:2), de la que ni el mismo que la
recita tiene clara inteligencia, si no hay quien interprete (1 Cor 14:9-19.28). Esto parece colocarnos
en claro terreno de lengua ininteligible, semejante a la de los fenómenos místicos y en consonancia
con fenómenos entonces corrientes en el helenismo 33.
La opción entre una y otra explicación no resulta fácil. Por supuesto, nos inclinaríamos
abiertamente a la segunda manera de ver, de no existir el pasaje relativo a Pentecostés. Con todo,
quizás también el caso de Pentecostés pudiera traerse hacia esta interpretación en el sentido de
que, al revés que en los casos aludidos por Pablo que habla de la necesidad de intérprete, aquí el
intérprete habría sido directamente el Espíritu Santo, que dio suficiente inteligencia a los
bien dispuestos, cual si se tratase de la “lengua materna” (v.6), y en cambio dejó a oscuras a los
restantes a causa de su mala disposición (v.13). Para los que se inclinan a la primera interpretación
(el “glosólalo” usaba de lenguas realmente existentes), la explicación podría ser ésta: entre
los asistentes a la escena de Pentecostés los habría de esas regiones (partos, medos, elamitas..)
cuyas lenguas hablaban los Apóstoles, y para éstos el fenómeno no podía ser sino de admiración
(v.6); en cambio, los habría también de otras partes, y para éstos eran “borrachos” (v.13). Cierto
que en los casos aludidos por San Pablo parece darse por supuesto que es necesario el don de interpretación,
si es que queremos que sea inteligible el lenguaje del glosólalo; pero tengamos en
cuenta que San Pablo está escribiendo a los Corintios, a pocos años aún de la fundación de esa
iglesia, y no es fácil que en las reuniones de la pequeña grey cristiana hubiese ya fieles, procedentes
de diversas regiones, que pudiesen entender al glosólalo. En caso de que los hubiese habido,
tendríamos nuevamente repetición de lo de Pentecostés; en caso contrario, la impresión general
que produce el glosólalo es la de “borrachos” (Act 2:13); o, como se expresa San Pablo, “dirán
que estáis locos” (1 Cor 14:33). Por lo demás, el mismo San Pablo da a entender que el lenguaje
del glosólalo es un lenguaje bien articulado, que puede ser traducido con exactitud, comparable
al lenguaje asirlo ante judíos que lo ignoran (cf. 1 Cor 14:21).
Queda, por fin, una última cuestión: ¿ quiénes eran esos “judíos, varones piadosos de toda
nación.., partos, medos, elamitas..,” que residían entonces en Jerusalén y presenciaron el milagro
de Pentecostés? Parecería obvio suponer que se trataba de peregrinos de las regiones ahí
enumeradas (V.9-11), venidos a Jerusalén con ocasión de la fiesta de Pentecostés. Sabemos, en
efecto, que era una fiesta a la que concurrían judíos de todo el mundo de la diáspora (cf. 20:16;
21:27), dado que caía en una época muy propicia para la navegación (cf. 27:9). Sin embargo, la
expresión de San Lucas en el v.5: “estaban domiciliados en Jerusalén” (ήσαν δε κατοικουντες)
parece aludir claramente a una residencia habitual , y no tan sólo transitoria, con ocasión de la
fiesta de Pentecostés: Por eso, juzgamos más probable que se trata de judíos nacidos en regiones
de la diáspora, pero que, por razones de estudios (cf. 22:3; 23:16) o de devoción, habían establecido
su residencia en Jerusalén, ya que el vivir junto al templo y el ser enterrado en la “tierra santa”
era ardiente aspiración de todo piadoso israelita. Entre ellos, además de judíos de raza, había
también “prosélitos,” es decir, gentiles incorporados al judaísmo por haber abrazado la religión
judía y aceptado la circuncisión (cf. v.11). Todo esto no quiere decir que no se hallasen también
4593
presentes peregrinos llegados con ocasión de la fiesta, mas ésos no entrarían aquí en la perspectiva
de San Lucas. El se fija en los de residencia “habitual,” los mismos a quienes luego se dirigirá
San Pedro (v.14), probabilísimamente en arameo, como, en ocasión parecida, hace San Pablo
(22:2), lengua que todos parecen entender (v.37).
La enumeración de pueblos (V.9-11) se hace, en líneas generales, de este hacia oeste, con
excepción de “cretenses y árabes” al final, cosa que no deja de sorprender y a lo que se han dado
diversas explicaciones. Probablemente se trate de una adición posterior, quizás hecha por el
mismo Lucas, a un documento anterior. Tampoco es claro si el inciso “judíos y prosélitos” (v.11)
está refiriéndose a judíos y prosélitos, en general, de los pueblos antes mencionados, o solamente
a judíos y prosélitos de entre los romanos, último pueblo de la lista.
No es fácil saber cuál fue la causa de haber acudido todos esos judíos y prosélitos al lugar
donde estaban reunidos los apóstoles. La expresión de San Lucas en el v.6: “hecha esta voz”
(γενομένης δε τής φωνής ταύτης) es oscura. Comúnmente suele interpretarse este inciso como
refiriéndose al ruido (ήχος) de que se habló en el v.2, que, por consiguiente, se habría oído no
sólo en la casa donde estaban los apóstoles, sino también en la ciudad. Algunos autores, sin embargo,
creen que el “ruido como de viento impetuoso” (v.2) se oyó sólo en la casa; y si la muchedumbre
acude, no es porque oyera el “ruido,” sino porque se corrió la voz, sin que se nos diga
cómo, de lo que allí estaba pasando. Es la interpretación adoptada en la traducción que hemos
dado del v.6 en el texto.
Discurso de Pedro, 2:14-36.
14 Entonces se levantó Pedro con los once y, alzando la voz, les habló: Judíos y todos
los habitantes de Jerusalén, oíd y prestad atención a mis palabras. 15 No están éstos
borrachos, como vosotros suponéis, pues no es aún la hora de tercia; 16 esto es lo dicho
por el profeta Jcel: 17 “Y sucederá en los últimos días, dice Dios, que derramaré
mi Espíritu sobre toda carne, | y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas, | y
vuestros jóvenes verán visiones, | y vuestros ancianos soñarán sueños; 18 Y sobre mis
siervos y sobre mis siervas 1 derramaré mi Espíritu en aquellos días | y profetizarán.
19 Y haré prodigios arriba en el cielo, y señales abajo en la tierra, | sangre y fuego y
nubes de humo. 20 El sol se tornará tinieblas | y la luna sangre, [ antes que llegue el
día del Señor, grande y manifiesto. 21Y todo el que invocare el nombre del Señor se
salvará.” 22 Varones israelitas, escuchad estas palabras: Jesús de Nazaret, varón
probado por Dios entre vosotros con milagros, prodigios y señales que Dios hizo por
El en medio de vosotros, como vosotros mismos sabéis, 23 a éste, entregado según los
designios de la presciencia de Dios, le alzasteis en la cruz y le disteis muerte por mano
de los infieles. 24 Pero Dios, rotas las ataduras de la muerte, le resucitó, por cuanto
no era posible que fuera dominado por ella, 25 pues David dice de El: “Traía yo al
Señor siempre delante de mí, porque El está a mi derecha, para que no vacile. 26 Por
esto se regocijó mi corazón y exultó mi lengua, y hasta mi carne reposará en la esperanza.
27 Porque no abandonarás en el Ades mi alma, ni permitirás que tu Santo experimente
la corrupción. 28 Me has dado a conocer los caminos de la vida, y me llenarás
de alegría con tu presencia.” 29 Hermanos, séame permitido deciros con franqueza
del patriarca David, que murió y fue sepultado, y que su sepulcro se conserva
entre nosotros hasta hoy. 30 Pero, siendo profeta y sabiendo que le había Dios jurado
solemnemente que un fruto de sus entrañas se sentaría sobre su trono, 31 le vio de
antemano y habló de la resurrección de Cristo, que no sería abandonado en el Ades,
4594
ni vería su carne la corrupción. 32 A este Jesús le resucitó Dios, de lo cual todos nosotros
somos testigos. 33 Exaltado a la diestra de Dios y recibida del Padre la promesa
del Espíritu Santo, lo derramó, según vosotros veis y oís. 34 Porque no subió David a
los cielos, antes dice: “Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra 35 Hasta que
ponga a tus enemigos por escabel de tus pies.” 36 Tenga, pues, por cierto toda la casa
de Israel que Dios le ha hecho Señor y Cristo a este Jesús, a quien vosotros habéis
crucificado.
Este discurso de Pedro inaugura la apologética cristiana, y en él podemos ver el esquema de lo
que había de constituir la predicación o kerigma apostólico (cf. 3:12-26; 4:9-12; 5:29-32; 10:34-
43; 13:16-41). Como centro, el testimonio de la resurrección y exaltación de Cristo 24:31-33), en
consonancia con lo que ya les había predicho el Señor (cf. 1:8.22); y girando en torno a esa afirmación
fundamental, otras particularidades sobre la vida y misión de Cristo (v.22.33), para concluir
exhortando a los oyentes a creer en él como Señor y Mesías (v.36). Contra la aceptación de
esa tesis se levantaba una enorme dificultad, cual era la pasión y muerte ignominiosa de ese Jesús
Mesías; y a ella responde San Pedro que todo ocurrió “según los designios de la presciencia
de Dios” (v.23), y, por tanto, no fue a la muerte porque sus enemigos prevalecieran sobre él (cf.
Jn 7:30; 10:18), sino porque así lo había decretado Dios en orden a la salvación de los seres
humanos (cf. Jn 3:16; 14:31; 18:11; Rom 8:32). La misma solución dará también San Pablo (cf.
13:27-29).
En este discurso de Pedro, como, en general, en todos los discursos de los apóstoles ante
auditorio judío, se da un realce extraordinario a la prueba de las profecías. Más que insistir en
presentar los hechos, se insiste en hacer ver que esos hechos estaban ya predichos en la Escritura.
Así, por ejemplo, el fenómeno de “hablar en lenguas” predicho ya por Joel (v.16), y lo mismo la
resurrección y exaltación de Jesús, predichas en los salmos (v.25.34). Se hace, sí, alusión al testimonio
de los hechos (v.22.32.33), pero con menos realce. Ello se explica por la extraordinaria
veneración que los judíos sentían hacia la Escritura, cuyas afirmaciones consideraban de valor
irrefragable.
La entrada en materia (ν.16) se la proporciona a Pedro la burla de los que atribuían a embriaguez
el fenómeno de la glosolalía. Rechaza esa posibilidad por no ser aún “la hora de tercia”
(= nueve de la mañana), momento de la oración matutina (cf. 3:1), antes del cual los judíos no
tenían costumbre de tomar nada. Por lo que toca a los tres pasajes escriturísticos citados en este
discurso de Pedro (v. 16:25.34), notemos lo siguiente. El pasaje de Joel (Jl 2:28-32) es ciertamente
mesiánico, aludiendo el profeta a la extraordinaria intervencion del Espíritu Santo que
tendrá lugar en los tiempos del Mesías. Con razón, pues, San Pedro hace notar el cumplimiento
de esa promesa en la efusión de Pentecostés, comienzo solemne de las que luego habrían de
tener lugar en la Iglesia a lo largo de todos los siglos. Sin embargo, la última parte de esa profecía
(Jl 2:30-32) no parece haya de tener aplicación hasta la etapa final de la época mesiánica,
cuando tenga lugar el retorno glorioso de Cristo. ¿Por qué la cita aquí San Pedro? Late aquí
un problema que, aunque de tipo más general, no quiero dejar de apuntar, y es que para los profetas
no suele haber épocas o fases en la obra del Mesías, sino que lo contemplan todo como en
bloque, en un plano sin perspectiva, hasta el punto de que, a veces, mezclando promesas mesiánicas
y los últimos destinos de los pueblos, dan la impresión de que todo ha de tener lugar en
muy poco tiempo. Es el caso de Joel. Pedro, en cambio, sabía perfectamente, después de la revelación
evangélica, que dentro de la época mesiánica había una doble venida de Cristo, y que entre
una y otra ha de pasar un espacio de tiempo más o menos largo (cf. 2 Pe 3:8-14); si aquí cita
4595
también la segunda parte de la profecía de Joel, es probabilísimamente a causa de las últimas palabras
del profeta: “…antes que llegue el día del Señor, grande y manifiesto; y todo el que invocare
el nombre del Señor se salvará,” sobre las que quiere llamar la atención. Para Joel, en efecto,
igual que para los profetas en general, ese “día del Señor” es el “día de Yahvé,” con alusión a
la época del Mesías, sin más determinaciones (cf. Is 2:12; Jer 30:7; Sof 1:14; Am 5:18; 8:9;
9:11); pero, en la terminología cristiana, precisadas ya más las cosas, el “día del Señor” es el día
del retorno glorioso de Cristo en la parusía (cf. Mt 24:36; i Tes 5:2; 2 Tes 1:7-10; 2:2; 2 Tim
4:8), y es a Cristo a quien Pedro, en la conclusión de su discurso, aplicará ese título de “Señor”
(v.36), ni hay otro nombre, como dirá más tarde (cf. 4:12), por el cual podamos ser salvos. Lo
mismo dirá San Pablo, con alusión evidente al texto de Joel: “Uno mismo es el Señor de todos,
rico para todos los que le invocan, pues todo el que invocare el nombre del Señor será salvo”
(Rom 10:12-13). Ninguna manifestación más expresiva de la fe de los apóstoles en la divinidad
de su Maestro, que esta equivalencia Cristo-Yahvé, considerando como dicho a él lo dicho de
Yahvé.
Respecto del segundo de los textos escriturísticos citados por Pedro (Sal 16:8-11), que
aplica a la resurrección de Jesucristo (v.25-32), notemos que la cita está hecha según el texto
griego de los Setenta, de ahí el término ades (v.27), que para los griegos era la mansión de los
muertos, correspondiente al sheol de los judíos. Notemos también que en el original hebreo la
palabra correspondiente a corrupción (v.27) es shahath, término que puede significar corrupción,
pero también fosa o sepulcro.
Mucho se ha discutido modernamente acerca del sentido mesiánico de este salmo, citado
aquí por San Pedro, y que luego citará también San Pablo en su discurso de Antioquía de Pisidia,
aplicándolo igualmente a la resurrección de Cristo (cf. 13:35). Ambos apóstoles hacen notar,
además, que David, autor del salmo, no pudo decir de sí mismo esas palabras, puesto que él murió
y experimentó la corrupción. De su sepulcro, como de cosa conocida, habla varias veces Josefo
34.
No está claro, sin embargo, en qué sentido ha de afirmarse la mesianidad de este salmo.
Afirmar el carácter directamente mesiánico de todo el salmo, como fue opinión corriente entre
los expositores antiguos, es no atender al contexto general del salmo, que en ocasiones parece
referirse claramente a circunstancias concretas de la vida del salmista (cf. v.3-4); querer establecer
una división, como si en los siete primeros versículos hablase el salmista en nombre propio y,
en los cuatro últimos, que son los citados en los Hechos, lo hiciese en nombre del Mesías, parece
un atentado contra la unidad literaria del salmo; ir sólo hacia un sentido mesiánico típico, como
si el salmista, al expresar su firme confianza de permanecer siempre unido a Yahvé, que le librará
del poder del sheol y le mostrará los caminos de la vida, fuese “tipo” de Cristo, rogando al Padre
que no abandonase su alma en el sheol ni permitiese que su cuerpo viese la corrupción, parece,
además de restar fuerza a muchas expresiones del salmo, desvirtuar un poco las palabras de
los príncipes de los apóstoles, cuando afirman que David “habló de la resurrección de Cristo”
(v.31). Quizás la opinión más acertada sea aplicar también aquí la noción de sentido “pleno,” que
ya aplicamos a otras citas de los salmos hechas por San Pedro, cuando la elección de Matías (cf.
1:15-26). En efecto, no sabemos hasta qué punto iluminaría Dios la mente del salmista en medio
de aquella oscuridad en que los judíos vivían respecto a la vida de ultratumba; pero es evidente
que esa ansia confiada que manifiesta de una vida perpetuamente dichosa junto a Yahvé es un
chispazo revelador de la gran verdad de la resurrección que Cristo, con la suya propia, había de
iluminar definitivamente. El fue el primero que logró de modo pleno la consecución de esa gloriosa
esperanza que manifiesta el salmista, y por quien los demás la hemos de lograr. A su resu4596
rrección, como a objetivo final, apuntaban ya, en la intención de Dios, las palabras del salmo.
La tercera de las citas escriturísticas hechas por Pedro es la del salmo 11 o, i, que aplica a la gloriosa
exaltación de Cristo hasta el trono del Padre (v.34-35). Es un salmo directamente mesiánico,
que había sido citado también por Jesucristo para hacer ver a los judíos que el Mesías
debía ser algo más que hijo de David (cf. Mt 22, 41-46). San Pablo lo cita también varias veces
(cf. 1 Cor 15:25; Ef i,20; Heb 1:13). El razonamiento de Pedro es, en parte, análogo al de Jesús,
haciendo ver a los judíos que esas palabras no pueden decirse de David, que está muerto y sepultado,
sino que hay que aplicarlas al que resucitó y salió glorioso de la tumba, es decir, a Jesús de
Nazaret, a quien ellos crucificaron.
La conclusión, pues, como muy bien deduce San Pedro (v 36), se impone: Jesús de Nazaret,
con el milagro de su gloriosa resurrección, ha demostrado que él, y no David, es el “Señor”
a que alude el salmo 110, y el “Cristo” (hebr. Mesías) a que se refiere el salmo 16. Entre los
primitivos cristianos llegó a adquirir tal preponderancia este título de “Señor,” aplicado a Cristo,
que San Pablo nos dirá que confesar que Jesús era el “Señor” constituía la esencia de la profesión
de fe cristiana (cf. Rom 10:9; 1 Cor 8:5-6; 12:3).
En el libro de los Hechos se da con muchísima frecuencia este título a Jesús (cf. 4:33;
7:59-60; 8:16; 9:1; 11:20-24, etc.), reflejo sin duda de lo que sucedía en las comunidades cristianas
primitivas. Ni hay base para suponer, en contra de lo que sostiene Bousset y otros críticos 35,
que este título habrían comenzado a dárselo a Cristo los cristianos procedentes de la gentilidad
bajo el influjo del helenismo, trasladando a Jesús lo que los gentiles hacían con sus dioses y reyes
más o menos divinizados. Si hubiera sido así, ¿cómo explicar que incluso en las comunidades
griegas existiera la invocación aramea “Maranatha” (Ven, Señor), de que tenemos claro testimonio
en 1 Cor 16:22? Eso no puede tener otra explicación sino la de suponer que, antes ya de
que el cristianismo entrara en el mundo griego, Jesús era invocado con el título de Señor (“Maran”),
término que, al igual que “amen” y “aleluya,” habría seguido en uso incluso en las comunidades
de habla griega. Lo más probable es que ese título, intensamente ligado con la función
mesiánica de Jesús, le haya sido aplicado por las primitivas comunidades palestinenses, partiendo
de la Biblia y de la historia evangélica (cf. Mt 22, 43-45) al fin de hacer resaltar su soberanía
de rey Mesías. Los dos títulos, “Señor y Cristo,” vienen a ser en este caso palabras casi sinónimas,
indicando que Jesús de Nazaret, rey mesiánico, a partir de su exaltación, ejerce los poderes
soberanos de Dios. No que antes de su exaltación gloriosa no fuera ya “Señor y Mesías” (cf. Mt
16:16; 21:3-5; 26:63; Mc 12:36), pero es a partir de su exaltación únicamente cuando se manifiesta
de manera clara y decisiva esta su suprema dignidad mesiánica y señorial (cf. Flp 2:9-11).
Es decir, no se trata de afirmar, en términos de ontología, que Jesús, por lo que respecta a su persona,
comenzara a ser Señor y Mesías en la resurrección y que antes no lo era, sino que se trata
de afirmar el hecho existencial de señorío que comienza a ejercer Cristo a partir precisamente de
su resurrección, una vez cumplida su obra en la tierra (cf. Fil 2:9-11).
Efecto del discurso de Pedro y primeras conversiones, 2:37-41.
37 En oyéndole, se sintieron compungidos de corazón y dijeron a Pedro y a los demás
apóstoles: ¿Qué hemos de hacer, hermanos? 38 Pedro les contestó: Arrepentios y
bautizaos en el nombre de Jesucristo para remisión de vuestros pecados, y recibiréis
el don del Espíritu Santo. 39 Porque para vosotros es esta promesa y para vuestros
hijos, y para todos los de lejos, cuantos llamare a sí el Señor Dios nuestro. 40 Con
otras muchas palabras atestiguaba y los exhortaba diciendo: Salvaos de esta generación
perversa. 41 Ellos recibieron su palabra y se bautizaron, y se convirtieron aquel
4597
día unas tres mil almas.
Vemos que la reacción de los oyentes ante el discurso de Pedro es muy parecida a la que habían
mostrado los oyentes de Juan Bautista. Como entonces (cf. Mt 3:7), también ahora, además de
los compungidos y bien dispuestos (v.37), aparecen otros que siguen mostrando su oposición al
mensaje de Cristo, contra los que Pedro previene diciendo: “Salvaos de esta generación perversa”
(v.40). La expresión parece estar inspirada literariamente en Deut 32:5, y la volvemos a encontrar
en Fil 2:15. Con esta grave sentencia parece insinuar que la gran masa del pueblo judío
quedará fuera de la salud mesiánica, y habrá que buscar ésta separándose de ellos (cf. Rom 9:1-
10:36).
Las condiciones que Pedro propone a los bien dispuestos, que preguntan qué deben hacer,
son el “arrepentimiento” y la “recepción del bautismo en nombre de Jesucristo” (v.38). Con ello
conseguirán la “salud” (cf. 2:21.47; 4:12; 11:14; 13:26; 15:11; 16:17.30-31), la cual incluye la
“remisión de los pecados” y el “don del Espíritu” (v.38) o, en frase equivalente de otro lugar, la
“remisión de los pecados y la herencia entre los santificados” (26:18). Ese “don del Espíritu” no
es otro que el tantas veces anunciado por los profetas en el Antiguo Testamento (cf. Jer 31:33; Ez
36:27; Jl 3:1-2) y prometido por Cristo en el Evangelio (cf. Lc 12:12; 24:49; Jn 14:26; 16:13),
don que solía exteriorizarse con los carismas de glosolalía y milagros (cf. 2:4; 8:17-19; 10:45-46;
19:5-6), pero que suponía una gracia interior más permanente que, aunque no se especifica, parece
consistía, como se desprende del conjunto de las narraciones, en una fuerza y sabiduría sobrenaturales
que capacitaban al bautizado para ser testigo de Cristo (cf. 1:8; 2:14-36; 4:33; 5:32;
6:10; 11:17).
Esta “promesa” del don del Espíritu, de que habla el anteriormente citado profeta Joel
(v.1y), está destinada no sólo a los judíos, sino también a “todos los de lejos” (v.39), expresión
que es una reminiscencia de Is 57:19, y que claramente parece aludir, no a los judíos de la diáspora,
sino a los gentiles (cf. 22:21; Ef 2:13-17). Vemos, pues, que, contra el exclusivismo judío,
San Pedro proclama abiertamente la universalidad de la salud mesiánica, cosa que, por lo demás,
podíamos ver ya aludida en la cita “sobre toda carne,” de Joel (v.17). Únicamente que a los judíos
está destinada “en primer lugar” (3:26), frase que usa también varias veces San Pablo (cf.
13:46; Rom 1:16; 2:9-10), y con la que se da a entender que el don del Evangelio, antes que a los
gentiles, debía ser ofrecido a Israel, la nación depositaría de las promesas mesiánicas (cf. Rom
3:2; 9:4), como aconsejaba, además, el ejemplo de Cristo (cf. Mt 10:6; Mc 7:27). Incluso después
que el Evangelio se predicaba ya abiertamente a los gentiles, San Pablo seguirá practicando la
misma norma (cf. 13:5.46; 14:1; 16:13; 17:2.10.17; 18, 4.19; 19:8; 28:17.23).
Acerca del bautismo “en el nombre de Jesucristo,” que San Pedro exige a los convertidos
(v.38), se ha discutido bastante entre los autores. Desde luego, es evidente que se trata de un bautismo
en agua, igual que lo había sido el bautismo de Juan (cf. Mt 3:6.16; Jn 3:23), pues Pedro
está dirigiéndose a un auditorio judío, que no conocía otro bautismo que el de agua, tan usado
entre los prosélitos y por el Bautista, y, por tanto, en ese sentido habían de entender la palabra
“bautizaos.” Más adelante, en el caso del eunuco etíope y en el del centurión Cornelio, expresamente
se hablará del agua (cf. 8, 38; 10:47).
Ni hacen dificultad las palabras de Cristo contraponiendo su bautismo en Espíritu Santo
al bautismo en agua de Juan (cf. 1:5); pues dichas palabras no están refiriéndose a ningún rito de
bautismo, sino a la abundante efusión del Espíritu en que iban a ser como sumergidos los Apóstoles
en Pentecostés (cf. 2:1-4).
Más difícil es determinar el sentido de la expresión “en el nombre de Jesucristo.” La
4598
misma fórmula se repite varias veces en los Hechos (cf. 8:16; 10:48; 19:5). Esta expresión ha
sido objeto de muchas discusiones. Para muchos autores no se alude con esas palabras a fórmula
alguna determinada del bautismo, sino que es simplemente el modo de designar el bautismo cristiano
para distinguirlo de otros ritos análogos, como el del Bautista o el de los prosélitos. La
fórmula, según estos autores, habría sido siempre la fórmula trinitaria, como se prescribe en Mt
28:19 y como tiene también la Didaché en 7:1-3, no obstante que poco después hable de bautizados
“en el nombre del Señor” (9:5), con cuya expresión es evidente que no quiere indicar otra
cosa sino los bautizados “con el bautismo cristiano.” Sin embargo, son bastantes los teólogos y
exegetas que creen que ésa era la fórmula con que entonces se administraba el bautismo 36, y que
luego se habría desarrollado, dentro aún de la época apostólica, en la fórmula trinitaria de Mt 28,
19-20. Es posible, escribe el P. Benoit, que la fórmula bautismal indicada por Mateo “responda
al uso litúrgico de su tiempo, hacia los años 70-80; Mateo la habría reproducido espontáneamente
tal como se había ya desarrollado.., lo cual no equivale a poner en duda la revelación de la
Trinidad por Cristo ni que el mandato de bautizar se remonte hasta El” 37. Y, ciertamente, es poco
probable que Jesús mismo hiciera esa alusión tan precisa a la Trinidad con anterioridad a Pentecostés,
si tenemos en cuenta el proceso histórico como fue desarrollándose la Revelación. Por
lo demás, el cambio de fórmula no supone ninguna alteración fundamental de pensamiento, pues
la incorporación y como posesión por Cristo que supone la fórmula “en el nombre de Jesucristo,”
está significando al mismo tiempo retorno al Padre mediante la acción del Espíritu (cf. 1:4-5;
2:38; 1 Cor 6:11; Ef 1:3).
Lo que se dice que “se bautizaron y se convirtieron aquel día unas tres mil personas”
(v.41), llama un poco la atención, pues no hubiera sido tarea fácil bautizar en aquel mismo día
tres mil personas. Es posible que el inciso “en aquel día” se refiera directamente a los que se
convirtieron merced al discurso de Pedro, y que después fueron sucesivamente bautizados en
aquel día o en los siguientes.
Vida de la comunidad cristiana primitiva, 2:42-47.
42 Perseveraban en oír la enseñanza de los apóstoles, y en la unión, en la fracción del
pan y en la oración. 43 Se apoderó de todos el temor a la vista de los muchos prodigios
y señales que hacían los Apóstoles: 44 y todos los que creían vivían unidos, teniendo
sus bienes en común; 45 pues vendían sus posesiones y haciendas y las distribuían
entre todos, según la necesidad de cada uno. 46 Día por día, todos acordes
acudían con asiduidad al templo, partían el pan en las casas y tomaban su alimento
con alegría y sencillez de corazón, 47 alabando a Dios en medio del general favor del
pueblo. Cada día el Señor iba incorporando a los que habían de ser salvos.
Bellísimo retrato de la vida íntima de la comunidad cristiana de Jerusalén, este que aquí nos presenta
San Lucas. Con términos muy parecidos vuelve a ofrecérnoslo en 4:32-37 y 5:12-16. Son
los llamados hoy comúnmente “sumarios,” que probablemente proceden de una fuente más primitiva,
pero que Lucas recoge y encuadra en su libro, sirviéndole al mismo tiempo como fórmulas
literarias de transición para unir unas narraciones con otras 38. Las ideas fundamentales de
estos sumarios son: asistencia asidua a la enseñanza de los Apóstoles, unión o “koinonia,”
fracción del pan y oraciones.
Podríamos decir que aparecen ya aquí en acción los tres elementos quizás más característicos
de la vida de la Iglesia: enseñanza jerárquica, unión de caridad, culto público y sacramental.
4599
Ante todo, la enseñanza de los Apóstoles. Se trata de una instrucción o catequesis que
completaba la formación cristiana de los recién convertidos y los sensibilizaba en su ser de cristianos,
de modo que tomasen conciencia de su incorporación a la obra de bendiciones de Cristo,
con la consiguiente alegría que eso llevaba consigo. Esta predicación o catequesis, más íntima y
pormenorizada que la simple proclamación del kerigma, continuará también en otras comunidades
fuera de Jerusalén, una vez que el cristianismo se vaya difundiendo (cf. 11:26; 14:32; 20:20),
siendo muy de notar que esta predicación aparece estrechamente unida a la “fracción del pan”
(2:42; 20:7-12), y no como en el judaísmo, que la hacía en las sinagogas (15:21) y dejaba la liturgia
para el Templo.
Por lo que toca a la unión o koinonia, hay no pocas dificultades de interpretación. El término
koinonia es una expresión que en el segundo sumario se sustituye por “tenían un corazón y
un alma sola” (4:32), y que algunos exegetas traducen por “vida en común”; más o menos con el
significado con que esta expresión suele usarse en las Ordenes religiosas. Desde luego, precisar
el sentido y alcance de la “koinonia” aquí aludida por San Lucas no es tarea fácil. Quizás, en orden
a perfilar esa idea de koinonia, nos den algo de luz los términos mismos con que solían designarse
entre sí los cristianos. Se denominaban: creyentes (2:44; 4:32; 5:14; 18:27; 19:18;
21:20), discípulos (6:1-2; 9:10.19.25.36.38; 11:29; 13-52, 14:22; 15:10; 16:1; 18:23.27; 19:1;
20:1; 21:4), hermanos (1:15; 6:3; 9:30; 11:1; 12:17; 15:1.23.32.40; 16:2.40; 17:14; 18:18.27;
21:7.16; 28:14-15), santos (9:13.32.41; 26:10), cuatro nombres en que podemos ver como compendiada
la koinonia: creyendo en Cristo, del que eran fervientes discípulos, vivían una vida de
hermandad, separados del mundo para dedicarse al Señor.
Pero, aparte esa unión de espíritus y de corazones a que les empujaba su fe en Cristo,
¿hay también vida en común, incluso respecto de los bienes materiales? Si nos fijamos en el texto
de los Hechos tal como está redactado actualmente, todo da la impresión de que era así, pues
los v.44-45 parecen ser explicación de la “koinonia” del v.42. Sin embargo, es posible, como suponen
algunos exegetas, que los v.44-45 no pertenecieran primitivamente a este sumario, sino al
segundo (4:32-35), donde no aparece el término koinonia, y habrían sido introducidos aquí posteriormente
a fin de relacionar la “enseñanza de los Apóstoles” con esta especie de comunismo
cristiano. Tampoco el v.43, sin conexión lógica ni con lo que precede ni con lo que sigue, sería
de este lugar, sino más bien del tercer sumario (5:12-16), en clara relación con lo narrado anteriormente
(5:1-10). No podríamos, pues, alegar estos v.44-45 como explicación de la koinonia
cristiana.
Pero, haya o no-relación directa entre koinonia y los v.44-45, lo cierto es que en estos
versículos, y lo mismo en 4:32-37, se hace referencia a la comunidad de bienes entre los fieles
de la iglesia de Jerusalén. ¿Qué alcance tenía esta práctica? Todo hace suponer que la venta de
los propios bienes llevando el precio a los Apóstoles no fue nunca una norma obligada, como se
da a entender expresamente en el caso de Ananías (5:4); también el elogio que se hace de Bernabé
(4:36-37) da a entender que no todos lo hacían, e incluso sabemos de cristianos que poseían
casas en Jerusalén (cf. 12:12; 21:16). A lo que parece, se trata simplemente de que algunos cristianos,
cuando la comunidad era todavía muy reducida, impulsados por el ejemplo de Cristo y
de sus Apóstoles, que habían vivido de una bolsa común (cf. Jn 12:6; 13:29), pretendían seguir
formando una comunidad parecida, en consonancia además con las exhortaciones que frecuentemente
había hecho el mismo Jesús a vender los bienes terrenos y dar su precio a los pobres,
cosa que Lucas pone muy de relieve en su evangelio (cf. Lc 3:11; 6:30; 7:5; 11:41; 12, 33-34;
14:14; 16:9; 18:22; 19:8). Por lo demás, esa práctica parece que no pasó de un entusiasmo primerizo
de corta duración, y no consta que se introdujera en otras iglesias fuera de Jerusalén. Desde
4600
luego, no se introdujo en las iglesias fundadas por San Pablo (cf. 1 Cor 1:21-22; 16:2), ni hubiera
sido de fácil adaptación para dimensiones universales. Incluso en la iglesia de Jerusalén no debió
de ser de muy buenos resultados, pues es muy probable que a eso se deba, al menos en gran parte,
la general pobreza de la comunidad de Jerusalén, que obligó a San Pablo a organizar frecuentes
colectas en su favor (cf. 11:29; Rom 15:25-28; 1 Cor 16:1-4; 2 Cor 8, 1-9; Gal 2:10).
En cuanto a qué quiera significar San Lucas con la expresión “fracción del pan” (v.42),
han sido muchas las discusiones. Reconocemos que la expresión “partir el pan,” acompañada
incluso de acción de gracias y de oraciones, de suyo puede no significar otra cosa que una comida
ordinaria al modo judío, en que el presidente pronunciaba algunas oraciones antes de partir el
pan (cf. Mt 14:19;
52
Hechos 2
15:36). Probablemente ése es el sentido que tiene en 27:35. Sin embargo, también es cierto que
en el lenguaje cristiano, como aparece en los documentos primitivos 39, fue la expresión con que
se designó la eucaristía, y su recuerdo se conservará a través de todas las liturgias, aunque, a partir
del siglo n, se haga usual el nombre “eucaristía,” prevaleciendo la idea de agradecimiento (eucaristía)
sobre la de convite (fracción del pan). Los textos de San Lucas son, desde luego, poco
precisos, limitándose simplemente a señalar el hecho de la “fracción del pan,” sin especificar en
qué consistía ni qué significaba ese rito.
Sin embargo, estos textos reciben mucha luz de otros dos de San Pablo, que son más detallados
y expresivos: 1 Cor 10:16-21; 11:23-29. Téngase en cuenta, en efecto, que San Lucas es
discípulo y compañero de San Pablo; si, pues, en éste la expresión “partir el pan” significaba claramente
la eucaristía, ese mismo sentido parece ha de tener en San Lucas. Tanto más que, en el
caso de la reunión de Tróade (20:7), se trata de una iglesia paulina, y la reunión la preside el
mismo San Pablo; y, en cuanto a este texto, referente a la iglesia de Jerusalén, todo hace suponer
la misma interpretación, pues, si se tratase de una comida ordinaria en común, no vemos qué interés
podía tener San Lucas en hacer notar que “perseveraban asiduamente en la fracción del
pan,” ni en unir ese dato a los otros tres señalados: enseñanza de los apóstoles, unión, oraciones.
Y esto vale no sólo para el v.42, sino también para el v.46; pues, si la “fracción del pan,” de
que se habla en el v.42, alude a la eucaristía, no vemos cómo en el v.46, que refleja una situación
idéntica, esa misma expresión tenga un significado diferente. Tanto más, que estos v.43-47
parecen no ser sino explicación del v.42. Lo que sucede es que en este v.46 se alude también a
una comida en común que, en consonancia con la situación creada por la comunidad de bienes
(v.44-45), hacían diariamente “con alegría y sencillez de corazón” esos primeros fieles de Jerusalén,
unida a la cual tenía lugar la “fracción del pan.”
Al lado, pues, de la liturgia tradicional del Antiguo Testamento, a la que esos primeros
fieles cristianos asisten con regularidad (v.46), comienza un nuevo rito, el de la “fracción del
pan,” para cuya celebración parece que los fieles se repartían “por las casas” particulares en
grupos pequeños (v.46). Se trataría probablemente de casa de cristianos más acomodados, lo
suficientemente espaciosa para poder tener en ellas esa clase de reuniones. Entre ellas estaría la
de María, la madre de Juan Marcos (12:12), lo mismo que más tarde, fuera de Jerusalén, aquellas
iglesias “domésticas” a que frecuentemente alude San Pablo en sus cartas (1 Cor 16:19; Gol
4:15; Flm 2).
San Lucas hace notar también que perseveraban “en las oraciones” (v.42). La construcción
gramatical de la frase, uniendo ambos miembros por la conjunción copulativa “y,” parece
indicar que se trata no de oraciones en general, sino de las que acompañaban a la “fracción del
pan.” De cuáles fueran estas oraciones, nada podemos deducir. La Didaché, y más todavía San
4601
Justino, nos describirán luego todo con mucho más detalle 40, pero no es fácil saber qué es lo que
de esto podemos trasladar con certeza a los tiempos a que se renere San Lucas.
No es fácil precisar hasta dónde esos primitivos cristianos pensaban en el aspecto sacrificial
de la eucaristía en cuanto recuerdo y como reproducción de la muerte de Cristo, cosa en que
luego insistirá Pablo (cf. 1 Cor 10:16-21; 11:23-26). Más bien parece que se considera la eucaristía
en perspectiva escatológica, como una anticipación del banquete mesiánico (cf. Mt 8:11;
Lc 22:30); de ahí la idea de alegría que parece presidir la celebración de la eucaristía (2:46), en
contraste con la seriedad y circunspección que piden los textos de Pablo (1 Cor 11:27-29). Son
aspectos distintos de la eucaristía, que en modo alguno se excluyen uno al otro, y el mismo Pablo,
que tanto hace resaltar el aspecto sacrificial, no omite aludir a la perspectiva escatológica,
como lo demuestra su expresión “hasta que El venga” (1 Cor 11:26), dando a entender que ese
acto sacrificial seguirá haciéndose hasta el momento en que Jesús vuelva a encontrarse ostensible
y definitivamente con los suyos.
Llama un poco la atención el “temor” que se apodera de todos, de que se habla en el v.43.
Probablemente no se trata sino de ese sentimiento, mezcla de admiración y de reverencia, que
surge espontáneo en el hombre ante toda manifestación imprevista de orden sobrenatural. A él se
alude frecuentemente en el Evangelio con ocasión de los milagros de Jesucristo (cf. Mt 9:8;
14:26; Mc 5:43; Lc 9-43)· Este “temor” afectaría también a los convertidos, particularmente en
algunas ocasiones (cf. 5:10-11), pero sobre todo había de afectar a los no convertidos, que con
ello se sentían cohibidos para impedir el nuevo movimiento religioso dirigido por los apóstoles.
Es muy de notar la frase con que San Lucas termina la narración: “cada día el Señor iba
incorporando a los que habían de ser salvos” (v.47), con la que da a entender que el conjunto de
todos los fieles cristianos constituían una especie de “unidad universal,” en la que se entraba por
la fe y el bautismo (cf. 2:38-39), y dentro de la cual únicamente se obtendrá la “salud” en el día
del juicio (cf. 2:21; 4:12). Es la misma idea que encontramos en 13:48: “creyendo cuantos estaban
ordenados a la vida eterna.” Muy pronto se hará usual el término “iglesia” para designar
esta unidad universal (cf. 5:11; 8:3; 9:31; 20:28), llamada también por San Pablo “Israel de
Dios” (Gal 6, 16), y por Santiago “nuevo pueblo de Dios” (cf. 15:14).
Una última observación. Desde hace algunos años, a partir de los descubrimientos de
Qumrán, se ha comenzado a hablar de probables influencias qumránicas en las comunidades cristianas.
No vemos inconveniente en afirmar, escribe el P. Arnaldich, que las comidas comunitarias
cristianas “se inspiraran en las costumbres existentes en el judaísmo precristiano, siendo la
influencia de los esenios de Qumrán acaso más directa por proceder de allí gran parte de los
que se sentaban a la mesa.. En cuanto a los bienes en común, no cabe duda de que existen analogías
y discrepancias.,”41
Creemos que en esta cuestión hemos de proceder con mucha cautela. “A priori” hemos de
suponer que existan semejanzas. Ambas comunidades, la de Qumrán y la cristiana, viven en una
atmósfera mesiánica, conscientes de encontrarse ya en los últimos tiempos; ambas se presentan
como el verdadero Israel, en que se cumplen las profecías antiguas; ambas ponen las condiciones
de penitencia y bautismo para incorporarse a la comunidad; ambas aparecen dirigidas por personajes
en escala jerárquica; ambas tienen sus ritos de culto a Dios fuera del templo oficial judío;
ambas hablan de comidas comunitarias y de bienes en común.. Pero será muy difícil probar
que esas afinidades han de explicarse por dependencia de los cristianos respecto de Qumrán, y no
más bien por coincidencia de circunstancias y porque ambas comunidades están enraizadas en el
AT. Por lo demás, las diferencias son fundamentales. Fijémonos sólo en que, como dice Gerfaux,
mientras Qumrán “descartaba” inexorablemente de la santa comunidad a los lisiados, ciegos, en4602
fermos, para los cristianos, en cambio, los miserables eran llamados los primeros al reino de Dios
42. Ni para explicar la comunidad de bienes y las comidas en común de la primitiva comunidad
cristiana, es necesario recurrir a Qumrán, como ya expusimos antes 43.
Curación de un cojo de nacimiento, 3:1-11.
1 Pedro y Juan subían a la hora de la oración, que era la de nona. 2 Había un hombre
tullido desde el seno de su madre, que traían y ponían cada día a la puerta del
templo llamada la Hermosa para pedir limosna a los que entraban en el templo. 3
Este, viendo a Pedro y a Juan que se disponían a entrar en el templo, extendió la
mano pidiendo limosna. 4 Pedro y Juan, fijando en él los ojos, le dijeron: Míranos. 5
El los miró esperando recibir de ellos alguna cosa. 6 Pero Pedro le dijo: No tengo oro
ni plata; lo que tengo, eso te doy: En nombre de Jesucristo Nazareno, anda. 7 Y tomándole
de la diestra, le levantó, y al punto sus pies y sus talones se consolidaron; 8
y de un brinco se puso en pie, y comenzando a andar entró con ellos en el templo,
saltando y brincando y alabando a Dios. 9 Todo el pueblo, que lo vio andar y alabar
a Dios, 10 reconoció ser el mismo que se sentaba a pedir limosna en la puerta Hermosa
del templo, y quedaron llenos de admiración y espanto por lo sucedido. 11 El
no se separaba de Pedro y Juan, y todo el pueblo, espantado, concurrió a ellos en el
pórtico llamado de Salomón.
Es una escena llena de colorido, que trae a la memoria aquella otra similar de la curación del ciego
de nacimiento hecha por Jesús (cf. Jn 9:1-41). También ahora, como entonces, los dirigentes
judíos, que no pueden negar el milagro, se encuentran en situación sumamente embarazosa (cf.
4:14-16), dada su pertinacia en no creer. Es de notar la frecuencia con que, en estos primeros
tiempos de la Iglesia, Pedro y Juan aparecen juntos (cf. 4:13; 8:14; Jn 20:2-9; 21:7; Gal 2:9). Ya
durante la vida terrena de Jesús parece que sucedía lo mismo (cf. Jn 13:24; 18:15; Lc 22:8). Eran
dos grandes enamorados del Maestro, unidos íntimamente en el mismo ideal, aunque cada uno
con temperamento y genio distintos. En esta ocasión, los dos suben juntos al templo para la oración
a la hora de nona, es decir, a las tres de la tarde. Era la hora del sacrificio vespertino, con
sus largos ritos, que duraba desde que el sol empieza a declinar, hacia las tres de la tarde, hasta
su ocaso. Había también el sacrificio matutino, con los mismos ritos del de la tarde (cf. Ex 29,
39-42), que comenzaba al salir el sol y duraba hasta la hora de tercia, es decir, las nueve de la
mañana. En sentido amplio, pues, aunque no muy exacto, solían designarse las horas de oración
como hora de tercia y hora de nona (cf. 10:3.30), y los judíos acudían numerosos al templo para
estar presentes allí durante esas horas de la oración oficial (cf. Ecl 50:5-21; Lc 1:8-10). Los cristianos,
a pesar de su fe en Cristo y de los nuevos ritos que tenían ya propios (cf. 2:42-44), no
habían roto aún con el judaísmo, cosa que les costará bastante, hasta que los acontecimientos y
la voz del Espíritu Santo les vayan indicando otra cosa (cf. 10:14; 11:17; 15:1; 21:28). El milagro
tiene lugar junto a la puerta llamada “Hermosa,” donde se sentaba a pedir limosna el pobre
tullido (v.2.10). En ningún otro documento antiguo se da este nombre a una puerta del templo.
Probablemente se trata de la puerta que los rabinos llamaban “puerta de Nicanor,” que ponía en
comunicación el atrio de los gentiles con el atrio de las mujeres y, a través de éste, con el atrio de
los israelitas, sobrepasando en mucho a las otras en valor y hermosura, según testimonio de Josefo
44. Era puerta de extraordinario tránsito y, por consiguiente, muy a propósito para colocarse
junto a ella a pedir limosna. Miraba hacia Oriente, que era hacia donde caía el llamado “pórtico
de Salomón,” lugar preferido para reuniones públicas (cf. 5:12; Jn 10:23), Y que, también en esta
4603
ocasión, va a servir de escenario para el discurso de San Pedro (v.11).
Discurso de Pedro al pueblo en el pórtico de Salomón, 3:12-26.
12 Visto lo cual por Pedro, habló así al pueblo: Varones israelitas, ¿qué os admiráis
de esto o qué nos miráis a nosotros, como si por nuestro propio poder o por nuestra
piedad hubiéramos hecho andar a éste? 13 El Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob,
el Dios de nuestros padres ha glorificado a su siervo Jesús, a quien vosotros entregasteis
y negasteis en presencia de Pilato, cuando éste juzgaba que debía soltarLc. 14
Vosotros negasteis al Santo y al Justo y pedisteis que se os hiciera gracia de un
homicida. 15 Disteis la muerte al autor de la vida, a quien Dios resucitó de entre los
muertos, de lo cual nosotros somos testigos. 16 Por la fe de su nombre, éste, a quien
veis y conocéis, ha sido por su nombre consolidado, y la fe que de El nos viene dio a
éste la plena salud en presencia de todos vosotros. 17 Ahora bien, hermanos, ya sé
que por ignorancia habéis hecho esto, como también vuestros príncipes. 18 Dios ha
dado así cumplimiento a lo que había anunciado por boca de todos los profetas, la
pasión de su Cristo. 19 Arrepentios, pues, y convertios, para que sean borrados vuestros
pecados, 20 a fin de que lleguen los tiempos del refrigerio de parte del Señor y
envíe a Jesús, el Cristo, que os ha sido destinado, 21 a quien el cielo debía recibir hasta
llegar los tiempos de la restauración de todas las cosas, de que Dios habló desde
antiguo por boca de sus santos profetas. 22 Dice, en efecto, Moisés: “Un profeta hará
surgir el Señor Dios de entre vuestros hermanos, corno yo; vosotros le escucharéis
todo lo que os hablare; 23 toda persona que no escuchare a ese profeta, será exterminada
de su pueblo.” 24 Y todos los profetas, desde Samuel y los siguientes, cuantos
hablaron, anunciaron también estos días. 25 Vosotros sois los hijos de los profetas y
de la alianza que Dios estableció con vuestros padres cuando dijo a Abraham: “En
tu descendencia serán bendecidas todas las familias de la tierra.” 26 Dios, resucitando
a su Siervo, os lo envía a vosotros primero para que os bendiga, al convertirse
cada uno de sus maldades.
En este segundo discurso de Pedro al pueblo podemos distinguir dos partes principales: una, de
carácter apologético, haciendo ver que el milagro obrado en el cojo de nacimiento es debido a
Jesucristo, a quien los judíos crucificaron, pero Dios resucitó de entre los muertos, de todo lo
cual ellos son testigos (v. 12-16); y otra, de carácter parenético, exhortando a sus oyentes al
arrepentimiento y a la fe en Jesús, si quieren tener parte en las bendiciones mesiánicas (v.
19-26).
Entre una y otra parte, como tratando de atenuar el pecado de los judíos y así captar mejor
su benevolencia, dice (v. 17-18) que obraron por ignorancia y con su acción, sin darse cuenta,
contribuyeron a que se cumplieran las profecías que hablan de un Mesías paciente (cf. Is 53:1-
12; Sal 21:2-19). De modo parecido se expresará también San Pablo en su discurso de Antioquía
de Pisidia (13:27); por lo demás, a sí mismo aplicará la misma doctrina, aduciendo cierta ignorancia
como excusa de su antigua incredulidad (cf. 1 Tim 1:13). Disculpa análoga había ya aducido
Jesús respecto de los que le crucificaban (cf. Lc 23:34). Claro que esta ignorancia, como es
obvio, no bastaba a excusarles de todo pecado, pues en mayor o menor grado, según los casos,
eso sólo Dios lo sabe, era una ignorancia culpable, habiendo Jesús probado suficientemente su
misión divina (cf. Jn 15:22-24; 19:11).
Son de notar, en la primera parte del discurso, los títulos mesiánicos que se dan a Jesús:
4604
“siervo de Dios” (v.13), “santo” y “justo” (v.14), que revelan un cristianismo muy enraizado aún
en el judaísmo, y que constituyen una prueba de la exactitud con que reproduce sus fuentes San
Lucas. De nuevo volveremos a encontrar estos títulos más adelante (cf. 4:27.30; 7:52; 22:14; 1
Pe 3:18; 1 Jn 2:1). Parece que fueron títulos mesiánicos muy en uso en la primera generación
cristiana. Fue Isaías quien primeramente, en estrofas en-ternecedoras, habló del “siervo de Yahvé,”
preanunciando sus sufrimientos y su triunfo (Is 42:1; 49:3; 50:10; 52:13; 53:11), y en ese
misterioso “siervo de Yahvé” reconocen los cristianos a Jesús, tratando de disipar la repugnancia
que experimentaba el judaismo contemporáneo en aceptar la idea de un Mesías paciente (cf.
2:23; 8:32-33; 17:3; Le 24:26; i Pe i,n). La glorificación que Dios le otorga (v.13) es su resurrección
(v.15), con todas las consecuencias que eso lleva consigo (cf. 2:32-33). No parece caber duda
de que la comunidad cristiana primitiva, al aplicar a Jesús el título de “Siervo de Dios,” no
pensaba simplemente en título honorífico, especie de ingreso en la familia de Dios, colaborando
en sus planes (cf. Gen 26, 24; Jos 24:29; 2 Sam 3:18; Jer 27:6), sino que apuntaba directamente
al “Siervo de Yahvé” de Isaías, varón de dolores en favor de los demás (cf. Act 8:30-35), evocando
así bajo ese término el valor expiatorio y salvífico de la pasión y muerte de Jesús (cf. 5:30-
31; 20:28). En cuanto a los títulos de “santo” y “justo” (v.14), están inspirados también en el Antiguo
Testamento (cf. Is 53:11; Jer 23:5; Sal 16; 10), y en el Evangelio habían sido aplicados ya
con frecuencia a Jesucristo (cf. Mt 27:19; Lc 1:35; 4:34; 23:47; Jn 6:69).
Se le aplica también otro título, el de “autor (άρχηγός) de la vida” (v.15), en contraposición
a Barrabás, asesino o destructor de la misma45. ¿De qué vida se trata, la vida física o la vida
sobrenatural? Parece claro, a pesar de que la contraposición con Barrabás homicida invitaría a
pensar lo contrario, que en la intención de Pedro se trata de la vida sobrenatural, es decir, de la
“salud” mesiánica en toda su extensión, incluyendo la vida gloriosa futura. Vendría a ser el mismo
sentido que Jesucristo da a la palabra “vida,” cuando dice que ha venido al mundo para que
sus ovejas tengan vida y vida abundante (cf. Jn 10:10.28; 17:2-3). Expresiones semejantes tenemos
en Heb 2:10 y 12:2, donde se llama a Jesucristo “autor de la salud” y “autor de la fe,” que
vendrían a tener el mismo sentido. Por lo demás, el mismo Pedro parece darnos la interpretación
auténtica, al repetir poco después ante el sanedrín, en un contexto muy semejante, que Jesús es
autor de la salud o príncipe que nos salva, al igual, aunque en plano más elevado, que lo había
sido Moisés respecto de los israelitas (cf. 7:25.35). Es de notar el paralelismo latente en todos
estos primeros capítulos de los Hechos entre Moisés y Cristo (cf. 3:22; 7:35-53) paralelismo que
conviene tener muy en cuenta, al tratar de precisar el sentido de la expresión “autor de la vida,”
aplicada a Cristo. La expresión está recogida en la liturgia del tiempo pascual: Dux vitae mortuus
regnat vivus.
La afirmación fundamental de Pedro en esta primera parte de su discurso es que no ha
obrado el milagro con el rengo de nacimiento en virtud de sus fuerzas naturales o en virtud de los
méritos de su piedad (v.12), sino por la fe en Jesucristo (v.16). En varias ocasiones, con motivo
de sus milagros, Jesús había urgido la necesidad de la fe, como condición previa para realizarlos
(cf. Mt 9:28-29; Mc 5:36; 6:5-6; 9:23; Lc 8:50). La diferencia está en que Jesús obraba milagros
en su propio nombre, exigiendo únicamente la fe en los que iban a ser curados, mientras que los
apóstoles han de hacerlos invocando la autoridad de Jesús y apoyados en la fe en él. Con sólo
tener fe como un grano de mostaza, les había dicho, podréis trasladar las montañas (cf. Mt 17:20;
21:21; Mc 16:17-18). Esa fe tenía ciertamente Pedro al ordenar el milagro en el nombre de Jesucristo
(v.6), pero es posible que secundariamente la tuviera también el discapacitado por habérsela
comunicado el impulso autoritario de Pedro. Es probable, como aconseja la comparación con
14:8-10, que el texto aluda sobre todo a esta fe del tullido.
4605
En cuanto a la segunda parte del discurso (v. 19-26), es toda ella una apremiante exhortación
al arrepentimiento y a la fe en Jesús como Mesías, del que dice que ha sido destinado
“primeramente” a los judíos (v.20-26), y a quien vuelve a designar con el título de “siervo de
Dios” (v.26). De esta prioridad de los judíos en la bendición mesiánica ya hablamos al comentar
2:39, a cuyo lugar remitimos.
Una cosa importante, sin embargo, conviene hacer notar, y es que Pedro en este discurso,
al referirse a la bendicion mesiánica, suele hablar en tiempo futuro, diciendo a los judíos que se
arrepientan “a fin de que lleguen los tiempos del refrigerio.., de la restauración.. y Dios envíe a
Jesús, el Mesías” (v. 19-21). No hay duda que alude con esto a la parusía o segunda venida del
Señor, prometida por los ángeles el día de la ascensión, a la que seguirán “tiempos de refrigerio”
y de “restauración de todas las cosas.” Hasta que lleguen esos tiempos, Cristo seguirá retenido en
el cielo (v.21), aquel cielo al que subió en su ascensión (cf. 1:11; 2:33-34). Sobre esta restauración
de todas las cosas en la parusía y glorificación de los elegidos vuelve a hablar San Pedro en
su segunda carta (2 Pe 3:12-13), y de ella habla también San Pablo con extraordinario dramatismo
(Rom 8:19-23). Parece que San Pedro, al unir la conversión de los judíos a la parusía (v. 19-
20), se refiere simplemente a que dicha conversión impulsara a Cristo a venir, pues lo que le retarda
es la “espera de que todos vengan a penitencia” (2 Pe 3:9). Aunque también es posible que
haya aquí alusión directa al “misterio,” de que habla San Pablo en Rom 11:25-26, refiriéndose a
que antes de la parusía ha de tener lugar la conversión de los judíos.
Repetidas veces dice San Pedro que todo esto estaba predicho por los profetas (v.21-24).
Ello no ha de aplicarse solamente a los tiempos de la parusía, sino a los tiempos mesiánicos en
general, cuya triunfal manifestación y como coronación se efectuará en la parusía. De hecho, la
cita que hace de Dt 18:15-19 la aplica a Jesucristo a partir ya de su encarnación, en quien los judíos
deben creer si quieren alcanzar la salud (v.22-23). También la promesa hecha a Abraham
(Gen 12:3; 22:18), que cita a continuación (v.25), ha comenzado a cumplirse ya, y es necesario
decidirse a la conversión para participar en esa “bendición” prometida a la descendencia de
Abraham (v.26). Esta “bendición” no es otra que la salud mesiánica, extendida a judíos y gentiles
(cf. Gal 3:8), la misma de que Pedro había hablado ya en su primer discurso de Pentecostés (cf.
2:38-40), aunque de suyo la expresión podría también traducirse: “…os bendiga, apartando a cada
uno de sus maldades” (cf. Rom 11:26), con cuya traducción, incluso el arrepentimiento se
consideraría ya como una gracia de Jesús, y no simplemente como consolación para recibir la
“bendición.” La expresión “hijos de los profetas y de la alianza” (v.25), un poco oscura, no significa
otra cosa sino que ellos, los judíos, son antes que nadie los beneficiarios y herederos de la
alianza, en favor de los cuales hablaron los profetas; o dicho de otra manera, a ellos de manera
especial pertenecen los oráculos de los profetas y la alianza de Dios con los antiguos patriarcas
(cf. Mt 8:12; Jn. 4:22; Rom 3:2).
Referente al texto del Deuteronomio antes citado, que Pedro aplica a Jesucristo (v.22-23),
hay que notar lo que ya dijimos respecto de otras citas hechas también por Pedro en anteriores
discursos (cf. 1:20; 2:25-28), es, a saber, que no parece que el texto del Deuteronomio sea directamente
mesiánico, pues si algo vale en hermenéutica la ley del contexto, habrá que afirmar que
Moisés, con esas palabras, no piensa en ningún profeta particular y determinado, sino en la institución
de los profetas, que Dios establece en Israel para que prosigan la obra que él comenzó y
tenga el pueblo a quién consultar sin necesidad de acudir a hechiceros y adivinos, como hacían
los gentiles. Sin embargo, no por eso queda excluido todo sentido mesiánico. Aunque el autor
sagrado, al consignar aquellas palabras en el Deuteronomio, no pensara en la persona del Mesías,
sino sólo en la institución de los profetas, tal sería el sentido literal histórico, Dios, autor
4606
principal de la Escritura, iba mucho más lejos, apuntando sobre todo al que había de ser término
de los profetas y consumador de su obra, en razón del cual y para prepararle el camino suscitaba
todos los otros profetas 46.
Pedro y Juan ante el sanedrín, 4:1-22.
1 Mientras ellos hablaban al pueblo, sobrevinieron los sacerdotes, el oficial del templo
y los saduceos. 2 Indignados de que enseñasen al pueblo y anunciasen cumplida
en Jesús la resurrección de los muertos, 3 les echaron mano y los metieron en prisión
hasta la mañana, porque era ya tarde. 4 Pero muchos de los que habían oído la palabra
creyeron, hasta un número de unos cinco mil. 5 A la mañana se juntaron todos
los príncipes, los ancianos y los escribas en Jerusalén, 6 y Anas, el sumo sacerdote, y
Caifas, y Juan, y Alejandro, y cuantos eran del linaje pontifical; 7 y poniéndolos en
medio, les preguntaron: ¿Con qué poder o en nombre de quién habéis hecho esto
vosotros? 8 Entonces Pedro, lleno del Espíritu Santo, les dijo: “Príncipes del pueblo
y ancianos: 9 Ya que somos hoy interrogados sobre la curación de este inválido, por
quién haya sido curado, 10 sea manifiesto a todos vosotros y a todo el pueblo de Israel
que en nombre de Jesucristo Nazareno, a quien vosotros habéis crucificado, a
quien Dios resucitó de entre los muertos, por El, éste se halla sano ante vosotros. 11
El es la piedra rechazada por vosotros los constructores, que ha venido a ser piedra
angular.12 En ningún otro hay salud, pues ningún otro nombre nos ha sido dado bajo
el cielo, entre los hombres, por el cual podamos ser salvos.” 13 Viendo la libertad
de Pedro y Juan, y considerando que eran hombres sin letras y plebeyos, se maravillaban,
pues los habían conocido de que estaban con Jesús; 14 y viendo presente al
lado de ellos al hombre curado, no sabían qué replicar; 15 y mandándoles salir fuera
del Sanedrín, conferían entre sí, 16 diciendo: ¿Qué haremos con estos hombres?
Porque el milagro hecho por ellos es manifiesto, notorio a todos los habitantes de Jerusalén
y no podemos negarlo. 17 Pero para que no se difunda más el suceso en el
pueblo, conminémosles que no hablen a nadie en este nombre. 18 Y llamándolos, les
intimaron no hablar absolutamente ni enseñar en el nombre de Jesús. 19 Pero Pedro
y Juan respondieron y dijéronles: “Juzgad por vosotros mismos si es justo ante Dios
que os obedezcamos a vosotros más que a El; 20 porque nosotros no podemos dejar
de decir lo que hemos visto y oído.” 21 Pero ellos les despidieron con amenazas, no
hallando motivo para castigarlos, y por causa del pueblo, porque todos glorificaban
a Dios por el suceso. 22 El hombre en quien se había realizado el milagro de la curación
pasaba de los cuarenta años.
El milagro del rengo de nacimiento, magníficamente aprovechado por Pedro en su discurso (cf.
3:16), estaba dando mucho que hacer a las autoridades religiosas judías, que, de una parte, no
podían negar el hecho (v. 14-16), y, de otra, se obstinaban en no creer, metiéndose por el único
camino que parecía quedarles abierto: tapándolo con tierra y que nadie vuelva a hablar del asunto
(v.17-18)47.
A esta solución, que tratan de imponer por la fuerza, responden Pedro y Juan con admirable
valentía, diciendo que hay que obedecer a Dios antes que a los seres humanos, y que ellos
no callarán (v. 19-20). La misma respuesta darán más tarde, cuando vuelvan a urgirles el mandato
(cf. 5:29). Y es que, aunque hay que obedecer a las autoridades legítimas (cf. 1 Pe 2:13-14;
Rom 13:1-17; Tit 3:1), tenían orden de predicar el Evangelio (cf. 1:8; Mt 28:19-20; Lc 24:47), y
4607
contra un mandato divino no pueden alegarse leyes humanas. Esa misma valentía habían demostrado
antes, cuando les preguntaban con qué poder y en nombre de quién habían hecho el milagro
(cf. v.7). Es admirable la respuesta de Pedro, diciendo que en nombre de Jesucristo Nazareno,
a quien ellos crucificaron, y que no hay otro nombre por el cual podamos ser salvos (v.9-12).
Palabras de enorme alcance, en que se omite toda mención de la Ley, en la que no se puede ya
confiar para conseguir la salud. Es el mismo principio que se aplicará en el concilio de Jerusalén
para resolver la grave cuestión allí planteada (cf. 15:10-11), y el que luego desarrollará San Pablo
al insistir sobre la universalidad de la salud cristiana, sin barreras de razas ni de clases sociales
(cf. Rom 10:11-12; Gal 3, 26-28). San Pedro aplica aquí a Jesucristo una cita de Sal 118:22,
que ya el mismo Jesús se había aplicado a sí mismo (cf. Mc 12:10), diciendo que, aunque rechazados
por los judíos, él es la piedra angular de la nueva casa de Israel (v.1,1). Es muy de notar la
expresión “ningún otro nombre nos ha sido dado..,” haciendo resaltar la excelsa dignidad de Jesucristo.
En la misma línea de pensamiento hemos de interpretar las expresiones de bautizar o
predicar “en su nombre” (cf. 2:38; 3:6; 5:40; 8:16; 9:16.34; 10:48; 16:18; 19:5; 26, 17-18), invocar
“su nombre” (cf. 2:21; 10:43; 22:16), padecer “por su nombre” (cf. 5:41; 9:16; 15:26; 21:13;
23:11), etc. Y es que para la mentalidad de los antiguos, sobre todo entre los semitas, el nombre
era como la exteriorizaron de la realidad profunda del ser al que afectaba (cf. Mt 1:21; Act
19:13), y no simplemente una etiqueta exterior, como acontece actualmente entre nosotros. Late
en esos textos la que pudiéramos llamar teología del nombre, y ellos son quizá la prueba más
clara de que desde el principio la comunidad cristiana reconocía como Dios al Cristo exaltado a
la derecha del Padre.
Interesante hacer notar que San Lucas, antes de darnos estas magníficas respuestas de Pedro,
dice que éste responde “lleno del Espíritu Santo” (v.8). Se cumple así lo que el Señor había
prometido para después de su muerte (cf. Mt 10:19; Lc 12:11-12; Jn 16:7-15), y en que se viene
haciendo hincapié desde el comienzo del libro de los Hechos (cf. 1:5-8; 2:4.38). Con razón se ha
llamado a este libro, ya desde antiguo, el evangelio del Espíritu Santo.
Acerca de los personajes que intervienen en estos interrogatorios a los dos apóstoles,
conviene que hagamos algunas aclaraciones. Se habla primeramente de “sacerdotes, oficial del
templo y saduceos” (v.1) que, indignados de su predicación al pueblo, les meten en la cárcel hasta
el día siguiente, pues era ya tarde (v.2-3).
Se trataba evidentemente de un arresto preventivo, en espera de las decisiones definitivas
que habría de tomar el sanedrín al día siguiente. Los “sacerdotes” a que ahí se alude, eran, sin
duda, los que estaban entonces de turno, conforme a la costumbre introducida ya en tiempo de
David de atender el servicio del templo por semanas (cf. 1 Par 24:1-19; Lc 1:5). El “oficial
(στρατηγός) del templo,” del que se vuelve a hablar en 5:24-26, era un sacerdote encargado de
vigilar el buen orden del culto, turnos de guardia, manifestaciones populares, etc., cargo de gran
importancia en esos tiempos de tanta efervescencia religiosa y política. En cuanto a los “saduceos,”
no se ve claro por qué se mencionen al lado de los “sacerdotes” y del “oficial del templo,”
pues, en cuanto tales, no tenían función alguna en el mismo. Es probable que entre los oyentes de
Pedro hubiera saduceos y, dada su odiosidad contra el dogma de la resurrección (cf. 23:6-9), fuesen
ellos, al oír hablar a Pedro de la resurrección de Jesús, quienes interviniesen cerca de los encargados
del orden en el templo para que arrestasen a los apóstoles. Tanto más que en esta época
su influencia era extraordinaria, pues todas las grandes familias sacerdotales, a las que estaba
prácticamente reservado el cargo de sumo sacerdote, pertenecían al partido de los saduceos,
siendo por tanto árbitros de cuanto al templo concernía. Por lo demás, los saduceos aparecen
siempre en los Hechos como enemigos encarnizados de los cristianos, al contrario de los fari4608
seos, que, en general, se muestran bastante más favorables (cf. 5:17.34; 15:5; 23:7-10). Claro que
también entre los fariseos había encarnizados enemigos del nombre cristiano, como prueba el
caso de Pablo (confróntese 26:5-11).
Los que al día siguiente se reúnen para decidir qué solución había de tomarse, quedan
enumerados en el v.5: “príncipes (άρχοντες equivalente a αρχιερείς de otros lugares), ancianos y
escribas,” es decir, los tres grupos o clases de miembros que constituían el sanedrín, consejo supremo
de Israel, compuesto de 71 miembros en recuerdo de Moisés y los 70 ancianos (cf. Núm
11:16-17), con potestad no sólo religiosa, sino también civil, hasta donde se lo permitían las autoridades
romanas. El grupo de los “príncipes” o “sumos sacerdotes” (αρχιερείς) comprendía ora
los que ya habían estado investidos de tal dignidad, ora los miembros principales de las familias
de entre las que solía ser elegido el sumo sacerdote; era, pues, el grupo representativo de la aristocracia
sacerdotal. El segundo grupo, o de los “ancianos” (πρεσβύτεροι), representaba la aristocracia
laica, y se componía de ciudadanos que, por su prestigio o influencia, podían aportar una
eficaz contribución a la dirección de los asuntos públicos. El tercer grupo era el de los “escribas”
o doctores de la Ley, pertenecientes en su gran mayoría a los fariseos, aunque había también algunos
de tendencia saducea. Del sanedrín se habla también en los Evangelios cuando la pasión
de Jesucristo (Mc 15:1; Jn 11:47), y los judíos expresamente reconocen que Roma no les había
dejado el derecho a imponer la pena de muerte (Jn 18:31).
El presidente nato de este tribunal era el sumo sacerdote, que a la sazón era Caifas (v.6),
el mismo que cuando la pasión de Cristo (cf. Jn 18:13). Fue sumo sacerdote del año 18 al 36 de
nuestra era, depuesto por el legado de Siria L. Vitelio, quien puso en su lugar a Jonatán, hijo de
Anas. Sin embargo, este título es aplicado aquí a Anas (v.6), sin duda por la excepcional autoridad
que Anas conservó después de su deposición por Valerio Grato el año 15 de nuestra era.
También en los Evangelios se le da ese título, aunque allí juntamente con Caifas (cf. Lc 3:2).
Había sido nombrado sumo sacerdote por P. Sulpicio Quirino el año 6, permaneciendo nueve
años en el cargo. Josefo dice de él que era considerado, en su tiempo, como el “más feliz” de su
nación48. Poseía inmensas riquezas, gracias sobre todo al establecimiento de tiendas o puestos
con monopolio de venta de ciertos artículos requeridos para los sacrificios, e incluso después de
su deposición seguía siendo el verdadero amo del sanedrín a través de Caifas, su yerno, y de los
cinco hijos que le sucedieron en el sumo pontificado.
De los otros dos personajes nombrados, “Juan y Alejandro” (v.6), no tenemos noticias.
Quizás haya que leer “Jonatán y Eleazar,” como tienen algunos códices, en cuyo caso se trataría
de dos hijos de Anas, que sabemos fueron también sumos sacerdotes. Desde luego eran “del linaje
de jefe de los sacerdotes ” (αρχιερατικού), es decir, de aquellas familias de entre las cuales solía
elegirse el sumo sacerdote.
Oración de los apóstoles, 4:23-31.
23 Los apóstoles, despedidos, se fueron a los suyos y les comunicaron cuanto les
habían dicho los jefes de los sacerdotes y los ancianos. 24 Ellos, en oyéndolos, a una
levantaron la voz a Dios y dijeron: Señor, tú que hiciste el cielo y la tierra, y el mar y
cuanto en ellos hay, 25 que por boca de nuestro padre David tu siervo dijiste: “¿Por
qué protestan las gentes y los pueblos meditan cosas vanas ? 26 Los reyes de la tierra
han conspirado y los príncipes se han unido contra el Señor y contra su Cristo.” 27
En efecto, se unieron en esta ciudad contra tu santo Siervo Jesús, a quien ungiste,
Herodes y Poncio Pilato, con los gentiles y el pueblo de Israel, 28 para ejecutar cuanto
tu mano y tu consejo habían decretado de antemano que sucediese. 29 Ahora, Se4609
ñor, mira sus amenazas, y da a tus siervos hablar con toda libertad tu palabra, 30 extendiendo
tu mano para realizar curaciones, señales y prodigios por el nombre de tu
santo Siervo Jesús.” 31 Después de haber orado, tembló el lugar en que estaban reunidos,
y todos fueron llenos del Espíritu Santo y hablaban la palabra de Dios con
libertad.
Esta hermosa oración, la primera que conocemos de la Iglesia cristiana, si exceptuamos aquella
brevísima de cuando la elección de Matías (cf. 1:24-25), expresa, después de una invocación general
a Dios (v.24), dos ideas principales: que la muerte de Jesús, al mismo tiempo que es prueba
de la hostilidad del mundo, es cumplimiento de lo decretado de antemano por Dios (v.25-28), y
que necesitan el auxilio divino para anunciar libremente el Evangelio y para poder hacer milagros
que atestigüen la verdad de su predicación (v.29-30; cf. 18:9-10; 28:31; 1 Tes 2:2; Ef 6:18-
20). Por vez primera los apóstoles experimentan el cumplimiento de las repetidas predicciones
del Señor sobre las persecuciones que debían sufrir (cf. Mc 13:9; Jn 16:1-4), Y se dirigen a Dios
Padre en nombre de su Hijo, pidiendo su protección y fortaleza para proseguir en el cumplimiento
de la misión que tenían encomendada (cf. 1:8).
No está del todo claro en boca de quién hayamos de poner esta oración. El texto dice que
Pedro y Juan, conminados por el sanedrín a que no siguiesen hablando en nombre de Jesús, vinieron
“a los suyos, que, en oyéndolos, a una levantaron la voz a Dios,” prorrumpiendo en esa
oración (v.23-24). El término “los suyos” puede muy bien indicar la comunidad cristiana en general,
apóstoles y fieles, reunidos en el lugar de costumbre (cf. 1:13; 2:1), posiblemente en casa
de María, la madre de Juan Marcos (cf. 12:12). Sin embargo, las peticiones que en la oración se
hacen a Dios (v.29-30), más que a los fieles en general, parecen mirar a los apóstoles, pues a
ellos pertenece, no a los fieles, la misión de predicar y hacer milagros que confirmen esa predicación.
Por eso, no sin fundamento, opinan muchos que ese “los suyos,” a los que se juntan Pedro
y Juan, aluda no a los cristianos en general, sino a los apóstoles, en boca de los cuales habría
que poner esta oración. Habían sido conminados por las autoridades judías a no hablar más en
nombre de Jesús, y querían asegurarse de seguir contando con la aprobación de Dios, a quien
debían obedecer antes que a los humanos. La respuesta de Dios no se hizo esperar, produciéndose
un fenómeno, no igual pero sí análogo al de Pentecostés (cf. 2:1-4), con una energia del
Espíritu, que los impulsó a predicar el Evangelio con mayor fuerza y empuje (v.31; cf. 1:8;
6:10).
Desde luego, hay que reconocer que las peticiones de la oración (v.29-30) apuntan claramente
a los apóstoles, pero nada hay en el texto que nos impida admitir la presencia también de
otros fieles durante aquella oración. Algunos hablan de que fue una oración carismática, bajo el
influjo colectivo del Espíritu Santo (cf. 1 Cor 12, 3-11; 14:2), pues pronuncian todos a una
(ομοθυμαδόν) las mismas palabras (v.24). Creemos, sin embargo, que muy bien puede tomarse
la expresión en sentido un poco amplio, significando simplemente que todos los asistentes eran
de los mismos sentimientos, y se asociaban, repitiendo incluso las mismas palabras, a la oración
que en voz alta dirigía a Dios alguno de los apóstoles, probablemente Pedro.
La oración comienza aludiendo al Sal 2:1-2, cuyas predicciones ven cumplidas en Jesucristo
(v.25-28). El salmo es, en efecto, mesiánico, aludiendo a la conspiración de los poderes
mundanos contra la soberanía de Dios y de su Cristo 49. Esa conspiración la había experimentado
Jesús y la estaban experimentando ahora sus apóstoles.
4610
Unión fraterna de los fieles, 4:32-37.
32 La muchedumbre de los que habían creído tenía un corazón y un alma sola, y
ninguno tenía por propia cosa alguna, antes todo lo tenían en común. 33 Los apóstoles
atestiguaban con gran poder la resurrección del Señor Jesús, y todos los fieles
gozaban de gran estima. 34 No había entre ellos indigentes, pues cuantos eran dueños
de haciendas o casas las vendían y llevaban el precio de lo vendido, 35 y lo depositaban
a los pies de los apóstoles y a cada uno se le repartía según su necesidad. 36 José,
el llamado por los apóstoles Bernabé, que significa hijo de la consolación, levita,
chipriota de naturaleza, 37 que poseía un campo, lo vendió y llevó el precio, y lo depositó
a les pies de los apóstoles.
De nuevo presenta aquí San Lucas una descripción sumaria de la vida de la comunidad cristiana,
muy semejante a la que ya nos ofreció en 2:42-47. Vuelve a insistir, con expresiones realmente
encantadoras, en la unión fraternal de todos los fieles, que les llevaba incluso a poner sus bienes
en común (v.32). La consecuencia era 50 que no había ningún necesitado entre ellos, pues los que
tenían posesiones las vendían, y ponían el precio a los pies de los apóstoles, para que repartieran
a cada uno según sus necesidades (v.34-35). Si aquí San Lucas vuelve a repetir casi el mismo
relato, parece ser preparando lo que va a decir de Bernabé (v.36-37) y de Ananías y Safira (5:1-
11), pues antes de hablar de las luces y sombras de un cuadro, conviene presentar el conjunto del
cuadro.
Acerca de esta comunidad de bienes y cómo no debe entenderse en sentido absoluto, ya
hablamos al comentar 2:42-47, a cuyo lugar remitimos. Por lo que toca a Bernabé, se hace mención
especial no sólo por su acto de generosidad, desprendiéndose de sus bienes (V-37) como,
sin duda, habían hecho también otros (v.34), sino por ser personaje que desempeñará un papel
importante en esos primeros tiempos de la Iglesia. Era de la tribu de Leví, y natural de la isla de
Chipre (v.36). Su nombre aparecerá varias veces en los siguientes capítulos de los Hechos (cf.
11:22; 12:25; 13:1-2; 15:2.39), y San Pablo elogiará su desinterés al predicar el Evangelio, viviendo
de su trabajo para no ser gravoso a los fieles (cf. 1 Cor 9:6).
Su verdadero nombre era José (v.36), e ignoramos con qué ocasión le pusieron los apóstoles
el sobrenombre de Bernabé (Βαρνάβας), con el que aparecerá ya únicamente en adelante.
La etimología que se nos da, “hijo de la consolación” (v.36), ha sido muy discutida. Fijándonos
en la palabra “consolación,” parecería habría que derivarlo de la forma aramea bar-nahmá (=
hijo de consolación), pero falta la letra b, que se halla en βαρ-νάβα5. Quizás, como quieren algunos,
al pasar al griego la forma aramea, la m se convertía en b; o quizás, como dicen otros, hay
que derivarlo no de barnahmá, sino de bar-nebuah ( = hijo de profecía), y si se dice “hijo de
consolación” es porque en el Nuevo Testamento el profeta tiene como misión la de exhortar y
consolar (cf. 1 Cor 14:3). Eso había de hacer Bernabé (cf. 11:23), que ciertamente es contado
entre los profetas (cf. 13:1).
El caso de Ananías y Safira, 5:1-11.
1 Pero cierto hombre llamado Ananías, con Safira, su mujer, vendió una posesión 2 y
retuvo una parte del precio, siendo sabedora de ello también la mujer, y llevó el resto
a depositarlo a los pies de los apóstoles. 3 Díjole Pedro: Ananías, ¿por qué se ha
apoderado Satanás de tu corazón, moviéndote a engañar al Espíritu Santo, reteniendo
una parte del precio del campo? 4 ¿Acaso sin venderlo no lo tenías para ti, y
4611
vendido no quedaba a tu disposición el precio? ¿Por qué has hecho tal cosa? No has
mentido a los hombres, sino a Dios. 5 Al oír Ananías estas palabras, cayó y expiró.
Se apoderó de cuantos lo supieron un temor grande. 6 Luego se levantaron los jóvenes
y envolviéndole le llevaron y le dieron sepultura. 7 Pasadas como tres horas entró
la mujer, ignorante de lo sucedido, 8 y Pedro le dirigió la palabra: Dime si habéis
vendido en tanto el campo. Dijo ella: Sí, en tanto; 9 y Pedro a ella: ¿Por qué os
habéis concertado en tentar al Espíritu Santo ? Mira, los pies de los que han sepultado
a tu marido están ya a la puerta, y ésos te llevarán a ti. 10 Cayó al instante a sus
pies y expiró. Entrando los jóvenes, la hallaron muerta y la sacaron, dándole sepultura
con su marido. 11 Gran temor se apoderó de toda la iglesia y de cuantos oían tales
cosas.
Este relato de lo acaecido a Ananías y Safira es, sin duda, impresionante. Constituye, además,
una prueba de que, incluso en la edad de oro de la Iglesia había algunas sombras. Nueva confirmación
la tenemos poco después en las murmuraciones de los helenistas contra los hebreos (cf.
6:1). El grave castigo impuesto a los dos esposos debía contribuir a acrecentar el respeto debido
a la Iglesia y a mantener la disciplina, ambas cosas muy necesarias en una comunidad incipiente.
Podemos admitir, como interpretan algunos Santos Padres, que fue un castigo temporal,
a fin de librarles de la pena eterna (cf. 1 Cor 5:5; 11:32).
El pecado de estos dos esposos no estaba en que vendieran o no vendieran el campo, ni
en que, una vez vendido, retuvieran o no retuvieran una parte del precio. Todo eso estaban en
perfecta libertad para poder hacerlo (v.4). Su pecado estaba en que, una vez vendido, llevaron
cierta parte (μέρος τι) a los apóstoles (v.2), dando a entender explícita o implícitamente que
aquélla era la ganancia total (cf, v.8), y que hacían como había hecho Bernabé (cf. 4:37) y tantos
otros (cf. 4:34). Era, pues, una mentira (v.3-4); mentira que, más que de avaricia, procedía
probablemente de hipocresía y vanagloria, para no ser menos que tantos otros cristianos que
se expropiaban íntegramente de sus bienes. En otras palabras, querían pasar por generosos y a la
vez quedarse con una parte del dinero. Desde luego no es el mismo caso que el de Acán, apropiándose
objetos dados al anatema y severamente castigado (cf. Jos 7:1-26), no obstante la referencia
que a este caso suelen hacer los críticos.
San Pedro les echa en cara su pecado con expresiones muy duras, que ya desde antiguo
han llamado la atención: “engañar al Espíritu Santo” (v.3), “tentarle” (v.9), “mentir a Dios”
(v.4). Algunos Santos Padres, a vista de estas expresiones, creen que Ananías había hecho voto
de entregar a la Iglesia todos sus bienes, y, al retener ahora parte del precio, se hacía culpable no
sólo de mentira, sino también de sacrilegio. Pero no hay indicios de tal voto; más aún, a ello
parece oponerse el que, como dice Pedro, Ananías era libre de hacer esa entrega (v.4). Probablemente,
lo que con esas expresiones se quiere significar es que tratar de engañar a los apóstoles
equivalía a tratar de engañar al Espíritu Santo, verdadero principio rector de la Iglesia, bajo cuyo
influjo y dirección estaban actuando ellos (cf. 1:8; , 2:4.33.38; 4:8.31). Y nótese, de paso, la
equivalencia que hace Pedro entre “mentir al Espíritu Santo,” tratando de engañarle (v.3) y
“mentir a Dios” (v.4), claro testimonio de la divinidad del Espíritu Santo.
San Lucas termina de narrar esta escena, diciendo que “un gran temor se apoderó de toda
la iglesia y de cuantos oían tales cosas” (v.11). Por primera vez encontramos en los Hechos el
término “iglesia” para designar la comunidad cristiana, término que, en adelante, se hará frecuentísimo,
sea en su sentido universal (cf. 8:3; 9:31; 20, 28), sea en sentido de iglesia local (cf.
8:1; 11:22; 13:1; 14:27; 15:41)· El empleo de este término, por lo demás, lo ponen ya los Evan4612
gelios en boca de Jesucristo (cf. Mt 16:18; 18:17), aunque sería muy difícil concretar qué término
arameo usaría el Señor 51.
Es muy probable que la razón de esta preferencia de la comunidad cristiana primitiva por
el término “iglesia,” con preferencia a cualquier otro, haya sido para proclamarse, incluso en el
nombre, como la comunidad “mesiánica.” En efecto, es éste un término que los LXX usan con
mucha frecuencia, traducción del hebreo qahal, al referirse a la asamblea de Yahvé. A veces la
traducción no es εκκλησία, sino συναγωγή (cf. Núm 16:3; Deut 5:22); pero ciertamente hay preferencia
por ekklesia, particularmente en aquellos pasajes en que se alude a la comunidad o
asamblea de Israel con cierto aire religioso y solemne (cf. 1 Par 2:8; Neh 8:2), y más todavía
cuando se hace referencia a la comunidad del desierto (cf. Deut 4:10; 9:10; 23:2; 31-30; ps
22:26).
La preferencia de los LXX por ekklesia quizá esté motivada, aparte la razón de asonancia
(qahal-ekklesia), por la etimología misma de la palabra (ek-kaleo) que sugiere la idea de convocación
por parte de Dios; y eso era, en efecto, el Qehal Yahve: un pueblo convocado por Dios
como instrumento de sus bendiciones. Los judío-cristianos helenistas, educados en la lectura
de los LXX, habrían escogido para autodesignarse el término ekklesia, con preferencia a cualquier
otro, a fin de proclamarse, incluso en el nombre, como la comunidad mesiánica o pueblo
de Dios escatológico; tanto más que, en la mentalidad judía de entonces, la comunidad mesiánica
era esperada como una reproducción de la asamblea del desierto (cf. 2 Mac 2:7-8; Is 40:3-5;
Os 2:16; Eclo 36:13), y el mismo Pablo habla de los acontecimientos en esa comunidad del desierto
como tipo de las realidades cristianas (cf. 1 Cor 10:1-11). También Esteban recoge en su
discurso el término ekklesia al referirse a la asamblea del desierto (cf. 7:38), precisamente mientras
está haciendo un paralelo entre Moisés y Cristo, rechazados ambos por su pueblo, y ambos
también constituidos por Dios jefes y salvadores 52.
Numerosos milagros de los apóstoles y continuo. aumento de fieles, 5:12-16
12 Eran muchos los milagros y prodigios que se realizaban en el pueblo por mano de
los apóstoles. Estando todos reunidos en el pórtico de Salomón, 13 nadie de los otros
se atrevía a unirse a ellos, pero el pueblo los tenía en gran estima. 14 Crecían más y
más los creyentes, en gran muchedumbre de hombres y mujeres, 15 hasta el punto de
sacar a las calles los enfermos y ponerlos en los lechos y camillas, para que, llegando
Pedro, siquiera su sombra los cubriese; 16 y la muchedumbre concurría de las ciudades
vecinas a Jerusalén, trayendo enfermos y atormentados por los espíritus impuros,
y todos eran curados.
Nueva descripción “sumaria” de la vida de la comunidad, de forma parecida a como ya se había
hecho en 2:42-47 y 4:32-35.
Un verdadero derroche de milagros, si es lícito hablar así, el que aquí deja entender la narración
de San Lucas que hacían los apóstoles (v.1a.15). Buena respuesta a la oración que en este
sentido habían hecho al Señor (cf. 4:30). Es natural que el número de fieles creciese más y más
(v.14) y que la fama saliese muy pronto fuera de Jerusalén (v.16), dando sin duda ocasión a que
la Iglesia comenzase a extenderse por Judea.
Esos “otros” que no se atrevían a unirse a los apóstoles (v.13) serían los ciudadanos de
cierta posición, que se mantenían apartados por miedo al sanedrín (cf. 4:17-18; 5:28), en contraste
con la masa del pueblo, que abiertamente se mostraba bien dispuesta (cf. v.13). Las reuniones
solían tenerse en el “pórtico de Salomón” (v.12), lugar preferido para reuniones públicas de ca4613
rácter religioso, y donde ya Pedro, a raíz de la curación del rengo de nacimiento, había tenido el
discurso que motivó su primer arresto por parte del sanedrín (cf. 3:11).
Los apóstoles, nuevamente arrestados, comparecen ante el sanedrín, 5:17-33.
17 Con esto levantándose el sumo sacerdote y todos los suyos, de la secta de los saduceos,
llenos de envidia, 18 echaron mano a los apóstoles y los metieron en la cárcel
pública. 19 Pero el ángel del Señor les abrió de noche las puertas de la prisión, y sacándolos
les dijo: 20 Id, presentaos en el templo y predicad al pueblo todas estas palabras
de vida. 21 Ellos obedecieron; y entrando al amanecer en el templo, enseñaban.
Entretanto, llegado el sumo sacerdote con los suyos, convocó el sanedrín, es decir,
todo el senado de los hijos de Israel, y enviaron a la prisión para que se los llevasen.
22 Llegados los alguaciles, no los hallaron en la prisión. Volvieron y se lo hicieron
saber, 23 diciendo: La prisión estaba cerrada y bien asegurada y los guardias en
sus puertas; pero abriendo, no encontramos dentro a nadie. 24 Cuando el oficial del
templo y los pontífices oyeron tales palabras, se quedaron sorprendidos, pensando
qué habría sido de ellos. 25 En esto llegó uno que les comunicó: Los hombres esos
que habéis metido en la prisión están en el templo enseñando al pueblo. 26 Entonces
fue el oficial con sus alguaciles y los condujo, pero sin hacerles fuerza, porque temían
que el pueblo los apedrease. 27 Conducidos, los presentó en medio del sanedrín.
Dirigiéndoles la palabra el sumo sacerdote, les dijo: 28 Solemnemente os hemos ordenado
que no enseñaseis sobre este nombre, y habéis llenado a Jerusalén de vuestra
doctrina y queréis traer sobre nosotros la sangre de ese hombre. 29 Respondiendo
Pedro y los apóstoles, dijeron: “Es preciso obedecer a Dios antes que a los hombres.
30 El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien vosotros habéis dado
muerte suspendiéndole de un madero. 31 Pues a ése le ha levantado Dios a su diestra
por Príncipe y Salvador, para dar a Israel penitencia y la remisión de los pecados. 32
Nosotros somos testigos de esto, y lo es también el Espíritu Santo que Dios otorgó a
los que le obedecen.” 33 Oyendo esto, rabiaban de ira y trataban de quitarlos de delante.
Los rápidos progresos de la Iglesia (v.14), y la estima que ante el pueblo iban adquiriendo los
apóstoles (ν.13), provocan una fuerte reacción por parte del sanedrín, que tratará de impedir por
todos los medios la difusión del naciente cristianismo.
La orden parte de los saduceos, y entre ellos el sumo sacerdote (v.17), es decir, de los
mismos que iban también a la cabeza cuando el primer arresto (cf. 4:1.6), como ya hicimos resaltar
al comentar ese pasaje. Los meten en la cárcel (v.18), en espera de poder convocar el sanedrín,
que es el que debía tomar las oportunas decisiones. Exactamente igual que habían hecho la
primera vez (cf. 4:3.5)· Pero, durante la noche, el ángel del Señor saca fuera a los apóstoles, sin
que los centinelas advirtieran nada anormal (cf. v.19.23). Una liberación análoga, aunque narrada
con más detalle, tendrá lugar con San Pedro más adelante (cf. 12:6-10)53.
Todavía estaba amaneciendo y ya se hallaban otra vez predicando en los pórticos del
templo (v.21). A esa misma hora, poco más o menos, se reunía también el sanedrín para deliberar
sobre el asunto (v.21). Ni debe extrañar que lo hicieran tan de madrugada; lo mismo había sucedido
cuando el proceso de Jesús (cf. Lc 22:66). Y es que en Oriente la actividad diaria comienza
muy temprano. La sorpresa de los sanedritas debió de ser extraordinaria, al enterarse de que los
apóstoles ya no estaban en la cárcel (v.22-25). Con suma cautela, para no alborotar al pueblo, los
4614
trae ante el sanedrín el “oficial del templo” (v.26), el mismo que había intervenido ya también
cuando el primer arresto (cf. 4:1), y, sin aludir para nada a la huida milagrosa, sobre cuyo asunto
preferían, sin duda, el silencio, se les acusa de desobedecer la orden de no predicar en el nombre
de Jesús y de que con su predicación estaban intentando traer sobre ellos “la sangre de ese hombre”
(v.28). La orden ya nos era conocida (cf. 4:17-18), pero esta última acusación aparece aquí
por primera vez. Lo que el sumo sacerdote parece querer decir es que Jesús fue condenado en
nombre de la Ley, y tratar de presentarlo ahora como inocente y a las autoridades judías como
culpables (cf. 2:23; 3:13-15; 1:4-10) era excitar al pueblo contra esas autoridades, con peligro de
desórdenes públicos e incluso con peligro de la intervención violenta de Roma. Idéntico razonamiento
se había hecho ya en vida de Jesús cuando se trataba de condenarle a muerte, y precisamente
por Caifas, el mismo que lo hace también ahora (cf. Jn 11:47-50). Sin pretenderlo, estaba
confesando la tremenda realidad de aquel grito que durante la pasión de Jesús dirigieron los judíos
a Pilato: “Su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos” (Mt 27:25).
La respuesta de los apóstoles se da por boca de Pedro (cf. 1:15; 2:14; 3:12; 4:6; 5:3.15).
Valientemente les vuelve a decir que ellos son los culpables de la muerte de Jesús (v.30), a quien
Dios resucitó de entre los muertos, constituyéndole “príncipe y salvador” de Israel54, y que seguirán
predicando en su nombre, pues es preciso obedecer a Dios antes que a los seres
humanos (v.2Q; cf. 4:19). Añade, además, que, junto con ellos, también el Espíritu Santo da testimonio
de Jesús (v.32), testimonio que aparece manifiesto en la extraordinaria profusión con
que ha sido derramado sobre los fieles, señal evidente de aprobación de la doctrina que ellos predican
(cf. 1:8; 2:4.33; 4:6.31; 5:3).
Era de presumir la reacción que tales respuestas producirían en el sanedrín. San Lucas dice
que “rabiaban de ira y trataban de quitarlos de delante” (v.33; cf. 7:54).
Intervención de Gamaliel, 5:34-42.
34 Pero levantándose en el sanedrín un fariseo, de nombre Gamaliel, doctor de la
Ley, muy estimado de todo el pueblo, mandó sacar a los apóstoles por un momento y
dijo: 35 “Varones israelitas, mirad bien lo que vais a hacer con estos hombres. 36 Días
pasados se levantó Teudas, diciendo que él era alguien, y se le allegaron como unos
cuatrocientos hombres. Fue muerto, y todos cuantos le seguían se disolvieron, quedando
reducidos a nada. 37 Después se levantó Judas el Galileo, en los días del empadronamiento,
y arrastró al pueblo en pos de sí; mas pereciendo él también, cuantos
le seguían se dispersaron. 38 Ahora os digo: Dejad a estos hombres, dejadlos;
porque si esto es consejo u obra de hombres, se disolverá; 39 pero si viene de Dios, no
podréis disolverlo, y quizá algún día os halléis con que habéis hecho la guerra a
Dios.” Se dejaron persuadir; 40 e introduciendo luego a los apóstoles, después de
azotados, les conminaron que no hablasen en el nombre de Jesús y los despidieron.
41 Ellos se fueron contentos de la presencia del sanedrín, porque habían sido dignos
de padecer ultrajes por el nombre de Jesús: 42 y en el templo y en las casas no cesaban
todo el día de enseñar y anunciar a Cristo Jesús.
La violenta reacción del sanedrín fue calmada por Gamaliel, personaje de gran autoridad, del que
hablan con elogio los escritos rabínicos posteriores 55. Fue maestro de San Pablo (cf. 22:3), y era
considerado como el representante más autorizado de la escuela de Hi-llel, más benigna y comprensiva
en la interpretación de la Ley que la otra escuela, entonces también en boga, la escuela
de Shammai. Antiguas tradiciones cristianas hablan de que más tarde se convirtió al cristianismo
4615
56; pero es difícil de creer, pues, si así fuera, difícilmente se explicaría la manera elogiosa con
que de él habla el Talmud.
Su intervención, más que en simpatía por los cristianos, de la cual no consta, parece inspirada
en un sentimiento de imparcialidad y de prudencia, muy de acuerdo con su carácter tolerante
y pronto a favorecer las corrientes populares, y de acuerdo también con la actitud general
del partido fariseo, mucho menos hostil al naciente cristianismo que el partido de los saduceos,
como ya hicimos notar más arriba al comentar 4, i. Apoyándose en la experiencia histórica, propone
su dilema: o los apóstoles son unos embaucadores ordinarios, y entonces podemos estar
seguros que nada conseguirán, como nada consiguieron Teudas y Judas el Galileo, o realmente
son portadores de una misión divina, en cuyo caso no sólo es inútil, sino que sería impío oponernos
a ellos ^.38-39). Admite, pues, la posibilidad de que el movimiento cristiano provenga de
Dios; ello demuestra en Gamaliel una gran amplitud de miras, que ciertamente faltaba en muchos
otros componentes del sanedrín.
Ante ese razonamiento de Gamaliel, el sanedrín, sin duda con la esperanza de que pronto
caería todo en el olvido, se contentó con volver a intimar la orden dada ya anteriormente: decir a
los apóstoles que no hablasen más en el nombre de Jesús (v.40). Pero antes, con una lógica difícil
de entender, se les hace azotar (v.40). La misma lógica con que había procedido Pilato en el proceso
de Jesús, al declarar que no hallaba en él delito alguno, por lo que, después de azotado, le
soltará (cf. Lc 23:14-16). Esta flagelación se aplicaba con bastante frecuencia entre los judíos, y
San Pablo dice haberla recibido cinco veces (cf. 2 Cor 11:24). Estaban permitidos hasta 40 azotes,
pero los rabinos los habían limitado a 39 para evitar el riesgo de sobrepasar el límite permitido
(cf. Dt 25:3).
La conducta de los Apóstoles después de esos azotes y esa conminación del sanedrín, está
indicada en los v.41-42: contentos de haber sido dignos de padecer por Jesús, no cesaban de
anunciarle por todas partes. De esta alegría en las persecuciones se habla con frecuencia en el
Nuevo Testamento (cf. Mt 5:10-12; Le 6:22-23; Rom 5:3-5; 2 Cor 8:2; Fil 1:29; Col 1:24; i Tes
1:6; Heb 10:32-36; Sant 1:2.12; i Pe 1:6); y, en cuanto a lo de anunciar a Jesús, será conveniente
recordar que ése es y seguirá siendo el tema fundamental, y como centro de gravedad, de la
predicación apostólica. Hay en esto una visible diferencia con la predicación de Jesús. La predicación
de Jesús, tal como se refleja en los Evangelios (cf. Mt 4:17; 5:20; Mc 1:15; 10:14; Le
11:20; 16:16; Jn 3:5), había tenido como centro de gravedad el “reino de Dios”; ahora la predicación
de los apóstoles, sin que por eso se omitan las alusiones al “reino” (cf. Act 1:3; 8:12; 14:22;
19:8; 20:25; 28:23.31), ha pasado ese centro de gravedad a la persona misma de Jesucristo. Y es
que, a partir de la muerte y resurrección de Jesucristo, ya no es concebible el “reino de Dios” sin
referencia a la persona de Jesucristo, a través del cual Dios ejerce ahora su “reinado” (cf. 4:11-
12; 13:32-39; Fil 2:9-11; 1 Cor 15:22-28).
Referente a las insurrecciones de Teudas y de Judas el Galileo, a que alude Gamaliel
(v.36-37), conviene advertir que son también mencionadas por Josefo, pero no siempre hay coincidencia
de fechas, y ello ha dado motivo a algunos críticos para afirmar que el discurso de Gamaliel
es pura invención del autor de los Hechos, quien habría caído en el anacronismo de anticipar
en más de cua- , renta años el episodio de Teudas, que por los años 33-36, tiempo en que se
supone hablaba Gamaliel, ni siquiera habría tenido lugar. En efecto, según los Hechos, lo de
Teudas es anterior a lo de Judas Galileo (v.36-37), mientras que, según Josefo, la insurrección de
Teudas tuvo lugar el año 45 de la era cristiana, siendo procurador Cuspío Fado (3.44-46), y la de
Judas Galileo habría tenido lugar el año 6-7 de nuestra era, a raíz del censo hecho en Judea por el
legado de Siria P. Sulpicio Quirino, al ser depuesto Arquelao y comenzar la serie de procurado4616
res, el primero de los cuales fue Coponio, que en esos momentos actuaba ya junto con Quirino 57.
No hay dificultad de conciliación por lo que se refiere a Judas el Galileo. También los
Hechos hablan de que fue en los días del “empadronamiento” (v.37). Fue éste un censo muy movido,
que motivó muchas revueltas. La rebelión fue sofocada con no poco trabajo, y los secuaces
de Judas, aunque “dispersados” (v.37), continuaron trabajando en la oscuridad, dando origen al
partido de los zelotes, que tanto dio que hacer a los romanos, y cuyo desenlace fue la destrucción
de Jerusalén el año 70. Mayor dificultad hay por lo que se refiere a Teudas. Hemos de reconocer
que con los datos que actualmente poseemos la conciliación con Josefo no es fácil. Lo más probable
es que no se trate del mismo personaje, y que el Teudas de tiempos anteriores a Judas Galileo,
a que alude Gamaliel, no tenga nada que ver con el Teudas de tiempos del procurador Fado,
a que alude Josefo. El nombre de Teudas era bastante corriente entre los judíos, y nada tendría de
extraño que, entre los numerosos agitadores que turbaron la paz de Palestina a la muerte de
Herodes, hubiera algún Teudas, que sería el aludido por Gamaliel. Josefo da el nombre de varios
de estos agitadores 58, y aunque explícitamente no nombra a ningún Teudas, bien pudiera ser,
como creen algunos autores, que el nombre θευδάς, forma abreviada de Θεόδωρος, no sea sino la
traducción al griego del hebreo Matías, nombre que sí da Josefo. Pero, sea de esto lo que fuere,
una cosa juzgamos cierta, y es que, en caso de verdadero desacuerdo entre Lucas y Josefo, todas
las presunciones están a favor de Lucas, siempre cuidadosísimo en sus datos, al contrario de Flavio
Josefo, “compilador bastante distraído, en el que se hallan numerosas contradicciones, incluso
entre sus propios escritos” (Ricciotti), y que. por error, habría colocado después de la muerte
de Herodes Agripa (44 p.C.) un episodio que habría tenido lugar después de la muerte de Herodes
el Grande (4 a.C.).
Elección de los siete diáconos, 6:1-7.
1 Por aquellos días, habiendo crecido el número de los discípulos, se produjo una
murmuración de los helenistas contra los hebreos, porque las viudas de aquéllos
eran mal atendidas en el servicio cotidiano. 2 Los doce, convocando a la muchedumbre
de los discípulos, dijeron: No es razonable que nosotros abandonemos el ministerio
de la palabra de Dios para servir a las mesas. 3 Elegid, hermanos, de entre vosotros
a siete varones, estimados de todos, llenos de espíritu y de sabiduría, a los que
constituyamos sobre este ministerio, 4 pues nosotros debemos atender a la oración y
al ministerio de la palabra. 5 Fue bien recibida la propuesta por toda la muchedumbre,
y eligieron a Esteban, varón lleno de fe y del Espíritu Santo, y a Felipe, a Prócoro,
a Nicanor, a Timón, a Pármenas y a Nicolas, prosélito antioqueno; 6 los cuales
fueron presentados a los apóstoles, quienes, orando, les impusieron las manos. 7 La
palabra de Dios fructificaba, y se multiplicaba grandemente el número de los discípulos
en Jerusalén, y numerosa muchedumbre de sacerdotes se sometía a la fe.
Ha pasado ya, evidentemente, algún tiempo desde los acontecimientos narrados en el capítulo
anterior. Es probable que para las narraciones que ahora comienzan San Lucas se haya valido de
fuentes conservadas en Antioquía, procedentes de los cristianos helenistas llegados allí a raíz de
la persecución suscitada contra ellos cuando la lapidación de San Esteban (cf. 8:1; 11:19). Desde
luego, estas narraciones, relativas a la institución de los diáconos y a San Esteban, se desenvuelven
con puntos de vista más universalistas que las narraciones de los anteriores capítulos, en que
el horizonte estaba limitado a Jerusalén y al templo. La unión con lo anterior se hace con la frase
genérica: “Por aquellos días..” (v.1).
4617
El incidente aquí narrado indica que, dentro mismo de la Iglesia, se habían ido formando
dos grupos, no siempre en perfecta inteligencia entre sí: el de los palestinenses o hebreos y el de
los helenistas. Ello no era nuevo, pues también dentro del judaismo los helenistas, judíos nacidos
en tierra extranjera, cuya lengua habitual era el griego, eran tenidos por los de Palestina, cuya
lengua habitual era el arameo, en menos estima que los nacidos en la Tierra Santa, existiendo
entre ellos cierto distanciamiento y como división 59. A lo que parece, esa misma manera de ver
seguían teniendo muchos dentro de la Iglesia, en la que, ya desde un principio, entraron no sólo
judíos palestinenses, sino también judíos helenistas o de la diáspora, con residencia o de paso en
Jerusalén (cf. 2:8-11.41). Y una consecuencia fue que en el servicio cotidiano, es decir, en la distribución
de los medios ordinarios de sustento que cada día se hacía a los indigentes (cf. 2:45;
4:35), las “viudas” de los helenistas (en Oriente las “viudas,” faltas de la protección del varón,
quedaban en situación muy difícil) 60 no eran suficientemente atendidas (v.1).
La queja de los helenistas, a juzgar por el proceder consiguiente de los apóstoles (v.2-s),
parece que tenía serio fundamento. Algunos han querido deducir del texto bíblico que los encargados
de esa distribución eran los mismos apóstoles, pues tratan de disculparse diciendo que no
pueden descuidar la predicación por atender a esos menesteres materiales (v.a), y que, al no poder
hacerlo ellos bien, conviene buscar otra solución (v.3). Pero tal deducción va más allá de lo
que exige el texto. En él no se dice que los apóstoles, dadas sus otras ocupaciones, deban dejar
ese servicio, sino que no pueden asumirlo. Más bien se supone que el servicio lo venían desempeñando
otros, que serían los responsables de la negligencia en cuestión; y esos otros, contra los
que iban dirigidas las quejas de los helenistas, eran “hebreos” (v.1), es decir, judíos nacidos en
Palestina. Una variante del códice Beza lo dice aún más expresamente: “las viudas de aquéllos,
en el servicio de los hebreos, eran mal atendidas.” (v.1). El oficio que para sí reservan los apóstoles
en las reuniones de la comunidad es dirigir las oraciones y tener la catcquesis (v.4; cf.
2:42).
La propuesta hecha por los apóstoles de que la comunidad misma elija siete de sus
miembros para ponerlos al frente de ese servicio, tiene cierto parecido con lo hecho por Moisés
buscando también colaboradores para su trabajo (cf. Ex 18:13-26) y fue muy bien recibida (v.5).
Con razón se ha hecho notar el método democrático, pero al mismo tiempo jerárquico, de la
elección: “elegid de entre vosotros. a los que constituyamos” (v.3). Y, en efecto, los siete elegidos
por la multitud son constituidos en su cargo por los apóstoles, cuando éstos, “orando, les impusieron
las manos” (v.6). No sabemos con certeza el porqué del número siete. Se han intentado
dar muchas explicaciones. Desde luego, siete era un número sagrado para los judíos (cf. Gen
21:28; Ex 37:32; Is 11:2; Apoc 1:4), y quizá no sea necesario buscar otras razones.
Los siete llevan nombres griegos, y de uno expresamente se dice que era “prosélito” de
Antioquía (v.5), es decir, pagano de nacimiento, pero incorporado luego al judaismo por haber
abrazado la religión judía y aceptado la circuncisión. Es probable que también los otros seis, dados
sus nombres, pertenecieran al grupo de los helenistas, que fue el grupo que había presentado
las quejas. Con todo, el argumento no es seguro, pues tenemos el caso incluso de algunos apóstoles,
como Andrés y Felipe, con nombres griegos, y, sin embargo, eran nativos de Palestina. Del
primero, Esteban, San Lucas habla luego ampliamente (cf. 6:8-8:2); también habla de Felipe (cf.
8:5.26.40; 21:8). De los otros cinco no vuelve a hablar, y nada sabemos. Algunos Santos Padres,
como San Jerónimo y San Agustín, dicen que Nicolás, el prosélito de Antioquía, fue el fundador
de la secta de los nicolaítas (cf. Ap 2:6.15); pero otros, como Clemente Alejandrino y Eusebio,
niegan que tenga fundamento tal afirmación, motivada probablemente por la identidad de nombre.
4618
El rito por el que fueron constituidos en su oficio por los apóstoles fue la oración y la
imposición de manos (v.6). Por primera vez hablan aquí los Hechos de una verdadera ordenación
litúrgica. El rito de la “imposición de manos” puede tener otros significados (cf. 8:17-18;
13:3; 28:8), pero puede tener también el de cierta consagración en orden a una función pública
en la Iglesia, como vemos ser el caso en algunos pasajes de las pastorales (cf. 1 Tim 4:14; 5:22; 2
Tim 1:6), y como, atendido el contexto, creemos ser aquí. Ni hemos de restringir esa función a la
meramente material de distribución de socorros o “servir a las mesas” (v.1-2), sino que ha de extenderse
bastante más. De hecho, el mismo San Lucas nos presenta poco después a Esteban y a
Felipe como entregados al ministerio de la palabra (cf. 6:10; 8:5; 21:8). El hecho mismo de que
los apóstoles les confieran el cargo por la imposición de manos unida a la oración (v.6) induce a
pensar que no se trataba sólo de una función administrativa, sino de algo más elevado y espiritual.
La queja de los helenistas (v.1) habría sido ocasión de que los apóstoles, al mismo tiempo
que pensaban en poner remedio a aquella necesidad concreta de tipo administrativo, pensasen en
algo más completo y permanente, la institución de los diáconos, que fuesen sus auxiliares en la
celebración de los divinos misterios y en la predicación del Evangelio.
Es verdad que el texto de los Hechos no emplea el término diácono, como vemos que lo
emplea San Pablo (cf. Flp 1:1; 1 Tim 3:8-13), sino sólo el de diaconia (servicio) y diaconein
(v.1-2); pero eso puede ser debido a que estamos precisamente en los comienzos y todavía el
término diácono no tenía el sentido técnico que adquirirá más tarde. Mas, aunque falte el término,
los siete ejecutan las mismas funciones que los diáconos de las epístolas de San Pablo, y la
importancia que San Lucas atribuye al incidente de la queja de los helenistas da la impresión de
que se daba cuenta que estaba describiendo el origen del cargo. Por lo demás, los Padres y escritores
antiguos han visto siempre en estos siete la institución de los “diáconos,” hasta el punto de
que, a mediados aún del siglo πι, en Roma y otras partes, el número de diáconos estaba limitado
a siete, en recuerdo sin duda de éstos, que se consideraban los primeros 61.
Ni a esto se opone el que, antes ya de estos siete, hubiese habido en la comunidad de Jerusalén
diáconos hebreos, encargados del reparto de socorros a las personas necesitadas. El texto
bíblico parece suponer más bien que los había, y sería de la actuación de esos diáconos hebreos
de lo que se quejan precisamente los helenistas. Mas esos diáconos hebreos, o mejor, esos encargados
de la diaconia cotidiana (v.1), tendrían exclusivamente la función y el reparto de las ayudas
materiales, y la queja de los helenistas habría sido la ocasión de que los apóstoles pensaran
en la institución más completa y permanente. Esta institución en Jerusalén con los siete, y de ahí
se habría el tendidcarso, a otras comunidades, pues San Pablo habla de diáct Esteban (cía de Filipos
(Flp 1:1), y en las pastorales se da como regularmente establecido en todas las iglesias
hermanas (v 3:8-13).
Al no posee una determinada asignación para la diaconia o servicio de las mesas en aquellas
circunstancias concretas, pero no al diaconado eclesiástico de que habla Pablo; es cierto
que luego Esteban y Felipe aparecen dedicados al ministerio de la palabra, pero esto no sería
porque hubiesen recibido en esa ocasión tal ministerio, sino porque ya lo tenían antes. Otros,
como P. Gáchter, van al extremo opuesto, y no sólo afirman que fue designación para un ministerio
permanente en la Iglesia, sino que añaden que ese ministerio no fue el diaconado, sino un
ministerio de mucha más amplitud, que abarcaba todo lo relativo a la cura de almas dentro del
grupo helenista, tarea idéntica a la que vemos que desempeñan en la iglesia de Efeso los llamados
obispos (cf. Act 20:28). Añade Gáchter que probablemente entonces, o poco más tarde,
habrían sido elegidos también siete hebreos, con las mismas funciones y prerrogativas respecto
del grupo palestinense que los anteriores respecto del grupo helenista. Estos siete hebreos serían
4619
los que luego aparecen de improviso en la Iglesia de Jerusalén con el nombre de presbíteros (cf.
11:30) 62.
Desde luego, esta interpretación de Gáchter es posible, pero creemos que hay que suplir
muchas cosas. En cuanto a la opinión de Wikenhauser, parece quedar excluida, al menos en la
intención de Lucas, por la solemnidad misma de esa imposición de manos unida a la oración
(v.6).
Como final de la narración, San Lucas, igual que en capítulos anteriores (cf. 2:41.47; 4:4;
5:14), vuelve a señalar los continuos progresos de la Iglesia (v.7). Esta vez, además, nos da el
dato concreto de que entre los convertidos había “numerosa muchedumbre de sacerdotes.” Probablemente
estos sacerdotes pertenecían a la clase modesta, del tipo de Zacarías (cf. Lc 1:5), y
no a las grandes familias sacerdotales, todas del partido de los saduceos, enemigos encarnizados
del naciente cristianismo (cf. 4:1; 5:17). Por lo demás, su adhesión a la fe cristiana no impedía
que siguieran ejerciendo sus funciones sacerdotales, al igual que los simples fieles e incluso
los apóstoles seguían asistiendo a los actos de culto en el templo (cf. 2:46; 3:1; 21:20-26), pues
entre judaismo y cristianismo no se había producido aún la ruptura.
Esteban, conducido ante el sanedrín, 6:8-15.
8 Estean, lleno de gracia y de virtud, hacía prodigios y señales grandes en el pueblo. 9
Se levantaron algunos de la sinagoga fundada de los libertos, cirenenses y alejandrinos
y disputar con Esteban, 10 sin poder resistir a la espíritu con que hablaba” 11 Entonces
sobornaron a los que dijesen: Nosotros hemos oído a éste proferio blasfemas
contra Moisés y contra Dios.12 Y conmociono el pueblo a los ancianos y escribas, y
llegando le arrestaron y le llevaron ante el sanedrín. 13 Presentaron testigo. Se decían:
Este hombre no cesa de proferir palabras contra el lugar santo y contra la Ley;
14 y nosotros le hemos oído decir que ese Jesús de Nazaret destruirá este lugar y mudará
las costumbres que nos dio Moisés. 15 Fijando los ojos en él todos los que estaban
sentados en el sanedrín, vieron su rostro como el rostro de un ángel.
Comienza el choque entre judaísmo y cristianismo. Hasta ahora ha habido, es cierto, persecuciones
contra los apóstoles, pero era cosa del sanedrín, que no quería que hablasen en nombre de
Jesús (cf. 4:1-3; 5:28); el pueblo, por el contrario, los aplaudía y tenía en gran estima (cf.
5:13.26). Y es que Pedro y los apóstoles exigían, sí, la fe en Jesús, pero seguían observando
fielmente el mosaísmo (cf. 2:38; 3:1; 10:14; n i-3); ahora, en cambio, el grupo de los helenistas,
cuyo portavoz podemos ver en Esteban, parece moverse con más libertad, y los judíos comienzan
a darse cuenta que peligra su situación de privilegio. No sólo matarán a Esteban (cf. 7:54-58),
sino que desencadenarán una persecución contra la Iglesia, persecución que, a lo que parece, iba
dirigida contra los helenistas, no contra los palestinenses, que pueden permanecer libremente en
Jerusalén (cf. 8:1-3). Ese grupo de los helenistas será el que en Antioquía comience a predicar
también a los gentiles y a admitirlos en la Iglesia (cf. 11:20-21), y dos helenistas, Bernabé y Saulo,
serán luego, a pesar de la oposición que encuentran (cf. 15:1-2), los principales promotores de
dicho movimiento (cf. 11:22-26; 13:3; 15:12).
No se dice sobre qué versaban concretamente las disputas con Esteban; lo que sí se dice
es que los que disputaban con él eran sobre todo judíos helenistas, pues pertenecían a la “sinagoga
llamada de los libertos, cirenenses..” (V.9). Alude aquí San Lucas a sinagogas que tenían en
Jerusalén los judíos de la diáspora y que les servían de punto de reunión, según los diversos lugares
de origen. No está claro de cuántas sinagogas se trata. Probablemente son tres: la de los “li4620
bertos,” de procedencia romana, descendientes de aquellos prisioneros judíos que Pompeyo llevó
a Roma como esclavos en el año 63 a. G., y que luego habían conseguido su libertad; la de los
“cirenenses y alejandrinos,” provenientes de las florecientes colonias judías de Cirenaica y Egipto;
y la de “los de Gilicia y Asia,” provincias romanas del Asia Menor, que albergaban numerosos
judíos llegados allí atraídos por el comercio. También pudiera ser, sin embargo, que se aluda
a una sola sinagoga, la llamada de los “libertos,” y a ella estarían agregados los cuatro grupos
nacionales que se mencionan; o incluso que se trate de cinco sinagogas distintas. Entre los de
“Cilicia” estaría, sin duda, Saulo, natural de Tarso, a quien luego vemos presente cuando la lapidación
de Esteban (cf. 7:58).
Esos judíos helenistas reaccionan violentamente contra la predicación de Esteban, probablemente
antiguo compañero de sinagoga; pues, aunque de su vida anterior nada sabemos, la índole
de su discurso y la manera de citar la Escritura dan la impresión de una formación alejandrina,
que recuerda a Filón. Al no poder vencerle, recurren a falsos acusadores, a fin de excitar al
pueblo, que hasta entonces se había mantenido favorable a los apóstoles (v. 10-12).
Las acusaciones contra él son muy graves, imputándole el haber proferido palabras contra
el templo y contra la Ley (v. 11-14), dos cosas que son la base del nacionalismo judío, que luego
se alegarán también contra San Pablo (cf. 21:28) y, en parte, habían sido ya alegadas contra Jesucristo
(cf. Mc 14:58). Se trata de testigos “falsos” y, por tanto, no sabemos cuáles serían en
realidad los términos empleados por Esteban en su predicación; sin embargo, como permite suponer
la índole del discurso que luego pronunciará en su defensa (cf. 7:1-53), parece que no todo
era invención. Fuesen cuales fuesen los términos empleados, a buen seguro que su predicación
dejaba traslucir, como lo deja traslucir su discurso, que el Mesías Jesús había implantado una
nueva accionoespiritual y que el templo de Jerusalén y la Ley de Moisés debían dejar paso a un
templo más espiritual y a una ley más universal. Únicamente que sus acusadores desfiguraban
y exageraban las cosas a fin de impresionar más al pueblo, como si Esteban afirmase simplemente
que Jesús había venido para destruir materialmente el templo y abolir la Ley de Moisés.
Como es obvio, la impresión producida en la muchedumbre fue muy fuerte. Ninguna
acusación más a propósito para unir a todos los judíos, dirigentes y pueblo, en un frente común
contra Esteban. Por eso, todos ya unidos, se lanzan sobre él y “le llevan ante el sanedrín” (v.12),
cuyos miembros rectores, dados sus viejos recelos contra el cristianismo (cf. 4:17-18; 5:28-40),
se alegrarían, sin duda, de que, por fin, también el pueblo comenzase a oponerse a la nueva doctrina.
Entre tanto, Esteban, según dice San Lucas, estaba como transfigurado por la alegría de
padecer persecución por el nombre de Jesús. Eso parece querer significar la expresión “como el
rostro de un ángel” (v.15). Se trata, sin duda, de una especie de transfiguración (cf. Ex 34:29-
35; Mt 17:2), probablemente en relación con la visión de la gloria de Dios, de que se habla en
7:55-56. Incluso es probable, bajo el punto de vista literario, que este v.15 estuviera unido a los
v.55-56, cuya narración quedó interrumpida para dar lugar a la inserción del discurso, que procedía
de otra fuente.
Discurso de Esteban, 7:1-53.
1 Díjole el sumo sacerdote: ¿Es como éstos dicen? 2 El contestó: “Hermanos y padres,
escuchad: El Dios de la gloria se apareció a nuestro padre Abraham cuando
moraba en Mesopotamia, antes que habitase en Jarán, 3 y le dijo: Sal de tu tierra y
de tu parentela y ve a la tierra que yo te mostraré. 4 Entonces salió del país de los
caldeos y habitó en Jarán. De allí, después de la muerte de su padre, se trasladó a esta
tierra, en la cual vosotros habitáis ahora; 5 no le dio en ella heredad, ni aun un pie
4621
de tierra, mas le prometió dársela en posesión a él, y a su descendencia después de
él, cuando no tenía hijos. 6 Pues le habló Dios: “Habitará tu descendencia en tierra
extranjera y la esclavizarán y maltratarán por espacio de cuatrocientos años; 7 pero
al pueblo a quien han de servir le juzgaré yo, dice Dios, y después de esto saldrán y
me adorarán en este lugar.” 8 Luego le otorgó el pacto de la circuncisión; y así engendró
a Isaac, a quien circuncidó el día octavo, e Isaac a Jacob y Jacob a los doce
patriarcas. 9 Pero los patriarcas, por envidia de José, vendieron a éste para Egipto;
10 mas Dios estaba con él y le sacó de todas sus tribulaciones, y le dio gracia y sabiduría
delante del Faraón, rey de Egipto, que le constituyó gobernador de Egipto y
de toda su casa” u Entonces vino el hambre sobre toda la tierra de Egipto y de Cañan,
y una gran tribulación, de modo que nuestros padres no encontraban provisiones;
12 mas oyendo Jacob que había trigo en Egipto, envió primero a nuestros padres,
13 y a la segunda vez José fue reconocido por sus hermanos y su linaje dado a
conocer al Faraón. 14 Envió José a buscar a su padre con toda su familia, en número
de setenta y cinco personas; 15 y descendió Jacob a Egipto, donde murieron él y
nuestros padres. 16 Fueron trasladados a Siquem y depositados en el sepulcro que
Abraham había comprado a precio de plata, de los hijos de Emmor en Siquem. 17
Cuando se iba acercando el tiempo de la promesa hecha por Dios a Abraham, el
pueblo creció y se multiplicó en Egipto, 18 hasta que surgió sobre Egipto otro rey que
no había conocido a José. 19 Usando de malas artes contra nuestro linaje, afligió a
nuestros padres hasta hacerlos exponer a sus hijos para que no viviesen. 20 En aquel
tiempo nació Moisés, hermoso a los ojos de Dios, que fue criado por tres meses en
casa de su padre; 21 y que, expuesto, fue recogido por la hija del Faraón, que le hizo
criar como hijo suyo. 22 Y fue Moisés instruido en toda la sabiduría de los egipcios y
era poderoso en palabras y obras. 23 Así que cumplió los cuarenta años sintió deseos
de visitar a sus hermanos, los hijos de Israel; 24 y viendo a uno maltratado, le defendió
y le vengó, matando al egipcio que le maltrataba. 25 Creía él que entenderían sus
hermanos que Dios les daba por su mano la salud, pero ellos no lo entendieron. 26 Al
día siguiente vio a otros dos que estaban riñendo, y procuró reconciliarlos, diciendo:
¿Por qué, siendo hermanos, os maltratáis uno a otro? 27 Pero el que maltrataba a su
prójimo le rechazó diciendo: ¿Y quién te ha constituido príncipe y juez sobre nosotros?
28 ¿Acaso pretendes matarme, como mataste ayer al egipcio? 29 Al oír esto
huyó Moisés, y moró extranjero en la tierra de Madián, en la que engendró dos
hijos. 30 Pasados cuarenta años se le apareció un ángel en el desierto del Sinaí, en la
llama de una zarza que ardía. 31 Se maravilló Moisés al advertir la visión, y acercándose
para examinarla, le fue dirigida la voz del Señor: 32 “Yo soy el Dios de tus
padres, el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob.” Estremecióse Moisés y no se atrevía
a mirar. 33 El Señor le dijo: “Desata el calzado de tus pies, porque el lugar en que
estás es tierra santa. 34 He visto la aflicción de mi pueblo en Egipto y he oído sus gemidos.
Por eso he descendido para librarlos; ven, pues, que te envíe a Egipto.” 35
Pues a este Moisés, a quien ellos negaron diciendo: ¿Quién te ha constituido príncipe
y juez?, a éste le envió Dios por príncipe y redentor por mano del ángel que se le
apareció en la zarza.36 El los sacó, haciendo prodigios y milagros en la tierra de
Egipto, en el mar Rojo y en el desierto por espacio de cuarenta años. 37 Ese es el
Moisés que dijo a los hijos de Israel: Dios os suscitará de entre vuestros hermanos
un profeta corno yo. 38 Ese es el que estuvo en medio de la asamblea en el desierto
4622
con el ángel, que en el monte de Sinaí le hablaba a él, y con nuestros padres; ése es el
que recibió la palabra de vida para entregárosla a vosotros, 39 y a quien no quisieron
obedecer nuestros padres, antes le rechazaron y con sus corazones se volvieron a
Egipto, 40 diciendo a Arón: Haznos dioses que vayan delante de nosotros, porque ese
Moisés que nos sacó de la tierra de Egipto no sabemos qué ha sido de él. 41 Entonces
se hicieron un becerro y ofrecieron sacrificios al ídolo, y se regocijaron con las obras
de sus manos. 42 Dios se apartó de ellos y los entregó al culto del ejército celeste, según
que está escrito en el libro de los profetas. “¿Acaso me habéis ofrecido víctimas
y sacrificios | durante cuarenta años en el desierto, casa de Israel? 43 Antes os trajisteis
la tienda de Moloc | y el astro del dios Refán, | las imágenes que os hicisteis para
adorarlas. | Por eso yo os transportaré al otro lado de Babilonia.” 44 Nuestros padres
tuvieron en el desierto la tienda del testimonio, según lo había dispuesto el que ordenó
a Moisés que la hiciesen, conforme al modelo que había visto. 45 Esta tienda la
recibieron nuestros padres, y la introdujeron cuando con Josué ocuparon la tierra
de las gentes, que Dios arrojó delante de nuestros padres; y así hasta los días de David,
46 que halló gracia en la presencia de Dios y pidió hallar habitación para el Dios
de Jacob. 47 Pero fue Salomón quien le edificó una casa. 48 Sin embargo, no habita el
Altísimo en casas hechas por mano de hombre, según dice el profeta: 49 “Mi trono es
el cielo, | y la tierra el escabel de mis pies; | ¿qué casa me edificaréis a mí, dice el Señor,
| o cuál será el lugar de mi descanso? 50 ¿No es mi mano la que ha hecho todas
las cosas?” 51 Duros de cerviz e incircuncisos de corazón y de oídos, vosotros siempre
habéis resistido al Espíritu Santo. Como vuestros padres, así también vosotros.
52 ¿A qué profeta no persiguieron vuestros padres? Dieron muerte a los que anunciaban
la venida del Justo, a quien vosotros habéis ahora traicionado y crucificado,
vosotros, 53 que recibisteis por ministerio de los ángeles la Ley y no la guardasteis.
Este largo discurso de Esteban, el más extenso de los conservados en el libro de los Hechos, es
un recuento sumario de la historia de Israel, particularmente de sus dos primeras épocas, la patriarcal
(v.1-ió) y la mosaica (v. 17-43). De los tiempos posteriores apenas se recoge otra cosa
que lo relativo a la construcción del templo, para tener ocasión de recalcar precisamente que
Dios no habita en casas hechas por mano de hombre (v.44-50). A estas tres fases o partes, en que
queda dividida la historia de Israel, sigue la parte de argumentación propiamente dicha, haciendo
resaltar que, al igual que sus padres, también ahora los judíos se han mostrado rebeldes a Dios,
dando muerte a Jesucristo (v.51-53).
A primera vista extraña un poco la orientación y estructura de este discurso, que parece
no tener nada que ver con el caso presenté. Se había acusado a Esteban de proferir palabras contra
Dios, contra la Ley y contra el templo (cf. 6:11-13), Y a esto es a lo que debe responder ante
el sanedrín (cf. 7:1). Pues bien, todos esperaríamos un discurso de circunstancias, en que fuera
respondiendo a esas acusaciones; y, sin embargo, no parece hacer la menor alusión a dichas acusaciones,
quedando incluso en penumbra cuál pueda ser el fin concreto a que apunta en su discurso.
La mayoría de los críticos dicen no tratarse de un discurso auténtico de Esteban, sino que
es obra del autor de los Hechos, exponiendo ahí, por boca de Esteban, sus puntos de vista teológicos.
Sin embargo, no vemos por qué esos puntos de vista, que se suponen de Lucas, no pueden
ser ya de Esteban; ni vemos razón para negar que, en lo sustancial, el discurso sea de Esteban.
Ciertamente, no se hace la defensa de una manera directa y basándose en razonamientos, como
4623
esperaríamos nosotros, sino indirectamente, a base de una exposición de hechos y citas de la
Biblia. Era un procedimiento muy en uso entre los doctores judíos, y vemos que es el mismo que
usa San Pablo en su discurso de Antioquía de Pisidia (cf. 13:16-41), aunque con la diferencia de
que San Pablo pudo terminar el discurso y Esteban hubo de interrumpirlo. En esa exposición de
hechos se trasluce ya desde un principio la tesis, con más o menos claridad, pero es sólo al final
cuando debe quedar del todo patente. En el caso de Esteban nos falta precisamente ese final, en
el que a buen seguro pensaba aludir directamente a las acusaciones; con todo, la tesis se ve ya
desde un principio. Se le había acusado de proferir palabras contra Dios, contra Moisés y contra
el templo, y probablemente eso es lo que le induce a comenzar con la llamada de Dios a Abraham
y seguir con la historia de Moisés y la del templo, hablando de cada uno de los tres puntos
con la más profunda reverencia. La consecuencia era clara: sus acusadores no estaban en lo cierto.
Pero al mismo tiempo va preparando otra consecuencia: la de que es posible una ley más universal
y un templo más espiritual, tal como se presentan en la nueva obra establecida por Jesucristo.
A ese fin apunta cuando recuerda a sus oyentes que los beneficios de Dios en favor de
Israel son ya anteriores a la Ley de Moisés y que también fuera del templo puede Dios ser adorado
(cf. v.2-16.48-49); y cuando insiste en la rebeldía de Israel contra todos los que Dios le ha ido
enviando como salvadores (cf. v.g. 25.39.52), al igual que han hecho ahora con Jesucristo (v.52).
Estas ideas, verdaderamente revolucionarias para la mentalidad judía de entonces, serán luego
más ampliamente desarrolladas por San Pablo (cf. Rom 2:17-29; 4:10-19; Gal 3:16-29; Heb 3:1-
6; 9, 23-28), que es casi seguro estuvo presente al discurso de Esteban (cf. v.60), y que bien pudo
ser de quien recibió la información San Lucas.
Son de notar, en la parte del discurso relativa a Moisés ^.17-43), algunas expresiones que
más bien parecen recordarnos a Jesucristo, tales como “le negaron” o el término “redentor”
(v.35), expresiones que nunca se aplican a Moisés en ningún otro libro de la Biblia.
Ello parece tener su explicación en que Esteban, al narrar los hechos de la vida de Moisés,
proyecta sobre él la imagen de Jesucristo, del que Moisés sería tipo o figura. Por eso, le viene
muy bien el texto de Dt 18:15, citado en sentido mesiánico, que atribuye al Mesías un papel
análogo al de Moisés (v.37). Por lo demás, este texto había sido citado ya también por San Pedro
y aplicado a Jesucristo (cf. 3:22).
Otra cosa digna de notar en este discurso de Esteban son las divergencias entre algunas
de sus afirmaciones y la narración bíblica correspondiente. Algunas son tan acentuadas, que en
los tratados sobre inspiración bíblica, al hablar de la inerrancia, no puede faltar nunca alguna alusión
a este discurso de Esteban y a sus, al menos aparentes, inexactitudes históricas. Primeramente,
enumeraremos estas “inexactitudes,” y luego trataremos de dar la explicación.
Quizás la más llamativa sea su afirmación de que Jacob fue sepultado en Siquem en un
sepulcro que Abraham había comprado a los hijos de Emmor (v.16). Pues bien, según la narración
bíblica, quien fue sepultado en ese lugar no fue Jacob, sino José, y el campo no había sido
comprado por Abraham, sino por Jacob (cf. Gen 33:19; Jos 24:32); de Jacob se dice expresamente
que fue sepultado en la gruta de Macpela, junto a Hebrón, donde ya lo habían sido también
Abraham e Isaac (cf. Gen 49:29-32; 50:13). Otra diferencia es la relativa a la muerte de Teraj,
padre de Abraham; según la afirmación de Esteban, Abraham salió de Jarán después de morir su
padre (v.4), mientras que, a juzgar por los datos del Génesis, éste debió de vivir todavía bastante
tiempo después de partir Abraham para Palestina, pues muere a los doscientos cinco años (Gen
11:32), y cuando Abraham sale para Palestina debía de tener sólo ciento cuarenta y cinco (cf.
Gen 11:26; 12:4). Igualmente hay divergencia entre la cifra de cuatrocientos años de estancia en
Egipto, señalada por Esteban (v.6), y la de cuatrocientos treinta indicada en el Éxodo (Ex 12:40),
4624
así como en el número de personas que acompañaban a Jacob cuando bajó a Egipto: setenta y
cinco según Esteban (v.14), y setenta según la narración bíblica (cf. Gen 46:27; Ex 1:5). La hay
también al decirnos que Dios aparece a Abraham estando todavía en Mesopotamia (v.2), contra
lo que expresamente se dice en el Génesis de que la aparición tuvo lugar cuando Abraham estaba
ya en Jarán (Gen 11:31-12:4). Añadamos que, según Esteban, es un “ángel” quien aparece a
Moisés y le da la Ley (v.30. 38.53), mientras que en el Éxodo es Yahvé mismo quien habla a
Moisés (cf. Ex 19:3.9.21; 24:18; 34:34-35). Ni debemos omitir la mención que se hace de Babilonia
(v.43) en la cita de un texto de Amos, el cual, sin embargo, no habla de Babilonia, sino de
Damasco (cf. Am 5:27).
La explicación de todas estas divergencias no es cosa fácil. Hay autores que tratan de armonizarlas
a todo trance, aunque sus explicaciones, a veces, parecen tener bastante de artificial y
apriorístico. Así, por ejemplo, hablan de que, aunque los restos de Jacob fueran depositados en la
cueva de Macpela junto a Hebrón, bien pudo ser que, con ocasión del traslado de los restos de
José a Siquem, fueran también trasladados allí los de Jacob; y que, además del campo comprado
junto a Hebrón, Abraham hubiese comprado anteriormente otro campo junto a Siquem, como
parece dar a entender el hecho de que allí edificó un altar al Señor (cf. Gen 12:6-7), lo que supone
que tenía en aquel lugar terrenos de su propiedad. En cuanto a la cifra de doscientos cinco
años para la muerte de Teraj, nótese que el Pentateuco samaritano dice que Teraj murió de ciento
cuarenta y cinco años, en perfecta armonía con lo afirmado por Esteban; y es que en la cuestión
de números, el texto hebreo, particularmente en el Pentateuco, ha sufrido muchas alteraciones
y no es fácil saber a qué atenernos. Lo mismo se diga del número cuatrocientos treinta para
los años de estancia de los israelitas en Egipto, y del número 70 al computar las personas que
bajaron a ese país con Jacob; de hecho, en Gen 15:30, se da también el número cuatrocientos
como años de estancia en Egipto, que, por lo demás, es número redondo, y, en cuanto al número
de los que acompañaban a Jacob, los Setenta ponen 75, igual que Esteban. Menor dificultad ofrecería
aún lo de la aparición en Mesopotamia, pues probablemente Abraham recibió órdenes de
Dios dos veces (cf. Gen 15:7). Y por lo que respecta a que sea un ángel y no Yahvé quien aparece
a Moisés, dicen que tampoco debe urgirse demasiado la divergencia, pues es opinión común
de los teólogos, defendida ya por Santo Tomás, que en las apariciones de Dios referidas en el
Pentateuco era un ángel el que se aparecía, el cual representaba a Yahvé y hablaba en su nombre.
Y, en fin, el poner Babilonia en vez de Damasco no era sino interpretar la profecía a la luz de la
historia, como era costumbre entre los rabinos. Por lo demás, el sentido no cambia en nada, pues
para ir a Babilonia desde Palestina había que atravesar Siria y el territorio de Damasco 63.
Tal es, a grandes líneas, la explicación que de estas divergencias suelen dar muchos de
nuestros comentaristas bíblicos, particularmente los antiguos. No cabe duda que en estas explicaciones
hay mucho de verdad, como es lo que se dice referente a alteraciones del texto bíblico en
la cuestión de números y a la sustitución de Damasco por Babilonia; pero, a veces, como al querer
explicar la compra del campo en Siquem por Abraham, creemos que hay mucho de apriorístico.
Todo induce a creer que, en los puntos divergentes, Esteban no depende del texto bíblico, sino
de tradiciones judías entonces corrientes, escritas u orales, que circulaban paralelas a las narraciones
bíblicas, y que sus mismos oyentes aceptaban prácticamente en calidad de sustitución
de la Biblia. Así, por ejemplo, por lo que se refiere a la duración de la estancia de los israelitas en
Egipto, parece que circulaban dos corrientes, la de cuatrocientos y la de cuatrocientos treinta
años; de hecho, Filón, al igual que Esteban, pone la cifra de cuatrocientos, el libro de los Jubileos
la de 430, y Josefo unas veces va con los de cuatrocientos y otras con los de cuatrocientos treinta.
Por lo que se refiere a esa manera de hablar de Esteban, como si no hubiera sido Yahvé
4625
mismo, sino un ángel, quien se presentaba a Moisés, quizás mejor que la explicación antes dada,
sea preferible explicarlo, atendiendo a que en las tradiciones judías de entonces, a fin de que resaltase
la trascendencia divina, no se admitía comunicación directa entre Dios y Moisés, sino sólo
a través de los ángeles. Vestigios de esta concepción los tenemos también en otros lugares del
Nuevo Testamento (cf. Gal 3:19; Heb 2:2).
Martirio de Esteban, 7:54-60.
54 Al oír estas cosas se llenaron de rabia sus corazones y rechinaban los dientes contra
él. 55 El, lleno del Espíritu Santo, miró al cielo y vio la gloria de Dios y a Jesús
en pie a la diestra de Dios, 56 y dijo: Estoy viendo los cielos abiertos y al Hijo del
hombre en pie, a la diestra de Dios. 57 Ellos, gritando a grandes voces, tapáronse los
oídos y se arrojaron a una sobre él. 58 Sacándole fuera de la ciudad le apedreaban.
Los testigos depositaron sus mantos a los pies de un joven llamado Saulo; 59 y mientras
le apedreaban, Esteban oraba, diciendo: Señor Jesús, recibe mi espíritu. 60
Puesto de rodillas, gritó con fuerte voz: Señor, no les imputes este pecado. Y diciendo
esto se durmió. Saulo aprobaba su muerte.
Duras eran las acusaciones que Esteban había lanzado contra los judíos en su discurso (cf.
v.25.39-43.51), pero quizás ninguna hiriera tanto su sensibilidad como la de que “no observaban
la Ley” (v.53). Eso no lo podían tolerar quienes hacían gala de ser fieles observadores de la
misma; por eso, llenos de rabia, interrumpen el discurso (v.54), y Esteban puede hablar ya sólo a
intervalos, y esto sin seguir el hilo de su razonamiento (v.56.59-60).
La afirmación de que estaba viendo a Jesucristo en pie 64, a la derecha de Dios (v.56), les
acabó de enfurecer, provocando un verdadero tumulto (v.57). Esa afirmación era como decir que
Jesús de Nazaret, a quien ellos habían crucificado, participaba de la soberanía divina, lo cual
constituía una blasfemia inaudita para los oídos judíos. Si hasta ahora el proceso había seguido
una marcha más o menos regular: conducción ante el sanedrín (6:12), acusación de los testigos
(6:13-14), defensa del acusado (7:1-53), a partir de este momento la cosa degenera en motín popular.
No consta que el Sumo Sacerdote, como presidente del sanedrín, pronunciara sentencia
formal de condenación; es probable que no, y que el proceso quedara ahí interrumpido ante la
actitud tumultuaria de los asistentes que, sin esperar a más, se arrojan sobre Esteban y, sacándole
de la ciudad, le apedrearon (v.57-58). De otra parte, el sanedrín a buen seguro que veía todo eso
con buenos ojos, pues con ello evitaba su responsabilidad ante la autoridad romana, que no permitía
llevar a cabo la ejecución de una sentencia capital sin su aprobación (cf. Jn 18:31).
Hay autores, sin embargo, que creen que hubo verdadera sentencia condenatoria del sanedrín,
aunque sin la normal votación, pues la manifestación tumultuaria de los jueces contra el
acusado (v.57) valía más que una votación. De hecho, la lapidación se lleva a cabo, no de modo
anormal, sino conforme a las prescripciones de la Ley contra los blasfemos, sacándole de la ciudad
(cf. Lev 24, 14-16) y comenzando los testigos a arrojar las primeras piedras (cf. Dt 17:6-7).
Probablemente esos testigos (v.58) son los mismos que presentaron la acusación contra Esteban
en el sanedrín (cf. 6, 13-14) Y ahora, conforme era costumbre, se despojan de sus mantos (v.58)
para tener más libertad de movimientos al arrojar las piedras. Incluso se ha querido ver en Saulo,
a cuyos pies depositan sus mantos los testigos (v.58) y del que se hace notar expresamente que
aprobaba la muerte de Esteban (v.6o), un representante oficial del sanedrín para la ejecución de
la sentencia. El mismo Saulo, ya convertido, dirá más tarde ante Agripa que él “daba su voto”
cuando se condenaba a muerte a los cristianos (cf. 26:10). ¿No habrá aquí una alusión a su papel
4626
oficial cuando la sentencia y lapidación de Esteban?
Todo esto es posible, pues la narración de Lucas es demasiado concisa. Pero, desde luego,
por ninguna parte encontramos indicios, ni en el texto bíblico ni en la tradición, de que Saulo
formase parte o tuviese cargo alguno en el sanedrín. En cuanto a la frase “daba su voto,” aun suponiendo
que se refiera a la condena de Esteban, puede entenderse en sentido metafórico, significando
simplemente que Saulo era uno de los instigadores de esa persecución contra los cristianos.
Y si los testigos depositan sus mantos a los pies de Saulo 65, ello no prueba que éste tuviese
en aquel acto una representación oficial, sino que puede ser simplemente porque “destacaba ya
entre sus coetáneos” como enemigo encarnizado de los cristianos (cf. 22:19-20; Gal 1:13-14).
Mas, sea lo que fuere de Saulo y de la representación que allí pudiera tener, la narración de
Lucas no excluye que para la lapidación de Esteban hubiera una sentencia formal del sanedrín.
En ese caso, surge enseguida la dificultad de cómo se iba a atrever el sanedrín a ejecutar
una sentencia de muerte sin haber sido confirmada por el procurador romano. Sería el mismo
caso que el de Jesucristo (cf. Mc 14:64; Jn 18:31), y aquí por ninguna parte aparece la intervención
del procurador. Quizás la explicación pudiera estar en que se hallase entonces vacante el
cargo de procurador, como lo sería, por ejemplo, durante el tiempo comprendido entre la destitución
de Pilato, a principios del año 36, y la llegada de su sucesor Marcelo. En efecto, sabemos
que en el año 62, durante una vacancia semejante, en el intervalo entre la muerte del procurador
Festo y la llegada de su sucesor Albino, el sanedrín ordenó la lapidación de Santiago, obispo de
Jerusalén 66.
La muerte de Esteban, encomendando su alma al Señor (v.59) y rogando por sus perseguidores
(v.6o), ofrece un sorprendente paralelo con la de Jesucristo en la primera y séptima de
sus palabras desde la cruz, conservadas únicamente por San Lucas (cf. Lc 23:34.46). Extraordinaria
grandeza de ánimo la de este primer mártir del cristianismo, que, como su Maestro, muere
rogando por los que estaban quitándole la vida. Su oración iba a ser eficaz. Hermosamente dice
San Agustín: Si Stephanus non orasset, Ecclesia Paulum non haberet 67.
Persecución contra la Iglesia, 8:1-3.
1 Aquel día comenzó una gran persecución contra la iglesia de Jerusalén, y todos,
fuera de los apóstoles, se dispersaron por las regiones de Judea y Samaría, 2 A Esteban
lo recogieron algunos varones piadosos, e hicieron sobre él gran luto. 3 Por el
contrario, Saulo devastaba la Iglesia, y, entrando en las casas, arrastraba a hombres
y mujeres y los hacía encarcelar.
La muerte de Esteban fue el comienzo de una persecución general contra la iglesia de Jerusalén
(v.1), que casi es tanto como decir contra la totalidad del cristianismo de entonces, puesto que
fuera de la ciudad (cf. 5:16) apenas si habría sido predicado el Evangelio. El impulso inicial de
esta persecución debió partir, más que del sanedrín, de los miembros de aquellas mismas sinagogas
que provocaron el levantamiento contra Esteban (cf. 6:9-12), y Saulo era su principal instrumento
(v.3); él mismo aceptará más tarde esta responsabilidad (cf. Gal 1:13-14). Claro es que tal
persecución, que seguirá en aumento (cf. 9:1), gozaba de la plena aprobación del sanedrín (cf.
22:5; 26:10).
Pero la persecución, al dispersar a los fieles fuera de Jerusalén, produjo un efecto que los
perseguidores no habían previsto; es, a saber, el de provocar la difusión del cristianismo fuera de
la zona de Jerusalén, o sea, en las regiones de Judea y Samaría, al sur y al norte de la ciudad santa
(v.1.4), e incluso en regiones mucho más apartadas, como Fenicia, Siria y Chipre (cf. 11:19).
4627
Con esto, dando así cumplimiento a la profecía de Cristo (cf. 1:8), comienza una segunda etapa
en la historia de la fundación de la Iglesia; la tercera comenzará con la fundación de la iglesia de
Antioquía (cf. 11:20).
Causa extrañeza la frase “todos, fuera de los apóstoles, se dispersaron..” (v.1), y se han
intentado diversas explicaciones. Desde luego, parece claro que ese “todos” no ha de tomarse en
sentido estricto, sino como locución hiperbólica (cf. Mt 3:5; Mc 1:33), mirando a aquellos cristianos
destacados más expuestos a las iras de los perseguidores. Además, todo hace suponer que
la persecución iba dirigida sobre todo contra los cristianos de procedencia helenista, como Esteban,
y no contra los de procedencia palestinense, que seguían observando fielmente el mosaísmo
(cf. 11:2; 21:20-24). Así se explica por qué los apóstoles puedan quedar en Jerusalén y aparezcan
luego actuando libremente (cf. 8:14; 11:2). Si Lucas hace mención explícita de ellos, parece ser
que era porque quería hacer constar que todos los apóstoles quedaron en Jerusalén. Una antigua
tradición conservada por Eusebio habla de una orden del Señor a sus apóstoles, poco antes de la
ascensión, mandando que no abandonasen Jerusalén hasta pasados doce años68. Mas sea de eso
lo que fuere, está claro que entre los apóstoles, que se quedan, y los helenistas dispersados no
había divergencias ni rozamientos (cf. 8:14; 11:22), aunque sí pudiera haber puntos de vista distintos,
como trataremos de explicar al comentar Act 21:17-26 y Gal 2:11-14.
Una noticia intercala aquí San Lucas en este breve relato de la persecución contra la Iglesia,
y es la relativa a la sepultura de Esteban (v.2). Los “varones piadosos,” que se encargan de
recoger y dar sepultura a su cuerpo, no parece que fueran cristianos, pues los contrapone a “todos”
del versículo anterior, que habían huido; por lo demás, difícilmente los habría designado
con esa expresión, sino más bien con la de “hermanos” o “discípulos.” Probablemente eran judíos
helenistas, de tendencias más moderadas que los perseguidores, e incluso amigos personales
de Esteban. Algo parecido había sucedido con el cadáver de Jesucristo (cf. Jn 19:38-39).
II. Expansión de la Iglesia Fuera de Jerusalén 8:4-12:25.
Predicación del diácono Felipe en Samaría 8:4-8.
4 Los que se habían dispersado iban por todas partes predicando la palabra. 5 Felipe
bajó a la ciudad de Samaría y predicaba a Cristo. 6 La muchedumbre a una oía
atentamente lo que Felipe le decía y admiraba los milagros que hacía; 7 pues muchos
espíritus impuros salían gritando a grandes voces, y muchos paralíticos y cojos eran
curados, 8 lo cual fue causa de gran alegría en aquella ciudad.
Con toda naturalidad, y como sin darle importancia, nos cuenta aquí San Lucas un hecho trascendental
en la historia de la Iglesia primitiva, al comenzar ésta a desprenderse del judaismo para
extender su acción por el mundo todo (v.4-5). Nos había dicho antes que los huidos de Jerusalén
se habían dispersado por las “regiones de Judea y Samaría” (v.1); si ahora sólo habla de la predicación
en Samaría, y no de la predicación en Judea, no es porque dicha predicación no tuviese
lugar también en Judea (cf. Gal 1:22; i Tes 2:14), sino porque ésa no interesa ya al plan que se ha
propuesto de ir preparando la evangelización del mundo gentil, para lo que la evangelización de
los samaritanos era un primer paso 69.
Este Felipe que predica en Samaría (v.5) no es el apóstol Felipe (cf. 1:13), pues a los
apóstoles se les supone en Jerusalén (v.1.14), sino el diácono Felipe, segundo en la lista después
4628
de Esteban (cf. 6:5). Este mismo Felipe aparece más tarde en Cesárea y es llamado “evangelista”
(cf. 21:8). Probablemente de él recibió San Lucas la información que aquí nos transmite sobre la
evangelización en Samaría.
No está claro cuál fuera la ciudad de Samaría en que predica Felipe, pues la expresión de
San Lucas “bajó a la ciudad de la Samaría” (..εις την ιτόλιν της Σαμαρίας) resulta oscura. La interpretación
más obvia es la de que aquí “Samaría,” lo mismo que en los v.9 y 14, indica la región
y no la ciudad de tal nombre; ésta, sin embargo, a juicio de muchos autores, quedaría indicada
automáticamente bajo la designación “la ciudad,” pues no se ve qué otra ciudad en la región,
a excepción de Samaría, la capital, tuviese tanta importancia que pudiese ser designada
como la ciudad de Samaría. Quizás entre los judíos no era designada directamente por su nombre,
debido a que dicha ciudad se llamaba en aquel tiempo Sebaste (= Augusta), nombre que le
había sido impuesto por Herodes el Grande en homenaje al emperador Augusto, y ese nombre
sabía a idolatría.
Resulta extraño, sin embargo, que se aluda aquí a la ciudad de Sebaste o Samaría, pues
era ésta en esa época una ciudad helenista en que la mayoría de sus habitantes eran paganos, y
San Lucas en este pasaje trata de darnos la evangelización de los “samaritanos” (cf. v.25) en el
sentido judío de la palabra: hermanos de raza y de religión, aunque separados de la comunidad
de Israel y considerados como herejes (cf. Mt 10:5-6; Le 9:52-53; Jn 4:9). Por eso, otros autores
creen que no se trata de “Sebaste,” la capital de Samaría, sino de alguna otra ciudad, quizás Sicar,
la ciudad que ya era conocida en la tradición evangélica por el episodio de la samaritana (cf.
Jn 4:5). Desde luego, la buena acogida que los samaritanos hacen a Felipe (v.6-8) recuerda la que
no muchos años antes habían hecho a Jesús (cf. Jn 4:39-42). Algunos códices, en lugar de “bajó
a la ciudad,” tienen “bajó a una ciudad” (..εις πάλιν της Σαμαρίας), lo cual apoyaría esta interpretación.
Simón el Mago, 8:9-25.
9 Pero había allí un hombre llamado Simón, que de tiempo atrás venía practicando
la magia en la ciudad y maravillando al pueblo de Samaría, diciendo ser él algo
grande. 10 Todos, del mayor al menor, le seguían y decían: Este es el poder de Dios
llamado grande; 11 y se adherían a él, porque durante bastante tiempo los había embaucado
con sus magias. 12 Mas cuando creyeron a Felipe, que les anunciaba el reino
de Dios y el nombre de Jesucristo, se bautizaban hombres y mujeres. 13 El mismo
Simón creyó, y bautizado, se adhirió a Felipe, y viendo las señales y milagros
grandes que hacía, estaba fuera de sí. 14 Cuando los apóstoles que estaban en Jerusalén
oyeron cómo había recibido Samaría la palabra de Dios, enviaron allá a Pedro
y a Juan, 15 los cuales, bajando, oraron sobre ellos para que recibiesen el Espíritu
Santo, 16 pues aún no había venido sobre ninguno de ellos; sólo habían sido bautizados
en el nombre del Señor Jesús. 17 Entonces les impusieron las manos y recibieron
el Espíritu Santo. 18 Viendo Simón que por la imposición de las manos de los apóstoles
se comunicaba el Espíritu Santo, les ofreció dinero, 19 diciendo: Dadme también
a mí ese poder de imponer las manos, de modo que se reciba el Espíritu Santo. 20 Díjole
Pedro: Sea ese tu dinero para perdición tuya, pues has creído que con dinero
podía comprarse el don de Dios. 21 No tienes en esto parte ni heredad, porque tu corazón
no es recto delante de Dios. 22 Arrepiéntete, pues, de ésta tu maldad, y ruega
al Señor que te perdone este mal pensamiento de tu corazón; 23 porque veo que estás
lleno de maldad y envuelto en lazos de iniquidad. 24 Simón respondió diciendo: Ro4629
gad vosotros por mí al Señor para que no me sobrevenga nada de eso que habéis dicho.
25 Ellos, después de haber atestiguado y predicado la palabra del Señor, volvieron
a Jerusalén, evangelizando muchas aldeas de los samaritanos.
Como vemos, antes que Felipe, otro predicador había llamado fuertemente la atención de los samaritanos.
Tratábase de un tal Simón, que con sus magias y sortilegios tenía maravillados a todos
(v.9-11), y que va a ser ocasión del primer encuentro del cristianismo con las prácticas mágicas,
tan extendidas por el mundo greco-romano de entonces (cf. 13:8; 16:16; 19:13-19).
Ante la predicación de Felipe, también Simón se pasa a la nueva doctrina y recibe el bautismo
(v.13). Parece, sin embargo, que su fe no era todo lo auténtica y sincera que fuera de desear,
pues poco después trata de comprar con dinero (de ahí el nombre “simonía” para designar
el tráfico de cosas santas) el poder comunicar el Espíritu Santo por la imposición de manos, al
igual que lo hacían Pedro y Juan (v. 18-19). Esto hace suponer que él, mago de profesión, no veía
en el cristianismo sino una magia superior a la suya, cuyos secretos deseaba conocer. Le habían
impresionado extraordinariamente los milagros de Felipe (v.13), y ahora le impresionan no
menos los efectos de la imposición de manos por Pedro y Juan (v.18), y quiere que le inicien en
los secretos de la nueva doctrina para poder también él realizar todo eso. Incluso su petición a los
apóstoles de que rueguen por él al Señor (v.24) no es indicio cierto de un verdadero cambio en su
espíritu, pues probablemente lo único que él teme es que esas imprecaciones de Pedro (v.22-23),
a quien considera como un mago más fuerte que él, produzcan su efecto. Algunos códices, sin
embargo, suponen que hubo verdadero arrepentimiento, pues completan el v.24 añadiendo que
“lloró abundantemente durante mucho tiempo.”
De la vida ulterior de Simón puede decirse que apenas sabemos nada con certeza, pues la
historia anda mezclada con la leyenda. De él hablan Justino, Ireneo, Tertuliano, Orígenes, Eusebio
y otros muchos escritores antiguos 70, considerándole como jefe de una de las principales sectas
“gnósticas,” a las que parece hacerse ya alusión en varios lugares del Nuevo Testamento (cf.
1 Tim 1:14; 6:20; 2 Tim 2:16-19; Tit 3:9; 2 Pe 2:17-19). Es probable que la expresión un poco
misteriosa con que le designan los samaritanos, “poder de Dios llamado grande” (v.10), sea ya de
tipo “gnóstico,” considerando a Simón como una emanación del Dios supremo, uno de aquellos
“eones” que, según las doctrinas gnósticas, eran como intermediarios entre Dios y la materia.
Intercalados dentro de la narración de este episodio sobre Simón Mago, encontramos algunos
otros datos históricos más generales, de gran interés doctrinal, que conviene hacer resaltar.
Notemos, en primer lugar, cómo la dirección suprema de la marcha y desarrollo de la
predicación cristiana, incluso de la que realizan en países extraños los cristianos helenistas, la
llevan los apóstoles desde Jerusalén. Eso sucede ahora, al tener noticia de la predicación de Felipe
en Samaría (v.14), y eso sucederá más tarde, al enterarse de la predicación en Antioquía (cf.
11:22). De otra parte, el que “envíen a Pedro y a Juan” (v.14) no supone, como algunos han querido
deducir, ninguna superioridad del colegio apostólico sobre Pedro, sino que indica simplemente
que todos los apóstoles, de común acuerdo (cf. 1:15; 2:14), juzgan conveniente que vayan
Pedro y Juan a Samaría para ver de cerca las cosas y completar la obra del diácono Felipe.
En segundo lugar, notemos la clara separación que aparece entre el bautismo que administra
Felipe (v. 12.16), y la imposición de manos para conferir el Espíritu Santo que realizan los
apóstoles (v.1y-18). Ya en el primer discurso de Pedro, en Pentecostés, se hablaba del “bautismo
en el nombre de Jesucristo” y de “recibir el don del Espíritu Santo” (cf. 2:38). Exactamente, las
dos mismas cosas que aquí. Pero entonces ese “don del Espíritu” parecía estar unido al bautismo,
y no se hablaba para nada de “imposición de manos”; mientras que ahora se establece clara sepa4630
ración entre ambos ritos, y sólo a este segundo se atribuye el “don del Espíritu” (cf. v. 16-20).
Algo parecido encontraremos más tarde durante la predicación de Pablo en Efeso (cf. 19:5-6). Lo
más probable es que también en el caso de Pedro (2:38) el “don del Espíritu” haya de atribuirse
no al bautismo 71, sino a la imposición de manos. Si entonces no se habla de ella, es, probablemente,
porque en un principio, cuando comienzan a predicar y bautizar los apóstoles, ese rito iba
unido al del bautismo, aunque parece que no tardó en separarse, como vemos en el caso de los
samaritanos, debido quizás al hecho de que la misión y poder de “bautizar” se hizo más general,
mientras que la de “imponer las manos” debió de seguir bastante restringida (cf. 8:14-15). Pablo
tiene, desde luego, ese poder (cf. 19:5), no así el diácono Felipe (cf. 8:5-20). Al comentar el discurso
de Pedro (cf. 2:38) explicamos ya en qué consistía ese “don del Espíritu.”
Con mucha razón la tradición exegética cristiana ha visto en esta “imposición de manos,”
que parece pertenecía al catálogo de verdades elementales de la catequesis cristiana (cf. Hebr
6:2), los primeros vestigios de la existencia de un sacramento que, por entonces, no tendría aún
nombre propio con que ser designado, pero que, desde el siglo v, será llamado universalmente
sacramento de la “confirmación.” En realidad, esa imposición de manos venía a ser como nuevo
Pentecostés para cada cristiano, convirtiéndolo en adulto en la fe, capacitado no ya sólo para vivir
en sí mismo la vida de Cristo, cosa que tenía por el bautismo, sino también para difundirla,
trabajando por el reino de Dios.
Bautismo del eunuco etíope, 8:26-40.
26 El ángel del Señor habló a Felipe, diciendo: Levántate y ve hacia el mediodía, por
el camino que por el desierto baja de Jerusalén a Gaza. 27 Púsose luego en camino, y
se encontró con un varón etíope, eunuco, ministro de Candace, reina de los etíopes,
intendente de todos sus tesoros” Había venido a adorar a Jerusalén, 28 y se volvía
sentado en su coche, leyendo al profeta Isaías. 29 Dijo el Espíritu a Felipe: Acércate y
llégate a ese coche. 30 Aceleró el paso Felipe; y oyendo que leía al profeta Isaías, le
dijo: ¿Entiendes por ventura lo que lees? 31 El le contestó: ¿Cómo voy a entenderlo,
si alguno no me guía? Y rogó a Felipe que subiese y se sentase a su lado. 32 El pasaje
de la Escritura que iba leyendo era éste: “Como una oveja llevada al matadero y
como un cordero que delante de los que lo trasquilan, no abrió su boca. 33 En su
humillación ha sido consumado su juicio; su generación, ¿quién la contará?, porque
su vida ha sido arrebatada de la tierra.” 34 Preguntó el eunuco a Felipe: Dime, ¿de
quién dice eso el profeta? ¿De sí mismo o de otro? 35 Y abriendo Felipe sus labios y
comenzando por esta Escritura, le anunció a Jesús. 36 Siguiendo su camino llegaron
a donde había agua, y dijo el eunuco: Aquí hay agua; ¿qué impide que sea bautizado?
37 Felipe dijo: Si crees de todo corazón, bien puedes. Y respondiendo, dijo: Creo
que Jesucristo es el Hijo de Dios. 38 Mandó parar el coche y bajaron ambos al agua,
Felipe y el eunuco, y le bautizó. 39 En cuanto subieron del agua, el Espíritu del Señor
arrebató a Felipe, y ya no lo vio más el eunuco, que continuó alegre su camino. 40
Cuanto a Felipe, se encontró en Azoto, y de paso evangelizaba todas las ciudades
hasta llegar a Cesárea.
He aquí un nuevo episodio de la expansión de la fe cristiana fuera de Jerusalén. No son ya sólo
los samaritanos (v.4-25), también un etíope, ministro de la reina Candace, se adhiere a la nueva
doctrina y es bautizado (v.26-38). Probablemente este episodio tiene lugar inmediatamente o poco
después de la predicación en Samaría. Quizás Felipe se hallaba todavía en Samaría cuando
4631
recibe la orden del ángel (v.26; cf. 5:19), o quizá estaba ya en Jerusalén, adonde habría vuelto
con Pedro y Juan (v.25), una vez terminado su viaje misional en aquella región. El camino que
descendía “de Jerusalén a Gaza” (v.26) era el camino que llevaba hasta Egipto, de donde se bajaba
a Etiopía. Por él iba “sentado en su coche” el eunuco etíope, ministro de la reina Candace
(v.27-28). El término “Candace” era el nombre genérico de las reinas de Etiopía, algo así como
“César” para los emperadores romanos y “Faraón” para los antiguos reyes de Egipto 72.
La intervención de Felipe con el etíope (ν.30) no tenía nada de extraño, a pesar de que para
él era un desconocido, pues, tratándose de un lugar desierto (v.26), es normal, particularmente
en Oriente, que dos viandantes que se encuentran traben enseguida conversación (cf. Lc 24:15).
Se nos dice que iba leyendo al profeta Isaías (v.28) y que Felipe “oyó leer” (v.30), lo que supone
que la lectura, como era costumbre, se hacía en voz alta, bien directamente por él o bien por algún
esclavo. La cita de Isaías (v.32-33) sigue la versión griega de los Setenta, pero sustancialmente
concuerda con el hebreo. El texto (Is 53:7-8) es ciertamente mesiánico, alusivo a la pasión
del Mesías, y, partiendo de este texto, Felipe evangeliza al etíope (v.35). Sin duda, la exposición
sería bastante larga, aunque no sea aquí consignada, instruyendo al etíope en los puntos
esenciales de la fe cristiana, pues vemos que éste pide espontáneamente el bautismo (v.36), lo
que demuestra que conocía ya sus efectos. Probablemente fue un bautismo por “inmersión,” que
parece era el habitual (cf. Rom 6:4; Col 2:12), aunque bien pudo ser que hubiese sólo “semiinmersión,”
como indican ciertas representaciones de las catacumbas romanas, en que el bautizado
aparece con el agua hasta media pierna. La Didaché, obra de extraordinario valor, pues pertenece
a la primera generación cristiana, da esta norma en orden a la administración del bautismo: “Si
no tienes agua viva, bautiza con otra agua; si no puedes hacerlo con agua fría, hazlo con caliente.
Si no tuvieres una ni otra, derrama agua en la cabeza tres veces en el nombre del Padre y del
Hijo y del Espíritu Santo” (VII 2-3).
Según el texto bíblico de nuestro comentario, que es el de bastantes códices y el de la
Vulgata Clementina, el etíope, antes de ser bautizado, hizo una espléndida confesión de la divinidad
de Jesucristo (v.37). Este versículo, sin embargo, falta en los principales códices griegos, y
puede decirse que lo excluyen casi todas las ediciones críticas modernas. Probablemente comenzó
como una nota marginal, inspirada en la liturgia del bautismo, y pasó después al texto. San
Ireneo conoce ya este versículo 73, pero parece totalmente ignorado de la tradición oriental, cosa
que difícilmente se explicaría si fuese auténtico.
De la vida posterior del eunuco etíope nada sabemos con certeza. Antiguas tradiciones
hablan de que se convirtió en el primer apóstol de su país, y como tal es considerado en algunas
leyendas de Etiopía. Tampoco sabemos con certeza si era de origen pagano o de origen judío.
Eusebio, al que han seguido otros muchos, lo considera como el primer convertido entre los gentiles74,
cosa, además,, que parece pedir el orden mismo de la narración de Lucas, quien, después
de hablar del bautismo de los samaritanos (v.5-25)·, daría un paso más hacia la universalidad,
refiriendo el bautismo de un gentil (v.26-39).
Parece extraño, sin embargo, que Felipe no pusiera ningún reparo a este ingreso de un
gentil en el cristianismo, como vemos que hará luego Pedro (cf. 10:14.28); además, Pedro mismo,
en su discurso del concilio de Jerusalén, da claramente a entender que fue él quien primero
predicó el Evangelio a los gentiles (cf. 15:7). Decir, como han hecho algunos, que este episodio
del eunuco etíope (v.26-40) es cronológicamente posterior a la conversión de Cornelio (10:1-
11:18) y que Lucas, como hace en ocasiones semejantes, lo anticipa para terminar lo relativo a
Felipe, nos parece bastante arbitrario. Lo más probable es que se trate, si no ya de un judío —
cosa no imposible, pues las colonias judías eran muy numerosas no sólo en Egipto, sino también
4632
más al sur 75 — , al menos de un “prosélito” del judaismo. El hecho de que había venido “para
adorar en Jerusalén” (v.27) y que “iba leyendo al profeta Isaías” (v.28), da derecho a suponerlo.
Ni hace dificultad lo de ser “eunuco” (v.27), pues, aunque en Dt 23:1 se prohibe la admisión de
los “eunucos” en el judaísmo, parece que se observaba cierta tolerancia en este punto, particularmente
tratándose de países paganos (cf. Is 56:3-5; Jer 38, 7-12; Sab 3:14). Por lo demás, la
palabra “eunuco” puede estar usada aquí, como a veces en otros documentos (cf. Gen 39:1-9)”
en sentido simplemente de funcionario de palacio, y el paso hacia la universalidad queda dado,
tratándose de un país tan lejano como Etiopía.
Por lo que respecta a Felipe, una vez cumplida su misión con el etíope, milagrosamente
es trasladado a Azoto (v.39-40; cf. 1 Re 18, 12; Ez 3:12-14; Dan 14:36), y de allí, dirigiéndose
hacia el norte, evangeliza las ciudades costeras hasta llegar a Cesárea, en la que parece fija su
residencia (cf. 21:8). En esta misma ciudad, sede de los procuradores romanos de Judea, tendrá
lugar muy pronto la conversión de Cornelio (cf. 10:1), y en ella más tarde estará preso San Pablo
dos años (cf. 24:23-27).
Saulo, camino de Damasco, 9:1-2.
1 Saulo, respirando aún amenazas de muerte contra los discípulos del Señor, se llegó
al sumo sacerdote, 2 pidiéndole cartas para las sinagogas de Damasco, a fin de que si
allí hallaba quienes siguiesen este camino, hombres o mujeres, los llevase atados a
Jerusalén.
Hasta aquí apenas se había hablado de Saulo, sino incidentalmente (cf. 7:58; 8:1.3); ahora comienza
a convertirse en el personaje central de las narraciones de los Hechos.
El relato, con ese “respirando aún” (v.1), enlaza con 8:3, en que Saulo había sido ya presentado
como perseguidor de la Iglesia, pero cuya narración había sido interrumpida para dar
lugar a la de los hechos de Felipe (8:4-40). Su estado de ánimo contra los cristianos sigue siendo
el mismo de entonces, lo que parece insinuar que nos hallamos aún a poco tiempo de distancia de
la muerte de Esteban. Extraña un poco el hecho de que acuda al “sumo sacerdote” pidiéndole
cartas para actuar contra los cristianos de Damasco (v.1-2), pues ¿qué autoridad podía tener éste
en una ciudad como Damasco, que estaba tan lejos de Jerusalén y en una región gobernada directamente
por Roma?76 La respuesta no es difícil. Sabemos, en efecto, que el sanedrín tenía teóricamente
jurisdicción, no sólo sobre los judíos de Palestina, sino sobre todos los judíos de la diáspora
(cf. Dt 17:8-13), y Josefo nos cuenta que las autoridades romanas habían reconocido ese
derecho 77. También el libro de los Macabeos nos cuenta que Roma concedió a los judíos el derecho
de extradición (cf. i Mac 15:21). Eso es lo que ahora pide Pablo. Esos judío-cristianos son
transgresores de la Ley, verdaderos apóstatas religiosos, y, de no enmendarse, deben ser conducidos
a Jerusalén para ser juzgados por el sanedrín. Aunque en este pasaje se habla sólo del
“sumo sacerdote” (v.1), está claro que queda incluido todo el sanedrín, como por lo demás se
dice expresamente en otro lugar de los Hechos (cf. 22:5; 26:12). Las penas que imponía el sanedrín
podían ser varias, aunque no la pena de muerte, como ya explicamos al comentar 7:54-60.
El hecho de que las cartas vayan dirigidas “a las sinagogas” (v.2) indica que los cristianos
de Damasco no formaban aún una comunidad distinta de las comunidades judías, sino que seguían
frecuentando la sinagoga, cosa que, por lo demás, se dice casi explícitamente respecto de
Ananías (cf. 22:12). La misión de Pablo consistía en desenmascarar a estos judíos peligrosos, y
llevarlos atados a Jerusalén. Son llamados los del “camino” (v.2), término que reaparecerá en
otros varios lugares de los Hechos (cf. 18:25-26; 19:9.23; 22:4; 24:14:22), aludiendo al estilo o
4633
modo de vida que caracterizaba a la nueva comunidad cristiana. Era éste un camino que conducía
a la vida (cf. 5:20; 11:18; 13:48), dé la que Cristo es el principal lider (cf. 3:15).
No sabemos cuándo había comenzado a haber cristianos en Damasco. Algunos autores
hablan de que quizás fuera a raíz de la dispersión con motivo de la muerte de Esteban (cf. 8:1;
11:19); pero es posible que la cosa sea ya más de antiguo, y que hayamos de remontarnos a los
convertidos por Pedro en Pentecostés (cf. 2:5).
La conversión de Saulo, 9:3-9.
3 Estando ya cerca de Damasco, de repente se vio rodeado de una luz del cielo; 4 y
cayendo a tierra, oyó una voz que le decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? 5 El
contestó: ¿Quién eres, Señor? Y Él: Yo soy Jesús, a quien tú persigues. 6 Levántate y
entra en la ciudad, y se te dirá lo que has de hacer. 7 Los hombres que le acompañaban
estaban de pie atónitos oyendo la voz, pero sin ver a nadie” 8 Saulo se levantó
del suelo, y con los ojos abiertos nada veía. Lleváronle de la mano y le introdujeron
en Damasco, 9 donde estuvo tres días sin ver y sin comer ni beber.
La conversión de Saulo, narrada concisamente aquí por San Lucas, es uno de los acontecimientos
capitales en la historia del cristianismo. La Iglesia le dedica una fiesta especial el día 25 de enero.
El famoso perseguidor, a quien se aparece directamente Jesús, queda convertido en apóstol,
de la misma categoría que los que habían visto y seguido al Señor en su vida pública (cf. 1 Cor
9:1; 15:5-10; Gal 1:1).
Además del presente relato, San Lucas nos ofrece otras dos veces la narración del hecho,
puesta en boca de Pablo (cf. 22:6-11; 26:12-19), con ligeras diferencias. También se describe
este hecho al principio de la carta a los Gálatas (cf. Gal 1:12-17).
No pocos autores, más que de “conversión,” prefieren hablar de “vocación,” encuadrando
el caso de Pablo en la línea de las vocaciones proféticas de los grandes personajes bíblicos, particularmente
Jeremías, con cuya “vocación” por Dios el caso de Pablo ofrece no pocos paralelos
78. Nos parece bien. El mismo Pablo lo entiende así (cf. Gal 1:15-16).
Esta conversión o vocación de Pablo es presentada por Lucas con bastante detalle. ¿Qué
pensar de la historicidad de estos relatos ? Es éste un punto actualmente muy discutido, al que
necesitamos referirnos antes de pasar a la exégesis. La opinión de los críticos acatólicos apenas
deja nada en pie. Serían relatos muy elaborados por Lucas con fines apologéticos 79. También
algunos autores católicos, sin que pongan en duda la realidad de la intervención divina cambiando
totalmente a Pablo, atribuyen mucho a la obra literaria de Lucas e insisten en que la verdadera
realidad de los hechos nunca podremos reconstruirla. El modo como los presenta Lucas, narrando
tres veces el mismo acontecimiento, cada vez con menos extensión, pero creciendo en intensidad,
indica que se trata de un artificio literario. Lo que en realidad Lucas trata de inculcar en
los lectores es la legitimidad de la misión de Pablo entre los gentiles, que va acentuándose de la
primera a la tercera narración; de ahí esa serie de intervenciones divinas que intercala; la manera
como están presentados los hechos ha de atribuirse al genio literario de Lucas y a su intención
teológica 80. Se supone, pues, una gran libertad histórica en el modo de proceder de Lucas. Es lo
que también supone P. Gachter, distinguiendo entre “visión” y “vocación” como actos cronológicamente
distanciados, no obstante que en los relatos de Lucas aparezcan como simultáneos. Lo
más probable, dice Gachter, es que en la “visión” de Damasco, que cambió totalmente el rumbo
de Pablo, éste no recibiera ninguna “misión” determinada, que le convirtiera en apóstol de los
gentiles, sino que aquello no fue sino el punto de partida. La conciencia de estar destinado al
4634
apostolado entre los gentiles le habría venido más tarde, durante sus misiones entre los judíos de
la diáspora 81.
¿Qué decir a todo esto ? ¿Hay base para todas estas suposiciones ? Cierto que para una
recta interpretación de los textos de Lucas es necesario que nos preguntemos sobre su intención
al componer el relato, y que esa intención o finalidad — por lo demás, no siempre fácil de descubrir
— ha podido influir en ciertas expresiones y adaptaciones. Pero, como ya expusimos en la
introducción general al libro, a base siempre de que no queden sustancialmente desfigurados los
hechos, que Lucas, por su proximidad a los acontecimientos, tenía posibilidades de conocer.
Creemos que existe un grave peligro de que pasemos demasiado fácilmente del orden literario al
orden histórico, fiados en anomalías del texto más o menos reales, que pueden tener otra explicación.
Considerar como simples procedimientos literarios de Lucas lo que en realidad viene a ser
una depero ante el rechazo de los judíos (v.19) quedan solos los “gentiles” (v.21); finalmente, en
el tercero ya no se habla sino de “envío a los gentiles” (v.17). formación de la historia, nos parece
bastante arbitrario, al menos en la condición actual de los conocimientos sobre el carácter literario
del libro de los Hechos.
Después de estos preliminares, vengamos ya al relato de Lucas. El hecho tuvo lugar probablemente
en el año 36, “catorce años” antes del concilio de Jerusalén 83. Saulo y sus acompañantes
estaban ya cerca de Damasco (cf. 22:6). Era hacia el mediodía (cf. 22:6; 26:13). De repente
una luz fulgurante los envuelve y caen a tierra (cf. 9:4; 22:7; 26:14). Es de creer, aunque el
texto bíblico explícitamente no lo dice, que el viaje lo hacían a caballo, no a pie, y, por tanto, la
caída hubo de ser más violenta y aparatosa. Surge entonces el impresionante diálogo entre Jesús
y Saulo: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?.. ¿Quién eres, Señor?” (cf. 9:4-6; 22, 7-10;
26:14-18). Parece, a juzgar por la frase de Jesús “duro es para ti pelear contra el aguijón” (cf.
26:14), que, en un primer momento, Pablo trató de resistir a la gracia, como caballo que se encabrita
ante el pinchazo84, pero pronto fue vencido y hubo de exclamar: “¿Qué he de hacer, Señor?”
(cf. 22:10; 26:19). Sin duda, este modo de proceder del Señor en su conversión influyó
grandemente en él, para que luego en sus cartas insistiera tanto en que la justificación no es efecto
de nuestro esfuerzo o de las obras de la Ley, sino puro beneficio de Dios (cf. Rom 3:24; 1 Cor
15:10; Gal 2:16; 1 Tim 1:12-16; Tit 3:5-7). También la pregunta “¿Por qué me persigues?” debió
de hacerle pensar en alguna misteriosa compenetración entre Cristo y sus fieles, que le impulsará
a formular la maravillosa concepción del Cuerpo místico, otro de los rasgos salientes de su teología
(cf. 1 Cor 12:12-30; Ef 1:22-23; Col 1:18).
No parece caber duda que San Pablo en esta ocasión vio realmente a Jesucristo en su
humanidad gloriosa. Aunque el texto bíblico no lo dice nunca de modo explícito, claramente lo
deja entender, cuando contrapone a Saulo y a sus acompañantes, diciendo que éstos “oyeron la
voz, pero no vieron a nadie” (cf. 9:7), y en 26:16 se dice expresamente: “para esto me he aparecido
a ti.” Por lo demás, el mismo Pablo, aludiendo sin duda a esta visión, dirá más tarde a los
Corintios: “¿No soy apóstol? ¿No he visto a Jesús, Señor nuestro?” (1 Cor 9:1); y algo más adelante:
“Apareció a Cefas, luego a los Doce.. últimamente, como a un aborto, se me apareció también
a mí” (1 Cor 15:5-9). Y nótese que esas apariciones a los apóstoles eran reales y objetivas
(cf. 1:3; 10:41), luego también la de Pablo, cosa, además, que exige el contexto, pues si es que
algo valían esas apariciones para probar la resurrección de Cristo, es únicamente en la hipótesis
de que éste se apareciera con su cuerpo real y verdadero. No creemos que haya base para reducir
la misión de Pablo simplemente a una experiencia interna, conforme sostienen algunos autores
85.
Nada tiene, pues, de extraño que, terminada la visión, Pablo quedara como anonadado,
4635
sin ganas ni para comer (cf. 9:9), atento sólo a pensar y rumiar sobre lo acaecido, que trastornaba
totalmente el rumbo de su vida. El estado de ceguera (cf. 9:8) contribuía a aumentar más todavía
esta su tensión de espíritu. Sólo después del encuentro con Ananías, pasados tres días, habiendo
vuelto a tomar alimento, de nuevo “cobra fuerzas” (v.19). Estas abstenciones de comer y beber
han sido siempre frecuentes en personas místicas, y Pablo parece que fue una de ellas, a juzgar
por algunos testimonios de sus cartas (cf. 20:22-23; 22:17-21; 2 Cor 12:2-9).
Aludimos antes a pequeñas diferencias en los relatos de la conversión de Saulo, y conviene
que ahora las especifiquemos. Es la primera que, según una de las narraciones, los compañeros
de Saulo “oyen la voz” pero “no ven a nadie” (cf. 9:7), mientras que, según otra de esas
narraciones, “no la oyen” pero “ven la luz” (cf. 22:9). Asimismo, según una de las narraciones,
esos compañeros “estaban de pie atónitos” (cf. 9:7), mientras que, según otra, “caen todos por
tierra” (cf. 26:14). Añádase que, en una de las narraciones, es Dios quien comunica directamente
a Saulo el futuro de la actividad a que le destina (cf. 26:16-18), mientras que, en las otras dos, la
comunicación se hace a Ananías y, sólo a través de él, a Saulo (cf. 9:15-16; 22:14-15).
Evidentemente, nada de todo esto es incompatible con la historicidad de los relatos; al
contrario, estas ligeras diferencias reflejan los diferentes auditorios y son más bien garantía de
historicidad. Pablo no tenía por qué, en su discurso ante Festo y Agripa, tercera de las narraciones
(26:16-18), hacer mención de Ananías; lo que importaba era destacar que había habido revelación
de Dios, pero el que esa revelación hubiera sido hecha directamente o mediante algún enviado
era cosa que en nada cambiaba el hecho ni afectaba a su argumentación. En cuanto a si los
compañeros de Saulo “oyeron” (9:7) o “no oyeron” (22:9) la voz de Jesús, téngase en cuenta que
la palabra “oír” (άκούειν) puede tomarse en el sentido simplemente de “oír,” o sea, percibir el
sonido material, y también en el de “entender,” o sea, captar el significado (cf. 1 Cor 14:2). Parece
que los compañeros de Saulo “oyeron la voz” (9:7); pero, al contrario que éste, no “entienden”
su significado (22:9), del mismo modo que “vieron la luz” (22:9), pero no distinguen allí ningún
personaje (9”?)· Quizá podamos ver insinuada esta diferencia de significado en la misma construcción
gramatical, pues mientras en 9:7 “oír” está construido con genitivo (..της φωνήζ), en
22:9 está con acusativo (.την φωνήν). Y, en fin, por lo que toca a si “cayeron a tierra,” parece
que ciertamente “cayeron todos” en un primer momento (26:14); pero, en un segundo momento
de la escena, cuando Pablo, mucho más afectado, seguía todavía en tierra, los compañeros “estaban
ya de pie” (9:7). Por lo demás, ese “estaban de pie atónitos” (είστήκεισαν ένεοί) podría también
traducirse (ϊστημι = ειμί) por “habían quedado atónitos,” en cuyo caso desaparece la dificultad.
Hagamos todavía una observación. Eso de “caer en tierra” era algo como inherente a los que
recibían una visión divina (cf. Ez 1:28; 43:3; Dan 8:17) y, como ya antes dijimos, en nada cambiaría
la historicidad del relato, aunque por lo que toca a esos pequeños detalles se tratase de
simple relleno literario.
Saulo y Anemias, 9:10-19.
10 Había en Damasco un discípulo, de nombre Ananías, a quien dijo el Señor en visión:
¡Ananías! El contestó: Heme aquí, Señor. 11 Y el Señor a él: Levántate y vete a
la calle llamada Recta, y busca en casa de Judas a Saulo de Tarso, que está orando;
12 y vio en visión a un hombre llamado Ananías, que entraba y le imponía las manos
para que recobrase la vista. 13 Y contestó Ananías: Señor, he oído a muchos de este
hombre cuántos males ha hecho a tus santos en Jerusalén, 14 y que viene aquí con
poder de los príncipes de los sacerdotes para prender a cuantos invocan tu nombre.
15 Pero el Señor le dijo: Ve, porque es éste para mí vaso de elección, para que lleve
4636
mi nombre ante las naciones y los reyes y los hijos de Israel. 16 Yo le mostraré cuánto
habrá de padecer por mi nombre. 17 Fue Ananías y entró en la casa, e imponiéndole
las manos, le dijo: Hermano Saulo, el Señor Jesús, que se te apareció en el camino
que traías, me ha enviado para que recobres la vista y seas lleno del Espíritu
Santo. 18 Al punto se le cayeron de los ojos unas como escamas, y recobró la vista y
levantándose fue bautizado; 19 después tomó alimento y se repuso.
Llegado Saulo a Damasco, adonde han tenido que llevarle “conducido de la mano” (cf. 9:8;
22:11), se hospeda en la casa de un tal Judas (v.11), personaje del que nada sabemos, y que muy
bien pudiera ser el dueño de la posada donde acostumbraban a parar los judíos que pasaban por
la ciudad. Esta casa estaba en la calle llamada Recta (v.11), calle conocidísima, que atravesaba
por completo la ciudad de este a oeste, y de la que se conserva todavía el trazado en la actual
Damasco.
Mientras Saulo seguía a la espera (cf. 9:6; 22:10) en casa de Judas, el Señor se aparece a
Ananías y le ordena que vaya a visitarle (v.11). Tampoco de Ananías sabemos gran cosa. Desde
luego, debía ser uno de los cristianos más notables de Damasco, quizás el jefe de la comunidad.
Estaba perfectamente enterado de la actividad persecutoria de Saulo, así como del motivo de su
venida a Damasco (cf. v.13-14), aunque parece que nada sabía de lo que le había acontecido en
el camino. Su fe cristiana no era obstáculo para que siguiese observando fielmente la Ley mosaica
y fuese muy estimado de sus correligionarios (cf. 22:12). La aparición del Señor (v.10) debió
ser en sueños, como solían ser de ordinario (cf. 16:9-10; 18:9; 27:23), y en ella el Señor le da a
conocer cuál era el papel que tenía destinado a Saulo (cf. 9:15-16; 22:14-15). Toda la tercera parte
del libro de los Hechos (13:1-28:31), narrando las actividades apostólicas de Pablo, es el mejor
comentario a estas palabras del Señor a Ananías. El elemento nuevo de este programa es que
Saulo tendrá que predicar sobre todo a los gentiles: “ante las naciones y los reyes y los hijos de
Israel” (cf. 9:15; 26:17-18). El mismo se designará más tarde como Apóstol de los Gentiles (cf.
Rom 1:5; 11:13; Gal 2:7-8), aunque tampoco olvidará nunca a sus compatriotas los judíos (cf.
17:2; 18:4; 19:9; Rom 11:14). Con el término “reyes” se alude, sin duda, no sólo al rey Agripa
(cf. 26:2), sino también a otros magistrados romanos con los que Pablo se encontrará a lo largo
del relato que va a seguir (cf. 13:7; 18:12; 24:10; 25:6). Es posible que Lucas, al poner determinadas
palabras en boca del Señor, esté bajo el influjo de ciertos textos profetices (cf. Jer 1:10) e
incluso bajo el influjo de la realidad, tal como sabía habían sucedido las cosas en Pablo.
En el encuentro con Saulo, Ananías da a entender que conoce perfectamente lo que a
aquél había acaecido en el camino y cómo había quedado ciego (v.17), lo cual parece suponer
que también esto se lo reveló el Señor en la aparición, aunque el relato de Lucas no lo haga notar
de modo explícito 86. Su misión para con Saulo es doble: .”. recobres la vista y seas lleno del Espíritu
Santo” (v.17); doble es también la acción que realiza sobre él: “imposición de manos”
(v.17) y “bautismo” (v.18). Esto último no se dice de modo explícito que fuese realizado por
Ananías; pero claramente se deja entender, puesto que ningún otro miembro de la comunidad
cristiana aparece ahí en escena, ni el texto bíblico da pie para suponer que el “bautismo” tuvo
lugar, no durante la visita de Ananías, sino más tarde. Ese bautismo era necesario, como dirá el
mismo Ananías, para que Saulo “lavase sus pecados” (22:16).
Un punto queda oscuro, y es si esa efusión del Espíritu Santo sobre Saulo fue algo que
precedió al “bautismo,” como parece suponerse en los v.17-18, o más bien fue posterior al “bautismo,”
como parece exigir la naturaleza de la cosa e incluso puede verse insinuado en el v.12, al
señalar como finalidad de la “imposición de manos” únicamente la recuperación de la vista87. No
4637
nos atrevemos a responder categóricamente a este punto. Más natural parece lo segundo (cf.
8:16); sin embargo, ciertamente no fue así en el caso de Gornelio (cf. 10:44-48). Quizás también
en el caso de Saulo haya que poner una excepción.
Queremos aludir a una última cuestión. Por primera vez en los Hechos se designa aquí a
los cristianos con el apelativo “santos” (v.13), denominación que se hará bastante corriente en la
Iglesia primitiva (cf. 9:32.41; 26:10; Rom 12:13; 15:26; 16:2; 1 Cor 16:1; 2 Cor 8:4; Flp 4:21;
Gol 1:4). Dios es el “Santo” por excelencia (cf. Is 6:3), y de esa “santidad” participan, según se
repite frecuentemente en el Antiguo Testamento, aquellos que se acercan a él o le están especialmente
consagrados (cf. Ex 19:6; Lev 11:44-45; 19:2; 20:26; 21:6-8). Parece que la idea primera
del término “santidad,” como indica la raíz de la voz semítica “qodex” (qds = cortar, separar),
es la de separación o trascendencia sobre todo lo común y profano; a esta idea va unida la
de pureza o ausencia de todo pecado. Con mucha razón, pues, es aplicado este término a los cristianos,
nuevo “pueblo santo” que sustituye al antiguo Israel (cf. 1 Pe 2:9), sobre los que visiblemente
desciende el Espíritu Santo (cf. 2:17-38; 4:31; 8:15), quedando separados del resto de los
hombres y pasando por medio del bautismo a una especie de consagración a Dios, libres de su
pasado profano y culpable.
Predicación de Saulo en Damasco, 9:19-25.
19 Pasó algunos días con los discípulos de Damasco, 20 y luego se dio a predicar en las
sinagogas que Jesús es el Hijo de Dios; 21 y cuantos le oían quedaban fuera de sí, diciendo:
¿No es éste el que en Jerusalén perseguía a cuantos invocaban este nombre,
y que a esto venía aquí, para llevarlos atados a los sumos sacerdotes? 22 Pero Saulo
cobraba cada día más fuerzas y confundía a los judíos de Damasco, demostrando
que éste es el Mesías. 23 Pasados bastantes días, resolvieron los judíos matarle; 24 pero
su resolución fue conocida de Saulo. Día y noche guardaban las puertas para darle
muerte; 25 pero los discípulos, tomándole de noche, lo bajaron por la muralla,
descolgándole en una espuerta.
Así es Saulo. La misma fogosidad que antes había empleado para perseguir a la Iglesia emplea
ahora, una vez convertido, para defenderla. No es extraño que los judíos de Damasco estuviesen
llenos de estupor (v.20-21) y tratasen de acabar con él (v.23).
Esta estancia de Saulo en Damasco, no obstante que la narración de los Hechos la presenta
de una manera continua (v. 10-25), parece que tuvo dos etapas, y entre una y otra hay que colocar
la ida a la Arabia, de que se habla en la carta a los Calatas (Gal 1:17). Tenía que rehacer su
espíritu a la luz de su nueva fe y de las revelaciones que el Señor le iba comunicando (cf. 26:16),
y para eso nada mejor que algún tiempo de retiro en la solitaria Arabia 88. No sabemos cuánto
tiempo permaneció en ese retiro de Arabia, pero sí que desde ahí “volvió de nuevo a Damasco”
(Gal 1:17), y que todo incluido — primera estancia en Damasco, retiro en Arabia, segunda estancia
en Damasco — forma un total de tres años (cf. v.25-26; Gal 1:18). La ida a la Arabia habrá
que colocarla entre los v.21 y 22, y así queda explicada esa aparente contradicción en que parece
incurrir San Lucas al hablar de “pocos días” (v.18) y de “bastantes días” (v.23), refiriéndose a la
estancia de Saulo en Damasco.
El tema de la predicación de Saulo era que Jesús es “el Hijo de Dios” (v.20) y que es “el
Mesías” (v.22). La expresión “hijo de Dios,” aplicada a Jesús, sólo vuelve a aparecer otra vez en
los Hechos (13:33), pues aunque se lee también en Act 8:37, probabilísimamente ese texto no es
auténtico, como ya en su lugar hicimos notar. Todo da la impresión de que fue un título cristo4638
lógico, muy poco corriente en las primitivas comunidades cristianas. Sostienen algunos críticos,
como Bultmann y Dibelius, que este título comenzó a ser atribuido a Cristo bajo el influjo del
helenismo, donde era frecuente hablar de hijos de los dioses; sin embargo, todos los indicios están
a favor de que tal título le fue dado a Jesús ya durante su vida terrena, dado el modo como se
expresan los Evangelios (cf. Mt 3:17; 4:3; 14:33; 16:16; 17:5; 26:63; 27:40; Mc ι,ιι; 3,ιι; 5:7; 9:7;
15:39; Le 4:41; 9:35; 22:70; Jn 1:49; 10:36; 17:1; 20:31). De suyo, el título no connota necesariamente
la divinidad (cf. Ex 4:22; Jer 3:19; Deut 32:8; Ps 89:7; Job 1:6), y ha de ser el contexto
el que nos indique hasta dónde debemos llevar esa “filiación.” Evidentemente, hay muchos casos
en que el título “Hijo de Dios,” aplicado a Jesucristo, tiene claramente sentido divino (cf. Mt
28:19; Jn 1:1; Gal 4:4-6; Col 1:13-17; Hebr 1:2-8); pero hay otros que pueden ser explicados
simplemente en sentido de filiación moral, resultante de una elección divina que establece relaciones
de particular intimidad entre Dios y su creatura (cf. Mt 4:3; Mc 3:11; 15:39), al estilo de
lo que sucede cuando el título era aplicado al pueblo de Israel o a los-ángeles en el Antiguo Testamento.
Por lo que hace a los dos pasajes de los Hechos (9:20; 13:33), es imposible precisar el
alcance que se pretende dar al significado de la expresión; probablemente ahí el título de “Hijo
de Dios” es considerado simplemente como título más o menos equivalente al de Mesías, con
referencia a su exaltación como rey universal de las naciones. De hecho, ése fue el tema normal
de la predicación de Pablo ante auditorio judío (cf. 17:3; 18:5; 26:23), lo mismo que había sido
también el de Pedro (cf. 2:36; 3:18; 4:26).
La estratagema de su fuga de Damasco (v.24-25) nos la cuenta también el mismo San Pablo
en su segunda carta a los Corintios (2 Cor 11:32-33). La cosa no era difícil. Aun hoy hay en
Damasco casas adosadas a los muros de la ciudad, cuyas ventanas dan al exterior. Extraña un
poco la mención del etnarca de Aretas, tratando de capturar a Pablo (2 Cor 11:32), pues la narración
de los Hechos habla simplemente de los judíos (v.23-24). Sin embargo, está claro que una
cosa no se opone a la otra, pues es lógico que los judíos trataran de lograr y lograran el apoyo del
etnarca. Más difícil es explicar el porqué de la presencia de ese representante de Aretas en Damasco,
ciudad sujeta al dominio romano desde tiempos de Pompeyo, a mediados del siglo I a. C.
Algunos creen que se trata simplemente de un delegado o representante de Aretas para defender
los intereses de los nabateos residentes en Damasco; pero, en tal caso, ¿cómo, sin protesta de las
autoridades romanas, un extraño iba a atribuirse tales poderes, atreviéndose a poner guardia a las
puertas de la ciudad? Por eso, juzgamos más probable que en esas fechas Damasco estuviera
realmente bajo el poder de Aretas y no bajo las autoridades romanas 89. De hecho, se han encontrado
monedas de Damasco con la efigie de Augusto (31 a. C.-I4 d. C.), de Tiberio (14-37), Nerón
(54-68), Vespasiano (69-79), etc., pero no se han encontrado con la efigie de Calígula (37-
41) ni de Claudio (41-54). Ello parece ser indicio de que entre los años 37-54 Damasco no estuvo
bajo el dominio de los romanos. Lo más probable es que hubiera sido cedida espontáneamente a
Aretas por Calígula, precisamente para hacer una política contraria a la de Tiberio, como sabemos
que hizo en otros casos. De ser esto así, nos encontramos con un dato importantísimo para la
cronología de San Pablo, pues la fuga de Damasco habrá que colocarla entre los años 37 (muerte
de Tiberio) al 40 (muerte de Aretas).
Visita de Saulo a Jerusalén y regreso a Tarso, 9:26-30.
26 Llegado que hubo a Jerusalén, quiso unirse a los discípulos, pero todos le temían,
no creyendo que fuese discípulo. 27 Tomóle entonces Bernabé y le condujo a los
apóstoles, a quienes contó cómo en el camino había visto al Señor, que le había
hablado, y cómo en Damasco había predicado valientemente el nombre de Jesús. 28
4639
Estaba con ellos, yendo y viniendo dentro de Jerusalén, predicando con valor el
nombre del Señor, 29 y hablando y disputando con los helenistas, que intentaron
quitarle la vida, 30 pero sabiendo esto los hermanos, le llevaron a Cesárea y de allí le
enviaron a Tarso.
Es la primera vez que Saulo sube a Jerusalén después de su conversión. El motivo de esta visita,
como dice el mismo San Pablo, fue “para conocer (ιστορησαι) a Pedro,” con quien permaneció
“quince días” (Gal 1:18). De los demás apóstoles sólo vio a Santiago, el hermano del Señor (Gal
1:19).
No parece que le fue fácil llegar en seguida hasta los apóstoles, pues, dadas sus anteriores
actividades persecutorias, había recelos sobre su conversión (y.26). Aunque habían pasado ya
tres años (cf. Gal 1:18), y la noticia de su conversión había, sin duda, llegado a Jerusalén, la información
debía ser escasa e incontrolada, debido quizás a la guerra entre Aretas y Herodes Antipas,
que habría interrumpido las comunicaciones. Fue Bernabé, a quien Pablo había hecho partícipe
de sus confidencias, quien le sirvió de intermediario, conduciéndole “a los apóstoles”
(v.27). No sabemos si serían conocidos ya de antes. Ello es posible, pues Bernabé era natural de
Chipre (cf. 4:36), isla que estaba en constante comunicación con Tarso, la patria de Saulo. De
todos modos, se hicieron grandes amigos, y juntos trabajarán en Antioquía (11:22-30) y en el
primer viaje apostólico de Pablo (13:1-14:28); se separarán al comienzo del segundo viaje apostólico
(15:36-40), pero no por eso se romperá la amistad (cf. 1 Cor 9:6; Col 4:10). El que se diga
que “le condujo a los apóstoles” (v.27) no se opone a la afirmación de Pablo de haber visto solamente
a Pedro y a Santiago (Gal 1:18-19), sino que Lucas esquematiza las cosas nombrando a
“los apóstoles” en general.
Disipados los recelos merced a la valiosa intervención de Bernabé, Saulo comienza, a
moverse libremente “predicando el nombre del Señor y discutiendo con los helenistas” (v.28-29).
Probablemente muchos de estos “helenistas” 90 eran los mismos que habían discutido' ya antes
con Esteban (cf. 6:9-10), del que Saulo toma ahora sobre sí la obra.
La reacción de los “helenistas” fue la de tratar de acabar con él (v.29), lo mismo que
habían hecho con Esteban; pero los fieles le aconsejan salir de Jerusalén, conduciéndole hasta
Cesárea, y de allí, probablemente por mar, lo envían a Tarso, su patria (ν.30). Es probable que
esta determinación fuese tomada no sólo para evitar el peligro que amenazaba la vida de Pablo,
sino pensando también en que su presencia en Jerusalén podía dar origen a otra persecución como
la que había seguido a la predicación de Esteban (cf. 8:1), y quedar turbada la paz de que entonces
gozaba la Iglesia (cf. ν.31). Además, fue durante este tiempo cuando tuvo lugar la visión
del Señor, en que se le ordenaba dirigir su predicación hacia los gentiles (cf. 22:17-21), lo que
indudablemente también apresuró su partida. De las actividades de Pablo en Tarso nada sabemos.
Parece que permaneció allí unos cuatro o cinco años, y que es durante esa época cuando
recorrió “las regiones de Siria y de Gilicia” (Gal 1:21), es de creer que con fines misionales (cf.
15:41). De Tarso le irá a sacar Bernabé para que le ayude en la evangelización de Antioquía (cf.
11:25).
Correrías apostólicas de Pedro, 9:31-43.
31 Por toda Judea, Galilea y Samaría, la Iglesia gozaba de paz y se fortalecía y andaba
en el temor del Señor, llena de los consuelos del Espíritu Santo. 32 Acaeció que,
yendo Pedro por todas partes, vino también a los santos que vivían en Lida. 33 Allí
encontró a un hombre llamado Eneas, que estaba paralítico desde hacía ocho años,
4640
echado en una camilla. 34 Díjole Pedro: Eneas, Jesucristo te sana; levántate y toma
la camilla. Y al punto se levantó. 35 Visto lo cual, todos los habitantes de Lida y de la
llanura de Sarón se convirtieron al Señor. 36 Había en Joppe una discípula llamada
Tabita, que quiere decir Dorcas. Era rica en buenas obras y en limosnas. 37 Sucedió,
pues, en aquellos días que, enfermando, murió, y lavada, la colocaron en el piso alto
de la casa. 38 Está Joppe próximo a Licia; y sabiendo los discípulos que se hallaba
allí Pedro, le enviaron dos hombres con este ruego: No tardes en venir a nosotros. 39
Se levantó Pedro, se fue con ellos y luego le condujeron a la sala donde estaba y le
rodearon todas las viudas, que lloraban, mostrando las túnicas y mantos que en vida
les hacía Dorcas. 40 Pedro los hizo salir fuera a todos, y puesto de rodillas, oró; luego,
vuelto al cadáver, dijo: Tabita, levántate. Abrió los ojos, y viendo a Pedro, se
sentó. 41 En seguida le dio éste la mano y la levantó, y llamando a los santos y a las
viudas, se la presentó viva. 42 Se hizo esto público por tocio Joppe y muchos creyeron
en el Señor. 43 Pedro permaneció bastantes días en Joppe, en casa de Simón el
curtidor.
Terminado lo relativo a la conversión y primeras actividades de Saulo (9:1-30), vuelve San Lucas
a ocuparse de las actividades de Pedro, a quien en capítulos anteriores ha ido dejando siempre
en Jerusalén (cf. 5:42; 8:1.14.25). Como pórtico a sus narraciones presenta una hermosa vista
global de la situación de la Iglesia, gozando de paz y llena de los consuelos del Espíritu Santo
(v.31). Se habla no sólo de Judea y Samaría, sino también de “Galilea,” lo que indica que también
en esa región había ya comunidades cristianas, aunque nada se haya dicho anteriormente de
cómo y cuándo fueran fundadas 91. Esta “paz” de que goza la Iglesia quizás haya de atribuirse, al
menos en gran parte, a las circunstancias políticas de aquellos momentos. En efecto, parece que
nos hallamos entre los años 39-40, precisamente cuando Calígula, en sus ansias de divinización,
trataba de que se colocase una estatua suya en el templo de Jerusalén, cosa que tenía totalmente
preocupados a los judíos y a la que se oponían por todos los medios 92, sin dejarles tiempo para
ocuparse de los cristianos.
Aprovechando este período de paz, Pedro va “por todas partes” visitando a los fieles
(v.32). Nótese el término “santos” con que éstos son designados, y que ya explicamos al comentar
9:13. Entre los lugares visitados se habla de Lida, ciudad situada en la llanura de Sarón, a
unos 50 kilómetros de Jerusalén y 15 del Mediterráneo, donde cura a un paralítico (v.32-35). Se
habla también de Joppe, la actual Jafa, puerto importante a unos 18 kilómetros al norte de Lida,
en que resucita a una mujer llamada Tabita (v.36). Había sido Tabita 93 “rica en buenas obras y
en limosnas” (v.37), cuya muerte lloraban desconsoladamente las “viudas” de la localidad (v.39).
Es chocante la expresión “los santos y las viudas” (v.40), pues es evidente que también las “viudas”
debían contarse entre los “santos”; parece que son mencionadas aparte, debido a que ellas
tenían un motivo especial de desconsuelo. No creemos que formasen ya entonces, como parece
que acaeció más tarde, una institución o especie de orden religiosa dentro de la Iglesia (cf. 1 Tim
5:9-10), sino que se trataba simplemente de “viudas” que habían quedado desamparadas con la
muerte del marido, y recibían limosnas de Tabita (cf. 6:1).
Durante su estancia en Joppe, Pedro se hospeda en casa de un tal Simón, de oficio curtidor
(v.43). Este oficio, aunque no prohibido, era considerado por los judíos como impuro a causa
del continuo contacto con cuerpos muertos (cf. Lev 11:39). A pesar de ello, Pedro se hospeda en
esa casa. Parece que San Lucas, al consignar este hecho, trata de prepararnos para el episodio del
capítulo siguiente, en que Pedro habrá de ir aún mucho más lejos contra los prejuicios judíos.
4641
El centurión Cornelio, 10:1-8.
1 Había en Cesárea un hombre llamado Cornelio, centurión de la cohorte denominada
Itálica; 2 piadoso, temeroso de Dios con toda su casa, que hacía muchas limosnas
al pueblo y oraba a Dios continuamente. 3 Este, como a la hora de nona, vio claramente
en visión a un ángel de Dios, que acercándose a él le decía: Cornelio. 4 El le
miró, y sobrecogido de temor, dijo: ¿Qué quieres, Señor? Y le dijo: Tus oraciones y
limosnas han sido recordadas ante Dios. 5 Envía, pues, unos hombres a Joppe y haz
que venga un cierto Simón, llamado Pedro, 6 que se hospeda en casa de Simón, el
curtidor, cuya casa está junto al mar. 7 En cuanto desapareció el ángel que le hablaba,
llamó a dos de sus domésticos y a un soldado, también piadoso, de sus asistentes,
8 y contándoles todo el suceso los envió a Joppe.
Hemos llegado al punto culminante del libro de los Hechos. Está claro que, a los ojos de Lucas,
la conversión del centurión Cornelio, dado el realce con que la cuenta (10:1-11:18), no es un
hecho aislado, sino un hecho de alcance universal, íntimamente ligado a la entrada de los gentiles
en la Iglesia, como se afirmará de modo explícito en el concilio de Jerusalén (cf. 15:7.14). Se
había predicado, es verdad, en Samaría (8:4-25), pero los samaritanos, aunque enemigos de los
judíos (cf. Lc 9:53; Jn 4:9), estaban muy ligados a ellos por razones de origen, y se gloriaban de
ser seguidores de Moisés. Ahora se abre una nueva fase en la historia de la Iglesia, de amplitud
mucho más universal. Judíos y gentiles, sin necesidad de la circuncisión, podrán sentarse a la
misma mesa y participar juntos de las bendiciones mesiánicas. Cornelio será el punto de partida.
Así se lo hace saber el Espíritu Santo a Pedro (10:15.20.44), y así, a pesar de su repugnancia,
obrará éste en consecuencia (10:14.28.47; 11: 8-17). Ni hay base para suponer, conforme
hacen gran número de críticos, que todo este capítulo, de tanta importancia en relación con el
universalismo de la Iglesia, sea pura creación de la comunidad primitiva y de Lucas, que buscaron
apoyarse en Pedro.
Habitaba este centurión en Cesárea (v.1), ciudad que había sido edificada por Heredes el
Grande en honor de Augusto, y que, a la sazón, era sede del procurador romano. Estaba a unos
100 kilómetros de Jerusalén, en la costa del Mediterráneo, y no debe confundirse con la otra Cesárea,
llamada Cesárea de Filipo, junto al Hermón. Es natural que siendo sede del procurador
tuviese amplia guarnición de soldados. Pertenecía Cornelio a la cohorte (cada “cohorte” incluía
unos 600 hombres) denominada “itálica” (v.1), sin duda por estar formada por voluntarios itálicos.
Era gentil de origen, pero “piadoso y temeroso de Dios” (v.2; cf. v.22.35), expresiones que
le señalan como un simpatizante del judaismo (cf. 13:16.26.50; 17:4), aunque sin llegar a la condición
de “prosélito,” pues ciertamente no estaba circuncidado (cf. 11:3). Algunos autores han
sugerido la hipótesis de que quizás se trate del mismo centurión que asistió a la crucifixión de
Cristo (cf. Mt 27:54); eso es posible, pero la hipótesis no tiene en su favor dato alguno positivo.
En las mismas condiciones de Cornelio se encontraban, más o menos, todos los de su casa (cf.
v.7.24; 11:14).
A este centurión se aparece un ángel del Señor, ordenándole que envíe mensajeros a Joppe
en busca de Pedro, y que escuche sus palabras (cf. v.5.22). Es de notar que la aparición se presenta
como respuesta a su oración: “Tus oraciones han sido recordadas..; envía, pues, mensajeros..”
(v.4-5), lo que parece indicar que estaba pidiendo a Dios le manifestase el camino a seguir
para serle aceptado. La oración tiene lugar a la “hora de nona” (v.3), precisamente la hora del
sacrificio vespertino entre los judíos (cf. 3:1), lo que confirma su condición de simpatizante del
4642
judaísmo, a cuyas costumbres procuraba acomodarse.
Misteriosa visión de Pedro, 10:9-23.
9 Al día siguiente, mientras ellos caminaban y se acercaban a la ciudad, subió Pedro
a la terraza para orar hacia la hora de sexta. 10 Sintió hambre y deseó comer; y mientras
preparaban la comida le sobrevino un éxtasis. 11 Vio el cielo abierto, y que bajaba
algo como un mantel grande, sostenido por las cuatro puntas, y que descendía
sobre la tierra. 12 En él había todo género de cuadrúpedos, reptiles de la tierra y
aves del cielo. 13 Oyó una voz que le decía: Levántate, Pedro, mata y come. 14 Dijo
Pedro: De ninguna manera, Señor, que jamás he comido cosa alguna impura. 15 De
nuevo le dijo la voz: Lo que Dios ha purificado, no lo llames tú impuro. 16 Sucedió
esto por tres veces, y luego el lienzo fue recogido al cielo. 17 Estaba Pedro dudoso y
pensativo sobre lo que sería aquella visión que había tenido, cuando los hombres
enviados por Cornelio llegaron a la puerta, preguntando por la casa de Simón; 18 y
llamando, preguntaron si se hospedaba allí cierto Simón llamado Pedro. 19 Meditando
Pedro sobre la visión, le dijo el Espíritu: 20 Ahí están unos hombres que te
buscan. Levántate, pues, baja y vete con ellos sin vacilar, porque los he enviado yo.
21 Bajó Pedro y dijo a los hombres: Yo soy el que buscáis. ¿Qué es lo que os trae? 22
Ellos dijeron: El centurión Cornelio, varón justo y temeroso de Dios, que en todo el
pueblo de los judíos es muy estimado, ha recibido de un santo ángel el mandato de
hacerte llevar a su casa y escuchar tu palabra. 23 Pedro les invitó a entrar y los hospedó.
De Cesárea, de donde parten los mensajeros de Cornelio, hasta Joppe, donde residía Pedro, hay
unos 50 kilómetros. Habían partido de Cesárea por la tarde (cf. v.3. 7), y, al día siguiente, hacia
la hora de “sexta,” es decir, hacia mediodía, llegaban a Joppe (v.g).
Precisamente mientras ellos se estaban acercando a la ciudad, Pedro, hospedado en casa
de Simón el curtidor, había subido a la terraza de la casa, y allí, como era costumbre entre los
judíos (cf. 2 Re 23:12; Jdt 8:5; Jer 19:13; Sof 1:5; Sal 55:18), había comenzado su oración (V.9).
Durante esa oración, caído en éxtasis, ve una extraña visión, relacionada en cierto sentido con el
“hambre” que entonces sentía: una especie de mantel que colgaba de lo alto, sobre el que había
multitud de animales en completa mescolanza, al tiempo que oía una voz ordenándole que se levantase,
matara y comiera (ν. 1 1-13). La reacción de Pedro, muy parecida a la que en circunstancias
semejantes había mostrado el profeta Ezequiel (cf. Ez 4:14), es tajante: “De ninguna manera..;
jamás he comido cosa alguna impura” (v.14; cf. Lev 11:1-47). Pero de nuevo oye la voz:
“Lo que Dios ha purificado, no lo llames tú impuro” (ν.16). Υ así todavía una tercera vez (v.16).
Al salir del “éxtasis,” Pedro estaba pensativo y dudoso sobre el significado de aquella visión
(v.1y). No era fácil comprender que se le pudiera mandar violar la Ley, que distinguía entre
animales puros e impuros, de los que estaba prohibido comer (cf. Lev 11:1-47). La misma Sagrada
Escritura alaba el gesto de Eleazar y el de los siete hermanos Macabeos, que prefirieron
morir antes que violar esta ley (cf. 2 Mac 6:18-7:42). Pero a Pedro se le añadía: “Lo que Dios ha
purificado..,” con lo que claramente parecía indicársele que quedaban abolidas esas prescripciones
legales y que no había ya por qué distinguir entre alimentos puros e impuros. Además de este
significado, que constituiría el sentido directo de la visión, Pedro debió pensar en la posibilidad
de algún otro significado más profundo en orden a la relación entre judíos y gentiles, tanto más
que la cuestión de los alimentos constituía precisamente el nudo gordiano de estas relaciones.
4643
Mientras Pedro andaba con estos pensamientos, llaman a la puerta los mensajeros de
Cornelio, y el Espíritu le ordena resueltamente: “Ahí están unos hombres..; baja y vete con ellos
sin vacilar, porque los he enviado yo” (v. 18-20). Comienza la interpretación abierta del Espíritu
Santo, que será quien vaya dirigiendo visiblemente toda la escena, hasta el punto de que Pedro,
para justificarse luego ante los que critican su modo de proceder, no tendrá otra respuesta sino
“¿quién era yo para oponerme a Dios?” (9:17). Es natural, pues, que ante esa orden del Espíritu
Santo, Pedro no sólo reciba a los mensajeros, sino que se atreva a hospedarlos en la misma casa
(v.23), no obstante tratarse de incircuncisos, con los que no era lícito a ningún judío establecer
convivencia 94.
Pedro en casa de Cornelia, 10:23-33.
23 Al día siguiente partió con ellos, acompañado de algunos hermanos de Joppe; 24 y
al otro día entró en Cesárea, donde los esperaba Cornelio, que había invitado a todos
sus parientes y amigos íntimos. 25 Así que entró Pedro, Cornelio le salió al encuentro,
y postrándose a sus pies, le adoró. 26 Pedro le levantó diciendo: Levántate,
que yo también soy hombre. 27 Conversando con él, entró y encontró allí a muchos
reunidos, 28 a quienes dijo: Bien sabéis cuan ilícito es a un hombre judío llegarse a
un extranjero o entrar en su casa, pero Dios me ha mostrado que a ningún hombre
debía llamar manchado o impuro, 29 por lo cual, sin vacilar he venido, obedeciendo
el mandato. Decidme, pues, para qué me habéis llamado. 30 Cornelio contestó: Hace
cuatro días, a esta hora de nona, orando yo en mi casa, vi a un varón vestido de refulgentes
vestiduras, 31 que me dijo: Cornelio, ha sido escuchada tu oración y tus limosnas
recordadas delante de Dios. 32 Envía, pues, a Joppe y haz llamar a Simón,
llamado Pedro, que se hospeda en casa de Simón, el curtidor, junto al mar. 33 Al instante
envié por ti, y tú te has dignado venir. Ahora, pues, todos nosotros estamos en
presencia de Dios, prontos a escuchar de ti lo ordenado por el Señor.
La salida de Pedro para Cesárea fue “al día siguiente” de haber llegado los mensajeros de Cornelio
(v.23); Y no llegó en ese mismo día, sino “al otro” (v.24), con lo que se explica que Cornelio
hable luego de “cuatro días” desde que había tenido lugar la visión (v.30), pues los días incompletos,
según era entonces corriente, se contaban como completos (cf. Jn 2:19; 1 Cor 15:4).
Pedro se hace acompañar de “algunos hermanos” de Joppe (v.23), concretamente “seis”
(cf. 11:12), sin duda para que fuesen testigos de todo, en previsión de las censuras que su modo
de proceder podría provocar, como de hecho sucedió (cf. 11:1-3). Al llegar a Cesárea, el recibimiento
que le hace Cornelio es de sumo respeto: “postrándose a sus pies, le adoró” (v.25). La
expresión es un poco fuerte y, tratándose de un romano, actitud bastante extraña, pero se ve que
Cornelio quiso acomodarse a la usanza hebrea en señal de particular deferencia y respeto (cf.
Gen 33:3; 1 Sam 24:9; Est 3:2), tanto más que, para él, Pedro era un enviado de Dios, anunciado
de antemano (cf. ν.6; cf. Apoc 19:10; 22:8-9). Desde luego, no parece que en el gesto de Cornelio,
a quien se alaba como “piadoso y temeroso de Dios” (v.2), hayamos de suponer intención
alguna idolátrica, como en el caso de los licaonios con Saulo y Bernabé (cf. 14:12). Ni la respuesta
de Pedro ordenándole levantarse, pues él “también era hombre” (v.26), exige necesariamente
otra cosa.
Desde el primer momento, dada su manera de expresarse, Pedro demuestra conocer ya el
significado profundo de la misteriosa visión tenida anteriormente, pues no habla de alimentos,
sino de que Dios “le ha mostrado que a ningún hombre debía llamar manchado o impuro” y que
4644
por eso se ha atrevido a entrar en casa de Cornelio (v.28-29; cf. 15:9). Cuándo le hubiese mostrado
Dios ese significado profundo de la visión, no se dice de modo explícito, pero es claro que
fue al llegar los mensajeros de Cornelio y decirle el Espíritu Santo que los ha enviado él y que
vaya con ellos (v.20). Pedro vio claro que la misteriosa visión era un símbolo por el que Dios le
daba a entender que, frente a las prescripciones judías, no había ya por qué distinguir entre puro
e impuro, trátese de animales o trátese de hombres. Al volver a oír de labios de Cornelio (v.30-
32) lo mismo que le habían contado ya sus mensajeros (v.22), Pedro se ratifica en la misma idea.
Discurso de Pedro, 10:34-43.
34 Tomando entonces Pedro la palabra, dijo: En verdad reconozco que no hay en
Dios acepción de personas, 35 sino que, en toda nación, el que teme a Dios y practica
la justicia le es acepto. 36 El ha enviado su palabra a los hijos de Israel, anunciándoles
la paz por Jesucristo, que es el Señor de todos. 37 Vosotros sabéis lo acontecido en
toda Judea, comenzando por la Galilea, después del bautismo predicado por Juan;
38 esto es, cómo a Jesús de Nazaret le ungió Dios con el Espíritu Santo y con poder, y
cómo pasó haciendo bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios
estaba con El. 39 Y nosotros somos testigos de todo lo que hizo en la tierra de los judíos
y en Jerusalén, y de cómo le dieron muerte suspendiéndole de un madero. 40
Dios le resucitó al tercer día y les dio manifestarse, 41 no a todo el pueblo, sino a los
testigos de antemano elegidos por Dios, a nosotros, que comimos y bebimos con El
después de resucitado de entre los muertos. 42 Y nos ordenó predicar al pueblo y
atestiguar que por Dios ha sido instituido juez de vivos y muertos. 43 De El dan testimonio
todos los profetas, que dicen que por su nombre cuantos crean en El recibirán
el perdón de los pecados.
Es éste el primer discurso de Pedro ante un auditorio no judío. La construcción gramatical en el
texto original griego de los Hechos es bastante irregular. Probablemente esa incoherencia de las
frases haya de atribuirse al propio Pedro, máxime si hubo de hablar en griego, lengua que no le
era familiar 95. La autoridad de Pedro, así como la importancia de la escena, harían que esas frases
quedasen bien grabadas en la memoria de los oyentes, y así llegasen a Lucas, quien las habría
insertado en su relato sin atreverse a modificarlas en lo más mínimo.
Podemos distinguir en este discurso de Pedro: una especie de exordio, en que presenta la
idea fundamental de aquel momento (v.34-36), y una exposición o resumen de la vida de Jesús
(v.37-4i), a quien Dios constituye juez de vivos y muertos (v.42) y del que dan testimonio todos
los profetas (v.43).
Por lo que respecta al discurso, la afirmación fundamental es clara: absoluta igualdad de
todos los seres humanos ante Dios, trátese de esta o de aquella nación, de judíos o de gentiles
(v.34-35). Incluso podemos ver insinuada la superioridad que, no obstante esa igualdad, compete
en cierto sentido a los judíos, que tienen el privilegio de que a ellos haya sido destinado en
primer lugar el mensaje evangélico (v.36; cf. 3:26; 13:46; Rom 1:16; 3:2). Cuando Pedro dice:
“En verdad reconozco (έπ άλη είας καταλαμβάνομαι) que no hay en Dios acepción de personas”
(v.34), está claro, dado el contexto (cf. 10:14.28; 11:17), que se está refiriendo a una convicción
adquirida entonces, merced a la misteriosa visión de Joppe (10:11-16), aclarada con el relato de
lo acaecido a Cornelio (10:20-23). No que antes de ese momento Pedro creyese que había en
Dios “acepción de personas,” prefiriendo injustamente unos a otros, lo cual sería contra la afirmación
explícita de la Escritura (cf. Dt 10:17), sino que hasta entonces, al igual que los judíos en
4645
general, consideraba muy natural que Dios, dueño absoluto de sus dones, prefiriese la nación judía
a todas las otras, puesto que así él lo había determinado (cf. Gen 17:7; Ex 19:4-6; Ecli 36:14).
Es cierto que ya Jesucristo, en varias ocasiones y de varias maneras, había dicho que todas
las naciones estaban llamadas a formar parte de su reino (cf. Mt 8:11; Mc 16:15-16; Jn
10:16; Act 1:8); es más, Pedro mismo en sus anteriores discursos daba por supuesta esta misma
verdad, al afirmar que la bendición mesiánica estaba destinada no sólo a los judíos, sino
también “a los que están lejos” (cf. 2:38) o, como dice en otra ocasión, a los judíos “en primer
lugar” (cf. 3:26), con lo que daba a entender que también estaba destinado a otros, es decir, a los
gentiles. Pero todo eso en nada se oponía a que, bajo el influjo de su formación judaica, siguiese
estableciendo aún clara separación entre judíos y gentiles.
En efecto, tengamos en cuenta que ya en el Antiguo Testamento había profecías de índole
universalista, anunciando que judíos y gentiles formarían un solo pueblo bajo la dirección del
Mesías (cf. Is 2:2-4; 49:1-6; Jl 2:28; Am 9:12; Miq 4:1). Los judíos, como es obvio, conocían
perfectamente esas profecías, pero las interpretaban siempre en el sentido de que los gentiles
habían de sujetarse a la circuncisión y observar la Ley mosaica. Ellos eran el pueblo único, superior
a todos los otros, a quienes podían, sí, recibir en su seno, pero sólo en la medida en que consintiesen
renunciar a su nacionalidad para hacerse judíos religiosa y nacionalmente. Y esta mentalidad
seguía aun después de su conversión a Cristo. Para un judío, todo incircunciso, por
muy simpatizante que fuera con el judaísmo, como era el caso de Cornelio (cf. 10:2.22), era considerado
como impuro, con el que no se podía comer a la misma mesa. Y ésta era la idea que seguía
teniendo Pedro hasta la visión divina, cuando lo de Cornelio (cf. 10:14.28; 11:5-17), la
que tenían los fieles de Jerusalén (cf. 11:3), y la que bastante tiempo más tarde, cuando las cosas
ya estaban claras, querían seguir manteniendo algunos judío-cristianos, que logran incluso intimidar
a Pedro (cf. Gal 2:12). A cambiar esa mentalidad viene precisamente la visión celeste a,
Pedro: que prescinda de esos prejuicios de pureza legal, pues “lo que Dios ha purificado, no
ha de llamarse impuro” (cf. 10:15.18). En el concilio de Jerusalén, aludiendo a esta visión, Pedro
concretará que es “por la fe” como Dios, sin necesidad de la circuncisión, ha purificado el
corazón de los paganos (cf. 15:9).
Presentada, como exordio de su discurso, esta verdad fundamental, Pedro ofrece a continuación
a sus oyentes un breve resumen de la vida pública de Jesucristo, insistiendo particularmente
en el hecho de sus milagros 96 y de su muerte y resurrección (v.37-41). Les dice, además,
que ellos, los apóstoles, “testigos de su resurrección elegidos de antemano por Dios” 97, han recibido
el encargo de predicar al pueblo y de testificar que ese Jesús de Nazaret ha sido constituido
por Dios “juez de vivos y muertos” (v.42). No dice que ha sido constituido “Señor y Mesías,”
como en su primer discurso ante auditorio judío (cf. 2:36), sino “juez de vivos y muertos,” prerrogativa
que para auditorio gentil era más fácil de entender. La expresión “vivos y muertos,”
usada también en otros lugares de la Escritura (cf. 2 Tim 4:1; 1 Pe 4:5), pasará luego al Símbolo
de los Apóstoles, y en ella podemos ver una confirmación de la doctrina expuesta por San Pablo
de que los hombres de la última generación, que vivan en el momento de la parusía, no morirán
(cf. 1 Cor 15:51; 1 Tes 4:15-17). De éstos que se hallen con “vida,” y de los “muertos” que
habrán de resucitar para el juicio, ha sido constituido “juez” Jesucristo (cf. Mt 13:41-43; Jn
5:22).
Otra razón añade Pedro, exhortando a sus oyentes a creer en Jesucristo, y es el testimonio
de los profetas (cf. Is 49:6; Zac 9:9) de que por la fe en su nombre es como obtendremos la remisión
de nuestros pecados o, lo que es lo mismo, la salud mesiánica (v.43). Nueva prueba de las
excelsas prerrogativas de que está investido Jesús de Nazaret. A esta fe, necesaria para obtener la
4646
salud, había aludido ya Pedro en sus anteriores discursos ante auditorio judío (cf. 2:38; 3:16;
4:12).
Bautismo de los primeros gentiles, 10:44-48.
44 Aún estaba Pedro diciendo estas palabras, cuando descendió el Espíritu Santo sobre
todos los que oían la palabra; 45 quedando fuera de sí los fieles de la circuncisión
que habían venido con Pedro de que el don del Espíritu Santo se derramase sobre
los gentiles, 46 porque les oían hablar en varias lenguas y glorificar a Dios. Entonces
tomó Pedro la palabra: 47 ¿Podrá, acaso, alguno negar el agua del bautismo a éstos,
que han recibido el Espíritu Santo igual que nosotros? 48 Y mandó bautizarlos en el
nombre de Jesucristo. Entonces le rogaron que se quedase allí algunos días.
Con razón ha sido llamada esta escena el “Pentecostés de los gentiles.” Es Pedro mismo quien
establece equiparación entre ambos fenómenos (cf. 10:47; 11:15; 15:8); ni creemos, contra lo
que algunos afirman, que el “hablar en lenguas” de aquí (v.46) haya de interpretarse de diversa
manera que el “hablar en lenguas” de entonces (2:4).
El Espíritu Santo desciende no sólo sobre Cornelio, sino sobre todos los de su casa, familia
y servidumbre, que se hallaban más o menos en las mismas condiciones de su amo (cf. 10:2-
7-24-33-44; 11:15). Hay otros varios lugares en que se alude a estos casos de conversión colectiva
(cf. 16:15.31.34; 18:8; 1 Cor 1:16). El fenómeno tuvo lugar, a lo que parece, mientras Pedro
estaba todavía hablando, es decir, antes de terminar su discurso (cf. 10:44; 11:15)· Los judíocristianos
que habían acompañado a Pedro desde Joppe (cf. 10:23; 11:12), no salían de su asombro,
viendo que a los gentiles, sin necesidad de pasar antes por Moisés, así se concedían los dones
del Espíritu Santo (v.45). No parece que entre estos que se asombran hayamos de incluir
también a Pedro, pues las anteriores revelaciones le habían dado ya claramente a conocer que
en Dios no había “acepción de personas” (cf. v. 15. 28. 34). Desde luego, el texto nada dice de
él. Con todo, no cabe duda que esta nueva intervención del Espíritu fue también para Pedro una
clara señal de cuál era la voluntad divina, obligándole más y más a dar el gran paso respecto de
los gentiles. De hecho, el mismo Pedro lo reconoce así (10:47; 11:17).
Por lo que respecta al bautismo “en el nombre de Jesucristo,” que Pedro ordena administrar
(v.48), remitimos a lo dicho al comentar 2:38. Notemos únicamente que no es Pedro quien
bautiza, sino que encarga hacerlo, lo que parece indicar que los apóstoles habían confiado esa
misión a otros (cf. 19:5; 1 Cor 1:14-17). Notemos también que es éste el único caso en que, antes
del bautismo, habían recibido ya los recién convertidos al Espíritu Santo (v.44). Algunos añaden
también el caso de Pablo (cf. 9:17-18), pero ya indicamos, al comentar ese pasaje, que el texto de
los Hechos no está claro a este respecto. Es natural que la efusión del Espíritu fuese algo posterior
al bautismo, que es la puerta de entrada en la Iglesia (cf. 2:38; 8, 1 6; 19:5-6); si no fue así en
el caso de Cornelio, era porque quería Dios manifestar públicamente ante Pedro y los demás judíos
asistentes a la escena que también los gentiles, sin necesidad de la circuncisión, podían ser
agradables a sus ojos y entrar en la Iglesia. Por eso Pedro, ante tal testimonio, ordena bautizarlos,
para que así queden agregados a la comunidad cristiana (cf. 10:47;)
La noticia del suceso en Jerusalén, 11:1-18.
1 Oyeron los apóstoles y los hermanos de Judea que también los gentiles habían recibido
la palabra de Dios. 2 Pero cuando subió Pedro a Jerusalén disputaban con él
los que eran de la circuncisión, 3 diciendo: Tú has entrado a los incircuncisos y has
4647
comido con ellos. 4 Comenzó Pedro a contarles por menudo, diciendo: 5 Estaba yo en
la ciudad de Joppe orando, y vi en éxtasis una visión, algo así como un mantel grande
suspendido por las cuatro puntas, que bajaba del cielo y llegaba hasta mí; 6 y volviendo
a él los ojos, vi cuadrúpedos de la tierra, fieras, reptiles y aves del cielo. 7 Oí
también una voz que Mc decía: Levántate, Pedro, mata y coMc. 8 Pero yo dije: De
ninguna manera, Señor, que jamás cosa manchada o impura entró en mi boca. 9 Por
segunda vez me habló la voz del cielo: Lo que Dios ha purificado, no lo llames tú
impuro. 10 Esto sucedió por tres veces, y luego todo volvió al cielo. 11 En aquel instante
se presentaron tres hombres en la casa en que estábamos, enviados a mí desde
Cesárea. 12 Al mismo tiempo, el Espíritu me dijo que fuese con ellos sin vacilar.
Conmigo vinieron también estos seis hermanos, y entramos en la casa de aquel varón,
13 que nos contó cómo había visto en su casa al ángel, que, presentándosele, dijo:
Envía a Joppe y haz venir a Simón, llamado Pedro, 14 el cual te hablará palabras
por las cuales serás salvo tú y tu casa. 15 Comenzando yo a hablar, descendió el Espíritu
Santo sobre ellos, igual que sobre nosotros al principio. 16 Yo me acordé de la
palabra del Señor cuando dijo: “Juan bautizó en el agua, pero vosotros seréis bautizados
en el Espíritu Santo.” 17 Si Dios, pues, les había otorgado igual don que a nosotros,
que creímos en el Señor Jesucristo, ¿quién era yo para oponerme a Dios? 18
Al oír estas cosas callaron y glorificaron a Dios, diciendo: Luego Dios ha concedido
también a los gentiles la penitencia para la vida.
Es natural esta reacción de la comunidad cristiana de Jerusalén (v.1-3). Lo realizado por Pedro
era algo que se salía totalmente de los cauces por los que había discurrido hasta entonces la predicación
evangélica. Propiamente no se le reprocha el que haya predicado a los gentiles, e incluso
que los haya bautizado, sino el que haya “entrado a los incircuncisos y comido con ellos”
(v.3), promiscuidad humillante para Israel, a quien las Escrituras habían reservado siempre una
condición de privilegio. Indirectamente se le reprocha también el que los haya bautizado, no precisamente
por razón del bautismo, cosa que se había hecho ya desde un principio en la Iglesia
(cf. 6:5), sino por haberlos bautizado siendo impuros, es decir, sin pasar antes por la circuncisión.
El reproche se lo hacen “los que eran de la circuncisión” (v.2), frase cuya amplitud de
significado no es fácil de concretar. Desde luego, no puede interpretarse como contraposición a
otro grupo que procediese del gentilismo, tal como se usa en Col 4:11, pues no es creíble que en
la comunidad de Jerusalén hubiese por esas fechas fieles incircuncisos. Tampoco juzgamos creíble
que fuese la iglesia entera de Jerusalén, con los apóstoles a la cabeza, la que de modo poco
menos que oficial hiciese ese reproche a Pedro; lo más probable es que se aluda a aquellos fieles
de la iglesia jerosolimitana que estaban especialmente apegados a las observancias mosaicas, y
cuyas tendencias volverán a aparecer varias veces en esos primeros años de la Iglesia (cf. 15:1.5;
Gal 2:4.12). Aunque no debemos olvidar que todos los judío-cristianos, en general, como eran
los que componían la comunidad de Jerusalén, estaban dominados más o menos por la misma
mentalidad. El caso de Pedro, que en el capítulo precedente hemos comentado, es muy instructivo
a este respecto (cf. 10:14-28-34). Y es que era muy difícil a los judíos, aun después de convertidos
a la fe, dejar a un lado sus prerrogativas de pueblo elegido, haciendo tabla rasa de todo
un sedimento de siglos, para resignarse a una situación de igualdad con los aborrecidos “paganos.”
Dios no tiene prisa, y a su hora se conseguirá el objetivo. Para ello, el Espíritu Santo se encargará
de ir dando los toques oportunos, como el que acaba de dar a Pedro para la admisión de
Cornelio; con todo, deberá pasar aún bastante tiempo hasta que esa verdad adquiera forma clara
4648
en el alma de los judíos convertidos a Cristo (cf. 21:20-24).
La defensa de Pedro ante el reproche que le hacen se reduce a hacerles ver que había estado
guiado en cada paso por Dios, y que no haber bautizado a Cornelio y los suyos hubiera sido
desobedecer a Dios (v.2-17). Su argumentación no tenía réplica; de ahí, la conclusión del relato:
“Al oír estas cosas callaron y glorificaron a Dios, diciendo: Luego Dios ha concedido también a
los gentiles la penitencia para la vida” (v.18).
Fundación de la iglesia de Antioquía, 11:19-26.
19 Los que con motivo de la persecución suscitada por lo de Esteban se habían dispersado,
llegaron hasta Fenicia, Chipre y Antioquía, no predicando la palabra más
que a los judíos. 20 Pero había entre éstos algunos hombres de Chipre y de Cirene
que, llegando a Antioquía, predicaron también a los griegos, anunciando al Señor,
Jesús. 21 La mano del Señor estaba con ellos, y un gran número creyó y se convirtió
al Señor. 22 Llegó la noticia de esto a los oídos de la iglesia de Jerusalén, y enviaron a
Antioquía a Bernabé, 23 el cual, así que llegó y vio la gracia de Dios, se alegró y exhortaba
a todos a perseverar fieles al Señor; 24 porque era hombre bueno y lleno del
Espíritu Santo y de fe, y se allegó al Señor numerosa muchedumbre. 25 Bernabé partió
a Tarso en busca de Saulo, y hallándole, le condujo a Antioquía, 26 donde por espacio
de un año estuvieron juntos en la iglesia e instruyeron a una muchedumbre
numerosa, tanto que en Antioquía comenzaron los discípulos a llamarse “cristianos.”
Enlazando con 8:1, cuenta aquí San Lucas los orígenes de la iglesia de Antioquía, al afirmar que
fueron los dispersados con ocasión de la muerte de Esteban los que evangelizaron esta ciudad
(v.1g). Era Antioquía, capital de la provincia romana de Siria, la tercera ciudad del imperio por
su importancia, después de Roma y Alejandría. Contaba entonces, a lo que parece, alrededor del
medio millón de habitantes, y en ella eran muy numerosos los judíos, que gozaban incluso de
bastantes privilegios 98. Eran célebres en el mundo entero sus jardines de Dafne, a unos 10 kilómetros
de la ciudad, con sus bosques sagrados y su templo de Apolo.
A esta ciudad llegan esos dispersados con ocasión de la muerte de Esteban (V.1Q), al
igual que otros se habían dispersado por Judea y Samaría (cf. 8:1.4). En un principio no predican
sino a los “judíos” (V.16), pero hubo algunos que comenzaron a predicar también a los “griegos”
(v.20). No está claro en el relato de Lucas si estos de los dispersados que predican a los “griegos”
constituyen una misión posterior y distinta a la de los que “sólo predicaban a los judíos.” Bien
puede ser que sí, pero bien puede ser también que se trate del mismo grupo de “dispersados,”
entre los que algunos, de espíritu más universalista, se decidieron a extender su predicación también
a los “griegos”. “Lo que sí parece cierto es que antes había tenido lugar ya la conversión de
Cornelio (10:1-48), pues San Lucas la ha referido antes, y no hay motivo alguno para negar valor
cronológico a la narración. Además, las palabras de Pedro en el concilio de Jerusalén: “Determinó
Dios que por mi boca oyesen los gentiles la palabra del Evangelio” (15:7), claramente dan a
entender que fue él quien primero dio ese paso de admisión de los gentiles en la Iglesia. La admisión
de Cornelio habría sido, pues, el punto de partida para esa nueva orientación que en Antioquía
comienza a darse a la predicación del Evangelio. Nunca se dice, es verdad, que los
predicadores de Antioquía hubiesen tenido noticia de la conversión de Cornelio, pero ello parece
evidente, pues el hecho había tenido enorme repercusión (cf. 11:1-2), y la manera de expresarse
de Pedro en el concilio de Jerusalén así lo aconseja.
4649
La predicación obtiene muy halagüeños resultados, pues “la mano del Señor estaba con
los predicadores” (v.21), es decir, se notaba a través de diversas señales y prodigios una especial
intervención por parte de Dios (cf. 4:30). Llegada la noticia a Jerusalén, envían allá a Bernabé,
“hombre bueno y lleno del Espíritu Santo” (v.22-24), del cual ya teníamos referencias en los capítulos
anteriores (cf. 4:36-37; 9:27). No se especifica cuál era concretamente la misión de Bernabé;
pero, ciertamente, no era sólo en orden a informar a los apóstoles, pues vemos que no regresa
a Jerusalén. Más bien debió confiársele el que se hiciese cargo personalmente de la situación,
asegurándose de que la doctrina que se predicaba era exacta y procurando evitar los roces
con los cristianos procedentes del judaísmo. La misión era en extremo delicada, pero Bernabé la
debió llevar a cabo con sumo tacto y clara visión de la realidad, pues, en poco tiempo, una “gran
muchedumbre” se convierte al Señor (v.24). Y otro gran mérito suyo fue que, viendo que la mies
era abundante, va a Tarso en busca de Saulo, el futuro gran apóstol, a quien sabía libre de prejuicios
judaicos y con una misión para los gentiles (cf. 9:15; 22:21), trabajando luego juntos durante
un año en Antioquía (v.25-26; cf. 9:30). El había sido quien le había introducido ante los apóstoles
(9:27), y él es ahora quien le introduce definitivamente en el apostolado.
El éxito es tal que, desde este momento, el centro de gravedad de la nueva religión, hasta
entonces en Jerusalén, puede decirse que comienza a trasladarse a Antioquía. Aquí nos encontramos
con una “muchedumbre numerosa” de creyentes (v.26), y de aquí partirán luego las grandes
expediciones apostólicas de Pablo por Asia Menor y Europa, que darán ya un carácter plenamente
universal a la nueva religión, con comunidades cristianas florecientes en las principales
ciudades del imperio (cf. 13:1-21:19). Fue precisamente en Antioquía, a raíz de la predicación de
Bernabé y Saulo, donde a los convertidos a la nueva fe comienza a dárseles el nombre de “cristianos”
(v.26). Y es que hasta entonces, al menos ante el gran mundo, no se les distinguía de los
judíos, dado que la nueva religión se predicaba sólo a judíos, y, para los que se convertían, la
Ley y el templo seguían conservando todo su prestigio (cf. 2:46; 3:1; 15:5; 21:20). Es ahora
cuando, con la conversión también de gentiles, comienzan a aparecer ante el mundo como algo
distinto y adquieren personalidad pública. De ahí la creación de un nombre especial, el de cristianos.
Parece que fue el pueblo gentil de Antioquía el que primero comenzó a usar este nombre
para designar a los seguidores de la nueva religión, considerando sin duda el apelativo “Cristo”
(Ungido) como nombre propio, de donde derivaron el adjetivo “cristiano.” Ni es de creer que
este nombre se diese solamente a los fieles de origen gentil, como han afirmado algunos. Lo
mismo los textos de los Hechos (11:26; 26:28) que el de la carta de San Pedro (1 Pe 4:16), únicos
tres lugares de la Escritura en que aparece este nombre, parecen tener claramente sentido general
100.
Según algunos autores, habría sido también en Antioquía donde comienza a dársele a Jesucristo
el título de “Señor.” Mientras hasta aquí se habría hablado de Jesús como “Cristo” o
“Mesías” (cf. 2:31; 3:20; 4:26; 5:42; 8:5; 9:22), ahora se comenzaría a hablar de él como “Señor.”
De hecho, la predicación se hace “anunciando al Señor Jesús” (v.20), y los antioquenos “se
convierten al Señor” (v.21.24), y Bernabé les exhorta a “perseverar fieles al Señor” (v.23). Y es
que el título “Cristo” (= Mesías) respondía más bien a una concepción judía, y decía muy poco a
un auditorio gentil; por eso se habría preferido el de “Señor” (Kúpios), título entonces muy usado
para designar ora al emperador (cf. 25:26), ora a otras personas de elevado rango. Con frecuencia
se unía también a nombres de divinidades, por lo que, en la mentalidad popular, tal título estaba
como revestido de cierto color sagrado, y era muy apto para aplicarlo a Jesucristo.
Creemos, sin embargo, que la conclusión va demasiado lejos. No negamos que ante el
auditorio gentil de Antioquía fuera preferido el título de “Señor,” como más expresivo que el de
4650
“Mesías”; pero ciertamente no comenzó entonces a aplicarse ese título a Jesucristo, como ya explicamos
ampliamente al comentar Act 2:36.
La iglesia de Antioquía envía limosnas a Jerusalén, 11:27-30.
27 Por aquellos días bajaron de Jerusalén a Antioquía profetas, 28 y levantándose
uno de ellos, por nombre Agabo, vaticinaba por el Espíritu una grande hambre que
había de venir sobre toda la tierra, y que vino bajo Claudio. 29 Los discípulos resolvieron
enviar socorro a los hermanos que habitaban en Judea, 30 cada uno según sus
facultades, y lo hicieron, enviándoselo a los presbíteros por medio de Bernabé y Saulo.
Varias veces aluden los historiadores romanos a los estragos causados por el hambre en diversas
regiones del imperio bajo el reinado de Claudio (41-54). También Josefo se refiere al mismo tema
en tres ocasiones, haciendo notar que fue sobre todo en tiempos del procurador Tiberio Alejandro
(a. 46-48) cuando más gravemente el hambre afectó a Palestina 101. Está, pues, en perfecta
armonía con los documentos profanos esa alusión de Lucas al hambre predicha por Agabo, “...
que vino bajo Claudio” (v.28).
Lo que ya no está tan claro es el nexo cronológico entre predicción de Agabo, colecta para
Jerusalén y hambre bajo Claudio 102. Desde luego, no creemos, en contra de lo que algunos
han querido deducir, que las palabras “la cual vino bajo Claudio” demuestren que, al tiempo de
esa predicción, Claudio no reinaba aún y, por tanto, la bajada de Agabo a Antioquía haya de ponerse
antes del año 41. Tampoco es necesario que la colecta de Antioquía coincida exactamente
con la época de mayor carestía en Palestina, que, al decir de Josefo, habría sido en los años 45-48
bajo los procuradores Cuspio Fado y Tiberio Alejandro. Más bien creemos, atendido el conjunto
del relato, que nos hallamos hacia el año 44, pues es el año en que murió Herodes; y la vuelta de
Pablo y Bernabé a Antioquía, una vez entregada la colecta en Jerusalén, parece relacionada cronológicamente
con la muerte de Herodes (cf. 12:23-25). Habría sido entonces, años 43-44, cuando
tuvo lugar la predicción de Agabo y la colecta para Jerusalén. Eran también años de carestía,
como, en general, durante todo el reinado de Claudio; aunque el agobio mayor, por lo que se refiere
a Palestina, viniera luego en los años 45-48, a cuya etapa más crítica aludiría (en futuro) la
profecía de Agabo. Los fieles de Antioquía no habrían esperado a esa etapa más crítica para organizar
y enviar su colecta, sino que lo habrían hecho antes, en previsión del futuro; tanto más
que, sin duda, tenían noticia de la penuria, agravada ahora por las carestías, en que se desenvolvía
la comunidad de Jerusalén, penuria que seguirá también en el futuro y que obligará a San Pablo
a organizar frecuentes colectas en su favor (cf. Rom 15:26; 1 Cor 16:1; Gal 2:10).
Llama la atención que la colecta sea enviada “a los presbíteros” (ν.30), sin mencionar para
nada a los apóstoles. ¿Quiénes eran estos “presbíteros”? Desde luego, parece claro que se trata
de los mismos personajes de que se vuelve a hablar más adelante, juntamente con los apóstoles, y
que constituían una especie de colegio o senado que ayudaba a éstos en el gobierno de la comunidad
jerosolimitana (cf. 15:2.4.6.22.23; 16:4; 21,18). El hecho de que los “apóstoles” no sean
aquí aludidos quizá sea debido a que, por ser tiempos de persecución (cf. 12:1-2), o bien estaban
en la cárcel, como expresamente se nos dice de Pedro (12:4), o bien se habían ausentado ya de
Jerusalén, como vemos que hace el mismo Pedro, una vez liberado (12:17). También pudiera ser
que no se aluda a ellos simplemente porque se trataba de un asunto de orden material, como era
la distribución de limosnas, y los apóstoles ya anteriormente habían mostrado su propósito de
dejar a otros esos menesteres (cf. 6:2). La cosa es dudosa.
4651
Mas sea como fuere, ciertamente la misión de los “presbíteros” cristianos, que en este lugar
aparecen por primera vez, no debe reducirse a funciones exclusivamente de administración
temporal, pues poco después les vemos intervenir en funciones de tipo doctrinal y de gobierno
(cf. 15:6; 16:4; 21:18-23). Pablo y Bernabé, tomando, sin duda, por modelo lo que se hacía en
Jerusalén, los ponen al frente de las comunidades por ellos fundadas (14:23); y en las pastorales
se habla de ellos como de algo regularmente establecido en todas las iglesias (cf. 1 Tim 5:17-19;
Tit 1:5). A estos “presbíteros” hay que equiparar los “obispos,” de que se habla en otros lugares
(cf. 20:28; Flp 1:1; 1 Tim 3:2; Tit 1:7), pues, según todos los indicios, se trata de términos sinónimos
e intercambiables, sin que haya que ver en ellos todavía la diferencia que tales nombres
indicarán más tarde. Parece ser que, mientras duró el templo y con él el sacerdocio de la antigua
Ley, el término sacerdotes (ιερείς) quedó reservado para los ministros del culto mosaico, adoptando
los cristianos para, sus sacerdotes o dignatarios locales el de “presbíteros” u “obispos,”
términos de uso entonces bastante corriente en organizaciones judías y griegas. Con esos términos
quedarían significados los presbíteros en el sentido actual, es decir, los sacerdotes del segundo
grado de la jerarquía;' los obispos, en el sentido que nosotros entendemos esa palabra, habrá
que buscarlos en Tito, Timoteo, Marcos, Lucas y otros colaboradores de los apóstoles, quienes, a
juzgar por los datos que nos ofrecen las pastorales, estaban revestidos, al menos al final de la vida
de San Pablo, de amplios poderes para establecer “diáconos” y “presbíteros-obispos” en las
iglesias particulares 103. El valor prácticamente sinónimo entre “presbítero” y “obispo,” lo mismo
en los Hechos que en las Epístolas paulinas, atestigua un período de organización y de jerarquía
todavía inicial, pues unos cincuenta años más tarde, en las cartas de San Ignacio de Antioquía,
existirá ya una clara distinción de términos, apareciendo el “obispo” en el vértice de la jerarquía,
y debajo de él los “presbíteros” y “diáconos” 104.
La colecta es enviada por medio de Bernabé y Saulo (ν.βο). Es ésta la segunda ve? que
San Pablo visita Jerusalén después de su conversión; suele llamarse “viaje de las colectas.” Anteriormente
había hecho ya una primera visita a la ciudad santa, partiendo desde Damasco (cf.
9:26). Hay autores que quieren identificar este “viaje de las colectas” con el de Gal 2:1-10, igual
que hemos identificado el que hizo desde Damasco (9:26) con el de Gal 2:18. Sin embargo, como
en su lugar explicaremos, no es con este de las colectas, sino con el que hizo para asistir al
concilio de Jerusalén (15:2-30) con el que debe identificarse el de Gal 2:1-10. Lo que sucede es
que, en la carta a los Gálatas, salta del primer viaje (Gal 1:18) al tercero (Gal 2:1), sin mencionar
el “viaje de las colectas,” debido a que no pretende dar una lista completa de sus viajes, sino sólo
recordar aquellos que interesan a su propósito de hacer ver que no ha recibido su evangelio de
los hombres, sino mediante revelación de Jesucristo; y para esa finalidad de nada servía recordar
el “viaje de las colectas,” sin alcance alguno doctrinal105.
Muerte de Santiago y prisión de Pedro, 12:1-5.
1 Por aquel tiempo, el rey Heredes se apoderó de algunos de la iglesia para atormentarlos.
2 Dio muerte a Santiago, hermano de Juan, por la espada. 3 Viendo que esto
les caia bien a los judíos, llegó a apresar también a Pedro. 4 Era por los días de los
Ázimos y, tomandole, le metió en la cárcel, encargando su guarda a cuatro escuadras
de a cuatro soldados con el propósito de exhibirle al pueblo después de la Pascua.
5 En efecto, Pedro era custodiado en la cárcel; pero la Iglesia oraba con mucho
fervor a Dios por él.
La expresión “por aquel tiempo” (v.1), aunque algo imprecisa, indica cierta concatenación de lo
4652
que va a seguir con los hechos precedentes; y más aún, atendido el v.25, del que parece deducirse
que, durante los hechos aquí narrados, los comisionados de Antioquía, Bernabé y Saulo (cf.
11:30), estaban en Jerusalén.
El Herodes aludido (v.1) es Heredes Agripa. I, nieto de Herodes el Grande, el asesino de
los inocentes (Mt 2:16), y sobrino de Herodes Antipas, el que hizo matar a Juan Bautista (Mt
14:1-12). Era hijo de Aristóbulo, a quien su propio padre, Herodes el Grande, hizo matar en el
año 7 a. C., cuando el pequeño Agripa tenía solamente tres años. Fue enviado a Roma con su
madre Berenice, y educado en la corte imperial. Muerta su madre, llevó una vida desordenada y
aventurera, hasta el punto de que Tiberio, poco antes de su muerte, en el año 37 d. C., le hizo encarcelar.
Al subir al trono Calígula (a. 37-41), su compañero en el desenfreno, le colmó de beneficios
y le nombró rey, dándole algunos territorios en la Palestina septentrional, que habían pertenecido
a Filipo y Lisanias, como tetrarcas (cf. Lc 3:1). Poco después, en el año 39, al caer en
desgracia Herodes Antipas, le agregó los territorios de Galilea y Perea. Más tarde, Claudio, en
seguida de subir al trono, a piincipios del año 41, le añadió Judea y Samaría, de modo que prácticamente
logra volver a reunir bajo su cetro todos los territorios que habían pertenecido a su abuelo,
Herodes el Grande 106. Hijos suyos fueron Herodes Agripa II, Berenice y Drusila, personajes
de quienes San Lucas hablará más adelante (cf. 24:24; 25:13).
Este era el hombre que iba a enfrentarse con la naciente Iglesia. Muy hábil para ganarse
el favor de los poderosos, procuraba ganarse también las simpatías y afecto de sus subditos. Josefo
cuenta a este respecto detalles muy interesantes 107. Parece que su persecución contra los cristianos,
más que de animosidad personal contra ellos, procedía de este su deseo de congratularse
más y más con los judíos (cf, v.3). Al contrario que en la anterior persecución, cuando la muerte
de Esteban (cf. 8:1), parece que ahora se busca sobre todo a los apóstoles (v.2-3); sin duda que
éstos, después de lo de Gornelio y de la predicación en Antioquía, admitiendo a los gentiles, se
habían ido enajenando el apoyo popular, de que gozaban en un principio (cf. 2:47; 4:33; 5:13),
de ahí ese “viendo que esto era grato a los judíos” (v.3). Quería ahora el pueblo que se fuera directamente
a los jefes, pues la nueva religión se seguía difundiendo de manera alarmante y peligraban
los privilegios de Israel.
Es curioso que San Lucas, que tan por menudo cuenta la muerte de Esteban cf. 6:8-7:60),
no dé detalle alguno sobre la muerte de Santiago, contentándose con decir que fue ejecutado “por
la espada” (v.2) es decir, decapitado. Probablemente ello es debido a una razón de tipo literario;
es, a saber: la de no desviar la atención del lector del tema principal, que, en todo el pasaje, es
Pedro. Este Santiago decapitado por Herodes es Santiago el Mayor, hermano de San Juan, y uno
de los tres predilectos del Señor (cf. Mc 5:37; 9:2; 14:33)· No debe confundirse con Santiago el
Menor, hijo de Alfeo (cf. Mt 10:3), del cual se hablará luego en el v.17. Fue el primero de los
apóstoles que derramó su sangre por la fe; con su martirio queda cumplida la predicción del Señor
de que “bebería su cáliz” (cf. Mt 20:23). Una venerable tradición lo considera como el primer
evangelizador de España. Sin embargo, los testimonios son bastante tardíos 108, y, desde luego,
resulta muy difícil creer que antes del año 44, fecha de su muerte, se predicase ya públicamente
a los gentiles el evangelio en España, cuando vemos que San Lucas considera como una
novedad lo de Antioquía (cf. 11:20-26), y que, incluso años más tarde, se discuta aún agriamente
la cosa, que resolverá de modo definitivo el concilio de Jerusalén (cf. 15:1-29).
Por lo que respecta al encarcelamiento de Pedro, nos dice San Lucas que era “por los días
de los Ázimos” (v.4; cf. 20:6; Mt 26:17), es decir, durante las fiestas pascuales (14-21 de Nisán),
llamadas también de los “Ázimos,” porque en esos días estaba prohibido comer pan fermentado
(cf. Ex 12:6-20). La guardia que Herodes manda poner en la cárcel es severísima, destinando
4653
cuatro escuadras de soldados al efecto (v.4). Cada escuadra se componía de cuatro soldados, dos
de los cuales quedaban de guardia fuera de la puerta del calobozo (v.10), y los otros dos permanecían
continuamente junto al preso (v.6). No todas las escuadras estaban de servicio al mismo
tiempo, sino que, conforme era costumbre, se iban alternando de tres en tres horas, es decir, en
cada una de las cuatro partes en que estaba dividido el día (prima, tercia, sexta y nona) y en cada
una de las cuatro correspondientes vigilias de la noche. Sin duda, Herodes tomaba todas estas
precauciones para evitar que se repitiera la inexplicable evasión llevada a cabo anteriormente por
el mismo Pedro (cf. 5:19) y de la que seguramente estaba informado.
Pero mientras así era encarcelado Pedro y se tomaban todas esas precauciones, la Iglesia
“oraba con mucho fervor a Dios por él” (v.5).
Liberación milagrosa de Pedro, 12:6-17.
6 La noche anterior al día en que Herodes se proponía exhibirle al pueblo, hallándose
Pedro dormido entre dos soldados, sujeto con dos cadenas y guardada la puerta
de la prisión por centinelas, 7 un ángel del Señor se presentó, y el calabozo se iluminó;
y golpeando a Pedro en el costado, le despertó, diciendo: Levántate pronto; y se
cayeron las cadenas de sus manos” 8 El ángel añadió: Cíñete y cálzate tus sandalias.
Hízolo así. Y agregó: Envuélvete en tu manto y sigúe Mc. 9 Y salió en pos de él. No
sabía Pedro si era realidad lo que el ángel hacía; más bien le parecía que fuese una
visión. 10 Atravesando la primera y la segunda guardia, llegaron a la puerta de hierro
que conduce a la ciudad. La puerta se les abrió por sí misma, y salieron y avanzaron
por una calle, desapareciendo luego el ángel. 11 Entonces Pedro, vuelto en sí,
dijo: Ahora me doy cuenta de que realmente el Señor ha enviado su ángel y me ha
arrancado de las manos de Herodes y de toda la expectación del pueblo judío. 12 Reflexionando,
se fue a la casa de María, la madre de Juan, por sobrenombre Marcos,
donde estaban muchos reunidos y orando. 13 Golpeó la puerta del vestíbulo y salió
una sierva llamada Rodé, 14 que, luego que conoció la voz de Pedro, fuera de sí de
alegría, sin abrir la puerta, corrió a anunciar que Pedro estaba en el vestíbulo. 15
Ellos le dijeron: Estás loca. Insistía ella en que era así; y entonces dijeron: Es su ángel.
16 Pedro seguía golpeando, y cuando le abrieron y le conocieron, quedaron estupefactos.
17 Haciéndoles señal con la mano de que callasen, les contó cómo el Señor
le había sacado de la cárcel, y añadió: Contad esto a Santiago y a los hermanos. Y
salió, yéndose a otro lugar.
Toda esta escena de la liberación de Pedro es de un subidísimo realismo y está llena de colorido.
Probablemente San Lucas recibió su información directamente del mismo Pedro; y, por lo que se
refiere a los animados incidentes en casa de María, la madre de Juan Marcos (v.1a-17), muy bien
pudo ser el mismo Marcos, sin duda testigo ocular, quien le contara todos esos pintorescos detalles.
De este Juan Marcos, primo de Bernabé (cf. Col 4:10), se vuelve a hablar luego en el
v.25- Acompañará a Bernabé y Pablo al principio de su primer viaje apostólico (cf. 13:5); pero
luego les abandonará, cuando los dos misioneros, dejando Chipre, pasan a Asia (cf. 13:13). Al
comenzar el segundo viaje apostólico, Pablo no quiere llevarle consigo, a pesar de las instancias
de Bernabé, por lo que se produjo cierto disentimiento entre ambos apóstoles, embarcándose para
Chipre con Bernabé (cf. 15:37-39). Más tarde le volvemos a encontrar entre los colaboradores
de San Pablo (cf. Col 4:10; Flm 24; 2 Tim 4:11). También aparece como discípulo y colaborador
4654
de San Pedro (1 Pe 5:13). Es el autor del segundo evangelio. Debía ser de familia algo acomodada,
pues vemos que su madre poseía casa en Jerusalén, lo suficientemente amplia para que sirviera
de lugar de reunión a los cristianos (v.12). Es probable que sea la misma casa en que, después
de la ascensión del Señor, se reunían los apóstoles en espera de la venida del Espíritu Santo
(cf. 1:13).
A esta casa de María, madre de Juan Marcos, llega Pedro, una vez liberado de la prisión,
probablemente la torre Antonia, lugar en que ciertamente fue encarcelado más tarde San Pablo
(cf. 22:24). Es natural que los reunidos en casa de María, ante lo insólito del caso, no dieran crédito
en seguida a lo que decía la criada. La exclamación “es su ángel” (v.15) llama un poco la
atención. Parece suponer en aquellos cristianos la idea de ángeles que toman la voz de sus protegidos,
una especie de “doble” espiritual. Desde luego, el judaismo, bajo cuyo influjo estaban
aquellos primeros cristianos, tenía por aquella época una angelología muy desarrollada; aunque,
por lo demás, también Jesucristo, en líneas generales, había hablado de ángeles destinados a la
custodia de los seres humanos (cf. Mt 18:10).
Pedro, como es natural, no quiere detenerse en casa de María. Una medida de elemental
prudencia exigía que saliese cuanto antes de Jerusalén. Por eso, después de avisar a los reunidos
que “cuenten todo a Santiago,” él se fue “a otro lugar” (v.17). Este Santiago es indudablemente
el mismo que luego vemos aparecer al frente de la iglesia de Jerusalén (15:13-21; 21:18; 1 Cor
15:7; Gal 2:9-12) y a quien San Pablo llama “hermano del Señor” (Gal 1:19). Como ya explicamos
al comentar 1:14, creemos que se trata del apóstol Santiago, llamado el Menor. No sabemos
si estaba escondido en la ciudad o se había alejado de ella.
En cuanto a poder concretar ese “otro lugar” a que se dirige San Pedro, se han hecho muchas
hipótesis. Lo más probable es que se trate de Antioquía o de Roma. Algunos prefieren Antioquía,
pues bastantes testimonios antiguos y también la liturgia le consideran como el primer
obispo de esa ciudad 109, y parece que hubo de ser en esta ocasión cuando fuera a residir allí.
Desde luego, no cabe duda de que San Pedro estuvo en Antioquía (cf. Gal 2:11); pero que fuera
precisamente en esta ocasión, eso ya no consta. El hecho de que no se le mencione luego entre
los personajes de esa iglesia (cf. 13:1-3), más bien es argumento en contra. Lo más probable es
que ese “otro lugar” sea Roma. Es precisamente la época en que nos encontramos. Ciertamente
extraña que Lucas no cite a Roma por su nombre; pero, como en otras ocasiones parecidas (cf.
Lc 9:56), quizás sea ello debido a una razón de tipo literario, la de no verse como obligado a continuar
narrando hechos de Pedro. Despide así a su personaje, dejando sin señalar ese “otro lugar”;
en adelante, el centro de sus narraciones será únicamente Pablo. Si vuelve a nombrar a Pedro
es sólo incidentalmente y, desde luego, en relación con los hechos de Pablo (cf. 15:7-12).
Advirtamos, sin embargo, que esa alusión incidental a Pedro es para nosotros de gran valor, demostrando
que hacia el año 49, en el concilio apostólico, Pedro estaba de nuevo en Jerusalén. Es
la última vez que su nombre aparece en los Hechos.
La muerte del perseguidor, 12:18-23.
18 Cuando se hizo de día, se produjo entre los soldados no pequeño alboroto por lo
que habría sido de Pedro. 19 Herodes, le hizo buscar, y no hallándole, interrogó a los
guardias y los mandó conducir al suplicio. Luego, bajando de la Judea, residió en
Cesárea. 20 Estaba irritado contra los tirios y sidonios, que, de común acuerdo, se
presentaron a él, y habiéndose ganado a Blasto, camarero del rey, le pidieron la reconciliación,
por cuanto su región se abastecía del territorio del rey. 21 El día señalado,
Herodes, vestido de las vestiduras reales, se sentó en su estrado y les dirigió la
4655
palabra. 22 Y el pueblo comenzó a gritar: Palabra de Dios y no de hombre. 23 Al instante
le hirió el ángel de Señor, por cuanto no había glorificado a Dios, y, comido de
gusanos, expiró.
El proceder de Herodes con los guardias, al enterarse que habían dejado escapar a Pedro (v.19),
no debe extrañar. Era el habitual en estos casos (cf. 16:27; 27:42). Ciertamente que intentarían
convencerle de que no había habido negligencia ni complicidad por parte de ellos, pero es natural
que la cosa no fuera fácil. El hecho de que los soldados no parecen enterarse de lo acaecido hasta
que “se hizo de día” (v.18), demuestra que la huida de Pedro debió tener lugar en la cuarta y última
vigilia de la noche; pues, de lo contrario, los soldados del relevo siguiente se habrían dado
cuenta de la ausencia del prisionero y habrían dado la voz de alarma antes de que se hiciese de
día. El castigo, sin embargo, es probable que se aplicase a las “cuatro escuadras de soldados” (cf.
v.4), pues ¿cómo constaba a Herodes con certeza en qué momento había escapado Pedro?
La bajada de Herodes a Cesárea (v.19) debió ser poco después de terminadas las fiestas
de Pascua (cf. v.4). Cesárea, ciudad que ya nos es conocida por lo de Cornelio (cf. 10:1), era su
residencia habitual, igual que lo fue luego de los procuradores romanos que le sucedieron en el
gobierno de Judea (cf. 23:23-24; 25:1-4). En esta ciudad iba a acabar muy pronto sus días. San
Lucas nos cuenta con bastante detalle las circunstancias de su muerte (v.2o-23). También Josefo
se refiere a este mismo hecho de la muerte de Herodes en Cesárea 111. Entre uno y otro hay perfecta
coincidencia en lo sustancial: un solemne acto público en que Herodes se presenta deslumbradoramente
vestido, adulaciones por parte del pueblo (evidentemente no judíos) aclamándole
como a un dios, agrado de Herodes ante esas aclamaciones blasfemas, súbita muerte del rey.
Hay, sin embargo, dos diferencias: la de que, según los Hechos, ese solemne acto público
era una recepción a una embajada de tirios y sidonios, mientras que, según Josefo, eran unas fiestas
en honor de Claudio; y la de que, según los Hechos, “le hirió el ángel del Señor.. y expiró,”
mientras que, según Josefo, fue atacado súbitamente de fuertes dolores intestinales y, trasladado
a su palacio, murió al cabo de cinco días de agonía. Pero, en realidad, ambas diferencias son fácilmente
conciliables. En efecto, las fiestas en honor del emperador no solamente no excluían la
legación de tiros y sidonios, sino que más bien eran una oportuna ocasión para recibir tal embajada;
tendríamos únicamente que las fuentes de información son distintas en Josefo y en Lucas.
Y en cuanto al “ángel del Señor” que hiere al rey, muy bien puede considerarse simplemente
como una manera de hablar de Lucas, atribuyendo directamente a Dios, causa primera, lo que en
nuestro lenguaje ordinario atribuimos a causas humanas, que es lo que haría Josefo. Ello es frecuente
en la Biblia. Como, en fin de cuentas, es Dios quien en su admirable providencia — salva
la libertad humana — lo mueve y orienta todo, los autores sagrados, que miran las cosas desde
un plano muy alto, dan un salto hasta la causa primera, sin detenerse en la parte externa y visible
de las causas segundas. Lo más probable, a juzgar por los datos que da Josefo, es que se trate de
un ataque de apendicitis con determinadas complicaciones. Desde luego, Lucas nunca dice que
ese “ángel del Señor” que hiere a Herodes fuese visible ni al rey ni a los espectadores; y el hecho
de que le hiere “al instante” (παραχρήμα) de recibir los honores divinos, pero muere “comido de
gusanos,” parece exigir algún intervalo de tiempo antes de la muerte 112.
Esta noticia de Josefo referente a la muerte de Herodes es para nosotros de un valor extraordinario,
sobre todo por lo que respecta a cuestiones de cronología. Dice, en efecto, Josefo,
en el lugar antes citado, que Herodes murió “después de cumplirse tres años de su reinado sobre
toda Judea,” cuando estaba celebrando en su reino grandes fiestas en honor del emperador. Esto
nos lleva claramente a la primavera — verano del año 44. A principios de ese año había regresa4656
do Claudio triunfante de su expedición a las Islas Británicas, celebrándose en Roma grandes festejos
en su honor 113. Estos festejos se fueron extendiendo luego a las diversas provincias del imperio,
y es obvio que Herodes, como rey vasallo, hubiese de asociarse a la alegria general.
La embajada de tirios y sidonios, a que alude San Lucas (v.2O-21), habría tenido lugar
durante esas fiestas. Al parecer, por lo que puede leerse entre líneas, los habitantes de Tiro y de
Sidón, dos puertos de mucho tráfico en la antigüedad, tenían irritado a Herodes, probablemente
por rivalidades comerciales con el puerto de Cesárea. Hasta es posible que, como represalia,
Herodes hubiese puesto restricciones a la tradicional exportación a Fenicia del trigo de Palestina,
que tan abundantemente se producía, particularmente en la llanura de Sarón (cf. Re 5:9-11; Ez
27:17). Por eso, tratan ahora los tirios y sidonios de arreglar las cosas y llegar a una avenencia,
debido a que “su región se abastecía del territorio del rey” (v.20).
Bernabé y Saulo regresan a Antioquía, 12:24-25.
24 La palabra del Señor más y más se extendía y se difundía. 25 Bernabé y Saulo,
cumplido su ministerio, volvieron de Jerusalén, llevando consigo a Juan, llamado
Marcos.
Dos importantes noticias nos da San Lucas en esta breve perícopa: que la palabra del Señor se
difundía más y más (v.24), y que Bernabé y Saulo, cumplido su ministerio, regresaron a Antioquía,
llevando consigo a Juan Marcos (v.25).
La primera noticia es como un resumen de la situación antes de pasar a un nuevo tema,
tal como acostumbra a hacer Lucas (cf. 6:7; 9:31). Con la muerte del perseguidor, la Iglesia ha
recobrado la libertad. Sabemos, en efecto, que Claudio quiso entregar el reino de Herodes a su
hijo Agripa II, joven de diecisiete años, a la sazón educándose en Roma, pero fue disuadido por
sus consejeros y hubo de abandonar la idea 114, pasando de nuevo esos territorios a ser gobernados
por procuradores, el primero de los cuales fue Guspio Fado (a.44-46). Las luchas más o menos
manifiestas entre los judíos y los nuevos procuradores tuvieron como efecto el que la Iglesia
gozase de más libertad.
En cuanto a la segunda noticia, claramente se ve la intención de Lucas de continuar la narración
de 11:29-30. El hecho de que haya diferido la continuación hasta este momento induce a
pensar que, durante los hechos anteriormente narrados (prisión de Pedro y muerte de Herodes),
Bernabé y Saulo se hallaban en Jerusalén, y que su vuelta a Antioquía ha de colocarse, casi con
toda certeza, en la segunda mitad del año 44 115. Probablemente fue en esta ocasión, estando en
Jerusalén, cuando San Pablo tuvo la célebre visión a que alude en su segunda carta a los Corintios,
que dice haberle acaecido “catorce años antes” (2 Cor 12:2-4). Esta carta, como en su
lugar demostraremos, está escrita, según todos los indicios, a fines del año 57.
III. Difusión de la Iglesia en el Mundo Greco-Romano, 13:1-28:31.
Bernabé y Saulo, elegidos para el apostolado a los gentiles, 13:1-3.
1 Había en la iglesia de Antioquía profetas y doctores: Bernabé, Simeón, llamado
Niger, y Lucio de Cirene; Manahem, hermano de leche del tetrarca Herodes, y Saulo.
2 Un día, mientras celebraban la liturgia en honor del Señor y guardaban los
ayunos, dijo el Espíritu Santo: Segregadme a Bernabé y a Saulo para la obra a que
4657
los he llamado. 3 Entonces, después de orar y ayunar, les impusieron las manos y los
despidieron.
Comienza una nueva etapa en la historia de la Iglesia, con extensión de la predicación evangélica
al mundo gentil. Propiamente esta etapa había comenzado ya con la predicación a los gentiles en
Antioquía (11:20-26), después del arranque inicial dado por Pedro (10:1-11:18); pero es ahora, al
iniciarse las grandes expediciones apostólicas a través del imperio romano, cuando de hecho esa
predicación adquiere carácter plenamente universal.
La escena que aquí reproduce San Lucas (ν.1-3) es el punto de partida para esas grandes
expediciones. Nos hallamos en la iglesia de Antioquía, cuya fundación e importancia ya nos son
conocidas (cf. 11:19-30). Bernabé y Saulo habían regresado de Jerusalén, cumplida la misión que
se les había encomendado sobre las colectas (12:25). El Espíritu Santo, lo mismo que en otras
ocasiones de importancia (cf. 2:4; 8:29; 10:19; 15:28; 16:6-7; 20:23), es también aquí quien toma
la decisión. En efecto, mientras la iglesia se hallaba reunida, “celebrando la liturgia 116 en honor
del Señor (λειτουργούντων δε αυτών τω Κυρίω) y ayunando,” dice el Espíritu Santo a través de
alguno de los profetas allí presentes: “Segregadme a Bernabé y a Saulo para la obra a que los he
llamado” (v.2). No se dice ahí explícitamente cuál es esa “obra,” pero por la continuación del
relato se ve claramente que se trataba del apostolado entre los gentiles, y que así lo entendieron
los allí reunidos (v.3). De Saulo ya Dios había revelado anteriormente que había sido elegido para
este apostolado (cf. 9:15; 22:21; 26:17); de Bernabé nada sabíamos a este respecto, a no ser
que queramos verlo insinuado en el hecho de haber sido elegido por los apóstoles para que fuese
a Antioquía, una vez que se tuvo noticia de que había comenzado allí la predicación a los gentiles
(cf. 11:22).
Ante esa orden del Espíritu Santo, “después de orar y ayunar, les impusieron las manos y
los despidieron” (v.3). Probablemente, como parece insinuar ese “después de orar y ayunar,” esto
se hizo en una reunión posterior, no en la misma en que habían recibido la orden del Espíritu
Santo.
Hasta aquí, si nos quedamos en estas líneas generales, la cosa no ofrece grave dificultad.
Pero hay en la narración de San Lucas algunos puntos oscuros, que han dado lugar a muchas discusiones,
y que conviene analizar. Nos referimos sobre todo a poder concretar quiénes son esos
“profetas y doctores” que parecen estar a la cabeza de la iglesia de Antioquía (v.1), y cuál es el
significado de la “imposición de manos” sobre Pablo y Bernabé (v.3).
Referente a los “profetas y doctores,” se nos da el nombre de cinco, repartidos en dos
grupos: uno de tres y otro de dos. Suponen algunos que los tres primeros serían “profetas,” y los
dos últimos, “doctores”; pero nada podemos afirmar con certeza. Ocupa el primer lugar de la lista
Bernabé, que debía ser algo así como el administrador apostólico de aquella iglesia (cf. 11:22-
24); el último lo ocupa Saulo, el antiguo perseguidor convertido, que había sido llevado allí por
Bernabé (cf. 11:25). De los otros tres (Simeón, Lucio y Manahem) nada sabemos, sino lo que
aquí dice San Lucas. El hecho de que Lucio se presente como “de Cirene” da derecho a pensar
que pertenezca al grupo de dispersados con ocasión de la muerte de Esteban que evangelizaron
Antioquía (cf. 11:20). De Manahem se dice que era “hermano de leche (σύντροφος) del tetrarca
Herodes,” lo cual puede interpretarse, o en sentido más general de “educado juntamente,” o en
sentido más estricto, en cuanto que su madre hubiera sido elegida para nodriza del pequeño
Herodes. Evidentemente se trata de Herodes Antipas, el que aparece cuando la vida pública de
Jesucristo (cf. Mc 6:14; Lc 23:8), único de los Herodes que llevó el título de “tetrarca.”
Supuestos estos datos, la cuestión fundamental, y fuertemente debatida, es la de determi4658
nar cuál es el cargo u oficio que late bajo los nombres “profetas y doctores.” De “profetas,” no de
“doctores,” se habla también en 11:27-28 y 15:32. Parece que desarrollaban su misión sobre todo
en la liturgia comunitaria, y eran designados con esos nombres por razón de su función: los que
anuncian el mensaje bajo el impulso e iluminación del Espíritu (= profetas), y los dedicados a
la instrucción cristiana ordinaria explicando la parádosis o tradición apostólica (= doctores). A
ellos alude también Pablo (cf. 1 Cor 12:28; Ef 4:11) y la Didaché (13:1-3; 15:1-2), obra perteneciente
a la primera generación cristiana, no posterior quizá a los mismos evangelios sinópticos.
Según todos los indicios, estos “profetas” y “doctores” pertenecían al ministerio regular
eclesiástico y, en definitiva, eran los que, junto con los apóstoles, llevaban en un principio la dirección
de las comunidades. Hay un texto en la Didaché, que creo puede darnos bastante luz en
toda esta cuestión. El texto viene a continuación de una instrucción relativa a la eucaristía, y dice
así: “Elegios, pues, obispos y diáconos dignos del Señor.., pues también ellos os administran el
ministerio de los profetas y doctores.” Y añade: “No les despreciéis, pues ellos son los honorables
entre vosotros, juntamente con los profetas y doctores” (15:1-2). Parece claro que el autor de
la Didaché, al menos por lo que se refiere a su comunidad, está escribiendo en el momento de
transición del ministerio de profetas y doctores al de obispos y diáconos. No porque éstos hayan
de excluir a aquéllos, sino porque aquéllos, ordinariamente de condición itinerante (cf. Did. 11:1-
13:7), no estaban siempre de asiento en la comunidad, y para la “fracción del pan” se necesitaba
algo más estabLc. De ahí ese: “elegios, pues, ..,” a continuación de la instrucción sobre la eucaristía,
y de ahí también ese: “No les despreciéis..,” pues los obispos y diáconos, por eso de ser
clero indígena, nacido de la misma comunidad, tenían peligro de ser menos respetados que los
profetas y doctores, generalmente misioneros ambulantes venidos de fuera. Tendríamos, pues,
explicada la relación entre profetas-doctores de una parte, y obispos-diáconos de otra, no siendo
éstos sino como prolongación y representantes de aquéllos en las iglesias locales. Del carácter
sacerdotal de los “profetas” no parece caber duda, pues son llamados “jefe de los sacerdotes,” y
podían celebrar la eucaristía lo mismo que los obispos (cf. Did. 10:7; 13:3).
En resumen, estos “profetas” y “doctores” que dirigen la liturgia comunitaria en Antioquía,
no son simples carismáticos en el sentido que hoy suele darse a esta palabra — personas
privadas o públicas a quienes el Espíritu Santo favorece con gracias especiales 117 — , sino
personas que pertenecían al ministerio regular eclesiástico y que, aun sin estar favorecidas con
gracias especiales, eran designadas con esos nombres por razón de la misión que desempeñaban.
Claro está que eso no era obstáculo para que, en ocasiones, fuesen favorecidas también con dones
especiales (cf. 11:28); mas eso era de carácter puramente transitorio, como lo era el don de
lenguas o el don de hacer milagros, mientras que el ser “profeta” o “doctor” era de carácter permanente,
y para eso bastaba lo que en lenguaje moderno llamaríamos hoy “gracia de estado.” En
cabeza, antes que el “profeta” y el “doctor,” estaba el “apóstol” (cf. 1 Cor 12:28), encargado, a lo
que parece, de difundir el Evangelio allí donde no había sido aún predicado (cf. Did. 11:3-6). Poco
más adelante (cf. 14:4.34) vemos que Pablo y Bernabé son llamados “apóstoles.”
Referente a cuál sea el significado de la “imposición de manos” sobre Bernabé y Saulo
(v.3), la opinión tradicional, con terminología al uso, ha querido ver en ese rito como su consagración
episcopal, a fin de que pudiesen fundar nuevas iglesias y ordenar sacerdotes, como vemos
que de hecho harán luego (cf. 14:23). Dicho rito vendría a tener el mismo significado que en
6:6, con la diferencia de que allí era en orden al diaconado, y aquí en orden al episcopado.
Sin embargo, conforme es opinión hoy bastante general entre los autores, más bien nos
inclinamos, atendido el contexto, a que en este caso la imposición de manos no es para conferir
ningún oficio o cargo permanente, sino que tiene un sentido mucho más general; es, a saber: el
4659
de implorar sobre Bernabé y Saulo la bendición de Dios en orden a la misión que iban a comenzar,
algo semejante a cuando la imposición de manos de Jesucristo sobre los niños (cf. Mt 19:13-
15) o la de los patriarcas sobre sus hijos (cf. Gen 48, 14:15), pidiendo la bendición de Dios sobre
ellos en orden a su vida futura. Así parece exigirlo, además, el modo como termina San Lucas la
descripción del viaje: “Regresaron a Antioquía, de donde habían salido, encomendados a la gracia
de Dios, para la obra que habían realizado” (14:26). Desde luego, sería bastante extraño que
Bernabé y Saulo careciesen de una potestad que ciertamente tendrían los otros “profetas y doctores”
del grupo, puesto que se la conferían a ellos; tanto más, que Bernabé, primero en la lista,
parece debía de ser el principal en la iglesia de Antioquía (cf. 11:22-26).
Una última pregunta: ¿quiénes son los que “imponen las manos” a Bernabé y a Saulo?
¿Son todos los fieles de la asamblea, o son sólo los “profetas y doctores”? Es evidente que en
toda esta narración (v.1-3), aunque se supone la presencia de fieles, San Lucas, a quienes tiene
directamente en el pensamiento es a los “profetas y doctores” del v.1, que serían los que “celebraban
la liturgia. y ayunaban” (v.2), y los que “después de orar y ayunar, imponen las manos a
Bernabé y a Saulo y los despiden” (v.3). Sin embargo, aunque Lucas no lo afirme explícitamente,
es de suponer que, al menos por lo que se refiere a la “oración” y “ayuno,” sería también cosa
de los fieles. Quizás haya de decirse lo mismo respecto de la “imposición de manos.”
Primer viaje misional de Pablo y Bernabé. 13:4-15:35
Evangelizan la isla de Chipre, 13:4-12.
4 Ellos, pues, enviados por el Espíritu Santo, bajaron a Seleucia y de allí navegaron
a Chipre, 5 En Sala mina predicaron la palabra de Dios en las sinagogas de los judíos,
teniendo a Juan por auxiliar, 6 Luego atravesaron toda la isla hasta Pafos, y allí
encontraron a un mago, falso profeta, judío, de nombre Barjesús. 7 Hallábase éste al
servicio del procónsul Sergio Pablo, varón prudente, que hizo llamar a Bernabé y a
Saulo, deseando oír la palabra de Dios. 8 Pero Eli más — el mago, que eso significa
este nombre — , se le oponía y procuraba apartar de la fe al procónsul. 9 Mas Saulo,
llamado también Pablo, lleno del Espíritu Santo, clavando en él los ojos, 10 le dijo:
¡Oh, lleno de todo engaño y de toda maldad, hijo del diablo, enemigo de toda justicia!
¿No cesarás de torcer los rectos caminos del Señor? 11 Ahora mismo la mano del
Señor caerá sobre ti y quedarás ciego, sin ver la luz del sol por cierto tiempo. Al
punto se apoderó de él la tiniebla y la oscuridad, y daba vueltas buscando quien le
diera la mano. 12 Al verlo, creyó el procónsul, maravillado de la doctrina del Señor.
Comienza el primero de los tres grandes viajes misionales de Pablo. Al principio de este primer
viaje, el jefe moral de la expedición parece ser Bernabé, nombrado siempre el primero (cf. 12:25;
13:1-2-7); Pero muy pronto los papeles se invierten, y Pablo aparecerá continuamente en cabeza
(13:9-13-16-43-50). Llevan con ellos, en condición de auxiliar (v.5), a Juan Marcos, primo de
Bernabé, y que ya nos es conocido (cf, 12:12.25). Probablemente estamos en el año 45, y el viaje
durará hasta el 49.
La primera etapa del viaje será Chipre, patria de Bernabé (cf. 4:36). En esta isla eran muy
numerosas las colonias judías, particularmente a partir de Herodes el Grande, que tomó en
arriendo de Augusto las abundantes minas de cobre allí existentes, con cuya ocasión se trasladaron
a la isla muchos judíos 118. Los misioneros, saliendo de Antioquía, habían embarcado rumbo
a Chipre en Seleucia (v.4), considerada como el puerto de Antioquía, de la que distaba unos 25
kilómetros, y situada en la desembocadura del Orontes. Llegados a Salamina, el puerto principal
4660
de Chipre en la costa oriental, comienzan a “predicar la palabra de Dios en las sinagogas de los
judíos” (v.5). Tal será la táctica constante de Pablo: comenzar dirigiéndose primero a los judíos
(cf. 13:14; 14:1; 16:13; 17:2.10.17; 18:4.19; 19:8; 28:17), y ello no sólo porque era una manera
práctica de poder introducirse fácilmente en las nuevas ciudades adonde llegaba, sino en virtud
del principio de que el don del Evangelio debía ser ofrecido “en primer lugar” a Israel, la nación
depositaría de las promesas mesiánicas (cf. 2:39; 3:26; 13:46; 1 Rom 1:16).
No sarjemos si el resultado de la predicación en Salamina fue abundante, ni cuánto tiempo
duró la predicación en esa ciudad. Tampoco sabemos si al “atravesar de Salamina a Pafos”
(v.6), puerto occidental de Chipre, en el extremo opuesto de la isla, a unos 150 kilómetros de Salamina,
se detuvieron a predicar en los pueblos que encontraban al paso. Es de suponer que sí,
pues las colonias judías debían ser numerosas en todos esos lugares; pero la narración de San
Lucas nada dice a este respecto.
De la predicación en Pafos tenemos ya datos más concretos. Era Pafos la capital política
de la isla, residencia del procónsul romano, a la sazón un tal Sergio Pablo (v.7). Entre las personas
de que estaba rodeado el procónsul 119 había un judío, de nombre Barjesús (= hijo de Jesús o
Josué), considerado como “mago” (v.6). Parece que entre los griegos era conocido con el nombre
de Elimas (v.8), probablemente forma griega del árabe “alim” (de donde el moderno “ulema”),
que equivale a sabio o también mago, pues en Oriente el término “mago” no tenía el sentido peyorativo
de charlatán o hechicero que hoy tiene entre nosotros, sino el de hombre instruido en las
ciencias filosófico-naturales, conocedor de los secretos de la naturaleza. Si en la narración de San
Lucas se le llama también “falso profeta” (v.6), ello es debido probablemente a que, en ocasiones,
quizás, pretendiera derivar de su ciencia conclusiones de tipo religioso, presentándose como
enviado de Dios y conocedor del futuro.
Este Barjesús se oponía abiertamente a la conversión del procónsul (v.8), que mostraba
“deseos de oír la palabra de Dios” (v.7). La razón de esa oposición no se especifica. Quizás fuera
simplemente por no perder su posición ante el procónsul, si éste se convertía; o quizás fuera por
cuestión de principio, oponiendo, como judío, doctrina a doctrina, es decir, negando a Pablo que
Jesús de Nazaret fuera el Mesías y exponiendo, a su vez, ante el procónsul las esperanzas mesiánicas
tal como él y el pueblo judío las entendían. Desde luego, la reacción de Pablo contra él es
fuerte (v.10); y no fueron sólo palabras, sino también hechos, haciendo que quedase ciego temporalmente
(v.11; cf. Deut 28:29). La expresión “hijo del diablo” (v.10) quizás se la sugiriese a
Pablo el nombre mismo del mago, como diciendo: más que Barjesús o “hijo de salvación,” lo
que eres es Bar-Satán o “hijo de perdición.” Por lo demás, también Jesucristo llamó así a los judíos
que se oponían a su predicación (cf. Jn 8:44).
El procónsul, a vista de lo acaecido, “creyó” (v.12). La opinión tradicional interpreta ese
“creyó” en todo su amplio sentido, y no sólo como adhesión puramente intelectual, de tipo platónico,
sin llevar las cosas a la práctica ni hacerse cristiano. Cierto que Lucas no dice que se bautizara,
como hace en otras ocasiones (cf. 2:41; 18:8), ni quedan huellas en la historia antigua de la
conversión de este personaje, que, sin duda, pertenecía a una de las principales familias del imperio;
pero tampoco en otras ocasiones Lucas especifica lo del bautismo (cf. 4:4; 11:21), y el que
no queden huellas de su conversión puede explicarse debido a que en esa época no había surgido
aún en Roma la cuestión de los cristianos, y un noble, aunque fuese procónsul, podía hacerse
cristiano o de cualquiera otra religión, sin que nadie se preocupara sobre el particular.
Es en esta ocasión, a partir del encuentro con el procónsul, cuando en la narración de los
Hechos comienza a darse a Saulo el nombre de Pablo (v.6), que ya será el único nombre con que
se le designará en adelante. Desde antiguo se ha discutido si es que toma este nombre por prime4661
ra vez en recuerdo de la conversión de tan caracterizado personaje, o lo tenía ya de antes juntamente
con el de Saulo. Parece mucho más probable esto último, pues era entonces frecuente entre
los judíos, y orientales en general, el uso de doble nombre (cf. 12:12; 13:1; Col 4:11), uno
hebreo, que se empleaba en familia, y otro greco-latino, para el trato con el mundo gentil. Tal
debió de ser el caso de Pablo, quien, además del nombre hebreo Shaul, habría tenido ya desde el
principio el nombre latino de Paulus. Esto para él era tanto más necesario cuanto que, por su
condición de ciudadano romano (cf. 22:25-28), su nombre tenía que ser inscrito en los registros
públicos, y no es fácil, dado el odio de los romanos contra los judíos, que tal inscripción se hiciese
con nombre hebreo. Sin embargo, no habría comenzado a usar el nombre latino sino ahora, al
iniciar sus grandes viajes apostólicos, en que tiene que ponerse en contacto con el mundo romano.
Cumple así la norma que él mismo proclamará más tarde: “me hice judío con los judíos..,
gentil con los gentiles.., todo para todos, a fin de ganarlos a todos” (1 Cor 9:20-22).
Carece de todo fundamento histórico la opinión sostenida por algunos autores, quienes,
apoyándose en la etimología (paulus = pequeño), creen que Saulo quiso ser llamado Pablo por
modestia y humildad. Tampoco tiene fundamento alguno la opinión reflejada en algunos apócrifos
de que fue llamado así por ser de corta estatura.
Pasan los misioneros al Asia Menor, 13:13-15.
13 De Pafos navegaron Pablo y los suyos, llegando a Perge de Panfilia, pero Juan se
apartó de ellos y se volvió a Jerusalén. 14 Ellos, dejando atrás Perge, llegaron a Antioquía
de Pisidia, y entrando en la sinagoga en día de sábado, se sentaron, 15 Hecha
la lectura de la Ley y de los Profetas, les invitaron los jefes de la sinagoga, diciendo:
Hermanos, si tenéis alguna palabra de exhortación al pueblo, decidla.
Los misioneros, dejando Chipre, pasan al Asia Menor. Es de notar que Pablo aparece ya en cabeza
de la expedición desde el primer momento (v. 13.16). La primera ciudad de que se hace mención
en su recorrido es Perge de Panfilia (v.13), ciudad a unos 12 kilómetros del mar, situada a
orillas del río Gestro. No sabemos si desembarcarían directamente en Perge, subiendo por el Cestro,
o, de modo parecido a como harán a la vuelta (cf. 14:25), desembarcarían en Atalía, puerto
principal de aquella región, y de allí subirían por tierra a Perge. Tampoco sabemos si se detuvieron
a predicar en Perge, como vemos que ciertamente hicieron a la vuelta (cf. 14:25).
Más sea como fuere, allí debieron detenerse poco. Su plan era internarse más adentro,
atravesando la cadena montañosa del Taurus. Esto debió de asustar a Juan Marcos, el cual,
“apartándose de ellos, se volvió a Jerusalén” (ν.13). Desde luego, se necesitaba valor para atravesar
aquellas sierras, sin comodidad alguna, con caminos malísimos, expuestos al continuo peligro
de salteadores y bandoleros; y este valor parece que faltó al joven Marcos. Acordándose sin duda
de la tranquila casa de su madre en Jerusalén (cf. 12:12), decidió volverse allá. Algunos autores
hablan de que quizás influyera también en su decisión el ver que Pablo había suplantado a Bernabé,
su primo, como jefe de la expedición; pero no tenemos datos que confirmen esta suposición.
Una cosa es cierta, y es que a Pablo no le sentó bien esta retirada de Marcos, pues luego,
pensando en ella, no querrá admitirle como compañero en su segundo viaje misional (cf. 15:38).
Solos ya Pablo y Bernabé, “dejando atrás Perge, llegan a Antioquia de Pisidia” (v.14). La
distancia entre Perge y Antioquia es de unos 16o kilómetros, y el viaje, a través de Jas escarpadas
montañas del Taurus, debió de ser extraordinariamente penoso. En el recuento que Pablo
hará más adelante de las penalidades sufridas por el Evangelio (cf. 2 Cor 11:23-28), es probable
que ocupe un lugar preferente este viaje desde Perge a Antioquía. Se llamaba Antioquía de Pisi4662
dia para distinguirla de la homónima en Siria (cf. 13:1). Parece que en un principio perteneció a
Frigia 120, pero después del establecimiento de la dominación romana y consiguientes cambios
de fronteras debió de considerarse como formando parte de Pisidia, tal como se supone en los
Hechos. Políticamente pertenecía a la provincia romana de Galacia, igual que las ciudades de
Iconio, Derbe y Listra, evangelizadas poco después.
Como ya habían hecho en Chipre (cf. 13:5), y será táctica constante de Pablo, los misioneros
se dirigen primero a los judíos “entrando en la sinagoga en día de sábado” (v.14). Era norma
muy a propósito para empezar a dar a conocer sur” doctrinas, pues la sinagoga era frecuentada
no sólo por los judíos de raza, sino también por los no judíos que simpatizaban con la religión
de Israel, y que se dividían en la clase inferior, de los “temerosos de Dios” (cf. 10:2; 13:16-50), y
la superior, de los “prosélitos” fcf. 2:11; 6:5). No es probable que los dos viajeros llegasen a Antioquía
precisamente el sábado; por tanto, la noticia de su llegada sería ya conocida de muchos,
razón por la que, sin duda, acudirían más numerosos a la reunión sinagogal, curiosos de saber
cuáles eran esas doctrinas nuevas que parece traían.
En la sinagoga, después de la recitación del Skema (Dt 6:4-9; 11:13-21; Núm 15:37-41),
que era como un solemne acto de fe en el Dios verdadero, se leía un trozo de la Ley y otro de
los Profetas; a continuación tenía lugar una plática u homilía, que, generalmente, versaba sobre
el pasaje leído, y que podía ser pronunciada por cualquiera de los asistentes. El archisinagogo,
que era quien presidía la reunión, acostumbraba a invitar a los que juzgaba mejor preparados,
particularmente si eran forasteros. Ta! sucedió en el caso actual (v.15). Algo parecido había sucedido
cuando Jesucristo se presentó por primera vez en su pueblo de Nazaret, después de haber
dado comienzo a su vida pública fcf. Lc 4:16-22).
Discurso de Pablo en la sinagoga de Antioquia, 13:16-41.
16 Entonces se levantó Pablo, y haciendo señal con la mano, dijo: “Varones israelitas
y vosotros los que teméis a Dios, escuchad: 17 El Dios de este pueblo de Israel eligió a
nuestros padres y acrecentó al pueblo durante su estancia en la tierra de Egipto, y
con brazo fuerte los sacó de ella.18 Durante unos cuarenta años los proveyó de alimento
en el desierto;19 y destruyendo a siete naciones de la tierra de Cañan, se la dio
en heredad 20 al cabo de unos cuatrocientos cincuenta años. Después les dio jueces,
hasta el profeta Samuel. 21 Luego pidieron rey y les dio a Saúl, hijo de Gis, de la tribu
de Benjamín, por espacio de cuarenta años. 22 Rechazado éste, alzó por rey a David,
de quien dio testimonio, diciendo: “He hallado a David, hijo de Jesé, varón según
mi corazón que hará en todo mi voluntad.” 23 Del linaje de éste, según su promesa,
suscitó Dios para Israel un salvador, Jesús, 24 precedido por Juan, que predicó
antes de la llegada de aquél el bautismo de penitencia a todo el pueblo de Israel. 25
Cuando Juan estaba para acabar su carrera, dijo: “No soy yo el que vosotros pensáis:
otro viene después de mí, a quien no soy digno de desatar el calzado.” 26 Hermanos,
hijos de Abraham, y los que entre vosotros temen a Dios: a nosotros se nos
envía este mensaje de salud. 27 En efecto, los moradores de Jerusalén y sus príncipes,
desconociendo a éste y también las voces de los profetas que se leen cada sábado,
condenándole, las cumplieron, 28 y sin haber hallado ninguna causa de muerte, pidieron
a Pilato que le quitase la vida. 29 Cumplido todo lo que de El estaba escrito, le
bajaron del leño y le depositaron en un sepulcro, 30 pero Dios le resucitó de entre los
muertos 31 y durante muchos días se apareció a los que con El habían subido de Galilea
a Jerusalén, que son ahora sus testigos ante el pueblo. 32 Nosotros os anuncia4663
mos el cumplimiento de la promesa hecha a nuestros padres, 33 que Dios cumplió en
nosotros, sus hijos, resucitando a Jesús, según está escrito en el salmo segundo: “Tú
eres mi hijo, yo te engendré hoy,” 34 pues le resucitó de entre los muertos, para no
volver a la corrupción. También dijo: “Yo os cumpliré las promesas santas y firmes
hechas a David.” 35 Por lo cual, en otra parte, dice: “No permitirás que tu Santo vea
la corrupción.” 36 Pues bien, David, habiendo hecho durante su vida la voluntad de
Dios, se durmió y fue a reunirse con sus padres y experimentó la corrupción; 3? pero
aquel a quien Dios ha resucitado, ése no vio la corrupción. 38 Sabed, pues, hermanos,
que por éste se os anuncia la remisión de los pecados y de todo cuanto por la Ley de
Moisés no podíais ser justificados. 39 Todo el que en El creyere será justificado.
40Mirad, pues, que no se cumpla en vosotros lo dicho por los profetas: 41 “Mirad,
menospreciadores, admiraos y anonadaos, porque voy a ejecutar en vuestros días
una obra tal que no la creeríais si os la contaran.”
Este discurso de Pablo es el primero de los que San Lucas nos ha conservado por escrito, y lo
transmite con bastante más extensión que hará luego para discursos posteriores (cf. 14:1-3; 17:2-
3; 18:4-5; 19:8). Parece quiere presentarlo como el discurso tipo, en compendio, de las predicaciones
de Pablo ante auditorio judío.
El discurso tiene tres partes claramente señaladas por la repetición del apostrofe “hermanos”
(v.26.38), que responde al inicial “varones israelitas y los que teméis a Dios” (v.16). La
primera parte (ν. 16-25) es un recuento de los admirables beneficios de Dios sobre Israel, desde
Abraham hasta el Bautista. Era éste un exordio muy grato a los oídos judíos, y que vemos había
sido empleado también por Esteban (cf. 7:1-43); con la diferencia de que Pablo evita toda alusión
a la ingratitud de la nación elegida 121, mientras que Esteban hace de esa ingratitud precisamente
su principal argumento. La segunda parte (v.26-37) es una demostración de la mesianidad
de Jesucristo, rechazado por su pueblo, pero en quien se cumplen las profecías alusivas
al Mesías. Toda esta segunda parte, salpicada de citas bíblicas, sigue un proceso muy parecido
al empleado también en sus discursos por San Pedro (cf. 2:22-35; 3:13-26). Por fin, en una
tercera parte (v.38-41), se sacan las consecuencias de lo dicho, es a saber, que es necesario creer
en Jesucristo si queremos ser justificados, terminando con una grave advertencia tomada del profeta
Habacuc (1:5) contra aquellos que no quieran creer (v.4i). Se refería Habacuc a los judíos
sus contemporáneos, a quienes amenazaba con la invasión de los caldeos, si no se convertían al
Señor, y San Pablo hace la aplicación a los tiempos presentes. La intención parece evidente: como
entonces se mostraron sordos a la llamada de Dios, y Jerusalén fue tomada y los judíos enviados
al destierro, así ahora, si no admiten el mensaje de bendicion, vendrá un nuevo y terrible
castigo contra el pueblo elegido. De este castigo hablará luego más concretamente en sus cartas
(cf. Rom 11:7-27; 1 Tes 2:16).
Tal es el esquema de este discurso de Pablo en Antioquía de Pisidia. Las ideas son típicamente
paulinas. Son de notar sobre todo los v.38-39, afirmando que la justificación se obtiene
por la fe en Jesús y no por las obras de la Ley (cf. 15:11; Rom 3:21-26; Gál 3:11).
En la segunda parte, que es la fundamental, la prueba evidente de la mesianidad de Jesús
es su resurrección, testificada por los apóstoles y predicha ya en la Escritura (v.30-37). La
cita del salmo 16:10: “No permitirás que tu Santo vea la corrupción,” es la misma que en su discurso
de Pentecostés hizo también San Pedro, y que ya entonces comentamos (cf. 2:25-31). Las
otras dos citas (Sal 2:7; Is 55:3) son propias de San Pablo, y no es fácil ver su relación a la resurrección.
Parece que con la cita de Isaías: “Yo os cumpliré las promesas santas y firmes hechas a
4664
David,” San Pablo trata únicamente de preparar la verdadera prueba, que es la que va a dar en el
versículo siguiente, como diciendo: Dios, según Isaías, cumplirá las promesas hechas a David;
pues bien, una de éstas, conforme dice el mismo Dios en Sal 16:10, es que el Mesías será preservado
de la corrupción. También pudiera ser que San Pablo esté pensando en que a David se le
prometió no sólo que el Mesías nacería de su descendencia, sino que tendría un trono eterno
(cf. 2 Sam 7:12-13; Sal 88:29-38; Is 9:7; Dan 7:14; Lc 1:32-33), lo cual supone, si es que Jesús
era el Mesías, que no podía quedar en el sepulcro, sino que había de resucitar.
En cuanto a la cita del Sal 2:7: “Tú eres mi hijo, yo te engendré hoy,” se ha discutido mucho.
Desde luego, se trata de un texto directamente mesiánico, pero ¿qué relación tiene con la
resurrección? A primera vista parece que lo que el salmista afirma no es la resurrección de Cristo,
sino su calidad de Hijo de Dios, y ésta la tiene desde el momento mismo de la encarnación.
De hecho, muchos exegetas interpretan este v.33 como alusivo a la encarnación, dando al verbo
ανίατη μι el sentido de “suscitar,” y traduciendo “habiendo suscitado a Jesús..,” y no “resucitando
a Jesús,” como hemos traducido nosotros. Sería un caso parecido al de 3:22, que ya comentamos
en su lugar. Sin embargo, dado el contexto de todo este pasaje, parece claro que San Pablo
está aludiendo a la resurrección de Cristo, y en ese sentido interpreta el texto del salmista. Ni para
eso hay que forzar nada las palabras del salmo. No se trata allí, a lo que creemos (cf. 2:36;
9:20), de afirmar la filiación natural divina del Mesías en su sentido ontológico, sino de proclamar
su exaltación como rey universal de las naciones. Pues bien, San Pablo no hace más que
concretar aquella exaltación del Mesías, aplicándola a la resurrección de Jesucristo. Y, en efecto,
fue ésta como su entronización mesiánica, al entrar en la gloria del Padre y aparecer como
Hijo de Dios (cf. Rom 1:4).
Efectos del discurso de Pablo, 13:42-52.
42 A la salida, les rogaron que, al sábado siguiente, volviesen a hablarles de esto. 43
Disuelta la reunión, muchos judíos y prosélitos, adoradores de Dios, siguieron a Pablo
y a Bernabé, que les hablaban para persuadirlos que permaneciesen en la gracia
de Dios. 44 Al sábado siguiente, casi toda la ciudad se juntó para escuchar la palabra
de Dios; 45 pero viendo los judíos a la muchedumbre, se llenaron de envidia e insultaban
y contradecían a Pablo. 46 Mas Pablo y Bernabé respondían valientemente, diciendo:
A vosotros os habíamos de hablar primero la palabra de Dios, mas puesto
que la rechazáis y os juzgáis indignos de la vida eterna, nos volveremos a los gentiles.
47 Porque así nos lo ordenó el Señor: “Te he hecho luz de las gentes para ser su
salud hasta los limites de la tierra.” 48 Oyendo esto los gentiles se alegraban y glorificaban
la palabra del Señor, creyendo cuantos estaban ordenados a la vida eterna. 49
La palabra del Señor se difundía por toda la región; 50 pero los judíos concitaron a
mujeres adoradoras de Dios y principales y a los primates de la ciudad, y promovieron
una persecución contra Pablo y Bernabé y los rechazaron abiertamente. 51 Ellos,
sacudiendo el polvo de sus pies contra aquéllos, se dirigieron a Iconio, 52 mientras
los discípulos quedaban llenos de alegría y del Espíritu Santo.
Parece que el discurso de Pablo en la sinagoga produjo grave impresión, y que no todo quedó
claro; pues le ruegan que vuelva a hablarles sobre el asunto al sábado siguiente (v.42). Seguramente
el punto que necesitaba de más aclaración era el que había tocado últimamente sobre la
justificación por la fe en Jesús y no por las obras de la Ley (v.38-39). Consecuencias muy graves
parecían deducirse de tales afirmaciones.
4665
Al sábado siguiente se reunió “casi toda la ciudad” para escuchar a Pablo (v.44). Sin duda,
a lo largo de la semana se había ido corriendo la noticia de lo interesante que resultaba el
nuevo predicador y de su independencia frente a la Ley. Se presentaba rodeado ya de bastantes
adictos, judíos y prosélitos 122, que, sin esperar a esta nueva reunión sinagogal del sábado, habían
sido ulteriormente instruidos por él durante la semana (v.43). No se nos da el tema del discurso
de Pablo; pero, a juzgar por la reacción tan distinta de judíos (v.45) y gentiles (v.48), parece claro
que insistió en lo de la justificación por la fe en Jesús, quien, con su muerte y resurrección,
había traído la redención a todos los hombres indistintamente, aboliendo de este modo la Ley de
Moisés. Estas serán las ideas machaconamente repetidas en sus cartas, y es lógico que lo fueran
también en sus predicaciones orales. Los judíos se dan cuenta de la gravedad de tales afirmaciones;
pues, si la fe en Jesucristo tenía idéntico valor para todos y también los gentiles podían ser
partícipes de los bienes mesiánicos sin pasar por la circuncisión y la Ley, caían automáticamente
por su base todas aquellas prerrogativas religioso-raciales, de que tan orgullosos se mostraban
(cf. 10:28.34). Por eso, “viendo a la muchedumbre, se llenaron de envidia e insultaban y contradecían
a Pablo” (v.45; cf. 17:5).
Ante este proceder, Pablo proclama con valentía la solemne declaración que volverá a repetir
en otras ocasiones: “A vosotros os habíamos de anunciar primero la palabra de Dios, mas,
puesto que la rechazáis.., nos volvemos a los gentiles” (v.46; cf. 18:6; 19:8; 28:28). Esta preferencia
cronológica de los judíos en la evan-gelización con respecto a los gentiles fue siempre
respetada por Pablo, incluso después de esta declaración, y de ella ya hablamos al comentar 2:39
y 13:5. En apoyo de su decisión de pasarse a predicar a los gentiles, alude a una orden del Señor
(v.47), que parece ser una cita algo libre de Is 49:6. Cierto que el texto de Isaías se refiere al Mesías,
no a Pablo, pero puede muy bien aplicarse a los predicadores del Evangelio, por medio de
los cuales cumple el Mesías la profecía (cf. 1:8). También pudieran entenderse esas palabras, no
como cita de Isaías, sino como dirigidas directamente a Pablo, aludiendo a la orden del Señor a
raíz de su conversión (cf. 9:15; 26:17-18).
Esta solemne declaración de Pablo de abandonar a los judíos y volverse a los gentiles
produjo en éstos gran alegría (v.48), viendo que se les abrían las puertas de la salvación sin las
trabas mosaicas123. Parece, aunque el texto nada dice explícitamente, que la estancia de Pablo y
Bernabé en Antioquía se prolongó bastante tiempo, quizás varios meses, pues, de lo contrario, no
se explicaría fácilmente la frase de que “la palabra del Señor se difundía por toda la región”
(v.49). Los judíos no permanecieron inactivos, sino que valiéndose de algunas mujeres de distinguida
posición social, que estaban afiliadas al judaismo (ν·50), logran influir en los magistrados
para que se les expulse de la ciudad, promoviendo una sublevación popular contra los dos predicadores
(v.50). Pablo y Bernabé hubieron de salir de allí, dirigiéndose a Iconio, pero no sin antes
realizar el gesto simbólico de sacudir el polvo de sus pies contra sus perseguidores (v.5i; cf.
18:6), conforme a la recomendación de Jesús (cf. Mt 10:14; Mc 6:11; Le 9:5; 10:11).
Pablo y Bernabé en Iconio, 14:1-7.
1 Igualmente en Iconio entraron en la sinagoga de los judíos, donde hablaron de
modo que creyó una numerosa multitud de judíos y griegos. 2 Pero los judíos incrédulos
excitaron y exacerbaron los ánimos de los gentiles contra los hermanos. 3 Con
todo, moraron allí bastante tiempo, predicando con gran libertad al Señor, que confirmaba
la palabra de su gracia realizando por su mano señales y prodigios. 4 Al fin
se dividió la muchedumbre de la ciudad y unos estaban por los judíos y otros por los
apóstoles. 5 Y como se produjese un tumulto de gentiles y judíos con sus jefes, pre4666
tendiendo ultrajar y apedrear a los apóstoles, 6 dándose éstos cuenta de ello, huyeron
a las ciudades de Licaonia, Listra y Derbe, y a las regiones vecinas, 7 donde predicaron
el Evangelio.
Iconio, al sudeste de Antioquía, distaba de esta ciudad unos 130 kilómetros. Llama la atención el
que Lucas, tan cuidadoso para decirnos que Perge estaba en Panfilia (13:12), Antioquía en Pisidia
(13:14), Listra y Derbe en Licaonia (14:6), no dé indicación alguna geográfica respecto de
Iconio. Probablemente ello es intencionado, debido a que, en un principio, esta ciudad perteneció
a Frigia 124, pero posteriormente fue agregada al distrito administrativo de Licaonia 125, aunque
sus habitantes seguían considerándose como “frigios,” cuya lengua hablaban, no el licaonio. Por
eso, Lucas, acomodándose al modo popular de hablar, no la considera como de Licaonia, al decir
que de Iconio “huyeron a las ciudades de Licaonia, Listra y Derbe” (v.6); pero tampoco quiere
poner explícitamente que fuera una ciudad de Frigia.
Los hechos se desarrollaron más o menos como en Antioquía de Pisidia: se comienza por
predicar en la sinagoga (v.1), sigue una gran oposición por parte de los judíos (v.2; cf. 18:6;
19:9; 28:24), y, al fin, después de haber morado bastante tiempo en la ciudad (v.3), los dos predicadores,
explícitamente designados con el nombre de “apóstoles” (v.4:14), hubieron de salir de
allí, dirigiéndose a las ciudades de Licaonia, Listra y Derbe (v.4-7) 125 126.
Es de notar la expresión “la palabra de su gracia” (v.3) para designar la predicación
evangélica. Con ello se da a entender que la “salud” que ofrece el cristianismo es puro don de
Dios (cf. 15:11; 20:24.32). Se nos dice que se convirtió gran número de “judíos y griegos” (v.1).
De suyo el término “griegos,” en contraposición a “judíos,” designa simplemente los gentiles (cf.
21:28; Rom 1:16); sin embargo, dado que se trata de conversión en la sinagoga, es probable que
se esté aludiendo a prosélitos o “adoradores de Dios” igual que en 13:43.
Durante la estancia en Iconio habría tenido lugar la conversión de Tecla, célebre personaje
de la literatura cristiana primitiva, del que se habla extensamente en el apócrifo del siglo n
Hechos de Pablo y Tecla. Se trata de una joven rica, convertida al cristianismo por San Pablo, a
cuya conversión se oponen su madre y el futuro marido, dando esto lugar a graves persecuciones
contra el apóstol y a otras muchas complicaciones y peripecias. Es probable que en toda esta narración,
llena evidentemente de detalles legendarios, haya algún fondo histórico, aunque muy
difícil de concretar.
Evangelización de Listra y Derbe, 14:8-20.
8 En Listra vieron a un hombre inválido de los pies, paralítico desde el seno de su
madre y que nunca había podido andar. 9 Escuchaba éste a Pablo, que, fijando en él
los ojos y viendo que tenía fe para ser salvo, 10le dijo en alta voz: Levántate, ponte de
pie. El, dando un salto, echó a andar. 11 La muchedumbre, al ver lo que había hecho
Pablo, levantó la voz diciendo en licaonio: Dioses en forma humana han descendido
a nosotros, 12 y llamaban a Bernabé Zeus y a Pablo Hermes, porque éste era el que
llevaba la palabra. 13 El sacerdote del templo de Zeus, que estaba ante la puerta de
la ciudad, trajo toros enguirnaldados, y acompañado de la muchedumbre quería
ofrecerles un sacrificio. 14 Cuando esto oyeron los apóstoles Bernabé y Pablo, rasgaron
sus vestiduras y arrojándose entre la muchedumbre, gritaban: 15 diciendo:
“Hombres, ¿qué es lo que hacéis? Nosotros somos hombres iguales a vosotros, y os
predicamos para convertiros de estas vanidades al Dios vivo, que hizo el cielo y la
tierra, el mar y todo cuanto hay en ellos; 16 que en las pasadas generaciones permitió
4667
que todas las naciones siguieran su camino, 17 aunque no las dejó sin testimonio de
sí, haciendo el bien y dispensando desde el cielo las lluvias y las estaciones fructíferas,
llenando de alimento y de alegría vuestros corazones.” 18 Con todo esto, a duras
penas desistió la muchedumbre de sacrificarles. 19 Pero judíos venidos de Antioquía
e Iconio sedujeron a las turbas, que apedrearon a Pablo y le arrastraron fuera de la
ciudad, dejándole por muerto. 20 Rodeado de los discípulos, se levantó y entró en la
ciudad. Y al día siguiente salió con Bernabé camino de Derbe.
Listra y Derbe eran dos ciudades de Licaonia, pertenecientes políticamente a la provincia romana
de Galacia. Estaban al sudeste de Iconio. Listra distaba de Iconio unos 40 kilómetros, y Derbe
distaba de Listra unos 50. Listra fue la ciudad natal de Timoteo, a quien San Pablo conoció ya
durante esta su primera visita a la ciudad (cf. 16:1-2; 2 Tim 1:5).
Referente a la estancia en Derbe nada sabemos en detalle, sino que “fue evangelizada e
hicieron muchos discípulos” (v.21). Al contrario, por lo que se refiere a la estancia en Listra, la
información es más abundante. Aquí tuvo lugar la curación de un tullido de nacimiento, que motivó
un gran revuelo entre la muchedumbre, hasta el punto de considerar a Pablo y Bernabé como
dioses en forma humana y pretender ofrecerles sacrificios (v.8-13). A Pablo, que era el que llevaba
la palabra (v.12), llamaban Hermes (Mercurio de los latinos, considerado como portavoz o
mensajero de los dioses); a Bernabé, que parece había guardado un majestuoso silencio, llamaban
Zeus (Júpiter de los latinos). Había una leyenda muy extendida en el mundo greco-romano,
según la cual, dos pastores frigios, Filemón y Baucis, habían sido recompensados con la inmortalidad
por haber dado hospedaje en su cabana a Zeus y a Hermes, que se presentaban como simples
viandantes y habían sido rechazados en todas partes 126. Algo semejante debieron pensar de
Pablo y Bernabé los habitantes de Listra.
Al principio, Pablo y Bernabé no se dieron cuenta de que les estaban tomando por dioses,
pues el pueblo se expresaba en licao-nio (v.11); mas no tardaron en enterarse, sobre todo al ver
que se preparaban a ofrecerles sacrificios. Entonces, con un gesto usual entre los judíos (cf. Mt
26:65), rasgaron sus vestiduras en señal de disgusto e indignación ante aquella manifestación
idolátrica (v.14.), y exhortaban a la multitud a que, dejados los ídolos, se convirtiesen al Dios
vivo, autor y proveedor de todas las cosas visibles, a través de las cuales puede ser conocido
(v.15-17; cf. 17:24-31; Rom 1:19-20). Breve discurso, que constituye una teodicea en síntesis, en
que se atiende sobre todo al argumento físico de orden y causalidad, como más fácil de entender
por el pueblo rudo. Aparece aquí, en sus rasgos esenciales, el Dios de la revelación cristiana: un
Dios viviente, que tiene en sí mismo la vida y la comunica a este universo que El ha creado;
un Dios solícito de la salvación de todos los seres humanos, y no sólo de un pueblo aislado; y
que, si permitió que los gentiles “siguiesen su camino,” no es porque los abandonase a su suerte,
como pensaban los judíos, sino porque esperaba el momento señalado en su providencia y sabiduría.
Este discurso parece que obtuvo su efecto y dejaron a los dos misioneros que prosiguieran
su evangelización sin ser molestados. No sabemos cuánto duraría este tiempo de paz; pero
judíos venidos de Antioquía e Iconio logran producir alboroto también en Listra contra la predicación
de Pablo, quien, después de apedreado y dejado por muerto, “sale con Bernabé camino de
Derbe” (v. 19-20).
De la predicación en Derbe, como ya hicimos notar antes, nada sabemos en detalle. Parece
que debió desarrollarse con normalidad, sin especiales hostilidades ni persecuciones; pues,
cuando más tarde Pablo recuerda las persecuciones padecidas “en Antioquía, Iconio y Listra” (2
4668
Tim 3:11), nada dice de Derbe.
Regreso a Antioquía de Siria, 14:21-28.
21 Evangelizada aquella ciudad, donde hicieron muchos discípulos, se volvieron a
Listra, a Iconio y a Antioquía, 22 confirmando las almas de los discípulos y exhortándolos
a permanecer en la fe, diciéndoles que por muchas tribulaciones nos es
preciso entrar en el reino de Dios. 23 Les constituyeron presbíteros en cada iglesia
por la imposición de las manos, orando y ayunando, y los encomendaron al Señor,
en quien habían creído. 24 Y atravesando la Pisidia, llegaron a Panfilia, 25 y, habiendo
predicado la palabra en Perge, bajaron a Atalía, 26 y de allí navegaron hasta Antioquía,
de donde habían salido, encomendados a la gracia de Dios, para la obra que
habían realizado. 27 Llegados, reunieron la iglesia y contaron cuanto había hecho
Dios con ellos y cómo había abierto a los gentiles la puerta de la fe. 28 Y moraron con
los discípulos bastante tiempo.
Terminada la evangelización de Derbe, Pablo y Bernabé determinan regresar a Antioquía de Siria,
iglesia que había sido escenario de sus primeros trabajos apostólicos (cf. 11:22-26), y de la
que habían partido para este su primer gran viaje misional (cf. 13, 1-3).
El regreso va a hacerse siguiendo el mismo camino que habían traído, pero en sentido inverso:
Derbe-Listra-Iconio-Antioquía de Pisidia-Perge (v.21-25). De allí bajarán a Atalía, puerto
principal de la región, embarcando para Siria, y llegando a Antioquía (v.25-26). Parece que estamos
a fines del año 48 o principios del 49. El viaje había comenzado, según todas las probabilidades,
en el año 45.
La razón de que eligieran este camino de regreso es manifiesta. Podían haber hecho el
viaje mucho más directamente atravesando la cordillera del Taurus por las “Ciliciae portae” y
bajando luego a Siria, como vemos que hará Pablo al comenzar su segundo viaje (cf. 15:41); pero
evidentemente querían volver a pasar por las comunidades recientemente fundadas para fortalecerlas
en la fe (v.22; cf. 15:32.41; 16:5; 18:23) Y completar su organización. En este sentido
tenemos el dato importantísimo de que, al pasar por estas comunidades, “constituían presbíteros
en cada iglesia por la imposición de las manos” (v.23) De quiénes sean y qué signifique este
nombre de “presbíteros” ya hablamos al comentar 11:30. Quizás a alguno extrañe que se atrevan
a volver por las mismas ciudades, siendo así que de muchas de ellas hubieron de salir huyendo;
pero téngase en cuenta que el verdadero apóstol no rehuye el peligro cuando lo pide el bien de
las almas, y que más que predicar públicamente es probable que se limitasen a la organización de
las comunidades, por lo que podían pasar casi inadvertidos en la ciudad. Llegados a Antioquía,
reúnen a la iglesia y cuentan “cuánto había hecho Dios con ellos y cómo había abierto a los gentiles
la puerta de la fe” (v.27). La noticia era de enorme trascendencia y debió llenar de contento
a la iglesia de Antioquía, compuesta en gran parte de gentiles (cf. 11:20-26). No todos, sin embargo,
participaban del mismo entusiasmo. Algunos judío-cristianos, demasiado apegados aún al
judaísmo, no compartían esas alegrías. Los incidentes narrados en el capítulo siguiente, que dieron
lugar al concilio de Jerusalén, son buena prueba de ello.
El problema de la obligación de la Ley, 15:1-2.
1 Algunos que habían bajado de Jerusalén enseñaban a los hermanos: “Si no os circuncidáis
conforme a la Ley de Moisés, no podéis ser salvos.” 2 Con esto se produjo
una agitación y disputa no pequeña, levantándose Pablo y Bernabé contra ellos.
4669
Parece que esos “bajados de Jerusalén” (v.1), que así logran turbar la paz de la iglesia de Antioquía
(v.2), se presentaban como enviados de los apóstoles, pues éstos, una vez enterados de lo
sucedido en Antioquía, se creen en la obligación de decir que no tenían comisión alguna suya (cf.
v.24). Sus afirmaciones eran tajantes: “Si no os circuncidáis conforme a la Ley de Moisés, no
podéis ser salvos” (v.1), o lo que es lo mismo, para poder participar de la “salud” traída por Cristo
hay que incorporarse antes a Moisés, practicando la circuncisión y observando la Ley. El pacto
de Dios con Abraham, del que los judíos se mostraban tan orgullosos (cf. Mt 3:9; Jn 8:33), no
podía ser abolido, puesto que las promesas de Dios no pueden fallar. Estaba muy bien la fe en
Cristo, pero había que pasar por Moisés. ¿No había dicho el mismo Jesús bueno había venido
a abrogar la Ley, sino a cumplirla? (cf. Mt 5:17-18).
Estas y otras razones aducirían sin duda esos defensores de la obligatoriedad de la Ley.
Como ellos, más o menos abiertamente, pensaban muchos de los fieles procedentes del judaísmo.
Ya con el caso de Cornelio habían surgido murmuraciones y descontento (cf. 11:2-3), Pero
hubieron de aquietarse ante la afirmación de Pedro de que era una orden expresa de Dios (cf.
11:17-18). Ese fermento latente sale ahora a la superficie ante la dimensión que iban tomando las
cosas con el rumbo que habían dado a su predicación Pablo y Bernabé, admitiendo en masa a los
gentiles, primeramente en Antioquía (cf. 11:22-26), y, luego, a través de Asia Menor (cf. 13:4-
14:25).
La reacción de los antioquenos frente a las exigencias de los que habían bajado de la iglesia
madre de Jerusalén fue muy viva: “una agitación y disputa no pequeña” (v.2). Era el choque
entre un mundo viejo y otro nuevo, que proporcionará no pocas persecuciones y disgustos a Pablo.
La cuestión era muy grave y podía comprometer la futura propagación de la Iglesia, pues
difícilmente el mundo se hubiera hecho judío, aceptando las prácticas mosaicas, máxime la circuncisión.
El concilio de Jerusalén.
La respuesta, si damos fe a los relatos de Lucas, la van a dar los Apóstoles en el que se ha dado
en llamar concilio o asamblea de Jerusalén. Sin embargo, antes de pasar a la exégesis de estos
relatos, igual que hicimos para el relato de la conversión de Saulo, necesitamos también aquí referirnos
al problema literario de la narración 127.
Tenemos un punto de partida: la comparación con Gal 2:1-14. En efecto, todo da la impresión
de que en ambos lugares se está aludiendo al mismo hecho fundamental: en ambos aparecen
los mismos personajes, Pablo y Bernabé, que han subido a Jerusalén para tratar con los
apóstoles la obligatoriedad de las prescripciones mosaicas, y en ambos también se consigna el
mismo resultado, o sea, el triunfo de la tesis de Pablo (cf. Act 15:10.19; Gal 2:7-9). Sin embargo,
hay ciertas diferencias, que no pueden menos de llamar la atención: mientras que Pablo da a entender
que es el segundo viaje que hace a Jerusalén después de su conversión (Gal 1:18; 2:1),
Lucas deja entender que es el tercero (cf. 9:25-26; 11:29-30; 15:2-4); igualmente, mientras que
Pablo distingue dos controversias, la de Jerusalén sobre la obligatoriedad de la Ley para los gentiles
convertidos (Gal 2:1 -10) y la de Antioquía sobre relaciones entre judío-cristianos y étnicocristianos
en cuestión de alimentos (Gal 2:11-14), Lucas mezcla ambas cosas en un único decreto
dado en Jerusalén (15:23-29); asimismo, mientras que Pablo dice que sube a Jerusalén “en virtud
de una revelación” (Gal 2:2), Lucas da a entender que sube, junto con Bernabé, comisionados
4670
por la iglesia de Antioquía (15:2). Existen, además, otras anomalías en el relato de Lucas, como
la de presentar la asamblea de Jerusalén, de una parte, como reservada a los dirigentes (15:6), y
de otra, como reunión pública (15:12-22); asimismo, la de hacer dos veces referencia a los informes
dados por Pablo y Bernabé (15:4.12), así como a la ofensiva por parte de los judaizantes
(15:1.5) y a la discusión que sigue a esa ofensiva (15:2-7). Ni debemos silenciar que Pablo, al
aludir en sus cartas a problemas análogos a los resueltos en el concilio de Jerusalén, da la impresión
de que ignora ese decreto (cf. Gal 2:1-14; 1 Cor 8:1-10:33; Rom 14:1-33), señal clara de que
Pablo no estaba presente cuando se dio.
Todo esto exige una explicación. ¿No será que Lucas recoge noticias de diversas fuentes
y forma un relato seguido, sin que se preocupe de la realidad histórica, guiado más bien por motivos
de tipo teológico?
Tal es la respuesta que suelen dar los críticos, aunque en la determinación de cuáles pudieran
ser esas fuentes no siempre, como es obvio, haya entre ellos coincidencia. Frecuentemente
suelen hablar de tres fuentes: palabras de Pedro (cf. 15:5-12), palabras de Santiago (cf. 15:13-
22) y decreto apostólico (cf. 15:23-29). A base de estas fuentes y de las adaptaciones convenientes,
Lucas habría compuesto su relato, que enmarcó dentro de este otro documento más amplio o
“diario de viaje,” a que ya aludimos en la introducción, y del que hay claras huellas en los capítulos
13-14. A este “diario de viaje” pertenecerían probablemente los v.1-4.13.19.21-22.30-44 128.
En efecto, en orden a la conciliación con Pablo, tengamos en cuenta que Pablo habla como
abogado que defiende su propia causa — en este caso, su independencia apostólica, aunque
de acuerdo con los demás apóstoles doctrinalmente — y elige aquellos hechos que más interesan
a su propósito. Así se explica que no cite el decreto apostólico conservado por Lucas (15:23-29),
pues la última parte de ese decreto apostólico prohibiendo el uso de “idolotitos, sangre, ahogado,
fornicación,” podría resultar en su caso contraproducente, a menos de añadir una larga y fatigosa
explicación que no tenía por qué verse obligado a añadir. Le bastaba con indicar lo esencial: “Ni
Tito fue obligado a circuncidarse.., nos dieron la mano en señal de comunión.” Algo parecido
puede decirse de la noticia que nos da, de que subió a Jerusalén “conforme” a una “revelación”
(Gal 2:2), cosa que no se opone a lo que dice Lucas, de que iba comisionado por la comunidad
de Antioquía. Ambas cosas son compatibles. Si Pablo se fija en lo de la “revelación,” es probablemente
para que no deduzcan sus adversarios que no estaba seguro de la rectitud de proceder.
Ni hay por qué suponer que Lucas mezcla y confunde en un único decreto dos temas que habrían
sido discutidos independientemente, el uno en Jerusalén y el otro en Antioquía; el caso de la disputa
con Pedro en Antioquía es cosa distinta, y forma un episodio aparte, del que Lucas no dice
nada.
Comisionados por la iglesia de Antioquía, Pablo y Bernabé suben a Jerusalén,
15:2-5.
2 Al cabo determinaron que subieran Pablo y Bernabé a Jerusalén, acompañados de
algunos otros de entre ellos, a los apóstoles y presbíteros, para consultarlos sobre esto.
3 Ellos, despedidos por la iglesia, atravesaron la Fenicia y Samaría, contando la
conversión de los gentiles y causando grande gozo a todos los hermanos. 4 A su llegada
a Jerusalén fueron acogidos por la iglesia y por los apóstoles y presbíteros, y
les contaron cuanto había hecho Dios con ellos. 5 Pero se levantaron algunos de la
secta de los fariseos que habían creído, los cuales decían: “Es preciso que se circunciden
y mandarles guardar la Ley de Moisés.”
4671
Visto como se pusieron las cosas en Antioquía (v.1-2), es natural que se terminara por enviar
comisionados a la iglesia de Jerusalén. La cuestión era de tal naturaleza que estaba pidiendo una
intervención de las autoridades supremas. Se comisionó a Pablo y a Bernabé, acompañados de
algunos otros de entre ellos, para que subiesen a Jerusalén y consultasen a los apóstoles y presbíteros
(v.2). Estos “presbíteros” han sido ya mencionados en 11:30, y, como entonces hicimos notar,
debían formar una especie de senado o colegio que asistía a los apóstoles en el gobierno de la
comunidad.
El viaje de Pablo y Bernabé a través de Fenicia y Samaría tuvo algo de triunfal, “contando
la conversión de los gentiles y causando grande gozo a todos los hermanos” (v.3). Se ve que
estas comunidades de Fenicia y Samaría no participaban de las ideas judaizantes de los que habían
bajado de Jerusalén y turbado la paz en Antioquía. Llegados a Jerusalén, fueron recibidos por
la comunidad con particular deferencia, asistiendo los “apóstoles y presbíteros” (v.4). Era ésta
una reunión de recibimiento y saludo, y en ella Pablo y Bernabé cuentan “cuanto había hecho
Dios con ellos,” es decir, los excelentes resultados de su predicación en Antioquía y a través de
Asia Menor. Dan cuenta también, como es obvio, de la finalidad específica por la que habían
subido a Jerusalén, o sea, la cuestión de si debían imponerse o no las observancias mosaicas a los
gentiles hechos cristianos. Allí mismo algunos judío-cristianos, procedentes de la secta de los
fariseos — no sabemos si son los mismos o distintos de los que habían bajado a Antioquía — , se
levantan para defender la obligatoriedad de tales observancias (v.5); pero la cuestión fue aplazada
para ser examinada más detenidamente en una reunión posterior.
Reunión de la iglesia de Jerusalén y discurso de Pedro, 15:6-12.
6 Se reunieron los apóstoles y los presbíteros para examinar este asunto. 7 Después
de una larga discusión, se levantó Pedro y les dijo: “Hermanos, vosotros sabéis cómo,
de mucho tiempo ha, Dios me escogió en medio de vosotros para que por mi boca
oyesen los gentiles la palabra del Evangelio y creyesen. 8 Dios, que conoce los corazones,
ha testificado en su favor, dándoles el Espíritu Santo igual que a nosotros 9
y no haciendo diferencia alguna entre nosotros y ellos, purificando con la fe su corazones.
10 Ahora, pues, ¿por qué tentáis a Dios queriendo imponer sobre el cuello de
los discípulos un yugo que ni nuestros padres ni nosotros fuimos capaces de soportar?
11 Pero por la gracia del Señor Jesucristo creemos ser salvos nosotros, lo mismo
que ellos.” 12 Toda la muchedumbre calló, y escuchaba a Bernabé y a Pablo, que referían
cuantas señales y prodigios había hecho Dios entre los gentiles por medio de
ellos.
Es evidente que la reunión en que Pedro pronuncia su discurso es una reunión pública, a la que
asisten también los fieles (cf. v.12 y 22). Lo que no está tan claro es si antes de esa reunión hubo
otra reunión privada de sólo los apóstoles y presbíteros. Es lo que algunos quieren deducir del
v.6, en que se habla de que “se reunieron los apóstoles y presbíteros,” sin aludir para nada a la
comunidad de los fieles. Y encuentran una confirmación en Gal 2:2-7, donde San Pablo dice que
expuso su evangelio “en particular (κατ ιδίαν) a los que figuraban.., los cuales nada le impusieron.”
Desde luego, es obvio suponer que, durante los días que Pablo y Bernabé estuvieron en
Jerusalén, no una, sino varias veces hablarían en particular con los apóstoles acerca del tema de
la Ley mosaica; y eso basta para explicar el “en particular a los que figuraban” de Gal 2:2. Pero
de ahí no se sigue que hayamos de suponer una reunión privada de sólo los apóstoles y presbíte4672
ros, preliminar a la sesión pública; más bien creemos que ya desde el v.6 se habla de la misma
reunión pública, como aconseja la lectura sin prejuicios del texto bíblico. Si se alude de modo
especial a los apóstoles (Gal 2:6-10) o a “los apóstoles y presbíteros” (v.6), es porque, en resumidas
cuentas, son ellos los que han de resolver el asunto (cf. v.23) y a los que, en realidad,
habían sido enviados Pablo y Bernabé (cf. v.2). La multitud, aunque asista, se deja de lado, y sólo
se alude a ella cuando interviene (cf. v.12.22).
En esa reunión pública se produjo una “larga discusión” (v.6), y es de creer que la voz
cantante la llevarían los judío-cristianos del v.5, por un lado, y Pablo y Bernabé, por el otro, con
la consiguiente división entre los fieles asistentes. Al fin, se levanta a hablar Pedro, quien había
dejado Jerusalén con ocasión de la persecución de Herodes (cf. 12:17), pero por este tiempo, según
vemos, estaba de vuelta en la ciudad.
El discurso de Pedro, que sólo nos ha llegado en resumen esquemático, parte del hecho
de la conversión de Cornelio (v.7-9), deduciendo que allí quedó ya claramente manifestada la
voluntad de Dios respecto del ingreso de los gentiles en la Iglesia, y que sería “tentarle” tratar de
exigir a éstos ahora las prescripciones mosaicas, yugo pesadísimo que ni los mismos judíos eran
capaces de soportar (v.10). Y aún va más lejos, añadiendo que no sólo los gentiles, sino incluso
los judíos que se convierten, se salvan por la “gracia de Jesucristo” y no por la observancia de la
Ley (v.11), expresión que parecería ser de San Pablo (cf. Rom 3:24; Gal 2:16; Ef 2:8-9). La idea
de la Ley como “yugo pesado,” que ningún judío había soportado íntegramente, la encontramos
también en otros lugares de la Escritura, en boca de Jesucristo (Jn 7:19), Esteban (7:53), Pablo
(Rom 2:17-24; Gal 5:1; 6:13); querer imponer ahora este “yugo” a los recién convertidos sería
“tentar a Dios” (v.10; cf. Mt 4:7), es decir, tratar de exigir de él nuevas señales de su voluntad,
siendo así que ya la había manifestado claramente en el caso de Cornelio, al enviar sobre él y
los suyos el Espíritu Santo sin exigirles para nada las prescripciones mosaicas 131.
Cuando Pedro terminó su discurso, “toda la muchedumbre calló” (v.12), es decir, cesaron
las discusiones y apreciaciones personales que habían prolongado la “discusión” precedente (cf.
v.7). Era el silencio de quien nada encuentra ya que objetar. Sólo se oía a Pablo y a Bernabé, que,
aprovechando la ocasión favorable, hablaban de los frutos recogidos por ellos entre los gentiles
(v.12; cf. 14:3.27), lo que confirmaba aún más la tesis de Pedro.
Discurso de Santiago, 15:13-21.
13 Luego que éstos callaron, tomó Santiago la palabra y dijo: 14 “Hermanos, oídme:
Simón nos ha dicho de qué modo Dios por primera vez visitó a los gentiles para consagrarse
de ellos un pueblo a su nombre. 15 Con esto concuerdan las palabras de los
profetas, según está escrito: 16 “Después de esto volveré y edificaré la tienda de David,
que estaba caída, y reedificaré su ruinas y la levantaré, 17 a fin de que busquen
los demás hombres al Señor, y todas las naciones sobre las cuales fue invocado mi
nombre, dice el Señor que ejecuta estas cosas, 18 conocidas desde antiguo.” 19 Por lo
cual, es mi parecer que no se inquiete a los que de los gentiles se conviertan a Dios,
20 sino escribirles que se abstengan de las contaminaciones de los ídolos, de la fornicación,
de lo ahogado y de sangre. 21 Pues Moisés desde antiguo tiene en cada ciudad
quienes lo expliquen, leyéndolo en las sinagogas todos los sábados.
De este Santiago, “hermano del Señor,” jefe de la comunidad jerosolimitana y presidente del
Concilio, ya se habló anteriormente (cf. 12:17). Como entonces hicimos notar, se trata, según
todas las probabilidades, de Santiago el Menor, uno de los apóstoles; ni sería fácil explicar su
4673
papel preponderante en esta reunión, al lado de Pedro y Juan (cf. Gal 2:9), de no ser un apóstol.
Era renombrado por su devoción a las observancias de la Ley (cf. 21:18-20; Gal 2:12), de él
habla en este sentido Eusebio, citando un testimonio de Hegesipo 132. Sin duda los judaizantes
del v.5, acobardados por el discurso de Pedro, concibieron ciertas esperanzas al ver que se levantaba
a hablar Santiago.
Su discurso es un modelo de equilibrio y, mientras por una parte confirmó la opinión que
se tenía de él como hombre muy ligado al judaísmo, por otra decepcionó grandemente la secreta
esperanza de los judaizantes. En sustancia se muestra totalmente de acuerdo con Pablo, en el sentido
de que no deben ser molestados con las prescripciones mosaicas los gentiles que se convierten
(v. 14-19); pero, de otra parte, como fervoroso admirador de las tradiciones de Israel, sugiere
que se les exija, para facilitar las buenas relaciones entre todos, étnico-cristianos y judíocristianos,
la abstención de cuatro cosas hacia las que los judíos sentían una repugnancia atávica,
conforme habían oído repetir constantemente en las sinagogas al explicarles la Ley de Moisés:
idolotitos, fornicación, ahogado y sangre (v,20-21; cf. 13:27). Tal parece ser la ilación entre los
v.20 y 21, insinuada por el “pues.” Cierto que la discusión tenía como objeto central el tema de
la circuncisión; pero Santiago, supuesta ya la no obligatoriedad de la circuncisión, creyó oportuno
añadir, por razones de convivencia social, cuatro exigencias.
De estas cuatro exigencias, recogidas luego en el decreto apostólico (v.29), ya hablaremos
entonces. Ahora baste añadir que Santiago, para demostrar su tesis, que es la de Pedro, parte
no como éste del hecho de la conversión de Cornelio, sino de las profecías. Viene a decir en sustancia
que lo que Pedro demostró partiendo de los hechos, es decir, la llamada de los gentiles a
la bendicion mesiánica estaba ya predicha en los profetas (v. 14-18); de donde, queda reforzada
la tesis de Pedro, de que no hay por qué imponer a los gentiles que se convierten la observancia
de la ley judía (v.16). El texto citado, a excepción de las últimas palabras, que estarían
tomadas de Is 45:27, o más probablemente son una reflexión del mismo Santiago, se halla en
Amos 9:11-12, conforme a la versión griega de los Setenta, bastante diferente del texto hebreo,
que lee: “a fin de que posean los restos de Edom..,” en lugar de: .”. busquen los demás seress
humanos al Señor..”138. Propiamente, lo mismo en una que en otra lección, lo que aquí se predice
es la conversión de las gentes en general, pero no se determina en qué condiciones, si ha de ser
sujetándose a las prescripciones mosaicas o quedando libres; por tanto, para que la prueba de las
profecías concluya, hay que unirla al hecho contado por Pedro. No conviene separar. De hecho,
el mismo Santiago parece establecer claramente esa unión (v.14-15). Se habla en plural “los profetas”
(v.15), aunque luego se haga referencia sólo a un profeta, igual que en 7:42 y 13:40; pues
es alusión a la colección de los doce profetas menores.
El decreto apostólico, 15:22-29.
22 Pareció entonces bien a los apóstoles y a los presbíteros, con toda la iglesia, escoger
de entre ellos, para mandarlos a Antio-quía con Pablo y Bernabé, a Judas, llamado
Barsabas, y a Silas, varones principales entre los hermanos,23 y escribirles por
mano de éstos: “Los apóstoles y presbíteros hermanos, a sus hermanos de la gentilidad
que moran en Antioquía, Siria y Cilicia, salud: 24 Habiendo llegado a nuestros
oídos que algunos, salidos de entre nosotros, sin que nosotros les hubiéramos mandado,
os han turbado con palabras y han agitado vuestras almas, 25 de común
acuerdo, nos ha parecido enviaros varones escogidos en compañía de nuestros amados
Bernabé y Pablo, 26 hombres que han expuesto la vida por el nombre de Nuestro
Señor Jesucristo. 27 Enviamos, pues, a Judas y a Silas para que os refieran de pala4674
bra estas cosas. 28 Porque ha parecido al Espíritu Santo y a nosotros no imponeros
ninguna otra carga, a excepción de estas cosas necesarias: 29 Que os abstengáis de
los idolotitos, de sangre y de lo ahogado, y de la fornicación, de lo cual haréis bien en
guardaros. Pasadlo bien.”
Terminado el discurso de Santiago, la cosa pareció ya suficientemente clara: a los cristianos procedentes
del paganismo no debe imponérseles la obligación de la circuncisión y demás prescripciones
de la Ley mosaica; pero, en atención a sus hermanos procedentes del judaísmo, con los
que han de convivir, deben abstenerse de ciertas prácticas (uso de idolotitos, sangre, ahogado,
fornicación), que para éstos, dada su educación, resultaban particularmente abominables. En ese
sentido está redactado el decreto, que suscriben con su autoridad los “apóstoles y presbíteros”
(v.23-29).
Es de notar la frase “ha parecido al Espíritu Santo y a nosotros” (v.28), con la que dan a
entender que toman esa decisión bajo la infalible guía del Espíritu Santo y no de Pedro (cf. 1:8;
Jn 14:26). La parte más positiva y fundamental del decreto está en las palabras “no imponer ninguna
otra carga..” (v.28). La frase es poco precisa; pero, dado el contexto, es lo suficientemente
clara para que veamos en ella una rotunda afirmación de que los gentiles que se convierten no
quedan obligados a la circuncisión ni, en general, a las prescripciones mosaicas. De eso era de lo
que se trataba (cf. v.2.6), y a eso se habían venido refiriendo Pedro y Santiago en sus discursos
(cf. v. 10.19); por tanto, en ese sentido ha de interpretarse la frase general: “no imponer ninguna
otra carga.” Además, el hecho de que públicamente se alabe en el decreto a Pablo y Bernabé (cf.
v.25-20) y se desautorice a los defensores de la obligatoriedad de la circuncisión (cf. v.24;
cf.15:1), nos confirma en la misma idea. Añádase el testimonio explícito de Pablo en su carta a
los Galatas, quien sólo recoge esta parte más positiva y fundamental de la decisión apostólica:
“ni Tito fue obligado a circuncidarse.., nada añadieron a mi evangelio.., nos dieron a mí y a Bernabé
la mano en señal de comunión” (Gal 2:3-9).
En cuanto a la parte negativa o disciplinar del decreto (v.29), se recogen las cuatro prohibiciones
que había aconsejado Santiago (cf. v.20). La única diferencia, aparte el cambio de orden
respecto de la “fornicación,” es que Santiago habla de “contaminaciones de los ídolos,” y aquí se
habla de “idolotitos”; en realidad se alude a la misma cosa, es decir, a las carnes sacrificadas a
los ídolos, parte de las cuales, en el uso de entonces, quedaban reservadas para el dios y sus sacerdotes,
pero otra parte era comida por los fieles, bien allí junto al templo o bien luego en casa,
e incluso era llevada para venta pública en el mercado. Santiago, para designar estas carnes, emplea
un término de sabor más judío, indicando ya en el nombre que se trataba de algo inmundo;
comer de ellas era considerado como una apostasía de la obediencia y culto debidos a Yahvé,
una especie de idolatría (cf. Ex 34:15; Núm 25:2). También estaba prohibido en la Ley de Moisés,
y los judíos lo consideraban como algo abominable, el uso de la sangre como alimento, pues,
según la mentalidad semítica, la sangre era la sede del alma y pertenecía sólo a Dios (cf. Gen 9:4;
Lev 3:17; 17:10; Dt 12:16; 1 Sam 14:32). Esta prohibición llevaba consigo otra, la de los animales
“ahogados” y muertos sin previo desangramiento (cf. Lev 17:13; Dt 12:16). Era tanta la fidelidad
judía a estas prescripciones y tanta su repugnancia a dispensarse de ellas, que todas tres
(idolotitos, sangre, ahogados) se hallaban incluídas en los preceptos de los hijos de Noé o “preceptos
noáquicos,” que, según la legislación rabínica, debían ser observados incluso por los no
israelitas que habitasen en territorio de Israel 139.
Referente a la “fornicación” (πορνεία), última de las cuatro prescripciones del decreto
apostólico (v.29), se ha discutido mucho sobre cuál sea el sentido en que deba interpretarse. Hay
bastantes autores que entienden esa palabra en su sentido obvio de relación sexual entre hombre
4675
y mujer no casados. Pero arguyen otros: si tal fuese el sentido, ¿a qué vendría hablar aquí de la
“fornicación”? Porque, en efecto, lo que se trata de resolver en esta reunión de Jerusalén es si los
étnicos-cristianos habían de ser obligados a la observancia de la Ley mosaica, conforme exigían
los judaizantes, o, por el contrario, debían ser declarados libres. Aunque la solución es que,
de suyo, no están obligados (v. 10.19.28), entendemos perfectamente que se prohiban los idolotitos,
sangre y ahogado, pues su uso era execrado por los judíos, incluso después que se habían
hecho cristianos, y es natural que, por el bien de la paz, se impusiesen también esas prescripciones
a los étnico-cristianos que habían de convivir con ellos. Ello no es otra cosa que la aplicación
de aquella condescendencia caritativa, que tan maravillosamente para circunstancias parecidas
expone San Pablo: “Si mi comida ha de escandalizar a mi hermano, no comeré carne jamás por
no escandalizar a mi hermano” (1 Cor 8:13). Pero la prohibición de la fornicación pertenece al
derecho natural, y aunque ciertamente era vicio muy extendido en el mundo pagano 140, no se
ve motivo para que se hable aquí de ella no sólo en el decreto apostólico (v.29), sino incluso en
el discurso de Santiago (v.20), de sabor totalmente judío. Por eso, muchos otros autores, y esto
parece ser lo más probable, creen que en este contexto la palabra “fornicación” tiene el sentido
particular de “uniones ilícitas según la Ley,” consideradas por los judíos como incestuosas (cf.
Lev 18:6-18) y muy execradas por ellos, en cuyo caso esta prohibición está en perfecta armonía
con las tres anteriores. Tanto más es aconsejable esta interpretación cuanto que en la Ley la
prohibición de matrimonios entre consanguíneos (Lcv 18:6-18) viene a continuación de las
prohibiciones de sacrificar a los ídolos (Lcv 17:7-8) y de comer sangre y ahogado (Lcv 17:10-
16), y todas cuatro prescripciones son exigidas no sólo a los judíos, sino incluso a los gentiles
que vivieran en territorio judío (cf. Lev 17:8. 10.13; 18:26). Santiago, y lo mismo luego el decreto
apostólico, no harían sino imitar esta práctica legal judía, adaptándola a una situación similar
de los cristianos gentiles que vivían en medio de comunidades judío-cristianas. Cierto que los
étnico-cristianos a quienes iba dirigido el decreto, no era fácil que entendieran la palabra “fornicación”
en ese sentido; pero para eso estaban los portadores de la carta, que eran quienes debían
promulgar y explicar el decreto (cf. v.25-27).
El decreto, aunque dirigido a las comunidades de “Antioquía, Siria y Cilicia” (v.23), tiene
alcance más universal, pues vemos que San Pablo lo aplica también en las comunidades de Licaonia
(16:4) y Santiago lo considera como algo de carácter general (21:25). Claro es que donde
las circunstancias sean distintas y no haya ya motivo de escándalo dicho decreto no tiene aplicación,
y, de hecho, San Pablo parece que muy pocas veces lo aplicó en las comunidades por él
fundadas. Con todo, dada la veneración suma con que se miraba el decreto apostólico, la observancia
de las cuatro prohibiciones se mantuvo largo tiempo en muchas iglesias, aunque no
hubiese ya motivo de escándalo, y así vemos que en el año 177 los mártires de Lyón declaran
que ellos, como cristianos, no podían comer sangre 141.
Para llevar el decreto 142 a Antioquía, Siria y Cilicia son elegidos algunos delegados que
acompañen a Pablo y a Bernabé, de los que explícitamente se nos dan los nombres: Judas, llamado
Barsabas, y Silas (v.22.27). De Judas no volvemos a tener ninguna otra noticia; Silas, en
cambio, aparecerá luego como compañero de San Pablo (cf. 15:40; 16:19; 17:4-10; 18:5), y parece
claro que debe identificarse con el Silvano nombrado en las epístolas paulinas (1 Tes 1:1; 2
Tes 1:1; 2 Cor 1:19).
Promulgación del decreto en Antioquía, 15:30-35.
30 Los enviados bajaron a Antioquía, y, reuniendo a la muchedumbre, les entregaron
la epístola, 31 que, leída, los llenó de consuelo” 32 Judas y Silas, que también eran
4676
profetas, con muchos discursos exhortaron a los hermanos y los confirmaron. 33 Pasado
allí algún tiempo, fueron despedidos en paz por los hermanos a aquellos que los
habían enviado. 34 Pero Silas decidió permanecer allí, y partió solamente Judas. 35
Pablo y Bernabé se quedaron en Antioquía, enseñando y evangelizando con otros
muchos la palabra del Señor.
El decreto apostólico es leído solemnemente en una “reunión pública” de la iglesia antioquena
(v.30). Sin duda que los dos comisionados, Judas y Silas, darían toda clase de ulteriores explicaciones,
conforme se les había encomendado (cf. v.27). El hecho es que los fieles antioquenos se
“llenan de consuelo” (v.31), con lo que se da a entender que quedaron tranquilos de que iban por
el buen camino y no tenían necesidad de sujetarse a la Ley mosaica, como se les había querido
imponer (cf. v.1.24).
No sabemos cuánto tiempo permanecieron en Antioquía Judas y Silas, “exhortando y
confirmando a los fieles” (v.32). El texto pone sólo la frase genérica de que, “pasado algún tiempo,
fueron despedidos en paz.. a aquellos que los habían enviado” (v.33). Lo de que “también
ellos eran profetas” (v.32), parece una alusión evidente a los “profetas y doctores” de 13:1 143,
Pablo y Bernabé, en cambio, se quedan en Antioquía “enseñando y evangelizando la palabra
del Señor” (v.35). Parece que fue durante este tiempo cuando tuvo lugar el incidente con
Pedro, de que se habla en Gal 2:11-14, pues Bernabé, que se halla también allí (cf. Gal 2:13), se
va a separar muy pronto de Pablo (cf. v.39) y no parece, a juzgar por los datos que tenemos, que
volvieran a estar nunca juntos en Antioquía. La razón de la omisión por San Lucas del incidente
se quedó simplemente en incidente sin otras consecuencias. Para Pablo, sin embargo, era oportuno
contarlo, pues ese “resistir a Pedro” era una prueba más de la independencia de su autoridad
apostólica, que venía defendiendo ante los Gálatas.
Segundo viaje misional de Pablo, 15:36-18:22.
Separación de Pablo y Bernabé, 15:36-41.
36 Pasados algunos días, dijo Pablo a Bernabé: Volvamos a visitar a los hermanos
por todas las ciudades en que hemos evangelizado la palabra del Señor, y veamos
cómo están. 37 Bernabé quería llevar consigo también a Juan, llamado Marcos; 38
pero Pablo juzgaba que no debían llevarle, por cuanto los había dejado desde Panfilia
y no había ido con ellos a la obra. 39 Se produjo una fuerte excitación de ánimo,
de suerte que se separaron uno de otro, y Bernabé, tomando consigo a Marcos, se
embarcó para Chipre, 40 mientras que Pablo, llevando consigo a Silas, partió encomendado
por los hermanos a la gracia del Señor. 41 Atravesó la Siria y la Cilicia,
confirmando las iglesias.
Abiertas las puertas del Evangelio a los gentiles, era necesario reemprender la obra de la predicación.
Así lo comprendió Pablo, y así lo indica a Bernabé (v.36).
Pero he aquí que surge entre ambos una discusión sobre si llevar con ellos o no a Marcos
(v.37-39). Este Marcos ya nos es conocido, pues les había acompañado al principio del anterior
viaje, y luego los había abandonado (cf. 13:5-13). La discusión debió ser muy viva, pues el texto
bíblico habla de “fuerte excitación de ánimo” (παροξυσμός). Sin duda que el conciliador Berna4677
bé (cf. 9:27) quería dar ocasión a su primo para que reparase su falta; pero Pablo, más severo (cf.
23:3; 2 Cor 10:1-11:15; Gal 1:6-3:4;), no quería exponerse a una nueva deserción.
La discusión, en vez de acabar en un acuerdo, acabó en una separación 144, dividiéndose
el campo que habían de visitar. Y mientras Bernabé, acompañado de Marcos, marcha a Chipre,
de donde era nativo, Pablo, tomando por compañero a Silas, emprende el viaje por tierra hacia
las ciudades de Licaonia y Pisidia anteriormente evangelizadas (v.39-40). No se crea, sin embargo,
que la separación dejara rastros de rencor, pues Pablo recordará siempre a Bernabé con deferencia
(cf. 1 Cor 9:6; Gal 2:9); y en cuanto a Marcos, del que la condescendencia de Bernabé logró
hacer un gran misionero, le vemos luego entre los colaboradores de San Pablo y muy apreciado
por éste (cf. Col 4:10; Flm 24; 2 Tim 4:11). De todos modos, Bernabé, una vez separado de
Pablo, desaparece de la historia de los orígenes del cristianismo, sin que Lucas vuelva a hablar de
él. Sólo leyendas tardías hablan de su predicación en Chipre y de que fue martirizado en Salamina,
cuyo sepulcro se habría encontrado no lejos de esta ciudad a fines del siglo v, en tiempos del
emperador Zenón.
Las primeras iglesias visitadas por Pablo, acompañado de Silas, son las de “Siria y Cilicia”
(v.41). La expresión es demasiado genérica, sin que sea fácil concretar de qué iglesias se
trata y por quién habían sido fundadas. Bien pudiera ser que hubieran sido fundadas por el mismo
Pablo durante su larga estancia en Tarso después de la conversión (cf. 9:30; 11:25), como
parece insinuarse en Gal 1:21. Desde luego, la existencia de comunidades cristianas en estas regiones
la hallamos atestiguada en el encabezamiento mismo del decreto apostólico (v.23). Es curioso
que aquí no se hable para nada del decreto apostólico, a pesar de que iba dirigido a estas
iglesias (cf. 15:23), y, sin embargo, se habla luego de él, al atravesar Licaonia (cf. 16:4). Es una
de las anomalías de que suelen hablar los críticos.
Llega Pablo a Licaonia acompañado de Silas, en Listra tornan por compañero a
Timoteo, 16:1-5.
1 Llegaron a Derbe y a Listra. Había allí un discípulo llamado Timoteo, hijo de una
mujer judía creyente y de padre griego, 2 muy elogiado por los hermanos de Listra e
Iconio. 3 Quiso Pablo que se fuera con él, y tomándole, le circuncidó a causa de los
judíos que había en aquellos lugares, pues todos sabían que su padre era griego. 4
Atravesando las ciudades, les comunicaba los decretos dados por los Apóstoles y
presbíteros de Jerusalén, encargándoles que los guardasen, 5 Las iglesias, pues, se
afianzaban en la fe y crecían en número de día en día.
Atravesado el Taurus por las “Ciliciae portae,” los dos viajeros, Pablo y Silas, llegan a Derbe y
luego a Listra (v.1), ciudades de Licaonia que habían sido ya evangelizadas en el anterior viaje
misional de Pablo (cf. 14:6-20). No quedan noticias de la estancia en Derbe; en cambio, de la
estancia en Listra nos queda la interesante noticia de la entrada de Timoteo en el séquito de Pablo
(v.2-5). Parece que Timoteo era entonces todavía bastante joven, pues unos trece o quince
años más tarde Pablo dirá de él que está aún en la juventud (cf. 1 Tim 4:12; 2 Tim 2:22). Probablemente
era huérfano de padre, habiendo sido educado por su madre, Eunice, y su abuela, Loide,
ambas fervientes judías (cf. 2 Tim 1:5; 3:15). Se había hecho cristiano, junto con su madre y
su abuela, durante la estancia anterior de Pablo en Listra; pero por ser hijo de padre gentil no estaba
circuncidado (v.3). Durante la ausencia de Pablo parece que se había mostrado cristiano
muy activo, pues es “elogiado por los hermanos de Listra e Iconio” (v.2).
Estos antecedentes contribuyeron a que Pablo pusiese en él los ojos y le eligiese entre sus
4678
colaboradores. Pero surgía una dificultad, la de que siendo hijo de mujer judía y estando incircunciso
hubiese sido considerado por los judíos como apóstata, y toda relación con ellos iba a
resultar imposible. Esto no podía agradar a Pablo, quien, como de costumbre (cf. 13:5; 14:1),
pensaba seguir dirigiendo primeramente su predicación a los judíos (cf. 16:13; 17:1-2; 18:4). Por
eso determina circuncidarle “a causa de los judíos que había en aquellos lugares” (v.3). Ello no
se opone a lo que había sostenido en el concilio de Jerusalén defendiendo la no obligatoriedad de
la circuncisión (cf. 15:2.12) y no permitiendo la circuncisión de Tito (cf. Gal 2:3-5), Pues allí era
cuestión de principio, es decir, si la circuncisión era o no necesaria para conseguir la salvación,
mientras que aquí no se trata de necesidad doctrinal, sino simplemente de norma práctica en cosa
de suyo indiferente (cf. Gal 5:6), haciéndose gentil con los gentiles y judío con los judíos, a fin
de ganar a todos para Cristo (cf. 1 Cor 9:20). Además, en el caso de Tito, los padres eran ambos
gentiles y no había ese motivo de escándalo que en el caso de Timoteo, hijo de mujer judía. Expresamente
dirán a Pablo más adelante los presbíteros de la iglesia de Jerusalén: “Ya ves, hermano,
cuántos millares de creyentes hay entre los judíos, y todos son celadores de la Ley.. Cuanto a
los gentiles que han creído, ya les hemos escrito..” (21:20-25). Es decir, los gentiles podían considerarse
libres de la circuncisión, y nadie tenía por qué extrañarse de que no la practicaran; los
judíos, en cambio, al menos en la iglesia de Jerusalén, seguían observando fielmente las prescripciones
mosaicas (cf. 15:11), y el no hacerlo con Timoteo hubiera traído especiales dificultades
para el apostolado entre ellos.
Dejada Listra, Pablo continúa su viaje, visitando las demás ciudades (Iconio y Antioquía
de Pisidia) evangelizadas en el viaje anterior, comunicándoles las decisiones de los apóstoles y
presbíteros en el concilio de Jerusalén (v.4-5).
A través del Asia Menor, 16:6-10.
6 Atravesaron la Frigia y el país de Galacia, impedidos por el Espíritu Santo de
anunciar la palabra en Asia. 7 Llegados a los confines de Misia, intentaron entrar en
Bitinia, mas tampoco se lo permitió el Espíritu de Jesús; 8 y pasando de largo por
Misia, bajaron a Tróade. 9 Por la noche tuvo Pablo una visión. Un varón macedonio
se le puso delante y, rogándole, decía: Pasa a Macedonia y ayúdanos. 10 Luego que
vio la visión, al instante buscamos cómo pasar a Macedonia, seguros de que Dios nos
llamaba para evangelizarlos.
Parece, aunque la narración de Lucas es demasiado concisa y no nos permite formarnos ideas
claras, que Pablo y sus compañeros, una vez visitadas las comunidades fundadas en el viaje anterior,
intentaron seguir adelante en dirección oeste, es decir, hacia la provincia procónsular de
Asia, muy poblada y llena de colonias judías, cuya capital era Efeso. Pero, impedidos por el Espíritu
Santo, se dirigieron hacia el norte y “atravesaron la Frigia y el país de Galacia” (v.6), llegando
hasta los confines de Misia, con intención de detenerse a predicar en Bitinia (v.7), pensando
sin duda en las importantes ciudades de Nicea y Nicomedia, donde había florecientes colonias
judías. También este su propósito es impedido por el Espíritu Santo (v.7), y entonces, atravesando
Misia, bajan hasta Tróade (v.8), importante puerto del mar Egeo, que era centro de comunicaciones
entre Asia Menor y Macedonia, a unos 18 kilómetros al sur de la antigua Troya
homérica. Evidentemente, el Espíritu Santo guiaba a los misioneros hacia Europa 145.
Los nombres de las regiones aquí señaladas por San Lucas nos son perfectamente conocidos,
lo que nos permite trazar esa reconstrucción del itinerario de Pablo a través de Asia Menor,
que acabamos de presentar. Hay, sin embargo, un punto oscuro, y es la expresión “país de
4679
Galacia” (v.7), que no todos interpretan de la misma manera. La expresión vuelve a aparecer más
adelante, en el itinerario del tercer viaje de Pablo, quien de nuevo atraviesa “el país de Galacia y
la Frigia” (18:23). No cabe duda que los destinatarios de la carta a los Calatas son los habitantes
de este “país de Galacia,” por el que en estos sus dos viajes atraviesa San Pablo; pero ¿cuál es
ese “país de Galacia”?
Sabemos que, en la época romana, Galacia era el nombre de una región en el centro de
Asia Menor, situada entre Bitinia al norte, Capadocia al este, Frigia al oeste, y Licaonia al sur.
Parece que debe su nombre a una tribu celta procedente de las Galias, que, a fines del siglo III a.
C., después de haber recorrido la península balcánica, atravesó el Helesponto y fue a establecerse
en esa región del Asia Menor. En el año 189 a. C., cuando los romanos comenzaban a extender
sus dominios por esas regiones, estuvieron en lucha con éstos, siendo vencidos por el cónsul
Cneo Manlio Vulso, aunque siguieron como reino independiente con ciertas limitaciones. Cuando
Pompeyo, en su expedición por Asia, años 66-62 a. C., reorganizó todas esas regiones, estableciendo
las provincias de Bitinia, Cilicia, etc., Galacia continuó, al igual que Armenia y Capadocia,
como reino independiente, aliado de los romanos, e incluso fue ensanchado su territorio a
costa de las regiones vecinas. Fue Augusto, en el año 25 a. C., quien, muerto el rey Aminta, la
convirtió en provincia romana, con capital en Ancira (hoy Ankara), y comprendiendo no sólo la
Galacia propiamente dicha, sino también territorios de Pisidia, Frigia, Licaonia, El carácter heterogéneo
de esta provincia queda claramente reflejado en alguna de las inscripciones encontradas
en nuestros días, las cuales, en vez de hablar simplemente de “legado de la provincia de Galacia,”
hablan de: Legatus.. provinciae Galatiae, Pisidiae, Phrygiae, Lycao-niae, Isauriae et Paphlagoniae
146.
A vista de estos datos, es fácil ya entender en qué está la discusión. Todo se reduce a
concretar si ese “país de Galacia,” por el que atraviesa San Pablo, es la región de Galacia propiamente
dicha, o se alude en general a la provincia romana de Galacia, que, además de la Galacia
etnográfica, incluía también otras regiones. En este último caso, el “país de Galacia” visitado
por San Pablo podía ser muy bien la parte meridional de la provincia de Galacia, en la que se
hallaban, además de otras, las ciudades de Listra, Derbe, Iconio y Antioquía de Pisidia, evangelizadas
ya en el primer viaje. Es la opinión que defienden bastantes autores modernos. Según ellos,
San Pablo no parece que subiera nunca hasta la Galacia propiamente dicha o Galacia etnográfica,
sino que visitó únicamente la parte meridional de la provincia de Galacia. Los habitantes de estas
regiones, y no los auténticos galatas, serían los destinatarios de la carta de San Pablo.
Creemos, sin embargo, mucho más probable, con la mayoría de los autores antiguos y
modernos, que el “país de Galacia” visitado por San Pablo es la verdadera Galacia etnográfica,
como insinúa la misma expresión “país de Galacia”; y, por consiguiente, que ésos son los destinatarios
de la carta a los Calatas. Téngase en cuenta, en efecto, que Pablo procedía de Derbe y
Listra (v.1-5), ciudades que pertenecían a la provincia de Galacia; al hablar, pues, a continuación,
de que atravesó “Frigia y el país de Galacia” (v.6), no puede entenderse simplemente de la
provincia de Galacia, en la que ya se hallaba, sino de otras regiones de la misma provincia.
Además, el término “gálatas,” conque designa en su carta a los habitantes de este país (Gal 3:1),
difícilmente podría ser aplicado a los habitantes de Pisidia o Licaonia, pues la incorporación administrativa
de estas regiones a la provincia de Galacia no suprimía en modo alguno su apelativo
particular de “pisidios” o “licaonios,” como muestran las inscripciones.
En este “país de Galacia” parece que Pablo, a juzgar por algunos datos de la carta a los
Gálatas, hubo de detenerse durante algún tiempo. Su intención debió de ser “atravesar” simplemente
esa región en dirección a Bitinia (v.6-7); pero una enfermedad le habría obligado a dete4680
nerse, sin que sepamos por cuánto tiempo, siendo ello causa de la evangelización de los gálatas
(cf. Gal 4:13-15). Terminada la estancia y misión entre los gálatas, intenta ir a Bitinia; pero, ante
la prohibición del Espíritu Santo, baja hasta el puerto de Tróade, donde tiene lugar la visión en
que se le indica su nuevo campo de trabajo (v.6-10).
Es de notar, aquí por primera vez en la narración de los Hechos 147, el uso de la primera
persona de plural: “buscamos cómo pasar a Macedonia, seguros de que Dios nos llamaba..”
(v.10); lo que quiere decir que Lucas, autor del libro, se presenta al menos desde este momento
como compañero de Pablo. La manera de entrar en escena: “al instante buscamos..,” parece suponer
cierta intimidad con el grupo que seguía al Apóstol, y que no se conocieron ahí por primera
vez. No consta si le hubiese acompañado ya desde Antioquía; lo más probable es que no, sino
que llegó a Tróade independientemente por asuntos personales. De hecho, parece que se queda
en Filipos, pues en 16:17 termina la narración en primera persona de plural, volviéndose luego a
unir al Apóstol años más tarde, cuando éste vuelve a pasar por esta ciudad (cf. 20:5-6). Hasta se
ha propuesto la hipótesis de que el “médico” Lucas (cf. Col 4:14), enterado de la enfermedad que
aquejó a San Pablo en Galacia, había ido en su busca, no alcanzándole sino cerca de Tróade.
Desde luego,' puede haber en esto su parte de fantasía, pero la cosa no es imposible.
Pasan los misioneros a Europa, deteniéndose en Filipos, 16:11-15.
11 Zarpando de Tróade, navegamos derechos a Samotracia; al día siguiente llegamos
a Neápolis, 12 de allí a Filipos, que es la primera ciudad de esta parte de Macedonia,
colonia romana, donde pasamos algunos días. 13 El sábado salimos fuera de la puerta,
junto al río, donde pensamos que estaba el lugar de la oración; y sentados hablábamos
con algunas mujeres que se hallaban reunidas. 14 Cierta mujer llamada Lidia,
temerosa de Dios, purpuraría, de la ciudad de Tiatira, escuchaba atenta. El Señor
había abierto su corazón para atender a las cosas que Pablo decía. 15 Una vez
que se bautizó con toda su casa, nos rogó diciendo: Puesto que me habéis juzgado
fiel al Señor, entrad en mi casa y quedaos en ella; y nos obligó.
El recorrido seguido por Pablo y sus acompañantes está indicado con todo detalle en los v.11-12.
De Tróade, en las costas de Asia, pasan a Neápolis, en las costas de Europa, salvando una distancia
de unos 230 kilómetros. Logran hacer la travesía en menos de dos días, e incluso es probable,
a juzgar por la lectura del texto, que hicieran una breve parada en Samotracia, pequeña isla situada
a mitad de camino. Debieron tener, pues, un tiempo muy favorable; pues para ese mismo recorrido,
en sentido inverso, tardarán en otra ocasión cinco días (cf. 20:6). De Neápolis suben a
Filipos, distante unos 15 kilómetros. Una ramificación de la famosa vía Egnatia 148 unía ambas
ciudades, y a buen seguro que ése fue el camino seguido por Pablo.
Era entonces Filipos ciudad bastante floreciente. Debía su nombre a Filipo, el padre de
Alejandro Magno, quien la había edificado en el lugar de un antiguo poblado llamado Krenides
(= fuentes), debido a las abundantes fuentes que lo rodeaban. Muy cerca de sus muros se dio la
célebre batalla en que los partidarios de César vencen a los asesinos del dictador, Bruto y Casio,
dando así fin para siempre a los últimos sueños de la libertad republicana. Sucedía esto en el otoño
del año 42 a. C., y los vencedores eran Antonio y Octavio. En recuerdo de esta victoria, después
de la derrota de Antonio en Accio (31 a. C.), Octavio, único dueño del imperio, elevó la
ciudad a la categoría de “colonia,” estableciendo en ella numerosos veteranos de sus tropas, con
todos los privilegios del “ius italicum.”149
La narración de Lucas, en perfecta consonancia con la historia profana, da expresamente
4681
a Filipos el título de “colonia romana” (v.12), y habla de “pretores” (στρατηγοί) y de “lictores”
(ραβδούχοι), que como a tal le correspondían (cf. v.20.22.35.38). Se dice también que es “la
primera ciudad de esta parte (πρώτη τής μερίδος) de Macedonia” (ν. 12), expresión oscura, cuyo
significado más probable es el de que, para quien entraba en Macedonia por Neápolis (ciudad
que hasta tiempos de Vespasiano perteneció a Tracia), era Filipos la primera ciudad que se encontraba.
Algunos autores, sin embargo, prefieren traducir “ciudad del primer distrito de Macedonia,”
leyendo πρώτης, en vez de πρώτη της, y viendo aquí una alusión a la división de Macedonia
en cuatro distritos hecha por el cónsul Pablo Emilio en el 168 a. C. 150. Otros, sin tantas
complicaciones, creen ver en el adjetivo “primera” (πρώτη) simplemente un término helenístico
de honor, equivaliendo más o menos a “insigne” o “preeminente,” con lo que desaparecería toda
dificultad. La cuestion es dudosa.
Los judíos debían de ser poco numerosos en Filipos, pues ni siquiera tenían un edificio
para sinagoga, reuniéndose los sábados para la oración en un lugar junto al río, fuera de la ciudad
(v.13). No podemos concretar si se tratase de un “oratorio” cubierto, o totalmente al aire libre. La
narración de Lucas llama a este lugar προσευχή, nombre que también nos es conocido por los
autores romanos 151. La vecindad del agua era necesaria para las diversas abluciones prescritas
por el judaismo.
A este lugar acude Pablo, conforme a su norma de comenzar la predicación dirigiéndose
primeramente a los judíos. No va a encontrar un auditorio numeroso, sino sólo “algunas mujeres,”
entre las que se hace mención especial de una llamada Lidia, “temerosa de Dios,” es decir,
pagana de nacimiento, pero afiliada al judaísmo (v.13-i4; cf. 10:2). Quizá el nombre Lidia,
más que nombre personal, fuera un sobrenombre geográfico, debido a que era natural de Tiatira,
ciudad de Lidia, en Asia Menor (cf. Apoc 2:18). La arqueología ha demostrado que era ésta una
ciudad en que florecía la industria de la púrpura, y la narración de Lucas dice precisamente que
Lidia, procedente de esa ciudad, era “purpuraría” (v.14).
La conversión de Lidia, al igual que en bastantes otros casos (cf. 10:44; 16:33; 18:8; 1
Cor 1:16), lleva consigo la de toda la familia (v.15). Debía estar en situación económica bastante
desahogada, y no le pareció justo que, teniendo ella una casa cómoda y espaciosa, los misioneros
que le habían dado la fe viviesen en pobres posadas de mercaderes, como seguramente lo estaban
haciendo Pablo y los suyos. De ahí su invitación a que “entrasen en su casa” (v.15). Pablo rehusa
la invitación, como claramente queda insinuado en ese “nos obligó” (v.15). Y es que era norma
del Apóstol Pablo no aceptar ayuda material de sus evangelizados (cf. 20:33-35; 1 Tes 2:9; 2
Tes 3:8; 1 Cor 9:15), y quería seguirla también en Filipos; pero, ante la delicada insistencia de
Lidia, fue preciso ceder. Más adelante, el mismo Apóstol recordará que sólo con los filipenses
había hecho excepción de esta norma (cf. 2 Cor 11:9; Flp 4:15), y es fácil suponer que la principal
suministradora de soporte y ayuda material seguía siendo la hospitalaria Lidia.
Prisión de Pablo y Silas, 16:16-24.
16 Aconteció que, yendo nosotros a la oración, nos salió al encuentro una sierva que
tenía espíritu pitónico, la cual, adivinando, procuraba a sus amos grandes ganancias.
17 Ella nos seguía a Pablo y a nosotros, y gritando decía: Estos hombres son
siervos del Dios Altísimo y os anuncian el camino de la salvación. 18 Hizo esto muchos
días. Molestado Pablo, se volvió y dijo al espíritu: En nombre de Jesucristo, te
mando salir de ésta, y en el mismo instante salió. 19 Viendo sus amos que había desaparecido
la esperanza de su ganancia, tomaron a Pablo y a Silas y los llevaron al
foro, ante los magistrados; 20 y presentándoselos a los pretores, dijeron: Estos hom4682
bres perturban nuestra ciudad, porque, siendo judíos, 21 predican costumbres que a
nosotros no nos es lícito aceptar ni practicar, siendo como somos romanos. 22 Toda
la muchedumbre se levantó contra ellos, y los pretores mandaron que, desnudos,
fueran azotados con varas, 23 y después de hacerles muchas llagas los metieron en la
cárcel, intimando al carcelero que los guardase con cuidado. 24 Este, recibido tal
mandato, los metió en el calabozo y les sujetó bien los pies en el cepo.
Es probable que entre el episodio inicial de la conversión de Lidia (v. 13-15) y este episodio de
la posesa, que motiva una persecución contra los misioneros (v. 16-24), pasase bastante tiempo.
La carta a los Filipenses habla de varios colaboradores que ayudaron a San Pablo en la evangelización
(cf. Flp 2:25; 4:3), y presupone allí una comunidad cristiana floreciente, con “obispos y
diáconos” a la cabeza (Flp 1:1), que no es fácil se formara sin una estancia más o menos prolongada
del Apóstol en la ciudad. San Lucas habría omitido los detalles de la fundación de esta iglesia,
saltando del episodio inicial, conversión de Lidia, al episodio final, que fue ocasión de que
los misioneros tuviesen que partir. Cierto que en el v.12 encontramos la expresión “algunos días,”
pero esta expresión, más que al tiempo total de estancia en Filipos, parece aludir claramente
a los días transcurridos hasta que se presentó ocasión favorable para comenzar a predicar la buena
nueva, que fue al primer sábado después de la llegada.
La joven esclava que tenía “espíritu pitónico” (v.16) era evidentemente, según se desprende
del modo de hablar de San Pablo, una posesa, cuyos oráculos y adivinaciones eran debidos
a influjo diabólico (v.18). San Lucas conserva la expresión “espíritu pitónico,” de origen pagano,
en sentido general de espíritu de adivinación, sin que el uso de esa expresión signifique, ni
mucho menos, que el evangelista creía en la existencia o realidad de Pitón 152. Los gritos de la
esclava, siguiendo a los misioneros (v.17), a pesar de que parecían ceder en alabanza de éstos, no
agradan a Pablo, quien no quería tales colaboraciones para la obra del Evangelio; de ahí que,
“molestado,” ordenara al demonio salir de la posesa (v.18). Algo parecido había hecho Jesucristo
en circunstancias similares (cf. Mc 1:25; 3:12; Lc 4:35).
Pero la cosa no acabó ahí. Inmediatamente surge la persecución contra los predicadores,
pues la posesa procuraba a sus amos grandes ganancias con sus adivinaciones, y ahora quedaba
cortada esa fuente de ingresos (v.1g). Claro que esa razón, igual que sucede en otras ocasiones
(cf. 19:24), no podía alegarse públicamente, pero era fácil inventar otras. El hecho es que los
amos de la esclava “cogen a Pablo y a Silas, y los llevan al foro ante los magistrados” (v.19). Las
acusaciones que contra ellos presentan están hábilmente escogidas: perturbación de orden público
y peligro para las instituciones romanas (v.20-21). Era natural que en una “colonia,” como era
Filipos (cf. v.12), orgullosa de su organización al estilo de Roma, estas acusaciones apareciesen
extraordinariamente graves. No se dice expresamente cuáles eran esas “costumbres” (v.21; cf.
6:14; 15:1; 21,21; 26:3; 28:17); pero se ve claro que los acusadores no hacen distinción entre
cristianos y judíos. Y aunque era cierto que los judíos podían practicar libremente su religión (cf.
18, 14:I5) no les conceden derecho a que traten de arrastrar a sus costumbres a los romanos. Por
eso, la muchedumbre se levantó enseguida contra ellos; y los jueces, dejados llevar sin duda por
esta excitación general y creyendo que se trataba de vulgares alborotadores, sin más interrogatorios
ni formalidades ordenaron el castigo de los azotes (v.22). Era la primera vez que autoridades
romanas se declaraban contra los predicadores de la nueva religión y la primera persecución
de la que no eran responsables los judíos. No sabemos por qué los ataques van dirigidos
sólo contra Pablo y Silas, sin que se haga mención de Timoteo ni de Lucas, que ciertamente
formaban también parte del grupo. Bien pudo ser porque Timoteo y Lucas no se hallasen presentes
cuando Pablo y Silas fueron apresados, o también porque los que interesaban eran únicamen4683
te los jefes.
Después de la pena de los azotes, Pablo y Silas son encarcelados y sometidos a una vigilancia
especial, con los pies bien “sujetos en el cepo” (v.23-24). La perspectiva era terrible, pues
los así encadenados sólo podían estar echados en el suelo, o a lo más sentados; y en este caso se
daba el agravante de que tenían el cuerpo totalmente llagado por los azotes. Más adelante, como
a algo que le ha quedado muy grabado, aludirá San Pablo a estos sufrimientos en Filipos (cf. 1
Tes 2:2).
Liberación milagrosa de los misioneros, 16:25-40.
25 Hacia medianoche, Pablo y Silas, puestos en oración, cantaban himnos a Dios, y
los presos los oían” 26 De repente se produjo un gran terremoto, hasta conmoverse
los cimientos de la cárcel, y al instante se abrieron las puertas y se soltaron los grillos.
27 Despertó el carcelero, y viendo abiertas las puertas de la cárcel, sacó la espada
con intención de darse muerte, creyendo que se hubiesen escapado los presos. 28
Pero Pablo gritó en alta voz, diciendo: No te hagas ningún mal, que todos estamos
aquí; 29 y pidiendo una luz se precipitó dentro, arrojándose tembloroso a los pies de
Pablo y de Silas. 30 Luego los sacó fuera y les dijo: Señores, ¿qué debo yo hacer para
ser salvo? 31 Ellos le dijeron: Cree en el Señor Jesús, y serás salvo tú y tu casa. 32 Le
expusieron la palabra de Dios a él y a todos los de su casa; 33 y en aquella hora de la
noche los tomó, les lavó las heridas, y enseguida se bautizó él con todos los suyos. 34
Subiólos a su casa y les puso la mesa, y se regocijó con toda su familia de haber creído
en Dios. 35 Llegado el día, enviaron los pretores a los carceleros con esta orden:
Pon en libertad a esos hombres. 36 El carcelero comunicó a Pablo estas órdenes: los
pretores han enviado a decir que seáis soltados. Ahora, pues, salid e id en paz. 37 Pero
Pablo les dijo: Después que a nosotros, ciudadanos romanos, nos han azotado
públicamente sin juzgarnos y nos han metido en la cárcel, ¿ahora en secreto nos
quieren echar fuera? No será así. Que vengan ellos y nos saquen. 38 Comunicaron
los lictores estas palabras a los pretores, que temieron al oír que eran romanos. 39
Vinieron y les presentaron sus excusas, y sacándolos, les rogaron que se fueran de la
ciudad. 40 Ellos, al salir de la cárcel, entraron en casa de Lidia y, viendo a los hermanos,
los exhortaron y se fueron.
Desde luego, debía resultar extraño a los presos de la cárcel de Filipos el que dos compañeros de
prisión, en un calabozo, a medianoche, en vez de imprecaciones y conjuros, interrrumpieron en
cantos de alabanza a Dios. Es lo que hacían Pablo y Silas, y en voz alta, pues los demás presos
“los oían” (v.25). Sin duda se acordaban de aquellas palabras del Señor: “bienaventurados cuando
os excomulguen y maldigan.. Alegraos en aquel día y regocijaos” (Lc 6:23). Pero no sólo debía
existir esa razón general. Probablemente se acordaban también de que, tal vez en casa de Lidia,
a esas mismas horas, los hermanos de Filipos estarían reunidos para celebrar, en medio de
oraciones y cánticos, la cena del Señor (cf. 20:7; 1 Cor 11:20; Ef 5:19; Col 3:16), y querían unirse
a ellos en la medida de lo posible.
Todavía resonaban esos cantos de alabanza a Dios, cuando de repente se produce un gran
terremoto, que conmueve los cimientos de la cárcel y “se abren las puertas y se sueltan los grillos”
(v.26). No cabe duda que Lucas presenta este terremoto como algo milagroso, de modo parecido
a 4:31, pues un terremoto ordinario no abre puertas y suelta grillos. El carcelero, al ver
abiertas las puertas de la cárcel, trata de suicidarse, pues supone que se han escapado los presos
4684
(v.27), quedando él expuesto a la infamia y a la pena de muerte (cf. 12:19). Tranquilizado por
Pablo, se arroja “tembloroso” a sus pies, arrepentido sin duda de haber tratado como vulgares
malhechores a enviados del cielo, e instruido en la nueva fe, “es bautizado él con todos los suyos”
(v.28-33; cf. 8:36-38). Y aún hace más: sube los dos prisioneros a su casa, “les pone la mesa,
y se regocija con toda su familia de haber creído en Dios” (v.34). Se ve claro que su conversión
fue total, pues no teme en exponerse a la muerte, tratando con tanta liberalidad a dos presos
respecto de los cuales había recibido el encargo de que los “guardase con cuidado” (cf. v.23). No
es improbable que esa cena, tan generosamente ofrecida por el carcelero a los dos presos, sirviese
al mismo tiempo para introducir a éste en el acto principal del culto litúrgico, la eucaristía, que
Pablo habría celebrado (cf. 20:7-11); pero, con certeza, nada puede afirmarse. El cambio de actitud
en el carcelero se debe evidentemente a la impresión recibida por lo del terremoto y escenas
subsiguientes, pero esa semilla caía en terreno ya en cierto modo preparado; pues podemos dar
por seguro que había oído hablar de la doctrina que los dos misioneros predicaban, y que, precisamente
por motivos de religión, habían sido metidos en la cárcel. El terremoto habría acabado
de abrirle los ojos, no pudiendo dudar que se trataba de una verdadera intervención divina en favor
de los dos encarcelados.
Ni fue sólo el carcelero el que cambió de actitud. Cambiaron también los jueces, que muy
de mañana envían orden a la cárcel de que sean puestos en libertad los dos presos (v.35). ¿Fue
también el terremoto lo que hizo cambiar de actitud a los jueces? Es probable que sí, sea que el
terremoto se dejase sentir también en la ciudad, sea que se enterasen de él por referencias 153. Pero,
aun prescindiendo del terremoto, es muy posible que los jueces, después de los acontecimientos,
reflexionaran sobre lo hecho, reconociendo que habían obrado con demasiada precipitación,
no muy en conformidad con las normas romanas (cf. 25:16), y quisiesen deshacerse de aquel
asunto, que podría ocasionarles serios disgustos. Y esto mucho más, si en el intermedio habían
recibido nuevas informaciones sobre los presos, que no eran precisamente dos vulgares perturbadores
del orden. Podemos incluso hasta suponer que en estas informaciones tuviese gran parte
Lidia, la cual no es creíble que se resignase a quedar inactiva, y, siendo mujer de consideración,
fácilmente podría llegar hasta los jueces.
La cosa, sin embargo, se complicó más de lo que esperaban los jueces, pues los dos prisioneros
no quisieron salir así, sin más, de la cárcel, sino que, alegando que eran ciudadanos romanos
154 y que habían sido azotados y encarcelados sin previo juicio, exigieron que vinieran los
jueces mismos a sacarlos (v.36-37). El efecto fue inmediato: los jueces, cediendo totalmente, van
en persona a la cárcel, presentan sus excusas, y les ruegan que se alejen de la ciudad (v.38-39).
Era lógico este miedo de los jueces, pues las leyes Valeria y Porcia prohibían bajo penas muy
severas atar o azotar a un ciudadano romano sin previo juicio 155. Y aquí no había habido ni siquiera
proceso. Las consecuencias podían ser muy graves y extenderse a toda la “colonia,” como
había sucedido en casos análogos. Precisamente no mucho tiempo antes, en el año 44, Claudio
había privado a los de Rodas de sus privilegios por haber crucificado ciudadanos romanos.
A alguno podrá parecer un poco extraño que los dos acusados hayan aguardado hasta este
momento para alegar su ciudadanía romana. Más adelante, en una ocasión parecida, San Pablo la
alega desde un principio, y con ello evita que le azoten (cf. 22:25). ¿P°r qué aquí no hizo lo mismo?
La respuesta puede ser dobLc. Es posible que de hecho trataran de alegarla, pero, como todo
sucedía en medio de un tumulto (cf. v.22), no lograran hacerse oír, interpretando los jueces sus
voces como las habituales lamentaciones de la gente condenada a los azotes; aunque también es
posible que prefiriesen dejar hacer y aceptar el sufrimiento por amor de Jesucristo (cf. 14:22; i
Tes 3:3; 2 Cor 7:4). Si ahora alegan su ciudadanía romana y exigen de los jueces una reparación
4685
pública, lo hacen, más que pensando en ellos, para salvaguardar delante de los paganos el crédito
moral, de la comunidad cristiana, que no convenía apareciese fundada por dos charlatanes aventureros,
caídos bajo el peso de la justicia y sacados secretamente de la cárcel.
Obtenida esa reparación, no tienen ya inconveniente en marchar. La comunidad cristiana
de Filipos quedaba asegurada, y Pablo tenía por norma no oponerse a las autoridades establecidas
(cf. Rom 13:1-7). Pero antes quiso saludar y despedirse de los hermanos, reunidos en casa de
Lidia (v.40). Lucas parece ser que se quedó en Filipos, pues en las narraciones siguientes no
vuelve a aparecer ya la primera persona de plural hasta cuando Pablo, en el tercer viaje misional,
de nuevo pasa por esta ciudad (cf. 20:5). En cuanto a Timoteo, la cosa es dudosa. Bien pudo ser
que, partidos Pablo y Silas, él, de momento, se quedara en Filipos; aunque, desde luego, debió
ser por muy poco tiempo, pues poco después le vemos con ellos en Berea (cf. 17:14). Además,
en Tesalónica, que es a donde se dirigen Pablo y Silas, Timoteo aparece luego como persona conocida
(cf. i y 2 Tes 1:1), y parece darse a entender que fue uno de los fundadores de aquella
comunidad.
En Tesalónica, 17:1-9.
1 Pasando por Anfípolis y Apolonia, llegaron a Tesalónica, donde había una sinagoga
de judíos. 2 Según su costumbre, Pablo entró en ella, y por tres sábados discutió
con ellos sobre las Escrituras, 3 explicándoselas y probando cómo era preciso que el
Mesías padeciese y resucitase de entre los muertos, y que este Mesías es Jesús, a
quien yo os anuncio. 4 Algunos de ellos se dejaron convencer, se incorporaron a Pablo
y a Silas, y asimismo una gran muchedumbre de prosélitos griegos y no pocas
mujeres principales. 5 Pero los judíos, movidos de envidia, reunieron algunos hombres
malos de la calle, promovieron un alboroto en la ciudad y se presentaron ante
la casa de Jasón buscando a Pablo y a Silas para llevarlos ante el pueblo. 6 Pero no
hallándolos, arrastraron a Jasón y a algunos de los hermanos y los llevaron ante los
politarcas, gritando: Estos son los que alborotan la tierra. Al llegar aquí han sido
hospedados por Jasón, 7 y todos obran contra los decretos del César, diciendo que
hay otro rey, Jesús. 8 Con esto alborotaron a la plebe y a los politarcas que tales cosas
oían; 9 pero habiendo recibido fianza de Jasón y de los demás, los dejaron ir libres.
De Filipos, siguiendo la vía Egnatia, los dos misioneros marchan a Tesalónica, pasando por Anfípolis
y Apolonia (v.1). No parece que se detuvieran a predicar en estas dos últimas ciudades, y
si se las menciona es sólo como etapas de viaje hasta Tesalónica, distante de Filipos unos 150
kilómetros.
Era Tesalónica ciudad de gran movimiento comercial, a cuyo puerto llegaban naves procedentes
de todos los puntos del Mediterráneo. Era la sede del gobernador romano de la provincia
de Macedonia. La ciudad había sido fundada por Casandro, en el 315 a. G., que le dio ese
nombre en honor de su mujer Tesalónica, hermana de Alejandro Magno. Ya bajo el dominio romano,
Augusto la había declarado “ciudad libre,” como recompensa por la ayuda que le prestó
antes de la batalla de Filipos. Estaba gobernada, al igual que toda “ciudad libre” entre los romanos,
por una asamblea popular (δήμοε), a cuyo frente estaban cinco o seis magistrados, que San
Lucas llama “politarcas” (v.6-8), término que no conocíamos por los autores profanos, pero que
ahora las inscripciones arqueológicas han demostrado que era el usual en Macedonia y regiones
limítrofes, con lo que se confirma la exactitud histórica de los Hechos y la buena información de
4686
San Lucas. Su población era una mezcla de griegos, romanos y judíos, en proporción que no es
fácil determinar. Desde luego, la colonia judía debía de ser bastante numerosa, pues poseían una
sinagoga (v.1). También en la actual Thessaloniki son muy numerosos los judíos, aunque procedentes
en su mayoría de los expulsados de España por los Reyes Católicos.
Los dos misioneros se hospedaron en casa de un tal Jasón (v.6), personaje que debía de
ser muy conocido, pues, al contrario que en otras ocasiones (cf. 18:2; 21:16), se introduce su
nombre en el relato sin ninguna explicación (v.5). Es posible que sea aquel mismo del que San
Pablo envía saludos a los romanos, escribiendo desde Gorinto, y que pone entre sus “parientes,”
o sea, de la misma tribu (cf. Rom 16:21). A fin de no ser gravosos a nadie, trabajaban día y noche,
como el mismo Pablo recordará más tarde (cf. i Tes 2:9; 2 Tes 3:8); y ni aun así debía sobrarles
mucho, pues hubieron de aceptar ayuda material de los de Filipos (cf. Flp 4:16). Probablemente
ese trabajo manual era el de “fabricación de tiendas,” igual que luego en Corinto (cf.
18:3).
Como de costumbre, Pablo comienza su predicación por los judíos, acudiendo durante
tres sábados a la sinagoga para “discutir con ellos sobre las Escrituras” (v.2). En tres puntos insistía
sobre todo: que el Mesías, contrariamente a las creencias tradicionales judías, tenía
que padecer; que debía resucitar; y que ese Mesías era Jesús de Nazaret (v.3). El resultado
fue que “algunos de ellos se dejaron convencer, y se incorporaron a Pablo y Silas” (v.4). Entre
ellos habrá que poner a Segundo y a Aristarco, que, más adelante, aparecerán como colaboradores
de San Pablo (cf. 20:4; Gol 4:10). Sin embargo, no debieron de ser muchos los convertidos,
pues las dos cartas que luego escribirá Pablo a esta comunidad de Tesalónica dan la impresión de
que estaba compuesta, si no exclusivamente, al menos en su inmensa mayoría, de cristianos
procedentes del gentilismo (cf. 1 Tes 1:9; 2:14-16).
De éstos dice San Lucas que se convirtió “una gran muchedumbre” (v.4). No es probable
que la conversión de esa “muchedumbre” haya tenido lugar únicamente durante ese período de
los tres sábados aludidos antes (v.3-4). Creemos que esos “tres sábados” pueden referirse más
bien al tiempo de discusión con los judíos, sin que ello implique necesariamente que la permanencia
de Pablo en Tesalónica no fuese más larga. Habría sucedido aquí algo parecido a lo que
sucedió en Antioquía de Pisidia (cf. 13:46-49) y sucederá también luego en Gorinto (cf. 18:6-7)
Y en Efeso (cf. 19:8-10), es decir, que, rechazado por los judíos, Pablo habría seguido en Tesalónica
dedicado a la predicación entre los gentiles; pues es difícil que en sólo tres semanas se
hubiera formado esa comunidad cristiana tan floreciente, que suponen las cartas a los Tesalonicenses
(cf. 1 Tes 1:3-8). Lucas, sin descender a detalles sobre esta segunda etapa de la labor misional
de San Pablo, se habría contentado con añadir que “se convirtió también una gran muchedumbre
de prosélitos griegos 156 y no pocas mujeres principales.”
No tardó, sin embargo, en surgir la persecución. Como antes en Antioquía de Pisidia (cf.
13:45), también ahora los judíos “se llenan de envidia” ante el éxito de la predicación de Pablo
con los gentiles (v.5). Con pena lo recordará más tarde el Apóstol al escribir a los Tesalonicenses
(1 Tes 2:16). Los hombres de que se valen para provocar el alboroto son esos maleantes, gente
desocupada, que merodean por las plazas, dispuestos a ir con el que más pague. Ellos son los
que, azuzados por los judíos, se dirigen a la casa de Jasón en busca de Pablo y de Silas, y, al no
hallarlos, “arrastran a Jasón y a algunos de los hermanos,” llevándolos ante los “politarcas” o
magistrados de la ciudad (v.5-6; cf. 19:31). Las acusaciones, que lanzan, a gritos, son graves: que
perturban el orden (v.6; cf. 24:5) y que obran contra los decretos del César, diciendo que hay
otro rey, Jesús (v.7; cf. 25:8). En sustancia son las mismas acusaciones que habían sido lanzadas
ya contra Jesús mismo (cf. Lc 23:2; Jn 19:12). Es posible que Pablo, en sus predicaciones,
4687
hablara alguna vez de reino mesiánico (cf. 19:8; 28:23), o de alguna otra manera se refiriera a
Jesús como rey; pero lo que él decía en sentido espiritual, sofísticamente lo convierten en acusación
política. Los magistrados, sin embargo, no se precipitan, como antes habían hecho los de
Filipos (cf. 16:22). Sin duda se dieron perfecta cuenta del valor de aquellas acusaciones en boca
de gente maleante, que muestra tanto celo por la tranquilidad pública y por el César; y como, por
otra parte, tampoco podían mostrarse indiferentes ante acusaciones tan graves, se contentan con
“exigir fianza de Jasón y de los demás,” y los dejan ir libres (v.8-9). No se dice en qué consistió
esa “fianza”; probablemente bastó una promesa formal, con depósito quizá de algún dinero, de
que no perturbarían la paz pública ni maquinarían contra el Estado.
Con todo, para evitar nuevos desórdenes, aquella misma noche Pablo y Silas parten para
Berea (v.10). Algo se debieron de calmar los ánimos, aunque no del todo; pues, a juzgar por lo
que dice el Apóstol en su carta a los Tesalonicenses, la persecución debió de seguir (cf. 1 Tes
2:14).
En Berea, 17:10-15.
10 Aquella misma noche los hermanos encaminaron a Pablo y a Silas para Berea. Así
que llegaron, se fueron a la sinagoga de los judíos. 11 Eran éstos más nobles que los
de Tesalónica, y recibieron con toda avidez la palabra, consultando diariamente las
Escrituras para ver si era así. 12 Muchos de ellos creyeron, y además mujeres griegas
de distinción y no pocos hombres. 13 Pero en cuanto supieron los judíos de Tesalónica
que también en Berea era anunciada por Pablo la palabra de Dios, vinieron allí y
agitaron y alborotaron a la plebe. 14 Al instante los hermanos hicieron partir a Pablo,
camino del mar, quedando allí Silas y Timoteo” 15 Los que conducían a Pablo le
llevaron hasta Atenas, recibiendo de él encargo para Silas y Timoteo de que se le reuniesen
cuanto antes.
Es posible que la intención de Pablo fuera continuar sirviéndose de la vía Egnatia y, una vez
evangelizada Tesalónica, seguir hasta Dirraquio y Roma (cf. Rom 1:13; 15:22). Pero la manera
como hubo de salir de aquella ciudad habría inducido a los fieles tesalonicenses a “encaminarle
hacia Berea” (v.10), ciudad un poco a trasmano, oppidwn devium, como la llama Cicerón 157.
Allí, al menos de momento, quedaba más en la sombra, libre de las persecuciones de sus enemigos.
Distaba Berea de Tesalónica unos 8o kilómetros. Un poco más al sur se hallaba el majestuoso
Olimpo. Como de costumbre (cf. 13:5), Pablo comenzó por presentarse en la sinagoga,
donde fue bien recibido; pues, al decir de San Lucas, los judíos de Berea eran “más nobles de
espíritu que los de Tesalónica” y, ávidos de conocer la verdad, “consultaban diariamente las Escrituras”
para ver si era así como Pablo decía (v.11).
No sabemos cuánto tiempo duró este apostolado tranquilo en Berea, Lo que sí se nos dice
es que el trabajo fue fructífero, y no sólo se convirtieron “muchos judíos,” sino también “mujeres
griegas de distinción y no pocos hombres” (v.1a). Entre ellos habrá que poner, sin duda, a Sópatros,
que más tarde acompañará a Pablo en un viaje a Jerusalén (cf. 20:4). Pero la consabida persecución
de parte de los judíos no podía faltar. Efectivamente, enterados los judíos de Tesalónica
de que Pablo estaba predicando en Berea, envían allá comisionados que logran alborotar la ciudad
(v.13). A fin de prevenir ulteriores complicaciones, los hermanos de Berea hacen partir a Pablo
camino del mar, acompañándole hasta Atenas (v.14-15).
No es fácil concretar si este viaje hasta Atenas fue por mar o por tierra. La frase de San
4688
Lucas que en el texto hemos traducido por “camino del mar” (εως επί την Χάλασαν) no resuelve
la cuestión. Bien pudo ser que llegaran “hasta el mar,” como parece decir el texto, pero no para
embarcarse, sino para tomar la vía que bajaba desde Tesalónica a lo largo de la costa y que luego
se internaba en Tesalia y llegaba hasta Atenas 158. Así se explicaría mejor lo que se dice en el
versículo siguiente de que “los que conducían a Pablo le llevaron hasta Atenas,” pues tratándose
de un viaje marítimo no se ve, una vez tomado el barco, qué razón de ser podía tener ese acompañamiento
para tener que volver luego el punto de partida. Con todo, la mayoría de los autores
se inclinan a suponer que el viaje fue por mar, dado que para éste bastaban tres días, mientras
que por tierra se necesitaban al menos doce. No hay datos suficientes para una solución definitiva.
Una vez en Atenas, Pablo, al despedir a sus acompañantes, les encarga que dijeran a Silas
y a Timoteo que vinieran cuanto antes a reunirse con él (v.15). Estos se habían quedado en Berea
(v.14), no sabemos por qué. Quizá para terminar de organizar aquella comunidad y para seguir
de cerca en contacto con la de Tesalónica, que Pablo llevaba tan en el corazón. Lo cierto es que
ahora quiere que vayan cuanto antes a reunirse con él, y así lo encarga.
Pero ¿cuándo se reunieron de hecho con Pablo? Si atendemos a la narración de los
Hechos, parece ser que no en Atenas, donde sólo se habla de Pablo (17:16.34; 18:1), sino más
tarde, en Corinto (18:5). Sin embargo, a esto parece oponerse lo que el mismo Pablo dice en su
carta a los Tesalonicenses: “No pudiendo sufrir más, determinamos quedarnos solos en Atenas, y
enviamos a Timoteo.. para confirmaros y exhortaros en vuestra fe” (i Tes 3:1-2). Evidentemente
se trata de esta estancia en Atenas que siguió a su salida de Berea, y parece claro que Timoteo
estaba con él, pues dice que lo envían a Tesalónica, aun a trueque de “quedar solos.” Más aún, el
plural “enviamos a Timoteo..” nos inclinaría a suponer que también estaba Silas, pues la carta
está escrita en nombre de los tres (cf. 1 Tes 1:1).
Diversas hipótesis se han propuesto a fin de armonizar estas noticias. Suponen muchos
que Timoteo y Silas se reunieron efectivamente con Pablo en Atenas, conforme a la orden recibida;
pero después Timoteo fue enviado a Tesalónica, y Silas a otra parte, quizá a Filipos o a Berea,
volviendo luego a bajar juntos a encontrarse con el Apóstol, cuyo encuentro habría tenido
lugar en Corinto. Desde luego, la hipótesis es posible. Con todo, la noticia de Lucas en 18:5,
anunciando la llegada de Timoteo y Silas, parece hacer referencia claramente a 17:14-15, sin dejar
lugar al encuentro de Atenas. Por eso, juzgamos más fundado explicar todo suponiendo una
contraorden de Pablo, quien, ante nuevas noticias recibidas, habría mandado aviso a Timoteo de
que, antes de venir a juntarse con él, fuera a Tesalónica a tranquilizar aquella iglesia. Algo parecido
habría hecho con Silas. El plural “enviamos” (1 Tes 3:2) podría explicarse, aunque esté solamente
refiriéndose a Pablo, como acontece en otros lugares (cf. 2 Cor 10:7-11; 13:1-6). La
misma expresión: “determinamos quedarnos solos..,” tiene así mucha más fuerza que si incluimos
también a Silas.
Pablo, en Atenas, 17:16-21.
16 Mientras Pablo los esperaba en Atenas, se consumía su espíritu viendo la ciudad
llena de ídolos. 17 Disputaba en la sinagoga con los judíos y los prosélitos, y cada día
discutía en la plaza con los que le salían al paso. 18 Ciertos filósofos, tanto epicúreos
como estoicos, conferenciaban con él, y unos decían: ¿Qué es lo que propala este
charlatán? Otros contestaban: Parece ser predicador de divinidades extranjeras;
porque anunciaba a Jesús y la resurrección. 19 Y tomándole, le llevaron al Areópago,
diciendo: ¿Podemos saber qué nueva doctrina es esta que enseñas? 20Pues eso es
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muy extraño a nuestros oídos; queremos saber qué quieres decir con esas cosas. 21
Todos los atenienses y los forasteros allí domiciliados no se ocupan en otra cosa que
en decir y oír novedades.
Esta página de los Hechos sobre la estancia de Pablo en Atenas es una de las descripciones más
realistas que se conservan sobre la vida de la Atenas de entonces. Aunque había descendido mucho,
pues ya no era ni siquiera capital de la provincia romana, la ciudad conservaba aún vestigios
de su antigua grandeza. Por todas partes se veían monumentos, templos, estatuas, y a ella acudían
extranjeros de todas las partes del mundo, amantes de la cultura 159.
En su agora famosa, situada a los pies del Areópago y próxima a la Acrópolis, se discutía
de todo. Allí se encontraba el pórtico, la Estoa, que dio a los estoicos su nombre. De ellos, juntamente
con los epicúreos, habla expresamente San Lucas (v.18). Eran dos escuelas filosóficas
rivales, entonces muy en boga, los estoicos, que profesaban un panteísmo materialista, penetrados
de una elevada idea del deber y aspirando a vivir de acuerdo con la razón, indiferentes ante
el dolor, y los epicúreos, también materialistas, pero menos especulativos, que ponían el fin de la
vida en buscar prudentemente el placer. A los atenienses agradaba oír estas discusiones de sus
filósofos, acudiendo diariamente al agora, donde podían oír además las últimas novedades traídas
por extranjeros que allí llegaban. La frase de San Lucas a este respecto, en total armonía con las
fuentes profanas 160, es sumamente expresiva: “Todos los atenienses y los forasteros allí domiciliados
no se ocupan en otra cosa que en decir y oír novedades” (v.21).
La impresión de San Pablo, al entrar en Atenas, fue de indignación y profundo dolor: “se
consumía su espíritu viendo la ciudad llena de ídolos” (v.16). Todos aquellos templos, estatuas y
monumentos no eran simplemente creaciones artísticas, como lo son hoy después de haber quedado
vaciados de todo contenido religioso, sino que eran testimonios de la idolatría triunfante,
ídolos en servicio activo, blasfemias permanentes contra el Dios verdadero, y eso no podía
menos de exasperar su espíritu de apóstol de Cristo. Como de costumbre (cf. 13:5), Pablo comenzó
su predicación en la sinagoga antes que en ningún otro lugar (v.17), pero parece que
los resultados no debieron de ser muy espléndidos, pues el texto no añade dato alguno. Debió de
tener más bien una acogida fría, dirigiéndose entonces al agora y hablando a “todos los que les
salían al paso” (v.17). Tampoco en estos paseantes del agora debió de encontrar Pablo mucho
entusiasmo, dado el silencio de la narración a este respecto y el escaso resultado final con que
tuvo que salir de Atenas (cf. v.34). Los únicos que, a título de curiosidad, parecieron interesarse
algo por la predicación de Pablo fueron “algunos filósofos epicúreos y estoicos” (v.18), a quienes
debían de sonar a nuevo las cosas que Pablo decía. Se le designa con el despectivo nombre de
“charlatán” 161, con el que parecen querer dar a entender que, aunque bien provisto de palabras,
carecía de verdadero pensamiento filosófico. Sobre todo les sonaba a nuevo eso de “Jesús y la
resurrección,” de que hablaba Pablo (v.18), viendo probablemente en esos dos términos (Jesús-
Resurrección) una pareja normal de dioses, varón y hembra, análoga a tantas otras de las que poblaban
sus templos. Por eso, para poder oírle mejor, libres del ruido de la multitud, le llevan al
Areópago, colina situada al sur del agora, donde, según la leyenda, se habían reunido los dioses
para juzgar a Marte y donde, en tiempos antiguos, tenía sus sesiones el tribunal supremo de Atenas
162. Es posible que este lugar, entonces solitario, sirviera a estos filósofos corrientemente para
sus disputas filosóficas. Ahí va a tener Pablo su discurso. No parece que fueran muchos los oyentes,
sino un pequeño grupo de “filósofos epicúreos y estoicos que deseaban saber qué quería decir
con esas cosas” que predicaba en el agora (v. 18-20).
4690
Discurso en el Areópago, 17:22-34.
22 Puesto en pie Pablo en medio del Areópago, dijo: “Atenienses, veo que sois sobremanera
religiosos; 23 porque al pasar y contemplar los objetos de vuestro culto,
he hallado un altar en el cual está escrito: Al dios desconocido. Pues eso que sin conocerlo
veneráis es lo que yo os anuncio. 24 El Dios que hizo el mundo y todas las cosas
que hay en él, ése, siendo Señor del cielo y de la tierra, no habita en templos
hechos por mano de hombre, 25 ni por manos humanas es servido, como si necesitase
de algo, siendo El mismo quien da a todos la vida, el aliento y todas las cosas. 26 El
hizo de uno todo el linaje humano, para poblar toda la haz de la tierra; El fijó a los
pueblos los tiempos establecidos y los límites de su habitación, 27 para que busquen a
Dios y siquiera a tientas le hallen, que no está lejos de nosotros, 28 porque en El vivimos
y nos movemos y existimos, como algunos de vuestros poetas han dicho:
“porque somos linaje suyo.” 29 Siendo, pues, linaje de Dios, no debemos pensar que
la divinidad es semejante al oro o a la plata o a la piedra, obra del arte y del pensamiento
humano. 30 Dios, disimulando los tiempos de la ignorancia, intima ahora en
todas partes a los hombres que todos se arrepientan, 31 por cuanto tiene fijado el día
en que juzgará a la tierra con justicia, por medio de un Hombre, a quien ha constituido
juez, acreditándole ante todos por su resurrección de entre los muertos. 32
Guando oyeron lo de la resurrección de los muertos, unos se echaron a reír, otros dijeron:
Te oiremos sobre esto otra vez. 33 Así salió Pablo de en medio de ellos. 34 Algunos
se adhirieron a él y creyeron, entre los cuales estaban Dionisio Areopagita y
una mujer de nombre Damaris y otros más.
Es admirable este discurso de Pablo, lo mismo por la doctrina que contiene como por la habilidad
con que la presenta. La conclusión a que trata de llegar será la misma de siempre, la de que
sus oyentes crean en el mensaje de bendiciones traído por Jesucristo (v.31); pero aquí, al
contrario que en sus discursos ante auditorio judío (cf. 13:16-41; 17:3), el camino no va a ser sobre
la base de citas de Sagrada Escritura, sino a base de abrir los ojos ante el mundo que nos rodea,
creado y ordenado maravillosamente por Dios,
Comienza, conforme era norma en la oratoria de entonces, con una caplatio benevolentiae,
elogiando a sus oyentes como “sumamente religiosos” (v.22). Le da pie a ello la inscripción
que al pasar por las calles de Atenas acababa de leer en un ara: “Al dios desconocido” (v.23). Esa
misma inscripción le sirve también para entrar suavemente en materia: “Eso que sin conocer veneráis
es lo que yo os anuncio.”162
Su discurso puede resumirse así: Dios, creador de todas las cosas y de los hombres, puede
y debe ser conocido por éstos (v.24-28); pero, de hecho, los hombres no le han conocido, adorando
en cambio estatuas de oro, de plata y de piedra (v.29). Son los “tiempos de la ignorancia”
(ν.30). Dios, sin embargo, y aquí deja Pablo el campo de la razón natural para entrar en el de la
revelación sobrenatural, no se ha desentendido del mundo, sino que, fingiendo no ver esos
“tiempos de ignorancia” para no tener que castigar, manda a todos los seres humanos que “se
arrepientan,” enviando al mundo a Jesucristo, a quien ha constituido juez universal, cuya misión
ha quedado garantizada por su resurrección de entre los muertos (v.30-31).
Las dos ideas fundamentales que Pablo hace resaltar en este discurso, conocimiento de
Dios por la sola razón natural e importancia de la resurrección de Cristo para la credibilidad del
Evangelio, las encontramos de nuevo claramente en sus cartas (cf. Rom 1:19-23; 1 Cor 15:14-
4691
15). También podemos ver en ellas, al menos insinuadas, esas otras ideas subalternas de la unidad
de la especie humana y de la providencia de Dios en la historia, señalando a cada pueblo la
duración de su existencia y los límites de sus dominios (v.26; cf. Rom 5:12-21; Ef 1:10-11). Parece
que, mientras Pablo se mantuvo en el terreno filosófico, como fue a lo largo de toda la primera
parte (v.24-29), sus oyentes le escucharon con más o menos curiosidad y atención. Incluso
les agradarían esas citas de poetas griegos, de las que se vale para recalcar la idea de que Dios no
está lejano a nosotros, como algo a que no es posible llegar, sino que vivimos como inmersos en
él y somos linaje suyo v.13. Pero, al entrar en la segunda parte del discurso (v.30-31), que para
Pablo era la más esencial, la cosa cambió totalmente. Comenzaba el elemento sobrenatural, y de
esto aquellos orgullosos filósofos ni siquiera quisieron oír. La manera como lo cuenta San Lucas
no puede ser más expresiva: “Cuando oyeron lo de la resurrección de los muertos, unos se echaron
a reír, otros dijeron: Te oiremos sobre esto otra vez” (v.32). Y Pablo ni siquiera pudo continuar
el discurso.
La impresión que debió de causar en San Pablo este fracaso de Atenas tuvo que ser tremenda.
Era la primera vez que se encontraba el mensaje cristiano con los representantes de la
cultura paga-y el encuentro no pudo ser más desesperanzador. Pablo había intentado valerse incluso
de las armas del buen decir, como lo muestran el exordio de su discurso y las alusiones a
antiguos poetas griegos, y como resultado obtiene, no ya oposición y ataque, cosa que hubiera
llevado mejor, sino la indiferencia más absoluta, con ese aire de superioridad despectiva que están
rezumando aquellas frases: “unos se echaron a reír, y otros dijeron: Te oiremos sobre esto
otra vez.” A buen seguro que este fracaso de Atenas contribuyó grandemente a que, en adelante,
rechace en su predicación como inútiles las “artificiosas palabras” y los “persuasivos discursos
de sabiduría humana,” pues “plugo a Dios salvar a los hombres por la locura de la predicación”
(cf. 1 Cor 1:17.21; 2:4).
A pesar del fracaso, todavía logró convertir algunos, entre los cuales “estaban Dionisio
Areopagita y una mujer llamada Damaris” (v.34). Nada más sabemos de esta mujer Damaris.
Tampoco sabemos apenas nada de Dionisio Areopagita, quien, a juzgar por el sobrenombre, debía
de ser miembro del Areópago. Eusebio dice que fue el primer obispo de Atenas 164, y una leyenda
posterior lo identificó con otro Dionisio, obispo de París, martirizado en 250. Durante mucho
tiempo se le atribuyeron diversos tratados teológico-místicos, que gozaron de gran difusión
en la Edad Media, y que aparecen bajo su nombre; pero hoy está demostrado que esos escritos no
son anteriores al siglo V.
Pablo, en Corinto, 18:1-11.
1 Después de esto, Pablo se retiró de Atenas y vino a Corinto. 2 Allí encontró a un
judío llamado Aquila, originario del Ponto, recientemente llegado de Italia con Priscila,
su mujer, a causa del decreto de Claudio que ordenaba salir de Roma a todos
los judíos. Pablo se unió a ellos; 3 y como era del mismo oficio que ellos, se quedó en
su casa y trabajaban juntos, pues eran ambos fabricantes de tiendas. 4 Los sábados
disputaba en la sinagoga, persuadiendo a los judíos y a los griegos. 5 Mas luego que
llegaron de Macedonia Silas y Timoteo, se dio del todo a la predicación de la palabra,
testificando a los judíos que Jesús era el Mesías. 6 Como éstos le resistían y blasfemaban,
sacudiendo sus vestiduras, les dijo: Caiga vuestra sangre sobre vuestras
cabezas; limpio soy yo de ella. Desde ahora me dirigiré a los gentiles. 7 Y salió, yéndose
a la casa de un prosélito de nombre Ticio Justo, que vivía junto a la sinagoga. 8
Crispo, jefe de la sinagoga, con toda su casa, creyó en el Señor; y muchos corintios,
4692
oyendo la palabra, creían y se bautizaban. 9 Por la noche dijo el Señor a Pablo en
una visión: No temas, sino habla y no calles; 10 yo estoy contigo y nadie se atreverá a
hacerte mal, porque tengo yo en esta ciudad un pueblo numeroso. n Moró allí un año
y seis meses, enseñando entre ellos la palabra de Dios.
Corinto, capital de la provincia romana de Acaya, era a la sazón una de las ciudades de más intenso
movimiento comercial del mundo antiguo. A ello contribuía su privilegiada posición geográfica,
pues, situada en el estrecho istmo que une a Grecia propiamente dicha con el Peioponeso,
servía de verdadero lazo de unión entre Oriente y Occidente a través de sus dos puertos: el de
Cencreas, mirando a Asia, en el mar Egeo, y el de Lequeo, mirando a Italia, en el mar Jónico.
Para barcos de poco tonelaje se había hecho un pasaje terrestre adecuado, basándose en poleas y
ruedas, pudiendo ser transportados de un puerto a otro sin necesidad de hacer el largo rodeo del
Peloponeso 165. Nerón intentó hacer el corte del istmo y unir los dos mares a través de un canal,
pero la obra quedó paralizada a los dos kilómetros 166, no llegando a realizarse dicho proyecto
hasta fines del siglo pasado, en 1893.
En esta ciudad “de dos mares,” como la llaman los autores antiguos 167, parece que, en la
época de San Pablo, había bastantes habitantes de origen latino. La antigua ciudad griega había
sido totalmente arrasada por los romanos en el 146 a. C., al conquistar aquellas regiones, y sólo
después de un siglo de desolación, en el 44, habla sido reedificada por un decreto de Julio César,
acudiendo a ella gran número de colonos de origen itálico. Con todo, atraídos por su comercio,
poco a poco se habían establecido también gentes griegas y de otras razas, comprendidos los judíos,
que, al igual que en tantas otras ciudades, disponían al menos de una sinagoga. Junto a una
vida comercial intensa reinaba la más desenfrenada corrupción de costumbres. En la cima del
Acrocorinto estaba el templo de Afrodita, donde más de mil sacerdotisas, alojadas en confortables
edificios adyacentes, ejercían la prostitución sagrada en honor de la diosa 168. Ya respecto de
la antigua ciudad griega era proverbial la inmoralidad de Corinto, y los autores hablan de “corintizar”
como sinónimo de vida licenciosa, y de “enfermedad corintia” para señalar ciertas consecuencias
patológicas del vicio deshonesto. Y esta fama continuó. Podemos decir que Corinto era
algo así como la capital de la lujuria en el mundo mediterráneo. A Corinto acudían, para gastar
alegremente el dinero, gentes de las más apartadas regiones; de ahí el dicho proverbial recordado
por Horacio: “No todos pueden ir a Corinto,” aplicado a quienes tienen que renunciar a una cosa
por falta de dinero 169. No lejos de sus muros tenían lugar cada dos años los famosos juegos ístmicos
(cf. 1 Cor 9:24-27), que, en ocasiones, podían hasta casi competir con los universalmente
renombrados juegos olímpicos, celebrados cada cuatro años en la no lejana ciudad de Olimpia.
Tal era la ciudad en la que entraba San Pablo al salir de Atenas (v.1). Su estado de ánimo
podemos verlo reflejado en aquellas palabras que él mismo escribirá más tarde a los corintios:
“Me presenté a vosotros en debilidad, temor y mucho temblor” (1 Cor 2:3). El fracaso de Atenas
(cf. 17:32-33), la intranquilidad por la suerte de los tesalonicenses (cf. 1 Tes 3:1-2) y la extremada
corrupción de la ciudad en que entraba, debieron, de momento, de acobardarle bastante. Quizá
hasta pudiera pensarse también, para explicar este estado psicológico de abatimiento, en algún
recrudecimiento de su misteriosa enfermedad aludida en 2 Cor 12:7-9.
Sea como fuere, San Pablo comienza por buscar medios de subsistencia, uniéndose en el
trabajo a un matrimonio judío, Priscila y Aquila, que habían llegado de Roma expulsados por
Claudio y se dedicaban a la “fabricación de tiendas” (v.2-3). Probablemente este matrimonio,
dada la intimidad con que desde el principio parece unirse a ellos San Pablo, era ya cristiano. Si
San Lucas recalca lo de “judío” es para explicar el porqué habían sido expulsados de Roma 17°.
Debía de ser un matrimonio de condición económica bastante desahogada, pues luego lo vemos
4693
en Efeso (18:18; 1 Cor 16, 19) y Roma (Rom 16:3-5; 2 Tim 4:19), habitando en casas lo suficientemente
espaciosas para poder ser utilizadas como lugar de reunión de los cristianos. El oficio
de “fabricantes de tiendas” (σκηνοποιοί) ha de entenderse probablemente como fabricantes
de esas telas o tejidos toscos, aptos para tiendas, que los viajeros en Oriente solían llevar frecuentemente
consigo para prepararse refugio durante la noche. A esta tela, fabricada de ordinario con
pelos de cabra, se le daba a veces el nombre de cilicio, debido a que su fabricación era algo muy
extendido en Cilicia, patria de Pablo, donde abundaban mucho las cabras montesas de pelo áspero
y duro, a propósito para esas telas. Allí, quizás en casa todavía de su padre, debió de aprender
Pablo este oficio, que luego no se avergonzó de ejercer a lo largo de sus años de apostolado para
no ser gravoso a sus evangelizados ni poner obstáculo a la difusión del Evangelio (cf. 20:34; 1
Cor 4:12; 9:12-18; 2 Cor 11:7-12; 12:13; 1 Tes 2:9; 2 Tes 3:8). Juzgamos menos probable la opinión
de algunos autores, entre ellos San Juan Crisóstomo, que interpretan el σκηνοποιός como
“curtidor,” es decir, preparador de pieles (σκυτοτόμος) para la construcción de tiendas.
La predicación, en un principio, estuvo restringida sólo a la sinagoga (v.4), e incluso esto
con ciertas limitaciones, como claramente lo da a entender lo que se dice a continuación, de que
fue, una vez que llegaron de Macedonia Silas y Timoteo, cuando “se dio del todo a la predicación
de la palabra, testificando a los judíos que Jesús era el Mesías” (v.5; cf. 2:36; 5:42; 8:5;
9:22; 17:3; 18:28; 26:23). No se dice el porqué de esa actividad misional limitada; quizá fuera
debido, al menos en parte, a ese estado psicológico de abatimiento a que aludimos antes, o también
a la necesidad de continuo trabajo para ganarse el sustento. Ahora, al llegar de Macedonia
(cf. 17:14-15) sus fieles colaboradores Silas y Timoteo, recobra nuevos ánimos con las buenas
noticias que le traen de aquellas iglesias (cf. 1 Tes 3:5-8), e incluso puede gozar de más independencia
del trabajo material, gracias a los subsidios enviados por la comunidad de Filipos (cf. 2
Cor 11:9; Flp 4:15), que seguramente le trajeron también ellos. El resultado de su predicación a
los judíos, sin embargo, debió de ser muy escaso, y Pablo, ante la resistencia agresiva de que es
objeto, determina dejar la sinagoga y dirigirse hacia los gentiles, estableciendo su centro de acción
“en casa de un prosélito de nombre Ticio Justo” (v.6-7).
En esta nueva etapa de su predicación, que no excluye a los judíos, parece que obtuvo resultados
algo más lisonjeros. Entre los convertidos se nombra expresamente al “archisinagogo
Crispo con toda su familia” y se alude, en general, a “muchos corintios” (v.8). Más tarde nos dará
Pablo en sus cartas los nombres de algunos de ellos: Estéfanas, Fortunato, Acaico, Gayo, Erasto,
Cloe y Febe (cf. 1 Cor 1:11.14.16; 16:17; Rom 16:1.23). En su mayoría debían de ser de condición
social humilde (cf. 1 Cor 1:26-29), y algunos incluso esclavos (cf. 1 Cor 7:21-22). Sin duda
que, en medio de aquel ambiente tan corrompido de Corinto y con la enemiga encarnizada de
los judíos, el apostolado debió de ser duro y proporcionaría enormes sinsabores a San Pablo. San
Lucas no lo dice de manera explícita, pero suficientemente lo deja entender al hablar de la visión
con que el Señor hubo de animar al Apóstol: “No temas, sino habla y no calles; yo estoy contigo
y nadie se atreverá a hacerte mal, porque tengo yo en esta ciudad un pueblo numeroso” (v.9-10).
Confortado con esta visión, Pablo se anima a seguir predicando, y prolonga su estancia en Corinto.
El texto habla de que “moró allí un año y seis meses” (v.11), y es probable que en este cómputo
no estén incluidos los “bastantes días” (v.18) que continuó en la ciudad después de su acusación
ante Gallón. Muchos autores, sin embargo, creen que el “año y seis meses” se refiere a
todo el tiempo de estancia en Corinto. Mas sea de eso lo que fuere, la estancia es, desde luego,
prolongada, pues abarca al menos año y medio.
La actividad misional de Pablo durante este largo período apenas nos es conocida. Parece
que no sólo se limitó a Corinto, sino que se extendió también a otras ciudades fuera de la capital
4694
(cf. 2 Cor 1:1; 11:10). Durante esta permanencia en Corinto escribió las dos cartas a los Tesalonicenses,
con un breve intervalo entre la primera y la segunda.
Es acusado ante Gallón, 18:12-17.
12 Siendo Gallón procónsul de Acaya, se levantaron a una los judíos contra Pablo y
le condujeron ante el tribunal, 13 diciendo: Este persuade a los hombres a dar culto
a Dios de un modo contrario a la Ley. 14 Disponíase Pablo a hablar, cuando Galión
dijo a los judíos: Si se tratase de una injusticia o de algún grave crimen, ¡oh judíos!,
razón sería que os escuchase; 15 pero tratándose de cuestiones de doctrina, de nombres
y de vuestra Ley, allá vosotros lo veáis, yo no quiero ser juez en tales cosas. 16 Y
los echó del tribunal. 17 Entonces se echaron todos sobre Sostenes, el jefe de la sinagoga,
y le golpearon delante del tribunal, sin que Galión se cuidase de ello.
Esta comparecencia de Pablo ante Galión es un dato histórico de gran importancia para la cuestión
cronológica de la vida del Apóstol. Lucio Junio Anneo Galión, hermano de Séneca, había
nacido en Córdoba hacia el año 3 de la era cristiana. De él hablan varios autores antiguos, presentándolo
como un hombre docto y de carácter afable, aunque de complexión enfermiza 171.
Complicado en una conjuración contra Nerón, hubo de darse la muerte por orden de éste, poco
después del suicidio de su hermano Séneca 172.
Respecto al tiempo de su proconsulado en Corinto tenemos datos bastante concretos gracias
a una inscripción hallada en Delfos, que reproduce una carta del emperador Claudio a esta
ciudad, confirmando sus antiguos privilegios. La carta está escrita en “la 26.a aclamación imperial”
de Claudio y en tiempo en que Galión era “procónsul de Acaya.” De estos dos datos podemos
deducir con bastante certeza que el encuentro de Pablo con Galión debió de tener lugar en la
primavera-verano del año 52 173. Parece que Pablo llevaba ya en Corinto al menos “año y medio”
(v.11), y, por tanto, su llegada a la ciudad debió de tener lugar a principios del 510 quizás a fines
del 50. Los judíos, que ya desde un principio le habían declarado la guerra (v.6), quieren aprovecharse
de la inexperiencia del nuevo procónsul que acababa de llegar, tomándole de sorpresa;
algo parecido a lo que más adelante intentarán hacer con Porcio Festo los de Jerusalén (cf. 25:2).
La acusación de que “obraba contra la ley” (v.13), sin especificar de qué ley se trataba, la
judía o la romana, era un tanto ambigua, confiando quizás con ello hacer más impresión en el
procónsul, que, enseguida, había de pensar en la ley romana. Además, podían escudarse en que el
que obraba contra la ley judía obraba también, en cierto sentido, contra la ley romana, en cuanto
que la religión judía era una religión legal, protegida por las leyes romanas. Sin embargo, Galión
no se prestó a estas ambigüedades, y llevó enseguida la cuestión a la ley judía, por lo que ni siquiera
dejó hablar a Pablo, que “se disponía a defenderse” (v.14). Su respuesta, rehuyendo toda
competencia en cuestiones de interpretación de la ley judía (v.14-15), es semejante a la de Pilato
(cf. Jn 18:31), aunque más razonada y más firMc. También Porcio Festo se expresará de modo
parecido más adelante (cf. 25:18-19). La actitud de Galión está rezumando desprecio hacia los
judíos, cosa que era bastante común entre los patricios romanos de entonces. Por eso, no se contenta
con decir que “no quiere ser juez en tales cuestiones” (v.15), sino que “los echa de su tribunal”
(v.16), y no hace caso de que allí mismo, en presencia suya, golpeen a Sostenes, el jefe de la
sinagoga (v.17). Esto no quiere decir que apoyara las ideas profesadas por Pablo; a buen seguro
que, para él, éste no era sino otro judío tan despreciable como los otros, englobado en ese desprecio
general a toda la raza.
De Sostenes, el jefe de la sinagoga golpeado delante mismo del tribunal de Galión, nada
4695
más sabemos. Es posible que fuera el principal instigador de la acusación contra San Pablo y, por
eso, fracasado tan ruidosamente el intento, contra él se desahogarán de modo especial las iras de
los presentes. Tampoco sabemos quiénes son estos que se echan sobre él, si judíos o gentiles;
más probable parece esto último, pues apenas es creíble que los judíos, por muy excitados que
los supongamos ante el fracaso, golpeasen en público a su propio archisinagogo. Quizás la desgracia
ayudó a Sostenes a convertirse a la nueva fe, si es que es él aquel Sostenes a quien San
Pablo en otra ocasión llama “hermano” (1 Cor 1:1).
Regreso a Antioquía, 18:18-22.
18 Pablo, después de haber permanecido aún bastantes días, se despidió de los hermanos
y navegó hacia Siria, yendo con él Priscila y Aquila, después de haberse rapado
la cabeza en Cencreas, porque había hecho voto. 19 Llegados a Efeso, los dejó y
él entró en la sinagoga, donde conferenció con los judíos. 20 Rogábanle éstos que se
quedasen más tiempo, pero no consintió, 21 y despidiéndose de ellos, dijo: Si Dios
quiere, volveré a vosotros. Partió de Efeso, 22 y desembarcando en Cesárea, después
de subir y saludar a la iglesia, bajó a Antioquía.
Después del encuentro con Gallón, Pablo se quedó todavía en Corinto “bastantes días” (v.18).
Nada sabemos de las actividades desarrolladas durante este tiempo, pero es de creer que pudo
moverse con libertad sin ser ya molestado por los judíos. Cuando consideró suficientemente asegurada
la fundación de aquella iglesia, determinó regresar a Antioquía punto de partida de su expedición
apostólica, ¿embarcándose para Siria” (v.18). No sabemos si le acompañarían Timoteo
y Silas. De Timoteo, que ciertamente acompañaba al Apóstol en Corinto (v.5), no se vuelve a
hablar hasta el siguiente viaje apostólico de Pablo, cuando se encontraba en Efeso (cf. 19:22); de
Silas ya no vuelven a hablar los Hechos, y parece que se encontraba en Roma hacia el año 63-64,
cuando San Pedro escribió su primera carta (cf. 1 Pe 5:12). Los que ciertamente le acompañaron
hasta Efeso fueron Priscila y Aquila (v. 18-19).
La partida fue de Cencreas, el puerto oriental de Corinto Ahí, antes de partir, “se rapó la
cabeza, porque había hecho voto” (v.18). La noticia no deja de ser curiosa y algo desconcertante.
Parece, desde luego, que esa acción señalaba el cumplimiento del tiempo para el cual se había
hecho el voto, y es casi seguro que se trata del voto del “nazireato.” De este voto se habla en
Núm 6:1-21, y siempre fue tenido en gran estima por los israelitas (cf. Jue 13:2-5; 1 Sam 1:11; 1
Mac 3:49; Lc 1:15). Josefo habla de que era corriente entre los judíos, cuando sufrían alguna enfermedad
o se encontraban en algún peligro, “hacer voto, treinta días antes de aquel en que ofrecerían
sacrificios, de abstenerse de vino y de cortarse el cabello.” 174 Pasados esos treinta días, el
“nazir” había de presentarse en el templo, cortando allí el cabello y ofreciendo determinados sacrificios.
Sabemos que, incluso después de haberse convertido al cristianismo, muchos judíos
seguían fieles a esa práctica (cf. 21:23-24). Parece que cuando el voto se había hecho en país extraño,
lejano de Jerusalén, estaba permitido cortarse el cabello en el lugar de residencia y llevarlo
luego a Jerusalén para ser quemado en el templo y ofrecer el sacrificio prescrito. Tal sería nuestro
caso.
Pero ¿quién había hecho el voto? El texto no está claro a este respecto. Algunos autores
creen que se trata de Aquila, que es el último mencionado; sin embargo, juzgamos mucho más
probable que se trata de Pablo, que es el personaje principal y el que viene constituyendo el sujeto
lógico de toda la narración. Además, si se tratase de Aquila, no vemos razón para que San Lucas
hiciese notar ese dato, al que no le daría ninguna significación; mientras que si se trata de
4696
Pablo, es natural que lo haga notar, pues dicho voto sería la razón de por qué “no consintió” quedarse
más tiempo en Efeso a pesar de la insistencia que le hacían (v.2o), dado que, a causa del
voto, había de subir cuanto antes a Jerusalén 175. Desde luego, llama algo la atención el que Pablo,
que tanto recalca en sus cartas nuestra independencia de la Ley, hiciese ese voto del “nazireato”;
ello sólo prueba el profundo arraigo, también en él, de esa costumbre judía, que tampoco
estaba prohibida al cristiano. Probablemente habría hecho ese voto en alguno de los momentos
de persecución y desaliento, que tanto debieron de abundar durante su estancia en Corinto (cf.
18:9-10; 1 Cor 2:3).
Hay autores que relacionan el voto de que se habla aquí con el mencionado en 21:23-27,
diciendo que probablemente se trata del mismo voto: hecho en Cencreas (18:18) y acabado de
cumplir en Jerusalén (21:26-27). No parece sostenible esta hipótesis, si no es violentando los textos.
La parada en Efeso (V.1Q) debió de ser motivada únicamente por exigencias de carga y
descarga de la nave. Con todo, Pablo aprovechó la ocasión para presentarse en la sinagoga y
“conferenciar con los judíos” (v.18). De nuevo en el mar, desembarcó en Cesárea y, “después de
subir y saludar a la iglesia, bajó a Antioquía” (v.22). No se especifica cuál es ese iglesia, a la que
Pablo sube a saludar, pero parece evidente que se trata de la iglesia de Jerusalén, la iglesia madre,
a la que Pablo trató siempre con suma veneración (cf. Gal 2:9-10; Rom 15:25-27). Por lo
demás, si se tratase simplemente de la iglesia de Cesárea, no es fácil que San Lucas hablara de
“subir,” término técnico entre los judíos para indicar el viaje a Jerusalén, ciudad más elevada que
el resto del país, ni que luego hablase de “bajar,” refiriéndose a Antioquía.
La estancia de Pablo en Jerusalén debió de ser breve. Muy pronto salió para Antioquía,
ciudad de la que había partido para este largo recorrido misional. Estamos probablemente a fines
del año 52 o principios del 53.
Tercer viaje misional de Pablo, 18:23-28.
Pablo y Apolo, 18:23-28.
23 Pasado algún tiempo, partió, y atravesando sucesivamente el país de Galacia y la
Frigia, confirmaba a todos los discípulos. 24 Cierto judío de nombre Apolo, de origen
alejandrino, varón elocuente, llegó a Efeso. Era muy perito en el conocimiento de las
Escrituras. 25 Estaba bien informado del camino del Señor y con fervor de espíritu
hablaba y enseñaba con exactitud lo que toca a Jesús; pero sólo conocía el bautismo
de Juan. 26 Este, pues, comenzó a hablar con valentía en la sinagoga; pero Priscila y
Áquila que le oyeron, le tomaron aparte y le expusieron más completamente el camino
de Dios. 27 Queriendo pasar a Acaya, le animaron a ello los hermanos y escribieron
a los discípulos para que le recibiesen. Llegado allí, aprovechó mucho por su
gracia a los que habían creído, 28 porque vigorosamente contradecia a los judíos en
público, demostrándoles por las Escrituras que Jesús era el Mesías.
Terminado el segundo viaje misional, Pablo se detuvo “algún tiempo” en Antioquía (v.23), pero
enseguida piensa en un tercer viaje. El centro va a ser Efeso, la capital de la provincia romana de
Asia, que había visitado sólo brevísimamente al fin de su anterior viaje, y a la que había prometido
volver (cf. 19-21). El camino seguido queda indicado en la frase “atravesando sucesivamente
el país de Galacia y la Frigia” (v.23). Es la misma expresión, aunque en orden inverso, em4697
pleada ya por San Lucas con ocasión del segundo viaje (cf. 16:6). Como allí explicamos, somos
de parecer que ese “país de Galacia” es la Galacia etnográfica o Galacia propiamente dicha, y no
simplemente la provincia romana de Galacia, territorialmente mucho más amplia. Parece que Pablo,
saliendo de Antioquía, en Siria, se dirigió directamente a Galacia, atravesando la cordillera
del Taurus por las “Ciliciae portea”; pero, en vez de virar hacia la izquierda, en dirección a Derbe,
como en el viaje anterior (cf. 16:1), continuó directamente hacia el norte, entrando en Galacia
por su lado oriental. Esta segunda visita de Pablo a Galacia se halla confirmada en Gal 4:13,
donde Pablo recuerda a los Gálatas, que estaba enfermo cuando los evangelizó “por primera vez”
(το πρότερον), expresión que supone haberles hecho ya una segunda visita, cuando escribió la
carta. De Galacia se habría dirigido hacia el sudoeste, “atravesando Frigia” (v.23) y llegando así
a Efeso.
Parece que la intención de Pablo en esta primera parte de su viaje misional, atravesando
Galacia y Frigia, no fue la de fundar nuevas comunidades, sino la de “confirmar en la fe” a las
ya existentes (v.23). El laconismo de Lucas es extremado, limitándose a darnos escuetamente la
noticia, sin añadir detalles de ninguna clase. No sabemos quiénes acompañarían al Apóstol. Sabemos
que, una vez en Efeso, estaban con él Timoteo, Erasto, Gayo, Aristarco (19:22-29) Y probablemente
Tito (cf. 2 Cor 2:12-13; 7:6; 12:18); pero ¿le acompañaban ya desde Antioquía, al
menos algunos de ellos? Imposible poder dar contestaciones categóricas. Lo que sí nos dice Lucas
es que, mientras Pablo recorría estas “regiones altas” de Galacia y Frigia (cf. 19:1), un nuevo
predicador, con el que sin duda Pablo no contaba, estaba ayudando a su obra de evangelización
en Efeso y Corinto: Apolo, “judío de origen alejandrino, varón elocuente, conocedor de las Escrituras”
(v.24).
Es interesante este caso de Apolo. San Lucas dice que “estaba bien informado del camino
del Señor y enseñaba con exactitud lo que toca a Jesús,” pero que “sólo conocía el bautismo de
Juan” (v.25). En otras palabras, era verdad lo que enseñaba sobre Jesús y su doctrina, pero no era
toda la verdad, hasta el punto de ignorar un elemento tan esencial como es el bautismo cristiano.
Su formación cristiana debía ser muy parecida a la de esos “discípulos” que San Pablo encontrará
en Efeso, y que tampoco conocían sino “el bautismo de Juan” (19:1-3). Es posible que este
cristianismo incompleto de Apolo y de los “discípulos” de Efeso refleje el de la iglesia de Alejandría
en esa época, que habría comenzado quizás con discípulos que habían escuchado en Palestina
las predicaciones del Bautista, y que no conocían de Jesús sino unos cuantos hechos de su
vida. Algunos textos del cuarto evangelio, escrito en Efeso a fines de siglo, sugieren también la
idea de que seguían existiendo adeptos del Bautista, más o menos distanciados de los cristianos,
por lo que el evangelista, a fin de conducirlos hasta el fin en la fe, tanto habría insistido en hacer
resaltar el perfecto acuerdo entre el Bautista y Jesús y la subordinación de aquél a éste (cf. Jn
1:15.29-36; 3:26-30; 5:33; 10:41). Más sea de esto lo que fuere, ciertamente la formación de
Apolo era incompleta; por eso, Priscila y Áquila, que oyeron sus razonamientos en la sinagoga
de Efeso, “le tomaron aparte y le expusieron más completamente el camino de Dios” (v.26). Es
de creer, aunque el texto nada dice, que, al igual que luego los “discípulos” que encuentra Pablo
(19:5), también aquí ahora Apolo fue bautizado, quizás por Áquila mismo. Determinando después
pasar a Acaya, no sabemos si por asuntos particulares o para ejercer el apostolado, los
fieles de Efeso escribieron a los de Corinto para que le recibiesen, siendo allí de gran utilidad a la
iglesia (v.27-28). Estas cartas informativas o de recomendación eran frecuentes en la diáspora
judía (cf. 28:21), y también entre los cristianos (cf. Rom 16:1-2; 2 Cor 3:1; Col 4:10).
A este Apolo se refiere varias veces San Pablo en sus cartas, siendo tenido por él en alta
estima (cf. 1 Cor 1:12; 3:4-6.22; 4:6; 16:12; Tit 3:13). Quizás debido a este su importante papel
4698
en la difusión del Evangelio es por lo que San Lucas juzgó oportuno intercalar en los Hechos
este episodio sobre él, interrumpiendo la narración del viaje del Apóstol.
Pablo en Efeso, 19:1-20.
I En el tiempo en que Apolo se hallaba en Corinto, Pablo, atravesando las regiones
altas, llegó a Efeso, donde halló algunos discípulos; 2 y les dijo: ¿Habéis recibido el
Espíritu Santo al abrazar la fe? Ellos le contestaron: Ni siquiera hemos oído del Espíritu
Santo. 3 Díjoles él: ¿Pues qué bautismo habéis recibido? Ellos le respondieron:
El bautismo de Juan. 4 Dijo Pablo: Juan bautizaba un bautismo de penitencia,
diciendo al pueblo que creyese en el que venía detrás de él, esto es, en Jesús. 5 Al oír
esto, se bautizaron en el nombre del Señor Jesús. 6 E imponiéndoles Pablo las manos,
descendió sobre ellos el Espíritu Santo, y hablaban lenguas y profetizaban. 7
Eran unos doce hombres. 8 Entrando en la sinagoga habló con libertad por tres meses,
conferenciando y discutiendo acerca del reino de Dios. 9 Pero así que algunos
endurecidos e incrédulos comenzaron a maldecir del camino del Señor delante de la
muchedumbre, se retiró de ellos, separando a los discípulos, y predicaba todos los
días en la escuela de Tirano. 10 Esto hizo durante dos años, de manera que todos los
habitantes de Asia oyeron la palabra del Señor, tanto los judíos como los griegos. 11
Obraba Dios por mano de Pablo milagros extraordinarios, 12 de suerte que hasta los
pañuelos y delantales que habían tocado su cuerpo, aplicados a los enfermos, hacían
desaparecer de ellos las enfermedades y salir a los espíritus malignos. 13 Hasta algunos
exorcistas judíos ambulantes llegaron a invocar sobre los que tenían espíritus
malignos el nombre del Señor Jesús, diciendo: Os conjuro por Jesús, a quien Pablo
predica. 14 Eran los que esto hacían siete hijos de Esceva, sumo sacerdote judío; 15
pero respondiendo el espíritu maligno, les dijo: Conozco a Jesús y sé quién es Pablo;
pero vosotros, ¿quiénes sois? 16 Y arrojándose sobre ellos aquel en quien estaba el
espíritu maligno, se apoderó de unos y otros y los sujetó, de modo que desnudos y
heridos tuvieron que huir de aquella casa. 17 Fue esto conocido de todos los judíos y
griegos que moraban en Efeso, apoderándose de todos un gran temor y siendo glorificado
el nombre del Señor Jesús. 18 Muchos de los que habían creído, venían, confesaban
y manifestaban sus prácticas supersticiosas; 19 y bastantes de los que habían
profesado las artes mágicas traían sus libros y los quemaban en público, llegando a
calcularse el precio de los quemados en cincuenta mil monedas de plata; 20 tan poderosamente
crecía y se robustecía la palabra del Señor.
Era Efeso, capital de la provincia romana de Asia, una de las ciudades más importantes del mundo
de entonces, rivalizando con Corinto, Antioquía y Alejandría. A ella venían a confluir las
grandes vías procedentes de las regiones interiores de Asia para su comunicación con Occidente,
siendo con frecuencia llamada “la gran metrópoli de Asia” (ή πρώτη και μεγίστη μητρόπολις της
Ασίας).
Entre sus cosas más notables estaba el templo de Artemisa o Diana, considerado como
una de las siete maravillas del mundo, verdadero centro de peregrinaciones, y que confería a esta
ciudad una autoridad particular en la religiosidad pagana 176. También se distinguía por la abundancia
de sus libros de magia, hasta el punto de que tal clase de libros eran conocidos vulgarmente
con el nombre de “escritos efesinos” (τα έφέσια γράμματα).
Cuando Pablo llegó a Efeso, Apolo no estaba ya en esta ciudad, sino en Corinto (v.1). Pa4699
rece que el Apóstol tropezó muy pronto con esos “discípulos” que sólo conocían el bautismo de
Juan, y que él acabó de instruir y bautizó (v.1-7). Su situación, en orden a formación religiosa,
era muy semejante a la de Apolo (cf. 18:25), aunque no es de creer que formasen parte del mismo
grupo, pues en ese caso apenas se concibe que no hubiesen sido ya adoctrinados por Apolo,
una vez que lo fue él por Priscila y Aquila. Quizás habían llegado a Efeso posteriormente.
Pablo, en un primer momento, supone desde luego que estos “discípulos” han recibido ya
el bautismo (cf. v.3), y su pregunta de “si han recibido el Espíritu Santo” (v.2) se refiere evidentemente
a si han recibido además ese “don del Espíritu,” de que ya habló Pedro en su primer
discurso del día de Pentecostés (cf. 2:38), y que en el caso de los samaritanos aparece claramente
como algo separado del bautismo (cf. 8:16-20). Sobre la naturaleza de este “don” y su relación
con el bautismo, hablamos ya al comentar esos dos pasajes. La respuesta de los interpelados: “Ni
siquiera hemos oído del Espíritu Santo” (v.2), parece que va más lejos que la pregunta, como diciendo:
no ya sólo nada sabemos que se comunique o no se comunique el Espíritu Santo, pero
ni siquiera de su existencia. Sin embargo, se hace muy difícil admitir esa consecuencia, si es que
tenían algún conocimiento, aunque fuera muy ligero, del Antiguo Testamento. Lo más probable
es que se trate, no de la existencia, sino de la efusión de ese Espíritu, es decir, de la realización
de las profecías mesiánicas (cf. 2:17-18.33).
Ante la respuesta de que sólo habían recibido el “bautismo de Juan” (v.3), Pablo completa
la instrucción de esos “discípulos,” diciendo que el bautismo de Juan era sólo un bautismo de
arrepentimiento (βάπτισμα μετανοίας), de carácter provisional, cuya finalidad era preparar al
pueblo para recibir a Jesús y el bautismo cristiano. Así instruidos, los “discípulos” se bautizan
(ν.6); Después Pablo, en acto distinto, como en el caso de los samaritanos (8:16-20), impone las
manos sobre los ya bautizados, descendiendo el Espíritu Santo sobre ellos, con la consiguiente
manifestación de carismas (v.6).
Simultáneamente a estos hechos, Pablo comenzó, como de costumbre, su actuación en la
sinagoga de los judíos, “conferenciando y discutiendo acerca del reino de Dios”; y así, “durante
tres meses” (v.8). El resultado, como antes en Corinto (18:6), tampoco aquí fue halagüeño; y Pablo,
dejando la sinagoga, se estableció en la “escuela” o auditorium de un tal Tirano, donde no ya
sólo los sábados, como en la sinagoga, sino “todos los días” por espacio de “dos años,” predicó
el reino de Dios, tanto a judíos como a griegos (V.9-10). La recensión “occidental” añade al final
del v.g: “desde la hora quinta hasta la décima” (once de la mañana a cuatro de la tarde), noticia
que puede muy bien ser auténtica, y ciertamente es muy verosímil, pues los antiguos eran muy
madrugadores (cf. Mc 15:1.25), y esas serían las horas en que Tirano, terminadas sus lecciones,
dejaba libre el local. De este Tirano, probablemente algún retórico griego, nada más sabemos; ni
si cedía su “escuela” a Pablo gratuitamente o subalquilada. Es muy probable que el resto del
tiempo lo dedicase Pablo a su trabajo manual (cf. 20:34).
El apostolado de Pablo en Efeso durante estos “dos años” debió de ser muy intenso. El
mismo lo resumirá así más tarde, hablando a los presbíteros de esa iglesia: “Vosotros sabéis bien
cómo me conduje con vosotros todo el tiempo desde que llegué a Asia, sirviendo al Señor con
toda humildad, con lágrimas y en tentaciones que me venían de las asechanzas de los judíos; cómo
no omití nada de cuanto os fuera de provecho, predicándoos y enseñándoos en público y en
privado, dando testimonio a judíos y a griegos sobre la conversión a Dios y la fe en nuestro Señor
Jesús” (20:18-21). San Lucas apenas da detalles; pero claramente deja entender que fue un
apostolado fecundo, de modo que sus frutos se notaron también fuera de Efeso, en otras ciudades
de la provincia de Asia (v.10). Concuerda con esto lo que por estas fechas escribe Pablo mismo a
los Corintios: “Me quedaré en Efeso hasta Pentecostés, porque se me ha abierto una puerta gran4700
de y prometedora” (1 Cor 16:8-9); era 1a puerta que daba hacia el interior de la provincia de
Asia, cuya capital era Efeso, a la que constantemente acudían para sus negocios gentes de las
otras ciudades de la provincia. Sin duda que muchas de estas gentes, instruidas por Pablo en Efeso,
volverían a sus respectivos domicilios difundiendo allí lo que habían aprendido. Tal parece
ser el caso de Epafras, fundador de la iglesia de Colosas (cf. Col 1:7; 4:12), y el de Filemón, cristiano
hacendado de la misma ciudad (cf. Flm 1.19). Hasta es posible que, durante esta larga estancia
en Efeso, Pablo mismo hiciera breves salidas a las ciudades vecinas para predicar la buena
nueva; y si no él, podía mandar a alguno de sus colaboradores, como Timoteo, Erasto, Gayo,
etc., que entonces le acompañaban (cf. v.22.29). Desde luego, debió de ser en esta época cuando
se fundaron las iglesias de que se habla al principio del Apocalipsis (Ap 2:1-3:22; cf. 1 Cor
16:19).
Al éxito del apostolado contribuían, sin duda, los “milagros extraordinarios que Dios
obraba por mano de Pablo, de suerte que hasta los pañuelos y delantales que habían tocado su
cuerpo, aplicados a los enfermos, hacían desaparecer de ellos las enfermedades y salir a los espíritus
malignos” (v. 11-12; cf. 5:16; 16:18). Tratábase de esos grandes pañuelos usados en Oriente
para secarse la frente o cubrirse la cabeza; y de los delantales que, sujetos a mitad del cuerpo, los
trabajadores ponían delante para protegerse durante el trabajo. Con razón, algunos autores han
visto aquí un argumento para defender el culto de las reliquias, que más tarde se desarrollará en
la Iglesia, pues Dios se vale de esos objetos como instrumentos para obrar milagros por el
hecho de estar relacionados con Pablo.
Este poder taumatúrgico de Pablo era demasiado llamativo para que no suscitase intentos
de plagio. De hecho, así sucedió. Algunos exorcistas judíos, hijos de un tal Esceva, perteneciente
a una de las familias sacerdotales de entre las que se solían elegir los sumos sacerdotes, visto el
poder de Pablo sobre los demonios, se imaginaron que podían hacer lo mismo, con tal de emplear
en sus exorcismos el nombre de aquel misterioso Jesús predicado por Pablo 177. Así lo intentan
hacer (v.13-14), pero con resultados que no esperaban, de modo que, “desnudos y heridos,
tuvieron que huir de aquella casa” (v.15-16).
El hecho fue público y conocido en toda la ciudad, tanto por los judíos como por los griegos,
“apoderándose de todos un gran temor,” y convenciéndose de la gran potencia del nombre
de Jesús, cuyos profanadores eran así castigados (v.17). Una consecuencia ulterior fue lo que a
continuación cuenta San Lucas, de que muchos de los que habían creído venían y repudiaban
abiertamente sus artes mágicas (v.18), uniéndose a ellos “bastantes profesionales de la magia,”
seguramente paganos, que, impresionados por el caso, traían sus libros y los quemaban en público,
dispuestos a dejar el oficio (v.19). Añade San Lucas que el precio de los escritos quemados se
calculó en unas “cincuenta mil monedas de plata” (v.19), suma elevadísima, que corresponde a
unas 46.000 pesetas oro. La cosa, sin embargo, no debe extrañar, dada la enorme difusión, como
ya indicamos más arriba, que la magia y la superstición tenían en Efeso. Tratábase generalmente
de pergaminos, papiros, tablillas, etc., que contenían fórmulas mágicas para infinidad de circunstancias
de la vida, y que los devotos llevaban incluso, a veces, colgadas del cuello como amuletos
178. Parece que los neófitos cristianos seguían sin haberse desvinculados totalmente de esas
prácticas, y fue el fracaso de los exorcistas judíos lo que les acabó de abrir los ojos en este punto.
Motín contra Pablo, 19-21-40.
21 Después de esto resolvió Pablo ir a Jerusalén, atravesando la Macedonia y la Acaya,
porque se decía: Desde allí iré a Roma. 22 Enviando a Macedonia dos de sus
auxiliares, Timoteo y Erasto, él se detuvo algún tiempo en Asia. 23 Pero hubo por
4701
aquellos días un alboroto no pequeño, a propósito del camino del Señor, 24 ocasionado
por un platero llamado Demetrio, que hacía en plata templos de Artemisa, que
proporcionaban a los artífices no poca ganancia; 25 y convocándolos, así como a todos
los obreros de este ramo, les dijo: Bien sabéis que nuestro negocio depende de
este oficio. 26 Asimismo estáis viendo y oyendo que no sólo en Efeso, sino en casi toda
el Asia, este Pablo ha persuadido y llevado tras sí una gran muchedumbre, diciendo
que no son dioses los hechos por manos de hombres. 27 Esto no solamente es un peligro
para nuestra industria, sino que es en descrédito del templo de la gran diosa Artemisa,
que será reputada en nada y vendrá a quedar despojada de su majestad
aquella a quien toda el Asia y el orbe veneran. 28 Al oír esto, se llenaron de ira y comenzaron
a gritar, diciendo: Grande es la Artemisa de los efesios. 29 Toda la ciudad
se llenó de confusión y a una se precipitaron en el teatro, arrastrando consigo a Gayo
y Aristarco, macedonios, compañeros de Pablo. 30 Quería Pablo entrar allá, pero
no se lo permitieron los discípulos. 31 Algunos de los asiarcas, que eran sus amigos,
le mandaron recado rogándole que no se presentase en el teatro. 32 Unos gritaban
una cosa y otros otra. Estaba la asamblea llena de confusión y muchos no sabían ni
por qué se habían reunido. 33 En esto, empujado por los judíos, se destacó entre la
multitud Alejandro, que con la mano hacía señas de que quería hablar al pueblo; 34
pero en cuanto supieron que era judío, todos a una levantaron la voz, y por espacio
de dos horas estuvieron gritando: ¡Grande es la Artemisa de los efesios! 35 Habiendo
logrado el secretario calmar a la muchedumbre, dijo: Efesios, ¿quién no sabe que
la ciudad de Efeso es la guardiana de la gran Artemisa y de su estatua bajada del
cielo? 36 Siendo esto incontestable, conviene que os aquietéis y no os precipitéis. 37
Porque habéis traído a estos hombres que ni son sacrilegos ni blasfemos contra
vuestra diosa. 38 Si Demetrio y los de su profesión tienen alguna queja contra alguno,
públicas asambleas se celebran y procónsules hay; que recurran a la justicia para
defender cada uno su derecho. 39 Si algo más pretendéis, debe tratarse eso en una
asamblea legal, 40 porque hay peligro de que seamos acusados de sedición por lo de
este día, pues no hay motivo alguno para justificar esta reunión tumultuosa. Dicho
esto, disolvió la asamblea.
Habían transcurrido “dos años” (v.10) y “tres meses” (v.8) de estancia en Efeso, cuando Pablo
piensa en dejar la ciudad. Sus planes están perfectamente reflejados en los v.21-22: ir a Jerusalén,
después de haber visitado las iglesias de Macedonia y Acaya, y luego partir para Roma; pero
antes se detendrá todavía “algún tiempo” en Asia, enviando delante, camino de Macedonia, a dos
de sus auxiliares, Timoteo y Erasto. Estas noticias se completan con lo que el mismo Pablo dice
a los Romanos, de que la visita a Macedonia y Acaya era sobre todo para recoger limosnas en
favor de los fieles de Jerusalén (Rom 15:25-28), y que la ida a Roma era ya un antiguo deseo suyo
(Rom 1:13-15).
No sabemos con exactitud lo que se prolongaría este “algún tiempo” (v.22) que Pablo se
detuvo en Efeso. Es probable que algunos meses, los cuales, añadidos a los “dos años” y “tres
meses” anteriores, completarían el trienio, en números redondos, de que habla luego Pablo en su
discurso de Mileto (cf. 20:31). Es durante estos meses cuando escribió la actual primera carta a
los Corintios (cf. 1 Cor 16:1-9), aunque anteriormente les había ya escrito otra, hoy perdida (cf. 1
Cor 5:9). Parece que, durante estos meses, incluso hizo un rapidísimo viaje a Corinto, y a su
vuelta escribió una carta severísima “con muchas lágrimas” (cf. 2 Cor 2:4-11; 7:8-12; 13:1-2),
4702
que tampoco se ha conservado.
Un incidente imprevisto aceleró su partida de Efeso, el motín de los plateros de la ciudad
contra él (v.23-40). El relato de este incidente, unido a lo anterior con la vaga indicación cronológica
“por aquellos días” (v.23; cf. 6:1), es una de las páginas más vividas de los Hechos, y de
una precisión psicológica admirable: la arenga del platero Demetrio, que ve arruinado el negocio
y sabe explotar el sentimiento religioso del pueblo hacia su diosa, la manifestación callejera en
que muchos no saben ni por lo que concurren, la frustrada intervención del judío Alejandro para
que el furor popular no envuelva a los judíos con los cristianos, el atinado discurso del “secretario”
que logra calmar los ánimos de la muchedumbre.., son pinceladas tomadas de la vida real
con acierto insuperabLc. Lucas no describe aquí como testigo ocular, pues entonces no se hallaba
con el Apóstol en Efeso, pero pudo muy bien recoger estos datos de testigos oculares, tales como
Aristarco (v.29), en cuya compañía hará luego el viaje a Roma (cf. 20:4; 27:2), o quizás de Pablo
mismo.
Con razón se ha hecho notar, en alabanza de la exactitud histórica de Lucas, la espléndida
confirmación que los descubrimientos arqueológicos han suministrado a esta página de los
Hechos. Con frecuencia en inscripciones se mencionan corporaciones de obreros (συνεργασίαι),
que tenían gran influencia en la vida social de las ciudades griegas; de una de estas corporaciones
en Efeso, la de los plateros, debía de ser jefe Demetrio. El objeto principal de su industria eran
los “templos en plata de Artemisa” (v.24), es decir, miniaturas del templo de la diosa, que luego
vendían a devotos y peregrinos. Son muchos los templos de esta clase, en barro o piedra, que se
han encontrado en las excavaciones arqueológicas; si no se han encontrado en plata ni otros metales
preciosos, ello es debido, sin duda, a que fueron desapareciendo ya en tiempos antiguos a
causa de su valor intrínseco. También aparece siempre en las inscripciones el apelativo de “grande”
(μεγάλη) ο “máxima” (μέγιστη) dado a Artemisa, exactamente como la nombran siempre los
Hechos (v.27.28.34.35). Igual se diga de la expresión “guardiana (νεωκόρος) de la gran Artemisa”
(v.35), título con que se designa a Efeso.
En cuanto a los nombres de “asiarcas” (v.3i) y de “secretario” (v.35), han recibido también
espléndida confirmación en las inscripciones. El nombre “asiarca” (Ασία άρχω, que manda
en Asia) era. el título con que se designaba a los magistrados que regulaban el culto y las fiestas
religiosas de la provincia de Asia; con análogas funciones hallamos en la provincia de Galacia
los “galatarcas,” en la de Bitinia los “bitinarcas,” etc. Eran personajes de gran importancia social,
elegidos entre las personas más influyentes de la provincia; su cargo duraba un año, pero continuaban
ostentando este título honorífico también después de haber cesado en sus funciones. El
hecho de que algunos de los asiarcas fuesen “amigos” de Pablo (v.31), es indicio de la gran notoriedad
de Pablo y del prestigio de que gozaba (cf. v. 10.17.26). El “secretario” o escriba
(γραμματεύς) era un alto funcionario, que tenía gran influencia en los acontecimientos de la ciudad,
encargado no sólo de dar fe de los actos oficiales, sino de preparar leyes, decretos, y aun de
dirigir los asuntos públicos, verdadero lazo de unión entre la ciudad y las autoridades imperiales,
de las cuales la principal, en las provincias senatoriales como Asia, era el “procónsul.” También
este “secretario,” al igual que algunos de los asiarcas, parece que sentía al menos cierta simpatía
por el Apóstol, pues, aunque directamente no habla sino de Gayo y Aristarco (v.37), está claro
que, con sus atinadas reflexiones, mira sobre todo a Pablo, que es contra quien se había provocado
el alboroto.
El peligro en que Pablo se vio envuelto debió de ser muy grave, y a él parece que alude
cuando escribe más tarde a los Corintios: “No queremos, hermanos, que ignoréis la tribulación
que nos sobrevino en Asia., al esperar tanto que desesperábamos ya de salir con vida.. y temimos
4703
como cierta la sentencia de muerte” (2 Cor 1:8-9). Es probable que a este mismo incidente aluda
también cuando, refiriéndose a Prisa y a Aquila, escribe a los Romanos: “Por salvar mi vida expusieron
su cabeza” (Rom 16:4). Quizás este matrimonio, en cuya casa debía estar hospedado
Pablo (cf. 18:3.19.26), logró arrancarle de la furia de los agitadores mediante alguna peligrosa
estratagema cuando éstos iban en su busca y, al no poder llevarle a él, arrastraron consigo hacia
el teatro a Gayo y Aristarco (v.29). Claro que también es posible que todos estos peligros a que
Pablo alude, sean anteriores a este motín de los plateros, cosa que no podemos resolver de modo
definitivo por falta de datos. Desde luego, ya antes del motín de los plateros debió de estar su
vida en peligro (cf. 1 Cor 15:32); incluso es posible, como suponen bastantes autores, que Pablo
pasara algún tiempo en la cárcel de Efeso, pues, escribiendo a los Corintios, habla de sus “encarcelamientos”
en plural (2 Cor 11:23), Y cuando escribe a los Romanos manda saludos para Andrónico
y Junia, “mis compañeros de cautiverio” (Rom 16:7); ahora bien, hasta la fecha en que
fueron escritas estas dos cartas, la única prisión de Pablo que conocemos es la de Filióos (16:23-
40). Con todo, por lo que toca a concretar una prisión del Apóstol en Efeso, las pruebas no son
decisivas y, desde luego, caso de haber tenido lugar, este encarcelamiento debió de ser muy breve,
pues, de lo contrario, difícilmente Lucas lo hubiera pasado por alto en su narración.
Pablo deja Efeso, recorriendo Macedonia y Grecia, 20:1-5.
1 Luego que cesó el alboroto, hizo Pablo llamar a los discípulos, y exhortándolos, se
despidió de ellos y partió camino de Macedonia; 2 y atravesando aquellas regiones
los exhortaba con largos discursos, y así llegó a Grecia, 3 donde estuvo por tres meses;
y en vista de las asechanzas de los judíos contra él cuando supieron que se proponía
embarcarse para Siria, resolvió volver por Macedonia. 4 Le acompañaban Sópatros
de Pirro, originario de Berea; los tesalonicenses Aristarco y Segundo, Gayo
de Derbe, Timoteo y los asíanos Tíquico y Trófimo. 5 Estos se adelantaron y nos esperaron
en Tróade.
Cuando, gracias a la prudente intervención del “secretario” de la ciudad, cesó el tumulto de los
plateros, Pablo hizo reunir a los fieles y, despidiéndose de ellos, partió para Macedonia (v.1), pasando
por Tróade (cf. 2 Cor 2:12). Era el itinerario que había proyectado con antelación (cf.
19:21).
No sabemos cuánto tiempo se detuvo en Macedonia ni qué ciudades visitó; San Lucas se
contenta con decir que, “atravesando aquellas regiones, los exhortaba con largos discursos” (v.2).
Desde luego, fue aquí, en Macedonia, donde se encontró con Tito, que le informó acerca del estado
de la comunidad de Corinto, con cuya ocasión Pablo escribió la actual segunda carta a los
Corintios (cf. 2 Cor 2:12-13; 7:5-9; 9:2-4). Es de creer que visitaría al menos las iglesias de Filipos,
Tesalónica y Berea, fundadas en el anterior viaje apostólico (cf. 16:12-17:14); también es
probable que fuera en esta ocasión cuando llegó hasta la Iliria o Dalmacia y el Epiro, viajes que
parecen suponer sus cartas (cf. Rom 15:19; 2 Tim 4:10; Tit 3:12).
Recorridas esas regiones, Pablo bajó a Grecia, donde se detuvo “tres meses” (v.3). Tampoco
aquí Lucas nos da detalles del apostolado de Pablo durante estos tres meses, ni si visitó
Atenas, de tan poco gratos recuerdos para él (cf. 17:32-33). Desde luego, no cabe duda que visitó
Corinto, conforme había prometido varias veces (cf. 1 Cor 16:5-7; 2 Cor 9:4; 12:14), hospedándose
en casa de un tal Gayo, a quien había convertido y bautizado (cf. Rom 16:23; 1 Cor 1:14).
Fue estando en Corinto cuando escribió la carta a los Romanos (cf. 19:21; Rom 15:25-28; 16:1),
y probablemente también la carta a los Galatas.
4704
Estos tres meses pasados en Corinto parece corresponden al invierno (cf. 1 Cor 16:5-6),
disponiéndose luego a “embarcar para Siria” (v.3), a comienzos de la primavera (cf. v.6), a fin de
llevar a Jerusalén las colectas que, en favor de los pobres de la iglesia madre, iba recogiendo
desde hacía tiempo en Galacia, Macedonia y Acaya (cf. 1 Cor 16:1; 2 Cor 8:1-7; Rom 15:25-26).
Enterado, sin embargo, quizás por algún amigo, que “los judíos tramaban asechanzas contra
él·), decidió hacer el viaje por tierra, inmensamente más largo, pues le forzaba a volver a
pasar por Macedonia (v.3). La conjura de los judíos consistiría, sin duda, en que pensaban acabar
de una vez con él, asestándole un golpe bien dado en algún rincón oscuro de la nave, arrojando
luego su cuerpo al mar. La ocasión no podía ser más propicia; pues, como era inminente la Pascua
(cf. v.6), las naves que marchaban hacia Siria y Palestina de los diversos puertos del Mediterráneo
iban llenas de peregrinos judíos, y hubiera sido fácil encontrar cómplices y encubridores.
En su viaje por tierra, la cosa era más difícil. Pablo, pues, decide hacer el viaje por tierra, aunque
renunciando a poder estar en Jerusalén para la Pascua. Le acompañan siete de sus colaboradores
(v.4), algunos de cuyos nombres vuelven a aparecer en sus cartas (cf. Rom 16:21; Ef 6:21; Gol
4:7; 2 Tim 4:12.20; Tit 3:12), y que, sin duda, habían sido elegidos por las diversas iglesias, secundando
los deseos de Pablo de no querer administrar por sí solo dineros ofrecidos para beneficencia
(cf. 1 Cor 16:3-4; 2 Cor 8:20-21). En un momento del viaje, que no podemos precisar, se
dividió el grupo, acelerando algunos de ellos la marcha y esperando a los demás en Tróade (v.5).
Tampoco se ve claro quiénes son los que se adelantan: si solamente Tíquico y Trófimo, o todos
los siete antes mencionados, quedando atrás únicamente Pablo y Lucas, que se le habría juntado
en Filipos.
La “fracción del pan” en Tróade, 20:6-12.
6 Nosotros, después de los días de los Ázimos, partimos de Filipos, y a los cinco días
nos reunimos con ellos en Tróade, donde nos detuvimos siete días. 7 El primer día de
la semana, estando nosotros reunidos para partir el pan, platicando con ellos Pablo,
que debía partir al día siguiente, prolongó su discurso hasta la medianoche. 8 Había
muchas lámparas en la sala donde estábamos reunidos· 9 Un joven llamado Eutico,
que estaba sentado en una ventana, abrumado por el sueño, porque la plática de
Pablo se alargaba mucho, se cayó del tercer piso abajo, de donde lo levantaron
muerto. 10 Bajó Pablo, se echó sobre él y, abrazándole, dijo: No os turbéis, porque
está vivo. n Luego subió, partió el pan, lo comió y prosiguió la plática hasta el amanecer,
y luego partió. 12 Le trajeron vivo al muchacho, con gran consuelo de todos.
El presente relato de Lucas es de importancia extraordinaria en orden a la historia de la iglesia
primitiva. Lo mismo que en Jerusalén (cf. 2:42-46), también aquí, en Tróade, se reúnen los fieles
para “partir el pan” (v.7.n); expresión, como ya explicamos entonces, con la que claramente se
alude al rito eucarístico. Este es el hecho realmente importante, que conviene destacar; lo demás,
incluso la resurrección de un muerto, como Eutico (v.g-12; cf. 1 Reg 17:21-23; 2 Reg 4:34-36),
ya no son sino datos episódicos.
Pablo, a quien desde Filipos acompaña Lucas, que de nuevo vuelve a usar en la narración
la primera persona de plural (v.5-6; cf. 16:10-40), pasa en esta ciudad las fiestas pascuales o de
los Ázimos (cf. Ex 12:15), dirigiéndose luego a Tróade, en cuyo viaje emplean “cinco días”
(v.6). Son de notar estos “cinco días” para un recorrido en el que sólo se habían empleado “dos”
en una ocasión anterior (cf. 16:11); quizás se deba a que los vientos eran contrarios, o quizás
también a que se detuvieron algún tiempo en Neápolis, ciudad que servía de puerto a Filipos, an4705
tes de coger la nave. En Tróade, ciudad que Pablo había visitado ya por lo menos dos veces (cf.
16:8; 2 Cor 2, 12), se detienen “siete días” (v.6), y es en esta ciudad donde tiene lugar la reunión
para “partir el pan,” a que aludimos antes.
La reunión se celebra “el primer día de la semana” (v.7), es decir, el día siguiente al sábado,
correspondiente a nuestro domingo (dies dominica, señorial o del Señor), nombre que no
tardará en aparecer en los documentos cristianos (cf. Ap 1:10) y que parece debe su origen a ser
el gran día en que resucitó el Señor. El modo como se expresa San Lucas: “El domingo, estando
nosotros reunidos para partir el pan..,” da la impresión de que no fue por mera coincidencia el
que la reunión tuviera lugar en domingo, sino que era normal el tenerla cada domingo. Desde
luego, para tiempos algo posteriores tenemos de ello testimonios explícitos 179, y es obvio suponer
que también lo fuera ya así en la época apostólica. San Pablo mismo, recomendando a los
Corintios la colecta para los pobres de Jerusalén (1 Cor 16:2), da claramente a entender que también
en Corinto había cada domingo reunión de los fieles, reunión de cuya naturaleza o finalidad
nada se dice, pero que, sin duda, sería para la “fracción del pan,” igual que la de Tróade. Si en la
iglesia de Jerusalén esta, “fracción del pan” se hacía diariamente (cf. 2:46), eso debió de ser sólo
en un principio, cuando los cristianos, pocos aún en número, renunciando a la propiedad de sus
bienes, hacían sus comidas en común “con alegría y sencillez de corazón,” siendo natural que,
unida a esa comida ordinaria, hicieran también la “fracción del pan.” No consta que en tiempos
posteriores, cambiadas las circunstancias, continuara esa reunión diaria para la “fracción del
pan”; más probable parece que, al igual que en otras iglesias, también en Jerusalén hubiera una
reunión dominical para “partir el pan.”
Otro dato interesante es que esa reunión tenía lugar por la' tarde 180, pues Pablo “prolongó
su discurso hasta la medianoche” (v.7) y, después de partir el pan, todavía “prosiguió la plática
hasta el amanecer” (v.11). No está claro si se trata de la noche del sábado al domingo o de la
del domingo al lunes. Si contamos a la manera greco-romana, es evidente que se trataría de la
noche del domingo al lunes, pues de una reunión que comenzaba el sábado por la tarde no podría
decirse: “el domingo, estando nosotros reunidos...” (v.7); sin embargo, es muy posible que San
Lucas, acomodándose al cómputo judío, comenzase a contar el nuevo día, no desde la medianoche,
como los griegos o romanos, sino desde la puesta del sol del día anterior; en cuyo caso, la
noche de referencia habrá de ser la del sábado al domingo. Con ello tendremos, además, mayor
conformidad con el tiempo en que resucitó el Señor, que fue también en la noche de un sábado a
un domingo. Ni es obstáculo contra esta interpretación el que, como Pablo había de partir “al día
siguiente” (v.7), si contamos a la manera judía, el “día siguiente” a la noche del sábado al domingo
seria el lunes y, por tanto, Pablo habría permanecido en Tróade, una vez terminada la reunión
eucarística, durante todo el domingo, cosa que parece contraria al conjunto de la narración
(cf. v.7.11). Y digo que no es obstáculo, pues ese “al día siguiente” puede muy bien significar,
incluso para un judío, el tiempo siguiente a la noche, prescindiendo de todo método de computación
en los días (cf. 23:31-32).
De Tróade a Mileto, 20:13-16.
13 Nosotros, adelantándonos a tomar la nave, zarpamos rumbo a Assos, donde
habíamos de recoger a Pablo, porque él había dispuesto hacer hasta allí el viaje por
tierra. 14 Cuando se nos unió en Assos, lo tomamos en la nave, y llegamos hasta Mitilene.
15 De aquí, hechos a la vela, pasamos al día siguiente en frente de Quío; al tercer
día navegamos hasta Samos, y al otro día llegamos a Mileto. 16 Había resuelto
Pablo, en efecto, pasar de largo por Efeso, a fin de no retardarse en Asia, pues que4706
ría, a ser posible, estar en Jerusalén el día de Pentecostés.
Descripción minuciosa, la que aquí hace Lucas, de la ruta seguida por Pablo al dejar Tróade. Parece
incluso que la nave, una simple nave de cabotaje, que luego dejarán cuando hayan de internarse
en el mar (21:2), estaba más o menos a disposición del grupo de Pablo, pues es éste quien
parece fijar las escalas del navio (cf. v.13.16).
Al salir de Tróade, la comitiva se divide en dos grupos, y mientras unos hacen el viaje
hasta Assos por mar, Pablo con otros lo hace por tierra (v.13), habiendo de recorrer a pie o en
cabalgadura unos 40 kilómetros. Ignoramos las razones que indujeron a Pablo a escoger el camino
por tierra, después de haber hecho embarcar a sus compañeros y haberse citado con ellos en
Assos. Quizá fue para seguir más tiempo con los hermanos de Tróade, que así podían acompañarle
en el camino, o quizá por otras razones. Sólo podemos hacer conjeturas. Una vez en Assos,
juntos ya todos los del grupo, navegan hacia Mitilene, capital de la isla de Lesbos, situada en su
costa oriental. De Mitilene siguen navegando hacia el sur, pasando al día siguiente frente a la isla
de Quío, y, al siguiente, frente a la de Samos (v.15), dejando a su izquierda a Efeso, en la costa
asiática, donde Pablo no quería detenerse (v.16). Siguiendo hacia el sur, se detienen en Mileto
(v.1s), a unos 50 kilómetros de Efeso, donde la estancia se prolongó algunos días 181.
La razón de por qué Pablo no quería tocar el puerto de Efeso era, nos dice Lucas, porque
deseaba estar en Jerusalén para Pentecostés (v.16), y una escala en aquella ciudad, de tantos conocidos
para él (cf. 19:10), inevitablemente se habría trocado en una estancia larga. Poco después,
dirá el mismo Pablo que va a Jerusalén como empujado por una fuerza irresistible de su
espíritu, aunque previendo las graves tribulaciones que allí le esperan (cf. 20:22-23).
Discurso de Pablo en Mileto, 20:17-38.
17 Desde Mileto mandó a Efeso a llamar a los presbíteros de la iglesia. 18 Guando llegaron
a él, les dijo: “Vosotros sabéis bien cómo me conduje con vosotros todo el
tiempo desde que llegué a Asia, 19 sirviendo al Señor con toda humildad, con lágrimas
y en tentaciones que me venían de las asechanzas de los judíos; 20 cómo no omití
nada de cuanto os fuera de provecho, predicándoos y enseñándoos en público y en
privado, 21 dando testimonio a judíos y a griegos sobre la conversión a Dios y la fe en
nuestro Señor Jesús. 22 Ahora, encadenado por el Espíritu, voy hacia Jerusalén, sin
saber lo que allí me sucederá, 23 sino que en todas las ciudades el Espíritu Santo me
advierte, diciendo que me esperan cadenas y tribulaciones. 24 Pero yo no hago ninguna
estima de mi vida, con tal de acabar mi carrera y el ministerio que recibí del
Señor Jesús, de anunciar el evangelio de la gracia de Dios. 25 Sé que no veréis más
mi rostro, vosotros todos por quienes he pasado predicando el reino de Dios; 26 por
lo cual en este día os testifico que estoy limpio de la sangre de todos, 27 pues os he
anunciado plenamente el consejo de Dios. 28 Mirad por vosotros y por todo el rebaño,
sobre el cual el Espíritu Santo os ha constituido obispos, para apacentar la Iglesia
de Dios, que El adquirió con su sangre. 29 Yo sé que después de mi partida vendrán
a vosotros lobos rapaces, que no perdonarán al rebaño, 30 y que de entre vosotros
mismos se levantarán hombres que enseñen doctrinas perversas para arrastrar
a los discípulos en su seguimiento. 31 Velad, pues, acordándoos de que por tres años,
noche y día, no cesé de exhortaros a cada uno con lágrimas. 32 Yo os encomiendo al
Señor y a la palabra de su gracia; al que puede edificar y dar la herencia a todos los
que han sido santificados. 33 No he codiciado plata, oro o vestidos de nadie. 34 Voso4707
tros sabéis que a mis necesidades y a las de los que me acompañan han suministrado
estas manos. 35 En todo os he dado ejemplo, mostrándoos cómo, trabajando así, socorráis
a los necesitados, recordando las palabras del Señor Jesús, que El mismo dijo:
Mejor es dar que recibir.” 36 En diciendo esto, se puso de rodillas con todos y
oró; 37 y se levantó un gran llanto de todos, que, echándose al cuello de Pablo, le besaban,
38 afligidos sobre todo por lo que les había dicho de que no volverían a ver su
rostro. Y le acompañaron hasta la nave.
Este discurso de Pablo en Mileto es de tonos realmente conmovedores, pudiéndose decir que
ocupa entre sus discursos el mismo lugar que el de la cena entre los de Jesucristo. Todo él rezuma
celo, ternura, desinterés, amor entrañable a las almas, siendo una de las páginas que más al
vivo nos dan a conocer la grandeza del corazón de Pablo 182. Si hubiéramos de reducirlo a esquema,
podríamos distinguir tres partes: Evocación de sus tres años de apostolado en Efeso (v.
18-21); presentimiento de separación definitiva, quizá la de la muerte (v.22-27); exhortación a la
vigilancia y al trabajo apostólico desinteresado (v.28-3 5).
Pablo, aunque no había querido detenerse en Efeso (v.16), no quiso alejarse de aquellas
regiones sin despedirse de la comunidad efesina. Para ello manda llamar a los “presbíteros” de
aquella iglesia (v.17), que puntualmente acuden a la llamada (v.18).
Estos “presbíteros” (πρεσβύτεροι) son los mismos que luego, en el v.28, serán llamados “obispos”
(επίσκοποι), y se trata, como ya explicamos al comentar 11:30, de simples sacerdotes, no de
obispos en el sentido actual de la palabra. San Pablo les dice que han sido puestos en su cargo
“por el Espíritu Santo” (v.28), con lo que da a entender que los apóstoles, al constituir superiores
jerárquicos en las comunidades cristianas, obraban como mandatarios de Cristo y transmisores
de la voluntad divina (cf. 15:28); les dice, además, que han sido puestos “para apacentar la Iglesia
de Dios, que él adquirió con su sangre” (v.28). Este término “apacentar” (ποιμαίνειν) es el
mismo que había empleado también el Señor (cf. Jn 21:16), e indica que la misión de estos
“presbíteros-obispos” era, dentro de su campo: velar por los intereses espirituales de los fieles.
En cuanto a la expresión “Iglesia de Dios, que él adquirió con su sangre,”
(..περιεποιήσατο δια του αίματος του ιδίου), notemos que es una clara afirmación de la divinidad
de Jesucristo, pues es únicamente Jesucristo, no el Padre ni el Espíritu Santo, quien ha
derramado su sangre por los seres humanos (cf. Mt 26:28; Ef 1:7; i Pe 1:19). La expresión tiene
gran parecido con Tit 2:13-14: “del gran Dios y Salvador nuestro, Cristo Jesús, que se entregó
por nosotros para rescatarnos de toda iniquidad y adquirirse un pueblo propio.” 183
Los “lobos rapaces” que entrarán en el rebaño confiado a estos presbíteros-obispos (v.29;
cf. Mt 7:15), y los seress humanos perversos que “se levantarán de aquella misma comunidad”
(ν.βο), parece ser una alusión profética a las sectas judaizantes y gnósticas que pulularán en
aquellas regiones y de que son claro testimonio las cartas pastorales (cf. 1 Tim 1:3-4; 4:1-3;
6:20-21; 2 Tim 2:16-19; Tit 3:9) y otros escritos neotestamentarios (cf. 2 Pe 2:17-19; Jds 4-19;
Ap 2:12-25). También en las cartas a los Efesios y a los Colosenses denuncia Pablo tales gérmenes
(cf. Ef 5:6-7; Col 2:8.16). Deben, pues, los presbíteros-obispos vigilar atentamente contra
estos peligros, a imitación de Pablo, que día y noche, de manera totalmente desinteresada, no ha
cesado de exhortarles (v.31-34). E insistiendo en lo del desinterés, añade una sentencia o logion
de Jesucristo: “Mejor es dar que recibir” (v.35), que no encontramos en los Evangelios, y que
quizá Pablo sacó de la catequesis apostólica común, que ciertamente no fue recogida íntegramente
en los Evangelios escritos. Otras sentencias o máximas parecidas (agrafa), de mayor o menor
autoridad histórica, se encuentran en las obras de los primeros escritores cristianos y en los papi4708
ros.
Pablo, al pronunciar este discurso, lo hace con el presentimiento de que no volverá a pasar
por Efeso (v.25); y así lo entienden sus oyentes, siendo esto precisamente lo que más motivó
el profundo llanto de éstos (v.37-38). El presentimiento, sin embargo, no se cumplió; pues Pablo,
como sabemos por las epístolas pastorales, volvió a pasar por Efeso (cf. 1 Tim 1:3; 2 Tim 4:20).
Aunque sus palabras “sé que no veréis..” (v.25) parecen ser claramente una rotunda afirmación,
no son, en ese contexto, sino una simple conjetura, fundada probablemente en el odio que cada
vez más le iban mostrando los judíos (cf. v.3-19) y en las “predicciones de cadenas y tribulaciones”
que repetidamente le hacía el Espíritu (v.23), como luego le seguirá haciendo en el resto del
viaje hacia Jerusalén (cf. 21:10-11), y que parecían ser indicio de que no lograría escapar con
vida. Eso, sin embargo, no le daba seguridad, pues poco antes ha dicho que va a Jerusalén “encadenado
por el Espíritu 184, sin saber lo que allí le sucederá” (v.22). Además, caso de salir con
vida, sabemos que tenía plan de marchar a la evangelización de España (cf. Rom 15:19-24). El
que San Lucas recoja, sin explicaciones de ningún género, estos presentimientos del Apóstol, que
luego, al menos en parte, resultaron fallidos, demuestra que escribía en fecha anterior a las mencionadas
epístolas pastorales y antes que San Pablo volviese a Oriente después de su prisión romana.
De Mileto a Jerusalén, 21:1-16.
1 Así que, separándonos de ellos, nos embarcamos, fuimos derechos a Cos, y al siguiente
día a Rodas, y de allí a Petara, 2 donde, habiendo hallado una nave que
hacía la travesía a Fenicia, nos embarcamos y nos dimos a la mar. 3 Luego dimos
vista a Chipre, que dejamos a la izquierda, navegamos hasta Siria y desembarcamos
en Tiro, porque allí había de dejar su carga la nave. 4 En Tiro encontramos discípulos,
con los cuales permanecimos siete días. Ellos, movidos del Espíritu, decían a Pablo
que no subiese a Jerusalén. 5 Pasados aquellos días, salimos, e iban acompañándonos
todos con su mujeres e hijos hasta fuera de la ciudad. Allí, puestos de rodillas
en la playa, oramos, 6 nos despedimos y subimos a la nave, volviéndose ellos a su casa.
7 Nosotros, yendo de Tiro a Tolemaida, acabamos nuestra navegación, y saludados
los hermanos, nos quedamos un día con ellos. 8 Al día siguiente salimos; llegamos
a Cesárea, y entrando en casa de Felipe, el evangelista, que era uno de los siete,
nos quedamos con él. 9 Tenía éste cuatro hijas vírgenes que profetizaban. 10
Habiéndonos quedado allí varios días, bajó de Judea un profeta llamado Agabo, 11
el cual, llegándose a nosotros, tomó el cinto de Pablo, y atándose los pies y las manos
con él, dijo: “Esto dice el Espíritu Santo: Así atarán los judíos en Jerusalén al varón
cuyo es este cinto, y le entregarán en poder de los gentiles.” 12 Cuando oímos esto,
tanto nosotros como los del lugar le instamos a que no subiese a Jerusalén. 13 Pablo
entonces respondió: ¿Qué hacéis con llorar y quebrantar mi corazón? Pues pronto
estoy, no sólo a ser atado, sino a morir en Jerusalén por el nombre del Señor Jesús.
14 No pudiendo disuadirle, guardamos silencio, diciendo: Hágase la voluntad del
Señor. 15 Después de estos días, hechos los preparativos necesarios, subimos a Jerusalén.
16 Iban con nosotros algunos discípulos de Cesárea, que nos condujeron a casa
de un tal Mnasón, chipriota, antiguo discípulo, en la cual nos hospedamos.
Al dejar Mileto y volver de nuevo a coger la nave, parece que el grupo que acompañaba a Pablo
(cf. 20:4) se restringió bastante; al menos eso insinúa el hecho de que no vuelvan a ser mencio4709
nados sino Trófimo (21:19) y Aristarco (27:2), además de Lucas implícitamente, en cuanto que
la narración continúa en primera persona de plural. Hay quienes creen que Timoteo partió de Mileto
para Efeso, donde lo encontramos más tarde (cf. 1 Tim 1:3); sin embargo, téngase en cuenta
que Timoteo ciertamente estuvo con Pablo en Roma (cf. Gol 1:1; Flp 1:1; Flm i), y lo mismo hay
que decir de Tíquico (Ef 6:21; Col 4:7).
La descripción de la ruta seguida por Pablo sigue siendo muy detallada. De Mileto navegan
rumbo a la isla de Cos, célebre por su templo de Esculapio y la aneja escuela de medicina; al
día siguiente llegan a Rodas, otra hermosa isla más al sur, célebre por su Coloso, una de las siete
maravillas del mundo; de allí a Pátara 185, ciudad de Licia, en la costa asiática, frente a Rodas
(v.1). En Pátara dejan la navegación de cabotaje y embarcan en una nave que salía para Fenicia
(v.2), con rumbo a Tiro, donde la nave “había de dejar su carga” (ν.3).
Es en Tiro donde se van a detener “siete días” (v.4), debido seguramente a exigencias del
servicio de la nave, tiempo que Pablo aprovecha para ponerse en contacto con aquella iglesia.
Había sido fundada por los helenistas dispersos con ocasión de la muerte de Esteban (cf. 11:19),
y probablemente había sido ya visitada por Pablo en otras ocasiones (cf. 15:3). Algunos de los
fieles “movidos del Espíritu” (v.4), es decir, iluminados por el Espíritu Santo sobre los sufrimientos
y las privaciones que esperaban a Pablo en Jerusalén, y de alli es que intentan disuadirlo
de ese viaje, llevados sin duda de su afecto que sentían hacia él. Pablo no les hace caso y, después
de una despedida afectiva, vuelve a subir a la nave, navegando hasta Tolerada (v.7), la actual
Acre, en la bahía situada al pie del monte Carmelo. En Tolemaida se detienen solamente “un
día,” dejando ya la nave que los había traído desde Pátara (v.7), saliendo a continuación para Cesárea
(v.8). No está claro si este viaje hasta Cesárea lo hicieron ya por tierra o continuaron todavía
por mar en otra nave. Los “preparativos,” de que se habla en el v. 15, parecen suponer que
fue en Cesárea cuando acabó el viaje por mar.
La estancia en Cesárea duró “varios días” (v.10), hospedándose Pablo y los suyos “en casa
de Felipe, el evangelista” (v.8). De este Felipe, que era “uno de los siete,” se ha hablado ya
anteriormente (cf. 6:5; 8:5-40). No es fácil precisar qué incluye ese término “evangelista” con
que lo designa San Lucas; probablemente se trata del carisma de “evangelista,” de que Pablo
habla en sus cartas (cf. Ef 4:11; 2 Tim 4:5). La misión de estos “evangelistas” debía de ser la de
propagadores ambulantes de la buena nueva o “evangelio,” ocupando junto con los “apóstoles”
el puesto de vanguardia de la predicación cristiana 186. Vemos que Felipe estaba casado y tenía
“cuatro hijas vírgenes que profetizaban” (v.9); es de los pocos casos (cf. Lc 1:41-55 2:36) en que
el Nuevo Testamento habla del carisma de profecía concedido a mujeres. Parece que Lucas, al
hacer notar que eran “vírgenes,” relaciona estrechamente este carisma con su virginidad, que
habrían escogido con deliberado propósito como estado permanente, para vivir más íntegramente
consagradas al Señor (cf. 1 Cor 7:34-35)·
En cuanto a la profecía simbólica de Agabo, atándose los pies y las manos con el cinto de
Pablo (v.11), su anuncio concordaba en sustancia con el de los carismáticos de Tiro (cf. v.4) y
con lo que el mismo Pablo había dicho ya en su discurso de Mileto (cf. 20:23). Esta clase de profecías,
acompañando las palabras con gestos y acciones simbólicas, habían sido muy frecuentes
en los antiguos profetas judíos (cf. 1 Sam 15:27-28; Is 20:2-4; Jer 13:1-11; Ez 4:1-17). Parece
que este Agabo es el mismo de quien ya se habló en 11:28; si San Lucas lo presenta de manera
indeterminada (τιδ..προφήτης ονόματι Αγαβος) debe ser debido a que toma esta narración de alguna
parte, quizá de su mismo Diario de viaje, en que se hablaba de Agabo por primera vez, y
San Lucas olvidó que ya había hablado de él. La contestación de Pablo a los que, después de la
profecía de Agabo, intentaban disuadirle de su viaje a Jerusalén, es digna de quien, como él, está
4710
entregado totalmente a Jesucristo, pero que tiene también un corazón sensible; por eso, al mismo
tiempo que se declara “dispuesto no sólo a ser atado, sino a morir por el nombre de Jesús,” les
ruega que no lloren ni le supliquen que deje el viaje, pues con ello no hacen más que “quebrantar
su corazón” (v.13).
Desde Cesárea, Pablo y los suyos van a comenzar la última etapa del viaje, que les llevará
hasta Jerusalén. La distancia era de 102 kilómetros, y podía hacerse perfectamente en dos jornadas.
Los “preparativos” de que se habla (v.1s) implicaban el hallar acémilas para los del grupo y
las ofrendas, que probablemente eran voluminosas, pues no serían sólo en dinero, sino también
en objetos de diversa índole. Quizá a eso sea debido también, por razones de mayor seguridad, el
que vayan con ellos “algunos discípulos de Cesárea,” quienes, además, se preocupan de buscarles
alojamiento en casa de Mnasón 187, un antiguo discípulo, originario de Chipre (cf. 4:36;
11:20), cuyas ideas de judío-cristiano helenista eran sin duda más abiertas que las de los judío-
Cristian os palestinenses, quienes difícilmente hubieran admitido en su casa cristianos no circuncidados
(cf. 11:2-3), como ciertamente lo eran algunos del grupo de Pablo (cf. 21:19).
El Prisionero de Cristo, 21:17-28:31.
Pablo en Jerusalén, 21:17-26.
17 Llegados a Jerusalén, fuimos recibidos por los hermanos con alegría. 18 Al día siguiente,
Pablo, acompañado de nosotros, visitó a Santiago, reuniéndose allí todos los
presbíteros. 19 Después de saludarlos, contó una por una las cosas que Dios había
obrado entre los gentiles por su mano. 20 Ellos, oyéndole, glorificaban a Dios, y le dijeron:
Ya ves, hermano, cuántos millares de creyentes hay entre los judíos, y que todos
son celadores de la Ley. 21 Pero han oído de ti que enseñas a los judíos de la dispersión
que hay que renunciar a Moisés y les dices que no circunciden a sus hijos ni
sigan costumbres mosaicas. 22 ¿Qué hacer, pues? Seguro que sabrán que has llegado.
23 Haz lo que vamos a decirte: Tenemos cuatro varones que han hecho voto; 24
tómalos, purifícate con ellos y págales los gastos para que se rasuren la cabeza, y así
todos conocerán que no hay nada de cuanto oyeron sobre ti, sino que sigues en la
observancia de la Ley. 25 Cuanto a los gentiles que han creído, ya les hemos escrito
nuestra sentencia de que se abstengan de las carnes sacrificadas a los ídolos, de la
sangre, de lo ahogado y de la fornicación. 26 Entonces Pablo, tomando consigo a los
varones, purificado con ellos al día siguiente, entró en el templo, anunciando el
cumplimiento de los días de la consagración, en espera de que fuese presentada la
ofrenda por cada uno de ellos.
Es ésta la quinta vez, después de su conversión, que Pablo visita Jerusalén (cf. 9:26; 11:30; 15:4;
18:22). Pronto, aquí en Jerusalén, va a comenzar su largo cautiverio, de algo más de cuatro años,
que le obligará a interrumpir esa prodigiosa actividad que ha venido desarrollando desde que,
junto con Bernabé, comenzó su primer gran viaje misional, partiendo de Antioquía para Chipre
(cf. 13:3-4).
El primer encuentro de Pablo con los cristianos de Jerusalén fue cordial y plenamente
amistoso (v.17). Era, sin embargo, un recibimiento privado, en el que no faltaría un buen grupo
de cristianos helenistas, como Mnasón, que, enterados de la llegada de los misioneros, acudieron
presurosos a saludarles, alegrándose con ellos de los grandes éxitos de la predicación entre los
4711
gentiles. El encuentro oficial tuvo lugar al día siguiente, cuando” Pablo y los suyos visitan a Santiago,
reuniéndose allí todos los presbíteros” (v.18). Era éste un momento sumamente importante,
que ya de tiempo traía preocupado a San Pablo, pensando en el cual había escrito a los ' Romanos:
“Os exhorto.. a que me ayudéis con vuestras oraciones a Dios para que me libre de los
incrédulos en Judea y que el servido que me lleva a Jerusalén sea grato a los santos” (Rom
15:31). Es probable que fuera en esta entrevista cuando entregó las colectas, que habían sido la
ocasión del viaje. No sabemos cómo serían recibidas; es de creer que bien (cf. 24:17), aunque
quizá el gesto no resultó tan eficaz como se hubiera podido esperar. Lo cierto es que los reunidos,
aunque, alegres, “glorifican a Dios” ante las noticias que cuenta Pablo sobre la expansión de
la Iglesia entre los gentiles (v.20), allí mismo muestran cierto desacuerdo con su manera de proceder
respecto al modo de hablar de la Ley, solicitando de él una deferencia hacia los ritos judíos
(v.24). Ni parece ser sólo para evitar complicaciones a causa de algunos judío-cristianos más
exaltados, como en 15:5, pues hablan de manera general: “todos son celadores de la Ley” (v.20);
y los mismos reunidos muestran compartir, más o menos, la misma opinión, de ahí aquellas palabras
finales: “Cuanto a los gentiles.. ya hemos escrito..” (v.25), como quien dice: ésos que sigan
con la libertad otorgada en el concilio de Jerusalén (15:28-29), pero los judío-cristianos que
no dejen el mosaísmo.
No era verdad que Pablo, como se decía en Jerusalén, exigiese a los judíos convertidos
que “renunciasen a Moisés” y que “no circuncidasen a sus hijos” (v.21); pero no cabe duda que
su predicación, enseñando que la única fuente de justificación es la fe y que la circuncisión y ley
mosaica no conferían al judío ninguna ventaja sobre el gentil (cf. Rom 1:16; 3:22; 4:9-12; 1 Cor
7:17-20; Gal 5:6), llevaba claramente a esas conclusiones. Pablo no insistía en esos principios
precisamente para que los judíos dejasen las observancias mosaicas, pues incluso él mismo parece
que, en general, siguió observándolas (cf. 16:3; 18:18; 23:6; 24:11-14; 25:8; 26:4-5; 28:17),
sino para asegurar la libertad de los convertidos de la gentilidad, que difícilmente hubieran admitido
esas prácticas y que, además, no tenían por qué admitirlas (cf. Gal 2:11-16).
No había, desde luego, diferencia alguna sustancial entre Pablo y la iglesia de Jerusalén, a
cuya cabeza estaba Santiago; pero había bastante diferencia de matices, debido, sin duda, a las
diversas circunstancias de la iglesia de Jerusalén y aquellas en que Pablo venía actuando. Para
ambas partes era verdad inconcusa que la salud había de buscarse no en la observancia del mosaísmo,
sino en la fe en Jesucristo, y esto lo mismo gentiles que judíos (cf. 15:11); también era
admitido por todos que la observancia de las prácticas mosaicas no estaba prohibida a los judíos
que se convertían, siendo sólo bastante más tarde, probablemente después del 70, cuando dicha
práctica comenzó a considerarse como ilícita. Pero, supuesta esa identidad en lo fundamental, no
cabe duda que Pablo mostraba más libertad que la iglesia de Jerusalén respecto de la observancia
de la Ley; y mientras él hacía resaltar a cada paso la idea universalista donde “no había judío
ni griego” (Gal 3:28) y donde Cristo, derribado “el muro de separación, de dos pueblos había
hecho uno” (Ef 2:14), los fieles de Jerusalén, con Santiago a la cabeza, seguían estrechamente
apegados al mosaísmo y celosos observadores de sus prescripciones. ¿Sería porque consideraban
esas prácticas mosaicas, en un judío, como condición necesaria de mayor perfección, o sería
simplemente, sin precisar tanto, por cierto atavismo venerable que no había por qué abandonar?
La respuesta es difícil, dada la escasez de datos; pero del hecho no puede dudarse (cf. 11:1-18;
Gal 2:12).
Pues bien, lo que “Santiago y los presbíteros” de la iglesia de Jerusalén (ν. 18) piden a
Pablo es que aparezca ante el pueblo como fiel observador de la Ley (v.24), dando a entender,
además, a través del conjunto de la narración (v.20-25), que nada ven de criticable en esa exi4712
gencia del pueblo. El voto de los cuatro varones a los que Pablo ha de asociarse, purificándose
con ellos y pagándoles los gastos que el cumplimiento del voto llevaba consigo (v.23-24), era,
sin duda alguna, el voto del “nazireato,” de que ya hablamos al comentar 18:18. Probablemente,
debido a lo de las colectas, Pablo disponía en esa ocasión de relativamente abundantes fondos,
por lo que le era fácil tomar sobre sí ese padrinazgo. De hecho, puesto que lo que se le pide en
nada contradecía sus principios doctrinales, Pablo acepta la proposición (v.26), cumpliendo
aquello de “hacerse judío con los judíos.. y todo para todos, a fin de salvarlos a todos” (1 Cor
9:20-22).
No está claro cuál era concretamente el papel de Pablo, además de lo de pagar los gastos.
Lo que se dice, de que “se purificó con ellos” y luego entró en el templo (v.26), no exige necesariamente
que también él hiciese voto de nazireato, cuya duración mínima parece que era de treinta
días 188, basta que, como padrino que pagaba los gastos, se asociase con los cuatro que tenían
el voto, sometiéndose por devoción personal a alguno de los ritos secundarios en conexión con
ese voto, máxime que, viniendo de países paganos, necesitaba también de ciertas purificaciones
antes de entrar en el templo. Parece que, debido a la gran afluencia de peregrinos, sobre todo en
tiempos de fiestas, era costumbre notificar de antemano en el templo la terminación del voto, a
fin de fijar, de acuerdo con los sacerdotes, el día en que debían ofrecerse los sacrificios prescritos;
esto es lo que habría hecho Pablo en nombre de sus cuatro patrocinados (v.26). Si luego se
habla de “siete días” (v.27), parece es debido a que, de hecho, ése debió ser el plazo para la terminación
total de las obligaciones del voto.
Prisión de Pablo, 21:27-40.
27 Cuando estaban para acabarse los siete días, judíos de Asia, que le vieron en el
templo, alborotaron a la muchedumbre y pusieron las manos sobre él, 28 gritando:
“Israelitas, ayudadnos; éste es el hombre que por todas partes anda enseñando a todos
contra el pueblo, contra la Ley y contra este lugar, y como si fuera poco, ha introducido
a los gentiles en el templo y ha profanado este lugar santo.” 29 Era que
habían visto con él en la ciudad a Trófimo, efesio, y creyeron que Pablo le había introducido
en el templo. 30 Toda la ciudad se conmovió y se agolpó en el templo, y
tomando a Pablo, le arrastraron fuera de él, cerrando enseguida las puertas.
31Mientras trataban de matarle, llegó noticia al tribuno de la cohorte de que toda
Jerusalén estaba amotinada; 32 y tomando al instante los soldados y los centuriones,
corrió hacia ellos. En cuanto vieron al tribuno y a los soldados, cesaron de golpear a
Pablo. 33 Acercóse entonces el tribuno, y cogiéndole, ordenó que le echasen dos cadenas
y le preguntó quién era y qué había hecho. 34 Los de la turba decían cada uno
una cosa, y no pudiendo sacar nada en claro a causa del alboroto, ordenó llevarle al
cuartel. 35 Al llegar a las escaleras, en vista de la violencia de la multitud, Pablo fue
llevado por los soldados, 36 pues la muchedumbre seguía gritando: ¡Quítalo! 37 A la
entrada del cuartel, dijo Pablo al tribuno: ¿Me permites decirte una cosa? El le contestó:
¿Hablas griego? 38 ¿Pero no eres tú el egipcio que hace algunos días promovió
una sedición y llevó al desierto cuatro mil sicarios? 39 Respondió Pablo: Yo soy judío,
originario de Tarso, ciudad ilustre de la Cilicia; te suplico que me permitas
hablar al pueblo. 40 Permitiéndoselo él, Pablo, puesto de pie en lo alto de las escaleras,
hizo señal al pueblo con la mano. Luego se hizo un gran silencio, y Pablo les dirigió
la palabra en hebreo.
4713
Lucas cuenta la prisión de Pablo con todo género de detalles. No sabemos si sería testigo ocular,
pues la narración en primera persona de plural desaparece poco después de la llegada a Jerusalén
(21:18) y no reaparece hasta el momento de embarcar para Roma en Cesárea (27:1). Mas sea de
eso lo que fuere, pudo muy bien recibir la información de testigos inmediatos, como, sin duda, lo
fueron muchos de entre los fieles.
Eran días en que Jerusalén rebosaba de peregrinos, debido a ser las fiestas de Pentecostés
(cf. 20:1.6). Entre ellos había también de la provincia romana de Asia (v.27), particularmente de
Efeso (cf. v.29), que conocían perfectamente las actividades misionales de Pablo en aquellas regiones,
y a quien consideraban como apóstata del judaísmo, al que era necesario eliminar (cf.
19:9; 20:19). La ocasión no podía ser más propicia. En Jerusalén, y más concretamente en los
atrios del templo, rebosantes de peregrinos enfervorizados, iba a ser muy fácil acabar con él.
Bastaría con dar la voz de alarma, cosa que hicieron ellos, lanzándose sobre Pablo y acusándole a
gritos de que por todas partes iba hablando “contra el pueblo, contra la ley y contra el templo” e
incluso se había atrevido a “introducir en él a los gentiles” (v.28). Este último extremo no parece
que fuese cierto; pero, con pretexto de que habían visto a Pablo acompañado del ex pagano Trófimo
por la ciudad (v.29), se imaginaron que también lo había introducido en el templo, con lo
que se proponían excitar mucho más las iras de la multitud. Las otras acusaciones, en sustancia,
son las mismas que habían lanzado ya contra Esteban (6:11-14) y antes contra Jesucristo (Mt
26:61).
Las acusaciones surtieron un efecto fulminante. Y no ya sólo los que entonces estaban en
los atrios del templo, sino que muy pronto se propagó fuera la noticia, y “se agolpó allí toda la
ciudad” (v.30), arrastrando a Pablo “fuera del templo,” es decir, fuera del atrio interior, para poder
obrar más libremente contra él. Su intención era “matarle” (ν.βΐ); por eso no es extraño que
los levitas de servicio se apresurasen a “cerrar las puertas” de dicho atrio interior (ν.30), a fin de
que con el derramamiento de sangre y consiguientes tumultos no quedase profanado ese lugar.
La cosa, sin embargo, no pudo llevarse a efecto, pues, enterado del tumulto el tribuno o jefe de la
guarnición romana en Jerusalén, cuya residencia estaba en la torre Antonia, se personó enseguida
allí con sus tropas (v.31-32), quitándoles a Pablo de entre las manos 189.
La primera disposición del tribuno es ordenar a sus soldados que amarren a Pablo (v.33),
a quien, sin duda, consideró como autor o causa del tumulto, queriendo ante todo enterarse de
qué se trataba. Como no pudo sacar nada en claro a causa del alboroto, ordena llevarlo a la fortaleza
o torre Antonia (v.34), para allí más tranquilamente examinar el caso. Antes de entrar en la
fortaleza, precisamente al subir las escaleras de entrada, Pablo pide al tribuno que le deje hablar
al pueblo, cosa que éste le concede, no sin antes mostrar su admiración porque le hablase en
griego (v.35-40). Parece que el tribuno tenía fuertes sospechas de que se trataba de un famoso
revolucionario, de origen egipcio, que poco antes había soñado con apoderarse de Jerusalén, a
cuyo efecto había reunido en el desierto una gran multitud de “sicarios,” para lanzarse luego sobre
la ciudad 190; de este egipcio debía de constarle al tribuno que no sabía griego, de ahí su extrañeza
al oír hablar en esa lengua a Pablo.
Obtenido el permiso, Pablo hace señal al pueblo de que quiere hablar, produciéndose un
“gran silencio” (v.40), que todavía fue “mayor” cuando oyeron que les hablaba “en lengua
hebrea” (22:2).
La expresión “lengua hebrea,” al igual que en otros pasajes del Nuevo Testamento (cf. Jn
5:2; 19:17), ha de entenderse “arameo,” que era el idioma usual en Palestina a, partir de la vuelta
de la cautividad.
4714
Discurso de Pablo al pueblo, 22:1-21.
1 Hermanos y padres, escuchad mi presente defensa ante vosotros. 2 Oyendo que les
hablaba en lengua hebrea, guardaron mayor silencio. Y prosiguió: 3 Yo soy judío,
nacido en Tarso de Gilicia, educado en esta ciudad e instruido a los pies de Gamaliel,
según el rigor de la Ley patria, celador de Dios, como todos vosotros lo sois hoy.
4 Perseguí de muerte esta doctrina, encadenando y encarcelando a hombres y mujeres,
5 como podrá testificar el sumo sacerdote y el colegio de los ancianos, de quienes
recibí cartas para los hermanos de Damasco, adonde fui para traer encadenados a
Jerusalén a los que allí había, a fin de castigarlos. 6 Pero acaeció que, yendo mi camino,
cerca ya de Damasco, hacia el mediodía, de repente me envolvió una gran luz
del cielo. 7 Caí al suelo y oí una voz que me decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?
8 Yo respondí: ¿Quién eres, Señor? Y me dijo: Yo soy Jesús Nazareno, a quien
tú persigues. 9 Los que estaban conmigo vieron la luz, pero no oyeron la voz del que
me hablaba. 10 Yo dije: ¿Qué he de hacer, Señor? El Señor me dijo: Levántate y entra
en Damasco, y allí se te dirá lo que has de hacer. n Como yo no veía a causa de la
claridad de aquella luz, conducido por los que me acompañaban entré en Damasco.
12 Un cierto Ananías, varón piadoso según la Ley, acreditado por todos los judíos
que allí habitaban, 13 vino a mí, y acercándoseme me dijo: Saulo, hermano, recobra
tu vista. Y en el mismo instante pude verlo. 14 Prosiguió: El Dios de nuestros padres
te ha elegido para que conocieras su voluntad y vieras al Justo y oyeras la voz de su
boca;15 porque tú le serás testigo ante todos los hombres de lo que has visto y oído. 16
Ahora ¿qué te detienes? Levántate, bautízate y lava tus pecados, invocando su nombre.
17 Guando volví a Jerusalén, orando en el templo tuve un éxtasis, 18 y vi al Señor
que me decía: Date prisa y sal pronto de Jerusalén, porque no recibirán tu testimonio
acerca de mí. 19 Yo contesté: Señor, ellos saben que yo era el que encarcelaba y
azotaba en las sinagogas a los que creían en ti, 20 y cuando fue derramada la sangre
de tu testigo Esteban, yo estaba presente, y me gozaba y guardaba los vestidos de los
que le mataban. 21 Pero El me dijo: Vete, porque yo quiero enviarte a naciones lejanas.
Este discurso de Pablo al pueblo de Jerusalén es, en realidad, una autobiografía apologética.
Obra maestra de sutileza apostólica, lo que Pablo pretende hacer ver a los excitados judíos es que
él no es un enemigo de la Ley, como se le ha acusado (cf. 21:28), sino que siempre fue celoso
observador de la misma, y si ahora se ha hecho cristiano y ha extendido su campo de acción a los
gentiles, ha sido por expreso mandato del cielo.
Podemos distinguir claramente tres partes: devoción y celo por la Ley antes de su conversión
(v.1-5); conversión al cristianismo merced a una intervención expresa del cielo y a los buenos
oficios de Ananías, varón muy acreditado entre los judíos (v.6-16); orden de ir a predicar a
los gentiles, recibida mientras estaba orando en el templo (v. 17-21). Se ve clara en Pablo la intención
de hacer resaltar todo lo que podía elevarle a los ojos de los judíos; de ahí la insistencia
en su educación judía, en la intervención de Ananías, y en que fue precisamente estando en el
templo cuando recibió el encargo de ir a predicar a los gentiles. También él podía haber añadido
algo semejante a lo que dijo Pedro en ocasión parecida: ante tales señales “¿quién era yo para
oponerme a Dios?” (11:17).
Para el comentario a los diversos datos sobre su vida que aquí nos ofrece San Pablo, re4715
mitimos a 9:1-30. Notemos únicamente que la aludida visión en el templo “al volver a Jerusalén”
(v. 17-21), aunque unida literariamente a la escena de la conversión, de hecho tiene lugar a tres
años de distancia (cf. 9:23-30; Gal 1:18). En cuanto al efecto del discurso, los judíos parece que
escucharon a Pablo con bastante sosiego; fue sólo al hablarles de que se le había ordenado ir a
predicar a los gentiles (v.21), cuando estalló el alboroto. Ese era precisamente el punto grave de
fricción, y aquel auditorio no estaba aún en condiciones de digerirlo.
Apela Pablo a su condición de ciudadano romano, 22:22-30.
22 Hasta aquí le prestaron atención; pero luego, levantando su voz, dijeron: Quita a
ése de la tierra, que no merece vivir. 23 Y gritando tiraban sus mantos y lanzaban
polvo al aire. 24 En vista de esto, ordenó el tribuno que lo introdujeran en el cuartel,
que lo azotasen y le diesen tormento, a fin de conocer por qué causa gritaban así contra
él. 25 Así que le sujetaron para azotarle, dijo Pablo al centurión que estaba presente:
¿Os es lícito azotar a un romano sin haberle juzgado? 26 Al oír esto el centurión,
se fue al tribuno y se lo comunicó, diciendo: ¿Qué ibas a hacer? Porque este
hombre es romano. 27 El tribuno se le acercó y dijo: ¿Eres tú romano? El contestó:
Sí. 28 Añadió el tribuno: Yo adquirí esta ciudadanía por una gran suma. Pablo replicó:
Pues yo la tengo por nacimiento. 29 Al instante se apartaron de él los que iban a
darle tormento, y el mismo tribuno temió al saber que, siendo romano, le había
hecho atar. 30 Al día siguiente, deseando saber con seguridad de qué era acusado por
los judíos, le soltó y ordenó que se reuniesen los príncipes de los sacerdotes y todo el
sanedrín, y llevando a Pablo se lo presentó.
Pablo no ha logrado convencer a los judíos. La idea de que los gentiles pudiesen ser equiparados
a ellos, los hijos de Abraham, el pueblo elegido, no les cabía en la cabeza. Su protesta no puede
ser más teatral: gritos, agitación de los mantos, polvo al aire.., es el desahogo de la ira impotente
(v.22-23).
Ante tal actitud de la muchedumbre, el tribuno ve que se complica la situación en vez de
aclararse, tanto más que él probablemente no había entendido nada del discurso en arameo de
Pablo. Por eso, para abreviar y acabar de una vez con aquellas incertidumbres, ordena que sea
metido en la torre Antonia y se recurra al método corriente de los azotes, con lo que el reo no
tardará en confesar la verdad (v.24). Este método de la tortura, como medio de inquisición, estaba
prohibido por las leyes romanas, al menos desde tiempos de Augusto 191, pero con frecuencia
ha sido practicado no sólo en tiempos antiguos, sino también después. Mas, cuando todo estaba
preparado para comenzar los azotes, sucede lo imprevisto: el reo declara que es ciudadano romano
(v.25).
El estupor primeramente del centurión y luego del tribuno es fácilmente explicable. Lo
que menos podían ellos imaginarse es que aquel judío alborotador, a quien se disponían a castigar,
fuese un ciudadano romano. Algo parecido había sucedido en Filipos, aunque con la diferencia
de que allí Pablo hizo su declaración después de haber sido ya azotado (16:37-39). Las
leyes Valeria y Porcia, como entonces explicamos, prohibían atar y someter a los azotes a un
ciudadano romano; por eso el tribuno, aun sin haber llegado a los azotes, teme haber incurrido en
responsabilidad por el solo hecho de haberle “mandado atar” (v.29).
No es fácil saber cómo los antepasados de Pablo habrían adquirido el derecho de ciudadanía
romana, pues él declara tenerla ya por nacimiento (v.28), y Tarso, patria de Pablo, no tenía
de iure ese privilegio, como lo tenía, por ejemplo, Filipos (cf. 16:12.21). El tribuno, de nombre
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Claudio Lisias (cf. 23:26), declara haberla adquirido “por una gran suma” (v.28). Sabemos, en
efecto, que en tiempos de Claudio (a.41-54), hubo gran tráfico de ese privilegio, y que Mesalina,
mujer de Claudio, se labró con ello una gran fortuna 192; es probable que fuera precisamente entonces
cuando la adquirió el tribuno, de ahí su nombre romano de Claudio unido al griego de Lisias.
Quizás alguno de los antepasados de Pablo la había adquirido también por compra, pasando
a ser un derecho de familia, o quizás esa ciudadanía había tenido origen como recompensa por
algún servicio prestado al Estado o por alguna otra causa para nosotros desconocida.
Aclarado lo de ciudadano romano, el tribuno quiere salir cuanto antes de aquella situación
embarazosa, y determina llevar a Pablo ante el sanedrín para saber con seguridad de qué
era acusado por los judíos (v.30). Así lo hace al día siguiente, para lo cual “soltó a Pablo” de sus
cadenas y mandó “reunir el sanedrín” (v.30). No está claro a qué cadenas o ligaduras se alude al
decir que “fue soltado,” pues no es creíble que sean aquéllas con que fue atado en orden a la flagelación
(v.25), ya que nos hallamos “al día siguiente,” ni de otra parte parece pueda aludirse a
las cadenas normales de un preso bajo custodia militaris (cf. 21:33), pues éstas las llevaban
siempre los presos, incluso fuera de la cárcel y teniendo que hablar en público (cf. 26:29). Quizás
para cuando estaban en la cárcel había otra clase de cadenas más gruesas, y de éstas sería de las
que fue soltado, o quizás se trate de las cadenas normales, pero de las que el tribuno habría querido
soltar a Pablo en un acto especial de deferencia hacia él, no queriendo que un ciudadano romano
compareciese delante de sus enemigos judíos en aquella condición menos digna.
Pablo ante el sanedrín, 23:1-11.
1 Pablo, puestos los ojos en el sanedrín, dijo: Hermanos, siempre hasta hoy me he
conducido delante de Dios con toda rectitud de conciencia” 2 El sumo sacerdote
Ananías mandó a los que estaban junto a él que le hiriesen en la boca. 3 Entonces
Pablo le dijo: Dios te herirá a ti, pared blanqueada. Tú, en virtud de la Ley, te sientas
aquí como juez, ¿y contra la Ley mandas herirme? 4 Los que estaban a su lado
dijeron: ¿Así injurias al sumo sacerdote de Dios? 5 Contestó Pablo: No sabía, hermanos,
que fuese el sumo sacerdote. Escrito está: “No injuriarás al príncipe de tu
pueblo.” 6 Conociendo Pablo que unos eran saduceos y otros fariseos, gritó en el sanedrín:
Hermanos, yo soy fariseo e hijo de fariseos. Por nuestra esperanza, la resurrección
de los muertos, soy traído a juicio. 7 En cuanto dijo esto, se produjo un alboroto
entre fariseos y saduceos y se dividió la asamblea. 8 Porque los saduceos niegan
la resurrección y la existencia de ángeles y espíritus, mientras que los fariseos
profesan lo uno y lo otro. 9 En medio de un gran griterío, se levantaron algunos doctores
de la secta de los fariseos, que disputaban violentamente, diciendo: No hallamos
culpa en este hombre. ¿Y qué, si le habló un espíritu o un ángel? 10 El tumulto
se agravó, y temiendo el tribuno que Pablo fuese por ellos despedazado, ordenó a los
soldados que bajasen, le arrancasen de en medio de ellos y le condujesen al cuartel.
11 Al día siguiente por la noche se le apareció el Señor y le dijo: Ten ánimo, porque
como has dado testimonio de mí en Jerusalén, así también has de darlo en Roma.
La comparecencia de Pablo ante el sanedrín no significa que el tribuno hubiese trasladado su
causa a este tribunal, el supremo entre los judíos, de cuya composición y atribuciones ya hablamos
1 comentar 4:5. Lo que el tribuno únicamente pretendía era enterarse bien de cuáles eran las
acusaciones contra Pablo (cf. 22:30) y quizás, por lo que pudiera ocurrir, enredar también en el
asunto a otras autoridades, pues era un caso que le causaba preocupación (cf. 22:29). No envía,
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pues, simplemente a Pablo al sanedrín, sino que va él acompañándole; y, terminada la sesión,
con él vuelve a la fortaleza Antonia (v.10). La sesión del sanedrín no sabemos dónde vendría lugar,
aunque no, desde luego, en el recinto sagrado del ejemplo, como parece era lo normal, pues
en ese caso no hubiera podido estar presente el tribuno 193.
Pablo, bajo la protección del tribuno, comienza dirigiéndose al sanedrín simplemente con
el tratamiento de “hermanos” (v.1), menos respetuosamente de como lo había hecho Pedro (4:6)
y Esteban (7:2) e incluso el mismo Pablo cuando se dirigió al pueblo en general (22:1). Probablemente
no se trata de mera coincidencia, sino que es algo intencionado, deseando dar a entender
que no consideraba a los sanedritas como jueces ni superiores. Esto no podía agradar a los
miembros de aquel tribunal, y menos aún cuando comenzó afirmando solemnemente que “siempre
se había conducido delante de Dios con toda rectitud de conciencia” (v.1). Sin duda era ésa la
tesis que Pablo se proponía demostrar: cómo, lo mismo antes que después de su conversión,
había procedido siempre con sinceridad delante de Dios (cf. 26:2; Flp 3:6; 1 Tim 1:13).
Mas, apenas enunciada la tesis, hubo de interrumpir su discurso, debido a un acto de violencia
por parte de Ananías, sumo sacerdote y presidente del tribunal, quien manda golpear a Pablo
en la boca (v.2), indignado por aquella actitud y manifestaciones, que eran una clara condena
ante el tribuno de la conducta de los judío respecto del preso. Pablo tampoco calla y, llevado de
su tempera mentó impulsivo (cf. Gal 1:8; 5:12), responde vivamente al sume sacerdote: “Dios te
herirá a ti, pared blanqueada” (v.3). La expresión recuerda otra parecida de Jesucristo contra los
escribas y fariseos, pero dicha en forma general (Mt 23:27), y tiene ya precedentes en Ez 13:10-
15. La reacción de Pablo, aun sin querer, nos hace pensar en otra muy distinta de Jesús ante un
ultraje parecido (cf. Jn 18:23), comparando las cuales se expresaba ya así San Jerónimo: “ ¿Dónde
está aquella paciencia del Salvador, que, conducido' como un cordero a la muerte, no abrió su
boca, sino que respondí” con dulzura a la que le pegaba: Si he hablado mal, muéstrame en qué y
si bien, ¿por qué me pegas ? No tratamos con esto de denigrar a Apóstol, no, sino de predicar la
gloria del Señor, el cual, sufriendo en su carne, supera la injuria y la fragilidad de la carne.” 194
Y, en verdad, la explicación no es otra sino que Jesús es Jesús y Pablo no es más que Pablo (cf.
15:37-39). Decir, como es frecuente en muchos comentarios, que no se trata de una respuesta
violenta, sino simplemente de una profecía, anunciando el castigo divino que iba a venir sobre
Ananías, pues que de hecho murió asesinado por lo zelotas judíos en el año 66 195, nos parece
que es andar buscando explicaciones bastante endebles, que, además, no hacen ningún falta. Lo
que Pablo añade, de que “no sabía que fuese el sumo sacerdote” (v.5), causa cierta extrañeza,
pues, aun en el caso poco probable de que no le conociera de vista, parece debía distinguirle al
menos por la vestimenta, e incluso por el puesto de presidencia que, sin duda, ocuparía. Se han
dado a esto varias explicaciones. Lo más probable es que efectivamente, aunque oyó la orden, no
vio de quién procedía, estando quizás en ese momento con la vista hacia otra parte del sanedrín;
su enérgica respuesta iría dirigida, según eso, no directamente a Ananías, sino al no identificado
sanedrita, fuese el que fuese. En realidad, también es posible que su afirmación tenga un sentido
irónico, como diciendo: no creía yo que pudiera ser el sumo sacerdote quien usa de estos procedimientos.
Terminado este incidente (v.2-5), es casi seguro que Pablo reanudó su discurso, aunque
Lucas nada diga explícitamente de ello. Les hablaría quizás de su vida de ferviente fariseo anterior
a la conversión, para detenerse luego en la visión de Damasco, que fue la que orientó sus actividades
por nuevos caminos. La hipótesis de los fariseos: “¿Y qué si le habló un espíritu o un
ángel?” (v.g), parece incluir una alusión a esa visión de Damasco, de la que, por tanto, es de
creer que Pablo les había hablado; sin embargo, también podría explicarse esa referencia de los
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fariseos simplemente con suponer que lo de Damasco era algo ya del dominio público, máxime
después del discurso de Pablo al pueblo el día anterior (cf. 22:7-10). En todo caso, reanudado o
no el discurso, Pablo se dio cuenta enseguida de que por el camino de una defensa normal allí no
se podía conseguir nada; cambia, pues, de táctica y, con extraordinaria habilidad de abogado, lleva
la cuestión a un terreno que le iba a favorecer.
En efecto, sabiendo que de los miembros del sanedrín “unos eran saduceos y otros fariseos”
(v.6), decide lanzarlos a la lucha mutua, de modo que, enredados en sus interminables discusiones
habituales, pasase a un segundo plano lo que había constituido el objeto principal de la
reunión. Ello fue fácil. Bastó con que se proclamara “fariseo e hijo de fariseos” y afirmara que si
sufría persecución era precisamente por defender lo que constituía la esperanza de Israel, “la resurrección
de los muertos” (v.6; cf. 4:2; 24:15; 26, 6-8; 28:20), para que se dividiese la asamblea,
produciéndose un gran altercado entre fariseos y saduceos (v.7). Con esa alusión a la “resurrección
de los muertos” había puesto el dedo en la llaga; era algo que los saduceos no admitían, y
sobre lo que sostenían interminables discusiones con los fariseos. Ya a Jesús, en son de burla contra
la resurrección y como objeción insoluble, le habían propuesto el caso de la mujer que había
tenido siete maridos (cf. Mt 22:23-28). Unido a este dogma de la resurrección de los muertos,
estaba el de la existencia de ángeles y espíritus, cosa que también negaban los saduceos (v.8);
para ellos nada de vida de ultratumba, ni de ángeles buenos o malos, ni de resurrección de muertos.
Su proceder podemos verlo inspirado en aquel principio del Eclesiastés en 3:9-22: ante la
incertidumbre de cómo Dios dará a cada uno según sus obras, no le queda al ser humano sino
gozar de su trabajo.
Los fariseos, al contrario, defendían ardientemente no sólo la existencia de espíritus buenos
y malos, sino también la futura resurrección de los muertos; la esperanza mesiánica la concretaban,
precisamente, apoyándose en algunos textos bíblicos (Dan 12:1-3; 2 Mac 7:9), en esa
creencia en la resurrección de los justos, destinados a formar parte del reino venidero 196.
Pablo, pues, al declararse fariseo e hijo de fariseos y decir que está sometido a juicio por
defender la esperanza mesiánica, la resurrección de los muertos, une en cierto modo su causa a
la de los fariseos, cosa que evidentemente agradó a éstos (v.9), mientras que enfureció todavía
más a los saduceos. Cierto que por lo que los judíos se habían levantado contra Pablo no era porque
defendiese o no defendiese la resurrección de los muertos, sino por su manera de comportarse
respecto de la Ley y del templo (cf. 21:28); con todo, muy bien podía expresarse de la
manera que lo hacía, pues, en última instancia, su punto de divergencia con los judíos estaba en
si Jesús había o no resucitado de entre los muertos. También para Pablo la esperanza mesiánica
estaba concretada en la creencia en la resurrección de los justos (cf. 1 Tes 4:13-18), y esta esperanza
había comenzado a realizarse con la resurrección de Cristo, primicias de nuestra resurrección
(cf. 1 Cor 15:12-22); si los fariseos no cristianos rechazaban a Jesús y esperaban otro
Mesías futuro, eso no impedía el que entre él y ellos hubiera un elemento común en el orden
ideológico, y ese elemento fue el que trató de aprovechar Pablo para sembrar la discordia entre
los jueces. Se ve que, aunque había sido arrebatado hasta el tercer cielo (2 Cor 12:2), continuaba
sabiendo de las cosas de la tierra.
Al darse cuenta el tribuno de que no era posible sacar nada en claro, sino que, al contrario,
el tumulto se agravaba, decidió llevar de nuevo a Pablo a la torre Antonia (v.10). Al día siguiente
por la noche, Pablo tiene una visión del Señor, animándole, como antes en Corinto (cf.
18:9-10), a que tuviese ánimo, pues lo mismo que en Jerusalén debía dar también testimonio de
él en Roma (v.11). Esta orden confirmó a Pablo en sus antiguos deseos de visitar Roma (cf.
19:21), y contribuyó quizás, más tarde, a su decisión de apelar al Cesar (25:11).
4719
Complot de los judíos contra Pablo, 23:12-22.
12 Cuando fue de día tramaron una conspiración los judíos, jurando bajo maldición
no comer ni beber hasta matar a Pablo. 13 Eran más de cuarenta los conjurados, 14 y
se llegaron a los sumos sacerdotes y a los ancianos, diciéndoles: Bajo anatema nos
hemos comprometido a no gustar cosa alguna mientras no matemos a Pablo; 15 vosotros,
pues, y el sanedrín rogad al tribuno que le conduzca ante vosotros, alegando
que necesitáis averiguar con más exactitud algo acerca de él; nosotros estaremos
prontos para matarle antes que se acerque. 16 Habiendo tenido noticia de esta asechanza
el hijo de la hermana de Pablo, vino, y entrando en el cuartel se lo comunicó
a Pablo. 17 Llamó éste a un centurión y le dijo: Lleva a este joven al tribuno, porque
tiene algo que comunicar Lc. 18 El centurión lo llevó al tribuno, y dijo a éste: El preso
Pablo me ha llamado y rogado que te trajera a este joven, que tiene algo que decirte.
19 Tomándole el tribuno de la mano, se retiró aparte y le preguntó: ¿Qué es lo
que tienes que decirme? 20 El contestó: Que los judíos han concertado pedirte que
mañana lleves a Pablo ante el sanedrín, alegando que tienen que averiguar con más
exactitud algo acerca de él. 21 No les des crédito, porque se han conjurado contra él
más de cuarenta hombres de entre ellos, y se han obligado bajo anatema a no comer
ni beber hasta matarle, y ya están preparados, en espera de que les concedas lo que
van a pedirte. 22 El tribuno despidió al joven, encargándole no dijese a nadie que le
hubiera dado a saber aquello.
La trama está perfectamente urdida: conseguir del tribuno que vuelva a llevar a Pablo al sanedrín
con pretexto de examinar más a fondo el caso, y en el camino darle muerte (v.15). Para ello se
juramentan más de cuarenta hombres, añadiendo toda una serie de maldiciones de Dios sobre sus
cabezas, si no cumplían el juramento, e incluso comprometiéndose a no comer ni beber hasta
haberlo matado (v.12). Claro que este voto imprecatorio de “no comer ni beber” era de un rigor
más aparente que real, pues, caso de no poder llegar a realizar sus propósitos, no era difícil desligarse
de tales juramentos 197.
Los conjurados acuden con su propuesta “a los sumos sacerdotes y a los ancianos” (v.14),
es decir, a dos de los tres grupos que formaban el sanedrín (cf. 4:5); y es que el tercer grupo, el
de los escribas, estaba compuesto en su mayor parte de fariseos, y éstos ya se habían mostrado
favorables a Pablo (cf. v.9). Con todo, al hablar al tribuno, deberían hablar en nombre del sanedrín
(ν.16), que es como se daba más peso a la petición.
Todo hacía presagiar que la conjura iba a tener éxito; pero se ve que no todos los conjurados
guardaron debidamente el secreto, y la noticia llegó a oídos de un sobrino de Pablo que
estaba en Jerusalén, el cual la comunicó a su tío, y éste la hizo llegar al tribuno (ν.16-21). No sabemos
qué hacía este sobrino de Pablo en Jerusalén, y si su estancia en la ciudad santa era sólo
de paso o de modo permanente, donde se habría establecido quizás la hermana del Apóstol con
ocasión de los estudios de éste en su juventud (cf. 22:3); tampoco se dice si era o no cristiano,
aunque de creer es que sí. Lo cierto es que este sobrino de Pablo, del que no tenemos ninguna
otra noticia, descubre la conjura de los judíos contra su tío, evitando así una muerte que parecía
segura. El tribuno, dándose cuenta de la situación, ordena al joven que no diga nada de lo que le
ha comunicado a él (v.22) y determina quitarse de encima aquella enojosa cuestión, descargando
sobre otros la responsabilidad.
4720
Pablo es conducido a Cesárea, 23:23-35.
23 Y llamando a dos centuriones les dijo: Preparad doscientos infantes para que vayan
hasta Cesárea, setenta jinetes y doscientos lanceros para la tercera vigilia de la
noche. 24 Asimismo preparad cabalgaduras a Pablo, para que sea llevado en seguridad
al procurador Félix. 25 Y escribió una carta del tenor siguiente:26 “Claudio Lisias
al muy excelente procurador Félix, salud:27 Estando el hombre que te envío a
punto de ser muerto por los judíos, llegué con la tropa y le arranqué de sus manos,
habiendo sabido que era un ciudadano romano;28 y para conocer el crimen de que le
acusaban, le conduje ante su sanedrín, 29 y hallé que era acusado de cuestiones de su
Ley, pero que no había cometido delito digno de muerte o prisión; 30 y habiéndome
sido revelado que se habían conjurado para matarle, al instante resolví enviártelo a
ti, comunicando también a los acusadores que expongan ante tu tribunal lo que tengan
contra él. Pásalo bien.” 31 Los soldados, según la orden que se les había dado,
tomaron a Pablo y de noche le llevaron hasta Antípatris; 32 y al día siguiente, dejando
con él a los jinetes, se volvieron al cuartel. 33 Así que llegaron a Cesárea, entregaron
la epístola al procurador y le presentaron a Pablo. 34 El procurador, leída la
epístola, preguntó a Pablo de qué provincia era, y al saber que era de Cilicia: 35 Te
oiré, dijo, cuando lleguen tus acusadores; y dio orden de que fuese guardado en el
pretorio de Heredes.
Llama la atención la fuerte escolta, nada menos que 470 soldados, con que el tribuno hace acompañar
a Pablo (v.25). Parece demasiada escolta para un preso. Pero téngase en cuenta que el caso
de Pablo, después que averiguó que era ciudadano romano, traía preocupado al tribuno (cf.
22:29); Y más todavía al ver el encono de los judíos contra él, de que era testimonio fehaciente la
conjura que acababa de descubrir. Es lógico, pues, que tomase todas las precauciones, máxime
que la comitiva había de atravesar por lugares despoblados y entre montañas, donde eran muy
fáciles las emboscadas 198.
La hora de partida quedó determinada para “la tercera vigilia de la noche” (v.23), es decir,
tres horas después de puesto el sol, teóricamente las nueve, pues, en la manera de contar de
entonces en Palestina, el sol se ponía siempre a las seis de la tarde, siendo las horas más o menos
largas, según la estación del año en que nos encontrásemos. En atención al preso, para él y sus
soldados de guardia personal, mandó también el tribuno “preparar cabalgaduras” (v.24). Hecho
eso, redacta la carta de presentación o, como se decía entonces, el elogium, que, según la ley romana,
había que enviar al magistrado superior cuando otro inferior le remitía algún acusado. Es
lo que habrá de hacer también el procurador Festo cuando remita a Pablo a Roma (cf. 25:26).
Con ese escrito el superior quedaba ya enterado, a grandes líneas, del caso. El redactado en esta
ocasión por el tribuno Lisias nos lo conserva literalmente San Lucas (v.26-30), y es sustancioso y
conciso, cual corresponde al estilo militar. En líneas generales responde bien a la realidad, aunque
se ocultan hábilmente algunos pormenores que podían perjudicar al tribuno, como es el encadenamiento
de Pablo para someterlo a los azotes, y el haber descubierto, únicamente entonces
y no antes, como deja entrever la carta (v.27), que era romano.
La comitiva hace la primera parada en Antípatris (v.31), a 63 kilómetros de Jerusalén, en
las estribaciones de la cadena montañosa de Judea, donde comenzaba ya la llanura abierta hasta
el mar. La ciudad había sido reconstruida totalmente por Herodes el Grande, y la había llamado
así en honor de su padre Antípatro. La mayor parte del trayecto lo harían seguramente “de no4721
che” (v.31), pero es de creer, dada la distancia, que a esta ciudad llegaron bien avanzado ya el
día. Desde aquí regresaron a Jerusalén los 400 soldados de a pie, pues había desaparecido el peligro
de emboscadas, y siguen sólo los 70 de caballería (v.32). La distancia hasta Cesárea era de
39 kilómetros.
Llegados a Cesárea, el acusado y su elogium son presentados al procurador Félix, quien
quiere enterarse de qué provincia era, cosa que no se decía en el elogium, ordenando a continuación
que el preso fuese custodiado en el “pretorio de Herodes” hasta que fuese examinada su
causa, una vez que llegasen los acusadores (v.33-35). Este “pretorio de Herodes” era el mismo
palacio en que habitaba y administraba justicia el procurador, de ahí su denominación de pretorio,
mansión regia erigida por Herodes el Grande cuando reconstruyó la ciudad de Cesárea, y que
contaba también con dependencias para guardar presos, en una de las cuales fue metido Pablo en
espera de la solución de su causa.
El proceso ante Félix, 24:1-21.
1 Cinco días después bajó el sumo sacerdote Ananías con algunos ancianos y cierto
orador llamado Tértulo, los cuales presentaron al procurador la acusación contra
Pablo. 2 Citado éste, comenzó Tértulo su alegato, diciendo: 3 “Gracias a ti, óptimo
Félix, gozamos de mucha paz, y por tu providencia se han hecho en esta nación convenientes
reformas, que en todo y por todo hemos recibido de ti con suma gratitud. 4
No te molestaré más; sólo te ruego que me oigas brevemente, con tu acostumbrada
bondad. 5 Pues bien, hemos hallado a este hombre, una peste, que excita a sedición a
todos los judíos del orbe y es el jefe de la secta de los nazarenos. 6 Le prendimos
cuando intentaba profanar el templo, y quisimos juzgarle según nuestra Ley; 7 pero
llegó Lisias, el tribuno, con mucha fuerza, y le arrebató de nuestras manos, mandando
a los acusadores que se presentasen a ti. 8 Puedes, si quieres, interrogarle tú
mismo, y sabrás así por él de qué le acusamos nosotros.” 9 Los judíos, por su parte,
confirmaron lo dicho declarando ser así. 10 Pablo, una vez que el procurador le hizo
señal de hablar, contestó: “Sabiendo que desde muchos años ha eres juez de este
pueblo, hablaré confiadamente en defensa mía. 11 Puedes averiguar que sólo hace
dos días que subí a Jerusalén para adorar, 12 y que ni en el templo, ni en las sinagogas,
ni en la ciudad, me encontraron disputando con nadie o promoviendo tumultos
en la turba, 13 ni pueden presentarte pruebas de las cosas de que ahora me acusan. 14
Te confieso que sirvo al Dios de mis padres con plena fe en todas las cosas escritas
en la Ley y en los Profetas, según el camino que ellos llaman secta, 15 y con la esperanza
en Dios que ellos mismos tienen de la resurrección de los justos y de los malos.
16 Según esto, he procurado en todo tiempo tener una conciencia irreprensible para
con Dios y para con los hombres. 17 Después de muchos años he venido para traer
limosnas a los de mi nación y a presentar mis oblaciones. 18 En esos días me encontraron
purificado en el templo, no con turbas ni produciendo alborotos. 19 Son algunos
judíos de Asia los que deberían hallarse aquí presentes para acusarme, si algo
tienen contra mí. 20 Y si no, que estos mismos digan si, cuando comparecí ante el sanedrín,
hallaron delito alguno contra mí, 21 como no fuera esta mi declaración, que
yo pronuncié en medio de ellos: Por la resurrección de los muertos soy juzgado hoy
ante vosotros.
Del procurador Félix, ante quien es presentada la causa de Pablo, tenemos bastantes datos por los
4722
historiadores profanos. Era hermano de Palante, el célebre favorito de Agripina, la madre de Nerón,
y había sido nombrado procurador de Judea al final del reinado de Claudio (f 13 octubre del
54). Tácito, aludiendo a su condición de liberto, calificó su gobierno con una frase durísima, diciendo
que “ejerció el poder de un rey con el espíritu de un esclavo, recurriendo a todo género de
crueldades y lascivias.” Tenía la manía de emparentarse con familias reales, de ahí que Suetonio
lo describa como “el marido de tres reinas,” una de las cuales es la Drusila mencionada en 24:24,
hermana de Agripa II, y que antes había sido mujer de Aziz, rey de Emesa 199.
Los acusadores de Pablo llegaron “cinco días después” que éste, y Félix, haciendo llamar
al acusado, mandó abrir la sesión (v.1-2). Al frente de los acusadores venía el sumo sacerdote
Ananías, a quien acompañaban “algunos ancianos,” es decir, miembros del sanedrín que, al contrario
que otros (cf. 23:9), se habían mostrado siempre acérrimos enemigos de Pablo (cf.
23:2.14). Traían como abogado a un tal Tértulo, personaje para nosotros desconocido, pero lo
mismo su nombre que su modo de hablar, “en esta nación” (v.3), parecen indicar que no era judío;
seguramente había sido buscado por estar más práctico que los judíos en el derecho romano.
El discurso de Tértulo (v.2-8), del que evidentemente no tenemos más que un resumen,
está hecho con habilidad, cual corresponde a un abogado de oficio, aunque con un exordio demasiado
adulatorio (v.3-4), en evidente contraste con la realidad de los hechos. Compárese con el
exordio no menos hábil, pero mucho más sobrio, que luego hará Pablo (v. 10). Las acusaciones
(v.5-8) las reduce a tres puntos: instigador de tumultos por todas partes (cf. 21:27-28); cabecilla
de la secta de los nazarenos, término despectivo con que los judíos designaban a los cristianos
(cf. 11:26), que no veían en el cristianismo sino una secta o partido dentro del judaismo; profanador
del templo, con referencia al hecho que había motivado la detención del acusado (cf.
21:28-29). Los dos primeros cargos tenían más bien aspecto político, en cuanto encerraban una
amenaza al orden público por el que tan solícitos se mostraban los romanos; el tercero era de carácter
religioso, pero incluía una violación que la ley romana también sancionaba. Como es natural,
los judíos allí presentes afirmaron ser verdad todo lo dicho por su abogado 200.
La defensa que hace Pablo, una vez que el procurador le hizo señal de que podía hablar,
es perfecta, apelando sencillamente a los hechos y refutando cada uno de los tres cargos que le
había hecho Tértulo. Comienza diciendo que habla con confianza, sabiendo que Félix lleva ya
muchos años gobernando aquel país, y, por tanto, ha de estar práctico en semejantes cuestiones
(v.10). Hábil captatio benevolentiae, aunque sin faltar a la verdad. Luego va refutando los cargos
de alborotador (v.12-13), cabecilla sectario (v.14-16), profanador del templo (v. 17-18), haciendo
notar al final la ausencia de los que debieran estar allí como testigos, puesto que fueron los que
provocaron su detención (v.1g; cf. 21:27), y añadiendo que los judíos mismos en el sanedrín no
habían hallado en él crimen alguno (v.20-21).
En esta defensa de Pablo es de notar, sobre todo, lo que dice respecto de la segunda acusación,
la de cabecilla de la secta (πρωτοστάτης της αίρέσεως) de los nazarenos. Admite que él
sigue de todo corazón el camino o forma de vida que los judíos llaman “secta,” al igual que se
hablaba de la “secta” de los fariseos (15:5; 26:5) o de los saduceos (5:17), pero niega que eso sea
separarse o renegar del judaísmo; al contrario, sigue sirviendo al Dios de sus padres, y creyendo
en la Ley y en los Profetas, y teniendo “la esperanza que ellos mismos tienen de la resurrección
de los justos y de los malos” (v.14-15). En resumen, que el cristianismo no es una secta o facción
del judaísmo, sino que es el mismo judaísmo que entra en posesión de su esperanza secular; y los
judíos, al rechazar a Cristo, reniegan de su propia tradición religiosa (cf. Rom 3:31; 10:4).
En cierto sentido, también aquí, como antes ante el sanedrín (23:6), une su causa a la teología de
los fariseos.
4723
Es diferida la causa, 24:22-27.
22 Félix, que sabía bien lo que se refiere a este camino, difirió la causa, diciendo:
Cuando venga el tribuno Lisias decidiré vuestra causa. 23 Mandó al centurión que le
guardase, dejándole cierta libertad y permitiendo que los suyos le asistiesen. 24 Pasados
algunos días, vino Félix con su mujer Drusila, que era judía, y mandó que viniese
Pablo, y le escuchó acerca de la fe en Cristo. 25 Disertando él sobre la justicia,
la continencia y el juicio venidero, se llenó Félix de terror. Al fin le dijo: Por ahora
retírate; cuando tenga tiempo volveré a llamarte. 26 Entretanto, esperando que Pablo
le diese dinero, le hizo llamar muchas veces y conversaba con él. 27 Transcurridos
dos años, Félix tuvo por sucesor a Porcio Festo; pero queriendo congraciarse
con los judíos, dejó a Pablo en la prisión.
La solución de Félix, “difiriendo la causa” (v.22), no deja de ser extraña. Parece que, a vista de la
defensa de Pablo y del elogium de Lisias, lo lógico hubiera sido la absolución; tanto más que su
larga experiencia de las cosas judías (cf. v.10), y viviendo en Cesárea, donde de antiguo existía
una comunidad cristiana (cf. 8:40; 10:1-48; 21:8-14), Félix “estaba bien informado de lo referente
al cristianismo” (v.22), y hubo de darse perfecta cuenta de lo fútiles que resultaban las acusaciones
judías. Con todo, lo mismo que sucederá más tarde (cf. v.27), una grave dificultad andaba
de por medio, y era el no disgustar al sanedrín; algo parecido a Pilato respecto de Jesús (cf. Jn
19:12), con la diferencia de que aquí se trataba de un ciudadano romano, y Félix no se atreve a
poner a Pablo en manos de los judíos, por lo que recurre al cómodo expediente de diferir la decisión,
con el pretexto de que ya resolvería “cuando bajase a Cesárea el tribuno Lisias” (v.22), cosa,
sin embargo, de la que parece no volvió a acordarse.
El régimen de detención a que queda sometido San Pablo (v.23) es bastante suave. Se trataba
de la llamada custodia militaris, que generalmente tenía lugar dentro de alguna fortaleza,
como en este caso (cf. 23:35), o también en casas privadas (cf. 28:16). El detenido estaba sujeto
a un soldado mediante una cadena, que iba del brazo derecho del preso al izquierdo del soldado;
parece incluso que, en. lugares cerrados y seguros, se prescindía a veces de esta cadena. Desde
luego, los así detenidos podían moverse con bastante libertad, recibir visitas, etc. Más suave aún
era la llamada custodia libera, de ordinario sólo para personas distinguidas, bajo la fianza simplemente
de algún personaje de cierta autoridad que se comprometía a responder del detenido.
Una y otra eran muy diferentes de la custodia publica, equivalente a nuestras cárceles, como
aquella en que metieron a Pablo en Filipos (cf. 16:23).
Pasados algunos días, Félix, acompañado de Drusila, tiene una entrevista con Pablo
(v.24). Era esta Drusila la hija menor de Herodes Agripa I (cf. 12:1), hermana de Agripa II y de
Berenice (cf. 25:13), casada con Aziz, rey de Emesa, del que se había separado para unirse a Félix.
Murió junto con su hijo Agripa bajo la lava del Vesubio en el año 79 201. Es muy probable
que la entrevista fuera buscada por Drusila, que muchas veces había oído hablar de Pablo y de
sus ideas revolucionarias, y tuvo curiosidad de conocerle personalmente. Se habló de “la fe en
Cristo” (v.24) Y parece que lo mismo Félix que Drusila escuchaban, si no con interés, sí con
atención; mas cuando Pablo comenzó a hablar de “la justicia, la continencia y el juicio venidero,”
eran temas que les afectaban demasiado directamente, y ya no quisieron seguir escuchando;
el procurador se despide de Pablo con la fórmula cortés, de que “cuando tenga tiempo, ya le volverá
a llamar” (v.25). Claro que ese tiempo nunca llegó, pues, aunque volvió “a hacerle llamar
muchas veces,” no fue para que le aclarase estos temas, sino para ver si lograba que “le diese di4724
nero” (v.26). Sin duda pensó que quien había conseguido entre sus seguidores abundantes cantidades
para limosnas (cf. 24:17), también podía conseguirlas para obtener su libertad. Se ve en
todo esto al hombre venal y disoluto, que nos pintan los historiadores profanos.
Y así pasan dos años, al fin de los cuales es llamado a Roma por Nerón, sucediéndole en
el cargo Porcio Festo 202; pero, “queriendo congraciarse con los judíos, dejó a Pablo en la prisión”
(v.27). Este último inciso parece dar por supuesto que Félix, al fin de esos dos años, debía
haber dado libertad a Pablo, y que, si no lo hizo, fue contra todo derecho, para no desagradar a
los judíos, de quienes podía temer protestas que le perjudicasen en Roma ante el emperador. Y es
que probablemente ese término “dos años” (διετία) está tomado como término técnico en derecho
para designar la duración máxima de una detención preventiva, de modo que, pasado ese
tiempo, si no había condenación, el detenido debía quedar en libertad; eso es lo que debió de suceder
después en Roma, donde es probable que ni se presentasen siquiera los acusadores (cf.
28:30).
Nuevo proceso ante el procurador Festo, y apelación al Cesar, 25:1-12.
1 Llegó Festo a la provincia, y a los tres días subió de Cesárea a Jerusalén, 2 y los
sumos sacerdotes y los principales de los judíos le presentaron sus acusaciones contra
Pablo. 3 Pidieron la gracia de que le hiciese conducir a Jerusalén. Hacían esto
con ánimo de prepararle una asechanza para matarle en el camino. 4 Festo les respondió
que Pablo estaba preso en Cesárea y que él mismo había de partir en breve
para allá: 5 Así, pues, que los principales de vosotros bajen conmigo para acusar allí
a ese hombre, si tienen de qué. 6 Habiendo pasado entre ellos sólo unos ocho o diez
días, bajó a Cesárea, y al día siguiente se sentó en su tribunal, ordenando presentar
a Pablo. 7 Presentado éste, los judíos que habían bajado de Jerusalén le rodearon,
haciéndole muchos y graves cargos, que no podían probar, 8 replicando Pablo que ni
contra la Ley de los judíos, ni contra el templo, ni contra el Cesar había cometido
delito alguno. 9 Pero Festo, queriendo congraciarse con los judíos, se dirigió a Pablo
y le dijo: ¿Quieres subir a Jerusalén y allí ser juzgado ante mí de todas estas acusaciones
? 10 Pablo contestó: Estoy ante el tribunal del César; en él debo ser juzgado.
Ninguna injuria he hecho a los judíos, como tú bien sabes. 11 Si he cometido alguna
injusticia o crimen digno de muerte, no rehuso morir. Pero si no hay nada de todo
eso de que me acusan, nadie puede entregarme a ellos: Apelo al César. 12 Festo entonces,
después de hablar con los de su consejo, respondió: Has apelado al César, al
César irás.
El odio de los judíos contra Pablo, no obstante haber pasado ya dos años de prisión desde el proceso
ante Félix, seguía tan rabioso como el primer día. Por eso, llegado Festo a Jerusalén (v.1),
tratan de aprovecharse de la inexperiencia del nuevo procurador, presentando en seguida sus acusaciones
contra Pablo (v.2); y, como cosa en que no se veía malicia alguna, le piden que haga
conducirlo a Jerusalén para que sea juzgado allí (ν.β), con lo que, sin duda, el nuevo procurador
haría una cosa gratísima al pueblo y se ganaría el reconocimiento de toda la nación. La propuesta
no dejaba de ser tentadora para un gobernante que va a comenzar sus funciones. Sin embargo, lo
que los judíos pretendían era asesinar a Pablo en el camino (v.3), como ya lo habían intentado sin
resultado en otra ocasión (cf. 23:15). Los que tales propuestas hacían a Festo eran “los sumos
sacerdotes y los principales de los judíos” (v.2), términos que se corresponden con “sumos sacerdotes
y ancianos” de 23:14, y cuyo significado explicamos allí.
4725
La contestación de Festo, cortés pero firme, era simplemente una apelación a la ley: la
causa ha sido llevada al tribunal de Cesárea, y allí debe ser tratada; aquellos, pues, que tengan
alguna nueva acusación que hacer, que bajen a Cesárea (v.4-5).
Efectivamente, a los pocos días se tiene el proceso en Cesárea (v.6). Las acusaciones que
contra Pablo lanzan los judíos no se concretan en el texto de Lucas (v.7); pero, a juzgar por la
defensa que hace Pablo (v.8), se reducían a tres puntos principales: delitos contra la Ley, contra
el templo y contra el César, es decir, las mismas en sustancia que habían sido ya alegadas en el
primer proceso (cf. 24:5-6), con la diferencia de que aquí se habla de delitos “contra el César,” y
allí de “promotor de sediciones.” Probablemente es lo mismo, aunque aquí se intenta dar a la
acusación una forma más dramática, a fin de impresionar al procurador. También es posible que
esta acusación de delitos “contra el César” fuera presentada en forma análoga a como se había
hecho en Tesalónica (cf. 17:7), cosa que incluso podemos ver insinuada en el V.19.
La conclusión que de todo esto saca Festo es que allí no hay crimen alguno del que le corresponda
juzgar a él como gobernador, sino que se trata simplemente de un litigio religioso (cf.
v. 18-19), y, por tanto, más que de competencia suya, de competencia del sanedrín. Con todo,
puesto que se trata de un ciudadano romano, no puede reenviarle a esa jurisdicción sin consentimiento
del acusado; eso es lo que ahora pide a Pablo, diciéndole “si quiere subir a Jerusalén para
ser allí juzgado,” y prometiéndole su presencia en los debates para hacerle ver que no le dejaba
desamparado (v.g); con ello, además, “daría gusto a los judíos” (V.9), conciliando así su conciencia
de juez con las exigencias de su política.
Pablo, que se estaba dando cuenta de que el procurador trataba de declinar su competencia,
y sabía que si volvía a manos del sanedrín su muerte de una u otra forma era segura (cf.
23:15-16; 25:3), protesta contra esa proposición del procurador, y dice que “está ante el tribunal
del César, y que en él debe ser juzgado” (v.10). Este “tribunal del César,” a que aquí alude Pablo,
es el tribunal del procurador, que juzgaba y administraba justicia en nombre del César 203. Pablo
no quiere que le sustraigan de esa autoridad romana, que era la autoridad imperial; pero, visto
que en los tribunales subalternos su causa no acababa nunca de resolverse, en gracia a los judíos,
decide recurrir al privilegio que, como a ciudadano romano, le correspondía: apelar directamente
al César (v.11).
Pronunciada la solemne fórmula, ipso fació quedaban abolidas todas las jurisdicciones
subordinadas a la del emperador; el juez debía interrumpir el proceso, sin que pudiera ya sentenciar
ni en favor ni en contra; su misión, salvo en casos extremadamente raros, por razones de seguridad
pública, era simplemente la de dar curso a la apelación y preparar el viaje del acusado a
Roma. Es lo que hizo Festo, después de la consulta protocolaria con sus consejeros (v.12). A
buen seguro que a los acusadores judíos no gustó nada esta solución. Cierto que les quedaba la
posibilidad de trasladarse también ellos a Roma para sostener las acusaciones; pero las dificultades
prácticas, aunque no fuera más que por la distancia y dispendios, eran tan grandes, que disuadían
a cualquiera de intentarlo.
El caso de Pablo, expuesto ante el rey Agripa 25:13-27.
13 Transcurridos algunos días, el rey Agripa y Berenice llegaron a Cesárea para saludar
a Festo. 14 Habiendo pasado allí varios días, dio cuenta Festo al rey del asunto
de Pablo, diciendo: Hay aquí un hombre que fue dejado preso por Félix, 15 al cual,
cuando yo estuve en Jerusalén, acusaron los sumos sacerdotes y los ancianos de los
judíos, pidiendo su condena. 16 Yo les contesté que no es costumbre de los romanos
entregar a un hombre cualquiera sin que al acusado, en presencia de los acusadores,
4726
se le dé lugar para defenderse de la acusación. 17 Habiendo, pues, venido ellos aquí a
mí, luego, al día siguiente, sentado en el tribunal, ordené traer al hombre ese. 18 Presentes
los acusadores, ningún crimen adujeron de los que yo sospechaba, 19 sólo
cuestiones sobre su propia religión y de cierto Jesús muerto, de quien Pablo asegura
que vive. 20 Vacilando yo sobre el modo de inquirir sobre semejantes cuestiones, le
dije que si quería ir a Jerusalén y ser allí juzgado. 21 Pero Pablo interpuso apelación
para que su causa fuese reservada al conocimiento de Augusto, y así ordené que se le
guardase hasta que pueda remitirlo al César. 22 Dijo Agripa a Festo: Tendría gusto
en oír a ese hombre. Mañana, dijo, le oirás. 23 Al otro día llegaron Agripa y Berenice
con gran pompa, y entrando en la audiencia con los tribunos y personajes conspicuos
de la ciudad, ordenó Festo que Pablo fuera conducido. 24 Y dijo Festo: Rey
Agripa y todos los que estáis presentes: He aquí a este hombre, contra quien toda la
muchedumbre de los judíos en Jerusalén y aquí me instaban gritando que no es digno
de la vida. 25 Pero yo no he hallado en él nada que le haga reo de muerte, y
habiendo él apelado al César, he resuelto enviarle a él. 26 Del cual nada cierto tengo
que escribir al señor. Por esto le he mandado conducir ante vosotros, y especialmente
ante ti, rey Agripa, a fin de que con esta inquisición tenga yo qué poder escribir;
27 porque me parece fuera de razón enviar un preso y no informar acerca de las acusaciones
que sobre él pesan.
No se trata de un nuevo proceso, pues, después de la apelación al César, nada se podía resolver
ya en tribunales subalternos (cf. 26, 32); se trata simplemente de un acto de deferencia que Festo
quiso tener hacia el rey Agripa, una vez que éste mostró deseos de conocer a Pablo (v.22). Con
ello, además, entretenía a sus huéspedes, que llevaban ya con él varios días (v.14); de ahí el carácter
más o menos espectacular que se da al acto (v.23). Incluso podía obtenerse un fin práctico;
pues Agripa, como más enterado en las cosas judías, podría luego ayudar con sus observaciones
a redactar el elogium con que había que acompañar al detenido al enviarlo al César 204; de hecho,
al comenzar el acto, ése es el único motivo de la reunión que aduce Festo (v.26-27). Claro que
ello no significa nada, pues los anteriores motivos, no eran para ser proclamados en público.
Los dos personajes, huéspedes de Festo, ante los cuales va San Pablo a exponer su causa,
nos son bastante conocidos por los historiadores profanos, sobre, todo por Josefo, y su conducta
no tiene nada de recomendable. Eran hermanos, hijos de Heredes Agripa, el que hizo matar a
Santiago (12:2), pero vivían juntos incestuosamente desde hacía ya bastantes años; incluso en
Roma era conocido el hecho, provocando las sátiras de Juvenal 205.
Por lo que hace al rey Agripa, éste se había educado en Roma, y tenía diecisiete años
cuando en el 44 murió su padre (cf. 12:23). Claudio quiso nombrarlo rey enseguida, dándole los
mismos territorios del difunto; pero, por ser todavía demasiado joven, se le opusieron sus consejeros,
por lo que hubo de restablecer de nuevo en Judea el régimen de los procuradores, cuyos
nombres fueron: Cuspio Fado (a. 44-46), Tiberio Alejandro (a. 46-48), Ventidio Cumano (a. 48-
53), Antonio Félix (a. 53-60), Porcio Festo (a. 60-61), Lucio Albino (a. 62-64) y Gesio Floro (a.
64-66). Llegado a mayor edad, en el 49, le nombró rey de Calcis, pequeño territorio junto a Damasco,
concediéndole, además, la superintendencia del templo de Jerusalén y el derecho a nombrar
sumo sacerdote; más tarde, en el 53, le permutó ese territorio por otro más amplio, que comprendía
las antiguas tetrarquías de Filipo y Lisania (cf. Lc 3:1); finalmente, en el 54, Nerón le
añadió algunas ciudades de Galilea y de Perea. Según la cronología que antes hemos defendido
(cf. 24:27), el encuentro con San Pablo habría tenido lugar en el año 6o. Más tarde, en el 66, comenzada
la guerra judía, Agripa se mostró partidario de los romanos, por lo que éstos, una vez
4727
terminada la guerra, recompensaron su fidelidad con nuevos territorios. Murió hacia el año 92,
siendo el último de los Herodes en la historia 206.
Este Agripa, a pesar de su fidelidad a Roma, se mostró siempre interesado por las cosas
judías y leal para su nación, cuyos intereses defendió no pocas veces ante el emperador. Nada
tiene, pues, de extraña la noticia de que mostrara deseos de ver a San Pablo (v.22), del que, sin
duda, habría oído hablar muchas veces.
Discurso de Pablo, 26:1-32.
1 Dijo Agripa a Pablo: Se te permite hablar en tu defensa. Entonces Pablo, tendiendo
la mano, comenzó así su defensa: 2 “Por dichoso me tengo, rey Agripa, de poder
defenderme hoy ante ti de todas las acusaciones de los judíos; 3 sobre todo, porque
tú conoces todas las costumbres de los judíos y sus controversias. Te pido, pues, que
me escuches con paciencia. 4 Lo que ha sido mi vida desde la juventud, cómo desde
el principio he vivido en medio de mi pueblo, en Jerusalén mismo, lo saben todos los
judíos; 5 de mucho tiempo atrás me conocen y pueden, si quieren, dar testimonio de
que he vivido como fariseo, según la secta más estrecha de nuestra religión. 6 Al presente
estoy sometido a juicio por la esperanza en las promesas hechas por Dios a
nuestros padres, 7 cuyo cumplimiento nuestras doce tribus, sirviendo continuamente
a Dios día y noche, esperan alcanzar. Pues por esta esperanza, ¡oh rey!, soy yo acusado
por los judíos. 8 ¿Tenéis por increíble que Dios resucite a los muertos? 9 Yo me
creí en el deber de hacer mucho contra el nombre de Jesús Nazareno, 10 y lo hice en
Jerusalén, donde encarcelé a muchos santos, con poder que para ello tenía de los
sumos sacerdotes, y cuando eran muertos, yo daba mi voto. 11 Muchas veces por todas
las sinagogas los obligaba a blasfemar a fuerza de castigos, y loco de furor contra
ellos, los perseguí hasta en las ciudades extrañas. 12 Para esto mismo iba yo a
Damasco, con poder y autorización de los sumos sacerdotes; 13 y al mediodía, ¡oh
rey!, vi en el camino una luz del cielo, más brillante que el sol, que me envolvía a mí
y a los que me acompañaban. 14 Caídos todos a tierra, oí una voz que me decía en
lengua hebrea: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Duro te es dar coces contra el
aguijón. 15 Yo contesté: ¿Quién eres, Señor? El Señor me dijo: Yo soy Jesús, a quien
tú persigues. 16 Pero levántate y ponte en pie, pues para esto me he aparecido a ti,
para hacerte ministro y testigo de lo que has visto y de lo que te mostraré aún, 17 librándote
de tu pueblo y de los gentiles, a los cuales yo te envío 18 para que les abras
los ojos, se conviertan de las tinieblas a la luz y del poder de Satanás a Dios, y reciban
la remisión de los pecados y la herencia entre los santificados por la fe en mí. 19
No fui, ¡oh rey Agripa!, desobediente a la visión celestial, 20 sino que primero a los
de Damasco, luego a los de Jerusalén y por toda la región de Judea y a los gentiles,
anuncié la penitencia y la conversión a Dios por obras dignas de penitencia. 21 Sólo
por esto los judíos, al cogerme en el templo, intentaron quitarme la vida; 22 pero
gracias al socorro de Dios he continuado hasta este día dando testimonio a pequeños
y a grandes y no enseñando otra cosa sino lo que los profetas y Moisés han dicho que
debía de suceder: 23 Que el Mesías había de padecer, que siendo el primero en la resurrección
de los muertos, había de anunciar la luz al pueblo y a los gentiles.” 24 Defendiéndose
él de este modo, dijo Festo en alta voz: ¡Tú deliras, Pablo! Las muchas
letras te han sorbido el juicio. 25 Pablo le contestó: No deliro, nobilísimo Festo; lo
que digo son palabras de verdad y sensatez. 26 Bien sabe el rey estas cosas, y a él
4728
hablo confiadamente, porque estoy persuadido de que nada de esto ignora, pues no
son cosas que se hayan hecho en un rincón. 27 ¿Crees, rey Agripa, en los profetas?
Yo sé que crees. 28 Agripa dijo a Pablo: Poco más, y me persuades a que me haga
cristiano. 29 Y Pablo: Por poco más o por mucho más, pluguiese a Dios que no sólo
tú, sino todos los que me oyen se hicieran hoy tales como lo soy yo, aunque sin estas
cadenas. 30 Se levantaron el rey y el procurador, Berenice y cuantos con ellos estaban
sentados; 31 y al retirarse se decían unos a otros: Este hombre no ha hecho nada
que merezca la muerte o la prisión. 32 Agripa dijo a Festo: Podría ponérsele en libertad,
si no hubiera apelado al César.
El presente discurso de Pablo coincide, en sus líneas generales, con el pronunciado ante el pueblo
judío, cuando le hicieron prisionero (22:1-21). Ello es natural, pues en ambos casos se trata
de un discurso en propia defensa, y lo más noble es presentar abiertamente los hechos: antes de
la conversión (v.4-11), en la conversión (v.12-18), después de la conversión (v.18-23).
Una cosa, sin embargo, hace resaltar en este discurso, que allí no aparece; y es la de que
está detenido por defender “la esperanza judía,” la resurrección de los muertos, inaugurada con la
resurrección de Jesucristo (v.6-8.22-23). Es la misma idea que ya desarrolló en su discurso ante
el sanedrín (cf. 23:6-8) y en su discurso ante el procurador Félix (cf. 24:15); y con la que, como
entonces hicimos notar, liga en cierto sentido su causa a la de los fariseos. Se trata de hacer ver
que el cristianismo no es algo que rompe con el judaísmo, sino que es el mismo judaísmo en su
última etapa de desarrollo, tal como había sido anunciado ya por Moisés y los profetas. Esta idea
profunda no puede menos de traernos a la memoria aquella expresión terminante de Jesucristo:
“No penséis que he venido a abrogar la Ley y los Profetas; no he venido a abrogarla, sino a consumarla”
(Mt 5:17). La expresión “herencia entre los santificados” (v.18) es corriente en Pablo
(cf. Ef 1:14; Gal 1:12). Dicha “herencia” no es sino la vida eterna (cf. Mt 25:34; Rom 8:10-17),
de la que actualmente el Espíritu Santo constituye la garantía de lo que se iba a recibir (cf. 2 Cor
1:22), y de la que era figura la tierra prometida.
Por lo demás, este discurso de Pablo no ofrece dificultades especiales, pues se alude a
hechos de su vida comentados ya en otro lugar (cf. 9:1-30). Notemos únicamente el bello exordio
o captatio benevolentiae con que Pablo inicia su discurso (v.2-3), parecido al del discurso ante
Félix (cf. 24:10) y no menos hábil que el del Areópago (cf. 17:22-23). Notemos también que Pablo,
bajo custodia miliíaris (cf. 24:23), hubo de pronunciar su discurso, atado con una cadena a
un soldado (v.29).
La reacción de los dos principales espectadores, Festo y Agripa, queda maravillosamente
reflejada en el relato de Lucas. La de Festo es la de un pagano noble, más o menos escéptico en
cuestiones religiosas (cf. 25:19), sin enemiga alguna contra Pablo, que cree está p3rdiendo el
tiempo con cuestiones bizantinas (v.24); la de Agripa, en cambio, es la de un judío erudito, que,
en parte al menos, está percibiendo la fuerza de la argumentación de Pablo, pero, demasiado atado
por compromisos morales, quiere salir de aquella situación embarazosa y busca una evasiva
(v.28). En nuestra terminología de hoy, quizá pudiéramos traducir así su respuesta: “¡Vaya! ¡Qué
poco te cuesta a ti convertirme!” La contestación de Pablo (v.29), haciendo un juego de palabras
con el “poco más” de Agripa, revela al vivo toda la grandeza moral del Apóstol, que cortés pero
valientemente sabe ir siempre al fondo de las cosas.
Mas a Agripa no le interesaba seguir, máxime estando allí presente Berenice, la cómplice
de todos sus enredos; por eso, sin atender siquiera a la respuesta de Pablo, da por terminada la
sesión (v.50). La conclusión fue que también Agripa, al igual que antes Festo (cf. 25:25), reco4729
noce la inocencia de Pablo, diciendo incluso que “podía ponérsele en libertad, si no hubiera apelado
al César” (v.32).
Camino de Roma, 27:1-6.
1 Cuando estuvo resuelto que emprendiésemos la navegación a Italia, entregaron a
Pablo y a algunos otros presos en manos de un centurión llamado Julio, de la cohorte
Augusta. 2 Embarcados en una nave de Adramicia, que estaba para hacerse a la
vela para los puertos de Asia, levamos anclas, llevando en nuestra compañía a Aristarco,
macedonio de Te-salónica. 3 Al otro día llegamos a Sidón, y Julio, usando con
Pablo de gran humanidad, le permitió ir a visitar a sus amigos y proveer a sus necesidades.
4 De allí levamos anclas, y, a causa de los vientos contrarios, navegamos a lo
largo de Chipre, 5 y atravesando los mares de Cilicia y Panfilía, llegamos a Mira de
Licia; 6 y como el centurión encontrase allí una nave alejandrina que navegaba a
Italia, hizo que nos trasladásemos a ella.
Llegó el momento de ir a Roma, visita con que Pablo había soñado muchas veces (cf. 19:21;
Rom 1:13; 15:22). Claro que no va en plan libre de evangelizador, conforme él había pensado,
sino en plan de prisionero; con todo, incluso así, tiene la promesa divina de que también en
Roma podrá dar testimonio de Jesucristo, al igual que lo había hecho en Jerusalén (cf. 23:11;
27:24).
No sabemos cuánto tiempo pasaría desde la solemne sesión ante el rey Agripa y el embarque
para Italia; es probable que muy poco, el suficiente para que el procurador Festo organizase
la expedición. Al frente iba el centurión Julio, de la cohorte “Augusta” (v.1), probablemente
una cohorte de puesto permanente en Palestina, igual que la cohorte “itálica,” de que se habló
anteriormente (10:1); también pudiera ser, conforme opinan muchos, que no se trate de una cohorte
de puesto en Palestina, sino de un cuerpo de pretorianos de Roma, los “augustanos” a que
aluden Tácito (Ann. 14:19) y Suetonio (Nero 25), que, a menudo, eran enviados desde Roma a
provincias para diferentes misiones. El centurión Julio, personaje hoy para nosotros desconocido,
habría ido con alguna de estas misiones a Oriente, incluso pudiera ser que de escolta de honor
para Festo; y ahora, de vuelta a Italia, habría recibido el encargo de trasladar hasta Roma a Pablo
y “a algunos otros presos” (v.1). No sabemos qué clase de presos eran éstos; es posible que se
trate de vulgares criminales condenados a ser expuestos a las fieras en el anfiteatro.
Para el traslado de los presos no disponía Julio de medio especial de transporte, sino que
había de aprovechar alguna de las embarcaciones que hacían la travesía hasta Italia. A falta de
otra más directa, tomó una nave de Adramicia, puerto no lejos de Tróade, en Misia (cf. 16:8),
que zarpaba de Cesárea para su puerto de origen, costeando el Asia Menor; en alguno de estos
puertos de Asia pensaba, sin duda, encontrar otras naves que partieran para Italia, como en efecto
sucedió (v.6). A Pablo acompañaban Lucas, que vuelve a usar en su narración la primera persona
de plural (v.1), interrumpida en 21:18, y Aristarco (v.2), otro de los colaboradores de Pablo (cf.
19:29; 20:4; Gol 4:10). Quizá estos dos compañeros de Pablo figuraban como pasajeros privados,
puesto que se trataba de una nave de flete público; o quizá fueron admitidos por Julio, que
fingió considerarlos como esclavos de Pablo, a quien, por su condición de ciudadano romano, la
ley permitía ser atendido en su prisión por un par de esclavos.
Zarpando de Cesárea, la nave hace su primera escala en Sidón, importante puerto de Fenicia
(cf. 12:20), y Julio permite a Pablo que baje a tierra para visitar a los cristianos de aquella
comunidad (v.3; cf. 11:19; 21:3). Es curioso el término “amigos” (v.3) para designar a los cris4730
tianos; probablemente es debido a que Lucas, al hablar así, se coloca en el punto de vista de Julio.
De Sidón, a causa de los vientos contrarios, no pudieron ir directamente a las costas de Licia,
navegando a occidente de Chipre, sino que hubieron de seguir hacia el norte y bordear Cilicia y
Panfilia hasta llegar a Mira (v.4-5). Mira era la capital de Licia y el mejor puerto de la región; en
él hacían escala con frecuencia las naves que procedían de la costa fenicia o egipcia, buscando
refugio contra la tempestad o contra el viento del oeste. Aquí precisamente es donde encuentra
Julio una nave alejandrina que iba a zarpar para Italia, y a ella traslada a sus presos (v.6). Esta
nave, por lo que luego se dice, era una nave de carga que transportaba trigo (cf. v. 10:38), y debía
de ser bastante grande, pues, además de la carga, llevaba 276 personas (v.37).
Comienza así el largo viaje de travesía del Mediterráneo, cuyo relato constituye uno de
los documentos más interesantes de que disponemos sobre la navegación en la antigüedad. Expertos
marinos modernos lo han sometido a minucioso examen bajo el aspecto histórico y náutico,
y lo han encontrado de una exactitud admirable hasta en los detalles más insignificantes, cosa
que revela en Lucas no sólo un testigo ocular, sino también un atento observador.
De las costas de Asia a la isla de Malta, 27:7-44.
7 Navegando durante varios días lentamente y con dificultad, llegamos frente a Gnido;
luego, por sernos contrario el viento, bajamos a Creta junto a Salmón; 8 y costeando
penosamente la isla, llegamos a cierto lugar llamado Puerto Bueno, cerca del
cual está la ciudad de Lasca. 9 Transcurrido bastante tiempo y siendo peligrosa la
navegación por ser ya pasado el ayuno, les advirtió Pablo, 10 diciendo: Veo, amigos,
que la navegación va a ser con peligro y mucho daño, no sólo para la carga y la nave,
sino también para nuestras personas. 11 Pero el centurión dio más crédito al piloto
y al patrón del barco que a Pablo; 12 y por ser el puerto poco a propósito para
invernar en él, la mayor parte fue de parecer que partiésemos de allí, a ver si podríamos
alcanzar Fenice e invernar allí, por ser un puerto de Creta que mira contra
el nordeste y sudeste. 13 Comenzó a soplar el solano, y creyendo que se lograría su
propósito, levaron anclas y fueron costeando más de cerca la isla de Creta; 14 mas de
pronto se desencadenó sobre ella un viento impetuoso llamado euraquilón, 15 que
arrastraba la nave, sin que pudiera resistir, y nos dejamos ir a merced del viento. 16
Pasando por debajo de una islita llamada Cauda, a duras penas pudimos recoger el
esquife. 17 Una vez que lograron izarlo, ciñeron por debajo la nave con cables, y luego,
temiendo no fuesen a dar en la Sirte, plegaron las velas y se dejaron ir. 18 Al día
siguiente, fuertemente combatidos por la tempestad, aligeraron, 19 y al tercer día
arrojaron por sus propias manos los aparejos. 20 En varios días no aparecieron el sol
ni las estrellas, y continuando con fuerza la tempestad, perdimos al fin toda esperanza
de salvación. 21 Habíamos pasado largo tiempo sin comer, cuando Pablo se levantó
y dijo: Mejor os hubiera sido, amigos, atender a mis consejos: no hubiéramos
partido de Creta, y nos hubiéramos ahorrado estos peligros y daños. 22 Pero levanten
los animocos, porque sólo la nave, ninguno de nosotros perecerá. 23 Esta noche se
me ha aparecido un ángel de Dios, cuyo soy y a quien sirvo, 24 que me dijo: No temas,
Pablo; comparecerás ante el César, y Dios te ha hecho gracia de todos los que
navegan contigo. 25 Por lo cual, arriba los ánimos, amigos, que yo confío en Dios que
así sucederá como se me ha dicho. 26 Sin duda, daremos con una isla. 27 Llegada la
decimocuarta noche en que así éramos llevados de una a otra parte por el mar
Adriático, hacia la mitad de la noche, sospecharon los marineros que se hallaban
4731
cerca de tierra, 28 y echando la sonda, hallaron veinte brazas; y luego de adelantar
un poco, de nuevo echaron la sonda y hallaron quince brazas. 29 Ante el temor de
dar en algún bajío, echaron a popa cuatro áncoras y esperaron a que se hiciese de
día. 30 Los marineros, buscando huir de la nave, trataban de echar al agua el esquife
con el pretexto de echar las áncoras de proa. 31 Pablo advirtió al centurión y a los
soldados: Si éstos no se quedan en la nave, vosotros no podréis salvaros. 32 Entonces
cortaron los soldados los cables del esquife y lo dejaron caer. 33 Mientras llegaba el
día, Pablo exhortó a todos a tomar alimento, diciendo: Catorce días hace hoy que estamos
ayunos y sin haber tomado cosa alguna. 34 Os exhorto a tomar alimento, que
nos es necesario para nuestra salud, pues estad seguros de que ni un solo cabello de
vuestra cabeza perecerá. 35 Diciendo esto, dio gracias a Dios delante de todos, y partiendo
el pan comenzó a comer. 36 Animados ya todos, tomaron alimento. 37 Eramos
los que en la nave estábamos doscientos setenta y seis. 38 Cuando estuvieron satisfechos
aligeraron la nave arrojando el trigo al mar. 39 Llegado el día, no conocieron la
tierra, pero vieron una, ensenada que tenía playa, en la cual acordaron encallar la
nave, si podían. 40 Soltando las anclas, las abandonaron al mar, y desatadas las amarras
de los timones e izado el artimón, iban con rumbo a la playa. 41 Llegados a un
sitio que daba a dos mares, encalló la nave, e hincada la proa en la arena, quedó inmóvil,
mientras que la popa era quebrantada por la violencia de las olas. 42 Propusieron
los soldados matar a los presos, para que ninguno escapase a nado; 43 pero el
centurión, queriendo salvar a Pablo, se opuso a tal propósito y ordenó que quienes
supiesen nadar se arrojasen los primeros y saliesen a tierra, 44 y los demás saliesen,
bien sobre tablas, bien sobre los despojos de la nave. Y así todos llegaron a tierra.
Desde la salida misma del puerto de Mira, la navegación comenzó a ser difícil. Debido a ser el
viento contrario, la nave hubo de emplear “varios días” (v.7), hasta llegar a la altura de Gnido, en
la punta sudoccidental del Asia Menor, distancia que normalmente podía ser salvada en un día o
poco más. La dificultad se hizo todavía mayor al dejar las costas de Asia y entrar en mar abierto,
por lo que los marineros determinaron bajar Lcicia el sur, doblando Creta por su extremo oriental,
constituido por el promontorio de Salmón, y navegando luego a lo largo de la costa meridional
de la isla hasta llegar a la bahía llamada Puerto Bueno, no lejos de la ciudad de Lasea (v.7-8).
En todo esto transcurrió “bastante tiempo” (v.g), mucho más del que habían previsto al comenzar
el viaje, de modo que, al anclar la nave en Puerto Bueno, había pasado ya “el Ayuno,” es decir,
el día del Kippur o Expiación (Lcv 16:29-31), que se celebraba el día 10 del mes Tishri (fines de
septiembre-principios de octubre), por lo que la travesía hasta Italia resultaba ya muy peligrosa.
Lo más prudente era invernar en algún puerto de Creta, y luego, al comenzar la primavera, reemprender
el viaje. Tal fue la determinación general, como claramente se desprende del v.1a. Pero
¿cuál iba a ser ese puerto?
Pablo, a quien, no obstante su condición de prisionero, el centurión tenía en gran estima
(cf. v.3.31.43), opinaba que no se debía salir de Puerto Bueno, que era donde se encontraban
(v.10); en cambio, los técnicos y la mayoría de los tripulantes eran de parecer que se llegase hasta
Fenice, un poco más a occidente, en la misma costa meridional de Creta, puerto mucho más
cómodo y más adecuado para invernar (v.10-11). Es probable que Pablo, al obrar así, se dejase
guiar no sólo de su experiencia personal en peligros de mar (cf. 2 Cor 11:25-26), sino también de
alguna iluminación especial sobrenatural, anticipo de la visión con que mego le favorecerá el Señor
(v.21-26). Pero el centurión, que, por ser allí el oficial de mayor graduación y pertenecer la
nave a la flota mercante imperial, era a quien, en última instancia, tocaba decidir, “dio más crédi4732
to” a los técnicos que a Pablo (v.11), y ordenó levar anclas. Al principio todo iba bien, pues soplaba
viento del sur, que les hacía muy fácil mantenerse próximos a la costa (v.1s); pero de pronto,
como es frecuente en aquellas zonas del Mediterráneo, la escena cambió radicalmente, desencadenándose
un viento huracanado procedente del nordeste (el “euroaquilón”) que les separaba
de la isla y al que no pudieron resistir (v.14). La nave quedó “a merced del viento,” arrastrada
cada vez más hacia el sur, con peligro de ir a encallar directamente en la gran “Sirte” líbica
(v.17), enorme ensenada entre Tripolitania y Cirenaica, llena de bancos de arena movediza, terror
de los antiguos navegantes, pues caer dentro de ella era perder la nave y la vida 207.
Así estuvieron durante “varios días” (v.20.27), con la nave a merced de la furia de los
elementos por el mar “Adriático” 208, y sin que “aparecieran el sol ni las estrellas” (v.2o). Era
ésta una de las cosas que más temían los navegantes de entonces, y por la que se consideraba tan
peligrosa la navegación durante el invierno; pues, desprovistos como estaban de brújula, una vez
que perdían de vista la costa, solamente las referencias astronómicas podían servirles de orientación.
Para defenderse en la medida de lo posible, fueron usando de todos los medios a su alcance,
como recoger a bordo el esquife para que no chocara contra la nave (v.16), ceñir el casco de ésta,
plegar las velas, aligerar la carga (v.17-18); pero, en realidad, habían perdido ya “toda esperanza
de salvación” (v.20).
Solamente Pablo, afianzado en su mundo espiritual, parecía estar tranquilo, sin dejarse
abatir por la situación. Recuerda a sus compañeros de barco que mejor hubiera sido no salir de
Puerto Bueno, en Creta, como él aconsejaba (v.21); pero, con todo, que no teman, pues el Señor
le ha prometido en una visión que ninguno perecerá (v.32-36). Parece que esta exhortación de
Pablo debió de tener lugar el día 13, a contar desde la salida de Puerto Bueno, pues a continuación
se habla de la “decimocuarta noche” (v.27), que fue cuando comenzaron a descubrir señales
de tierra (v.27-29). El peligro, sin embargo, no había acabado, pues no era fácil que la nave pudiese
resistir los embates de las olas durante toda la noche; es por eso por lo que los marineros
tratan de huir (v.30), cosa que evita Pablo, denunciándolo al centurión y a los soldados ^.31-32).
Su serenidad, en aquellos momentos de excitación e incertidumbre, tiene todavía un gesto admirable:
mientras esperaban la luz del día y con ella la posibilidad de salvación, recomienda a todos
que tomen alimento, con lo que estarán en mejores condiciones para las fatigas del desembarco,
pues llevaban ya “catorce días” sin comer (v-33-34)·Claro que esto de “sin comer” (ν.21·33) no
ha de tomarse en sentido estricto, cosa muy difícil de explicar, máxime teniendo que luchar continuamente
contra el temporal; se debe tratar más bien de que en todo aquel tiempo no habían
hecho ninguna comida formal y en reposo, como entonces la podían hacer. Y, en efecto, animados
con el ejemplo de Pablo, todos “tomaron alimento” (ν·35-38). En la acción de Pablo, dadas
las expresiones empleadas: “dar gracias.., partir el pan,” han visto algunos el rito de la eucaristía
(cf. 2:42), que Pablo habría celebrado para confortamiento suyo y de sus compañeros cristianos;
con todo, dado el contexto, más bien parece que se alude simplemente al piadoso uso ceremonial
de todo buen israelita antes de las comidas (cf. Mt 14:19; Mc 8:6).
Llegado el día, comenzaron enseguida los preparativos para el desembarco (v.39-40); pero,
al tratar de acercarse a la playa, la nave encalló de proa en la arena, mientras a popa era destrozada
por los golpes de las olas (v.41). Esto significaba el naufragio, aunque a pocos pasos ya
de tierra. Los soldados, para evitar responsabilidades si se les escapaban los presos (cf. 12:19;
16:27), decidieron matar a éstos; pero el centurión, que quería salvar a Pablo, les prohibió que lo
hicieran, con lo que, aunque con dificultad, todos pudieron llegar a tierra (v.42-44).
4733
Parada en Malta, 28:1-10.
1 Una vez que estuvimos en salvo, supimos que la isla se llamaba Malta. 2 Los bárbaros
nos mostraron singular humanidad; encendieron fuego y nos invitaron a todos a
acercarnos a él, pues llovía y hacía frío. 3 Juntó Pablo un montón de ramaje, y al
echarlo al fuego una víbora que huía del calor le mordió en la mano. 4 Cuando vieron
los bárbaros al reptil colgado de su mano, dijéronse unos a otros: Sin duda que
éste es un homicida, pues escapado del mar, la justicia no le consiente vivir. 5 Pero él
sacudió el reptil sobre el fuego y no le vino mal alguno, 6 cuando ellos esperaban que
pronto se hincharía y caería enseguida muerto. Luego de esperar bastante tiempo,
viendo que nada extraño se le notaba, mudaron de parecer y empezaron a decir que
era un dios. 7 Había en aquellos alrededores un predio que pertenecía al principal de
la isla, de nombre Publio, el cual nos acogió y por tres días amistosamente nos hospedó.
8 El padre de Publio estaba postrado en el lecho, afligido por la fiebre y la disentería.
Pablo se llegó a él, y orando, le impuso las manos y le sanó. 9 A la vista de
este suceso, todos los demás que en la isla padecían enfermedades venían y eran curados.
10 Ellos a su vez nos honraron mucho, y al partir nos proveyeron de lo necesario.
La isla de Malta, en la que los náufragos lograron tomar tierra, había sido antiguamente colonia
de Cartago, pasando luego a los romanos, y perteneciendo a la sazón a la provincia de Sicilia.
Tenía como primer magistrado a un representante del pretor de Sicilia, denominado “el principal”
(v.7), título que aparece también en varias inscripciones allí encontradas (primus Melitensium)
. La lengua de sus habitantes parece que era la lengua púnica, igual que la de los cartagineses
sus colonizadores. Si San Lucas los llama “bárbaros” (v.2), es precisamente por razón de la
lengua (cf. 1 Cor 14:11), no por razón de cultura y civilización; su comportamiento con los náufragos
(v.2. 10) indica bien que no tenían nada de “bárbaros” en el sentido que hoy damos a esta
palabra.
El lugar de desembarco fue probablemente una pequeña ensenada, denominada hoy “bahía
de San Pablo,” bastante al norte de la isla, en la costa que mira hacia oriente(v.28. 1-3) Es
interesante notar la reacción de los malteses al ver una víbora colgada de la mano de San Pablo:
“Sin duda que éste es un homicida, pues, escapado del mar, la Justicia no le consiente vivir”
(v.4). Aluden, sin duda, con un modo de pensar muy extendido en el mundo greco-romano de
entonces, a la justicia (δίκη) divina personificada, que interviene para castigar a los malhechores,
testimonio espontáneo de la razón natural a favor de la divina Providencia. Se ha dicho, contra la
historicidad de esta escena, que en la isla de Malta no existen serpientes venenosas. Y, desde
luego, así parece ser en la actualidad, conociéndose sólo tres especies de serpientes, ninguna de
ellas venenosa. Los malteses atribuyen su desaparición a un milagro de Pablo; lo más probable es
que, debido a ser una isla pequeña y densamente poblada, las especies venenosas, como más perseguidas
por el hombre, han terminado por desaparecer de la isla. Así ha sucedido también en
otras regiones con algunos animales dañinos.
Al ver los malteses que, a pesar de la mordedura de la víbora, no se cumplían sus previsiones
de una muerte fulminante, pasan al extremo opuesto y, con un razonamiento análogo al de
los licaonios de Listra (cf. 14:11-13), concluyen que allí no se trata de ningún homicida, ni siquiera
de un hombre, sino de un ser sobrehumano, un dios (v.6). No hay duda que la noticia de
este episodio de la víbora se extendería rápidamente por todo el contorno, contribuyendo a que
4734
los náufragos más fácilmente fueran encontrando hospedaje, incluso “por tres días,” en casa del
mismo Publio, el “principal” de la isla (v.7). No está claro si ese hospedaje “por tres días” en casa
de Publio incluye a todos los náufragos o sólo a un grupo, entre los cuales estaría Pablo, y sin
duda alguna, el centurión; más probable parece que se trate de todos los náufragos, a los que Publio,
como representante de la autoridad romana, habría hospedado en su casa y dependencias
hasta que fueran encontrando otro hospedaje.
Pablo no permaneció inactivo. Muy pronto le vemos curando de su enfermedad al padre
de Publio (v.8) y, extendida su fama de taumaturgo, curando también a otros muchos enfermos
de la isla (v.9). De si predicó o no a los isleños acerca de la nueva religión, nada dice San Lucas;
sólo tradiciones ya tardías hablan de ello, señalando incluso que fue Publio el primer obispo de la
comunidad cristiana allí fundada por San Pablo. Desde luego, el silencio de Lucas no es nunca
una negación, y es no sólo posible, sino casi seguro que Pablo, igual que hacía siempre, aprovechó
su estancia en Malta para predicar a Cristo; tanto más, que fue una estancia larga, de “tres
meses” (v.11), y no parece que su condición de prisionero fuera para ello obstáculo, dada la liberalidad
con que a lo largo de todo el viaje procedió siempre con él el centurión. Ni se diga que
pudo ser dificultad lo de la lengua, pues está claro que, aunque la lengua local fuera el púnico,
que sería lo que hablaban los primeros isleños que encontraron (cf. v.2), sin duda había muchísimos
que hablaban griego o latín, con los que fácilmente se podían entender; era el mismo caso
de otras muchas regiones evangelizadas por el Apóstol (cf. 14:11). De hecho, la cariñosa despedida,
al embarcar de nuevo camino de Roma (v.10), indica que se había llegado a bastante intimidad
entre náufragos e isleños.
De Malta o Pozzaoli y Roma, 28:11-15.
11 Pasados tres meses, embarcamos en una nave alejandrina, que había invernado
en la isla y llevaba por enseña Dióscuros. 12 Arribados a Siracusa, permanecimos allí
tres días; 13 y de allí, costeando, llegamos a Regio, y un día después comenzó a soplar
el viento sur, con ayuda del cual llegamos al segundo día a Pozzuoli, 14 donde encontramos
hermanos que nos rogaron permanecer con ellos siete días, y así nos dirigimos
a Roma. 15 De allí los hermanos que supieron de nosotros nos vinieron al encuentro
hasta el Foro de Apio y Tres Tabernas. Pablo, al verlos, dio gracias a Dios y
cobró ánimo.
Apenas transcurrido lo más crudo del invierno, comenzaban ya las naves a salir de los puertos
camino de sus destinos respectivos. Lo normal era esperar hasta comienzos de la primavera, a
mediados de marzo; pero, tratándose de trayectos cortos, no muy alejados de las costas, esta fecha
podía adelantarse bastante. Probablemente ese fue nuestro caso, y la nave alejandrina, en la
que embarcó el centurión con sus presos (v.11) debió de partir de Malta a fines o quizás mediados
de febrero (cf. 27:9.27; 28:11). Esta nave llevaba por emblema en la proa la imagen de los
Dióscuros (v.11), los gemelos Castor y Pólux, dioses protectores de los navegantes.
El breve trayecto hasta Siracusa, y de aquí a Regio y Pozzuoli, a través del estrecho de
Mesina, se hizo sin novedad (v. 12-13). En Pozzuoli, puerto entonces de gran movimiento comercial,
próximo al de Nápoles, dejaron la nave, disponiéndose a hacer por tierra el resto del viaje
hasta Roma. Es probable que, debido a razones de servicio en relación con los prisioneros, el
centurión hubiera de hacer ahí escala, parada que se habría prolongado hasta “siete días” para
complacer a Pablo, a quien así se lo rogaron los cristianos de aquella localidad (v.14). Esta parada
de siete días en Pozzuoli dio tiempo para que los cristianos de Pozzuoli notificasen a los de
4735
Roma de la llegada de Pablo, y de cómo estaba para salir hacia ellos 209.
La noticia de la llegada de Pablo hizo que salieran a su encuentro algunos de los muchos
amigos que, según se desprende de la carta a los Romanos (16:1-15), tenía en la capital del Imperio,
Algunos de éstos llegaron hasta el Foro de Apio, a unos 65 kilómetros de Roma; otros se
quedaron en Tres Tabernas, a unos 49 kilómetros, lugar de descanso para viajeros, mencionado
por Cicerón 209*, donde la vía Apia tenía una bifurcación que iba a Anzio. Pablo, al verlos, “dio
gracias a Dios y cobró ánimo” (v.15). No cabe duda que esta acogida por parte de los fieles de
Roma, que así demostraban su simpatía hacia él, debió de servirle de gran consuelo (cf. Rom
1:10-12), después de tantos sufrimientos y peligros. La comitiva, aumentada ahora con los que
habían salido al encuentro de Pablo, continúa acercándose a Roma, siguiendo la vía Apia. La entrada
debió de ser por la puerta Capena, muy cerca de la actual puerta de San Sebastián.
Estamos probablemente a mediados de marzo del año 61, cuando Nerón llevaba ya casi siete
años en el trono imperial.
En Roma, 28:16-31.
16 Cuando entramos en Roma permitieron a Pablo morar en casa particular, con un
soldado que tenía el encargo de guardarle. 17 Al cabo de tres días, convocó Pablo a
los primates de los judíos, y cuando estuvieron reunidos, les dijo: Yo, hermanos, no
he hecho nada contra el pueblo ni contra las costumbres patrias. 18 Preso en Jerusalén,
fui entregado a los romanos, los cuales, después de haberme interrogado, quisieron
ponerme en libertad, por no haber en mí causa ninguna de muerte; 19 mas oponiéndose
a ello los judíos, me vi obligado a apelar al César, no para acusar de nada a
mi pueblo. 20 Por esto he querido veros y hablaros. Sólo por la esperanza de Israel
llevo estas cadenas. 21 Ellos le contestaron: Nosotros ninguna carta hemos recibido
de Judea acerca de ti, ni ha llegado ningún hermano que nos comunicase cosa alguna
contra ti. 22 Querríamos oír de ti lo que sientes, porque de esta secta sabemos que
en todas partes se la contradice. 23 Le señalaron día y vinieron a su casa muchos, a
los cuales expuso la doctrina del reino de Dios, y desde la mañana hasta la noche los
persuadía de la verdad de Jesús por la Ley de Moisés y por los Profetas. 24 Unos creyeron
lo que les decía, otros rehusaron creer. 25 No habiendo acuerdo entre ellos, se
separaron, y Pablo les dijo estas palabras: Bien habló el Espíritu Santo por el profeta
Isaías a nuestros padres, 26 diciendo: “Vete a ese pueblo y diles: Con los oídos oiréis,
pero no entenderéis; mirando miraréis, pero no veréis; 27 porque se ha embotado
el corazón de este pueblo y sus oídos se han vuelto torpes para oír, y sus ojos se
han cerrado, para que no vean con los ojos ni oigan con los oídos, ni con el corazón
entiendan y se conviertan y los sane.” 28 Sabed, pues, que esta salud de Dios ha sido
ya comunicada a los gentiles y éstos oirán. 29 Dicho esto, los judíos salieron, teniendo
entre sí gran contienda. 30 Dos años enteros permaneció en la casa que había alquilado,
donde recibía a todos los que venían a él, 31 predicando el reino de Dios y enseñando
con toda libertad y sin obstáculo lo tocante al Señor Jesucristo.
Los tres primeros días de estancia en Roma (cf. v.17) debió de dedicarlos Pablo a dejar clara ante
las autoridades romanas su posición jurídica de prisionero en custodia militaris. El texto de los
Hechos se contenta con decir: “Permitieron a Pablo morar en casa particular, con un soldado que
tenía el encargo de guardarle” (v.16); pero, naturalmente, esto supone que para llegar ahí hubo
que hacer antes toda una serie de trámites burocráticos. El centurión Julio, como encargado de
4736
los presos, era quien desempeñaba el papel más esencial; tanto más, que la documentación escrita
es posible que desapareciera toda cuando el naufragio (cf. 27:44). No se nos dice quién fue el
oficial destinado a recibir a los presos; es casi seguro que fuera el prefecto del pretorio, a la sazón
Afranio Burro, filósofo estoico, amigo de Séneca y, como éste, antiguo preceptor de Nerón;
y si no él en persona, algún sustituto 210. Los informes del centurión sobre Pablo debieron de ser
buenos, como era de esperar (cf. 25:25; 26:32; 27:3), y, en consecuencia, éste quedó sometido a
una custodia militaris muy benigna (cf. 24:23), permitiéndole incluso vivir en casa particular,
aunque siempre bajo la custodia de un soldado (v.16). A encontrar esta casa particular, tomada
en alquiler (v.30), le ayudarían, sin duda, los cristianos de la ciudad, más conocedores de la situación.
Una tradición bastante antigua sitúa esta casa en el lugar donde está ahora la iglesia de
Santa Maña in vía Lata, junto al actual corso Umberto; pero dicha tradición no ofrece suficiente
fundamento. En plan de conjetura, más bien cabría pensar que esta casa estuviera en las proximidades
de la vía Nomentana, que era donde estaba el Castro Pretorio, y en donde residían los soldados
pretorianos que tenían que turnarse para hacer guardia a Pablo.
Arregladas las cosas de su situación jurídica y concluidos los primeros saludos a la comunidad
cristiana, Pablo convoca a los principales de la colonia judía de Roma, para aclarar
también ante ellos su posición (v.17). Lo que ante todo trata de hacerles ver, resumiendo la historia
de su detención, es que no tenía la menor hostilidad hacia la nación judía ni había apelado al
César para acusarla (v 7-19); si estaba preso, era únicamente por “la esperanza de Israel” (v.20),
es decir, por ser fiel al judaísmo en su firme creencia de la resurrección de los justos, destinados
a formar parte del reino mesiánico (cf. 23:6; 24:15-21; 26:6-7). La respuesta de los judíos es
bastante ponderada y no carente de cierta deferencia hacia Pablo: aparecen cual si sólo conocieran
el cristianismo de lejos, sin aludir para nada al de Roma, y desean que el mismo Pablo, en
algún día convenido, les haga una amplia exposición de su pensamiento (v.21-22).
Efectivamente, convenido el día, vinieron a casa de Pablo numerosos judíos y, conforme
a su modo habitual de proceder ante auditorio judío (cf. 13:22-37; 17:2-3; 18:5), éste trata de
persuadirles, con razones sacadas de la Ley y los profetas, de que Jesús era el Mesías (v.23). La
reacción de los judíos fue la misma de otras ocasiones: algunos creyeron, pero otros rehusaron
creer, dando motivo a Pablo para que volviera a repetir lo que ya había dicho en Antioquía de
Pisidia y en Corinto, es a saber, que los obstinados judíos serían sustituidos por los gentiles
(v.24-29; cf. 13:46; 18:6). Esta incredulidad judía respecto del mensaje evangélico la ve ya vaticinada
Pablo en el profeta Isaías (Is 6:9-10). Es el mismo texto profético que había citado también
el Señor con idéntica aplicación (cf. Mt 13:14-15), y lo mismo San Juan (Jn 12:40). No parece,
sin embargo, dado el contexto, que este texto de Isaías sea un texto directamente mesiánico,
como si el profeta, al consignar aquellas palabras, pensase en los judíos de tiempos del Mesías;
creemos que se alude más bien a los judíos contemporáneos del profeta, cuya ceguera y obcecación
éste les echa en cara. Para justificar la cita habrá que aplicar aquí, al igual que hemos hecho
con algunos otros textos (cf. 1:20; 2:25-28), la noción de sentido “pleno,” en cuanto que lo que el
hagiógrafo dice de la incredulidad judía, con alusión a lo que ve suceder en su tiempo, va en la
intención de Dios hasta la incredulidad con su Ungido en los tiempos mesiánicos. Y es que el
hecho mesiánico es el gran acontecimiento al que Dios quiso ordenar no sólo muchos hechos de
la historia israelítica, de ahí el sentido típico, sino también muchas expresiones bíblicas que en su
sentido literal histórico no llegan tan lejos.
La estancia de Pablo en Roma se prolongó “dos años enteros” y, a pesar de su condición
de prisionero, pudo “predicar el reino de Dios con toda libertad” y recibir a cuantos venían a él
(v.30-31).
4737
Así, con este esquematismo desconcertante, y sin que parezca aludir para nada a si se celebró
o no el proceso ante el César, termina San Lucas el libro de los Hechos. Ha sido opinión
muy común la de considerar este final tan brusco como indicio claro de que el libro fue concluido
antes de que terminase el proceso de Pablo, razón por la cual San Lucas no habría podido aludir
a él. Pero, como ya explicamos en la introducción general al libro, más bien creemos que, en
el momento en que Lucas escribía, Pablo no estaba ya preso, y que son razones de carácter literario
las que le inducen a terminar de ese modo. Por lo demás, tampoco es cierto que no diga nada
sobre el resultado del proceso, pues la expresión “dos años” (διετία — biennium), al igual que en
24:27, parece estar tomada como término técnico para indicar la duración máxima de una detención
preventiva 211. Su afirmación, pues, de que Pablo “permaneció dos años enteros” en prisión
vendría a equivaler a que permaneció bajo custodia militaris la totalidad del plazo en que debía
juzgarse su causa, y que luego, sin necesidad de proceso, seguramente por no haberse presentado
los acusadores (cf. 25:12), quedó automáticamente en libertad, cosa en que Lucas no insiste, porque
supone de todos conocido que Pablo andaba por entonces evangelizando libremente.
Durante estos “dos años” de prisión en Roma escribió Pablo las llamadas cartas de la cautividad
(Gol, Ef, Flm, Flp), expresando, en repetidas ocasiones, su confianza de próxima liberación
(cf. Flp i 25; 2:24; Flm 22).
1 Cf. J. Denk,; Zeitsch. für neut. Wiss 7 (1906) 92-95. — 2 ¿Fue Lucas mismo quien puso el título a su libro? Actualmente son bastantes
los autores (H. Sahlin, H. Menoud, L. Cerfaux..) que se inclinan a la negativa. Dicen que este libro formó primitivamente una
sola obra con el tercer evangelio, al que aparece íntimamente ligado (cf. 1:1-3), obra con la que su autor habría intentado darnos la
historia de los orígenes cristianos, habiendo sido únicamente más tarde cuando estos dos libros se separaron, probablemente por el
deseo de los fieles de poder tener en un mismo codex los cuatro evange; líos. Habría sido entonces cuando se puso título al libro;
incluso se explicaría así mejor, tratándose de un título que no es del mismo autor del libro, la variedad de formas con que aparece
en los antiguos manuscritos. Por supuesto, esto se habría hecho en época muy primitiva, pues ya citan el libro con ese título Ireneo,
Clemente Alejandrino y el Fragmento Muratoriano. No negarnos que la hipótesis es posible; pero juzgamos más probable
que el libro fuera ya desde un principio entregado a la publicidad separadamente del tercer evangelio; pues, de lo contrario, a no
ser que supongamos una nueva redacción de todas esas perícopas de los primeros versículos — cosa de que no hay pruebas — difícilmente
se explicaría ese volver a repetir, ampliándolo, lo ya dicho al final del Evangelio (cf. Lc 24:36-53), así como tampoco
la inclusión nuevamente de la lista de los Apóstoles (1:13), dada ya en Le 6:14-16. Y si apareció separadamente del tercer evangelio,
ninguna dificultad vemos en que fuera el mismo Lucas, siguiendo la costumbre de la época, quien le diera el título. — 3 Cf.
San Juan Grisóstomo, In Act. Apost. I: MG 60:21; Oecum., Proleg.: MG 118:32; Teofilacto, Expos. in Act. pról.: MG 125:840. —
4 He aquí los testimonijs principales: Fragmento Muratoriano: “Acta autem omnium Apostolorum sub uno libro scripta sunt. Lucas
óptimo Theophilo comprehendit, quae (quia?) sub praesentia eius singula gerebantur.” San Ireneo (Adv. haer, 3:14:1): “Quoniam
autem is Lucas inseparabilis fuit a Paulo.. Ómnibus his cum adesset Lucas, diligenter conscripsit ea.” — Tertuliano (De ieiun. 10): “Porro cum
in eodem commentario Lucae et tertia hora ora-tionis demonstretur, sub qua Spiritu Santo initiati pro ebriis habebantur (cf. 2:15);
et sexta, qua Petrus ascendit in superiora (cf. 10:9); et nona, qua templum sunt introgressi Clemente Alejandrino (Strom. 5:12:82):
“Sicut et Lucas in Actibus Apostolorum com-memorat Paulum dicentem: Viri Athenienses..” (cf. 17:22). Orígenes (Contra Celsum 6:11): “Et
ludas Galilaeus, sicut Lucas in Actibus Apostolorum scripsit, voluit seipsum..” Sería superfluo seguir aduciendo citas para tiempos
posteriores, pues es cosa admitida por todos (cf. EUSEB., Hist. eccl 2:22:1; 3:4:1-10; 3:25:1)· La única excepción es una homilía
falsamente atribuida a San Juan Grisóstomo (Hom. II in Ascens.: MG 52:780), en la que se dice que la paternidad del libro de
los Hechos es atribuida, ya a Clemente Romano, ya a Bernabé, ya a Lucas: afirmación que más tarde encontramos repetida en Focio
(Quaest. ad AmphiL 123-145: MG 101:716). Probablemente el autor de la homilía confundió “Hechos” con “ad Hebraeos,”
que ciertos autores antiguos atribuyen a Clemente o a Bernabé. — 5 Bajo este aspecto son notabilísimas tres obras de A. Harnack,
en que está estudiado el tema de modo casi exhaustivo: Lukas der Arzt, der Verfasser des dritten Evangelium und der Apostelgeschichte
(Lcipzig 1906); Die Apostelgeschichte (Lcipzig 1908); Nene Untersuchungen zur Apostelgeschichte (Lcipzig 1911). Puede
verse también H. J. cadbury, The style and Literary Method of Luke: Havard Theological Studies, 6 (1920) 10-36. Una larga
lista de palabras y construcciones gramaticales comunes a los Hechos y al tercer evangelio, podemos ver en E. Jacquier, Les Actes
des Apotres (París 1926) p.LX-LXX. Esta tesis, de la unidad de autor de las dos obras, fue impugnada hace ya algunos años por
A. C. Clark (The Acts of the Apostles, Oxford 1933, P-393-408), alegando determinadas diferencias en el empleo de partículas y
palabras corrientes; pero sus razones fueron sólidamente rebatidas por W. L. Knox (The Acts of the Apostles, Cambridge I948,p.2-
i5 y 100-109). — 6 Para esos críticos que, como Harnack y Trocmé, admiten la autenticidad lucana del libro, esas narraciones
cargadas de milagros y atmósfera sobrenatural se explicarían porque tales leyendas se forman en pocos años, y Lucas no habría
hecho sino aceptar la creencia general. — 7 Cf. H. Windisch, Beginnings of Cristianity, I, t.2, p.321-334; PH. Vielhauer, Zum
“Pauíimsmus” der Apostelgeschichte: Evang. Theologie, 10 (1950-1951) 1-15; E. Haenchen, Die Apostelgeschichte, p.102ss; H.
Conzelmann, Die Apostolgeschichte, p.ioss. — 8 Es lo que dice M. Goguel: “La simple consideración de estilo y vocabulario no
permite, por sí sola, determinar si la unidad que presenta bajo este aspecto la obra de Lucas se debe a la unidad de su composición
o bien al cuidado y habilidad del redactor que le ha dado la forma bajo la cual la conocemos” (Lc livre des Actes, París 1922,
p.i40). — 9 De todo esto hablaremos luego más en detalle, al tratar de la cuestión de las fuentes. De momento, baste recoger lo
que dice a este respecto E. Trocmé: “La precisión cronológica y geográfica de los cap. 16-21 ha convencido a todos los críticos,
casi sin excepción, de que la base de esta sección fue una relación de los viajes de Pablo, hecha por uno de sus compañeros.. Ya
4738
hemos dicho que no hay por qué limitar esa relación a las “secciones nos” dado que el empleo de la primera persona del plural es
debido a un procedimiento literario del redactor. Cierto que muchos de los “nosotros” de Hechos se encontraban ya en la fuente;
pero el autor del libro de los Hechos los ha reproducido libremente, añadiendo aquí, quitando allá. De ahí que nadie pueda dudar
del estrecho parentesco que existe entre Act 16:11-15 y Act 17:1-9, no obstante que el primero de los pasajes emplee el “nosotros”
y el segundo emplee el “ellos” (o.c., p.131-132). — 9* Cf. Verbum Domini, 44 (1966) p.282-283. — 10 O.c. p.144. — 11 Debido
a esta problemática, todavía hoy existente, sobre la fecha de composición de los Evangelios, no juzgamos tenga base alguna sólida
la opinión de aquellos autores (Feine, Wikenhauser..) que ponen la composición del libro de los Hechos como posterior al año 67,
fecha de la muerte de Pablo, apoyados en el testimonio de Ireneo, que parece poner la composición del evangelio de Marcos, anterior
al de Lucas y a los Hechos, después de la muerte de Pedro y Pablo. No es de este lugar detenernos en el examen de ese testimonio
(Adv. Haer, 3, 1:1: MG 7:8345), de discutible interpretación. — 12 Cf. A. Wikenhauser, Introducción al Nuevo Testamento
(Barcelona 1960) p.253; J. Dupont, L'utilization apologétique de Γ Α. Τ. dans les discours des Actes: Eph. Theol. Lov. 29 (i953)
P-30Ó; G. Ricciotti, Los Hechos de los Apóstoles (Barcelona 1957) p.50-51; M. E. Bois-Mard, Synopt. Studien A. Wikenhauser,
p.Ó3- — 13 E. Trocmé, o.c. p.iai. — 14 J. Dupont, Etudes sur les Actes des Apotres (París 1967) p-34. Volvemos así, después de
cincuenta años de euforia, a lo que escribía ya muy acertadamente V. Rose a fines del siglo pasado: “Autant il est peu critique de
nier a priori la possibilité de documents écrits.. autant il est perilleux et divinatoire de vouloir distinguer partout la source écríte du
travail du rédacteur” (La critique nouvelle et les Actes des Apotres: Rev. Bibl. 7, 1898, p.342). — 15 F. Schleiermacher, Kritischen
Versuch über die Schriften des Lukas (Berlín 1817). — 16 Gf. ejemplos de tales narraciones en E. Norden, Agnosias Theos
(Berlín 1913) 311-332, y E. Meyer, Ursprung und Anfange des Christentums, II (Stuttgart 1921) I7ss. — 17 Cf. J. Dupont, Les
sources du lime des Actes (Bruges 1960) 160-161; E. Trocmé, o.c., p.128-130. — 18 Cf. Dioscórides, De mat, med. 1:1; Polibio,
Hist. 3:22:2; 4:2:2; Tucídides, Bell Pelop. ai. — 18 * W. M. Ramsay, The Bearing of Recent Discovery on the Trustworthines of
the Ν. T. (Londres 1915) P-Sg.)· — 19 Cf. E. Norden, Agnostos Theos. Untersuchunger zur Formengeschichte rehgioser Rede
(Lcipzig 1913); P. DE Ambroggi, I discorsi di S. Pietro negli Atti: Se. Catt. 56 (1928) 81-97· 161-186.243-264; C. H, Dodd, The
Apostolic Preaching and its Developments (London 1936); A. M. Vitti, L'eloquenza di S. Paolo colta al vivo da S. Lúea negli Atti:
Bibl. 22 (1941) 159-197; J- Gevvies, Die urapostolische Heilsverkündigung nach der Apostelgeschichte (Bres-lau 1939); W. L.
Knox, Same Hellenistic Elements in Primitive Christianity (Oxford 1944); J. Schmitt, Jesús ressuscité dans la prédication apostolique
(París 1949); M· Dibelius, Die Reden der Apostelgeschichte und die antike Geschichtsschreibung (Heidelberg 1949); J·
Munck, Discours d'adieu dans le N. T. et dans la littérature biblique: Mélanges M. Goguel (Neucha-tel 1950) 155-170; C. M.
Menchini, II discorso di S. Stefano protomartire nella letteratura e predicazione cristiana primitiva (Roma 1951); J· Dupont, L'utilization
apologétique de VAnden Testament dans les discours des Actes: Eph. Theol. Lovan. 29 Ü953) 289-327; E. Schv-Veitzer,
Zu den Reden der Apostelgeschichte: Theol. Zeitsch 13 (i957) i-,”* U. Wilckens, Die Missionsreden der Apostelgeschichte (Neukalen
1962); D. Stanley, La Predicación primitiva: Concil. 3 (1966) 449-462; A. A. Balocco, Centralita dei discorsi nel libro degli
Atti degli Apostoli: Riv. Lasalliana 35 (1968) 242-276. — 20 Cf. G. T. Kilpatrick, Western Text and Original Text in the Cospel
and Acts: The Journal of Theol. St. 49 (1943) 24-36; M. Black, An Aramaic Approach to the Gospels and Acts (Oxford 1946); A.
F. J. Klijn, A Survey of the Researches into the Western Text of the Gospels and Acts (Utrech 1949). — 21 * El hecho de que para
designar esa obra anterior use el adjetivo πρώτος y no πρότερος no quiere decir que tuviera intención de escribir un tercer libro,
como algunos autores han pretendido deducir, pues, en el griego helenístico, frecuentemente es usado πρώτος para designar el
primero entre dos, y no sólo para designar el primero entre muchos. — 22 Cf. E. Loisy, Les Actes des Apotres (París 1925)
p.105ss. Esta teoría había sido ya propuesta por M. SOROF en 1890 y defendida igualmente por E. NORDEN en 1913; pero fue Loisy
quien la defendió con más calor, aunque los seguidores han sido pocos. Se opone a ello la fuerte contextura literaria del libro,
unidad de estilo y procedimientos literarios. — 23 Es posible que ese número de “cuarenta” equivalga simplemente a “numerosos
días” (cf. 13:31), apuntando quizás a la plenitud de la revelación llevada a cabo por Jesucristo antes de abandonar a los suyos. Cf.
Ρ. Βενοιτ, L'Ascension: Rev. Bibl. 56 (1949) 192-193; PH. H. Menoud, Pendant quarante jours (Act 1:3): Mel. O. Cullmann
(1962) 150-152. — 24 Sobre el sentido de la frase en labios del Bautista, cf. L. Turrado, El bautismo “ín Spirííu Sancto et ignv>:
Estudios Ecles. 34 (1960) p.807-817. — 25 Cf. P. Benoit, Passion et Resurrection (París 1966) p.386. — 26 Esta expresión la emplean
también los Evangelios (cf. Mt 12:46; 13:55; Mc 3:32; 6:3; Le 8:20-21; Jn 2:12; 7:3)· Es tema íntimamente relacionado con
la doctrina defendida constantemente por la Iglesia sobre la virginidad de María, madre de Jesús. Algunos apócrifos, como el Protoevangelio
de Santiago, resuelven el problema haciendo a estos “hermanos” de Jesús, hijos de San José en un matrimonio anterior.
Es la explicación que dieron también algunos Padres, como Orígenes y S. Ambrosio, lo cual trae consigo el suponer a San
José ya viudo, cuando se casó con la Virgen. No hay base para tales especulaciones. La explicación hoy corriente es la que damos
en el texto. — 2 7 Es por eso que en estos salmos, como dice Tomás, a veces “inseruntur quaedam, quae excedunt conditionem
illius reí gestae, ut animus elevetur ad figuratum” (Tomás, Pro/. Comm. in 50 Psalmos). — En orden a esta cuestión, pueden verse:
L. Turrado, ¿Se demuestra la existencia del “sensus plenion por las citas que el nuevo Testamento hace del Antiguo?: XII Semana
Bíblica Española, Madrid 1952, p-333-378; J. Dupont, L'utilisation apologétique de l'Ancien Testament dans les discours
des Actes: Eph. Théol. Lov. 29 (1953) 289-327; H. Braun, Das Alte Testament im Neuen Testament: Zeitsch. für Theol. und Kirche,
59 (1962) 16-31. — 28 Hist. eccl 1:12. — 29 Entre otras cosas, decían los rabinos que la voz de Dios, al promulgar la ley en
el Sinaí en medio de truenos y relámpagos (ruido y fuego), se dividió en 70 lenguas — número de pueblos que, según la creencia
judía, entonces existían a raíz de la dispersión de Babel — y resonó hasta los confines de la tierra, de modo que todos pudieron
escucharLc. El milagro de las “lenguas” era como un dar la vuelta al influjo destructivo de Babel, que separó a los pueblos por la
diversidad de lenguas (cf. J. Dupont, Études sur les Actes des Apotres [París 1967], p.485-487; E. Trocmé, Le livre des Actes et
l'histoire [París 1957], p.201-206). — 30 Cf. U. Holzmeister, Historia aetatis N. Testamenti (Roma 1932) p.206- — 31 Cf. S.
Lyonnet, De glossolalia Pentecostés eiusque significatione: Verb. Dom. 24 (1944) p.65-75; L. Cerfaux, Le miracle des Zangues:
Rec. L. Gerfaux, Gembloux 1954, p.15sss. — 32 Este lenguaje lo describe así San Bernardo: “No atiende a qué orden, a qué ley o
a qué serie o propiedad de palabras hierba.. A veces no busca palabras, ni voz alguna, contento sólo con suspiros.. No considera
qué o cómo ha de hablar, sino que todo cuanto a la boca le viene al ungirle el amor, no lo enuncia, sino lo eructa” (In Cant. 67:3).
De modo semejante se expresa Santa Teresa: “Ni entonces sabe el alma qué hacer, porque ni sabe si hable, ni si calle, ni si ría, ni
si llore. Es un glorioso desatino, una celestial locura” (Vida, c.16). — 33 La idea la expresa así Cerfaux: “El cristiano se dirige a
Dios en un monólogo incomprensible, que puede modular con sonidos sin significado determinado, en los que se cree percibir palabras
extranjeras. Este carácter de cosa extraña es esencial, hasta el punto de intervenir un intérprete a fin de que el don edifique a
la comunidad. Estamos muy cerca de la mántica pagana, como en Delfos, donde un profeta explica los sonidos inarticulados que
se escapan de los labios de la pitonisa” (L. CERFAUX, Itin. espir. de San Pablo, Barcelona 1968, P.ICH). De modo parecido se ex4739
presa P. GRELOT : “Semejante en apariencia a los transportes entusiastas que practican los paganos en ciertos cultos orgiásticos,
puede incluso arrastrar a inconsecuencias a los fieles que no distinguen la influencia del Espíritu divino de sus falsificaciones”
(art. “Carismas” en: Vocab. de Teol Bibl de X. LEÓN-DUFOUR, p.iaó). — 34 Cf. Ant. iud. 7:15; 16:7. — 35 Gf. W. BOUSSET, Kyrios
Christos (Góttingen 1913/· — 36 Así lo supone ya en su tiempo Tomás, quien trata de resolver la dificultad que parecen oponerlas
palabras de Cristo en Mt 28:18-20, diciendo: “Ex speciali Christi revelatione apostoli in primitiva Ecclesia in nomine Christi baptizabant,
ut nomen Christi quod erat odiosum iudaeis et gentilibus honorabile redderet per hoc quod ad invocationem Spiritus
Sanctus dabatur in baptismo” (Sum. Theol. 3 q.66 a.6 ad i). — 37 Cf. P. Benoit, Passion et Resurrection du Seigneur (París 19 —
38 Sobre estos “sumarios,” cf. Ρ. Βενοιτ, Remarques sur les “sommai'res” des Actes: Mé-langes M. Goguel (1950) p.1-10. — 39
Cf. Didaché 9:1-3; 14:1; San Ignacio ANT., Ad Eph. 20:2 — 40 Cf. Did. 9-10 y 14; San Justino, I Apol 67. — 41 L. Arnaldich, Influencias
de Qumrán en la primitiva comunidad judio-cristiana de Jerusalén: XIX Semana Bíblica española (Madrid 1962) p.
179-185. — 42 L. Cerfaux, Itinerario espiritual de San Pablo (Barcelona 1968) p.33. — 43 Algo parecido hemos de decir del
término epíscopos, aludido en Act 20:28. Hay autores que también aquí suponen influencias de Qumrán, diciendo que son tales
las analogías entre el “mebaqqer” de Qumrán, y el “obispo” cristiano, que “la dependencia raya en certeza” (L. Arnaldich, Influencias
de Qumrán en la primitiva comunidad judío-cristiana de Jerusalén: XIX Semana Bíbl. Esp., Madrid 1962, p.isi); otros,
en cambio, dicen que “el paralelo entre el mebaqqer de Qumrán y el epíscopos de las primeras comunidades cristianas es menos
claro de lo que a primera vista aparece” (M. Delcor, Le sacerdoce.. dans les docu-ments de Khirbet Qumrán: Rev. de l'hist. des
Relig., 1953, p.n). Creemos que el hecho de que el término “epíscopos” aparezca, por primera vez en las comunidades griegas,
hace poco probable esa dependencia de Qumrán; tanto más que el “epíscopos” era término muy frecuente en el helenismo para designar
inspectores y administradores de comunidades, tanto profanas como religiosas. No hace falta ir a buscar nada en Qumrán
44 De bell iud. 5:5:3. — 45 El término αρχηγός (άρχη-αγω), traducido aquí por “autor,” como hace la Vulgata, lo traducimos por
“príncipe” en 5:31. Su sentido primitivo es el de “qui initium agit,” pero ese significado puede matizarse de diversas maneras, según
el contexto, equivaliendo unas veces a “autor de la cosa,” y otras veces a “príncipe” o guía que conduce a la consecución de
determinada finalidad. Cf. T. Ballarini, Archegós (Act 315; 5:31; Heb 2:10; 12:2): autore o con-dottierot: Sacr. Doctr. 16 (1971)
535-551. — 46 La expresión “un profeta hará surgir” (αναστήσει..) del v.22 ha dado lugar a muchas discusiones. Algunos, afirmando
que es un texto directamente mesiánico, sostienen que Pedro ve ahí indicada la resurrección de Cristo, pues en el v.26, en
que se haee notar la realización de esta promesa, se emplea el mismo verbo para señalar su resurrección: “Dios, resucitando a su
Siervo (άναστήσας τον παΐδα αύτοΰ..).” Otros dicen que, lo mismo en el v.22 que en el v.26, el verbo άνίστημι ha de traducirse
por “suscitar,” no por “resucitar,” en el sentido de que, al igual que Dios había suscitado a Moisés de en medio del pueblo, así
suscitará otros profetas, y últimamente a Jesús de Nazaret (cf. Heb 1:1-2), para completar la obra comenzada por Moisés. Desde
luego, el verbo ανίατη μι permite ambos significados, el de “suscitar” y el de “resucitar.” No parece haber duda que en el texto del
Deuteronomio tiene el sentido de “suscitar,” como pide el contexto; en cuanto al v.26, la cosa es dudosa, y mientras unos lo traducen
también por “suscitar,” diciendo que no se trata de la resurrección de Cristo, sino de su envío de parte de Dios al mundo,
otros, quizás más fundadamente, lo traducen por “resucitar,” con alusión a la resurrección, que es el punto clave de todos los discursos
de Pedro, y como aconseja la comparación con pasajes más o menos paralelos, como 13:32-34 y 26:6-8. Parece cierto que
el volver a^ tomar el mismo verbo del v.22 es algo intencionado, explotando la anfibología del verbo άνίστημι. — 47 Es probable
que esta admonición de que “no hablen ni enseñen en el nombre de Jesús” sea una admonición legal; pues en la jurisprudencia judía,
tratándose de gente del pueblo, no de rabinos, no se podía proceder judicialmente sino en caso de reincidencia, lo cual suponía
que había precedido una admonición legal. Tal parece suponerse en 5:28 al recordarles la prohibición actual. — 48 Cf. Ant. iud.
20:9:1. — 49 El nombre griego Cristo (hebr. Mesías) de la cita del salmo (v.26) es explicado etimológicamente al aplicarlo a Jesús,
ungido por Dios (v.27). Evidentemente no se trata de “unción” en sentido propio, cual se hacía con sacerdotes, profetas y reyes
(cf. Ex 28:41; Lev 8:12.; i Sam 10:1; 3 Re 19:16), sino en sentido impropio, significando una elección divina en orden a determinada
misión, para la que se confieren las gracias congruentes (cf. 2 Sam 12:7; Sal 45:8; Is 61:1). Dios “unge” a Jesús al constituirle
como rey mesiánico. Esa “unción” sustancialmente tiene lugar ya en la encarnación, pero se manifiesta públicamente en el
bautismo (cf. Jn 1: 31-34), Y más aún en la resurrección (cf. 13:33). Acerca del apelativo “siervo” aplicado a Jesús (v.27), ya
hablamos al comentar 3:13. — 50 Del v.32 parece hay que saltar al v.34, si queremos mantener la ilación de las ideas. A su vez, el
v.33 enlaza muy bien con el v.3i. Quizás haya habido aquí trastrueque por parte de algún amanuense, o quizás este aparente desorden
sea debido a la diversidad de fuentes usadas por San Lucas. Hay quienes suponen que este v.33 pertenece al contexto del
c.5, de donde procedería, igual que dijimos del v.43 del c.2. — 51 Al término ecclesia pueden corresponder en arameo tres palabras,
sin que sea posible saber cuál usaría el Señor: qehala ( = reunión o asamblea para un asunto cualquiera), idtá ( = reunión o
asamblea para un fin concreto, y no ya con carácter indefinido), kenistá ( = lugar donde se reúne la comunidad, o también la misma
comunidad reunida). Esta última palabra, en el judaismo rabínico, viene a equivaler a “sinagoga.” — 52 Se ha discutido mucho
sobre cuál fue entre los primeros cristianos la significación primaria y más antigua del término “iglesia,” si la de sentido universal
o la de sentido local. Creemos que la respuesta ha de estar en consonancia con la opinión que cada uno defienda sobre el
origen de esa denominación entre los cristianos. Hay autores, como P. Batif-fol y W. Kóster, que ponen el punto de partida en el
mundo griego, donde este término era muy usado, en sentido de asamblea del pueblo como fuerza política. Los ciudadanos eran
llamados ekkletoi, es decir, los convocados (ek-kaleo = llamo de, convoco) por_ el heraldo o pregonero. Es prácticamente el sentido
que encontramos todavía, sin ningún matiz cristiano, en Act 19:32.39. Habrían sido los sectores helenistas de las comunidades
cristianas los que habrían comenzado a dar a sus reuniones o asambleas el nombre mismo que se daba a las reuniones o asambleas
de las ciudades griegas. Este habría sido el primer paso. Luego, en un segundo tiempo, ese mismo término habría pasado a
designar, no ya la reunión misma, sino los fieles que solían reunirse: iglesia local. Finalmente, en una tercera etapa, del sentido de
iglesia local se habría pasado al de Iglesia universal, designando con el mismo término al conjunto de todos los cristianos. Sin
embargo, como indica Mc indicamos en el texto, creemos más probable, siguiendo a la generalidad de los autores, poner el punto
de partida, no en el helenismo, sino en el uso que de este término Ekklesia hacían los LXX, traduciendo el hebreo qahal. Debido a
ser un término acuñado ya por los LXX y en cierto modo sagrado, se explicaría que las antiguas versiones latinas conserven siempre
la palabra griega ecclesia, sin traducirla al latín por alguna de sus equivalentes (curia, concio, cormtium..), cosa difícil de explicar
si hubiese sido tomado del griego profano, sin otro significado que el genérico de congregación o reunión en asamblea.
Tendríamos, pues, que el significado básico y primario del término Ekklesia no sería el de asamblea local, sino el de Iglesia universal
o pueblo de Dios escatológico, anterior a cualquier clase de agrupaciones locales; sólo en una segunda etapa, al irse extendiendo
el cristianismo, se usará también ese mismo término para designar las comunidades locales. Es decir, todo al revés de lo
que suponen los que hacen derivar del helenismo el uso del término “iglesia” entre los cristianos. En un principio, esa Iglesia uni4740
versal coincidirá de hecho con la comunidad local de Jerusalén; de ahí que sea indiferente decir “toda la iglesia” (5:11), o simplemente
“la iglesia” (8:3), o también “la iglesia de Jerusalén” (8:1). Pero pronto el término “iglesia” aparecerá claramente en sentido
supralocal y se hablará de “la iglesia” diseminada por Judea y Galilea y Samaría (9:31; cf. 20:28). Asimismo, el término “iglesia”
se aplicará a las nuevas comunidades cristianas que se van fundando en Antioquía, Asia Menor, Efeso, etc. (cf. 13:1; 14:23;
20:17). Sin embargo, esta aplicación a las iglesias locales no destruye el concepto de Iglesia universal, que sigue siendo el concepto
básico del término “iglesia.” Si se habla de la iglesia de Antioquía o de la de Corinto, o de la de Roma, no es en el sentido de
que esas iglesias sean parte simplemente de la Iglesia universal, cual si de la suma de todas aquéllas resultase ésta, sino que la referencia
es siempre a la Iglesia de Dios, que es única y universal, pero que se hace presente, de modo concreto, en esta o aquella
comunidad local. Cada iglesia local, por pequeña que sea, contiene toda la realidad iglesia, como la contenía la iglesia de Jerusalén
cuando no existía aún ninguna otra. Algo parecido a como la eucaristía local contiene a Cristo todo entero 53 En el Antiguo
Testamento se habla con frecuencia del “ángel de Yahvé,” especie de personificación de la providencia particular de Dios hacia su
pueblo (Gen 16:7-12; 21:17-18; 22:11-18; Jue 2:1-5; 6:11-22; 13:3-21; 2 Reg 1:3.15)· Es la misma concepción que aparece también
en estos lugares de los Hechos. — 54 La expresión “príncipe” (αρχηγός) y “salvador” (v.3i), que Pedro aplica a Jesucristo, se
corresponde con “autor (αρχηγός) de la vida” en 3:15, y su sentido ya lo explicamos al comentar ese pasaje. — 55 Cf. Sotah, 9:15;
Besah, 2:1-7. — 56 Cf. Recogn. Clem. I, 6553: PL 41:807-818. — 57 Cf. Aní. iud. 18:1; 1-6; 20:5:1. — 58 Cf. Ant. iud. 17:10:6;
De bell. iud. 2:4.2,59 Es la interpretación corriente del término “helenistas,” y que juzgamos más probabLc. Es sabido que O.
Cullmann propone y defiende calurosamente una nueva interpretación, lo mismo para este pasaje, que luego para Act 9:29 y
11:20. Se trataría simplemente de judíos, sean de Palestina o sean de la diáspora, pero de judíos con ideas diferentes a las del judaismo
oficial, con tendencias más o menos esotéricas de origen sincretista. A este movimiento, de gran importancia en la historia
de los orígenes del cristianismo, llama Cullmann judaismo esotérico, especie de gnosticismo judío. Una de sus doctrinas más características
sería la relativa a su actitud respecto del Templo, mucho más libre que la del judaismo oficial, propugnando un “culto”
en espíritu (cf. Act 7:47-50). En estrecho parentesco con este grupo “helenista” estaría el grupo “joánico,” donde nace el IV
Evangelio (cf. Jn 2:19-21; 4:20-24), formando un como segundo tipo de “cristianismo,” en contraposición al representado en los
Sinópticos. Es en este segundo tipo de cristianismo donde vemos los mayores contactos con el “essenismo” de Qumrán (cf. O.
Cullmann, Des sources de l'Evangile a la formation de la théologie chrétienne, Neuchatel 1969, p. 16-21). — 60 Cf. Ex 22:21; Dt
14:19; Sal 68:6; Is 1:17; Jer 22:3; Act 9:39; 1 Tim 5:3; Sant 1:27. — 61 Cf. Clem. Rom., 2:5:18; 5:5:157- — 62 Gf. A. Ή orden
a511 “Los Hechos de los Apóstoles (Barcelona 1967) p.i 16-121; P. Gachter, " Une Zeit (Innsbruck 1958) p. 105-154. — 63 Este
texto de Amos citado por Esteban (v.42-43) presenta bastantes dificultades de interpretación en sus detalles; pero, para la finalidad
de Esteban, basta la afirmación de que, durante cuarenta años, en el desierto los judíos no ofrecieron víctimas y sacrificios a Dios,
sino que desviaron hacia cultos idolátricos de divinidades extranjeras. Y eso está claro en Amos, lo mismo en el texto hebreo que
en el texto griego de los LXX, que es el que sigue üsteban. Moloc era el ídolo de los amonitas, representado por una estatua con
cabeza de buey. Refan (en los'LXX: 'Ραιφάν) parece una deformación deKaiván, nombre asiro-babilónico de una divinidad astral,
que corresponde a nuestro Saturno. Es un ejemplo del culto al “ejército celestial,” de que se habló antes (v.42). — 64 Es de notar
que en todos los demás lugares del N.T., al igual que en Sal no,i, se presenta a Jesucristo “sentado” a la diestra de Dios (cf. Mt
24:64; Col 3:1); pero aquí Esteban le ve “de pie,” como preparado para acudir en su ayuda. — También es de notar el término
“hijo del hombre” para designar a Jesucristo, término frecuentemente usado por el mismo Jesucristo en el Evangelio (cf. Mt 8:20;
26:64), pero que no aparece en los otros libros del N.T., a excepción de este lugar y de Ap 1:13 y 14:14. Buena prueba de que fue
un título cristológico muy poco usado en el cristianismo primitivo. — 65 El texto dice: .”.de un jow.n (νεανίου) llamado Saulo,”
razón que alegan algunos para rechazar la hipótesis de que pudiese formar parte del sanedrín; pero esa razón nada probaría, pues
el término griego νεανίας, al igual que el latino “adolescens,” tiene una significación mucho más amplia que el castellano “joven,”
pudiendo ser aplicado a hombres incluso de cuarenta o cuarenta y cinco años. Hasta dicha edad son todavía “hombres jóvenes,” es
decir, con pleno vigor de mente y de cuerpo. — 66 Lo cuenta así Josefo: “Entonces el sumo sacerdote, creyendo tener una buena
ocasión, porque había muerto Festo, y Albino se hallaba aún en camino, reúne un sanedrín de jueces y, citando.. a Santiago y a algunos
otros, acusados de ser transgresores de la Ley, los condenó a ser apedreados” (Ant. iud. 20:9:1). — 67 San Agustín, Serm.
315. — 68 Euseb., Hist. eccl. 5:18:14. — 69 Sobre esta ida a predicar en Samaría insiste mucho O. Cullmann, haciendo notar que
los samaritanos rechazaban también ellos el culto del Templo (cf. Jn 4:20-21) y, consiguientemente, tenían afinidad con las ideas
defendidas por Esteban y el grupo helenista (cf. Act 7, 47-50). Cree Cullmann que este grupo “helenista,” de que hablan los
Hechos, está muy en relación con Jn 4:38, en que se habla de predicadores que han trabajado en Samaría antes de que lo hayan
hecho los Doce (cf. O. Cullmann, o.c., p.i8 y 48). — 70 Cf. Just., Apol. I 26; Dial. c. Triph. 120:6; Iren., Adv. haer. 1:16-1:3; Tert.,
Apol. 13 ; De anima 34:57; Oríg., Contra Cels. 5:62; Euseb., Hist. eccl 2:13; Homil pseud. Clem. 2, 22-23; 4:4-5- — 71 Ciertamente
que en el bautismo, signo eficaz de gracia, se nos confiere el Espíritu Santo (cf. 1 Cor 12:13), pero no parece que en las narraciones
de los Hechos haya nunca explícita alusión a ello. Todo da la impresión de que, en un principio, los ritos del bautismo se
consideraban más bien bajo el aspecto negativo de remisión de los pecados, quedando la parte más directamente positiva o don
del Espíritu para el rito de la imposición de manos. La primera afirmación clara de la conexión inmediata entre el Espíritu y el
bautismo la tenemos en Jn 3:5; también Pablo lo deja entender claramente en varias de sus cartas (cf. 1 Cor 6:11; 12:13; Tit 3:5).
Sin embargo, la creencia de que había conexión entre Espíritu y bautismo queda implícita en las palabras de Pedro ante Cornelio:
“¿Podrá alguno negar el agua del bautismo a los que han recibido el Espíritu”? (10:47), lo que está dando a entender que el agua
del bautismo es símbolo eficaz del Espíritu. — 72 Plinio, en su capítulo sobre Etiopía, dice que reinaba una mujer llamada Candace,
“quod nomen multis iam annis ad reginas transiit” (Hist. natur. 6:35). Según testimonio de Eusebio (Hist. eccL 2:1), parece
que era normal el que ese reino de Etiopía estuviese gobernado por una mujer. Es de notar que este nombre de “Etiopía” no corresponde
a la actual Etiopía (Abisinia), sino más bien a Nubia, país situado al sur de Egipto, entre la primera y la sexta catarata, y
que entonces tenía por capital la ciudad de Meroe. Los judíos llamaban a los habitantes de Nubia Kush o Kushiti, término que los
LXX tradujeron por Etiopía y Etíopes. Actualmente el territorio de la antigua Nubia pertenece en su casi totalidad al Sudan, constituido
reino independiente en 1956. Abisinia queda más al sur. — 73 Cf. Iren., Adv. haer. 3:12:8: “Eunuchus credens et statim
postulans baptizari dicebat: credo Filium Dei esse lesum.” — 74 Cf. Eusfb., Hist. eccl. 2:1:13. — 75 Una prueba la tenemos en los
papiros árameos de la isla Elefantina recientemente descubiertos, que dan fe de una numerosa colonia judía ahí establecida ya en
el siglo vi antes de Cristo. Esta isla se halla en la primera catarata del Nilo, lugar fronterizo entre Egipto y Nubia, siendo de creer
que también más al sur existieran colonias judías. — 76 Damasco se halla a unos 250 kilómetros de Jerusalén, y las caravanas
empleaban seis o siete días en hacer el recorrido. Pertenecía a la provincia romana de Siria y, al igual que todas esas regiones,
había sido conquistada por Pompeyo a mediados del siglo i a. G., quedando desde entonces sujeta a Roma. Según testimonio ex4741
plícito de Josefo, eran numerosísimos los judíos ahí residentes (cf. De bell. iud. 1:24:2. — 77 Cf. Antiq. iud. 14:10; De bell. iud.
1:24:278 Cf. A. M. DENIS, L'Apótre Paul “prophéte messianique” des Gentih: Eph. Théol. Lov. 33 (1957) 245-318; L. CERFAUX,
La vocation de S. Paul: Euntes doc. (1961) p-3-35- — 79 La manera de ver de los críticos podríamos resumirla así: Hay que distinguir
entre la sección gj-iga ( = 22:6-21 y 26:12-18), en que se narra directamente la conversión de Saulo, y la sección 9:196-30,
en que se narran sus primeras actividades después de convertido. Esta segunda sección, relativa a un período de la vida de Pablo
del que parece que Lucas sabía muy poca cosa, habría sido hilvanada a su modo por él, valiéndose de algunas noticias aisladas
(huida de Damasco, dificultad de Pablo para relacionarse con los Apóstoles de Jerusalén, etc.), con la expresa intención de vincular
a Pablo con la iglesia de los orígenes. En cuanto a la primera sección, relativa a la conversión de Pablo, de la que presenta
nada menos que tres relatos, la dificultad es mayor. Sin embargo, comparando atentamente los tres relatos, sacamos el convencimiento
de que Lucas lleva la intención de un acortamiento progresivo (19 ver. en el primer relato, 16 en el segundo, y 7 en el tercero),
al tiempo que introduce algunas diferencias: descripción amplia de la visión de Ananías en el primer relato (vv.10-16) y
brevemente la entrevista con v.17-18;, mientras que en ei segunuu iciatw ou^^ al revés, es decir, ni se habla siquiera de la visión
de Ananías, pero se narra ampliamente su entrevista con Saulo (vv.12-16). También se nota progresión en ir acentuando cada vez
mas la vocacionde Pablo hacia los gentiles:en el primer relato se habla simolemente de “naciones, reyes e hijos de Israel” (v.1s),
en el segundo se habla de “todos los hombres” (v. 15), Hay algunos (Harnack, Dibelius, Knpx, Haenchen) que todas estas diferencias
entre los tres relatos las atribuyen a la actividad literaria de Lucas; en cambio, otros (Spitta, Wendt, Hirsch, Lake, Trocmé)
creen que algunas de ellas, particularmente lo relativo al episodio de Ananías, serían difíciles de explicar, de no suponer ya diversidad
en las fuentes usadas por Lucas. Creen que Lucas se valió de dos fuentes distintas: la primera, en la que no habría nada de
Ananías, debía ser muy semejante al relato que tenemos en Act 26:1-18 y es posible que procediera de Pablo mismo, dada la semejanza
con Gal 1:15-16; la segunda, en cambio, tendría como núcleo central el episodio de Ananías, difícilmente conciliable con
las protestas de independencia de Pablo en Gal 1:11-24. Tendríamos ahí el clásico relato de un milagro de tipo tradicional, es decir,
la curación de la ceguera de Pablo por Ananías, sirviendo de introducción el escenario de la luz deslumbrante que le envuelve
al acercarse a Damasco, su caída en tierra él sólo (cf. 9:4; 22:7) y su conducción a la ciudad ciego y como anonadado (cf. E.
Trocmé, Le livre des Actes et l'histoire, París 1957). — 80 Cf. G. Lohfink, Pawíus vor Damaskus (Stuttgart 1965); D. M. Stanley,
Paul's Conversión in Acts: The Cath. Bibl. Quart. 15 (1953) p.315-338; A. Girlanda, De con-versione Pauli in Actibus Apostolorum
tripliciter narrata: Verb. Dom. 39 (1961) p.66-81.129-140.173-184. — 81 Cf. P.Gachter, Peírus und seine Zeit (Innsbruck
1958) p.338-450. — 82 Gf. B. Rigaux, Saint Paul et ses lettres (París 1962) 114-115. — 83 Los textos básicos para una cronología
de la vida de San Pablo son: Act 12:23; 18:12; 24:27; Gal 1:18; 2:1. — 84 Este proverbio: “Duro es cocear contra el aguijón,”
está tomado de la vida agrícola, cuando al pinchazo de la aguijada el animal suele responder con coces, y significaba el esfuerzo
vano y necio con que a veces se pretende evitar una cosa (cf. Esquilo, Agam. 1624; Píndaro, Pyth. II 94; Eurípides, Bacch. 795;
Terencio, Phormio 78). El proverbio se encuentra solamente en la tercera de las narraciones (26:14); aunque algunos códices y la
Vulgata Clementina lo ponen también en la primera (9:5). Igualmente es exclusiva de la tercera narración la noticia de que Jesús
habló a Saulo en arameo (cf. 26:14). — 85 Gf. W. Prokulski, The Conversión of St. Paul: The Cath. Bibl. Quart. 19 (1957) 453-
473- — 86 Digo “de modo explícito,” pues de una manera implícita quizá podamos ver indicada esta revelación en el v.1a. Tal
debe afirmarse en el caso de considerar este versículo como continuación del precedente, que siguiera refiriendo palabras del Señor
a Ananías. La traducción sería: .”. busca a Saulo de Tarso, que está orando y ha visto en visión a un hombre llamado Ananías..”
Es decir, que el Señor informaría a Ananías de una visión tenida por Saulo, dándole a entender con ello que está ciego y que
está dispuesto para su visita. La cosa, sin embargo, no es clara, pues la interpretación de este versículo es difícil. La Vulgata Clementina
lo pone entre paréntesis y parece considerarlo como una nota histórica intercalada por San Lucas, quien, tomando pie de
la “oración” de Saulo (v.11), agregaría la noticia de la visión tenida por éste durante esa “oración,” al mismo tiempo que tenía lugar
la aparición a Ananías. Tal es también la interpretación que dan muchos autores. En ese caso, este v.12 nada tendría que ver
con la aparición a Ananías, — 87 Sobre que Saulo quedó ciego, no parece caber duda (v.8.i8). También parece claro que esa “ceguera”
está relacionada con el intenso resplandor de la visión (cf. 22:11; 26:13). No creemos, sin embargo, que se trate simplemente
de un fenómeno natural, debido al exceso de luz; pues no hubiera durado tanto tiempo (cf. v.g). Desde luego, la curación
fue sobrenatural, y esas “como escamas” que caen de sus ojos (v.18) parece deben entenderse no metafóricamente, sino, en realidad,
como algo material, especie de costra formada sóbrelos ojos de Saulo. Algo parecido había sucedido a Tobías (cf. Tob
11:13). La expresión “escamas que caen” se encuentra en escritos de médicos griegos. — 88 No es fácil determinar a qué región
alude este nombre de “Arabia.” El término e demasiado vago, aplicándose en aquel tiempo a todos los inmensos territorios del
otro lado del Jordán, que se extendían hasta la alta Siria por el norte, hasta el Eufrates por el este y hasta el mar Rojo por el sur.
Pero el núcleo principal era el reino de los nabateos (cf. i Mac 9:35), llamado también a veces reino de los “árabes,” cuya capital
era Petra, y se extendía a lo largo del este y sur de Palestina. A esta región parece que fue donde se retiró Saulo. — 89 Este Aretas
sería Aretas IV, rey de los nabateos, del que conocemos bastantes datos por Josefo. Reinó desde el año 9 a. C. hasta el año 40 d.
C. Una hija suya estuvo casada con Herodes Antipas, a la cual repudió para unirse con Herodías, mujer de su hermano, delito al
que aluden también los evangelios (cf. Mt 14:3). Este repudio disgustó a Aretas, el cual, con pretexto de un incidente fronterizo en
TransJordania, declaró la guerra a Herodes, que fue totalmente derrotado. Pero Herodes recurrió a Tiberio, y éste ordena a Vitelio,
legado de Siria, que declare la guerra a Aretas y se lo lleve a Roma, vivo o muerto. Al llegar con sus tropas a Jerusalén camino de
Petra, capital del reino de Aretas, Vitelio recibe la noticia de la muerte de Tiberio (16 de marzo del 37), y manda detener la expedición
militar en espera de recibir órdenes del nuevo emperador (cf. Josefo, Antiq, iud. 18:5:1). No tenemos más datos. — 90 En
vez de “helenistas” (judíos de la diáspora), la Vulgata habla de “gentiles,” leyendo: “loquebatur quoque gentibus et disputabat
cum graecis.” Pero esta lección no tiene apoyo alguno sólido en los códices. — 91 Recientes tentativas de algunos críticos, como
E. Lohmeyer, han querido unir la existencia de estas iglesias a la vida pública de Jesucristo y a sus apariciones en Galilea, imaginando
dos tipos de cristianismo: el jerosolimitano y el galileo. No creemos que haya base sólida para tales suposiciones. — 92 Cf.
Josefo, Antiq. iud. 18:8:2-9. — 93 El nombre Tabita es arameo, y corresponde al griego δορκά,” (v.56), en español gacela. Dicho
nombre, aunque directamente designa un animal, había pasado a ser nombre de mujer, incluso entre los griegos. — 94 De este espíritu
de segregación que animaba a los judíos frente a las demás razas (cf. 10:28; 11:3; Gal 2:12; Jn 18:28) hablan también los
escritores romanos. Es célebre el testimonio de Tácito: “Adversus omnes alios hostile odium, separati epulis, discreti cubilibus”
(Hist. V 5). — 95 En la tradición se conoce al evangelista San Marcos como “discípulo e intérprete (ερμηνευτής) de Pedro”; lo
cual, según la interpretación que juzgamos más probable, parece debe entenderse de que, al menos en un principio, hubo de valerse
de él para su trato con el mundo griego (cf. Papías, en Euseb., Hist. eccl. 3:39:15; Iren., Adv. haer. 3:1:1; San Jerónimo, De viris
ill. 8). — 96 En relación con los milagros y actividad de Jesucristo usa Pedro la frase “le ungió Dios con el Espíritu Santo y con
4742
poder” (v.38), frase calcada en Is 61:1: “El Espíritu del Señor descansa sobre mí, pues Yahvé me ha ungido y me ha enviado a
predicar la buena nueva a los abatidos..” Ya Jesucristo se había aplicado a sí mismo este pasaje al comienzo de su vida pública,
hablando en la sinagoga de Nazaret (cf. Lc 4:17-21). El sentido de la frase de Pedro parece claro. Pretende dar la razón del proceder
y milagros de Jesucristo: era el “Ungido” de Yahvé, del que hablan las profecías mesiánicas. Al comentar 4:27, explicamos ya
cómo deba entenderse la palabra “ungir.” — 97 Esta afirmación de Pedro está en armonía con la norma fundamental divina, a que
también alude San Pablo, de conducir los hombres a la salud por la fe (Rom 1:16-17) y a través del ministerio de otros hombres
(Rom 10:13-15). — 98 Cf. Jos., De bell. iud. 7:3:2; Antiq. iud. 12:3:1. — 99 Hay bastantes códices que, en lugar de “griegos”
(έλληνας), tienen “helenistas” (ελλη-νιστάς), lo mismo que en 6:1 y 9:29; pero esta lección se opone tan claramente al contexto,
que puede decirse unánimemente rechazada en todas las ediciones críticas. En efecto^ si leemos .^helenistas” (judíos de la diáspora),
desaparece totalmente la oposición con el “judíos” del v.19. Otra cosa es en el pasaje de 6:1, pues allí no se habla de judíos,
término común para todos los de raza judía, sino de “hebreos,” con que se designaba a los judíos palesti-nenses, de habla aramea.
Con el término “griegos” se alude no precisamente a los habitantes de Grecia, sino, al igual que en otros pasajes (cf. 14:1; 31:38;
Rom 1:16), a los “paganos” en general, en contraposición a los “judíos.” — 100 Los judíos designaban a los cristianos con el
nombre de “secta de los 5.14: 28:22), término de desprecio (cf. Jn 1:46; 7:41), derivado del pueb] criado Jesús (cf. 2:22; 6:14;
10:38). pueblo en que se había — 101 Cf. Sueton. , Claadius 18; Dión Casio, 60:11; Tácit., Anuales 12:43; Josefo FLA-vio, Antiq.
iud. 3:15:3; 20:2:5; 20:5:2. — 102 Cf. J. Jeremías, Sabbat jahr und neutestamentliche Chronologie: Zeitschrift für die neut. Wiss.
27 (1928) 98-103; A. M. Tormes, La fecha del hambre de Jerusalén aludida por Act 11:28-20: Est. Ec. 33 (1959) 303-316; J. Dupont,
Lafamine sous Claude: Rev. Bibl. 62 (1955) 52-55- — 103 Cf. L. Turrado, Carácter jerárquico de Tito, Timoteo, Lucas, Silas
y otros compañeros de San Pablo: Ciencia Tomista 69 (1946) 82-105.104 Cf. Eph. 6:1; Magn. 2; 6:1; Trall i,i;Philad. 4. — 105 Con referencia
a los v.27-28, la recensión occidental, representada por el códice D, tiene una interesante variante, que conviene señalar.
Lee así: .”.a Antioquía profetas, y hubo gran júbilo. Mientras estábamos reunidos, levantándose uno de ellos..” De ser auténtica
esta lección, tendríamos aquí la primera de las “secciones nos,” en que San Lucas habla en primera persona del plural (cf. 16:10-
17; 20:5-15; 21:1-18; 27:1-28:16), y sería una prueba manifiesta de que por este tiempo estaba en Antioquía y era ya cristiano. De
todos modo ρ al menos es claro indicio de una antigua tradición en ese sentido. — 106 Cf. Josefo Flavio, Antiq. iüd. 18:6-7; 19:5.
— 107 Cf. Antiq. iud. 19:6-7. — 108Gf. Z. García Villada, Historia eclesiástica de España I (Madrid 1929) P-46-66. — 109 Cf.
Oríg., Homil. 6 in Lc; San Jerónimo, De vir. ilL i; Lib. Pontiflcalis p.si; Brev. román., d. 22 febr. — 110 EUSEB., Hisí. eccl. 2:14:6;
San Jerónimo, De vir. ill. ι; OROSIO, Hist. adv. paganos 7:6; León Magno, Serm. 82:4. — 111 Gf. Josefo Flavio, Anítq. iud. ig,8:2.
Biblia comentada 6a 9 — 112 Quizá a alguno llame la atención lo de “comido de gusanos,” algo parecido a lo que la Escritura refiere
también de Antíoco (2 Mac 9:5-9) y Eusebio dice del emperador Calerio (Hist. eccl. 8:16:4). Los incrédulos comentan a veces,
en tono irónico, que es la muerte que los autores cristianos damos siempre a los perseguidores de la Iglesia. Desde luego, admitimos
que se han formado a veces leyendas en ese sentido, sin suficiente base histórica; v.gr., respecto de Pilato, Anas, Caifas,
etc.; pero ello no es motivo para negar la historicidad de aquellos otros casos que, como la del que ahora tratamos, está suficientemente
documentada. Notemos cómo también Flavio Josefo, que no es autor cristiano, atribuye esa muerte a Herodes el Grande
(Ant. iud. 17:6:5), detalle precisamente que omite el Evangelio, el cual se contenta con decir simplemente que “murió” (Mt 2:19).
Por lo demás, junto a una llaga que no se preserve bien de la putrefacción, surgen muy pronto gusanos. Esto sucede también hoy,
y es de creer que sucediese con bastante más frecuencia en la antigüedad. — 113 Cf. Sueton., Claudius 17:3-4; Dión Casio,
60:23:1-4. — 114 Josefo Flavio, Antíq. iud. 19:9:1-2. — 115 Actualmente son bastantes los autores que niegan toda validez a este
razonamiento. Lo expone así B. Rigaux: “Estos dos últimos versículos.. tienen un carácter netamente redaccional. Fundar sobre
ellos cualquier tentativa de precisión cronológica es contrario a toda regla crítica” (Saint Paul et ses Lettres, Bruges 1962, p.io9).
Sin embargo, ¿es segura la conclusión? ¿Es que por el hecho de que los versículos tengan “carácter redaccional,” hay que excluir
necesariamente de la mente de Lucas, próximo aun a los acontecimientos, toda intención cronológica? — 116 No se nos dice en
qué consistía esa “liturgia,” pero evidentemente se trata del acto del culto cristiano tal como solía practicarse en esos primeros
tiempos de la Iglesia: oración, exhortaciones, cánticos y, sobre todo, la fracción del pan (cf. 2:42; 20:7-11; 1 Cor 11:20; 14:26). Es
importante hacer notar cómo con la liturgia va unido el ayuno. — 117 Cf. Gong. Vatic. II, Const. Lumen Genttum, n.° 12. — 118
Cf. Josefo Flavio, Antiq. iud. 16:4. — 119 Es de notar la exactitud histórica de San Lucas, al hablar de “procónsul” (άν3ύπατος)
en Chipre. Precisamente era éste un punto que había sido alegado por algunos críticos para impugnar el valor histórico del relato.
En efecto, decían que Chipre era provincia imperial (cf. ESTRABÓN, 14:6; 17:25), es decir, bajo la dependencia directa del emperador,
como jefe supremo del ejército, y, por tanto, no estaba gobernada por un “procónsul,” como supone el autor de los Hechos,
sino por un propretor o legado del César, al igual que la de Siria (cf. Lc 2:2). Pues bien, las excavaciones arqueológicas en la isla
nos han dado a conocer varías inscripciones con cuatro nombres de “procónsules.” Una, encontrada en 1877, lleva precisamente el
nombre de “Paulus,” que muy bien pudiera ser el Sergio Pablo del libro de los Hechos. Y es que, aunque en un principio Augusto
hizo a Chipre provincia imperial, como nos dice Estrabón, poco después, hacia el año 22, la hizo senatorial, entregándola al Senado,
como sabemos por Dión Cassio (54:4). Estas provincias senatoriales las administraba el Senado mediante procónsules. Parece
que bajo el emperador Adriano, por razones militares, de nuevo volvió a convertirse en provincia imperial; pero en tiempos
de San Pablo ciertamente era provincia senatorial. — 120 Cf. Estrabón, 12:6:4. — 121 Hay códices que en el v.18 leen “los soportó”
(έτροποφόρησεν αύτούς), lección que sigue también la Vulgata. Pero parece más en consonancia con el contexto la lección
“les proveyó de alimento” (έτροφοφόρησεν) que es la que hemos preferido, y que tienen gran número de códices griegos y de antiguas
versiones. De notar también, en esta primera parte del discurso, la cifra “450 años” del v.ao. En Gen 15:13” se da la cifra de
400 años para la estancia de los israelitas en Egipto, mientras que Ex 12:40-41 se da la de 430. Parece que Pablo se refiere al
tiempo transcurrido desde que Gañán fue prometido a los patriarcas (cf. Gen 15:18) hasta su posesión efectiva en tiempos de Josué,
incluidos los 40 años de marcha por el desierto. Sin embargo, el texto está oscuro. Hay códices que parecen referirse al tiempo
transcurrido desde la conquista de Cañan hasta los Jueces, cosa que no responde a ninguna cronología conocida. La recensión
— occidental refiere esa cifra a la época de los Jueces, pues lee: “Durante unos 450 años les dio jueces..” La cuestión, como en
general todas estas cuestiones cronológicas de la Biblia, es muy oscura y parece que circulaban diversas corrientes, conforme ya
explicamos al comentar 7:6.122 ES probable que el término “prosélitos” (v.43), contrariamente a 2:11, se tome aquí en sentido
amplio, con referencia simplemente a simpatizantes con el judaismo, conforme parece pedir la determinación que se añade de
“adoradores de Dios” (cf. 10:2). — 123 La frase “creyendo cuantos estaban ordenados a la vida eterna” (v.48) ha dado lugar a
muchas discusiones. Algunos autores, relacionando este texto con Rom 8:28-30, creen encontrar aquí una prueba de que hay una
predestinación a la gloria futura del cielo dependiente de la sola libre voluntad de Dios, anterior a cualquier previsión de méritos.
No creemos que el texto bíblico dé pie para llegar tan lejos. Evidentemente, en el contexto del pasaje, esos “ordenados a la vida
4743
eterna” son todos los que “creyeron,” y no es necesario suponer que todos habían de salvarse en el sentido que nosotros damos a
esta palabra. Más bien se alude a los que entran en la “salud mesiánica” (cf. 2:47; 3:15), dentro ya de la “vida eterna,” pues la gracia
es el principio de la gloria. Se trata, sin embargo, de una “vida” que aún puede perderse. Lo que el texto bíblico trata de acentuar
es que los predicadores en su actividad y en sus éxitos dependen de la dirección y acción de Dios (cf. 1 Cor 3.6-7). — 124 Cf.
Jenofonte, Anábasis 1:2:19. — 125 Cf. Plinio, 5:25; Cicerón, Ad familiares 15:4:2; Estrabón, 12:6:1. — 125 bis ES sabido que Lucas,
a lo largo de todo el libro de los Hechos, reserva habitual-mente el término apóstoles para el grupo de los Doce (cf. 1:2.26;
2:37; 4:23; 5:12; 8:1.14; 9:27; 15:2). De otra parte, Pablo reclama también para sí el título de “apóstol” (cf. 1 Cor 9, i; 15:5-11;
Gal 1:1.17). Sin embargo, aquí se le da también ese título a Bernabé. Todo esto ocasiona no pequeña problemática. Parece ser que,
dentro de la época neotestamentaria, el título de “apóstol,” que habría comenzado aplicándose a los Doce (cf. Lc 6:13), adquirió
luego un significado mucho más amplio incluyendo a todos aquellos que tenían corno misión característica la de difundir el Evangelio
allí donde no había sido aún predicado (cf. 1 Cor 12, 28; 2 Cor 11:5; Ef 4:11). Pronto, sin embargo, el título volvió a quedar
reservado a los Doce y a Pablo, que es la situación que parece suponer Lucas al escribir el libro de los Hechos. No es claro si también
Bernabé pertenecía a este grupo, dado el especial miramiento con que Pablo habla de él (cf. 1 Cor 9:6). El hecho de que Lucas
le dé ese título, lo mismo que a Pablo, podría ser un indicio (cf. Act 14:4-14). Sin embargo, es posible que en la narración de
Lucas, como creen muchos autores, el término “apóstoles” no tenga sentido técnico alguno, sino simplemente el de enviados de la
iglesia de Antioquía, pues es un pasaje que se halla en íntima conexión con Act 13:1-3, y deja traslucir una tradición más antigua.
Tal sentido es corriente en las cartas paulinas (cf. 2 Cor 8:23; Fil 2:25). Sobre este título apóstoles en la época neotestamentaria,
cf. L. TURRADO, Carisma y ministerio en San Pablo: Salmanticensis, 19 (1972) p.336-338. — 126 Cf. Ovidio Metamorfosis 8. —
126bis ΕΙ texto bíblico no habla explícitamente de “imposición de manos,” sino de designación de presbíteros “extendiendo la mano”
(χειροτονήσαντες.. πρεσβυτέρους). Sin embargo, aunque este verbo χειροτονειν Se use a veces para significar la designación
por voto a mano alzada, no parece que ese sentido tenga aquí aplicación. — 127 Cf. S. Giets, L'asemblée apostolique et le decret
de Jérusalem: Rech. Scienc. Relig. (1951) p.203-22o; L. Cerfaux, Le chap. XV du Livre des Actes a la lumiére de la littérature ancienne:
Rec. Cerfaux (Gembloux 1954), p.105-124; J. Dupont, Fierre et Paul a Antioche et á Jérusalem: Rech. Scienc. Relig.
(1957) p.42-6o y 225-239. portantes testimonios apostólicos a tavor de los gentiles. r,s posible que el documento relativo a Pedro
aludiese a alguna discusión desarrollada en Jerusalén cuando la visita de las Colectas — 128 En opinión de los críticos, estos documentos
procedían de las iglesias étnico-cris-tianas, donde sin duda eran conservados como preciado tesoro, dado que se trataba
de importantes testimonios apostólicos a favor de los gentiles. Es posible que el documento relativo a Pedro aludiese a alguna discusión
desarrollada en Jerusalén cuando la visita de las Colectas (cf. 11:30), momento en que Pedro parece que estaba todavía a la
cabeza de aquella iglesia. Lucas, buscando donde encuadrar este episodio que probablemente aparecía sin indicación cronológica,
no encontró sitio mejor que en la visita de Pablo y Bernabé a Jerusalén, de que viaje”; para ello, no tuvo inconveniente en suprimir
ei principio y el final del documento, así como en introducir algunas adiciones, como sería, por ejemplo, la alusión al caso de
Cornelio (15:7-9). En cuanto al documento relativo a Santiago, parece que incluía los V.1Q y 21, es decir la tesis de la no intervención:
en vista de los buenos resultados de la predicación de Pablo y Bernabé, Santiago afirmaba que no había por qué turbar la
paz de esas comunidades, enviando emisarios judaizantes (cf. Gal 2:12); pues, para propagar la Ley, ya había sinagogas en todas
partes. Él resto de esa perícope (v.14-21) lo habría añadido Lucas, que desarrolló más el tema, introduciendo la cita bíblica (v. 15-
18), la referencia al discurso de Pedro (v.14) y el anuncio de la carta que pensaba poner poco después (v.2o). Por lo que respecta al
decreto apostólico, es posible que se trate de un decreto que estaba en vigor en Antioquía, y que Lucas recogió, presentándolo como resultado del
concilio de Jerusalén (cf. E. TROCMÉ, Le Livre des Actes et l'histoire, París 1957, p. 156-163). — 129 Cf. M. Dibelius, Das Apostelkonzil:
Theol. Literaturzeit. 72 (1947) p.193-198. — 130 Por lo que respecta concretamente a que Lucas parece hablar de una tercera subida
de Pablo a Jerusalén (cf. 9:25-26; 11:29-30; 15:2-4), creemos que es así, y que el relato de Pablo (Gal 1:18; 2:1) en nada se
opone a ello. Pablo afirma, sin excluir; y si no menciona el segundo viaje (el de las colectas) es porque no hacía a su propósito.
Hay autores, sin embargo, que buscan la conciliación por otro camino. Dicen que el viaje a Jerusalén aludido en Act 15:2-4 no es
un viaje distinto del aludido en Act 11:29-30, sino el mismo; habría, pues perfecta coincidencia con Pablo. Lo que sucede es que
Lucas, a causa de la diversidad de fuentes, presenta ese viaje como desmembrado. La explicación según el P. Benoit, sería ésta:
Lucas, para todos estos capítulos habría venido sirviéndose de una tradición o fuente antioquena, que incluía lo relativo a los orígenes
de esa iglesia (11:19-30) Y Que continuaba con lo acaecido a Bernabé y Pablo en Antioquía y Jerusalén (15, 3-33); dentro
de este esquema antioqueno habría sido luego encuadrado el episodio de la prisión de Pedro (12:1-23), que procedía de una tradición
palestinense, y lo relativo al primer viaje misional de Pablo (c. 13-14), que procedía de una tradición paulina, la cual continuará
luego en i5:35ss. Pues bien, para esta labor de encuadramiento le bastan a Lucas dos breves notas redaccionales: 12:25 (para
introducir los c.15-14) y 15:1-2, para volver a enlazar con la tradición antioquena, que había dejado en 11:29-30. Y, si esto es así,
resulta que el viaje aludido en 15:1-2 (nota redaccional para volver a enlazar) es el mismo ya aludido en n, 29-30, que de este
modo en la tradición actual de los relatos, aparece desmembrado, dando la impresión de que hubo dos viajes a Jerusalén, cuando
en realidad se trata sólo de uno. Su lugar cronológico, dice Benoit, parece ser el del c.i5, es decir, después del primer viaje misional
de Pablo, que se narra en los c.i3-i4 (cf. P. Benoit, La deuxiéme visite de St. Paul ájérusalem: Bibl. 40, 1959, p.778-792).
Creemos que toda esta reconstrucción tiene mucho de subjetivo e hipotético, y no hay necesidad de tanta descomposición en el relato
de Lucas, que admite, como ya dijimos, una explicación mucho más sencilía. — 131 Explícitamente nunca se dice en el texto
bíblico que Pedro esté aludiendo al caso de Cornelio en los v.j-g, pero ello parece evidente. Ese “vosotros sabéis,” como algo de
todos conocido, y ese “dándoles el Espíritu Santo igual que a nosotros,” están como señalando con el dedo el caso de Gornelio (cf.
10:47; 11:15-18). Ni hace dificultad el que diga “de mucho tiempo ha” (v.7), pues parece ser que estamos en el año 49, y lo de
Gornelio es probable que tuviera lugar hacia el año 39 ó 40 (cf. 9:31-32), distancia suficiente para que pudiera decirse que había
pasado ya mucho tiempo. — 132 Gf. Euseb., Hist. eccl, 2:23; Flavio Josefo, Antiq. iud. 20:9. — 138 Es de creer que Santiago,
hablando en arameo, citara el texto hebreo. Habría sido Lucas, que escribía en griego, o la fuente que copia Lucas, quien lo sustituyó
por el de la versión de los LXX. La confusión debió de proceder de que los LXX leyeron yidresu.. adam, en lugar de yiiresu..
edom, añadiendo luego “al Señor” (que falta en muchos códices) para completar la idea. Desde luego, el sentido fundamental no
cambia, pues con cualquiera de ambas lecciones se alude a la vuelta de la cautividad babilónica, en la que queda envuelta la idea
mesiánica, haciendo constar que la casa de David, entonces en decadencia, se levantará a nueva gloria dominando (“sobre Edom”)
y sobre todas las gentes paganas, sobre las que será entonces invocado el nombre del verdadero Dios. “Invocar el nombre de Yahvé
sobre su pueblo” (cf. 2 Par 7:14) es frase hebrea que equivale a consagrarlo a Yahvé o hacerlo su propiedad. Es de notar que en
la mente de los profetas a la liberación de la cautividad babilónica va íntimamente unida la liberación mesiánica. Y es que lo que
sobre todo falta a los profetas en sus visiones es la perspectiva o conveniente separación entre los diversos cuadros que pintan. Pa4744
rece que Dios les dejaba en bastante oscuridad respecto del tiempo en que habían de suceder las cosas; de ahí que mezclen en un
mismo cuadro cosas que se aplican a la cautividad asiría o babilónica con otras que sólo se aplican a la época mesiánica. Quizá,
como observa agudamente el P. Lagrange, la razón de este proceder de Dios haya de buscarse en que la esperanza mesiánica debía
ser para los israelitas fuente de vida religiosa, y lo era mucho más con esa incertidumbre del tiempo, viéndola siempre como al alcance
de la mano, sobre todo en los tiempos de opresión y angustia. — 139 Cf. Sanhedrin 56b. — 140 Cf. Cicerón, Pro M. Coelio
20: “Verum si quis est, qui etiam meretriciis amoribus in-terdictum mventuti putet, est ille quidem valde severus.. Quando enim
hoc factum non est.'' Quando reprehensum? Quando non permissum?” — 141 Cf. Euseb., Hist. eccl 5:1:26. — 142 El texto del
decreto que hemos comentado es el de la redacción llamada “oriental,” que es la admitida generalmente por los críticos. Existe
otra redacción llamada “occidental,” representada por el códice D y por citas de los Padres latinos, los cuales ponen solamente tres
abstenciones, omitiendo los “ahogados,” y añadiendo al final la llamada “regla de oro” de la caridad. El testigo más antiguo es
San Ireneo: “Ut abstineatis ab idolothytis et sanguine et fornicatione; et quaecumque non vultis fieri vobis, alus ne faciatis” (Adv.
haer. 3:14)·Evidentemente debe ser preferido el texto “oriental,” no sólo porque tiene a su favor la gran mayoría de los códices,
sino también porque sólo él responde al problema discutido y está en armonía con el contexto del discurso de Santiago. En la redacción
“occidental,” suprimidos los “ahogados” y añadida la “regla de oro” de la caridad, se quita al decreto todo sabor judío y
se le da un carácter moral: que se abstengan de la idolatría, del homicidio y de la fornicación, y que no hagan a otros lo que no
quieran que les hagan a ellos. De hecho, así interpretan muchos Padres latinos las palabras idolotitos, sangre, fornicación. Pero
¿qué tenía que ver todo esto con la cuestión que se debatía? Probablemente la redacción “occidental” debe su origen a que el texto
del decreto (redacción “oriental”), una vez difundido el cristianismo entre los gentiles, no sonaba bien a los oídos de muchos fieles,
sobre todo en las controversias con los judaizantes. Suprimido el término “ahogados” por algún copista, a los otros tres era ya
fácil darles un sentido mucho más amplio y espiritual. (Cf. Yv. Tissot, Les prescriptions des presbytres (Act 15:41 D). Exé-gése et
origine du Decret dans le texte syro-occidental des Actes: Rev. Bibl. 77, 1970, p.321-346). — 143 Hay algunos códices griegos y
versiones antiguas que a continuación del v.33 añaden: “Pero Silas decidió permanecer allí.” Otros, en cambio, ponen: “Pero solamente
partió Judas.” La Vulgata, en la edición sixto-clementina y códices de menor valor, une Jas dos lecciones, formando el
y.34: “Pero Silas decidió permanecer allí, y partió solamente Judas.” La autoridad crítica en favor de la autenticidad de este versículo,
que falta en los mejores códices, es muy escasa. Probablemente se trata de una adición de la redacción “occidental” para explicar
la presencia de Silas junto a San Pablo en Antioquía, de que se hablará luego (v.40). Sin embargo, Silas pudo muy bien partir
para Jerusalén, como parece suponer el v.33, y volver poco después a Antioquía a una llamada de Pablo. — 144 Comentando
este pasaje, dice San Jerónimo: “Paulus severior, Barnabas clementior; uterque in suo sensu abundat. Et tamen dissensio habet aliquid
humanae fragüitatis” (Dial, adv, Pelag. 2:17: ML 23:580). Y San Francisco de Sales escribe: “C'est une chose admirable, que
nótre Seigneur ait permis que plusieurs choses dignes veritablement d'étre écrites, que les Ap ótres ont faites, soient demeurées
cachees spus un profond silence, et que cette imper-fection que le grand St. Paul et St. Bernabé commisent ensemble, ait été écrite..
Or, dites moi maintenant, nous devons-nous troubler quand on voit quelques défauts parmi nous autres, puisque les Apotres
les commisent bien?” (Oeuvres, Entretien 14 t.6 p.244). — 145 No se dice en qué consistían esas intervenciones del Espíritu Santo
(v.6) o Espíritu de Jesús (v.?) prohibiendo a los misioneros que se dirigieran al Asia proconsular y a Bitinia. Bien pudo ser una
comunicación explícita a través de algún carismático, como en otras ocasiones (cf. 20:23; 21,n); o también un acontecimiento
humano cualquiera (enfermedad, caminos interceptados, etc.) que impidió a los misioneros su entrada en esas regiones, y que fue
interpretado por Pablo como un aviso de la Providencia. — 146 Cf. Corpus Inscript. Latín. III 291, supl. 6818. — 147 La vanante
en 11:28, usando también primera persona de plural, es de autenticidad muy dudosa, como en su lugar explicamos. Los pasajes o
“secciones nos” son: 16:10-17; 20:5-15; 21:1-18; 27:1-28:16. — 148 Esta vía Egnatia, de la que derivaban esas otras ramificaciones
o vías menores, partía de Bizancio y, atravesando Tracia y Macedonia, llegaba hasta Dirraquio, en el Adriático, frente a Brindis,
donde terminaba la vía Apia, enlazando así con Roma. Entre las ciudades por las que pasaba hay que contar: Filipos, Anfípolis,
Apolonia y Tesalónica, ciudades visitadas por San Pablo (cf. 16:12; 17:1). — 149 Cf. Dión Casio, 51:4. También se han encontrado
monedas con la inscripción “Colonia Julia Augusta Victrix Philippensium.” Eran estas “colonias” relativamente numerosas
en el Imperio. Generalmente se trataba, en su origen, de veteranos del ejército, a los que de este modo se premiaba, enviándoles
a fundar una nueva ciudad o a ocupar alguna ya existente, permitiéndoles formar una comunidad al estilo de Roma, libres de
impuestos y con derecho a gobernarse por magistrados propios. Estos magistrados, a los que se concedía poder ir precedidos de
los “lictores,” eran llamados oficialmente “duumviri,” pero con frecuencia se les daba el nombre de “pretores.” Tenemos, a este
respecto, el testimonio de Cicerón, refiriéndose a los “duumviri” de Capua: “Cum in ceteris coloniis duumviri appellantur, hi se
praetores appellari volebant” (De lege Agr. 2:34). — 150 Cf. Tlto Llvio, 45:29- — 151 Cf. Juvenal, Sat. 3:296, refiriéndose a las
sinagogas: “In qua te quaero proseucha?” — 152 Según una leyenda mitológica muy extendida por el mundo greco-romano, Pitón
era el nombre de la serpiente que en un principio había pronunciado los oráculos en Delfos, y que fue muerta por Apolo, quien la
sustituyó en su función de vaticinar. De ahí el nombre de Apolo Pifio, dado a este dios; y el de pitonisa, para designar a la sacerdotisa
de Delfos, que pronunciaba sus oráculos en nombre de Apolo. A veces, en algunos escritores griegos, se llama “pitón” al
ventrílocuo, desde cuyo vientre se creía que hablaba y vaticinaba el espíritu (cf. Ovidio, Metam. 1:434-451; Plutarco, De def. orac.
9). — 153 Una variante del texto “occidental” expresamente señala el terremoto como motivo del cambio de actitud de los jueces: “Llegado el día,
se reunieron los pretores en el foro y, acordándose del terremoto que se había producido, tuvieron gran temor, y enviaron a los lictores..” — 154 De
la ciudadanía romana de Pablo se habla también en otros lugares (22:25-28; 23:27; 25:10-12). Respecto de Silas, no nos ha llegado
ningún otro testimonio; pero el modo de hablar de Pablo en este pasaje parece indicar claramente que también él era ciudadano
romano. Eso pide el plural “nosotros” (v.37), y así lo interpretan los jueces (v.38). El argumento tiene tanto más valor cuanto que
atribuirse falsamente esa condición estaba castigado con la pena de muerte (cf. Suetonio, Claud. 25). — 155 Cf. Valerio Máximo,
4:1; Tito Livio, 10:9. He aquí cómo se expresa CICERÓN: “Que un ciudadano romano sea atado, es una iniquidad; que sea golpeado,
es un delito; que sea muerto, es casi un parricidio” (In Verrem 2:5:66). — 156 La lección “prosélitos griegos” es la que tienen
la mayoría de los códices. Hay, sin embargo, algunos, y también la Vulgata, que entre las dos palabras intercalan la conjunción y,
suponiendo que se trata de dos categorías distintas de convertidos: los “prosélitos,” o incorporados más o menos al judaismo (cf.
2:11; 6:5; 10:2), y los “griegos,” es decir, los paganos no afectados aún por la propaganda judía (cf. 11:20; 16:3; 21:28). Por razones
externas, de autoridad de códices, parece debe preferirse la lección que hemos puesto en el texto; sin embargo, no pocos autores
prefieren la segunda lección, apoyados en razones internas, pues, además de que la expresión “prosélito griego” sería extremadamente
rara, ni aparece ninguna otra vez en los Hechos, sabemos que la comunidad de Tesalónica se componía en gran parte de
cristianos salidos de la idolatría (cf. i Tes 1:9), cosa que difícilmente podría aplicarse a “prosélitos,” que ya creían en el verdadero
Dios. Desde luego, estas razones tienen su fuerza. — 157 Cf. Cicerón, In Pisonem 36. — 158 Algunos códices, en vez de ecos
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εττί.., leen eos επί.., con lo que parecen insinuar otra razón. Se habría hecho partir a Pablo “como al mar,” es decir, como si fuera
al mar; pero, en realidad, el viaje iba a ser por tierra. Se trataba sencillamente de despistar a los enemigos. También el códice D
(recensión “occidental”) supone que el viaje fue por tierra, afirmando expresamente que atravesaron Tesalia: .”. le llevaron hasta
Atenas, pasando de largo por Tesalia, pues le “fue prohibido predicar entre ellos la palabra.” Se trataría de alguna prohibición parecida
a la de 16:6-7. — 159 Cf. Cicerón, De orat. 1:4; Tito LIVIO, 45:27; Pausanias, 1:3-24· — 160 Cf. Tucídides, 3:38; Demóstenes,
4,io; Plutarco, De curiositate 8. — 161 El término griego es σπερμολόγος literalmente = “recogedor de semillas.” Originariamente
se empleó este nombre para designar algunos pájaros, como la corneja, que recorren los surcos del arado en busca de
semillas e insectos. Más tarde se aplicó a los mendigos y vagabundos que en los mercados van recogiendo lo que encuentran por
el suelo, y metafóricamente se decía también de los charlatanes, que repiten como papagayos lo que han ido recogiendo de acá y
de allá. — 162 Hay bastantes autores que entienden el término “Areópago” (V.1Q) no en sentido topográfico, la colina, sino en
sentido jurídico, el tribunal. Desde luego, el texto puede interpretarse de las dos maneras; pues, aunque en un principio el término
“Areópago” designó la colina, muy pronto comenzó a usarse también para designar el tribunal que en ella se reunía. Incluso cuando
este tribunal no se reunía ya en la famosa colina sino en la Στοά βασιλική del agora, seguía llamándose el “Areópago.” Tal sucedía
en la época romana (cf. CICERÓN, Ad Attic. 1:14:5; SÉNECA, De tranq. 5). A este tribunal que con el nombre de “Areópago”
se reunía en el agora, habría sido llevado San Pablo. — Preferimos, sin embargo, la interpretación topográfica, pues nada hay en
todo el relato ni en el posterior discurso de Pablo que dé la más mínima sensación de acusación ni de proceso. La expresión”
¿podemos saber.. ?” (V.1Q), más bien parece insinuar que se trata de buscar un lugar a propósito, fuera de la concurrida y
ruidosa agora, para que se explique mejor. — 162 Varios escritores griegos, como Pausanias (1:1:4) Y Filóstrato (Vita Apol. 6:3),
hablan de altares erigidos en Atenas a dioses desconocidos. Generalmente eran inscripciones en plural, pero existían también inscripciones
dedicadas en singular a un dios que por una u otra razón no hubiera sido bien identificado, como lo prueba la conocida
inscripción del Palatino de Roma: Sei Deo Sei Deivae Sac(rum). Tratábase con ello de tener propicios a todos los dioses, aunque
fuesen desconocidos (cf. Diógenes Laercio, Epiménides 1:10). — 163 Las citas son dos: una implícita y otra explícita. La primera
reproduce casi literalmente este verso de Epiménides de Creta (s.VI a. C. en su poema Minos: Εν σοι γαρ ζώμενκαι κινεόμεςα και
εΐμεν. La segunda reproduce un verso de Arato (s.III a. C.) en el poema Fenómenos: του γαρ και yévog έσμέν. Casi el mismo verso
se encuentra también en Cleantes (s.III a. C.) en su Himno a Zeus: εκ σου γαρ γένος έσμέν. Es quizás por eso por lo que Pablo
dice en plural “algunos de vuestros poetas” (v.28). Ambos, Cleantes y Arato, pertenecen a la escuela estoica. Es evidente que Pablo,
después de lo que ha dicho de Dios creador (v.24-26), al citar estas expresiones de concepción panteísta, las emplea desde su
punto de vista monoteísta. Lo que trata de afirmar con la primera cita es que dependemos de Dios en todo, hasta el punto de que
sin él no podríamos continuar viviendo, moviéndonos y ni aun existiendo. Tomás comentará más tarde que Dios “est in ómnibus
per essentiam, in quantum adest ómnibus ut causa essendi” (i q.8 a.3 in c). Con la segunda cita. San Pablo sigue insistiendo en la
misma idea de nuestra proximidad a Dios, de nuestra semejanza con él; de donde deduce una condena de la idolatría (v.2g), al
menos en su concepción popular, que más o menos identificaba al dios con su representación material; pues si nosotros, que gozamos
de inteligencia y de vida, somos linaje de Dios, está claro que la naturaleza divina, fuente de esa inteligencia y vida, no
puede ser figurada por imágenes inertes. Esta “semejanza” del hombre con Dios está claramente atestiguada en el Antiguo Testamento
(cf. Gen 1:26; 9:6; Sab 2:23; Eclo 17:1) y San Pablo la recordará en sus cartas (cf. 1 Cor 11:7; Ef 4:24; Col 3:10). Dicha
“semejanza” será aún más perfecta en el cristiano, nacido de Dios (Jn 1:12-13) y partícipe de la naturaleza divina (2 Pe 1:4), —
164 Euseb., Hist. eccl 3:4. — 165 Cf. Estrabón, 8:2:1. — 166 Gf. flavio josefo, De bello iud. 3:540: suetonio, Ñero iq; dión casio,
63:16. — 167 Cf. Horacio, Odas 1:7:2: “bimaris Corinthi moenia.” También: Ovidio, Meta-mor/. 5:407- — 168 Cf. Estrabón,
8:6:20. — 169 Horacio, Epist. 1:17:36: “Non cuivis homini contingit adire Corinthum.” También lo recuerda ESTRABÓN. 8:6:2: ου
τταντός ανδρός ες KópivSov έσ3* ό πλους- — 170 De un decreto de Claudio expulsando de Roma a los judíos habla también
Suetonio: “ludaeos impulsore Chresto assidue tumultuantes Roma expulit” (Claudius 25). Es de creer que se aluda al mismo decreto
de expulsión que en los Hechos. Lástima que no nos dé la fecha del decreto, cosa que sería de gran importancia para la cuestión
cronológica de la vida de San Pablo. Esta fecha non la da, en cambio, un historiador del siglo iv, Orosio, quien dice tomarla
de Josefo: “Anno eiusdem nono expulsos per Claudium urbe iudaeos losephus re-fert” (Hist. 7:6:15). Sin embargo, en los escritos
de Josefo, tal como hoy se conservan, nada se ha encontrado a este respecto; de ahí que la noticia de Orosio, autor ya demasiado
tardío, sin que sea despreciable, no ofrece absoluta garantía. Claudio comenzó a reinar el 24 de enero del año 41; luego el año
“nono” abarcaría desde el 25 de enero del 49 hasta el 25 de enero del 50. — 171 Cf. Séneca, Natur. quaest. 4 praef.; Epist. 104;
Estacio, Silv. 2:7:32; Plinio, Hist. nat. 31:6:62; DIÓN CASIO, 60:24. — 172 Cf. Tácito, Ann. 15:73; 16:17. — 173 La inscripción de
Delfos, en estado bastante fragmentario, fue dada a conocer y publicada en 1905 por E. BOURGUET, De rebus Delphicis imperatoriae
aetatis capita dúo (Mont-pellier 1905). Desde entonces ha sido muy estudiada, en particular por A. Deissmann, F. Prat, A.
Brassac, etc. Las palabras (completadas con algunas letras que no se conservan en el original) que a nosotros principalmente interesan
son las siguientes: Τιβεριος Κλαύδιος και-σαρ.. αυτοκράτωρ το κς* ττατηρ πατρίδος.. Ιούνιος Γαλλίων ο φίλος μου και
ανθύπατος της Αχαΐας.. Prescindiendo de interpretaciones de detalle, entre los autores que se han dedicado a estudiar la inscripción
hay completo acuerdo en estos dos puntos: que la carta está escrita siendo Galión procónsul de Acaya, y que está escrita después
que Claudio había sido aclamado “imperafor” por vieésimosexta vez y antes de la vigésimoséptima. La cifra 26 (ks') no puede
referirse a otra cosa. Estas aclamaciones eran un honor que se tributaba al emperador después de una victoria. Pues bien, aunque
no podemos determinar exactamente el tiempo de esa “26.a aclamación imperial·), sí que podemos hacerlo de manera bastante
aproximada, con un muy ligero margen de error. Sabemos, en efecto, por una inscripción de Roma junto a “Porta Maggiore,” que
en i de agosto del 52, en que fue inaugurada la conducción a Roma del “Acqua Claudia,” Claudio estaba ya en su 27 aclamación
imperial; por tanto, la 26 ha de ser anterior a esa fecha. De otra parte, una inscripción encontrada en Kis (Asia Menor) une la 26
aclamación imperial de Claudio y el año 12 de su potestad tribunicia, año que sabemos abarca desde el 25 de enero del 52 al 24 de
enero del 53; por tanto, combinando ambas inscripciones, deducimos que en los primeros meses del año 52, no sabemos si ya desde
el principio, Claudio estaba en su 26 aclamación imperial. He dicho que “no sabemos si ya desde el principio,” pues, no obstante
la inscripción de Kis, cabe aún preguntar si esa 26 aclamación imperial de Claudio habría tenido lugar ya en el año 51,0 tendría
lugar en el mismo año 52. Parece casi seguro esto último, pues del cotejo de varias inscripciones se deduce que, al comenzar
el año ii de su potestad tribunicia (25 enero del 51), Claudio estaba aún en la 22 aclamación imperial, y no es fácil que en el mismo
año 51 se le decretaran otras cuatro aclamaciones, hasta la 26 inclusive. Sabemos, sí, que a ese mismo año pertenecen la 23 y
la 24; para la 25 y la 26 no tenernos datos concretos positivos, pero podemos dar casi por cierto que, al menos esta última, si es
que no también la 25, pertenecen a los primeros meses del año 52, cuando a principios de primavera se renovaban las campañas
militares. Tanto más podemos dar esto por cierto, cuanto que, como sabemos por los Anales de Tácito, este año 52 fue un año de
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grandes éxitos para las legiones romanas. Tendríamos, pues, que la carta de Claudio está escrita en la primera mitad del año 52, y
que en esas fechas era Galión procónsul de Acaya. Mas, esto supuesto, queda aún por declarar un segundo punto: el de cuándo
habría comenzado y hasta cuándo duró ese proconsulado de Galión. Sin esto, nada podemos deducir en orden a la cronología paulina.
Pues bien, respecto a este segundo punto, tengamos en cuenta que el cargo de procónsul era de suyo anual y que los nuevos
procónsules eran nombrados a principios de la primavera, debiendo partir hacia las respectivas provincias no más tarde del mes de
abril (cf. DIÓN CASIO, 6o,11 y 17). Es de creer que tal sucediese en el caso de Galión. Cierto que Galión, como parece insinuar el
“amicus meus” de la carta de Claudio, es probable que no fuera de los procónsules de nombramiento ordinario (κληρωτοί), sino
de los nombrados por decreto especial del emperador (αιρετοί), lo cual podía hacerse en cualquier tiempo y sin plazo fijo, por necesidades
especiales de alguna provincia; sin embargo/ aun en este caso, podemos llegar a la misma conclusión, pues no es creíble,
máxime siendo como era de salud delicada, que Galión se atreviese a salir de Roma entre los meses de octubre a marzo, tiempo
del “mare clausum,” en que la navegación estaba llena de peligros y era prácticamente nula. Por tanto, hubo de ser entre marzo
y octubre cuando embarcó para Acaya. De otra parte, su estancia en Acaya debió de ser muy breve, a juzgar por lo que dice su
hermano Séneca: .”. qui cum in Achaia febrem habere coepisset, protinus navem ascendit clamitans non corporis esse, sed loci
morbum” (Epist. 104). Este “protinus navem ascendit,” huyendo del clima de Acaya, da la impresión de que pasó allí como procónsul
muy poco tiempo, probablemente sin esperar siquiera al plazo corriente de un año. Si, pues, en la primavera del año 52, fecha
de la carta de Claudio, era procónsul de Acaya, hubo de ser también entonces, o muy poco después, cuando tuvo lugar el encuentro
con Pablo. — 174 Flavio JosefO, De bello iud. 2:15. Cf. también Mishna, Nazir, 3:6; 7:3. — 175 Esto quedaría aún más
claro si fuese auténtica la recensión “occidental” del v.21, que tienen también algunos Padres: .”. despidiéndose de ellos, dijo: Es
absolutamente necesario que yo celebre la próxima fiesta en Jerusalén; luego volveré a vosotros, si Dios quiere.” — 176 De este
templo hablan con frecuencia los historiadores antiguos. Había sido destruido por un incendio en el 356 a. C., pero reconstruido
luego con magnificencia y suntuosidad aún mayores (cf. Pausanias, 4:31; Phil. Byz., Spect. mundi 7; Estrabón, 14:7:26; Plinio,
Hist. nat. 36:21; Tito Liv., 1:45:2). La imagen de la diosa era una estatua en parte informe, cuya cabeza estaba ceñida por una torre
almenada, símbolo de poder. La parte inferior estaba fajada a manera de momia egipcia, y el pecho lo tenía recubierto de numerosas
mamas, símbolo de la fecundidad; de ahí el título de “multimammia” con que la designan los antiguos (cf. San Jerónimo,
Praef. in Epist. ad Ephesios). Se decía, al igual que de algunos otros objetos sagrados del paganismo, que era una estatua no hecha
por mano de hombres, sino “caída del cielo” (διοπετέζ), opinión que se recoge en los Hechos (cf. 19:3 5)· — 177 Esta práctica del
“exorcismo” estaba muy extendida entre los judíos. El mismo Josefo, después de decir que Salomón había recibido de Dios el poder
de arrojar los demonios y que ' había compuesto para ello fórmulas muy eficaces, añade: “Esta manera de curar está todavía
muy en uso entre nosotros” (Antiq. iud. 8:2:5; De bello iud. 7:6:3). También en el Talmud se dan varias fórmulas de conjuros (cf.
Schabbath 19:3; Abodah Zarah fol.12:3; Sanhedrin 10:1). A veces, como claramente da a entender la manera de hablar de Jesucristo,
se trataba de exorcistas verdaderos, que, por espíritu de religión y confiando en Dios, practicaban exorcismos realmente
eficaces (cf. Mt 12:27; Mc 9:38); pero al lado de éstos habían surgido otros muchos, que no eran sino simples vividores que vagaban
de una parte a otra y se preciaban de conocer fórmulas eficaces para arrojar los demonios. A esta clase debían de pertenecer
los hijos de Esceva, exorcistas “ambulantes,” que iban de lugar en lugar ejerciendo su profesión. En Efeso, ciudad muy dada a la
magia, esperarían encontrar campo abonado para sus planes, pues exorcismos y magia son cosas muy afines. — 178 Gf. Plutarco,
Symp. 7:5:4; Clem. Alejandrino, Strom. 5:8:42. — 179 Cf. Didaché 14:1: “Reunidos cada día del Señor, partid el pan y dad gracias..”
San Justino, / Apol. 67: “Y en el día que se, llama del Sol se reúnen en un mismo lugar los que habitan tanto las ciudades
como los campos..; se traen el pan, el vino y agua..” También San Ignacio de Antioquía?. (Ad Magn. 9) habla de que los cristianos
no celebramos ya el sábado, sino el domingo. — 180 En tiempos posteriores sabemos que se hacía en las primeras horas de la mañana.
Cf. San Ctppriano, Epist. 63:15: “Celebramos la eucaristía como sacrificio matinal, a pesar de que fue instituida por la tarde,
porque en ella recordamos la resurrección del Señor.” Y Plinio el Joven, en su carta a Trajano (a. 111-112), habla de una reunión
que solían hacer los cristianos “stato die ante lucem” (Epist. 10:96). — 181 Algunos códices añaden en el v. 15: .”.hasta Samos, y
habiendo hecho escala en Trogí-lio, al otro día..” Hay autores que consideran esta variante como auténtica, y ciertamente es del
todo verosímil. Trogilio está en el continente asiático, en la punta más occidental del promontorio que se extiende frente a la isla
de Samos. — 182 Cf. J. Dupont, Le discours de Milet, testament pastoral de S. Paul (París 1962). — 183 Hay autores, y entre ellos algunos
Santos Padres, como San Jerónimo y San Agustín, que, en vez de “iglesia de Dios,” prefieren la lección “iglesia del Señor,” como
tienen bastantes códices. En ese caso, la divinidad de Jesucristo no quedaría tan claramente afirmada. Creemos , sin embargo, que
debe preferirse la lección “iglesia de Dios,” que es la que tienen la mayoría de los códices y está más en consonancia con la manera
de hablar de San Pablo, quien emplea frecuentemente dicha expresión (1 Cor 1:2; 10:32; 11:16.22; 15:9; 2 Cor 1:1; Gal 1:13; i
Tes 2:14), mientras que no se emplea nunca la expresión “iglesia del Señor,” y sólo una vez la más o menos equivalente “iglesia
de Cristo” (Rom 16:16). La lección “iglesia del Señor” parece una corrección de la primera, sustituyendo “Señor” a “Dios,” para
evitar hablar de la “sangre de Dios,” cosa que a algún lector le debió de parecer demasiado fuerte. Modernamente algunos autores,
como H. Conzelmann y K. Lake, a los que se inclina también el P. Leal, proponen otra interpretación, sobrentendiendo el sustantivo
uíou, y traducen: .”.la Iglesia de Dios, que El adquirió con la sangre de su propio Hijo.” El término 16105 vendría a ser equivalente
del hebreo yahid (unigénito, predilecto), que los LXX traducen por αγαπητός y μονογενής. Pero tal elipsis no tiene apoyo
positivo en los textos escritos conocidos. Sobre el término “iglesia” y su significado concreto, ya hablamos al comentar Act 5:11.
— 185 La expresión “encadenado por el Espíritu” (δεδεμένος τω ττνεύμοτπ) no es clara. Alude, sin duda, a que va a Jerusalén
como forzado por un impulso interior al que no puede resistir; pero ¿se refiere a un impulso del Espíritu Santo o a un impulso de
su propio espíritu? La cosa es dudosa. En este último caso, habría que traducir: “encadenado en el espíritu.”18 5 La recensión “occidental”
añade: y Mira, que estaba un poco más al este y era la capital de Licia y el principal puerto de aquella región. En Mira
atracará el barco de Pablo cuando va prisionero camino de Roma (cf. 27:5). — 186 En este sentido entiende el término Eusebio, al
aplicarlo a ciertos predicadores ambulantes que continuaban la obra de los apóstoles: “Relicta patria peregre proficiscentes munus
obibant evangelistarwn, iis qui fidet sermonem nondum audivissent Christum praedicare et sacrorum evangeliorum libros tradere
ambitiose satagentes. Hi postquam in remotis qui-busdam ac barbaris regionibus fundamenta fidei iecerant, aliosque pastores
constituerant et novellae plantationis curam iisdem commiserant, eo contenti ad alias gentes ac regiones, co-mitante Dei gratia ac
virtute, properabant” (Hist. eccl. 3:37). Y más adelante, hablando de Panteno, que deja Alejandría y marcha a predicar a la India,
le da el nombre de evangelista: “Complures erant tune evangelistae sermonis Dei, qui divina quadam aemulatione succensi, apostolorum
exemplo studium suum conferre ad aedi-ficationem fidei et ad incrernentum verbi divini properabant. Ex quorum numero
Pantaenus ad Indos usque penetrasse dicitur..” (Hist. eccl.). — 187 Según la recensión “occidental,” el hospedaje prestado por
Mnasón no habría sido en Jerusalén, sino en una parada del trayecto: .”. nos condujeron a casa de los que nos habían de hospedar;
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y, llegados a cierto pueblo, estuvimos en casa de Mnasón, chipriota, antiguo discípulo; y saliendo de allí, llegamos a Jerusalén.”
La Vulgata latina, con la que concuerda en sustancia la versión siríaca Peshitta, supone que Mnasón acompaña al grupo de Pablo
ya desde Cesárea, aunque tenía su domicilio en Jerusalén. — 188 Cf. Mishna, Nazir 1:3; Flavio Josefo, De bello iud. 2:15:1. —
189 Para podernos formar idea de esta escena, tengamos en cuenta que el templo de Jerusalén no estaba compuesto de una sola
pieza, al estilo de nuestros templos cristianos. Lo constituían todo un conjunto de edificaciones y atrios, que rodeaban el relativamente
pequeño edificio del santuario (vaos) o templo propiamente dicho. Empezando de fuera a dentro, se encontraba primeramente
el atrio de los gentiles, flanqueado al oriente por el pórtico de Salomón (cf. 3:11; 5:12) y al sur por el pórtico real o de
Herodes, quien lo había reconstruido suntuosamente. En este atrio podían entrar incluso los paganos y era lugar de cita de cuantos
residían o estaban de paso en Jerusalén, judíos o gentiles; algo parecido a lo que era el foro en las ciudades romanas o el agora en
las griegas. Sobre todo con ocasión de las fiestas se convertía en un verdadero mercado público, con tiendas de toda clase de artículos,
particularmente de aquellos que se necesitaban para los sacrificios litúrgicos (cf. Jn 2:14-16). Una balaustrada de piedra, en
la que inscripciones latinas y griegas recordaban a los gentiles la prohibición de seguir adelante bajo pena de muerte, delimitaba
esa zona, de la no accesible a los paganos. A continuación, pasando esa balaustrada y subiendo unos escalones, se llegaba al atrio
interior, protegido por gruesos muros y subdividido en dos partes: atrio de las mujeres y, un poco más adentro, atrio de los israelitas,
al que sólo tenían acceso los hombres. Entre el atrio de los gentiles y el atrio interior había 10 puertas (cf. FLAVIO JOSEFO,
De bello iud. 5:5:2), entre las que sobresalía, mirando a oriente, la llamada puerta de Nicanor, que parece ser la misma que se llamaba
también Hermosa (cf. 3:2). Del atrio de los israelitas, subiendo aún más, se llegaba al atrio de los sacerdotes, donde estaba
el altar de los holocaustos al aire libre. Finalmente, subiendo aún unos peldaños, se entraba en el templo propiamente dicho o santuario.
En el mismo recinto donde estaban estas edificaciones, que en su conjunto constituían el templo, estaba también la torre o
fortaleza Antonia, precisamente en el ángulo noroeste. Esta fortaleza, reconstruida por Herodes sobre otra anterior de tiempo de
los Macabeos, era sede de la guarnición romana de servicio en Jerusalén, y tenía acceso directamente al atrio de los gentiles. Josefo,
hablando de ella, da algunos datos de gran utilidad para reconstruir nuestra escena: “Por la parte donde se unía con los pórticos
del templo, tenía a ambos lados escaleras, por donde bajaban los soldados de guardia.., y se distribuían con sus armas a lo largo de
los pórticos, durante las solemnidades, vigilando para que el pueblo no tramase revoluciones” (De bello iud. 5:5:8). — 190 De este
episodio habla Josefo en dos ocasiones (De bello iud. 2:13.5; Antiq. iud. 20, 8:10), aunque exagerando las cifras, como de costumbre,
e incluso contradiciéndose (cf. nota a 5:36). Los “sicarios” eran los más fanáticos de entre los nacionalistas judíos, llamados
así porque solían llevar un puñal (sica) escondido bajo el manto. — 191 Cf. Digesto 48:18:1. — 192 Cf. Dión Casio, 60:17.
— 193 En el caso de Jesús, al menos por lo que se refiere a la sesión preliminar, ésta tuvo lugar i el mismo palacio del sumo sacerdote
(cf. Mt 26:57). Pero, de ordinario, las sesiones del sanedrín se celebraban en un local destinado a este objeto, llamado por
Josefo “sala del Con sejo” (η βουλή, το βουλευτήριον), y por la Mishna “sala de la piedra cuadrada” (lishka haggazith), aunque no
sabemos dónde estaba exactamente esa sala (cf. JOSEFO, De bello iud 5:4.2; 6:5:3; Mish., Middoth 5:4; Pea 2:6; Sanh.
11:2).Generalmente, los autores suponen que estaba en el ángulo sudoeste del atrio interio del templo, pero la localización no es
segura. Hay, además, otra noticia en el Talmud d que, “cuarenta años antes de la destrucción del templo, el sanedrín se trasladó de
la sala d la piedra Cuadrada a las mansiones” (Sabbath 153; Sanh. 4ia; Abada zara 8b). Tampoco sa bemos dónde estaban estas
“mansiones” o estancias (chanoth). — 194 Contra Pelag 3:4. — 195 Flavio Josefo, De bello iud. 2:17:9. De este Ananías que fue
sumo sacerdote del 4 al 59, habla además Josefo en otras varias ocasiones, pintándole como hombre codicioso violento (cf. Antiq.
iud. 20:5:5; 20:8:9; 20:9:2). — 196 Causa extrañeza el que, dentro mismo del judaismo, hubiese quienes negasen un dogma tan
fundamental como es el de la resurrección de los muertos, sin que por eso quedasen excluidos de la sinagoga. Mas téngase en
cuenta que, respecto de la vida de ultratumba, incluso el pueblo elegido hubo de vivir por mucho tiempo en casi completa oscuridad.
¡Cuánto camino hubo que andar hasta llegar a la doctrina terminante de Jesucristo, de resurrección con nuestros propios
cuerpos, unos para vida gloriosa en el cielo, y otros para vida de tormentos en el infierno! (cf. Mt 24:31; Jn 5:29). En un principio,
el mismo pueblo de Israel apenas disponía de otros datos que el de la “supervivencia” de las almas en el scheol, donde éstas llevaban
una vida lánguida y triste, sin comunicación alguna con los hombres ni con Yahvé (cf. Gen 37:35; Núm 16:30; Sal 87, 11-13;
Is 38:10-20; Job 10:21-22). En algunos salmos hallamos ya algo más: el salmista expresa su firme confianza de que Yahvé le librará
del scheol y podrá vivir perpetuamente unido a él (cf. Sal 15:7-11; 48:16; 72:23-28). Es el primer chispazo revelador de la
gran verdad de la resurrección. En Sab 3:1-7 se desarrollará más la idea, y se hablará ya claramente de la vida eternamente dichosa
de los justos cerca de Dios. Daniel y el autor del segundo libro de los Macabeos añadirán explícitamente el dato de la resurrección
de los cuerpos (Dan 12:2; 2 Mac 7:11; 12:43-44), dato que para una mente judía apenas añadía nada nuevo a lo dicho en el libro
de la Sabiduría, pues no era fácil que concibieran una vida dichosa sin que el cuerpo estuviera unido al alma. — 197 Cf. Mishna,
Nedarim 5:6; 9:1. — 198 Algunos códices de la recensión “occidental,” a los que sigue también la Vulgata, añaden a continuación
del v.24: “Porque temía que los judíos lo raptaran y lo mataran, y cayese sobre él la calumnia de que había aceptado dinero.” Si
esta lección fuese auténtica, que daría todavía más claro el porqué de tan extraordinario despliegue de fuerzas militares para defensa
de Pablo. Sin embargo, es una variante que falta en los mejores códices, ni hay motivo para sospechar que el tribuno temiese
una Tal acusación (cf. 24:6-7). — 199 cf. Flavio Josefo, Antiq. iud. 20:8:5-9; De bello iud. 2:13:2; Tácito, fíisí. 5:9; Annal 12:54;
Suetonio, Claudius 28. — 200 El inciso “y quisimos juzgarLc.. se presentaron a ti” (v.6b-7) falta en los mejores códices, y su autenticidad es dudosa. No
está, pues, claro si Tértulo aludió o no en su discurso a la actuación de Lisias. — 201 Gf. Flavio Josefo, Antiq. iud. 20:7:1-2. — 202 Esta destitución
de Félix, a quien sucede Festo, es otro de los puntos base, igual que la muerte de Heredes (12:23) y el encuentro con Galión
(18:12) para la cronología paulina. En efecto, es casi seguro que Festo, muerto durante el cargo (cf. Josefo, Antiq. iud. 20:9:1), inició
su mandato en el año 6o, probablemente entrado ya el verano. Esto ultimo se desprende con bastante claridad de la narración
de los Hechos, pues no mucho después de su llegada a la provincia (cf. 25:1.6.13) empieza el viaje de Pablo a Roma (cf. 27:1), y
cuando llegan a Greta eran ya los comienzos del invierno (cf. 27:9). En cuanto a que esto sucediese en el año 6o, la cosa no es
ciertamente tan fácil de probar. Hay autores que ponen la destitución de Félix en el año 55, apoyándose en un testimonio de Josefo
confrontado con otro de Tácito. Dice, en efecto, Josefo (Antiq. iud. 20:8:9) que Félix fue llamado a Roma por Nerón debido a ciertas
acusaciones de los judíos de Cesárea, y que pudo evitar el castigo gracias a la intervención de Palante, que gozaba de extraordinaria
influencia en la corte; ahora bien, según Tácito (Ann. 13:14), Palante cayó en desgracia de Nerón pocos meses después de
la elección de éste como emperador (13 oct. del 54), luego también Félix hubo de ser destituido por entonces. De esta opinión son
ya, en la antigüedad, Eusebio y San Jerónimo. Sin embargo, dicha opinión es difícilmente sostenibLc. Aparte su imposible armonización
con la data del 52 para el encuentro con Galión en Corinto, tampoco se armoniza con otros datos de Josefo y de los
Hechos. En efecto, según Josefo, Félix fue nombrado procurador al fin ya del reinado de Claudio (Antiq. iud. 20:7:1-2; cf. Tácito,
Htst. 5:9), hasta el punto de que todas las cosas referentes a su administración las enmarca bajo el reinado de Nerón, sucesor de
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Claudio (cf. Antiq. iud. 20:8:5-9; De bello iud. 2:13:2-7); de otra parte, cuando San Pablo se encuentra con Félix, es decir, dos
años antes de su destitución (cf. 24:27), éste llevaba ya “muchos años” de procurador (cf. 24:10), no siendo fácil que ese término
“muchos” incluya menos siquiera de cuatro o cinco años. Si, pues, Félix fue nombrado procurador al final ya del reinado de Claudio
(f 13 oct. del 54), difícilmente podemos poner su destitución antes del 6o, o a lo sumo el 59. Ni puede ponerse después de esa
fecha; pues en otoño del 62 vemos ya actuando de procurador en Judea a Albino, el sucesor de Festo (cf. Josefo, De bello iud.
6:5:3), constándonos, además, que entre la muerte de Festo y la llegada de Albino pasaron varios meses, tiempo precisamente que
aprovechó el sanedrín para dar muerte a Santiago, cosa que irritó a Albino (cf. Josefo, Antig. iud. 20:9:1). L,O mas prooaDie es
que esa intervención ae raíame en ravor ae renx, ae que naoia Josefo, sea una de sus acostumbradas confusiones (cf. 5:36; 21:38);
o que Palante, caído en desgracia hacia el 55, volviese de nuevo a granjearse el favor del emperador, como sucedió, v.gr., a Burro,
otro de los personajes influyentes de entonces (cf. TÁCITO, Ann. 13:23; 14:7; I5:5i). — 203 Había un proverbio romano muy claro
a este respecto: “Quae acta gestaque sunt a procuratore Gaesaris, sic ab eo comprobantur, atque si a Gaesare ipso gesta sunt” (Ulpiano,
De offic. Procuratoris). — 204 El César en aquel entonces era Nerón (13 oct. del 54-9 jun. del 68). Sabido es que, a partir
de Octavio Augusto, los títulos de “César” y de “Augusto” (cf. v.21) se empleaban como título imperial. También, a partir de Calígula,
comenzó a emplearse el título “Señor” (cf. v.26), que fue adquiriendo cada vez más un carácter sagrado, hasta que Domiciano
se hizo llamar “señor y dios nuestro” (cf. Suetonio, Domitianus 13; Tácito, Ann. 2:87). El título designaba, a lo que parece,
el poder universal y absoluto del emperador, a quien se atribuían prerrogativas más o menos divinas. Fue un título que los primitivos
cristianos gustaban de aplicar a Jesucristo (cf. 11:20-21). En el Martyrium Polycarpi (VIII,2), de mediados del siglo π,
parece tener ya claramente este carácter sagrado, de ahí que el santo obispo se niegue resueltamente a secundar los deseos de los
que trataban de persuadirlo a que dijese : César el Señor, y así salvar la vida. — 205 Juvenal, Sat. 6:156-160. No sin razón se ha
llamado a Berenice la “pequeña Cleopatra.” Viuda a los veintiún años de un tío suyo, rey de Calcis, fue a vivir con su hermano
Agripa, corriéndose muy pronto el rumor de la vida incestuosa de los dos hermanos (Josefo, Antiq. iud. 20:7:3). Para evitar críticas
se casó en segundas nupcias con Polemón, rey de Cilicia; pero lo abandonó a los pocos meses, volviéndose de nuevo al palacio de
Agripa, Cuando estalló la guerra judía, siguió muy de cerca a Vespasiano y a Tito, e incluso se decía que éste le había prometido
tomarla por esposa (cf. Suetonio, Ti'íus 7:1; Tácito, Hist. 2:81). Terminada la guerra, siguió a Tito a Roma, viviendo en el mismo
palacio imperial, no sin gran escándalo del pueblo romano, por lo que Vespasiano la mandó alejar de la ciudad (Dión Casio,
66:15). Muerto Vespasiano y elegido Tito emperador, de nuevo se presentó en Roma, pero también el nuevo emperador hubo de
mandarla marchar: “Berenu-cem statim ab urbe dimisit, invitus invitam” (Suetonio, Tiíus 7.2). — 206 Cf. Flavio Josefo, Antiq.
Iud. 19:9:1-2; 20:7:1-3; 20:9-7; De Bello Iud. 2:16:1-4; 4:1.1-3; Tácito, Hist. 5:1, — 207 Cf. Flavio Josefo, De bello iud. 2:16:4;
Salustio, Yugurta 78; Silio Itál., Pun. 3.320. — 208 Se designaba así a toda la costa del Mediterráneo situada entre Grecia, Italia y
África (cf. Ptolomeo, 3:15:1; Pausanias, 5:25:3; Ovidio, Trist. 1:11:4). — 208* M. Guarducci, S. Ραοίο e gli scavi archeol. a Malta:
Arch. Class. 19 (1967) 177-83· — 209 M. Adinolfi, S. Ραο/ο α Pozzuoli (Brescía 1969). — 209* Cf. Cicerón, Ad Attic. 1:13:1;
2:10:12. — 210 Hay bastantes códices cuya lectura del v.16 es interesante a este respecto^ “Guando entraron en Roma, el centurión
entregó los presos al prefecto del campamento τω στρατο-ττεδάρχω), permitiendo a Pablo..” Ese “prefecto del campamento”
sería el “praefectus castro-rum,” de que hablan los autores romanos, y que ordinariamente se entendía del prefecto de los pretorianos,
cuyo campamento estaba situado cerca de la vía Nomentana, y al que se llama todavía hoy Castro Pretorio. Sin embargo, un
manuscrito latino (cod. Gigas) traduce el στρατοττεδάρχοζ por “princeps peregrinorum,” con lo que da a entender que se trataría
del prefecto de los milites peregrini, campamento éste situado entre el Celio y el Palatino, y destinado sobre todo a los soldados
de paso. A este campamento habría ido primeramente Pablo, quizá porque en él era donde tenían que alojarse el centurión y los
soldados de escolta. La cosa es verosímil, aunque de la existencia de este campamento no tenemos noticias ciertas hasta el siglo
ni, sin que haya pruebas de que ya existía en tiempos de Pablo. En todo caso, fuese o no fuese primeramente al “castra peregrinorum,”
parece cierto que muy pronto hubo de presentarse en el campamento de los pretorianos. — 211 No conocemos testimonios
directos de los autores romanos que hablen de plazo máximo para las detenciones preventivas. Con todo, es de creer que hubiese
alguna legislación al respecto. De hecho, sabemos de un papiro (BGU Ó28r) en que se alude a una disposición de Nerón señalando
el plazo en que acusado y acusadores debían comparecer en Roma, cuando se trataba de causas trasladadas de provincias: .”. et
accusatoribus et reís in Italia quidem novem menses dabuntur, transalpinis autem et transmarinis annus et sex menses.” Él texto
del papiro está incompleto, y no sabemos qué pasaba si reo o acusadores no se presentaban dentro del plazo fijado; es de creer,
sobre todo por lo que se refiere a la no comparecencia de los acusadores, que esto estuviese en relación con la concesión de la libertad
al acusado (cf. H. J. Cadbury, Beginnings t.5 33-334)·