Biblia Comentada.

Texto de la Nácar-Colunga.

VII

Epístolas católicas.

Apocalipsis.

— P a r a U s o s I n t e r n o s y D i d á c t i c o s S o l a m e n t e —

Contenido:

Introducción General.

Las Siete Epístolas Católicas. Canonicidad de las Epístolas católicas.

E p í s t o l a d e S a n t i a g o .

Introducción.

Nombre. Personalidad del Autor. Autenticidad y canonicidad de la epístola de Santiago.

Carácter literario de la epístola de Santiago. Doctrina de nuestra epístola. Relación entre

la epístola de Santiago y la epístola a los Romanos. Destinatarios de nuestra epístola.

Ocasión y finalidad de la Epístola. Fecha y lugar de composición de la epístola.

Argumento y división de la epístola.

Capitulo 1.

Encabezamiento y saludo, 1:1.

Consejos para Soportar las Pruebas, 1:2-12.

Alegría en las pruebas, 1:2-4. Oración pidiendo la sabiduría, 1:5-8. El pobre y el rico

ante la prueba, 1:9-11. La recompensa prometida a la prueba, 1:12. El Origen de la

Tentación, 1:13-18. De Dios proceden todos los bienes, 1:16-18. Deberes Respecto de la

Palabra de Dios, 1:19-27.

Capítulo 2.

Imparcialidad entre el pobre y el rico, 2:1-13. No tener acepción de personas, 2:1-4.

Superioridad del pobre, 2:5. Actitud indigna de los ricos, 2:6-7. La caridad y la

misericordia son necesarias, 2:8-13. No hay Fe sin Obras, 2:14-20. La prueba de la

Sagrada Escritura, 2:20-26.

Capitulo 3.

Dominio de la Lengua, 3:1-12.

5268

Responsabilidad del que enseña, 3:1-2. Peligros y excelencia de la lengua, 3:2-12.

Verdadera y falsa sabiduría, 3:13-18. Cualidades de la sabiduría que viene de Dios, 3:17-

18.

Capítulo 4.

Las Pasiones Engendran la Discordia, 4:1-12. Las causas que motivan la discordia son,

4:1-3. La segunda causa de discordias: el amor del mundo, 4:4-6. La tercera causa de

discordia: el orgullo, 4:7-10. Cuarta causa de discordia: la maledicencia, 4:11-12.

Advertencia a los ricos, 4:13-5:6. Los proyectos de los comerciantes son efímeros, 4:13-

17.

Capitulo 5.

Las alegrías engañosas de los ricos, 5:1-6. Exhortaciones Finales, 5:7-20. Exhortación a

la paciencia, 5:7-11. Hay que evitar el perjurio, 5:12. Se ha de acudir a Dios en la

oración, 5:13-18. EL Sacramento de la Unción de los Enfermos. La corrección fraterna,

5:19-20.

P r i m e r a E p í s t o l a d e S a n P e d r o .

Introducción.

El Apóstol San Pedro. Los Destinatarios de la 1 Pe. Ocasión y Finalidad de la 1 Pe.

Fecha y lugar de composición de la 1 Pe. Autor de la 1 Pe. Lengua y estilo de la 1 Pe.

Autenticidad y canonicidad de la 1 Pe. Doctrina de la 1 Pe. División de la 1 Pe.

Capitulo 1.

Encabezamiento, 1:1-2. Acción de Gracias por la Regeneración, Bautismal, 1:3-12. La

salad de los cristianos, 1:3-9. La esperanza de los profetas, 1:10-12. Exhortación a la

Santidad, 1:13-2:10. Exhortación a la vigilancia, 1:13-21. Exhortación a la caridad,

1:22-25.

Capitulo 2.

Exhortación a la simplicidad, 2:1-3. El nuevo sacerdocio, 2:4-10. Diversas Obligaciones

de los Cristianos, 2:11-3:17. El buen ejemplo de los cristianos, 2:11-12. Sumisión a las

autoridades, 2:13-17. Deberes de los siervos respecto de sus señores, 2:18-25.

Capitulo 3.

Deberes Mutuos de los Esposos, 3:1-7. Deberes de caridad fraterna, 3:8-12.

Comportamiento del cristiano en el sufrimiento, 3:13-17.

La Resurrección de Cristo y su Descenso a los Infiernos, 3:18-4:6.

Descenso de Cristo a los Infiernos.

Capitulo 4.

Proximidad de la Parusía, 4:7-11. Síntesis de la epístola, 4:12-19.

Capitulo 5.

Advertencias a los Diversos Miembros de la Comunidad, 5:1-11. Advertencias dirigidas

a los presbíteros, 5:1-4. Advertencias dirigidas a los fieles, 5:5-11. Últimos avisos y

saludos, 5:12-14.

S e g u n d a E p í s t o l a d e S a n P e d r o .

Introduccion.

Autenticidad y Canonicidad de la Carta. Ocasión y finalidad de la epístola. Doctrina de

la epístola. Lengua y estilo. La 2 Pe y la epístola de Judas. División.

Capitulo 1.

Saludos, 1:1-2. Exhortación a la Santidad, 1:3-21. La liberalidad divina, 1:3-11.

Veracidad del Testimonio Apostólico, 1:12-18. La palabra profética, 1:19-21.

5269

Capitulo 2.

Los Falsos Doctores, 2:1-22. El peligro que suponen, 2:1-3. Las lecciones del pasado,

2:4-10. El castigo futuro, 2:11-22.

Capitulo 3.

El Día del Señor, 3:1-18. Exhortación a creer en la parusía, 3:1-2. Incredulidad de los

falsos doctores, 3:3-4. Refutación de los Falsos Doctores, 3:5-10. Exhortación a

prepararse convenientemente para ese día, 3:11-16. Exhortación y doxología final, 3:17-

18.

P r i m e r a E p í s t o l a d e S a n J u a n .

Introducción.

Autenticidad y canonicidad de la epístola. Destinatarios de la 1 Jn. Ocasión y finalidad

de la 1 Jn. Tiempo y lugar de composición. Doctrina de la 1 Jn. Lengua y estilo de la 1

Jn. Integridad de la 1 Jn. Plan de la 1 Jn.

Capitulo 1.

Introducción.

Testimonio sobre el Verbo, principio y fuente de vida, 1:1-4. Primera parte: el Cristiano

ha de caminar en la Luz, 1:5-2:28. Principio: Es necesario caminar en la luz, 1:5-7.

Romper con el pecado, 1:8-2:2.

Capitulo 2.

Observar los mandamientos, 2:3-11. Hay que guardarse del mundo, 2:12-17. Desconfiar

de los anticristos, 2:18-28.

Segunda parte: El cristiano ha de vivir como hijo de Dios, 2:29-4:6.

Principio: Vivir como hijos de Dios, 2:29-3:2.

Capitulo 3.

Romper con el pecado, 3:3-10. Observar los mandamientos, 3:11-24.

Capitulo 4.

Desconfiar de los falsos profetas, 4:1-4. Guardarse del mundo, 4:5-6.

Tercera parte: La fuente del amor y de la fe, 4:7-5:12.

Hay que amar, pues Dios es amor, 4:7-5:4.

Capitulo 5.

Se debe creer en el testimonio de Dios, 5:5-12.

Conclusión.

Objeto de la carta, 5:13.

Apéndices, 5:14-21.

La oración por los pecadores, 5:14-17. Resumen de toda la epístola, 5:18-21.

S e g u n d a y T e r c e r a E p í s t o l a s d e S a n J u a n .

Introduccion.

Autenticidad y canonicidad de la 2 y 3 Jn. Ocasión y argumento de la 2 y 3 Jn. Fecha y

lugar de composición. Forma literaria de la 2 y 3 Jn.

S e g u n d a E p í s t o l a d e S a n J u a n .

Capitulo Único.

Encabezamiento, 1-3. Exhortación a la caridad fraterna, 4-11. Conclusión, 12-13.

T e r c e r a E p í s t o l a d e S a n J u a n .

Capitulo Único.

Encabezamiento, 1-2. Elogio de Gayo y condenación de Diotrefes, 3-12.

Epílogo, 13-15.

5270

E p í s t o l a d e S a n J u d a s .

Introducción.

Personalidad del autor. Autenticidad y canonicidad de la epístola. Destinatarios. Fecha

y lugar de composición. Ocasión y finalidad de la epístola. Doctrina. Lengua y estilo.

Uso de la literatura apócrifa. División de la Epístola. Encabezamiento y saludo, 1-2.

Ocasión de la carta, 3-4.

Primera Parte: Los Falsos Doctores, v.5-16.

El castigo que amenaza a los falsos doctores, 5-7. Las blasfemias de los falsos doctores,

8-11. Perversidad de los falsos doctores, 12-16.

Segunda parte: Exhortación a los fieles, 17-23.

La enseñanza de los apóstoles, 17-19. El deber de la caridad, 20-23. Doxología final,

24-25.

A p o c al i p s i s .

Introducción.

Título. Género apocalíptico. El Apocalipsis de San Juan y el Antiguo Testamento.

Procedimientos de composición en el Apocalipsis de San Juan. Autenticidad y

canonicidad del Apocalipsis. Tiempo y lugar de composición. Destinatarios. Ocasión y

finalidad del Apocalipsis. Argumento del Apocalipsis. Doctrina del Apocalipsis.

División del Apocalipsis. Diversas Interpretaciones del Apocalipsis.

Caριτulo 1.

Prólogo: título del libro y afirmación de su origen divino, 1:1-3.

Primera parte: Revelación sobre el estado espiritual de Las Siete Iglesias de Asia, 1:4-

3:22.

Saludo de Juan a las siete iglesias de Asia, 1:4-8. Visión Introductoria a Todo el Libro,

1:9-20.

Las Siete Cartas a las Iglesias, c. 2-3.

Capitulo 2.

Carta a la iglesia de Efeso, 2:1-7. Carta a la iglesia de Esmirna, 2:8-11. Carta a la iglesia

de Per gamo, 2:12-17. Carta a la iglesia de Tiatira, 2:18-29.

Capítulo 3.

Carta a la iglesia de Sardes, 3:1-6. Carta a la iglesia de Filadelfia, 3:7-13. Carta a la

iglesia de Laodicea, 3:14-22.

Segunda parte: Las visiones proféticas sobre el futuro, 4:1-22:5.

Visiones Introductorias a la Parte Profética, c. 4-5.

Capítulo 4.

El Dios omnipotente y su corte, 4:1-11.

Capitulo 5.

El Cordero redentor recibe el libro de los siete sellos, 5:1-14. Ejecución de los decretos

del libro de los siete sellos, 6:1-11:19. La Apertura de los Siete Sellos, 6:1-8:1.

Capitulo 6.

Aparecen cuatro jinetes, 6:1-8. Apertura del quinto sello: los mártires, 6:9-11. Apertura

del sexto sello: grandes cataclismos, 6:12-17.

Capitulo 7.

Preservación de los justos de los azotes, 7:1-8. Triunfo de los elegidos en el cielo, 7:9-

17.

Capitulo 8.

5271

Apertura del séptimo sello: silencio de media hora, 8:1. Vlsión de las Siete Trompetas,

8:2-11:19. Las oraciones de los santos aceleran la llegada del gran día, 8:2-6. Suenan las

cuatro primeras trompetas, 8:7-12. Un águila anuncia tres calamidades, 8:13.

Capitulo 9.

Quinta trompeta: Primera calamidad: insectos infernales, 9:1-12. Sexta trompeta:

Segunda calamidad: ejército diabólico, 9:13-21.

Capitulo 10.

Inminencia del castigo: La llegada del reino de Dios, 10:1-7. San Juan come un librito,

10:8-11.

Capitulo 11.

Mlsión de los dos testigos, 11:1-13. La séptima trompeta: establecimiento del reino de

Dios, 11:14-19. Ejecución de los decretos del librito abierto, 12:1-22:5.

Capitulo 12.

Visión de la mujer y del dragón, 12:1-18. La Mujer da a luz a un Niño, 12:1-6. Miguel

combate contra el Dragón y lo arroja del cielo, 12:7-12. La Mujer en el desierto, 12:13-

18.

Capitulo 13.

El dragón transmite su poder a la bestia, 13:1-18. La Bestia del Occidente, 13:1-10. La

Bestia del Oriente, 13:11-18.

Capitulo 14.

El Cordero y sus fieles servidores, 14:1-5. Tres Ángeles Anuncian la Hora del Juicio,

14:6-13. Siega y vendimia simbólicas de los gentiles, 14:14-20.

Capítulo 15.

Visión de las Siete Copas de la Cólera Divina, 15-16.

El cántico de Moisés y del Cordero, 15:1-4. Los azotes de las siete copas, 15:5-16:21.

Capitulo 16.

Capítulo 17.

El Castigo de Babilonia, 17:1-19:10.

La gran Ramera, 17:1-7. Simbolismo de la Bestia y de la Ramera, 17:8-18.

Capitulo 18.

Un ángel anuncia solemnemente la caída de Babilonia, 18:1-3. El pueblo de Dios ha de

huir de Babilonia, 18:4-8 Descripción de los lamentos de los mercaderes, 18:9-19.

Regocijo de los santos en el cielo, 18:20-24.

Capitulo 19.

Cántico triunfal en el cielo, 19:1-10. Exterminio de las bestias, 19:11-20:15. El Rey de

reyes aparece con su ejército, 19:11-16. Un ángel proclama el exterminio de los

enemigos de Cristo, 19:17-18. La Bestia y sus partidarios son arrojados al estanque de

fuego, 19:19-21.

Capitulo 20.

El reino de mil años, 20:1-6. Ultima batalla escatológica de Satanás contra la, Iglesia,

20:7-10 Juicio final, 20:11-15.

Capitulo 21.

La nueva Jerusalén, 21:1-22:5.

La Jerusalén celeste, 21:1-8. Descripción de la Jerusalén futura, 21:9-23. En la nueva

Jerusalén todos encontraran la bienaventuranza eterna, 21:24-22:5.

Capitulo 22.

5272

Epílogo, 22:6-21.

Las palabras de esta profecía son atestiguadas, 22:6-9. Palabras de Cristo a toda la

humanidad, 22:10-16. El Espirita y la Iglesia le responden con un llamamiento insistente,

22:17. Juan prohibe alterar su libro, 22:18-19. Jesús promete su próxima venida, 22:20.

Conclusión epistolar, 22:21.

Abreviaturas.

Libros de la Biblia. Abreviaturas de libros y revistas.

Epístolas Católicas.

Introducción General.

Las Siete Epístolas Católicas.

Además de las epístolas de San Pablo, encontramos en el Nuevo Testamento un grupo de

siete epístolas: la de Santiago, las dos de San Pedro, las tres de San Juan y la de San Judas, que la

tradición ha dado en llamar Epístolas católicas o canónicas.

La única razón que parece ha llevado a juntarlas, formando un solo grupo, fue el no pertenecer

al Corpus Paulinum, ya que las Epístolas católicas entre sí son bastante distintas.

La existencia de este grupo, así como la denominación de Epístolas católicas, son antiguas,

aunque no sean claras las razones que las han motivado. Si prescindimos de un pasaje bastante

oscuro del Canon de Muratori l, la primera atestación es de Orígenes (f a. 254), que llama

católicas a la primera epístola de San Pedro, a la primera de San Juan y a la de San Judas 2. Por

su parte, Dionisio de Alejandría (f a. 265) distingue la epístola católica de Juan de las otras dos

epístolas que son atribuidas al mismo apóstol 3. Los Padres griegos casi siempre suelen llamarlas

católicas, como se puede constatar en las Catenae griegas sobre estas epístolas 4. Dídimo el Ciego

de Alejandría (f 395) es de los pocos Padres griegos que las llama canónicas 5. La apelación

de Epístolas católicas se extendió, finalmente, a las siete epístolas en tiempo de Eusebio 6 y de

San Jerónimo 7. Los Padres latinos anteriores a San Jerónimo, cuando citan estas epístolas, no

suelen distinguirlas con un apelativo determinado.

Algunos comentaristas latinos antiguos han creído que nuestras epístolas se llamaban católicas

en el sentido de canónicas. Pero sería extraño que se las llamase escritos canónicos por

excelencia, cuando sabemos que la canonicidad de varias de ellas fue discutida durante mucho

tiempo. A no ser que supongamos que se les dio el nombre de canónicas posteriormente como

para recalcar con mayor énfasis que formaban parte indiscutible de la Sagrada Escritura 14. Por

esta razón tal vez, entre los autores de los siglos XIV-XV, como, por ejemplo, N. Lirano, P. Aureolo,

Card. Hugo, Dionisio Gartusiano, prevalece el apelativo de canónicas, que también es dado

por la Poliglota Complutense (1516) a la epístola de Santiago. En la Vulgata Sixto-

Clementina se da el título de católica a las epístolas de Santiago y de San Judas solamente.

5273

Canonicidad de las Epístolas católicas.

De entre las siete Epístolas católicas, hay cinco (Santiago, la segunda de San Pedro, la

segunda y tercera de San Juan y la de San Judas) cuya canonicidad fue puesta en duda por muchos

autores antiguos. Por eso Eusebio, resumiendo el pensamiento de los escritores de la Iglesia

oriental, colocaba las cinco epístolas entre “los libros discutidos (αντιλεγόμενα), pero que son

admitidos por la mayor parte.”15 Ya en tiempo de Orígenes muchos autores dudaban de la canonicidad

de la 2 Pe, 2-3 Jn y Jds, por diversas razones 16. :Sin embargo, Orígenes las considera

como canónicas.

En la Iglesia latina desaparecen todas las dudas a fines del siglo IV, como vemos por el

concilio provincial de Hipona (a. 393), por los (Concilios III y IV de Cartago (a. 397 y 419) y

por la carta de Inocencio I al obispo Exuperio de Tolosa (a. 405)17, que ya presentan el canon de

la Sagrada Escritura completo. En la Iglesia oriental, las dudas perduraron por más tiempo; pero

el concilio Trulano (a. 692) adoptó, finalmente, el canon completo del Nuevo Testamento. La

Iglesia siríaca oriental tardó todavía más en admitir todas estas epístolas 18.

En el siglo xvi, los protestantes volvieron a resucitar las dudas respecto de algunas de estas

epístolas, y negaron su canonicidad. -

1 “Epistula sane ludae et superscripti lohannis duae in catholica habentur” (i.68s). — 2 In loan. 1:23; XX 13: PG 14:61.601.1016; cf.

Eusebio, Hist. Eccl. 6:25: PG 20:581. — 3 Epist. ad Nepotem, en Eusebio, Hist. Eccl. 7:27: PG 20:697. — 4 K. Staab, Die griech.

Katenenkommentare zu den kathol Briefen: Bíblica 5 (1924) 296-353. — 5 Cf. PG 39,1749-1818. — 6 Cf. Hist. Eccl. 2:23:25: PG

20:205. — 7 Cf. De viris illustribus 1:2:4: PL 23:607.609.613. — 8 Cf. A. Charue, Les Építres Catholiques, en Sainte Bible de L.

Pirot, vol.12 (París 1938) p.376; P. De Ambroggi, Le Epistole Cattoliche: La Sacra Bibbia di S. Garofalo (Turín 19492) página 2.

— 9 Argum. Epíst. S. lacobi: PG 119:453. — 10 Etymologiae 6:2:46: PL 82:234. — 11 M Sant 1:1. — 12 1 PE1:1 — 13 En este

caso las epistolas se aplican a las epistolas pequeñas deS.Juan — 14 Cf. Dom R. M. Díaz, EpísíoZes Católiques; La Biblia de

Montserrat vol.22 (Montserrat 1958) p.13s; E. Nestle, Die kanonischen Briefe: Zntw 14 (1913) P-266ss. — 15 Hist. Eccl. 3:25:

PG 20:269. — 16 Cf, Comm. in Mt. 17:30: PG 13:1569-1572. — 17 Cf. Enchiridion Biblicum (Roma 19563) n. 16-22. — 18 Cf.

L. ROST, Zur Geschichte der Kanons bei den Nestorianen: Zntw 27 (1928) 103-106.

Epístola de Santiago.

Introducción.

Nombre.

En el encabezamiento, la carta es presentada como de Santiago, siervo de Dios y del Señor

Jesucristo l, sin determinar más. Ahora bien: en el Nuevo Testamento nos son conocidos tres

Santiagos distintos. ¿Cuál de ellos es el autor de nuestra epístola?

Personalidad del Autor.

Tres son los personajes de nombre Santiago que nos dan a conocer los evangelios. Uno es

Santiago llamado el Mayor, apóstol e hijo de Zebedeo y hermano de San Juan Evangelista, que

fue martirizado por Herodes Agripa I hacia el año 44 d.C. 2 Este no puede ser el autor de la epístola,

por haber muerto demasiado pronto. Y de hecho ningún autor se la atribuye. Otro es Santiago

hijo de Alfeo y también apóstol 3, que los autores suelen identificar con Santiago el Menor 4.

El tercero es Santiago hermano del Señor y jefe de la iglesia de Jerusalén, hijo de María de Cleofás

5, hermana de la Virgen Santísima, o mejor dicho, cuñada de ella, ya que Cleofás parece

5274

haber sido hermano de San José. De donde se sigue que Santiago no era propiamente hermano

del Señor, sino primo de Jesús 6.

Este gozó en los tiempos apostólicos de gran autoridad, no sólo entre los cristianos, sino

también entre los judíos. El sumo sacerdote Ananos le hizo condenar a muerte y lapidar el año 62

d.C. 7

A éste atribuye la tradición casi unánimemente la epístola.

Se disputa aún mucho, incluso entre los católicos, si Santiago hermano del Señor es el

mismo que Santiago hijo de Alfeo. La Iglesia griega los distingue, ya que celebra su fiesta en

días distintos (el 9 y 25 de octubre); en cambio, la Iglesia latina los identifica.

Son varios los argumentos en que se apoya la tradición de la Iglesia occidental para identificarlos.

San Pablo, en la epístola a los Gálatas8, afirma explícitamente que “no vio a ningún

otro apóstol sino a Santiago el hermano del Señor.” Como no puede referirse a Santiago el Mayor,

que ya había muerto hacía años, sus palabras hay que entenderlas de Santiago hijo de Alfeo.

Por otra parte, San Lucas, que distingue bien en el Evangelio 9 y en los Hechos 10 a Santiago el

Mayor de Santiago hijo de Alfeo, después que narra la muerte del primero, en el año 44, ya sólo

habla de Santiago 11, sin hacer distinción alguna entre Santiago hijo de Alfeo y Santiago hermano

del Señor. Además, tanto San Lucas 12 como San Pablo 13 nos hablan de Santiago, obispo de

Jerusalén y pariente del Señor, como de un personaje que gozaba de gran autoridad en la Iglesia

naciente e incluso sobre los mismos apóstoles. Todo esto se explicaría mejor si, además de hermano

del Señor, fuera también apóstol14.

Muchos autores modernos, sin embargo, consideran como poco segura la identificación

de Santiago hijo de Alfeo y de Santiago hermano del Señor. Según estos autores, los textos bíblicos

aducidos no serían suficientes para resolver la cuestión. El texto de la epístola a los Gálatas

lo traducen de esta manera: “Pasados tres años, subí a Jerusalén para conocer a Cefas, y permanecí

a su lado quince días. No vi, sin embargo, a ningún otro apóstol sino a Santiago el hermano

del Señor”15. Además, los hermanos del Señor 16 siempre son distinguidos, tanto en los Evangelios

17 como en los Hechos 18, de los apóstoles. A esto se puede añadir lo que dice San Juan 19:

que los hermanos del Señor no creían en Jesús. Lo cual parece suponer que Santiago hermano

del Señor no debía formar entonces parte del grupo de los apóstoles.

También en la literatura patrística se dan ciertas dudas y fluctuaciones acerca de la identificación

de Santiago hermano del Señor. Una tradición antigua distingue, además de los dos Santiagos

apóstoles, un tercer Santiago, hermano del Señor. Esta tradición está representada por el

libro apócrifo Recognitiones Clementis, por las Constitutiones apostolicae, por Eusebio, San

Juan Crisóstomo 20, Mario Victorino y el Ambrosiáster.

De lo dicho se sigue que la identificación no es del todo segura, pero todavía es sostenida

por muchos autores católicos.

Autenticidad y canonicidad de la epístola de Santiago.

Ha habido diversos autores acatólicos, como Massebieau, Spitta y Meyer 21, que han atribuido

la epístola de Santiago a un judío no convertido. Habría sido en su origen una especie de

Sabiduría judeo-helenística, escrita a mediados del siglo I en Siria o en Palestina y que posteriormente

habría sufrido interpolaciones cristianas. Entre los años 8o y 90 habría entrado en el

canon cristiano del Nuevo Testamento solamente debido a un fraude: mediante la interpolación

del nombre de Jesús en ciertos pasajes 22 y de algunos otros detalles, como la alusión a los presbíteros

de la Iglesia23. Por su parte, Von Soden, Harnack, Moffat, Dibelius, Paterson 24 y otros

consideran la epístola como obra de un desconocido, el cual, usando el artificio literario de la

5275

seudonimia, se haría pasar por Santiago. Habría sido compuesta entre los años 70 y 150 d.C.

Los estudios de todos estos autores han servido para confirmar el origen de la epístola de

Santiago: provendría de un ambiente judío y estaría dirigida a los judíos de la Diáspora. Pero, por

otra parte, no han logrado demostrar que la epístola originalmente no fuera un escrito cristiano.

No solamente el nombre de Jesús atestigua su origen cristiano, sino principalmente el espíritu

evangélico que la penetra desde el principio hasta el fin y una serie de verdades dogmáticas que

encontramos en ella, las cuales demuestran claramente que la carta fue escrita por un judíocristiano.

Todos esos autores acatólicos fundan su tesis en argumentos internos muy problemáticos,

y, en cambio, no tienen en cuenta la tradición, que es unánime en atribuirla a Santiago hermano

del Señor.

Antes de Orígenes no poseemos testimonios explícitos que atribuyan la epístola a Santiago

hermano del Señor. Sin embargo, es utilizada por San Clemente Romano 25, por el Pastor de

Hermas 26, San Justino 27, San Ireneo 28, Tertuliano 29 y Clemente Alejandrino, que la cita con

frecuencia, e incluso hizo una especie de comentario sobre ella 30.

También es importante notar que la epístola de Santiago siempre ha formado parte de las

antiguas versiones: Vetus latina 31 y Pesitta. Esto demuestra que las iglesias que usaban estas

versiones consideraban la epístola de Santiago como auténtica y canónica; de lo contrario, no la

habrían recibido en la colección de las Sagradas Escrituras. Esto explica también el hecho de que

se encuentre en todos los catálogos de los libros sagrados, si exceptuamos el Fragmento de Muratori

y el Canon Mommseniano.

A partir de Orígenes (f a. 254) comienzan los testimonios explícitos que atribuyen la

epístola a Santiago. Orígenes cita con frecuencia la epístola “que se llama de Santiago” 32.

Eusebio afirma que en su tiempo la mayor parte de las iglesias del Oriente leían públicamente

la epístola que se atribuye a Santiago 33. En Occidente tardó más en ser admitida; pues,

aunque parece que San Clemente Romano, el Pastor de Hermas, Nova-ciano y San Hipólito de

Roma la conocieron, no se encuentra, sin embargo, en el canon de Muratori, ni es usada por Tertuliano,

ni por San Cipriano, ni por Lactancio. Solamente a partir de mediados del siglo IV,

cuando las relaciones entre Oriente y Occidente se hicieron más íntimas y el canon de la Sagrada

Escritura se fue uniformando, vemos a las iglesias de Italia, España, Galias y África aceptar la

epístola de Santiago 34.

San Hilario cita la epístola de Santiago a propósito de textos de los cuales abusan los

herejes. Y da a Santiago el título de apóstol 35. Del mismo modo se expresa el Ambrosiáster, que

debió de escribir hacia el año 375 36. El concilio de Roma, reunido en el ano 380 por San Dámaso,

contiene en su canon la epístola de Santiago 37. San Jerónimo resume las peripecias por las

que tuvo que pasar la epístola con estas palabras: “lacobus, qui appellatur frater Domini., unam

tantum scripsit epistolam, quae de septem catholicis est, quae et ipsa ab alio quodam sub nomine

eius edita asseritur, licet paulatim tempere procedente obtinuerit auctoritatem.” 38

Después del siglo iv la tradición se puede considerar casi unánime. Las dudas sobre la autenticidad

y canonicidad de la epístola fueron debidas, al parecer, a la incertidumbre sobre el

apostolado de Santiago hermano del Señor 39. En el siglo XVI volvieron a surgir ciertas dudas a

propósito del autor de la epístola más bien que sobre su canonicidad. Erasmo y el cardenal Cayetano

dudaron de que hubiera sido compuesta por Santiago hermano del Señor 40. Lutero la llama

“epístola de paja,” y la retiró ¿el canon como contraria a su doctrina de la justificación por la sola

fe41. Sin embargo, los otros reformadores: Melanchton, Zwinglio, Calvino, alaban la doctrina y la

utilidad de la epístola de Santiago y reconocen su carácter inspirado 42.

5276

Finalmente, el concilio Tridentino definió solemnemente la canonicidad de la epístola 43.

Pero con esta definición no ha querido zanjar la cuestión de su autor, determinando de qué Santiago

se trata.

Los datos de la tradición sobre la autenticidad de la epístola son confirmados al mismo

tiempo por diversos argumentos internos. El autor se muestra gran conocedor del Antiguo Testamento,

del que toma sus ejemplos, frases y pensamientos. Las asambleas de los fieles son llamadas

sinagoga44; el amor desordenado del mundo es un adulterio contra Dios 45; se alude a la

oración de Elías para indicar la eficacia de la oración 46; a Job y a los profetas como modelos de

paciencia 47. La doctrina y el espíritu de la epístola muestran claramente que su autor es un discípulo

apasionado de Jesucristo, que recuerda a los fieles las enseñanzas del Maestro. Para él son

dichosos los que padecen48, los que escuchan y ponen en práctica la palabra de Dios49. Los

cristianos han de ser perfectos para imitar a Cristo 50, no han de emplear el juramento, etc. 51

También se podrían citar diversas semejanzas de estilo entre la epístola, el discurso de Santiago

en Jerusalén 52 y el decreto conciliar redactado por el mismo53.

Carácter literario de la epístola de Santiago.

La epístola de Santiago está escrita en una lengua griega elegante. En ningún otro libro

del Nuevo Testamento se encuentra un griego tan puro. Según el P. Abel54, sería la mejor pieza

literaria del Nuevo Testamento. Ningún autor sagrado se habría acercado tanto a la lengua clásica

como nuestro autor. Ninguno habría conservado una corrección tan constante ni habría conseguido

tanta elegancia. El vocabulario es preciso, rico en hipas y en expresiones muy felices, que

se prestan a paronomasias, a verdaderos juegos de palabras que manifiestan el perfecto conocimiento

de un idioma 55. La sintaxis es sencilla; la frase es breve y correcta, sin articulación de

períodos y con cierta cadencia rítmica. El empleo de partículas y de conjunciones es también, en

general, correcto. Las interrogaciones que se intercalan y las expresiones pintorescas comunican

gran viveza a la narración. El pensamiento se desarrolla siguiendo los procedimientos conocidos

de los moralistas griegos en la diatriba 56.

Pero al llegar aquí surge espontáneamente la objeción: ¿Cómo Santiago el hermano del

Señor, judío-galileo de origen, ha podido componer la epístola en un lenguaje tan perfecto, siendo

así que él no debía de conocer el griego sino imperfectamente? Pues ni siquiera San Lucas y

San Pablo, educados en la cultura griega, escriben con tanta elegancia.

Para explicar esta dificultad, diversos autores (Wordsworth, Burkitt, etc.) han acudido a

la teoría de la traducción de un original semítico. Sin embargo, el ritmo, las aliteraciones, que

suelen desaparecer en las traducciones, son un argumento muy fuerte en favor de un texto original

griego. Por eso, otros autores prefieren acudir a la teoría de un secretario-redactor, conforme

al uso bastante frecuente en aquella época 57. Sin duda que no debían de faltar en la Iglesia de

Jerusalén helenistas cultos, lectores asiduos de los LXX y conocedores de los moralistas griegos,

que pudieron servir de secretarios a Santiago. No obstante, la conexión de las palabras y de las

frases, la inclusio 58 y las aliteraciones presuponen no un simple dictado, sino una redacción y un

trabajo que implican reflexión.

Por otra parte, no faltan los indicios que revelan un autor judío habituado a pensar y a

discurrir a la manera judía. Sus exhortaciones morales nos recuerdan la enseñanza moral del Antiguo

Testamento. Su estilo y vocabulario conservan trazas de semitismos59. Su mentalidad, de

giro concreto 60, es muy propia del genio hebraico. Incluso su modo de hablar de Abraham61, de

la paternidad divina62, de la vegetación63, revelan una mentalidad hebrea.

La epístola de Santiago, en su conjunto, es un escrito compuesto exclusivamente de una

5277

serie de exhortaciones morales bastante independientes entre sí64. Unas veces desarrollan un tema

determinado65; otras veces están unidas simplemente por el empleo de las mismas palabras o

de ciertas asonancias verbales66. El estilo es a veces sentencioso, como el de los sabios de Israel;

vivo, animado, dramático, como en los antiguos profetas. Mas su exposición conserva siempre

un carácter claramente didáctico y manifiesta numerosas semejanzas con las partes morales del

Antiguo Testamento y, sobre todo, con la literatura gnómica67.

Santiago sólo cita textualmente el Antiguo Testamento en cuatro ocasiones 68. Sin embargo,

las alusiones al Antiguo Testamento son muy numerosas; más numerosas que en cualquier

otro libro del Nuevo Testamento; pero al mismo tiempo son muy vagas. A veces la semejanza

está sólo en los términos, y con mayor frecuencia está en las ideas y no en los términos. La epístola

parece mirar más a las paráfrasis y a los comentarios que entonces circulaban entre los judíos

que al texto de la Sagrada Escritura. Utiliza el fondo común de la enseñanza sapiencial que se

empleaba en la predicación de las sinagogas en el siglo I d.C.

Nuestra epístola tiene también ciertas semejanzas con algunos pasajes parenéticos de escritos

judíos antiguos, como la Carta de Aristeas, el Testamento de los doce patriarcas, i Enoc, 4

Macabeos, el Documento de Damasco y el Manual de la disciplina de Qumrán. Si bien el autor

debió de estar abierto a las tradiciones del mundo judío, sin embargo, las considera y se aprovecha

de su contenido en función del mensaje cristiano. Esto explica las numerosas coincidencias

que se manifiestan con las partes morales de los libros del Nuevo Testamento 69 y con los Padres

apostólicos: IClementis, Pastor de Hermas, etc. Es que el autor trata de transmitir a sus lectores

algo de la catequesis cristiana que solía dirigir habitualmente de viva voz a los fieles reunidos en

las asambleas litúrgicas.

También se advierten en la epístola ciertas analogías con los moralistas paganos 70, sobre

todo por el uso constante de la diatriba griega cínico-estoica: intervención de un locutor ficticio71;

acumulación de diálogos 72, de personificaciones 73, de imperativos; transiciones mediante

una asonancia verbal74, una objeción75, una pregunta76 o una interpelación77; abundancia de imágenes

y comparaciones 78, de ejemplos 79; conclusiones en forma de antítesis 80. Esto no nos ha

de extrañar si tenemos presente la influencia profunda que ejercía la diatriba estoica sobre la predicación

sinagogal de la Diáspora judía y sobre los escritos homiléticos contemporáneos 81. De

lo dicho podemos concluir afirmando que la epístola emplea el género parenético judíohelenista,

que viene a ser como una prolongación del género sapiencial del Antiguo Testamento,

y a su vez se distingue de la diatriba profana por su seriedad y profundidad.

Doctrina de nuestra epístola.

“La doctrina de la epístola — como dice A. Charue 82 — manifiesta un estadio arcaico en

cuanto a su expresión y a su sistematización. Las dos economías del judaísmo y del cristianismo

no están todavía claramente disociadas, y la novedad evangélica se expresa siempre en el lenguaje

tradicional de la antigua Biblia. La fe monoteísta es propuesta de tal modo, que incluye virtualmente

toda la vida religiosa (2:19). La Ley, y en particular el Decálogo, constituyen todavía

la carta fundamental de la religión, aunque su interpretación pertenece de un modo soberano al

Evangelio (2:8).”

El carácter doctrinal de la epístola es realmente judío. Pero la índole judaica de sus exhortaciones

y de su doctrina está claramente marcado y penetrado por un verdadero espíritu cristiano.

La epístola de Santiago parece representar el momento doctrinal que caracteriza el estrato

más antiguo de la tradición sinóptica. De ahí que las semejanzas que se pueden establecer entre

las enseñanzas de Jesús en los sinópticos, especialmente en el sermón de la Montaña, y nuestra

5278

epístola son numerosas. Estas analogías doctrinales manifiestan una misma tradición, y se explican

por la común pertenencia al mismo ambiente doctrinal: al ambiente presinóptico palestinense

83.

Tanto en el sermón de la Montaña como en la epístola de Santiago se manifiesta el mismo

espíritu y se habla en términos análogos de la paciencia cristiana y de la alegría en los sufrimientos

84; de los pobres, que heredarán el reino 85; del perdón de los pecados 86, del cumplimiento

de la palabra oída 87, de los misericordiosos, que obtendrán misericordia 88; del perfeccionamiento

de la Ley por la caridad 89. Se condena el mal uso de las riquezas 90 y del juramento

91. En una palabra, el autor de la epístola se muestra embebido en las ideas de la primitiva catequesis

cristiana 92.

Santiago persigue en su epístola un fin eminentemente práctico, y, por lo tanto, no expone

de un modo sistemático las verdades de fe. Sin embargo, su epístola encierra elementos doctrinales

de suma importancia para el dogma católico.

Se afirma expresamente la unidad de naturaleza en Dios 93, pero no se alude en ningún

lugar a la trinidad de personas. Dios es creador inmutable de los astros 94 y de los hombres 95. Es

omnipotente 96 y dueño de toda la actividad humana 97; es autor de todo bien, especialmente de la

sabiduría 98, de la regeneración 99 y de la revelación profética 100. Dios es sumo bien, del cual no

puede provenir el mal101, sino toda clase de bienes 102. Dios es el padre de los hombres 103, que

escucha sus oraciones 104, perdona sus pecados 105 y les da su gracia 106. Para Dios, todos los

hombres son hermanos, que han de amarse como tales 107. Dios es el legislador y juez soberano,

que puede salvar y condenar 108; pero su juicio será misericordioso para aquellos que han hecho

misericordia 109.

La Cristología de nuestra epístola está poco desarrollada. Jesucristo es nombrado tan sólo

dos veces explícitamente 110, pero es presentado claramente como Señor y Salvador, o sea,

como Dios. El es el Señor de la gloria y el autor y el objeto de la fe cristiana. Su buen nombre es

invocado sobre los cristianos en el bautismo y es principio de salvación nl. En su nombre los

presbíteros administran la unción a los enfermos, y el Señor los aliviará y les perdonará sus pecados

112. Sin embargo, no se habla de la vida mortal de Cristo ni de su pasión, muerte y resurrección,

que supone ya conocidas de sus lectores. En cambio, Santiago advierte a sus lectores

que la parusía del Señor está cerca 113, que el Juez está a las puertas 114; y les dirige la misma advertencia

que los sinópticos115.

Del hombre se dice que ha sido hecho a imagen y semejanza de Dios 116; que es pecador

117, pero que será regenerado por el bautismo 118 y destinado a la vida eterna 119. Sus pecados son

perdonados por la confesión, la oración mutua 12°, la caridad fraterna 121 y la extremaunción 122.

Los seres humanos serán salvados no por la sola fe, sino por la fe unida con la caridad fraterna.

Esta caridad se ha de manifestar en las obras, es decir, en la ayuda material123, en la misericordia

124, en la oración mutua 125, en la admonición espiritual126, en la abstención de la maledicencia

y de las querellas 127, en el pago del salario a los empleados 128. Consistirá, en una palabra,

en la práctica del Evangelio 129. En las pruebas y en el dolor, que pueden venir incluso sobre los

justos, el hombre debe pedir a Dios la ciencia de saber sufrir 130 porque Dios premiará los dolores

sufridos por El131.

La Iglesia en la epístola de Santiago se presenta, al mismo tiempo, como la asamblea local132

y la asamblea general de todos los cristianos desperdigados por el mundo 133. Está compuesta

de presbíteros 134, cuyo ministerio se ejerce, con los neófitos, en el sacramento de la regeneración

135; y con los enfermos, en el sacramento de la extremaunción 136; y de didáscalos o

maestros, que al mismo tiempo pueden ser jefes, como el autor mismo 137, y formar una misma

5279

cosa con los presbíteros 138. Los cristianos regenerados por Dios en el bautismo son gobernados

por un jefe, que les da sus directrices, y por la ley perfecta de la libertad 139.

Relación entre la epístola de Santiago y la epístola a los Romanos.

Los autores discuten todavía hoy las relaciones existentes entre estas dos epístolas de

Santiago y de San Pablo. Muchos son los que admiten una dependencia, o bien de Santiago respecto

de San Pablo (San Agustín, San Beda, M. Sales, J. Chaine, etc.), o bien de San Pablo respecto

de Santiago.

Esta cuestión es suscitada por el hecho de que se encuentra entre ambos un estrecho paralelismo.

Algunos de los escritos de San Pablo, especialmente las epístolas a los Gálatas y a los

Romanos, presentan estrechas analogías con la epístola de Santiago en lo referente a la justificación

por medio de la fe o de las obras. Entre ambas partes existen semejanzas verbales 140, se

emplean las mismas imágenes 141, los mismos ejemplos 142, el mismo trinomio de fe, justicia,

obras.

San Agustín 143, San Beda 144 y la mayoría de los autores católicos han creído que Santiago

ataca a ciertos fieles que interpretaban mal la tesis de San Pablo sobre la justificación por

la sola fe. Lutero, en cambio, sostiene que Santiago había querido oponerse a San Pablo en la

cuestión de la justificación por la fe 145.

Hoy día, por el contrario, la crítica es más reservada. Un estudio más sereno y profundo

de Santiago y de San Pablo ha llevado a la conclusión de que ambos autores trataban dos cuestiones

diferentes o bajo distintos puntos de vista. Y que, por lo tanto, no puede haber entre ellos

contradicción, aunque a veces empleen el mismo vocabulario. En este sentido observaba E. Tobac

hace ya varios decenios: Si después de la Reforma era frecuente oponer Santiago a San Pablo,

esto fue debido a que se estudiaba su epístola desde el punto de vista paulino. Se olvidaba

también el principio de exégesis de que las mismas palabras pueden tener sentidos diferentes y

que antes de comparar dos autores conviene estudiarlos separadamente. Ahora bien, cada día

convienen más los autores que “los argumentos del hermano del Señor no se oponen en nada a la

tesis del Apóstol de los gentiles. No existe verdadera oposición ni con la concepción paulina

considerada en su conjunto ni con ciertos aspectos de esta concepción.” 146 Las pretendidas antinomias

se reducen a una diferencia en los puntos de vista. Cuando San Pablo pone en guardia a

sus lectores contra las obras, se refiere únicamente a las obras de la Ley mosaica, a las observancias

de una Ley que ya había sido superada. En su lucha contra los judaizantes quiere probar que

la circuncisión y demás prácticas rituales, a las que los judíos atribuían gran importancia, no valían

para nada al cristiano. Santiago, por el contrario, procede de manera distinta. Las obras que

él recomienda son las buenas acciones, que sirven para santificar al fiel: la caridad para con el

prójimo 147, la obediencia a las órdenes divinas148, la hospitalidad, la abnegación149. San Pablo

también considera como indispensable la práctica de estas virtudes 150.

Si, por otra parte, la epístola de Santiago parece rebajar la fe en favor de las obras, es que

se refiere a una fe desnaturalizada, a una cierta pereza moral que pretende legitimarse por la posesión

de la verdadera fe, a un simple asentimiento del intelecto a la palabra de Dios, que no influye

para nada sobre la vida. Semejante fe es incapaz de salvar 151, está muerta 152, e incluso la

poseen los demonios 153. También Santiago conoce, como San Pablo, una fe que opera por medio

de la caridad 154. Santiago no trata la cuestión de la gratuidad de la fe, sino que exhorta a los fieles

a observar los mandamientos y a llevar una vida conforme al querer divino. Pablo, en cambio,

enseña que, en el momento de la conversión, el infiel es justificado independientemente de

las prácticas de la Ley mosaica o de sus méritos personales 155.

5280

Teniendo en cuenta los diferentes puntos de vista de Santiago y Pablo, creemos que no es

necesario hablar de dependencia literaria. Ambos autores habrían compuesto sus respectivas

epístolas independientemente el uno del otro. Si no se quiere tener esto en cuenta y se persiste en

admitir influencia literaria 156, sería influencia de Santiago sobre San Pablo, pues su epístola parece

anterior 157. Y si Santiago se propone en su epístola polemizar, como creen muchos autores,

no lo hace directamente contra San Pablo, sino más bien contra ciertos cristianos relajados, que,

tal vez fundándose en la libertad aportada por el Evangelio, se creían dispensados del cumplimiento

de las obras buenas, especialmente las impuestas por la caridad.

San Pablo se dirige a cristianos judaizantes que atribuían excesiva importancia a las prácticas

de la Ley mosaica. Por este motivo, insiste sobre la gratuidad de la justificación, en conformidad

con la doctrina bíblica y las enseñanzas de ciertos movimientos religiosos judíos de

aquella época, como la secta de Qumrán 158. Santiago, por el contrario, teme que los cristianos,

apoyándose en semejante doctrina, que debía ser bien conocida en ciertos ambientes religiosos

judíos, se contenten con una fe teórica y fácil, que no tenga influencia alguna sobre la vida moral.

Esta es la razón de que insista sobre la necesidad de las obras 159.

Destinatarios de nuestra epístola.

La epístola de Santiago va dirigida a las doce tribus de la dispersión 160. Esta expresión

no quiere decir que mire únicamente a los judíos. Porque si bien es verdad que tiene en la mente

a los judíos, como lo demuestran las palabras citadas y el continuo uso del Antiguo Testamento,

tampoco hay duda que habla a lectores cristianos, a judíos convertidos. Han sido regenerados en

Jesucristo por su Evangelio 161, creen en Jesucristo resucitado 162, obedecen a la ley de la libertad

163, viven en espera de la parusía del Señor 164. Además, los defectos que combate y las virtudes

que supone en sus lectores convienen mejor a cristianos salidos del judaísmo que a gentiles convertidos.

Santiago tampoco parece preocuparse de los peligros más frecuentes que existían en el

mundo pagano: idolatría, crápula, pecados de la carne, etc., como lo hace San Pablo. Santiago

combate principalmente los defectos propios de los ambientes judíos: hipocresía 165, orgullo religioso

166, egoísmo 167, adulación de los ricos y envidia de los bienes terrenos 168, espíritu partidista,

espíritu de intriga, de maledicencia, de rencor 169. El defecto que más parece preocupar al autor

lo constituyen las relaciones entre ricos y pobres. Los ricos convertidos al cristianismo, en

muchos casos al menos, parece que continuaban abusando de las riquezas y explotando a los pobres

170. Al mismo tiempo, en torno a los ricos no faltaban los aduladores, que esperaban crecer

mediante la adulación 171.

Los cristianos a los cuales se dirige Santiago parecen ser, en su mayor parte, gentes pobres

172, que realizan materialmente en sí mismos la pobreza, ensalzada por Cristo. Pero también

hay entre ellos algunos que no se contentan con ser pobres, sino que tienen envidia a los ricos y

aspiran a poseer para gozar como los ricos.

Por el hecho de que la epístola de Santiago fue escrita en griego — como ya dejamos dicho

(p. 12) —, es muy probable que el hermano del Señor se dirija a los judíos helenistas convertidos

que vivían fuera de Palestina. Estas comunidades extranjeras conservaban, sin embargo,

lazos muy estrechos con la iglesia de Jerusalén y dependían en cierto sentido del obispo de Jerusalén.

Ocasión y finalidad de la Epístola.

En el seno de las comunidades cristianas primitivas existían, a pesar de su ardiente fe en

5281

Cristo, desigualdades sociales. Estas daban ocasión a envidias y a injusticias entre ricos y pobres.

Muchos ricos se creían dispensados de hacer obras buenas en favor del sector necesitado de los

cristianos e incluso negaban el salario al obrero y esclavizaban al justo 173.

Santiago, habiéndose enterado de este estado de cosas, escribió su epístola, en la que se

propone dar ánimos a los fieles víctimas de las injusticias sociales y exhortar a ricos y pobres a

una vida más conforme con los principios cristianos 174. Esto le lleva a inculcar a los cristianos

laxos el cumplimiento de las obras de caridad, de las que se consideraban dispensados.

Por este motivo, la carta de Santiago contiene una serie de normas morales inspiradas en

los libros Sapienciales del Antiguo Testamento. Tiene la forma de una instrucción o de una exhortación

moral. El autor parece mirar a las dificultades de orden moral y social, sobre todo a

una cierta tensión existente entre los pobres y los ricos. El fin principal de la epístola sería, por lo

tanto, recordar la enseñanza auténtica del Evangelio acerca de la riqueza y de la pobreza, de la

paciencia en soportar las pruebas y de la paz social175.

Fecha y lugar de composición de la epístola.

Acerca de la fecha de composición existen entre los autores dos opiniones: unos la colocan

al final de la vida del obispo de Jerusalén, muerto el año 62 d. C, porque consideran la epístola

de Santiago como dependiente de las epístolas paulinas 176; otros consideran la epístola como

uno de los documentos más antiguos del Nuevo Testamento, escrito entre los años 35 y 50

d.C.

Esta segunda opinión nos parece más probable. Las razones que abogan en favor de esta

fecha primitiva son los indicios que en ella se descubren de un cristianismo primitivo: estadio

embrionario de la comunidad cristiana 177, ignorancia de la predicación evangélica entre los paganos

178. La epístola parece anterior a las controversias judaizantes que explotaron alrededor del

año 50, ya que no alude para nada a la crisis judaizante y a las decisiones tomadas en el concilio

de Jerusalén 179. La cristología está muy poco desarrollada y presenta mayor afinidad con los discursos

de Pedro en los Actos 180 que con la teología paulina 181. Además, el tono de la enseñanza

parece prepaulino 182.

La situación en Palestina se comprende mejor antes de la catástrofe del año 70 d.C.: el

Juez está a las puertas 183, y los ricos que han amontonado riquezas para los últimos días 184 todavía

no sufrieron el castigo.

Leconte 185 desarrolla otro argumento, relacionando nuestra epístola con la primera de

San Pedro y la de San Judas. Según este autor, la carta de Santiago era leída desde hacía tiempo

en la Iglesia cuando apareció la epístola de San Pedro. Ambas presentan asombrosas semejanzas:

van dirigidas a los fieles de la Diáspora 186; hablan en términos análogos del nuevo nacimiento

del cristiano 187; recomiendan la alegría en las pruebas 188; exhortan a someterse a Dios y a resistir

al diablo, alegando el mismo texto de los Proverbios, citado según los LXX 189. Existen, además,

otros muchos textos, que se podrían citar, los cuales demuestran que San Pedro utilizó la

epístola de Santiago 190.

También la epístola de San Judas, muy afín a las cartas de San Pedro, y como ellas de la

segunda mitad del siglo I, se comprendería mejor si se refiriese 191 a un escrito compuesto anteriormente

por Santiago el hermano del Señor 192.

El lugar de composición debió de ser Palestina. Esto parece corroborado por el hecho de

ir dirigida a los cristianos de la Diáspora. Además existen en la carta ciertas alusiones a las condiciones

especiales de Palestina 193, Por otra parte, la doctrina de la epístola presenta estrecho

parentesco con la forma palestinense de la tradición sinóptica 194.

5282

Argumento y división de la epístola.

El argumento de esta epístola es múltiple, y por eso es sumamente difícil dar una división

de ella, a pesar de los esfuerzos de algunos autores (H. J. Cladder). Consta de una serie de instrucciones

y exhortaciones morales independientes entre sí y unidas solamente por asociación de

ideas, por la repetición de un término 195, de una preposición 196, de una asonancia 197, o por una

antítesis verbal198. Santiago escribe siguiendo el modelo de los libros Sapienciales del Antiguo

Testamento, sin preocuparse de un nexo rigurosamente lógico. Por esta razón sólo señalaremos

las ideas fundamentales 199.

1. Encabezamiento y saludo (1:1).

2. Consejos prácticos para soportar bien las pruebas (1:2-12).

a) Alegría en las pruebas (1:2-4).

b) Oración pidiendo la sabiduría (1:5-8).

c) El pobre y el rico ante la prueba (1:9-11).

d) La recompensa prometida a la prueba (1:12).

3. El origen de la tentación (1:13-18).

a) No procede de Dios (1:13).

b) La tentación proviene de la codicia humana (1:14-15).

c) De Dios proceden todos los bienes (1:16-18).

4. Deberes del cristiano respecto de la Palabra de Dios (1:19-27).

a) Docilidad a esa Palabra (1:19-21).

b) Hay que practicarla fielmente (1:22-25).

c) No hablar en vano, sino mostrarse generoso (1:26-27).

5. Imparcialidad entre el pobre y el rico (2:1-12).

a) No tener acepción de personas (2:1-4).

b) Superioridad del pobre delante de Dios (2:5).

c) Actitud indigna de los ricos (2:6-7).

d) La caridad y la misericordia son necesarias (2:8-13).

6. No hay verdadera fe sin obras (2:14-26).

a) La fe sin las obras es fe muerta (2:14-18).

b) Argumento tomado del modo de proceder de los demonios

(2:19)·

c) Prueba de Sagrada Escritura (2:20-26).

7. Dominio de la lengua (3:1-12).

a) Responsabilidad del que enseña (3:1-23).

b) Peligros y excelencia de la lengua (3:2b-12).

8. Verdadera y falsa sabiduría (3:13-18).

a) Peligros de la falsa sabiduría (3:13-16).

b) Cualidades de la sabiduría que viene de Dios (3:17-18).

9. Las pasiones engendran la discordia (4:1-12).

a) Las causas que la motivan son: la envidia (4:1-3).

b) La segunda causa de discordia: el amor del mundo (4:4-6).

c) La tercera causa de discordia: el orgullo (4:7-10).

d) La cuarta causa de discordia: la maledicencia (4:11-12).

10. Advertencia a los ricos (4:13-5:6).

5283

a) Sus proyectos son efímeros (4:13-17).

b) Sus alegrías engañosas (5:1-6).

11. Exhortaciones finales (5:7-20).

a) Exhortación a la paciencia (5:7-11).

b) Hay que evitar el perjurio (5:12).

c) Se ha de acudir a Dios en la oración (5:13-18).

d) La corrección fraterna (5:19-20).

1 Sant 1:1. — 2 Cf. Mt4:21; 10:2; 17:1; Act 1:13; 12:2. — 3 Cf. Mt 10:3; Me 3:18; Act 1:13. — 4 Cf. Me 15:40. — 5 Mc 16:1; Jn

19:25. — 6 Las expresiones hermano ('a/i) y hermana ('ahoth) tenían entre los orientales un sentido mucho más amplio que entre

nosotros. No designaban tan sólo a los hermanos carnales, sino también con frecuencia a parientes de grado mucho más lejano,

como primos, etc. La lengua hebrea antigua no poseía una palabra para indicar exclusivamente a los primos. Luego los hermanos

de Jesús eran simples primos suyos. Cf. J. J. Collins, The Brethren of Lord.: Theological Studies 5 (1944) 484-494. — 7 Cf. Josefo

Flavio, Ant. lud. 20:9:1; Eusebio, Hist. EccL 2:23:19-23: PG 20:2045. — 8 1:19. — 9 Lc 5:10; 6:145. — 10 Act 1:13; 12:2. —

11 Act 12:17; 15.13; 21,18. — 12 Act 15:1ss; 21:18ss. — 13 Gal 2:9:12. — 14 Véase M. Sales, U Nuovo Testamento vol.2: Le

Lettere degli Apostoli (Turín 1914) p.507; A. Camerlynck, Commentarms in Epístolas Catholicas p.12ss; Cornely, Introductio in

Novum Testamentum p.592ss; A. Malvy, Saint Jacques de Jérusalem était-íl un des Douze?: RSR 8 (1918) 122SS. — 15 Gal 1:19.

— 16 La expresión oí αδελφοί parece designar a todos, sin exceptuar ninguno. — 17 Mt 12:46-50; Mc 3:31-35 — 18 Act 1:14; cf.

1 Cor 9:5· — 19 Jn 7:3-7. — 20 Cf. S. Lyonnet, Témoignages de S. Jean Chrysostome et de S. J eróme sur Jacques le /rere du

Seigneur: RSR 29 (1939) 335-351. — 21 L. Massebieau, L'építre de Jacques est-elle oeuvre d'un chrétien?: Rev. Hist Rel.32

(1895) 249-283; F. Spitta, Zur Geschichte und Literatur des Urchristentums: 2. Der Brief des Jakobus (Góttingen 1896); A.

Meyer, Das Ratsel des Jakobusbriefes (Giessen 1930). — 22 Sant 1:1; 2:1. — 23 Sant 5:14. — 24 H. Von Soden, Urchristliche

Literaturgeschichte (Berlín 1905) 231-234; A. Harnack, Die Chronologie der altchristl. Liter. bis Euseb. (Leipzig 1897); J·

MOFFAT, An Introduction of the Litt. ofthe N. T. (Edimburgo 1918) 456-475; M. DIBELIUS, Der Brief des Jakobus (Góttingen

1921) p.10-19.45s; W. Paterson, The Message ofthe Epistle of James: Expository Times 45 (1933-1934) 342-346. Una buena confutación

de los argumentos de estos autores se puede ver en el artículo del P. Teófilo G. De Orbiso en Verbum Domini 15 (1935)

139-143-172-179. — 25 Ep. ad Cor. 10:1; 30:2 = Sant 2:23; 4:6: PG 1:228:269. — 26 Comparar Mand. 9:1-10 (Funk, 496-498)

con Sant 1:5-8; Sim. 8:6:4 (Funck, 568) con Sant 2:7. — 27 Cf. Dial, cum Tryphone 49:8: PG 6:585, en que alude a Sant 2:19; en

Dial, cum Try-phone 100:8: PG 6:712 = Sant 1:15; en Apología 1:16:5: PG 6:353 = Sant 5:12. — 28 Adv. haer. 4:16:2 y 5:1:1: PG

7:1016.1121, en donde alude a Sant 2:23 y 1:18. — 29 De orat. 8: PL 1:1164, V Adv. ludaeos 2: PL 2:600, se refiere a Sant 1:13;

2:23. — 30 Cf. Sírom. 4:17:105: PG 8:1313 = Sant 2:25. Véase Eusebio, Hist. Eccl 6:14:1: PG 20:549- — 31 Cf. Sabatier, Vetus

Itálica t.3 p.934. — 32 Gf. Comm. in lo. 19:6: PG 14:569; In los. homil. 7: PG 12:857, etc. — 33 Cf. Hist. Eccl 2:23:25: PG

20:205. — 34 Cf. J. Chaine, L'Építre de Saint Jacques (París 1927) p.XX-XXIX. — 35 Cf. De Trinitate 4:8: PL 10:101. — 36 Cf.

In Gal. 5:10: PL 17:366. — 37 D 84. — 38 De viris illustribus 2: PL 23:609. Este juicio de San Jerónimo sobre la epístola de Santiago

parece demasiado severo al P. Lagrange, el cual escribe: “Uno se pregunta dónde ha encontrado Jerónimo esta idea imaginaria

de una epístola primeramente desprovista de autoridad, que después habría obtenido un lugar en el canon gracias a la usurpación

del nombre de Santiago” (Histoire ancienne du canon du N. T. p.155). — 39 Algunos escritores españoles, como San Isidoro

De Sevilla, De ortu et obitu Patrum 71: PL 83:151 y 85:540; G. Sánchez, De profectione S. lacobi in Hispaniam tr.3, atribuyen

nuestra epístola a Santiago el Mayor. También Dante (Paradiso c.25) se hace eco de esta opinión. — 40 Cf. E. Jacquier, Le N. T.

dans l'Église chrétienne vol.1 (París 1911) p.362-366. — 41 Cf. M. Meinertz, Luthers Kritik am Jak. nach dem Urteile seiner

Anhdnger: Biblische Zeitschrift 3 (1905) 273-286. — 42 Cf. J. Calvino, Comm. in íoc. (ed. Brunsvigiae 1897) P-58; E. Jacquier,

o.c. I 0.37.3-381. — 43 In 505.4 (8 abril 1546): D 784. — 44 Sant 2:2. — 45 Sant 4:4. — 46 Sant 5:16-19. — 47 Sant 5:10s. —

48 Cf. Sant 1:2 = Mt 5:10. — 49 Cf. Sant i,22s = Mt 7:2455. — 50 Sant 1:45 = Mt 5:48; 7:12. — 51 Sant 5:12 = Mt 5:345. — 52

Act 15:14-21. — 53 Act 15:23-28. Se puede citar como ejemplo de semejanza de estilo el verbo de saludo Χοαρειν en Sant 1:1 y

en Act 15:29. También se suelen comparar Act 15:17 = Sant 2:7; Act 15 : 13 — Sant 2:5; Act 15:14 = Sant 1:27; Act 15:19 = Sant

5:19-20; Act 15:29 — Sant 1:27, etc. Ct. G. B. Mayor, En Hastings, Dict. of the Bible vol.2:343. — 54 F. M. Abel, Grammaire du

Cree Biblique (París 1927) p.XXXI. — 55 Cf. Sant 1:2.13; 2:4.13; 3:4; 4:5. — 56 Gf. R. M. Díaz, EpístoZes Católiques: La Biblia

de Montserrat p.29; J. Chaine, o.c, p.XGIX-GIV. — 57 Gf. 2 Tes 3:17; Rom 16:22; 1 Cor 16:21; Gol 4:18; 1 Pe 5:12; Eusebio,

fíist. Eccl. 2,15,is. — 58 Es éste un procedimiento literario de la estrófica hebraica, tal como se encuentra frecuentemente en los

Profetas. En la inclusio, los períodos literarios se terminan repitiendo al final de ellos ciertas palabras del principio que expresan

una idea semejante, de manera que el pensamiento queda como encerrado en un cuadro. — 59 J. Chaine (o.c. p.XGI-XGIX) encuentra

numerosos rasgos semíticos en el estilo de Santiago. — 60 Sant 1:235; 2:1ss.14; 5:7ss. — 61 Sant 2:21. — 62 Sant 1:27;

3:9. — 63 Sant 3:12. — 64 Aunque la epístola comienza con los saludos de costumbre (1:1), sin embargo, pronto cambia de forma,

y más bien que carta se convierte en una especie de sermón. Las noticias personales no existen, y las recomendaciones finales

se terminan sin acudir a la forma epistolar. — 65 Cf. Sant 3:13-17; 4:1-6.7-10.11-12.13-16; 5:1-6. — 66 Sant 1:4-5.12-13.26-27;

2:12:13; 3:17-18; 5:9.12.13ss.16ss. 19-20. — 67 J. Chaine, o.c. p.XLI-LXIV. — 68 Sant 2:8 = Lev 19:18; Sant 2:23 = Gen 15:6;

Sant 4:6 = Prov 3:34; Sant 5:20 — Prov 10:12. — 69 Cf. Mt 5-7; Act 7; 1 Tes 4,iss; s.iss; Gal 5,13ss; 6:1355; Rom 12-13; Col 3-

4; Ef 4:18-6:24; Heb 13:155. — 70 Comparar nuestra epístola con los Entretenimientos de Epicteto. Cf. J. BONSIRVEN, en Dict.

Bibl. Suppl. IV col.790. Se puede ver también J. Ropes, A Critica/ and Exegetical Commentary on the Epistle of St. James (Edimburgo

1916) p.6-18. — 71 Sant 2:18; 5:13. — 72 Sant 2:4.14; 3:11; 4:4 — 73 Sant 1:15; 4:1; 5:3. — 74 Sant 1:2ss.12s.26s;

2,12ss; 5:9.12. — 75 Sant 2:18. — 76 Sant 2:14; 4:1; 5:13. — 77 Sant 4:13; 5:1. — 78 Sant 1:6.10.23; 2:15; 3:3-6:10-11; 5:7. — 79

Sant 2:215; 5:105.17. — 80 Sant 1:26; 2:13.26; 3:15-18; 4:12. — 81 Cf. P. Lagrange, Építre aux Romains p.LIII-LX. Véanse

también J. CHAINE, o.c. p.C-CII; J. Gantinat, Les Épitres Catholiques, en Introduction a la Bible de A. Robert-A. Feuillet, vol.2

p.sóas. — 82 Les Épitres Catholiques: La Sainte Bible de Pirot, vol.12 p.382. — 83 Cf. G. H. Rendall, The Epistle of St. James andjudaic

Christianity (Cambridge 1927) p.66ss; A.Charue, o.c. p.38.3. — 84 Sant 1:2.12 = Mt 5:115. — 85 Sant 2:5 = Mt 5:3. — 86 Sant 5:15

= Mt 12:32. — 87 Sant 1:22 = Mt 7:2453. — 88 Sant 2:13 = Mt 5:7. — 89 Sant 2:1ss = Mt 25:3155; Jn 15:12ss. — 90 Sant 2:5ss;

5284

5,iss = Lc 6:2435. — 91 Sant 5:12 = Mt 5:34ss. — 92 Cf. J. cantinat, o.c. — 93 Sant 2:19. — 94 Sant 1:17; 5:4. — 95 Sant 3:9.

— 96 Sant 5:4. — 97 Sant 4:13-15- — 98 Sant 1:5. — 99 Sant 1:18. — 100 Sant 5:10. — 101 Sant 1:13. Sobre la doctrina teológica

de nuestra epístola se puede consultar la obra del P. TEÓFILO G. DE ORBISO Epístola Sancti lacobi (Lateranum, Roma 1954)

p.67-70. — 102 Sant 1:17. — 103 Sant 1:27; 3:9- — 104 Sant 1:5ss; 5:15-18. — 105 Sant 5:15ss. — 106 Sant 4:6.8. — 107 Sant

2:1-9.. — 108 Sant 4:12. — 109 Sant 2:13. — 110 Sant 1:1; 2:1. — 111 Sant 2:7. — 112 Sant 5:15. — 113 Sant 5:8. — 114 Sant

5:9- — 115 Mc 13:29; Mt 24:33 — 116 Sant 3:9. — 117 Sant 3:2; cf. Sal 19:13. Véase Conc. Tridentino, ses.6 c.23: D 833. —

118 Sant 2:7. — 119 Sant 1:12. — 120 Sant 5:15. — 121 Sant 5:20. — 122 Sant 5:15. Cf. Conc. Tridentino, ses.14 c.1-3 = Doctrina

de sacramento Extremae Unctionis: D 907-910. A propósito del sacramento de la extremaunción en cuanto promulgado por

Santiago y definido por el concilio de Trente, se puede ver en el comentario, p.83-86 — 123 Sant 2:14-26. — 124 Sant 1:27; 2:13.

— 125 Sant 5:16. — 133 Sant 1:1. 134 Sant 5:14. 135 Sant 1:18; 2:7. 136 Sant 5:143. 137 Sant 3:1- 138 Cf. 1 Tim 3:2;

5:17. 126 Sant 5.195 — 127 Sant 3:14-18; 4.11-13. — 128 Sant 5:4- — 129 Sant 1.21ss; 2:8. — 130 Sant 1:5-8. — 131 Sant

1:2.12. — 132 Sant 2:2; 5:14. — 139 Sant 1:25; 3:1. Cf. J. Cantinat, o.c. p.573s; DE Ambroggi, o.c. p.21s; L. Gaugusch, Der

Lehrgehalt des Jakobusbriefes (Friburgo in Br. 1914). — 140 Compárense Sant 1:22-25 Y Rom 2:13; Sant 2:13; 3:14 con Rom

11:18; Sant 2:9.11 y Gal 2:18; Rom 2:25-27. Véase J. Chaine, o.c. p.LXXII. — 141 Sant 4:1 = Rom 7:23; Sant 1:2-3 = Rom 5:3-4.

142 Sant 2:14-26 = Rom 3:28-4:25. — 143 De diversis quaest. q.75: PL 40:87-89; De grafía et lib. arbitrio 18: PL 44:892. — 144

Exp, super Ep. Cath.: PL 93:22. — 145 El pasaje de Sant 2:24 se opondría a Rom 3:28 (cf. Gal 2:16) y Sant 2:21 (cf. Gen 22:9)

sería opuesto a Rom 4:2-3 (cf. Gen 15:6). — 146 Cf. E. Tobac, Le probléme de la justification dans S. Paul et dans S. Jacques:

Rev. d'Hist. Eccl. 22 (1926) 797S. — 147 Sant 2:15-17. — 148 Sant 2:22. — 149 Sant 2:25. — 150 Rom 12:9-21; Gal 5:22. —

151 Sant 2:14. — 152 Sant 2:173. — 153 Sant 2:19. — 154 Sant 1:3-4; 2:22; cf. Gal 5:6. — 155 Cf. R. Leconte, Les Épitres Catholiques:

La Sainte Bible de Jérusalem, p.14. 20 — 156 Así hace, por ejemplo, J. CHAINE, o.c. p.LXXII 157 Gf DE Ambroggi,

o.c. p.i4s. Sobre la fecha de composición de nuestra epístola, véase nuestro comentario, p.2O-2i. Cf. F. H. Krüger, L'építre de

Jacques, le plus ancien document du N. T.: Rev. Chrétienne (1887) 605-618.685-695. 158 En los Mss. de Qumrán, el Maestro

de Justicia sabe que Dios «le atraerá hacia el, le justificará, que le hará justo con su justicia incorruptible, que por su bondad

inagotable le perdonará todas sus faltas» (195 11:12-14; cf. también los Hodayoth, o Himnos de acción de gracias: 1911 4,83-92;

107-112). 159 Cf. R. Leconte, o.c. p.155. — 160 Sant 1,1. — 161 Sant 1:18. — 162 Sant 1:1-2 2:1.7; 5:7 — 163 Sant 2,12.

— 164 Sant 5:7-9 165 Sant 1:22.25-27. 166 Sant 2:14-16; 3:1. 167 Sant 4:1-3. 168 Sant 2:155; 4:13ss.

169 Sant 3:14-15; 4:11; 5:19. — 170 Sant 1:2; 2,6s; 4:3-5,6. 171 Sant 2,1-9. 172 Sant 2:5-8. 173 Sant 5:4-6.

174 Teófilo G. De Orbiso, Vae divitibus malis (loe. 5,1-6): VD 26 (1948) 71-86; T. Zahn, Die Soziale Frage und die innere Mission

nach dem Brief des Jakobus. Skizzen aus dem Leben der alten Kirche (Leipzig 1908) p-93-nS; P. STACH, Ideae Sociales in

Epístola S. lacobi: Przeglad Biblijny i (1937) 165-188; 2 (1938) 41-59; H. Schumacher, The Social Message of the New Testament

(Milwaukee 1937); I. Giordani, í Testi Sociali della Rivela-zione (Florencia 1945); A. Charue, Quelques avis aux riches et

aux pauvres dans l'Építre de S. Jacques: Collationes Namurcenses 30 (1936) 77-87. 175 Gf. A. Gharue, o.c. p.386. 175

O.c. p.20s. — 176 Cf. J. Chaine, o.c. p.LXIX-LXXXVII; L. Allevi, en Scuola Cattolica 67 (1939) 529-542. — 177 Sant 2:2; 3:1;

5:14. — 178 La tensión que parece suponer el autor entre ricos y pobres, y el relajamiento del espíritu evangélico, no es inverosímil

en los primeros años del cristianismo, pues ya es constatado en Jerusalén por los primeros capítulos de Act (5:1-11; 6). — 179

Se celebró el año 49 d.C.: Act is,iss. — 180 Act 2:14-40; 3:12-26. — 181 Sant 1:1; 2:1; 5:6s. — 182 Sant 2:1455. — 183 Sant

5:9. — 184 Sant 5:3. — 186 Sant 1:1; 1 Pe 1:1. — 187 Sant 1:18; 1 Pe 1:23. — 188 Sant 1:2-3; 1 Pe i,6s. — 189 Sant 4:6-10; 1

Pe 5:5-9; cf. Prov 3:34. — 190 Cf. Sant 1:10 = 1 Pe 1:24; Sant 1:12 = 1 Pe 5:4; Sant 1:20s = 1 Pe 2:1-2; Sant 1:27 = 1 Pe 1:19;

Sant 2:1 = 1 Pe 1:17; Sant 3:17 = 1 Pe 1:22; Sant 4:1 = 1 Pe 2:11; Sant 5:8 = 1 Pe 5:10; Sant 5:19 = 1 Pe 2:25. — 191 Jds 1 cf.

Sant 1:1. — 192 Los argumentos en favor de la antigüedad de la epístola de Santiago son expuestos por J. B. Mayor, The Epistle

o/Sí. James (Londres 1913) p.CXLIV-CXCII; A. Camerlynck, Commentarius in Epist. Catholicas (Brujas 1905) p.óoó; Charue,

o.c., p.38s; Teófilo De Orbiso, en VD 15 (1935) 271-279 y en su obra Epístola Sancti lacobi (Lateranum, Roma 1954) P-47-541

G. Kittel, Der Geschichtliche Ort des Jakobusbriefes: Zntw 41 (1942, editado en 1944) p.io4; J. Cantinat, o.c. p.571; F. H. Kruger,

art. cit. óosss. — 193 Sant 2:3; 3:12; 4:7; 5:13. Cf. D. Y. Hasidiam, Palestine Pictures in the Ep. of James: Exp.Tim. (1951)

P.227SS. — 194 Charue, o.c. p.386. — 195 Sant 1:13. — 196 Sant 5:7.12. — 197 Sant 1:2. — 198 Sant 4:1. — 199 Cf. R. Leconte,

o.c. p.25-26. — 200 Teófilo García De Orbiso, Epístola Sancti lacobi (Lateranum, Roma 1954) p71-73; Ue Ambroggi, o.c. p.23.

Capitulo 1.

Encabezamiento y saludo, 1:1.

En la antigüedad era común empezar las cartas con un saludo. Así lo hacen también los

autores del Nuevo Testamento al escribir sus epístolas, si exceptuamos la epístola a los Hebreos

y la primera de San Juan, que no lo tienen.

Santiago, siervo de Dios y del Señor Jesucristo, a las doce tribus de la Dispersión, salud.

El saludo de la epístola de Santiago está reducido al mínimo. Se nombra al autor, afirmando

ser siervo de Jesucristo, de donde le viene toda la autoridad doctrinal; se indican los destinatarios

y se da el saludo.

Santiago, en griego Ίάκωβοβ, que corresponde al hebreo Ya'aqob 1, era un nombre muy

5285

frecuente entre los judíos. Se trata, como ya hemos dicho en la introducción (p.7-8), de Santiago

obispo de Jerusalén y pariente del Señor. Aquí se presenta humildemente como siervo de Dios y

del Señor Jesucristo. En la Sagrada Escritura, el término siervo ('ebed en hebreo) tiene con frecuencia

un sentido religioso. Se llamaban “siervos de Dios” los israelitas que se distinguían por

su fidelidad al Señor, como los patriarcas, los profetas, los reyes buenos, los justos en general 2, e

incluso el mismo Mesías es designado con el nombre de Siervo de Yahvé en Isaías 42-66. En el

Nuevo Testamento, los apóstoles son llamados “siervos del Señor” 3, y también todos los cristianos

4. San Pablo se designa a sí mismo con este título 5.

Santiago, al presentarse como siervo de Dios, quiere significar que su persona, su vida, su

autoridad, vienen como a constituir una especie de servicio, de ministerio religioso, de acto de

culto en honor de Dios y de Jesucristo 6. El es el siervo del Señor Jesucristo. Esta fórmula o apelación

es muy antigua7, y designa al Mesías-Señor, constituido jefe de la humanidad regenerada

en el día de su resurrección8. En los LXX, el título de Señor (Kúpios) es dado a Dios, y traduce

el nombre divino Yahweh. Los cristianos dieron ya desde un principio el título de Señor a Jesús,

tomándolo no del helenismo, sino del Antiguo Testamento 9. En nuestro texto se da mayor realce

a la divinidad y a la soberanía (Señor) de Jesús que a su mesianidad, la cual se supone ya bien

conocida. La construcción griega no permite, sin embargo, unir la palabra Dios a Jesucristo, y

traducir: “Siervo de Jesucristo, Dios y Señor,” como hace San Cirilo Alejandrino y diversos autores

antiguos.

No hay razón alguna para rechazar la frase 3; del Señor Jesucristo, como quisieran los

críticos acatólicos Spitta, Massabieu, Meyer, con el fin de poder sostener que la epístola de Santiago

es un escrito enteramente judío. La expresión se encuentra en todos los códices. Después de

Señor, la Vulgata añade nuestro, con las versiones Pesitta y la Bohaírica; pero es mejor suprimirlo,

pues falta en el griego.

Santiago dirige su carta a las doce tribus de la Dispersión, que designaban en aquel tiempo

a todos los cristianos de origen judío que vivían dispersos fuera de Palestina. En la antigüedad

israelita, la expresión Dispersión (en griego, Diaspora) servía para designar a los judíos emigrados

de Palestina 10. Sin embargo, algunos comentaristas consideran las doce tribus de la Dispersión

como sinónimo del nuevo Israel 11 o de la Iglesia. En cuyo caso la epístola iría dirigida a todos

los cristianos, fuesen judíos o paganos. En la introducción (p.18-19) ya dijimos que la epístola

fue dirigida directamente a los judíos convertidos que habitaban fuera de Palestina. Esto se ve

claramente por el estudio del contexto y de la misma epístola.

Después de mencionar al autor y a los destinatarios de la epístola, viene el saludo:

χαίρειν. Esta forma de saludo, corriente entre los griegos, significa propiamente Regocijaos. Se

encuentra frecuentemente en los autores clásicos, en los papiros 12, en los LXX 13, y otras dos

veces en el Nuevo Testamento 14. El texto de Act 15:23 nos habla precisamente del decreto del

concilio apostólico de Jerusalén, en cuya composición colaboró Santiago. También se emplea

una forma parecida en Mt 26:49; 28:9, y Lc 1:28. San Pablo, en cambio, prefiere la fórmula gracia

y paz (χάρις και ειρήνη) 15, del mismo modo que San Pedro 16. Los orientales saludaban con

la expresión “la paz sea con vosotros.”17

Es posible que Santiago haya escogido de propósito el saludo griego, con el fin de tomar

de esto pie para precisar, en el versículo siguiente, el carácter religioso de la alegría que desea a

sus fieles.

5286

Consejos para Soportar las Pruebas, 1:2-12.

Alegría en las pruebas, 1:2-4.

2 Tened, hermanos míos, por sumo gozo veros rodeados de diversas tentaciones, 3

considerando que la prueba de vuestra fe engendra la paciencia. 4 Mas tenga obra

perfecta la paciencia, para que seáis perfectos y cumplidos, sin faltar en cosa alguna.

Santiago envía a los cristianos afligidos un mensaje de alegría.17 Esos cristianos son designados

por nuestro autor con la expresión hermanos míos (v.2). Es una expresión llena de ternura y afecto,

que es bastante empleada en la epístola 18. Los cristianos aplicaban este título a todos los convertidos,

incluso a los gentiles; porque, para el cristianismo, la fraternidad no proviene de la nacionalidad

— como sucedía en el judaismo 19 —, sino de la fe. Los hermanos son los miembros

de la familia en la que Dios es Padre de todos y Jesús es el hermano mayor 20. Jesucristo nos ha

enseñado con la parábola del buen samaritano 21 que hemos de considerar a todos los hombres,

incluso a los miembros de naciones enemigas, como hermanos. Y San Pablo dice con frase enérgica:

“Todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús. No hay ya judío o griego, no hay siervo

o libre, no hay varón o hembra, porque todos sois uno en Cristo Jesús.” 22

El mensaje de alegría que el autor sagrado dirige a los cristianos que sufren era tanto más

necesario cuanto que los primeros con vertidos del judaísmo debían esperar que, con la venida

del Mesías y su conversión, se verían libres de toda clase de sufrimientos. Sin embargo, la experiencia

demostraba lo contrario. Por eso, muchos cristianos debían preguntarse por qué Dios

permitía que sufriesen como antes o tal vez más. Santiago responde, a imitación de los sabios del

Antiguo Testamento, al problema del mal y del sufrimiento. Pero su respuesta es infinitamente

superior a la de aquéllos, porque ha visto a Cristo responder con su propia vida al grave problema

del dolor.

Los cristianos han de tener por sumo 23 gozo el verse rodeados de diversas tentaciones

(v.2). La intensidad de la alegría es subrayada aquí del mismo modo que en Fil 2:29; 4:4. El discípulo

de Cristo nunca estará tan cerca de la verdadera alegría como cuando está expuesto a toda

clase de pruebas. Esta es la razón de que Jesús declare bienaventurados a los que sufren y son

perseguidos 24, y les diga: “Alegraos y regocijaos, porque grande será en los cielos vuestra recompensa.”

25 Y San Pablo enseña lo mismo cuando escribe: “Nos gloriamos hasta en las tribulaciones,

sabedores de que la tribulación produce la paciencia; la paciencia, la virtud probada, y

la virtud probada, la esperanza.” 26 Es la esperanza del premio eterno la que transforma el dolor

del justo en alegría. El mismo San Pablo nos dice en otro pasaje de la epístola a los Romanos 27:

“Tengo por cierto que los padecimientos del tiempo presente no son nada en comparación con la

gloria que ha de manifestarse en nosotros.” Es el ejemplo, el amor de Cristo perseguido, azotado

y muerto por nosotros, el que daba fuerza a los apóstoles, los cuales salían “contentos de la presencia

del sanedrín, porque habían sido dignos de padecer ultrajes por el nombre de Jesús.” 28 Y

San Pedro consuela a los cristianos oprimidos injustamente por sus amos con estas palabras:

“Agrada a Dios que por amor suyo soporte uno las ofensas injustamente inferidas.” 29

He aquí la solución que da el cristianismo al terrible problema del dolor, que había angustiado

a tantas almas justas del Antiguo Testamento. A la luz de esta enseñanza, los lamentos del

libro de Job, de algunos salmos 30, del Eclesiastés, etc., pierden su sentido trágico. El dolor será

en adelante, no un motivo que haga zozobrar las almas, al no explicarse la conducta de Dios con

sus criaturas, sino un medio que las acerque más a El, que las santifique más.

Las diversas tentaciones o pruebas, contra las cuales chocaban 31 los cristianos converti5287

dos del judaísmo, se refieren, no precisamente a las persecuciones, sino más bien a las tribulaciones

cotidianas. El contexto, al hablarnos de los ricos, lo hace en términos que parecen sugerir

que tales pruebas provenían principalmente de la pobreza. Se trata seguramente de las vejaciones

y expoliaciones que sufrían los cristianos pobres por parte de los ricos 32. Son, por lo tanto, circunstancias

dolorosas que ponen a prueba la fe de los cristianos, y no tentaciones al pecado, como

se podría suponer de la versión de la Vulgata: “in tentationes varias incideritis.” Las pruebas

que provienen del exterior, soportadas con paciencia, sirven para evitar el pecado y la concupiscencia,

acrecientan los méritos, se ejercitan las virtudes y nos obtienen el auxilio divino 33.

Los cristianos que sufren las vejaciones de los ricos han de complacerse en la prueba,

considerando que la prueba 34 de vuestra fe engendra la paciencia (v.3). Las pruebas contribuyen

al perfeccionamiento moral y pueden ser un gran beneficio para el cristiano, porque purifican

su fe. Del mismo modo que el fuego purifica los metales, así el sufrimiento purifica a las almas

y manifiesta la calidad de su fe. La fe de que nos habla aquí Santiago es la fe subjetiva, la

virtud de la fe, que es probada en las tentaciones, conociéndose así mejor su buena calidad.

La prueba engendra, produce, como efecto, la paciencia = υπομονή. En el Nuevo Testamento,

la υπομονή designa la virtud de la paciencia que posee el alma fiel en medio de las pruebas

y aflicciones, con la cual puede perseverar durante largo tiempo en la fe y en el amor de Dios

35. Esta fue la virtud que poseyeron los mártires del Antiguo y del Nuevo Testamento 36. San Pablo

recomienda la paciencia en las pruebas como uno de los signos que deben caracterizar a los

verdaderos ministros de Cristo 37, como una de las virtudes más necesarias para el cristiano 38. En

la epístola a los Romanos 39 se expresa un pensamiento semejante al de Santiago, aunque enfocado

desde otro punto de vista. El Apóstol de los Gentiles considera nuestra paciencia como la

paciencia del Salvador continuada en sus miembros 40, en los cuales encuentra incluso su complemento

necesario 41. Por consiguiente, paciencia en sentido bíblico no es la virtud que reprime

los movimientos desordenados de la ira, sino la espera paciente del auxilio y del premio divinos

prometidos a los atribulados 42.

El efecto del sufrimiento, soportado pacientemente por el cristiano, ha de ser el de hacer

avanzar al hombre en la perfección. Es doctrina ya enseñada en los libros Sapienciales del Antiguo

Testamento que la prueba sirve para curar y educar al hombre. Así lo afirma expresamente

Eliú 43 y el Siracida 44. Según ellos, era conveniente soportar la prueba, porque nos hace bien.

Santiago va todavía más lejos, pues orienta el alma hacia el premio del cielo 45 y la exhorta a la

alegría en medio de las tribulaciones, imitando en esto a Jesús, que ya lo había enseñado en el

sermón de la Montaña 46.

La fe tiene en Santiago — como también en el judaísmo — un carácter esencialmente

práctico: es a un mismo tiempo confianza en Dios y perseverancia en la acción47. Por eso, la paciencia,

como fruto de la fe, ha de ir acompañada de buenas obras. Si queremos ser cristianos

perfectos y cumplidos (v.4) 48, es decir, irreprochables, nuestra fe ha de ser perseverante y no detenerse

a medio camino. Ha de ir acompañada de una obra perfecta, o sea, de la práctica de todas

las virtudes cristianas. Jesucristo quiere que sus discípulos sean “perfectos como el Padre celestial.”

49

La perfección moral, la santidad cristiana, que ha de ser el fin y el fruto de la tribulación

y de la paciencia, es inculcada por medio de tres expresiones muy significativas: han de ser perfectos,

alcanzando la meta fijada por Dios; íntegros, completos, en todas aquellas partes de que

consta la perfección, y sin faltar en cosa alguna, o sea, sin carecer de ninguna cosa que se ordene

a la perfección50.

Aunque en nuestra vida moral muchas veces tropezamos y caemos, sin embargo, tanto

5288

Jesucristo como Santiago quieren que el alma viva en un esfuerzo constante hacía el bien, asegurándose

de este modo la perseverancia final.

Oración pidiendo la sabiduría, 1:5-8.

5 Si alguno de vosotros se halla falto de sabiduría, pídala a Dios, que a todos da largamente

y sin reproche, y le será otorgada. 6 Pero pida con fe, sin vacilar en nada,

que quien vacila es semejante a las olas del mar, movidas por el viento y llevadas de

una parte a otra. 7 Hombre semejante no piense que recibirá nada de Dios. 8 Es varón

indeciso e inconstante en todos sus caminos.

El pensamiento expresado en el v.4, sobre la posibilidad de que a los cristianos les pueda faltar

alguna cosa, tal vez haya inducido al autor sagrado a hablar de la sabiduría como medio para obtener

lo que puede faltar. Si alguno de vosotros se halla falto de sabiduría, pídala a Dios. y le

será otorgada (v.5). Esta sabiduría no es la que buscaban los griegos, fruto de la ciencia y de la

filosofía profanas51, ni tampoco la sabiduría de orden dogmático que San Pablo predica a los perfectos

52, sino más bien la sabiduría práctica, que permite apreciar las cosas y los sucesos en su

justo valor, en conformidad con la ley divina, y en el caso presente enseña a saber sufrir 53.

Santiago reproduce más o menos la enseñanza moral de los libros Sapienciales sobre la

sabiduría. En nuestra epístola, la doctrina de la sabiduría conserva todavía su carácter viejotestamentario

54. Como en Job 55, se insiste en la necesidad de la sabiduría para comprender la razón

de ser de las tribulaciones. El principio de esta sabiduría es el temor de Dios 56.

La teología de la sabiduría es desarrollada en otros libros del Nuevo Testamento, sobre

todo en San Pablo. Revelada por Cristo, viene a ser, en cada uno de nosotros, un don del Espíritu

Santo 57 y un fruto de la oración58. Tiene por objeto el Misterio de Dios 59 y es la que guía al

fiel en la vida 60. Lo que la distingue de la sabiduría mundana — según San Pablo — está en que

juzga todo según Cristo crucificado61; porque Dios obra en el orden espiritual únicamente mediante

la cruz de Cristo62, que el mundo rechaza63.

El que no posea esta sabiduría ha de pedirla a Dios, y le será dada. La oración es el gran

medio para obtener de Dios cualquier gracia. Ya lo dijo Jesucristo: “Pedid, y se os dará; buscad,

y hallaréis; llamad, y se os abrirá.” 64 Dios da continuamente y a todos los hombres. Santiago seguramente

debe tener presente la enseñanza de Cristo acerca del Padre celestial, que hace nacer

el sol sobre buenos y pecadores65. La liberalidad divina está dispuesta a socorrer a todos los

hombres sin hacerse exigente. Y esto mismo ha de ser motivo para que el fiel pida la sabiduría.

El término griego απλώς puede traducirse de dos maneras: “simplemente, sin condición,” o también

“generosamente, liberalmente” (Vulgata: adfluenter). La idea de generosidad se expresa de

la misma manera en 2 Cor 8:2; 9:11-13; Rom 12:8. Por lo que se refiere a la expresión μη

ονειδίζοντος (Vulgata: non improperat) : sin reproche, hay que notar que el sentido es el siguiente:

Dios no reprocha a los que le dirigen súplicas ni siente pesar por los beneficios ya concedidos

contrariamente a los hombres, que con frecuencia parecen reprochar a los pobres la limosna

que les dan. El libro del Eclesiástico recomienda varias veces no reprochar después de

haber dado66. La única condición que exige Dios para dar generosamente es la oración llena de

confianza 67. Pidamos como Salomón, y obtendremos, como él, la sabiduría y todos los demás

bienes 68.

La oración, para ser eficaz, debe ir acompañada de la fe. Por eso dice Santiago: Pero

pida con fe, sin vacilar en nada (v.6). Esta fe (πίστις) no designa propiamente la virtud infusa de

la fe, sino la confianza, la esperanza cierta de obtener todo lo que pedimos. Una tal confianza se

5289

funda en la promesa de Cristo, el cual ha prometido: “Todo cuanto orando pidiereis, creed que lo

recibiréis y se os dará”69. Por eso, el hombre ha de pedir a Dios con toda su alma, sin dudar. Porque

quien vacila (lit: juzga) es semejante a las olas del mar. (v.6b). Santiago pone aquí en guardia

a los cristianos contra los espíritus críticos, que todo lo quieren juzgar y discutir. Este querer

juzgarlo todo puede llevar, en el aspecto religioso, al escepticismo práctico, que mataría de raíz

el espíritu de oración.

Santiago ilustra a continuación, mediante la imagen de las olas del mar movidas por el

viento, la importancia que tiene una actitud firme en la oración. “Si falta la fe — dice San Agustín70

—, la oración perece.; la fe es la fuente de la oración.” Jesús reprochó a San Pedro, cuando

estaba para sumergirse en medio de las olas encrespadas del mar, su poca fe71. La comparación

tomada del mar revuelto es muy apropiada para designar al alma vacilante. En el Antiguo Testamento

también se emplea la imagen del mar agitado como símbolo del alma voluble e inestable72,

que nunca puede estar en reposo.

Una oración hecha en semejantes condiciones, es decir, con fe vacilante, no puede ser escuchada,

porque desagrada a Dios (v.7). El hombre que vacila es porque tiene su alma dividida

en sentimientos contrarios, y es sacudida por los acontecimientos como las olas por el viento. El

άνήρ δίψυχος — varón indeciso (v.8), designa al hombre de doble alma, dividido entre dos sentimientos

o dos pensamientos: por una parte espera ser escuchado, y por otra teme que Dios no le

oiga73. El Antiguo Testamento también nos habla del hombre de doble corazón (beleb waleb) 74,

que corresponde al δίψυχος de nuestra epístola. Rabí Tanchuma dice en su Miaras, a propósito

del Deuteronomio 26:16: “He aquí que la Escritura advierte a los israelitas y les dice: Cuando

oréis a Dios, no debéis •tener dos corazones, uno vuelto hacia Dios, y el otro hacia un objeto diferente.”

75 Y también es muy conocida la sentencia de nuestro Señor: “Nadie puede servir a dos

señores.”76

El pobre y el rico ante la prueba, 1:9-11.

9 Gloríese el hermano pobre en su exaltación, 10 el rico en su humillación, porque

como la flor del heno pasará, 11 Se levantó el sol con sus ardores, secóse el heno, se

marchitó la flor y desapareció su belleza. Así también el rico se marchitará en sus

empresas.

El autor de nuestra epístola, después del paréntesis sobre la necesidad de pedir la sabiduría para

saber gozar en las tribulaciones (v.5-8), vuelve a hablar de la alegría que el cristiano debe experimentar

en medio de las aflicciones de la pobreza. Y comienza con una aplicación práctica: el

pobre ha de gloriarse 77, porque su condición humilde es ensalzada. El rico ha de encontrar en su

propia fragilidad motivos para glorificar al Señor (v.8-10).

El hermano pobre 78 designa al cristiano humilde, modesto por su condición social, más

bien que al pobre en bienes de fortuna. Viene a ser como el continuador de los Anawim, de los

cuales nos habla el Antiguo Testamento y anuncia su exaltación 79. El estado humilde que ocupan

en la Iglesia les confiere en ella una dignidad que basta para consolarles en su miseria, porque

de este modo cumplen la bienaventuranza: “Bienaventurados los pobres de espíritu” 80, y se

asemejan más a su Maestro divino.

La exaltación del pobre no se refiere aquí a un cambio brusco de fortuna, como el que

nos cuenta el final del libro de Job; ni tampoco a la recompensa sobrenatural en la otra vida —

de esto nos hablará en el v.12 —, sino al estado actual del humilde, en cuanto que es una perfección

moral, consecuencia de las pruebas y de la posesión de la sabiduría. La exaltación de los

5290

humildes formaba parte del programa mesiánico 81, El cristiano ha de regocijarse a causa de su

dignidad de hijo de Dios, de hermano de Cristo, de heredero del reino de los cielos. Esto le confiere

tal nobleza, que bien puede gloriarse.

Santiago nos presenta a continuación una antítesis encantadora: del mismo modo que el

pobre se gloría en su exaltación, así el rico ha de gloriarse en su humillación (v.10). ¿De qué

humillación se trata? No parece aludir a una ruina material causada por la prueba, ni a una humillación

moral, sino más bien quiere decir que el rico ha de gloriarse de su fragilidad. Los cristianos

ricos — de los cuales se trata aquí — son invitados a complacerse, a buscar motivos de confianza

y alegría, no en sus bienes terrenos, sino en el pensamiento de su fragilidad y de la caducidad

de las riquezas 82. Porque el rico con sus riquezas pasará como la flor del heno (v.10), es

decir, será pronto despojado de sus riquezas por la muerte, del mismo modo que la hierba pierde

en seguida su belleza 83. Esta imagen está tomada de Is 40:6-8, en donde también se habla de la

caducidad de la belleza de la flor 84.

La idea que aflora de la comparación de todos estos textos es la de la caducidad y vanidad

de las ventajas humanas, es decir, aquí de las riquezas.

Algunos autores, sin embargo, piensan que en este pasaje se habla del rico en general,

cristiano o no cristiano. En cuyo caso nuestro autor diría con severa ironía: Que se gloríe el rico

en sus riquezas, pues son cosas efímeras, que pasarán como flor de hierba (San Beda, Ceulemans,

etc.). Así interpreta también este versículo el P. Teófilo García de Orbiso 85, el cual añade

que no se da el nombre de hermano al rico, ya que se trataría de uno que o no es cristiano o es un

mal cristiano.

A continuación (v.11) el autor sagrado explica y desarrolla la idea contenida en el v.10.

Se trata de un fenómeno corriente en Palestina: el viento caliente del desierto, que sopla de la

parte oriental, seca y abrasa toda vegetación. El término griego καύσων (Vulga-ta: ardor) puede

significar bien sea “calor,” “ardor” 86, o bien “viento caliente.” 87 Este último sentido parece aquí

el más apropiado, porque, si se refiriese al calor del sol, tendría αυτού después de καύσωvt 88.

Además, en el texto de Is 40:6-8, al cual alude Santiago en este versículo, se habla del “soplo de

Yahvé” (ruah qadim), que es el viento del oriente, el que seca y quema todo lo que encuentra,

haciendo desaparecer su belleza 89. Esto mismo es confirmado por lo que sigue en el versículo

11 de nuestra epístola, que está tomado evidentemente de Is 40:7.

Finalmente, viene la aplicación a los ricos: asi también el rico se marchitara en sus empresas

(v.11b). El rico recibe una lección útil y elevada: el fracaso de sus empresas le será provechoso.

La expresión en sus empresas se podría entender en sentido moral: de la conducta, del

comportamiento en la vida (cf. v.8); sin embargo, la Vulgata y Sant 4:13 parecen apoyar con

fuerza el sentido literal: viajes emprendidos por asuntos comerciales, especulaciones comerciales.

El tema de la caducidad de las riquezas es frecuente en la Sagrada Escritura 9° y en la literatura

clásica 91. En el Antiguo Testamento, las riquezas eran deseadas y consideradas como una

bendición del cielo 92. Por eso, Job y Tobías se sienten dichosos al recuperar sus bienes 93. Santiago

se eleva por encima de estas miras demasiado terrenas, y declara la prueba de la pobreza un

medio ¿e perfección más elevado y un motivo que puede asegurar la salvación eterna.

La recompensa prometida a la prueba, 1:12.

12 Bienaventurado el varón que soporta la tentación, porque, probado, recibirá la

corona de la vida que Dios prometió a los que le aman.

5291

La perspectiva se ensancha en este versículo. Ya no se trata de regocijarse en la tribulación a

causa del progreso moral que de ella dimana, sino a causa de la recompensa que merece. Bienaventurado

el varón que soporta la tentación (v.12). Esta bienaventuranza es la traducción de la

expresión hebrea (aserei ha'is 'aser,) que se lee frecuentemente en los Salmos y en los libros Sapienciales

94. En el Nuevo Testamento, si exceptuamos Rom 4:8, que cita el salmo 32:2, las bienaventuranzas

son expresadas de un modo algo distinto 95. Nuestra epístola conserva, pues, la

expresión propia del Antiguo Testamento 96.

El varón de condición humilde, que soporta la prueba y triunfa de ella, es beatificado. Las

obras buenas, especialmente los sufrimientos soportados por amor de Dios, merecen premio delante

de El. Por eso, los que tal hagan recibirán la corona de la vida eterna. Los antiguos solían

llevar en las fiestas y banquetes coronas de guirnaldas, de flores o de laurel, para expresar su alegría.

Posteriormente vino a ser el signo de la victoria y de la realeza. La corona en este pasaje es,

por lo tanto, el símbolo de la alegría y de la dignidad, de la recompensa y de la victoria. Aquí se

trata de una corona determinada y bien conocida — τον στέφανον, con artículo — : es la corona

de la vida eterna, prometida a los que hayan amado a Dios sobre todas las cosas. Jesucristo había

declarado bienaventurados a los pobres “porque de ellos es el reino de los cielos” 97. Estos participarán

en el cielo de las alegrías y de la recompensa por la victoria obtenida sobre las aflicciones

de este mundo. La imagen de la corona simboliza la participación de esos cristianos en el

reino de Cristo, fuente de triunfo y de alegría. En este sentido nos habla San Pablo de la “corona

de justicia” 98; San Pedro de la “corona inmarcesible de la gloria”, “y el Apocalipsis, de la “corona

de la vida” 100. Cristo victorioso aparece en el Apocalipsis 101 ceñido con una corona, lo

mismo que la Mujer vestida de sol102, y los cristianos permanecieron fieles en las persecuciones

que el Imperio romano declaró a la Iglesia. Todos ellos llevan coronas porque son vencedores y

reinan con Cristo 103.

Los mártires cristianos constituyen el ejemplo más claro de la promesa anunciada por

Santiago. Ellos realizaron de una manera perfecta lo que el Apocalipsis desea a la iglesia de Efeso:

“Sé fiel hasta la muerte, y te daré la corona de la vida”104. Esta corona la prometió Dios a los

que le aman (v.12b) 105.

El fiel ha de procurar ordenar todo en este mundo a la perfección, especialmente la prueba,

porque de esta manera se prepara la corona de la gloria eterna. Éste motivo constituirá una

fuente de consuelo para los afligidos y les dará fuerzas para recibir y soportar las pruebas con

alegría. Las aflicciones son un excelente medio para probar el amor verdadero para con Dios.

El Origen de la Tentación, 1:13-18.

Después de hablar de la utilidad de las pruebas para perfeccionar al hombre moralmente y

obtenerle la bienaventuranza eterna, pasa ahora Santiago a instruir a los fieles sobre las tentaciones

propiamente dichas.

13 Nadie en la tentación diga: Soy tentado por Dios. Porque Dios ni puede ser tentado

al mal ni tienta a nadie.

Santiago no intenta dar aquí un análisis completo de la tentación, sino que recuerda simplemente,

por una parte, la incompatibilidad de Dios y del mal (v.15a), y, por otra, la entera responsabilidad

del pecador (v.15b-15). El autor sagrado pone en guardia al fiel que ya ha pecado, contra una

excusa fácil de la falta cometida, y tal vez trate de responder a una objeción: ¿Cómo es posible

que Dios, siendo bueno, nos solicita al mal? Ciertos fieles debían atribuir a Dios la causa de su

5292

propia culpabilidad 106. El libro del Eclesiástico ya había precavido a sus lectores contra el mismo

error 107, y lo mismo hace el libro de los Proverbios 108.

La epístola de Santiago responde a la objeción, afirmando que nadie en la tentación diga:

Soy tentado por Dios. Porque Dios no es tentador. Dios es la misma santidad, tanto en sí mismo

como en sus obras, y no puede inducir al mal ni ser el origen de algún mal por consiguiente, decir

que Dios tienta es contradecir lo que nosotros sabemos de El.

El verbo πειράζειν significa tentar, impulsar al mal. Si se entiende en sentido amplio de

“someter a una prueba,” en este caso Dios puede tentar, como vemos, por ejemplo, en el caso de

Abraham 109 En este sentido decía San Agustín: “Est enim tentatio adducens peccatum qua Deus

neminem tentat, et est tentatio probans fidem qua et Deus tentare dignatur.110 Sin embargo, el

significado ordinario de πειράζειν es el de impulsar al mal en sentido peyorativo, el de inducir de

una manera positiva al pecado, lo cual repugna a la santidad divina. Si el Padre nuestro pide a

Dios: “no nos pongas en la tentación,” es que la lengua y el pensamiento hebreo no suelen distinguir

entre lo que Dios quiere positivamente y entre lo que Dios solamente permite. Todo lo

atribuyen a Dios directamente, sin tener en cuenta las causas segundas 111. La malicia de las tentaciones

es imputable al demonio, que es el padre del pecado y de la muerte 112 y el tentador por

antonomasia 113.

Como confirmación de lo dicho, el autor sagrado aduce una prueba deducida de la santidad

divina: Dios ni puede ser tentado al mal ni tienta a nadie (v.15). La Vulgata ha entendido la

frase griega aducida en sentido activo: “intentator (= non tentator) malorum.” Sin embargo, todos

los autores modernos la entienden en sentido pasivo: “no puede ser tentado al mal,” porque así se

evita una tautología con lo que sigue: no tienta a nadie. El autor sagrado quiere decir que, por el

hecho de ser Dios santo, es incapaz de querer el mal, y tampoco puede ser tentado de tentarnos a

nosotros, es decir, de inducirnos al mal.

14 Cada uno es tentado por sus propias concupiscencias, que le atraen y seducen. 15

Luego la concupiscencia, cuando ha concebido, pare el pecado, y el pecado, una vez

consumado, engendra la muerte.

Al argumento metafísico, deducido de la santidad de Dios (ν.13), Santiago añade otro argumento

psicológico, tomado de nuestra experiencia personal. El pecador tiene conciencia de que la fuente

del mal y del pecado está en el fondo del corazón humano. La verdadera causa de la tentación

al mal es la propia concupiscencia, is decir, aquella perversa inclinación al mal que es causada en

el hombre por el pecado original, la cual permanece en el hombre incluso después del bautismo

114. Aunque la concupiscencia no es pecado, sin embargo, proviene del pecado y arrastra al pecado

115” “Santiago conoce — dice el P. Teófilo García de Orbiso — otras fuentes de la tentación:

el mundo y el demonio, contra los cuales previene a los fieles (1:27; 4:4-7). Pero aquí habla de la

causa próxima e íntima de la concupiscencia mala que se encuentra en toda tentación, y a la que

vienen a reducirse tanto el mundo como el demonio en cuanto que sólo por medio de ella pueden

obrar en la voluntad humana.” 116

La concupiscencia atrae y seduce al hombre 117 como una mujer de mala vida, la cual con

sus artes trata de seducir a los hombres 118. El autor sagrado posiblemente tenía en su mente la

imagen de la cortesana. En cuyo caso habría perfecta continuidad entre el v.14 y 15. La concupiscencia

es personificada en el v.15 como una meretriz que seduce, concibe y pare. De este modo,

Santiago describe plásticamente el proceso de la tentación, que de la sugestión pasa al placer,

al consentimiento y a los efectos del pecado 119. Se trata del pecado totalmente desarrollado, que

5293

después de su nacimiento crece y, cuando llega a su pleno desarrollo, produce su fruto. El fruto

del pecado consumado es la muerte: la muerte espiritual del alma, que es privada de la gracia, y

la muerte eterna en el infierno para el que no se arrepienta. San Agustín tiene también este bello

pensamiento: “Si peccatum non times, time quod perducit peccatum. Dulce est peccatum sed

amara est mors. Ipsa est infelicitas hominum: propter quod peccant, morientes hic dimittunt et

ipsa peccata secum portant.120

El proceso y el resultado de la tentación consentida forman contraste con el proceso y el

resultado de las pruebas soportadas por amor de Dios. Las pruebas purifican la fe; la fe produce

la paciencia; la paciencia, la perfección, y la perfección es recompensada en el cielo. Por el

contrario, la concupiscencia es causa de la tentación, ésta engendra el pecado, y el pecado la

muerte. Estío observa, contra Lutero y Calvino, que en nuestro versículo la concupiscencia es

bien distinta del pecado, como enseña el concilio Tridentino 121. Ciertos autores ven en el v.15

expresada la distinción entre pecados graves y leves. Sin embargo, creemos que en este versículo

se trata únicamente del pecado grave, que es el que causa la muerte del alma.

De Dios proceden todos los bienes, 1:16-18.

16 No os engañéis, hermanos míos carísimos. 17 Todo buen don y toda dádiva perfecta

viene de arriba, desciende del Padre de las luces, en el cual no se da mudanza

ni sombra de alteración. 18 De su propia voluntad nos engendró por la palabra de la

verdad, para que seamos como primicias de sus criaturas.

El autor sagrado vuelve como a coger el hilo de la argumentación del v.13, para poner de manifiesto

la bondad inmutable de Dios. No os engañéis, hermanos míos carísimos, porque de Dios

no proviene ninguna clase de mal, sino toda clase de bienes. El v.17 precisa de una manera sintética

los bienes que proceden de Dios: Todo buen don (δόσιβ) y toda dadiva (δώρημα) perfecta

viene de arriba. El término δόσις designa, bien sea el acto de dar o bien el don mismo. Aquí es

preferible el significado de don, por el paralelismo con δώρημα, el cual significa también don,

dadiva 122. La epístola no determina qué dones son éstos, sino que se coloca en un punto de vista

general. Se podrían incluir en el término gracia, tomado en sentido amplio.

Todos estos dones descienden del Padre de las luces (v.17b). Aquí se toma Padre en el

sentido de creador, de autor de una cosa. En el mismo sentido, San Pablo llama a Dios “Padre de

las misericordias” 123, “Padre de la gloria” 124. Las luces designan los astros 125. La idea de Dios

creador y señor de los astros es frecuente en la Biblia 126. “Bendito sea el Señor nuestro Dios, que

ha formado los astros,” dice la oración judía del Sema. La expresión Dios “Padre de las luces” ha

de entenderse aquí, ante todo, en sentido propio, pero no se excluye — antes bien, parece insinuado

por la antítesis con άττοσκίασμα — sombra — el sentido alegórico. Dios, que ha sido el

Creador de las lumbreras celestes y en el que no existe sombra alguna, es la luz y la fuente de

toda luz moral 127. De El sólo pueden proceder los bienes y la felicidad.

Santiago continúa inspirándose en el lenguaje astronómico. Por eso añade: En el cual (en

Dios) no se da mudanza 128 ni sombra de alteración (v.17c). El autor sagrado parece referirse al

eclipse (άποσκίασμα) ο al oscurecimiento debido al movimiento sideral de los astros. Dios, en

cuanto que es la fuente de toda luz y Creador de todos los astros, no conoce ninguna variación ni

está sometido a ninguno de los eclipses de los astros. Su luz es siempre la misma; es decir, en

Dios no hay ninguna imperfección. Esta inmutabilidad de Dios es expresada en el Antiguo Testamento

contraponiéndola a las mutaciones de los astros. De Dios sólo proceden las cosas buenas;

por eso, atribuir a Dios la solicitación al mal es una verdadera blasfemia.

5294

Una prueba de la bondad divina es nuestra regeneración. Dios es verdaderamente Padre

para nosotros, pues por su propia voluntad nos engendró (v.18). Es decir, nos dio la vida de una

manera puramente gratuita 129 y sin mérito alguno por nuestra parte 13°. Mas no sólo nos infundió

la vida natural, sino sobre todo la vida sobrenatural, que nos comunicó mediante la gracia santificante,

constituyéndonos verdaderos hijos suyos 131. Se trata, por consiguiente, del nacimiento

sobrenatural de los cristianos, especialmente de los judíos convertidos, a los cuales va dirigida la

epístola. Esta regeneración espiritual era operada por el bautismo, al que seguramente se alude

aquí132. El autor sagrado ve en la vocación cristiana una nueva creación, a la manera de San Pablo

133 y de San Juan 134.

La metáfora del nacimiento espiritual se encuentra ya en Deut 32:18, en donde se habla

de Israel en sentido colectivo, a quien Dios formó y engendró. Los autores del Nuevo Testamento

han aplicado las imágenes de nacimiento, regeneración, filiación, directamente a los individuos,

y las han trasladado al orden sobrenatural. La idea de un nuevo nacimiento aplicada al ingreso

en la Iglesia se encuentra varias veces en el Nuevo Testamento 135.

¿Cómo se realizó el nacimiento espiritual? Por la palabra de la verdad, es decir, por medio

de la predicación del Evangelio. San Pablo dice también en este sentido: “Vosotros, que escuchasteis

la palabra de la verdad, el Evangelio de nuestra salud.”136 Y en la primera a los Corintios

137 afirma aún con mayor fuerza: “Yo fui quien os engendró en Cristo por el Evangelio.” Lo

mismo enseña San Pedro: “Dios, por su gran misericordia, nos reengendró a una viva esperanza.”

138 Y poco después añade: “Fuisteis engendrados, no de semilla corruptible, sino incorruptible,

por la palabra viva y permanente de Dios.” 139

La palabra de la verdad designa la Ley mosaica en el salmo 119:43. En San Pablo, la palabra

de la verdad, con el artículo, es la revelación cristiana 140. En nuestro texto es el Evangelio.

Pero no sólo en tanto que es predicado, sino también como operación poderosa y eficaz de Dios.

La Palabra de Dios se considera en la Biblia como la ejecutora de su voluntad 141.

Los cristianos, a los que se dirige Santiago, fueron regenerados vara que fuesen como

primicias de sus criaturas. El pronombre indefinido τίνα sirve para suavizar un término que,

yendo solo, parecería demasiado categórico 142. De ahí que se pueda traducir por como, en cierto

modo. El término primicias no ha de ser entendido en el sentido de la antigua ceremonia judía,

según la cual se ofrecían en el templo los primeros frutos, con el fin de reconocer la soberanía de

Dios sobre toda la cosecha y poder después disponer libremente del resto 143. El sentido que tiene

aquí es más bien el que ya tiene en otros lugares de la Sagrada Escritura, en donde significa simplemente

lo que viene antes de la masa: Israel, que se acercó a Dios antes que las naciones 144;

los corintios se convirtieron antes que el resto de la Acaya 145. Del mismo modo, los cristianos, a

los que va dirigida nuestra epístola, fueron los primeros en convertirse a la fe de Cristo 146 y son,

en consecuencia, como las primicias de todas las criaturas. Por eso mismo, San Pablo compara

los cristianos a las primicias en Rom 16:5; 1 Cor 16:15. Otros autores, sin embargo, entienden

primicias en el sentido de la parte mejor de una cosa. Los cristianos serían la parte más noble y

digna de toda la creación a causa de su dignidad de hijos de Dios 147.

Deberes Respecto de la Palabra de Dios, 1:19-27.

19 Sabéis, hermanos míos carísimos, que todo hombre debe ser pronto para escuchar,

tardo para hablar, tardo para airarse, 20 porque la cólera del hombre no obra

la justicia de Dios. 21 Por esto, deponiendo toda sordidez y todo resto de maldad, re5295

cibid con mansedumbre la palabra injerta en vosotros, capaz de salvar vuestras almas.

Después que Santiago ha hablado de la Palabra de Dios, pasa ahora a indicar los deberes principales

del hombre para con esa Palabra. En primer lugar hay que saber escucharla. El Evangelio

exige nuestra cooperación. La expresión sabéis corresponde al griego ιστέ — forma clásica en

lugar de la helenística οϊδατε, que es más común —, que es la lección de los mejores códices

(BSAC, Vulgata, Bohaírica). Para algunos autores sería un imperativo 148; para otros, con más

razón a nuestro entender, sería más bien un indicativo que recuerda cosas ya conocidas de los

lectores 149. De hecho, todo lo que sigue se encuentra sustancialmente en los Proverbios 150, en el

Eclesiastés 151, en el Eclesiástico 152 y en las máximas de los autores profanos 153.

Santiago llama a sus lectores hermanos míos carísimos. Es una expresión de ternura con

la que suele comenzar un nuevo argumento 154. Por eso aquí comienza también un nuevo período.

Todo hombre — dice nuestra epístola — debe ser pronto para escuchar, tardo para

hablar (V.19). Esta máxima, que es inculcada en los libros Sapienciales y en la sabiduría de todos

los pueblos, ha de cumplirse de un modo especial cuando se trata de escuchar la Palabra de Dios,

bien sea en las asambleas litúrgicas 155 o bien en otro lugar. Santiago inculca aquí una máxima

que los sabios daban frecuentemente a sus discípulos en los libros Sapienciales 156. Otro tanto

hacían los rabinos, como se ve por los paralelos aducidos por Strack-Billerbeck 157, y los autores

paganos 158. Zenón, por ejemplo, decía: “Tenemos dos orejas y una boca a fin de que escuchemos

más y hablemos menos.” 159

Santiago exhorta a los fieles a no querer erigirse en seguida como maestros, sino antes aprender

bien y meditar profundamente la Palabra de Dios.

El cristiano ha de ser también tardo para hablar, porque de la lengua locuaz pueden provenir

muchos males morales 160. Además, este consejo es una norma de prudencia, pues así se

evita la nota de locuacidad y el desprecio de los hombres sensatos.

A continuación añade el autor sagrado que el hombre ha de ser tardo para airarse. Santiago

seguramente habla aquí de la cólera, porque ésta lleva a interrumpir la enseñanza, turba las

ideas y da libre curso a palabras desordenadas. La misma asociación de ideas la encontramos en

Luciano 161. También los libros Sapienciales recomiendan ser lentos en la cólera 162; y lo mismo

hacen los filósofos 163. En el v.20, Santiago da la razón de por qué el hombre ha de ser lento en la

cólera: porque ésta no obra la justicia de Dios. “El que quiere instruir con fruto a los demás ha

de escuchar con paciencia y hablar sin cólera” 164. Además, el que está irritado no realiza la justicia

que Dios quiere, es decir, no está en condiciones de hacer lo que es justo y santo delante de

Dios. Para nuestro autor, como para Jesucristo 165, la justicia de Dios es la conducta virtuosa y

meritoria delante de Dios. Para San Pablo, en cambio, la justicia es la santidad de Dios, la gracia

santificante comunicada al hombre 166. Otro indicio de que nuestra epístola es anterior a los escritos

paulinos.

Una vez puesto el principio (V.19), el autor sagrado pasa a la consecuencia: para cooperar

eficazmente con la Palabra de Dios, con el Evangelio, y serle dóciles, es necesario renunciar al

mal y a todo lo que incapacita al hombre para recibir y predicar la verdad revelada. Hay que suprimir

ante todo los obstáculos, deponiendo toda sordidez y todo resto de maldad (v.21). Hay

que renunciar no sólo al vicio, a toda mancha moral, sino también a toda manifestación externa

— a todo resto de maldad —, como la cólera, etc. El sentido de ττερισσεία es controvertido. En

otros lugares del Nuevo Testamento 167 tiene el sentido de abundancia, que es conservado en

5296

nuestro pasaje por la Vulgata: “abundantiam.” Sin embargo, en el contexto presente es difícil

conservar esta significación, pues no se condena la abundancia del mal, sino el mismo mal168.

Por eso traducimos ese término por todo resto de maldad.

El autor sagrado quiere que los cristianos aparten los obstáculos para recibir la Palabra

con dulzura, con mansedumbre; la palabra injerta (έ'μφντοβ) en vosotros (v.21b). El término

griego εμφυτοβ, en los clásicos significa propiamente “innato, natural, enraizado.” En el contexto

presente conviene mejor el sentido de “injertado, enraizado dentro, plantado dentro.” Se trata

del Evangelio, de la palabra de la verdad 169, que nos engendra a una nueva vida. Yahvé había

dicho por el profeta Jeremías que en los tiempos mesiánicos escribiría su ley en los corazones 170.

Esta Palabra es capaz de salvar vuestras almas, es decir, de regenerarlas con un nacimiento sobrenatural

mediante la infusión de la gracia santificante 171. En esta regeneración, el hombre no

puede comportarse de un modo meramente pasivo, sino que ha de cooperar con la acción divina,

desechando toda malicia y revistiéndose de mansedumbre para recibir en su corazón la Palabra

de Dios de una manera cada día más plena 172.

Recibir la Palabra es una expresión bíblica 173. No se trata aquí de recibirla por primera

vez, sino de comprenderla mejor, de obedecerla mejor. Santiago expresa en este texto claramente

la fuerza salvífica del Evangelio, de la que dice San Pablo: “No me avergüenzo del Evangelio,

que es poder de Dios para la salud de todo el que cree.”174

22 Ponedla en práctica y no os contentéis sólo con oírla, que os engañaría; 23 pues

quien se contente con sólo oír la palabra, sin practicarla, será semejante al varón

que contempla en un espejo su rostro, 24 y, apenas se contempla, se va y al instante

se olvida de cómo era; 25 mientras que quien atentamente considera la ley perfecta,

la de la libertad, ajustándose a ella, no como oyente olvidadizo, sino como cumplidor,

éste será bienaventurado por sus obras.

El Evangelio exige no solamente que se le escuche, sino que también requiere la cooperación de

la voluntad del hombre con el fin de que resulte eficaz en orden a la salvación. No basta con

aceptarlo; es necesario practicarlo. La fe ha de ir acompañada de las buenas obras. De este modo,

el autor sagrado preanuncia uno de los grandes temas de la epístola: la cuestión de la fe y de las

obras 175.

La necesidad de poner en práctica la Palabra de Dios es recalcada por el mismo Jesús en

varias ocasiones 176. Cristo llama necio al hombre que escucha sus palabras y no las pone en

práctica 177. También San Pablo enseña lo mismo, empleando expresiones casi idénticas a las de

Santiago: “No son justos ante Dios los que oyen la Ley, sino los cumplidores de la Ley; ésos serán

declarados justos”178. Esta idea es inculcada frecuentemente en el Antiguo Testamento 179.

Los ambientes judíos a los que se dirige nuestra epístola tenían gran necesidad de que se

les recordase este principio 180. Por el hecho de considerarse hijos de Abraham se creían muy por

encima de los demás hombres.

En los v.23-24, Santiago explica mediante una bella imagen lo que acaba de decir. Lo

mismo que un hombre que se mira al espejo con negligencia no se acuerda después de las manchas

que tenía en el rostro, para hacerlas desaparecer, así sucede al hombre que se contenta sólo

con oír la palabra del Evangelio sin ponerla en práctica.

Los espejos de los antiguos eran un disco de plata o de una aleación de cobre y estaño pulimentado.

Aunque no eran muy perfectos, se podían ver en ellos las manchas o deformidades

del rostro. En este texto de Santiago se inspiraron los Padres cuando consideran la Sagrada Escri5297

tura como un espejo en el que se ve el cristiano. “Scriptura sacra mentís oculis quasi quoddam

speculum opponitur — dice San Gregorio Magno — ut interna nostra facies in ipsa videa-tur;

ibi etenim foeda, ibi pulchra nostra cognoscimus: ibi sentimus quantum proficimus, ibi a profectu

quan longe distamos.181

Pero el autor sagrado no se detiene aquí, sino que opone al transgresor de la ley el que la

observa: quien atentamente considera la ley perfecta., ajustándose a ella., sera bienaventurado

por sus obras (v.25). El Evangelio es presentado como un espejo sobre el cual se inclina el fiel

(παρακύψας) 182 para ver si su conducta es conforme con las exigencias cristianas. El considerar

la Palabra divina, no de un modo olvidadizo, sino con el propósito de cumplirla, llevará al fiel a

un cambio moral. El Evangelio, comparado con la Ley antigua, es llamado la ley perfecta, porque,

al contrario de la Ley mosaica, conduce a la perfección, es decir, perfecciona la misma Ley

mosaica 183. Además, es llamado la ley de la libertad, porque nos libra realmente de la servidumbre

de la Ley mosaica, del pecado, de la muerte, y nos hace hijos de Dios184. La Ley antigua

era, por el contrario, un yugo de esclavitud 185, impotente para borrar el pecado, y que impulsaba

a los hombres a servir a Dios más con el temor que con el amor 186.

Santiago no habla directamente de la libertad de las observancias legales. La controversia

con los judaizantes no parece que existiese todavía cuando fue escrita la epístola. Más tarde San

Pablo hablará de la libertad de los cristianos, por la cual no están sometidos a la Ley mosaica.

Pero el punto de vista de San Pablo es bastante diverso del de Santiago. Para el Apóstol de los

Gentiles, la libertad es una prerrogativa del Evangelio 187.

El que cumple y vive continuamente conforme al Evangelio, vivirá feliz a causa de su

buena conducta, porque está en paz con Dios y con su prójimo. También aquí tenemos un eco de

la enseñanza de Cristo: “Dichosos los que oyen la palabra de Dios y la guardan.” 188 Esta bienaventuranza

está ya presente en el testimonio de una buena conciencia, en el aumento de la gracia

y de los méritos. Sin embargo, Santiago mira a la bienaventuranza eterna: éste sera bienaventurado

por sus obras (v.25). El Antiguo Testamento proclama con frecuencia feliz al que cumple

la Ley 189. Pero si la felicidad que desea el Antiguo Testamento no sobrepasa la felicidad terrena,

Santiago se eleva mucho más alto. Para él la felicidad es la corona de vida que Dios prometió a

los que le aman.

26 Si alguno cree ser religioso y no refrena su lengua, se engaña, porque su religión

es vana. 27 La religión pura e inmaculada ante Dios Padre es visitar a los huérfanos

y a las viudas en sus tribulaciones y conservarse sin mancha en este mundo.

En estos versículos, el autor sagrado hace una aplicación del principio enunciado en el v.22. Santiago

afirma que sería una ilusión engañosa el creerse religioso (3ρησκόβ) cuando se reduce la

religión a demostraciones puramente exteriores 190. Buenas son las manifestaciones exteriores

del culto. Pero pueden hacerse inútiles por la indisciplina de la lengua, porque la lengua nos puede

hacer pecar de muy diversas maneras 191. Si se quiere ser verdaderamente piadoso, religioso,

hay que refrenarse, y refrenarse en este punto. De lo contrario, su religión resultaría vana.

Los judíos tenían tendencia a descuidar los deberes esenciales de la religión y a preocuparse

demasiado de la parte exterior de la religión. Los profetas habían predicado con frecuencia

que lo que agradaba a Dios no era la multiplicidad de los sacrificios, sino la práctica de la misericordia

y de la justicia 192. También Jesucristo reaccionó fuerte contra la religión exterior e hipócrita

de los fariseos 193. La religión pura e inmaculada ante Dios Padre (v.27), es decir, la religión

verdadera, no es la que se preocupa únicamente de las prácticas exteriores, sino la que ejer5298

ce la caridad y la que preserva al hombre del mundo corrompido.

Santiago enseña que es necesario practicar la caridad fraterna de una manera positiva, socorriendo

misericordiosamente a los desvalidos. Cita como ejemplo a ios huérfanos y a Zas viudas,

de los que se habla con frecuencia en el Antiguo Testamento 194. Jesucristo ha inculcado con

su ejemplo y sus palabras la caridad para con los necesitados 195. Por eso mismo, la comunidad

primitiva de Jerusalén organizó desde el primer momento la obra de ayuda a las viudas 196, que

después se extendió a toda la Judea 197 y hasta las iglesias de la gentilidad 198. San Pablo practicó

esta virtud organizando colectas 199 para socorrer a los pobres de Jerusalén.

Esta obra de caridad hecha por amor de Dios es un verdadero culto a la Divinidad, constituye

la más auténtica religión. Por eso dice muy bien la epístola a los Hebreos: “De la beneficencia

y de la mutua asistencia no os olvidéis, que en tales sacrificios se complace Dios.” 200

La religión auténtica exige, además, el conservarse sin mancha en este mundo. Es necesario

luchar contra las tentaciones, las atracciones pecaminosas de este mundo, para mantenerse

puro. Porque la pureza de vida conservada por amor de Dios es un verdadero acto de culto. Mundo,

en nuestro texto, se toma en sentido antropológico, no cosmológico, y designa a los hombres

considerados bajo el imperio del mal, o bien el reino del pecado con sus doctrinas y sus ejemplos

malos, de los cuales hay que preservarse.

Por el Evangelio sabemos que los fariseos atribuían una importancia primordial a los ritos

tradicionales, a las abluciones, a los ayunos, décimas., en detrimento de muchos de los preceptos

del Detoffo o de la caridad 201. Entre los convertidos del judaísmo debía de persistir en parte ese

espíritu formalístico, contra el cual se levanta Santiago.

1 Según una etimología popular, vendría de 'aqebh = “talón,” haciendo referencia a lo Que se dice en Gen 25:26. Sin embargo, en

Gen 27:36 se le deriva de la raíz 'aqabh = “suplantar, engañar.” Estas etimologías populares describen al personaje según alguna

característica suya propia. — 2 Cf, Sal 34:23 — 3 Act 4:29; 16:17. — 4 Ap 1:1 — 5 Rom 1:1; Tit 1:1. — 6 de ambroggi, o.c.

p.24. — 7 Cf. 1 Tes 1:1; 2 Tes 1:15; Gal 1:3. — 8 Act 2:32-36; Flp 2:9-11; Heb 5:7-10. — 9 Cf. L. Cerfaux, Le titrede Kyrios et

la dignité royale de Jesús: RSPT 6 (1922) 40-71; 7 (1923) 125-153; Bousset, Kyrios Christos (Góttingen 1913), sostiene que los

cristianos tomaron el título de Señor del mundo helénico. — 10 Cf. Jer 15:7; Sal 147:2; Jdt 5:19. — 11 Cf. Gal 3:7-9; 6:16; 1 Pe

2:9-19. — 12 Cf. Deissmann, Bibelstudien (Berlín 1895) p.20Q-216. — 13 1 Mac 10:25; 12:6; 2 Mac 1:1. — 14 Act 15:23; 23:26.

— 15 Rom 1:7; 1 Cor 1:3; 2 Cor 1:2. — 16 1 Pe 1:2; 2 Pe 1:2. 17 Entre los ostrakas encontrados en Lakis en el año 1935, que

pertenecen a la última época del reino de Judá (590-585 a. C.), varios de ellos comienzan el saludo con esta frase: Cf. E. Vogt,

Epistulae ultimi temporis regn. luda in Lakis inventae: VD 17 (193?) 180-185; Teófilo García De Orbiso, o.c. p.79 nota 6. — 18

Sant 1:16.19; 2:1.5.14; 3:1.10.12; 4:11; 5:7.95. — 19 Cf. Lev 19:18; 25:46; Dt 15:3. 21 L,c 10:30-37. — 20 Cf. Mt 23:9 — 22

Gal 3:26.28; cf. Rom 10:12; 1 Cor 12:13. — 23 El término ττασαν tiene aquí el sentido del latín summus, significando “el máximum

de la cosa indicada” (cf. P. ABEL, Grammaire du grec biblique [París 1927] p.129). 24 Mt 5:11. — 25 Mt 5:12. — 26 Rom

5:3-4. Cf. W. Nauck, Freude in Leiden: ZNTW 46 Ü954) 68-80. — 27 8:18. — 28 Act 5:41. — 29 1 Pe 2:19 — 30 Salm 3?; 39;

49; 73- — 31 El verbo περιπίπτω indica el carácter externo y tal vez inesperado de la prueba. Generalmente significa un encuentro

desagradable (cf. Le 10:30): se choca contra la prueba como contra un obstáculo (cf. 2 Mac 4:10). — 32 Cf. Sant 2:6. 44 Eclo 2:1-

6. — 33 Cf. Teófilo García De Orbiso, De tentationibus in epistula lacobi: VD 16 (1936) 209-216; ID., De origine et effectu tentationum

(lac 1:13-15): VD 16 (1936) 305-311; DE AMBROGGI o.c. p.26. — 34 El término το δοκίμιοV = “la prueba,” empleado

también en 1 Pe 1:7, lo consideramos como un sustantivo más bien que como un adjetivo, designando el acto de probar y no la calidad

de lo que es probado. — 35 Cf. Mt 24:13; Le 8:15; 21:19; Rom 5:4. — 36 Cf. 2Mac6,18ss; 7:1ss. — 37 2 Cor 12:12. — 38 2

Cor 6:4; 1 Tim 6:11; 2 Tim 3:10; Tit 2:2. . — 39 S,3s. — 40 2 Tes 3:5. — 41 Col 1:24. Cf. Charue,o.c.p.395;G.Spicq:

Υπομονή,Patientia:RSPT19(1930)95-106; fcTo. Tomás, Summa Theologica 2-2 q.136, a.6. — 42 Teófilo García De Orbiso, o.c.

p.8s. — 43 job 36:1-16. — 44. Cf. J. Chaine, o.c. p.ys. — 45 Sant 1:12. — 46 Mt 5:4.10-12; Le 6:23 — 47 R. Leconte, o.c. p.27.

— 48 El griego ολόκληροι significa completos, intactos. Pero aquí el término tiene una significación moral: irreprochables. — 49

Mt 5:48. — 50 teófilo garcía de orbiso, o.c. p.86. — 51 1 Cor 1:21ss. — 52 1 Cor 2:6. — 53 J. Chaine, o.c. p.8. En el libro de la

Sabiduría (C.Q) se pide también a Dios la sabiduría para obrar sabiamente. — 54 Cf. Prov 2:6; Eclo 1:1; Sab 7:17; 8:21; 9:4. — 55

28.12SS. — 56 Prov 1:7. — 57 1 Cor 2:12-16. 61 1 Cor 1:18-25; 2:5.12-13; 3:18-20. — 59 Ef 1:7-10; 3:8-14. — 60 Ef 5:15-16..

— 61 Ef 1:17. — 62 1 Cor 1:17-24.26.31. — 63 A. Charue, o.c. p.396; De Ambroggi, o.c. p.28. — 64 Mt 7:7. — 65 Mt 5:45. —

66 Eclo 18:15-18; 20:1455. — 67 Mt 21:22; Mc 11:24. — 68 1 Re3:11s. — 69 Mc 11.24. — 70 San Agustín, Serm. 15. — 71 Mt

14:31. — 72 Cf. Jer 49:23; Is 57:20. — 73 El v.8 se ha de considerar como formando un todo con el precedente, aunque la Vulgata

y Nácar-Colunga los separen con un punto y la Vulgata haya añadido est para dar sentido independiente al v.8. — 74 Sal 12:3;

1 Crón 12:33; Eclo 1:28; 2:12-14. — 75 H. Strack-P. Billerbeck, Kommentar zum Neuen Testament aus Talmud und Midrasch

vol.3 p.751. — 76 Mt 6:24. Cf. J. F. Óscar Seitz, Antecedents and Signification of the Term “dipsyjos”; JBL (1947) 211-219. —

77 Καυχάσθω implica no sólo la idea de gloriarse, sino también la de saber discernir las erdaderas realidades espirituales y complacerse

en ellas. Cf. Jer 9:225; 1 Cor 1:31. Véase J. M. La expresión ó ταπεινός, que corresponde al hebreo 'ani o 'anaw, Is 11:4;

14:32. — 78 Lc 1:52. — 79 Cf.1 Sam 2:73; — 80 Sal 72:4.12; — 81 Cf. Is 11:3-4; 61:1-2; Jer 23-26. Mt 5:3. — 82 A. Charue,

o.c. p-397. — 83 Cf. Job 14:2; Sal 37:2. — 84 Cf. 1 Pe 1:248. — 85 O.C. p.99. — 86 Gen 31:40; Mt 20:12. — 87 Os 12:2; Ez

5299

17:10; Jon 4:8. — 88 El αύτοΰ es añadido por los mss.88,g15 ff(=Corbeiensis) y la versión sir. Pesitta. — 89 El término

ευπρέπεια designa la bella apariencia, la belleza;πρόσωπον, con el sentido derivado del hebreo panim, significa “la superficie” de

una cosa, “el aspecto exterior,” “las apariencias.” — 90 Cf. i Sam 2:5.7; Job 24:24; 27:13-23; Sal 49:16-20; Eclo 11:20; Sab 5:8-

9; Mt 6:19; Lc 12:16-21; 16:19-31. — 91 Hesíodo, O. etj. 5; Eurípides, Troad. 610-611. — 92 Eclo 11:14. — 93 Acerca de la función

pedagógica de los bienes temporales en el A. T., véase I. Tell, (-m oggeííi e ¿ motivi della fiducia in Dio nella pieta del Salterio:

Scuola Cattolica 70 (1942) — 94 8-55-Icp9-129.281-302.348-365.415-427. — 95 bal 1:1; 32:2; 34:9; Job 5:17; Eclo 14:1:22.

— 96 Cf. Mt 5:3-11; 16:17; Lc 1:45; Jn 20:29; 1 Pe 3:14; Ap 1:3. — 97 Mt 5:3. — 98 2 Tim 4:8. — 99 1 Pe 5:4. — 100 Ap 2:10.

— 101 Ap 4:2; 14:14; 19:12. — 102 Ap 12:1. — 103 Ap 2:10; 3:11. Cf. A. Charue, o.c. p.398. — 104 Ap 2:10. — 105 El verbo

επηγγείλατο = “prometió,” no tiene sujeto en los códices BSA 323 81, P~3. 794, 206,ff, armena y copta. Otros códices (1175, 547.

1852, 255 ps vg) añaden ό Θεόβ; y algunos otros (P y la familia K) se inclinan por (ó) Kúpioβ. La lección mejor es, sin duda, la

que no expresa el sujeto, ya que era costumbre entre los judíos evitar, en lo posible, el nombre de Dios cuando podía ser sobrentendido.

— 106 Cf. 1 Cor 10:13. — 107 Eclo 15:11-20. — 108 Prov 19:3. — 109 Gen 22:15s; Heb 11:17. — 110 Serm. 71:10:

PL 38:453. — 111 Cf. 2 Sam 24:1. Sin embargo, la teología posterior del libro 1 Crón 21: 0 corrige el Gen 22:1: no fue Dios el

que tentó a Abraham, sino el demonio Mastema. ise también Eclo 15:11-20. Cf. A. Charue, o.c. p.399. — 112 Sab2:24. — 113 1

Tes 3:5; cf. Mt 4:1. Véase san beda, PL 93:14. — 114 Rom 1:24; 6:23; 7:7s; Jn 8:44. — 115 Cf. Conc. Tridentino, ses.5 can.5: D

792. — 116 Teófilo García De Orbiso, o.c. p.95. — 117 Los dos participios εξελκόμενοβ y δελεαζόμενοβ representan al hombre

en el momento en que bajo el influjo de la concupiscencia camina hacia el pecado. Estos términos están tomados del arte de cazar

y de pescar. El primero significa, en sentido propio, la acción con la que los cazadores tratan de atraer los animales para sacarlos

de sus escondites. El segundo se dice de los peces, que son seducidos por el cebo. — 118 Prov7. — 119 San Justino (Dial con

Trfón 100:55) emplea, en el mismo sentido metafórico que nuestra epístola, los términos συλλαμβάνω y τίκτω: “Eva concibió de

la serpiente el pensamiento y parió el pecado y la muerte.” — 120 Serm. 58:8: PL 38:398 — 121 Ses.5 can.s: D 792. Cf. De Ambroggi,

o.c. p.32; J. Chaine, o.c. p.22. — 122 Es usado sólo aquí y en Rom 5:16, en donde se aplica a la redención. Dudan los autores

sobre la puntuación del fin de la frase. Algunos ponen coma después de εστίν, como hace Nácar-Golunga. En cuyo caso lo

que sigue sería una especie de aposición a lo que precede.' La Vulgata lo ha entendido así también: “desursum est, descendens a

Patre luminum.” Esta puntuación parece conferir a la frase un ritmo más armónico. Sin embargo, la mayoría de los autores une

εστίν a lo que sigue, suponiendo una forma perifrástica, coincidiendo así con la versión de la Pesitta y de la Vetus Latina: “desursum

descendit.” — 123 2 Cor 1:3. — 124 Ef 1:17. — 125 Jer 4:23. — 126 Gen 1:14-18; Jer 31:35; Sal 136:7; Eclo 43:1-9 — 127

Gf. Is 60:19; 1 Pe 2:9; 1 Jn 1:5. — 128 Παραλλαγή, término empleado en astronomía para indicar el movimiento de los astros.

Hoy todas las ediciones adoptan la lección τροπήβ άποσκίασμα de ACKLP, Vulgata. kl códice Vaticanus (B) tiene, sin embargo:

“en el cual no existe ninguna mudanza proveniente del movimiento de la sombra.” — 129 Βουληθεΐς (Vulgata: “voluntarle”) no

se distingue ordinariamente de Θέλων en el griego helenístico. Aquí designa el libre decreto de la voluntad divina. Es totalmente

arbitrario el que los calvinistas se hayan servido de este texto para negar la libertad humana en las cosas de la salvación, pues esta

cuestión ni siquiera está propuesta en la mente del autor. — 130 Cf. Ef 1:5. — 131 Cf. Jn 1:13; 1 Pe 1:3; 1 Jn 3:9. — 132 Cf.

Bonnetain, en DBS III col10:55. — 133 2 Cor 5:17; Gal 6:15; Ef 2:10; Col 3:95. — 134 Jn 1:12s; 3:3-5-8; 1 Jn 3:9; 4:7; 5:1.4.18

— 135 Jpe 1:3; Jn 3:3-10. — 136 Ef 1:13. — 137 4:15. — 138 1 Pe 1:3. Cf. L. E. Elliot-Binss, James 1:18: Creation or Redemptionl:

NTS (1956) 148-161; C. M. Edsman, Schopferwille und Geburt, Jac 1:18. Eine Studie zur altchris. Kosmo-logie: ZNTW 38

(1939) n-44- — 139 1 pe 1:23. — 140 Cf. 2 Cor 6:7; Ef 1:13; Col 1:5; 2 Tim 2:15. — 141 Gen 1:3ss; Is 55:105; Sal 33:6; 107:20.

— 142 F. M. Abel, Grammaire du grec biblique p.145. — 143 Ex 22:295; Dt 18:4. — 144 Cf. Jer 2:3 según la interpretación de

Filón, De spec. leg. 4:180. — 145 1 Cor 16:15. — 146 A. Charue, o.c. p.40i. — 147 Teófilo García De Orbiso, o.c. p.102. — 148

A. Charue, o.c. p.401s. — 149 J. Chaine, o.c. p.27; Camerlynck, o.c. in h.l. Así lo ha entendido también la Vulgata: “Scitis.” — 150

Eclo 5:13; 20:5-8; — 151 Prov 1:55; 10:19; 13:3; 29:20. — 152 O.c. IIIp.753. — 153 Qf. DE Ambroggi, O.C. P-36. 5:2; 7:10. —

154 cf. Sant 1:2; 2:1; 3:1. 4:29-34; 5:13; 20:5-8. — 155 1 Cor 14:29. — 156 13:3; 17:27; 29:20-22. — 157 Cf. Aristófanes,

Thesm. 177-178; — 158 Luciano, Demonactis vita 51. — 159 Gf. Diógenes Laercio, 7:1:23 — 160 Gf. v.26; 3:1-12. — 161 Demonactis

vita 51. — 162 Prov 14:29; 16:32; 29:22. — 163 Séneca, De ira; Plutarco, Cato Mi i. — 164 De Ambroggi, o.c. p.56. —

165 Mt 5:20; 6:23. — 166 2 Cor 5:21 ; Flp 3:8-11. — 157 Rom 5:17; 2 Cor 8:2; 10:15. — 168 J. Chaine, o.c. p.29. — 169

Cf.v.15. — 170 Jer 31:33. — 171 J. M. Lozano, La Palabra que salva nuestras almas (Sant 1:21). Virtud y Letras 17 (1958) 149-

156. — 172 Teófilo García De Orbiso, o.c. p.ios. Véanse F. Ogara, Voluntarle genuit nos verbo veritatis ut simus initium aliquod

creaturae eius (lac 1:17-27): VD (1935) 150-55; L. E. EL-ποτ-BiNss, James 1:21 and Ez 16:36. An Oíd Coincidence: Exp. Tim.

(1954) 273. — 173 Jer 9:19; Prov 2:1; Le 8:13; Act 8:14; 1 Tes 1:6; 2:13. — 174 Rom 1:16; cf. Ef 1:13. — 175 Sant 2:14-26. 176

Mt 7:24; 12:50; Lc 6:47-49; 8:21; Jn 13:17. — 177 Mt7:26. — 178 Rom 2:13. — 179 Ez 33:31-32; Dtf15:5; 30:853. — 180 Cf.

Mt 23:35; Act 15:10; Rom 2:17-24 — 181 Moralia in lob 2:1: PL 75:553- — 182 El verbo τταρακύτττω es empleado al hablar de

San Pedro y San Juan (Le 24:12; Jn 20, 5.11) cuando se inclinaron sobre el sepulcro para ver el lugar en donde habían puesto el

cuerpo de Jesús. En este texto de Santiago, el verbo es empleado en sentido metafórico, refiriéndose a una intensa consideración

de la mente. — 183 Cf.Mts,17. — 184 Gal 4:24.29; Rom 8:1-4. E. Stauffer, Das “Gesete der Freíheit” (Jac 1:251 2:12) in der Ordensregel

von Jericho: TLZ (1952) 627-632. — 185 Cf. Act 15:10; Gal 4:3s; 5:1. — 186 Cf. 2 Cor 3:17. Véase M. M. Sales, o.c.

p.514· — 187 Rom 8:2; Gal 4:21-31. — 188 Lc 11:28. — 189 Sal 1:1-3; 119:15ss; Eclo 50:30. — 190 El adjetivo 3ρησκόβ es un

hapax en la Biblia; pero corresponde al sustantivo Βρησκία, Que designa generalmente la religión considerada en sus prácticas exteriores,

especialmente “s de culto. — 191 Cf. Sant 3:1-12. — 192 Am 5:21-25; Os 6:6; Is 1:11-17; 58:3-7; Miq 6:6-8; Jer 7:21-23. — 193

Mt 15:1-10; 23; Mc 7,15ss. — 194 Sal 68:6; 146:9; Dt 27:19; Eclo 35:17-18. — 195 Mt 25:35-46. — 196 Acto. — 197 Act9:39

— 198 1 Tim 5:3-16; cf. San Ignacio M., Ad Polycarpum 4:1; San Policarpo, Ad Philip-penses 4:3. — 199 Rom 15:26; Gal 2:10;

— 200 1 Cor 16:1-2.116. — 201 Mt 12:9-14; 15:1-6.

5300

Capítulo 2.

Imparcialidad entre el pobre y el rico, 2:1-13.

El autor sagrado ha hablado en el capítulo anterior de cómo el hombre no sólo ha de limitarse

a escuchar la palabra divina, sino a ponerla en práctica mediante una fe operosa. El cristiano

ha de obrar siempre en conformidad con su fe. Por eso pasa ahora a hablar de la acepción de

personas, considerándola como inconciliable con la fe de Cristo 1.

No tener acepción de personas, 2:1-4.

1Hermanos míos, no juntéis la acepción de personas con la fe de nuestro glorioso

Señor Jesucristo. 2 Porque si, entrando en vuestra asamblea un hombre con anillos

de oro en los dedos, en traje magnífico, y entrando asimismo un pobre con traje raído,

3 fijáis la atención en el que lleva el traje magnífico y le decís: Tú siéntate aquí

honrosamente; y al pobre le decís: Tú quédate ahí en pie o siéntate bajo mi escabel, 4

¿no juzgáis por vosotros mismos y venís a ser jueces perversos?

La mención de los huérfanos y de las viudas al final del capítulo anterior tal vez sea el motivo

que haya impulsado a Santiago a hablar de la acepción de personas. Si el verdadero espíritu cristiano

exige una caridad activa para con los necesitados, el mostrar parcialidad en favor de los

ricos en las asambleas cristianas va en contra de los principios del Evangelio. Esta es la razón de

que Santiago exhorte a los cristianos a no juntar la acepción de personas con la fe de nuestro

glorioso Señor Jesucristo (v.1). Esta fe es la adhesión del intelecto del cristiano a la persona y a

la enseñanza de Jesucristo. Es la misma fe que aquella de 1:3, la cual es causa de alegría en el

sufrimiento; que eleva al humilde y humilla al rico, que hace esperar la corona de vida 2. Los

cristianos no han de dejarse fascinar por las vanidades de este mundo, porque ellos creen en el

Señor de la gloria 3, en Jesús resucitado y entronizado en la gloria de su Padre, en el resplandor

incomparable de la Divinidad. Un día también ellos participarán de la gloria de Cristo en el cielo.

Por todo lo cual, honrar al rico porque es rico y despreciar al pobre porque es pobre es ir en contra

de la misma fe. Santiago ha querido recordar la verdadera gloria de Cristo para dar mayor

relieve a la vana gloria de los ricos.

El principio propuesto en el v.1 es ilustrado por un ejemplo (v.2-4). Los cristianos se encuentran

reunidos en asamblea4, cuando entran un pobre y un rico, ambos cristianos. Al rico,

vestido espléndidamente (v.2), se le saluda con toda amabilidad y se le conduce a un puesto de

honor. Al pobre, con un vestido sórdido debido al uso y a la suciedad, se le dice simplemente con

sequedad: Tú quédate ahí en pie o siéntate bajo mi escabel (v.3). Hacer esto en una reunión cristiana

es algo infamante. La iglesia es tanto para el pobre como para el rico, y hacer muestras de

servilismo a los que parecen ricos, mientras se relega a un rincón al pobre, es ser injusto y vano

en el juzgar a las personas. Porque el hombre, como ve sólo lo exterior — Dios, en cambio, ve el

corazón 5 —, fácilmente se equivoca, dejándose llevar de las apariencias y no juzgando según

manda la justicia. El pecado da la acepción de personas, sobre todo en los jueces, magistrados,

príncipes, es condenado con frecuencia en los Profetas6, en la Ley7 y en los libros Sapienciales 8.

Del Mesías se dice: “No juzgará por vista de ojos ni argüirá por oídas de oídos, sino que juzgará

en justicia al pobre y en equidad a los humildes de la tierra. La justicia será el cinturón de sus

lomos, y la fidelidad el ceñidor de su cintura” 9. Y, en efecto, Cristo no juzgó según las apariencias,

sino según justicia. Por eso recibió con amor a los pobres y los defendió 10; en cambio, a los

5301

ricos los trató con severidad n. Esto mismo lo confiesan los fariseos cuando dicen al Señor:

“Maestro, sabemos que eres sincero, y que con verdad enseñas el camino de Dios sin darte cuidado

de nadie, y que no tienes acepción de personas.”12

El hecho de tratar bien a una persona porque es rica, va en contra de los principios cristianos

de la caridad. Esto significa despreciar a Dios por agradar servilmente a los poderosos. Por

eso dice muy bien el autor sagrado: Procediendo de esta manera, ¿no juzgáis por vosotros mismos

y venís a ser jueces perversos? (v.4). El verbo διακρίνω tal vez sería mejor traducirlo, como

en 1:6, por “dudar, ser inconsecuente, estar dividido en sí mismo.” Por consiguiente, se podría

traducir: “¿No sois inconsecuentes con vosotros mismos y venís a ser jueces perversos?” En cuyo

caso significaría que los cristianos dudan, están divididos entre si atender a Cristo o al mundo.

Tienen fe, pero obran como si no la tuvieran. De este modo se evita la tautología al evitar la

repetición del verbo juagar 13. Sin embargo, la mayor parte de los autores entienden el verbo en

sentido activo de juzgar, siguiendo a la Vulgata.

Santiago condena los juicios temerarios, fundados únicamente en apariencias externas.

Pero sería falsear el pensamiento del autor sagrado atribuirle la condenación de los signos de

respeto que se deben dar a los superiores y a los ancianos.

Superioridad del pobre, 2:5.

5 Escuchad, hermanos míos carísimos: ¿No escogió Dios a los pobres según el mundo

para enriquecerlos en la fe y hacerlos herederos del reino que tiene prometido a los

que le aman?

El autor sagrado, dirigiéndose a sus lectores como a hermanos carísimos, va a mostrarles que el

favoritismo hacia los ricos es contrario a las divinas preferencias, que muestran más favor hacia

el pobre. Los destinatarios de la epístola sabían por propia experiencia que la mayoría de los cristianos

eran gente humilde y pobre 14. Esto mismo era indicio del favor divino, puesto que les

hacía herederos del cielo en lugar de concederles riquezas materiales. Eran pobres según el juicio

del mundo, pero ricos desde el punto de vista de la fe 15. Los pobres, por el hecho de no encontrar

en este mundo las satisfacciones que tienen los ricos, están más pendientes de la Providencia divina

y menos expuestos a los peligros de las riquezas 16. Por esto mismo, están más libres para

amar a Dios 17, y Dios se inclina hacia ellos de preferencia. Porque El es el que “levanta del polvo

al pobre y de la basura saca al indigente, para hacer que se siente entre los príncipes y darle

parte en un trono de gloria.”18 El mismo Cristo desaprueba la acepción de personas con su ejemplo,

como nota muy bien San Gregorio Magno a propósito del modo diverso de proceder de Jesús

con el cortesano de Cafarnaúm 19 y con el siervo del centurión20: “Reguli filio per corporalem

praesentiam non dignatur adesse, Centurionis servo non dedignatur occurrere. Quid est

hoc, nisi quod superbia nostra retunditur, qui in hominibus non naturam, qua ad imaginem Dei

facti sunt, sed honores et divitias veneramur.” 21

Actitud indigna de los ricos, 2:6-7.

6 Y vosotros afrentáis al pobre. ¿No son los ricos los que os oprimen y os arrastran

ante los tribunales? 7 ¿No son ellos los que blasfeman el buen nombre invocado sobre

nosotros?

Despreciar al pobre y ultrajarlo repugna tanto más a la conciencia cristiana cuanto que conoce

muy bien las preferencias divinas por el pobre. Dios ensalza al pobre, y ellos le humillan, come5302

tiendo de este modo una verdadera impiedad, pues se oponen al juicio de Dios. “El que desprecia

al pobre — dice el libro de los Proverbios 22 — peca.” Y, sin embargo, los cristianos ricos, a los

que se dirige Santiago, eran los opresores de los pobres (v.6) y cometían con ellos indignas exacciones

23. Incluso les llevaban ante los tribunales, abusando de su poder, para exigirles cuentas24.

Por eso, los cristianos, ensalzando a los ricos, obran neciamente, ya que son sus adversarios y los

enemigos del nombre cristiano.

Los judíos del Imperio romano gozaban del privilegio de juzgar según su ley, aunque no

podían imponer la pena de muerte. El autor sagrado no se refiere aquí a las persecuciones oficiales,

sino a la explotación y abuso social de los pobres por parte de los ricos. Esto sucedía de un

modo particular en Oriente y hasta entre los mismos judíos 25. Por eso, los profetas denuncian en

sus discursos a los opresores de los huérfanos, de las viudas y de los débiles en general 26.

La conducta de esos ricos deshonra y blasfema el buen nombre invocado sobre nosotros

(v.7). Su avaricia y sus violencias escandalizan a los humildes y hacen que los infieles desprecien

el nombre de Cristo. El nombre superior a todo nombre 27 es el nombre de Jesús, el cual que

invocado sobre nosotros. ¿En qué ocasión? Probablemente cuando recibieron el bautismo en el

nombre de Jesús 28. En el Antiguo Testamento, pronunciar el nombre de Dios sobre alguno equivalía

a ponerlo bajo la protección divina, a declararlo propiedad suya 29. El mismo modo de

hablar se aplica a nuestro Señor Jesucristo en el Nuevo Testamento. Su nombre es el único medio

de salvación que Dios dio a los hombres sobre la tierra 30. El buen nombre invocado sobre

nosotros también se podría entender del apelativo cristianos, con el cual empezaron a ser designados

los discípulos de Antioquía y después todos los discípulos de Cristo.

La caridad y la misericordia son necesarias, 2:8-13.

8 Si en verdad cumplís la ley regia de la Escritura: Amarás al prójimo como a ti

mismo, bien hacéis; 9 pero, si obráis con acepción de personas, cometéis pecado, y la

Ley os argüirá de transgresores. 10 Porque quien observe toda la Ley, pero quebrante

un solo precepto, viene a ser reo de todos; 11 pues el mismo que dijo: No adulterarás,

dijo también: No matarás. Y si no adulteras, pero matas, te has hecho transgresor

de la Ley. 12 Hablad y juzgad como quienes han de ser juzgados por la ley de la

libertad. 13 Porque sin misericordia será juzgado el que no hace misericordia. La

misericordia aventaja al juicio.

Santiago precisa su pensamiento. Tal vez algún cristiano pudiera excusarse de la actitud tomada

respecto de los ricos diciendo que lo hacía por caridad. El autor sagrado responde diciendo que

bien está eso, a condición de que su conducta no esté viciada por la acepción de personas (v.8).

Porque el favoritismo es la negación misma de la caridad. El autor sagrado sospecha con fundamento

que se guían por la acepción de personas, pues, de lo contrario, no se podría explicar por

qué tratan al pobre de modo diverso, siendo así que cae bajo la misma regla de la caridad.

Ser aceptador de personas es cometer un pecado y constituirse en transgresor de la Ley

(V.9), es decir, de la ley regia de la caridad evangélica (v.8). Se llama ley regia porque es el principio

fundamental en el reino de Cristo; es el precepto primero y más grande, el que domina todos

los demás y constituye la base de toda la Ley y de los Profetas 31. Es, por lo tanto, regio en

razón de su misma dignidad 32 y de su origen, pues procede de Jesús, que es rey 33. La misma

expresión de ley regia se emplea en una inscripción de Pérgamo del tiempo de Trajano. La razón

de esta apelación era el haber sido dada por cierto rey de Pérgamo 34.

El amor al prójimo es ya inculcado en el Levítico 35, cuyo texto es citado por Santiago

5303

(v.8). Pero el amor para con el prójimo de nuestro texto no ha de ser concebido en el cuadro particularista

en que se colocaba el judaísmo, sino en la perspectiva universalista de la Iglesia de

Cristo. Jesús en el Evangelio nos enseña que todos los hombres, incluso nuestros mismos enemigos,

deben ser amados y respetados por sus discípulos 36.

La Ley condenaba, en diversos textos, la acepción de personas. “No hagas injusticia en

tus juicios — dice el Levítico 37 —, ni favoreciendo al pobre ni complaciendo al poderoso; juzga

a tu prójimo según justicia.” El Deuteronomio exhorta a los israelitas, diciendo: “No atenderéis

en vuestros juicios a la apariencia de las personas; oíd a los pequeños como a los grandes, sin

temor a nadie, porque de Dios es el juicio” 38. Y en otro lugar dice el mismo libro del Deuteronomio:

“No tuerzas el derecho, no hagas acepción de personas, no recibas regalos, porque los

regalos ciegan los ojos de los sabios y corrompen las palabras de los justos. Sigue estrictamente

la justicia, para que vivas y poseas la tierra que te da Yahvé, tu Dios.” 39

El quebrantamiento del precepto de la caridad mediante la acepción de personas no constituye

solamente la trasgresión de un precepto de la Ley, sino de la Ley entera. Santiago considera

la ley como un todo (v.10). Aunque los cristianos fueran exactos cumplidores de todos los

preceptos, excepto de la caridad, cometerían un grave pecado. Porque toda falta contra un mandamiento

de la Ley presupone, por parte del trasgresor, desprecio de toda la Ley. De este modo

se muestra la gravedad del pecado 40. El Talmud también afirma: “Quien quebrante un solo

mandamiento es culpable ante todos los demás preceptos.”41

Esta idea es explicada por el autor sagrado en el ν. 11. Los preceptos de la Ley forman un

todo inseparable, porque son la expresión de una misma voluntad divina. El legislador es uno. Su

voluntad es también única, y, por lo tanto, única ha de ser la ley que la expresa. Quebrantar un

precepto es quebrantar toda la ley, pues es ponerse en contra de la voluntad divina 42. Del mismo

modo que Santiago se expresan los rabinos. Rabí Yohanán, por ejemplo, enseñaba: “Aquel que

dice: Yo acepto toda la Ley excepto una palabra, desprecia la palabra del Señor y hace nulos sus

preceptos.” 43

Sin embargo, la afirmación de Santiago: quien quebranta un solo precepto se hace reo de

todos, a primera vista parece falsa. Porque, si alguien comete adulterio, no por eso se le podrá

acusar de homicidio o viceversa, aunque ambas cosas se prohíban en la Ley.

No obstante, el pensamiento del autor sagrado es claro: quien traspasa un precepto se

hace reo de todos, “no directa y materialmente — como dice el P. Teófilo de Orbiso44 —, sino

implícita y formalmente, en cuanto desprecia la Ley, de la cual emanan todos los preceptos con

igual valor coactivo, y la misma autoridad del legislador, de la que provienen todas y cada una de

las prescripciones. En materia moral sucede lo mismo que en materia de fe: el que cree todas las

verdades de fe excepto una, es hereje, como si las rechazara todas, porque desprecia la veracidad

divina, que es única e idéntica en la revelación de todas y de cada una de las verdades.”

San Agustín, en una carta a San Jerónimo en la que le pregunta por el sentido del dicho

de Santiago del v.10 45, compara la doctrina de Santiago (v.10-11) a la de los estoicos a propósito

de la solidaridad entre las virtudes y los vicios. Posteriormente los escolásticos estudiaron más a

fondo esta doctrina, con la tesis de que todas las virtudes están informadas por la caridad46. El

concilio Lateranense II (1139) aplica la doctrina de Santiago al que no hace una verdadera penitencia:

si uno hiciera penitencia de todos sus pecados, excepto de uno, su penitencia sería falsa47.

Santiago aduce, finalmente, en forma de exhortación, la última razón contra el favoritismo

(v.12-13). La acepción de personas es un acto condenado por el Evangelio y un pecado contra

la misericordia, que será severamente juzgado por Dios. La ley de la libertad es el Evangelio,

que será nuestra condenación si en nuestra conducta nos guiamos por el favoritismo. El jui5304

cio del que se habla aquí es principalmente el juicio final, que seguirá a la venida del Señor 48;

pero no se excluyen los juicios divinos particulares que se manifiestan en los sucesos cotidianos.

A éstos parece aludir la Vulgata: “incipientes iudicari,” que indica la proximidad del juicio.

El que piensa que será juzgado según la ley evangélica tratará a todos con igual amor y

honor, evitando la acepción de personas, porque sabe que será medido con la misma medida con

que midió a los demás49. Santiago tiene presente la doctrina de Cristo en San Mateo 7:1-2, y la

parábola del siervo inexorable50; y sobre todo la sentencia de Cristo Juez, que condena a los que

no fueron misericordiosos, y, en cambio, recibe en su reino a los que practicaron la misericordia51.

El autor sagrado declara a continuación (v.13) que el juicio será sin misericordia para

aquel que no hace misericordia. La justicia divina le aplicará la ley del talión 52. Porque, como

decía nuestro Señor en el sermón de la Montaña, “con el juicio que juzgareis seréis juzgados y

con la medida con que midiereis se os medirá”53. Los misericordiosos son objeto de una bienaventuranza

especial54. El Padre celestial perdonará a quien perdone a sus semejantes55. Santiago

recomienda ser bueno y misericordioso especialmente para con los pequeños y humildes.

La misericordia era una virtud muy recomendada ya en el Antiguo Testamento56. Es considerada

como condición para obtener el perdón de los pecados57. La misericordia se manifestaba

frecuentemente en el Antiguo Testamento mediante la limosna, que era una de sus formas más

especialmente recomendadas 58. Dios juzgará con severidad al que no tenga misericordia59. Pero

el que sea misericordioso no tiene por qué temer, pues cuando sea juzgado obtendrá victoria. La

misericordia, en la lucha entablada con el juicio, logrará el triunfo. San Agustín, comentando este

pasaje de Santiago, dice muy hermosamente: “Per baptismum deletur hominis iniquitas, sed

manet infirmitas; ex qua necesse est quaedam, quamvis minora, peccata subrepant; et ideo

datum est alterum reme-dium, quia non poterat dari alterum baptismi sacramentum; hoc

remedium cotidianum, quasi secundum baptisma, est misericordia.” 60

No hay Fe sin Obras, 2:14-20.

El tema de las relaciones entre la fe y las obras es el punto central de la epístola. En el

capítulo 1:19-27 ha enseñado Santiago que no basta con escuchar la palabra, sino que hay que

cumplirla. Y en la primera parte del capítulo 2:1-13 ha insistido en que no se puede creer en Cristo

y ser aceptador de personas. Ahora pasa a desarrollar la tesis de que la fe sin las obras es incapaz

de salvarnos.

14 ¿Qué le aprovecha, hermanos míos, a uno decir: Yo tengo fe, si no tiene obras?

¿Podrá salvarle la fe? 15 Si el hermano o la hermana están desnudos y carecen de

alimento cotidiano, 16 y alguno de vosotros les dijere: Id en paz, que podáis calentaros

y hartaros, pero no les diereis con qué satisfacer la necesidad de su cuerpo, ¿qué

provecho les vendría? 17 Así también la fe, si no tiene obras, es de suyo muerta” 18

Mas dirá alguno: Tú tienes fe y yo tengo obras. Muéstrame sin las obras tu fe, que

yo por mis obras te mostraré la fe.

En el v.14 se enuncia claramente la tesis de que la fe sin las obras no vale para salvar al hombre,

dándole una forma un tanto dramática mediante dos interrogaciones. Santiago no pone en duda la

necesidad de la fe para la salvación, antes bien, la supone. Lo que quiere decir es que la adhesión

a Cristo mediante la fe no ha de ser puramente teórica, sino que se ha de manifestar en las obras.

El fiel que se contenta con las buenas palabras, sin practicar las obras de misericordia para con

5305

sus hermanos cristianos, se jacta de una fe a la que falta una cualidad esencial para ser eficaz en

orden a la salvación61.

Esta doctrina de Santiago está en perfecta conformidad con el Evangelio, en donde Cristo

enseña que “no todo el que dice “Señor, Señor!” entrará en el reino de los cielos, sino el que hace

la voluntad de mi Padre, que está en los cielos”62. Por consiguiente, la fe en Dios no aprovechará

si no va acompañada con la observancia de los mandamientos. El que cree en Dios y no cumple

su voluntad, se hace reo de mayor castigo, según enseña el mismo Cristo: “El siervo que, conociendo

la voluntad de su amo, no se preparó ni hizo conforme a ella, recibirá muchos azotes.” 63

La fe de la que habla la epístola en toda esta perícopa es la virtud teologal de la fe. Consiste

esta virtud en la adhesión de la inteligencia y de la voluntad a la autoridad de Dios revelante.

Algunos cristianos, aunque poseían esta fe, se preocupaban poco del cumplimiento de las

obras de caridad, creyendo que podían salvarse sin su cumplimiento. Santiago afirma con toda

claridad que es necesario su cumplimiento para poder salvarse.

El autor sagrado no se refiere aquí a las obras exteriores de la Ley mosaica, sino a las

obras buenas en general. La controversia de la Iglesia primitiva con los judaizantes acerca de la

observancia de la Ley antigua parece que todavía no había estallado. La enseñanza de Santiago

no va, pues, contra los judaizantes, a los que combate San Pablo en sus epístolas a los Calatas y a

los Romanos. Para los judaizantes antipaulinos bastaba cumplir materialmente las prescripciones

impuestas por la Ley para asegurarse la salvación. La intención con que se hacían no tenía mayor

importancia. Contra esta falsa doctrina se levanta el Apóstol de los Gentiles, enseñando que en

adelante, para obtener la salvación, no era ya necesaria la práctica de la Ley, sino que bastaba la

fe. Pero no una fe cualquiera, sino “la fe actuada por la caridad.”64 De este modo San pablo coincide

con Santiago, que exige la fe unida a las obras de caridad. Nada hay que indique que Santiago

quiera combatir la doctrina de San Pablo. Además, ya dejamos dicho que la epístola de Santiago

es probablemente anterior a las de San Pablo.

La tesis enunciada es probada por medio de una pequeña parábola (v.15-16). Esta, si bien

debe ser hipotética, se apoyaba en la experiencia de muchos casos semejantes. Se trata de un

hermano o de una hermana, es decir, de cristianos unidos a Cristo y participantes de una misma

fe, que se encuentran en extrema indigencia. A pesar de todo, se les despide con buenas palabras,

sin hacer nada en favor de esos desvalidos. En cuyo caso la fe de esos cristianos poco compasivos

no valdría nada ante Dios, sería una fe muerta (v.17). Sería como el árbol seco, que no da

frutos. La fe sin obras es estéril y ociosa, como la caridad que socorriese las necesidades del prójimo

con solas palabras. El que tiene con qué socorrer al hermano necesitado, y, sin embargo, en

lugar de darle de comer y vestirlo, lo despide con buenas palabras, manifiesta una caridad hipócrita

y sus palabras vienen a sonar a los oídos del indigente como irónicas y sarcásticas. Delante

del Juez supremo de poco servirá el haber hablado bien 65 si no practicamos las obras de caridad

y misericordia 66. Isaías ya había dicho que el ayuno que agrada a Dios es el repartir el pan con el

que tiene hambre y vestir al que anda desnudo67. También en el Nuevo Testamento se habla de

alimento y de vestido, como imágenes de las cosas que son necesarias para la vida. San Juan

Bautista, dirigiéndose a las turbas, les decía: “El que tiene dos túnicas, dé una al que no la tiene,

y el que tiene alimentos, haga lo mismo.”68 Jesucristo, exhortando a tener confianza en la Providencia

divina, enseña: “No os inquietéis por. lo que comeréis ni por. lo que restiréis.”69 Y San

Pablo afirma a su vez: “Teniendo con qué alimentarnos y con qué cubrirnos, estemos con eso

contentos.”70

Las obras de que nos habla Santiago no son las obras legales, es decir, el cumplimiento

de la Ley mosaica, sino las obras buenas de caridad71. La fe sin las obras es fe muerta, no porque

5306

las obras sean la causa de la vida de la fe, sino porque manifiestan al exterior esa vida. Cuando el

cristiano no ejecuta obras de caridad, muestra que su fe está muerta y que, por lo tanto, no le podrá

salvar, ya que la salvación supone la vida de la gracia, y ésta no puede ser efecto de una cosa

muerta.

El concilio Tridentino 72 hace referencia a estos versículos de nuestra epístola cuando

habla de la justificación del impío y de sus causas. Enseña que la justificación implica no sólo

remisión de los pecados, sino también renovación interior del hombre. Porque la fe, si no va unida

con la esperanza y la caridad, no hace perfecta la unión con Cristo ni vivifica el miembro de

su Cuerpo 73.

La interpretación del v.18 es controvertida. Para algunos autores sería una objeción artificialmente

propuesta para reafirmar todavía más enérgicamente la necesidad de las obras. Sin

embargo, mejor que una objeción, es más natural ver aquí una especie de desafío lanzado contra

aquel que cree, pero que no hace electiva su fe con obras de caridad. El desafiado pretende disociar

fe y obras, como si pudiesen subsistir separadas, como si fuesen carismas del mismo valor

y perfectamente intercambiables. El autor sagrado le responde que pruebe la existencia de esa fe

que no tiene obras. La fe con obras, en cambio, manifiesta palpablemente su existencia74.

Esta interpretación ve en la frase άλλ'έρεΐ τιβ, con que empieza el versículo, una confirmación

de la doctrina expuesta. Por lo tanto, άλλα no es adversativa, sino enfática o confirmativa,

como en Jn 16:2; 1 Cor 7:21; 2 Cor 7:11. Santiago diría al que se gloriaba de la fe sin las

obras: Te invito a mostrarme tu fe sin obras. Esto no lo podrás hacer, porque la fe, siendo algo

interior, no puede verse o comprobarse, a no ser que se manifieste al exterior mediante las obras.

Yo, en cambio, que tengo obras, puedo mostrarte mi fe, pues de ella proceden esas obras, como

el fruto del árbol75.

Éstas preguntas y respuestas, formuladas a la manera de la diatriba griega, se ordenan a

demostrar que la fe no puede ser atestiguada más que por las obras.

19 ¿Tú crees que Dios es uno? Haces bien. Mas también los demonios creen y tiemblan”

Creer en Dios es una cosa buena; y la fe, incluso la informe o muerta que permanece en el pecador,

es también algo muy bueno y excelente, por ser un hábito sobrenatural infuso, que no se

pierde a no ser por un acto de incredulidad o apostasía. Pero a esta fe le falta una condición necesaria:

las obras.

El monoteísmo constituía la base de la fe judía, que incluía, además, todos los misterios

revelados por Dios. Las cristiandades primitivas también hicieron del monoteísmo el primer artículo

de su nueva fe 76. Santiago también se muestra fuertemente teocéntrico, sin disminuir la importancia

de Jesucristo 77. Este carácter arcaico de la teología de Santiago confirma la antigüedad

de su epístola, anterior a las cartas de San Pablo.

Santiago aduce en el V.19 un argumento decisivo contra el objetante. La fe puramente intelectual

y teórica no es la fe que salva, como lo prueba el ejemplo de los demonios. Estos también

creen, en cierto sentido, es decir, son constreñidos a creer por la evidencia de ciertos motivos

de credibilidad. Y, sin embargo, su fe no posee eficacia alguna salvadora, porque está privada

de buenas obras. Les sirve, por el contrario, para mayor tormento, pues saben que Dios es justo

e inmutable en sus decretos y que nunca podrán librarse de las manos justicieras de Dios. En

este sentido, la fe de los demonios es comparable a la fe muerta de los cristianos, la cual no les

podrá salvar. Santiago no intenta afirmar la semejanza de la fe del cristiano con la fe de los de5307

monios, sino que habla de la semejanza en cuanto a los efectos. Del mismo modo que la fe de los

demonios no les aprovecha en nada para librarse de su condenación, así también la fe sin obras

del cristiano no le valdrá para salvarse 78.

Los demonios creen en nuestros misterios no por un hábito de fe sobrenatural, como sucede

en los cristianos, sino forzadamente, por la evidencia de los signos de credibilidad con los

cuales ha sido confirmada por Dios.

El temblor de los demonios parece recordar aquellos casos de exorcismos narrados por

los evangelios, en que los demonios se veían forzados a abandonar a los posesos por mandato de

Jesús 80. También los cristianos que, teniendo fe, no la hacen efectiva mediante las obras, deberían

temblar y estremecerse, porque con ella no se podrán salvar.

La prueba de la Sagrada Escritura, 2:20-26.

20 ¿Quieres saber, hombre vano, que es estéril la fe sin las obras? 21 Abraham, nuestro

padre, ¿no fue justificado por las obras cuando ofreció sobre el altar a Isaac, su

hijo? 22 ¿Ves cómo la fe cooperaba con sus obras y que por las obras se hizo perfecta

la fe? 23 Y cumplióse la Escritura que dice: Pero Abraham creyó a Dios, y le fue imputado

a justicia y fue llamado amigo de Dios. 24 Ved, pues, cómo por las obras y no

por la fe solamente se justifica el hombre. 25 Y, asimismo, Rahab la meretriz, ¿no se

justificó por las obras, recibiendo a los mensajeros y despidiéndolos por otro camino?

26 Pues como el cuerpo sin el espíritu es muerto, así también es muerta la fe sin

las obras.

El autor sagrado pasa ahora a dar el argumento decisivo, tomado de la Sagrada Escritura. Supone

que el interlocutor todavía no está convencido, y acude a la prueba definitiva. La Biblia era para

el judío como para el cristiano, la palabra de Dios, y su autoridad no tiene réplica. La brusca interrogación

con que comienza da mayor vivacidad al estilo. Santiago dice al que todavía duda: Si

quieres ver que la fe sin las obras es estéril 81, no tienes más que considerar el ejemplo de Abraham

y de Rahab.

El ejemplo de Abraham era el más eficaz para convencer a un judío-cristiano. Este patriarca

era, en la tradición judía, el prototipo del creyente, el padre de la fe. Santiago recuerda el

sacrificio de Isaac como la obra por excelencia que atestigua la fe y la justicia de Abraham. La

fidelidad del patriarca fue tanto más admirable cuanto que la prueba fue más dura. Por eso, toda

la literatura judía celebra su fidelidad 82. También en el Nuevo Testamento Santiago y San Pablo

evocan el ejemplo de Abraham para indicar las exigencias de la fe 83. San Pablo alaba principalmente

su fe; Santiago se fija sobre todo en su obediencia, que era la manifestación y el fruto de

su fe.

En la literatura judía, el sacrificio de Isaac era el punto culminante de las pruebas sufridas

por Abraham. Esta fue la obra que le mereció de un modo especial la justificación: Abraham fue

justificado por las obras (v.21). Sin embargo, Santiago no quiere decir que en aquel momento

obtuviera la justificación inicial. Esta es ya supuesta en Abraham por el mismo libro del Génesis

84. Además, en todo este pasaje de nuestra epístola nunca se habla de la justificación inicial. El

autor sagrado habla más bien de un aumento de la justificación que ya poseía. Se hizo más justo,

como enseña el concilio de Trento85. Abraham fue sometido a una terrible prueba y obedeció.

Esta obediencia le mereció una mayor justificación, y, al mismo tiempo, el reconocimiento, por

parte de Dios, de su justicia 86.

La fe puede ser perfeccionada por las obras. Y éstas a su vez pueden mostrar la buena ca5308

lidad de la fe. Son como el complemento necesario de ella. Mas la fe confiere a las obras tal dignidad,

que hacen al hombre grato a Dios; y, al mismo tiempo, la fe recibe de las obras su consumación

y perfección. En Abraham, la fe fue inseparable de las obras. La idea del v.22 es la unión

de la fe y de las obras. Abraham no fue reconocido justo por Dios a causa de la fe sola, porque la

fe sola es fe muerta; ni por las obras solas, porque éstas suponen la fe que las inspira, sino por la

unión de ambas 87.

La conducta ejemplar de Abraham y su fe, unida a una obediencia ciega, explican por qué

Dios se lo imputó como justificación y por qué la Sagrada Escritura exalta su santidad: Creyó

Abraham, y le fue imputado a justicia y fue llamado amigo de Dios (v.23). La cita está tomada de

Gen 15:6, según la versión de los LXX. La última frase no se encuentra en el Génesis, sino en Is

41:8, en 2 Crón 20:7 y en Dan 3:35. Posteriormente se convirtió en una fórmula corriente entre

los judíos, cristianos y árabes para designar a Abraham, el amigo de Dios: Jalil Allah, como dicen

los árabes hoy día. De aquí procede el nombre que los árabes dan a la ciudad de Hebrón —

en donde Abraham vivió, murió y fue enterrado — : El-Jalil.

Santiago saca a continuación la conclusión del argumento escriturístico, tomado del

ejemplo de Abraham. Viene a ser como la respuesta directa al v.20: Ved cómo por las obras y no

por la fe solamente se justifica el hombre (v.24). El autor sagrado quiere decir que el hombre es

justificado por la fe unida a las obras. La fe es necesaria, pero no basta para salvarse. Debe

darse la unión de la fe y de las obras para ser agradable a Dios y poder salvarse.

Santiago admite, como San Pablo, que la justificación se opera por la fe, pero no por la

sola fe, que entonces resultaría muerta (v.17) e incapaz de producir la vida de la gracia que se

confiere en la justificación. La fe debe ir acompañada de obras de caridad, es decir, no ha de ser

puramente intelectual y teórica, sino que ha de ir informada por la caridad 88.

La conclusión de Santiago podrá parecer contraria a la de San Pablo en la epístola a los

Romanos 3:28. Sin embargo, si examinamos de cerca la mente de ambos autores, veremos que

no hay contradicción ninguna.

La justicia de que se habla aquí ha de ser entendida en el sentido de perfección moral 89.

La justificación es aquí la complacencia de Dios por el exacto cumplimiento de sus órdenes; es la

amistad y el beneplácito del Señor. San Pablo dirá, a propósito del ejemplo de Abraham, que no

es la materialidad de las obras lo que hace merecer delante de Dios, sino la actitud del alma que

se somete enteramente a Dios y está siempre dispuesta a obedecer. Esto presupone una fe viva

unida a la caridad 90. Por su parte, Santiago dice que lo que agrada a Dios no es la fe muerta, sino

la que implica el cumplimiento de las leyes más penosas y las obras de caridad, que la vivifican.

La fidelidad manifestada en la prueba es la que indica la buena cualidad de la fe. Santiago quiere

simplemente mostrar cómo la actitud ejemplar del patriarca ha contribuido a aumentar en su favor

la amistad divina.

Las tesis de San Pablo y de Santiago no son contradictorias, sino que más bien ambas enfocan

la cuestión en sentido inverso 91. Porque cuando San Pablo habla de la fe que justifica, se

refiere a la fe informada por la caridad, a la fe viva. En cambio, Santiago, al hablar de, que la fe

sin las obras no puede salvar, alude a la fe muerta, es decir, al simple asentimiento de la inteligencia

a la autoridad de Dios revelante. Para San Pablo, las obras que no justifican son especialmente

las observancias de la Ley mosaica; para Santiago, en cambio, las obras que salvan son las

de la ley perfecta de la libertad, las obras buenas que siguen a la justificación. El concilio Tridentino

enseña que la fe, cuando no lleva unidas la esperanza y la candad, no une perfectamente a

Cristo y no hace miembro vivo de su Cuerpo místico 92.

En el v.25, Santiago cita otro ejemplo tomado del libro de Josué 93. Se trata de Rahab la

5309

cortesana, mujer cananea, que de pecadora se hizo agradable a los ojos de Dios gracias a su fe,

unida a sus obras. Por el libro de Josué sabemos que Rahab salvó la vida de los espías hebreos

enviados por Josué porque había creído que Yahvé era el verdadero Dios del cielo y de la tierra y

que había entregado la tierra de Canaán en manos de los israelitas. Su fe era viva, activa, unida a

las obras de caridad en favor de aquellos perseguidos. Su fe se manifiesta en las obras que realizó

94. A causa de sus obras, unidas a la fe, Rahab obtuvo el perdón y la justificación, haciéndose

agradable a los ojos de Dios. Esto le mereció ser incorporada al pueblo de Dios 95 y ser contada

entre los antepasados del Mesías 96, de la misma manera que Tamar, Rut, Betsabé. Rahab, que

los judíos consideraban como el prototipo de los prosélitos, fue también para los cristianos un

modelo de fe 97.

Santiago concluye todo lo que ha dicho desde el v.14 mediante una comparación: la fe sin

las obras es muerta, del mismo modo que el cuerpo sin alma (v.26). El cuerpo sin la ruah, es decir,

sin el soplo vital, se convierte en un cuerpo muerto. Otro tanto sucede con la fe disociada de

las obras de caridad: se convierte en una fe muerta, sin alguna eficacia salvadora. Como el

πνεύμα 98 coopera con el cuerpo para vivificarlo, así las obras cooperan con la fe para darle virtud

salvadora. No se deben urgir demasiado los términos de la comparación ni tratar de investigar

por qué la fe se equipara al cuerpo, y las obras al espíritu. Santiago quiere describir gráficamente

la inseparabilidad de la fe y de las obras. La fe que no va unida con las obras es semejante

al cuerpo del cual desaparece el espíritu, se muere.

1 Sant 2:1-13. — 2 Sant 1:2-12. — 3 Cf. 1 Cor 2:8. — 4 El término sinagoga, empleado aquí, puede significar la asamblea o el local

donde se reúne la asamblea (Act 9:2; Mt 4:23; 6:2.5; 9:35)· La Vulgata lo ha entendido en el primer sentido: “conventus.” La distinción

entre ecclesia y sinagoga en las comunidades cristianas se fue haciendo poco a poco, pues aún en el siglo II se emplea la

expresión sinagoga para designar las asambleas cristianas: San Ignacio M., Ad Polycarpum 4:2; Hermas, Mand. 11:9; Constitutiones

Apostolicae 3:6. — 5 1 Sam 16:7. — 6 Am4,i; 5:10-15; 8:4-7; Is 1:17.23; 5:20-23; Miq 3:9-12. — 7 Lev 19:15; Dt 1:17;

16:19. — 8 Prov 18:5; 24:23; Sal 82:2; Eclo 12:1. — 9 Le 6:24; 16:19-31; 18:24-25. — 10 Is 11:3-5. — 11 Mt 5:3; 11:28. — 12

Mt 22:16. — 13 J. Chaine, o.c. p.43-44. — 14 1 Cor 1:26ss. — 15 2 Cor 6:10; 8:9; Ap 2:9. — 16 Mt 13:22; Mc 10:23; — 17 1

Tim 6:93. — 18 1 Sam 2:8; Sal 113:7; Lc 1:52. — 19 Jn 4:46-54. — 20 Mt 8:5-13. — 21 Mt 5:3ss; 19:16-30. — 22 14:21. — 23

Sant 5:4. — 24 Gf. 1 Cor 6:1-11. — 25 Cf. Mt 20:25. — 26 Am 4:1; 8:4; Jer 7:6; Zac 7:10; Sab 2:10; Mc 12:40. — 27 Flp 2:9. —

28 Act 2:38; 8:16; 10:48. — 29 2 Sam 12:28; Am 9:12; Is 4:1; 43:7; Jer 32:193. — 30 Act 4:12; Flp 2:9. — 31 Mt 22:40. — 32

Cf. Rom 13:8-10; — 33 Gal 5:14. J Cf. Ap 17:14; 19:16. — 34 Cf. A. Deissmann, Licht von Osten 4 ed. p.310. — 35 19:18. —

36JLc 10:25-3? — 37 19:15 — 38 Dt 1:17. — 39 Dt 16:19-20. — 40 Cf. Dt 27:26; Gal 3:10; 5:3- — 44 o.c. p.123, y en VD 19

(1939) 29-30. — 45 Epist. 167: PL 33:733ss. — 41 Sabbath 70:2. — 42 J. Chaine, o.c. p.53. — 46 SantTomás De Aciuino, Suma

Teológica 1-2 q.73 a.1; cf. 2-2 q-5 a.3 ad 3. — 47 Cf. D 366. Véase también De Ambroggi, o.c. ρ·44· — 48 Sant 5:1. — 49 Mt

6:14-15; 18:21-35; 25:34-46. — 50 Mt 18:23-35. — 51 Mt 25:34-46. — 52 Jer 9:24. — 53 J. Chaine, o.c. ρ.54· — 54 Mt 5:7. —

55 Mt 6:143. — 56 Miq 6:8; — 57 Eclo 28:2ss. — 58 Tob 4:7-12; — 59 Mt 7:2. — 60 1 17:5 22'22S· San Agustín, Sermo de

Epístola lacobi 2:10; cf. A. Wilmart, Un sermón de Sí. Augustin ' la chanté: Rev. d'Ascétique et Mystique n (1921) 351-372. — 61

H. Willmering, Epístola de Santiago, en Verbum Dei IV (Barcelona 1959) P-4H· — 62 Mt 7:21. — 63 LC 12:47. — 64 Gal 5:6;

cf. Rom 2:6; 8:2-5; Gal 5:19-25; 6:10-16. — 65 Cf. 1 Jn3,17s. 69 Mt6:25- — 66 Mt 25:31-46. — 70 1 Tim6:8. JJ Is 58:6-7. — 71

cf. Mt 7:21.24.25; Lc 6:46; 12:47. 58 Le 3:11. — 72 Ses.óc.6: D 800. — 73 Cf. De Ambroggi, o.c. p.45s. — 74 Cf. Mt 5:16. Véase

A. Charue, o.c. p.4io. — 75 teófilo garcía de orbiso, o.c. p. 131-132. — 76 Cf. Hermas, Mand, 1:1-2. — 77 A. Charue, o.c.

p.4io. — 78 A. Valensin, La foi des démons: RSR 9 (1919) 381ss; A. Stolz, Der Daemonenglaube: otudia Anselmiana i (1935)

21-28; J. Beumer, Et daemones credunt, lac 2:19: Ein Beitrag *ur positive Bewertung der “fides m/ormís”; Gregorianum 22

(1941) 231-251. — 79 Suma Teológica 2-2 q.5 a.2. — 80 Mt 8:29; Me 1:34; 5:6-7; cf. Lc 10:18; Jn 12:31; 2 Pe 2:4; Jds 6; Ap

12:7-12. En un Papiro mágico del año 300 d.C. también se habla del temblor de los demonios, empleando una expresión parecida

a la de Santiago. Véase A. Deissmann, o.c. p.21735. — 81 Los mejores códices, BSC, 323, ff, s; las versiones Sah. y Arm., y muchos

mss. de la Vulgata leen αργή = estéril, ocioso. Los demás códices tienen νεκρά = “mortua” (Vg), que debe de ser una corrección

armonística en conformidad con los v.17 y 26. — 82 Cf. Eclo 44:19-21; Sab 10:5; i Mac 2:52; jubileos 17:18; Filón, Quod

Deus immut. 4. Textos rabínicos se pueden ver en Strack-Billerbeck, o.c. III p. 186-200. — 83 Rom 4:16-21; Gal 3:6-9. — 84

15:6. — 85 Ses.6 can.ίο y can.24.32: D 803. 86 Gen 22,12.16s. — 87 J. chaine, o.c. p.67; Teófilo García De Orbiso, o.c. p.136. — 88

Cf. Teófilo García De Orbiso, o.c. p.13? — 89 Cf. Mt 5:20; Lc 1:75. — 90 Rom 4:16-21; Gal 3:6-9. — 91 A. Charue, o.c. p-411. — 92

Ses.6 can.7: D 800. Cf. De Ambroggi, o.c. p.so. Sobre la cuestión de la justificación en Santiago y en San Pablo, véanse P.

Schanz, Jakobus und Paulus: Tübingen Theol. Quart. 62 (1880) 3-46.247-286; B. Bartmann, Pauíus und Jakobus über die Rechtfertigung:

BS 2 (1897) X-164; Menegoz, Étude comparative sur Venseignement de Paul et de Jacques sur la justification par la

foi: Études de Théol. et d'Hist. (1901) 121-150; E. Tobac, Le probléme de la justification dans S. Paul et dans S. Jacques: Rev.

d'Hist. Eccl. 22 (1926) 797-805; ID., Le probléme de la justification dans S. Paul (Lovaina 1908); ID., La “Difeaíosime” Theou

dans S. Paul: Rev. d'Hist. Eccl. 9 (1908) 5-18; F. PRAT, La théologie de S. Paul (París 192715) vol.i p.212-214; J. Vosté, Studía

Pauíina 5: De iustificatione per fidem (Roma 19412) p.93-109; Teófilo García De Orbiso, o.c. p.139-149; E. Lohse, Glaube und

Werke zur Théologie des Jakobus: ZNTW (1957) 1-22. — 93 2:9-11. — 94 Cf. Heb 11:31. — 95 Jos 6:17-25. — 96 Mt 1:5. —

5310

97 Heb 11:31; i Clementis 12:1. — 98 Acerca del significado de ττνευμα-Ruah, véase VAN IMSCHOOT, L'action de l'esprit de Jahvé dans l'A. T.:

RSPT 23 (1934) 554ss.

Capitulo 3.

Dominio de la Lengua, 3:1-12.

Las instrucciones y exhortaciones que siguen no tienen ningún nexo especial y directo

con lo que antecede. Recuerdan, sin embargo, lo que ya había dicho el autor sagrado en 1:19.26;

2:12. Santiago enseña que todos los cristianos deben refrenar la lengua, pero principalmente los

maestros 1, los cuales han de ejercitar su ministerio docente mediante la lengua 2 y han de procurar

que sus palabras estén llenas de sabiduría y de prudencia 3. De ahí que el autor sagrado trate

de refrenar la ambición de los cristianos de querer erigirse en maestros de los demás. El oficio de

enseñar está lleno de peligros por la dificultad en custodiar la lengua. Las faltas de la lengua

pueden ser causa de un juicio más severo por parte de Dios.

Responsabilidad del que enseña, 3:1-2.

1 Hermanos míos, no seáis muchos en pretender haceros maestros, sabiendo que seremos

juzgados más severamente, 2a porque todos ofendemos en mucho.

Santiago no quiere que haya entre los cristianos, a los cuales se dirige, muchos maestros (v.1).

Parece como si quisiera reaccionar contra la búsqueda ambiciosa del título de maestro. Es bien

conocido el prestigio de que gozaban los rabinos entre los judíos. Tenían la aureola del sabio y

del escriba4, eran colmados de honores. También la Iglesia naciente tuvo sus didascalos 5. Pero

los apóstoles tuvieron que combatir en las comunidades cristianas la ambición de querer erigirse

en doctores. Ya desde los primeros tiempos de la Iglesia se dieron abusos entre los didáscalos,

sobre todo entre los didáscalos de origen judío. Estos se ponían a predicar sin estar suficientemente

instruidos, o bien predicaban doctrinas no del todo conformes con la fe de Cristo 6, con las

cuales sembraban el desconcierto en la Iglesia 7. Santiago aconseja aquí a sus lectores que no se

complazcan en los títulos 8. El maestro sera juzgado mas severamente, pues tendrá que responder

de la enseñanza dada, y además pesará sobre él la obligación de cumplir mejor su deber, por conocerlo

con mayor perfección que los demás. Los doctores judíos parece que se preocupaban

más de enseñar la virtud que de practicarla 9.

Por otra parte, hay que tener en cuenta, observa el autor sagrado, que todos ofendemos en

mucho (v.2a). Santiago expresa aquí un principio universalmente admitido, y que la Sagrada Escritura

recuerda con frecuencia: nadie puede decir que no tiene pecado 10. El libro de los Proverbios

(24:16) afirma que “el justo cae siete veces al día.” Y San Juan en su primera epístola (1:8)

hace esta advertencia: “Si dijéramos que no tenemos pecado, nos engañaríamos a nosotros mismos

y la verdad no estaría en nosotros.” No hay nadie que no tenga que decir muchas veces el

Padre nuestro pidiendo perdón de nuestras deudas n. El concilio Tridentino ha definido que es

imposible evitar el pecado venial por toda la vida sin un privilegio especial de Dios 12.

Peligros y excelencia de la lengua, 3:2-12.

2 Si alguno no peca de palabra, es varón perfecto, capaz de gobernar con el freno todo

su cuerpo. 3 A los caballos les ponemos freno en la boca para que nos obedezcan,

5311

y así gobernarnos todo su cuerpo. 4 Ved también las naves, que, con ser tan grandes

y ser empujadas por vientos impetuosos, se gobiernan por un pequeño timón a voluntad

del piloto. 5 Así también la lengua, con ser un miembro pequeño, se atreve a

grandes cosas. Ved que un poco de fuego basta para quemar todo un gran bosque. 6

También la lengua es un fuego, un mundo de iniquidad. Colocada entre nuestros

miembros, la lengua contamina todo el cuerpo, e, inflamada por el infierno, inflama

a su vez toda nuestra vida. 7 Todo género de fieras, de aves, de reptiles y animales

marinos es domable y ha sido domado por el hombre; 8 pero a la lengua nadie es capaz

de domarla, es un azote irrefrenable y está llena de mortífero veneno. 9 Con ella

bendecimos al Señor y Padre nuestro, y con ella maldecimos a los hombres, que han

sido hechos a imagen de Dios. 10 De la misma boca proceden la bendición y la maldición.

Y esto, hermanos míos, no debe ser así. 11 ¿Acaso la fuente echa por el mismo

caño agua dulce y amarga? 12 ¿Puede acaso, hermanos míos, la higuera producir

aceitunas, o higos la vid? Y tampoco un manantial puede dar agua salada y agua

dulce.

Entre todos los pecados, los cometidos con la lengua son los más frecuentes y los más difíciles

de evitar. Por eso los cristianos no han de ser fáciles en constituirse en maestros, pues el que enseña

está expuesto más que ningún otro a pecar con la palabra. El que no peca de palabra, es varón

perfecto (v.2b), porque el dominio de la lengua es un signo de fuerza moral y de santidad que

dispone al hombre para afrontar victoriosamente todas las tentaciones. Dominar la lengua es una

de las cosas más difíciles. Por eso el que logre dominarla podrá dominar también todos los movimientos

desordenados, pues el que hace lo más difícil podrá hacer también lo más fácil. Del

mismo modo que la transgresión de un solo mandamiento hacía pecar contra toda la Ley 13, así

también el dominio de la lengua permitirá el dominio de todo el cuerpo. El cuerpo es considerado

aquí como el conjunto de los miembros de los que el hombre se sirve para obrar bien o mal.

Las benéficas consecuencias del freno de la lengua se manifestarán en toda la conducta de la persona.

Santiago sigue en esto a la tradición sapiencial judía, que estigmatiza tan frecuentemente

los pecados de la lengua 14.

La sentencia expresada en el v.2b es confirmada con dos ejemplos (v.3-5a): Lo mismo

que el jinete guía, mediante el freno, el caballo y lo conduce a donde quiere, aunque sea más

fuerte que él; y las grandes naves son guiadas por un pequeño timón no obstante la fuerza del

viento, así también por medio del dominio de la lengua, que es un pequeño miembro del cuerpo,

el hombre modera y gobierna todo su cuerpo. El autor sagrado da realce a la desproporción entre

la pequeñez del miembro, que es la lengua, y la influencia enorme que ejerce en la vida del hombre.

Este gran poder de la lengua — a causa de la naturaleza viciada de la humanidad — inclina

al hombre con mayor frecuencia al mal que al bien. La lengua puede corromperlo y destruirlo

todo.

El poder nocivo y destructivo de la lengua es semejante al del fuego (v.5b-6). Una débil

chispa, un poco de fuego 15, puede causar grandes incendios y destruir todo un bosque. También

la literatura sapiencial compara la lengua a carbones ardientes, y las palabras a saetas inflamadas

16. La lengua es, como la chispa, insignificante e inofensiva en apariencia, pero puede causar

grandes daños. Por medio de ella pueden encenderse, fomentarse y satisfacerse las más bajas pasiones.

De este modo la lengua puede contaminarnos y destruir toda nuestra vida con su fuego

devastador, porque la fuente del poder nocivo de la lengua es el infierno 17, el mismo demonio.

La lengua es todo un mundo de iniquidad, ya que es el instrumento y la ocasión de toda clase de

5312

mal. La mayor parte de los crímenes son preparados, ejecutados y defendidos con la lengua, como

afirma San Beda ™.

La lengua la tenemos entre nuestros miembros como un pequeño mundo de iniquidad,

como una fuerza moral corruptora, como un productor de veneno, que puede contaminar todo

nuestro cuerpo 19. Pero no sólo es veneno, sino también fuego que es atizado en el infierno y

puede inflamar el ciclo de la vida humana. La expresión τον τροχόν της γενέσεως: “rotam nativitatis”

(Vulgata), tiene cierta dificultad, ya que τροχός puede tomarse en el sentido de rueda o de

carrera, curso (de la vida). Las versiones antiguas y los antiguos comentaristas se inclinan por el

significado de rueda. Pero rueda significaría aquí no el mundo, que tanto entre los griegos como

en la literatura rabínica es comparado a una rueda en perpetuo movimiento, sino la sucesión de

las diversas etapas de la vida humana, el desarrollo de un destino, de una vida en sus etapas sucesivas

20. La literatura órfica y pitagórica habla también de la rueda o del ciclo de la vida21.

Santiago enseña que la lengua tiene el terrible poder de incendiar, de comprometer moralmente

toda la existencia humana.

Además, la lengua, con tanto poder maléfico, es sumamente difícil de domar. El hombre

ha encontrado el medio de domar toda clase de bestias (v.7) 22, pero a la lengua nadie es capaz

de domarla (v.8). La lengua es un azote irrefrenable, un mal sin reposo 23, un adversario siempre

agitado, que es sumamente difícil de domar. Bajo el estímulo de las pasiones se agita continuamente,

diciendo despropósitos. Está llena de veneno mortífero, que infecta y mata 24. La literatura

cristiana aplicará muy pronto esta imagen a los doctores heréticos, que mezclan con el buen

vino su veneno mortífero 25.

Si el hombre, que es poderoso para someter a su imperio todos los seres de la creación,

no puede domar la lengua, esto se explica por el hecho de que la lengua no es sólo un miembro

humano, sino también el instrumento y la sede infernal de la malicia (cf. v.6).

La lengua es tan inestable e irrefrenable, que con frecuencia comete monstruosas contradicciones.

Con ella los hombres bendicen al Señor, a nuestro Padre celestial, en las funciones

litúrgicas y en las oraciones privadas. Pero al momento la emplean también para maldecir a los

hombres, que han sido hechos a imagen de Dios (v.8). Esta manera de obrar es tanto más grave

cuanto que maldecir al hombre — hecho a imagen de Dios 26 — es maldecir la imagen del mismo

Dios, maldecir algo de Dios mismo. Y, por lo tanto, se viene a contradecir las alabanzas que

se le habían tributado. La afirmación del autor sagrado tiene sentido general. Sin embargo, tal

vez deje entrever que los judíos convertidos al cristianismo se resentían de su origen y eran muy

inclinados a maldecir al prójimo 27.

El doble uso de la lengua no es moral. Servirse de la misma lengua para bendecir y maldecir

es una monstruosidad que no tiene término de comparación en la naturaleza, como lo demuestran

tres ejemplos aducidos por el autor sagrado (v. 11-12). Una fuente no echa por el mismo

caño agua dulce y amarga; ni la higuera puede producir aceitunas (Vulgata: uvas), ni la vid

higos; ni tampoco un manantial dar a la vez agua salada y dulce. Estas imágenes, tomadas de la

vida campestre de Palestina 28, manifiestan un claro contraste entre la armonía de la naturaleza y

el desorden existente en el uso de la lengua. La aplicación es evidente: es necesario hacer desaparecer

ese desorden, esa monstruosidad de la lengua, haciendo buen uso de ella.

La fuerza de la comparación de la primera imagen no se pone en la salida simultanea de

agua dulce y amarga, como piensa algún autor (Meinertz), sino en el hecho que del mismo caño,

aunque en diverso tiempo, salga agua dulce y amarga. De igual modo, la deformidad de la lengua

no está en que a la vez profiera palabras contrarias, lo que sería imposible, sino en que la misma

lengua, en tiempos diversos, pronuncie cosas contradictorias 29.

5313

Los V.9-11 son aducidos por el Catecismo Romano (3:9:20) para estigmatizar los daños

producidos por la mentira.

Verdadera y falsa sabiduría, 3:13-18.

En la segunda parte del capítulo 3, el autor sagrado expone las cualidades que debe tener

la sabiduría del maestro. Es difícil cumplir la misión de maestro, a causa de la facilidad con que

la lengua desbarra. Sin embargo, este mal connatural puede ser superado por una conveniente

preparación del alma por medio de la verdadera sabiduría. Esta es la razón de que el autor sagrado

pase del abuso de la lengua a hablar de los peligros de la falsa sabiduría.

13 ¿Quién de entre vosotros es sabio e inteligente? Pues muestre con sus obras y conducta

su mansedumbre y su sabiduría. 14 Pero, si tenéis en vuestros pechos un corazón

lleno de amarga envidia y rencilloso, no os gloriéis ni mintáis contra la verdad;

15 que no será sabiduría de arriba la vuestra, sino sabiduría terrena, animal, demoníaca.

16 Porque donde hay envidias y rencillas, allí hay desenfreno y todo género de

males.

Del mismo modo que los árboles manifiestan su naturaleza por medio de sus frutos (v.1z), así

también la verdadera sabiduría es conocida por la conducta de los individuos. El verdadero

maestro no es el que se contenta con conocer las verdades divinas, sino el que sabe dominar sus

pasiones, observa una conducta irreprensible y está lleno de aquella mansedumbre (v.13) que es

propia de la verdadera sabiduría 30.

Si, pues, la mansedumbre es propia de la verdadera sabiduría, es evidente que no serán

sabios ni poseerán la auténtica sabiduría los que tienen un corazón lleno de amarga envidia y

rencilloso (v.14). La falsa sabiduría procede del orgullo y no de la gracia divina 31. No es de

arriba, sino totalmente terrena por su origen, animal y demoniaca (v.15), porque es opuesta al

don supremo del Espíritu Santo y proviene del padre de la mentira 32. La oposición entre animal

y espiritual es también frecuente en San Pablo 33.

Donde hay envidias y rencillas, allí habrá desenfreno (Vulgata: “inconstante”) 34; todo

género de males (v.16), como lo demuestra la experiencia. El desorden moral se opone al orden

establecido por el Dios de la paz 34. La verdadera sabiduría, fundada en la caridad, une a los cristianos;

en cambio, la sabiduría diabólica, movida por la envidia y el desorden, será causa de toda

clase de males. Por eso decía San Pablo a los fieles de Corinto: “Si, pues, hay entre vosotros envidias

y discordias, ¿no prueba eso que sois carnales y vivís a lo humano?” 35; es decir, muestran

que carecen de la verdadera sabiduría y se rigen por la que es terrena, animal y diabólica.

Por el modo de hablar se ve que Santiago se refiere a la sabiduría práctica, que ordena toda

la vida según las normas de la rectitud y de la justicia. De esta sabiduría se habla con frecuencia

en los libros Sapienciales.

Cualidades de la sabiduría que viene de Dios, 3:17-18.

17 Mas la sabiduría de arriba es primeramente pura, luego pacífica, modesta, indulgente,

llena de misericordia y de buenos frutos, imparcial, sin hipocresía, 18 y el fruto

de la justicia se siembra en la paz para aquellos que obran la paz.

La verdadera sabiduría se opone, por su origen, sus atributos y sus frutos, a la falsa sabiduría. El

5314

texto griego nos habla de siete cualidades de la verdadera sabiduría; la Vulgata, en cambio, tiene

ocho. La sabiduría de arriba, es decir, la que procede de Dios, es ante todo pura (v.17), libre de

todo movimiento pasional y de todo principio de error y de pecado. No puede entrar en el alma

malévola ni en el cuerpo que es siervo del pecado, porque es una emanación del mismo Dios 36.

Es pacífica, porque aporta la paz y conduce a ella 37. En esto se diferencia de la falsa sabiduría,

que se deleita en los litigios y en las rivalidades. Es indulgente 38 para con los inferiores, dócil a

las razones de los demás, y, por lo tanto, no soberbia ni caprichosa 39. La verdadera sabiduría está

llena de misericordia para con los pobres y afligidos, y de buenos frutos, es decir, de obras de

caridad40. Es imparcial, o sea que no hace distinción ni tiene acepción de personas41, y sin hipocresía,

porque obra con sinceridad, no para complacer a los hombres, sino a Dios 42.

La sabiduría de que nos habla Santiago es, pues, eminentemente práctica, puesto que

conduce a la observancia de las virtudes cristianas. Este cuadro que nos presenta el autor sagrado

de la sabiduría recuerda el elogio de la caridad hecho por San Pablo en 1 Cor 13:15s.

Para terminar esta instrucción, Santiago invita a la práctica de la verdadera sabiduría, la

cual produce la justicia en la paz (v.18). En cambio, la envidia y las rencillas son fuente de toda

clase de males, con los cuales es violada la justicia. Por eso únicamente las almas pacíficas podrán

poseer la verdadera sabiduría43, pues la sabiduría siembra los frutos de la justicia en beneficio

de los pacíficos, es decir, de aquellos que buscan la paz.

1 Sant 5:1. — 2 Sant 3:2-12. — 3 Sant 3:13-18. — 4 Eclo 38:24-39:11; Sab 8:10ss. — 5 Gf. 1 Cor 12:28; Ef 4:11. — 6 Gal 2:12; Rom

2:17-24; 1 Tim 1:3-7; Tit 1:10-14. — 7 Act 15:24. — 8 Cf. Mt 23.8. — 9 Cf.Mt 23:3;Rom 2. — 10 Re 8:46; Prov 20:9; Sal 19:13;

Job 4:17-19; Eclo 19:16; Ecl 7:20; Rom 3:9-18; 1 Cor 4:4. — 11 Mt 6:12; Le 11:4. — 12 Ses.6c.23: D 833. El verbo griego

πταίειν (Vulgata: offendere) significa “resbalar, tropezar, caer,” o sea, “pecar.” — 13 Sant 2:10. — 14 Prov 10:11-32; 13:3; 15,iss;

18:21; 21:23; Sal 32:9; 39:2; 141:3; Eclo 5:11-6:1; 14:1; 19:6-9; 28:13-26; cf. Mt 12:3633. — 15 El griego tiene ήλίκον πυρ =

“quantus ignis” (Vulgata). Sin embargo, hay bastantes códices que tienen ολίγον = parvus, y, según San Beda, muchos códices latinos

leían: “ecce modicus ignis.” Con todo, los críticos prefieren ήλίκον, que, si bien designa ordinariamente grandeza, no obstante

se emplea también en los autores profanos con el sentido de Pequeño, exiguo. Cf. J. Chaine, o.c. p.81-82. — 16 Prov 16:27;

26:18; Sal 120:3-4; Eclo 28:22ss. — 17 La Gehenna (hebr. = Ge-Hinnom) fue primitivamente un valle situado en la parte,ur de

Jerusalén (Jos 18:16; Neh 11:30). Bajo la monarquía israelita se hicieron en él sacri-ncios humanos (2 Re 21:6; 23:10; Jer 7:31;

32:35), por lo cual se convirtió en un lugar maldito εη donde se arrojaban los desperdicios e inmundicias de la ciudad, prendiéndoles

fuego. £<sto dio ocasión a que se le considerase como una imagen del infierno. — 18 Expositio super Divi lacobi Epistolam:

PL 93:27. — 19 Cf. Mt 15:11.19. — 20 A. Charue, o.c. p.416. Robertson, en The Expos. Tim 39 (1927-1928) 333, propone cambiar

la letra X de τροχόν en TT, y lee: τον τρόπον τήβ γενέσεως, que daría un sentido aceptable: “la lengua inflama la disposición

natural del hombre.” — 21 J. Ghaine, o.c. p.8a. — 22 Las especies de animales son distribuidas en cuatro grupos según la clasificación

que era ya tradicional entre los judíos, y que se encuentra en Gen 9:2 y en Dt 4:17-18. El imperio del hombre sobre la creación

alude también a un texto bíblico (Gen 1:26; cf. 9:2; Sal 8:6-8; Eclo 17:4). La Vulgata omite ios peces, poniendo en su lugar et

ceterorum, que probablemente es una corrupción de cetorum o cetum, genitivos plur. de cetus o de cete = cetáceo. — 23 Von Soden

adopta la lección άκοττάσχετον κακόν = “mal incontenible, incontrolable,” de KGL y Pesitta; sin embargo, los mejores códices

BSAP y las versiones Copta y Vulgata leen: άκατάστατον κακόν = “mal sin reposo.” — 24 Gf. v.6; Sal 58:55; 140:4. — 25

san ignacio de antioquía, Trall. 6:2. — 26 Cf. Gen 1:26. — 27 Gf. Mt 5:44; Lc 6:28; Rom 12:14; 1 Cor 4:12; 1 Pe 3:9; 1 Jn 4:20.

— 28 Cf. Mt 7,16s; 20:1; 21:28; 24:32; Le 13:6; Jn 15:1. — 29 Teófilo García De Orbiso, o.c. ρ.151; A. Charue, La Maitríse de la

langue dans VEpítre de Saint Jacques: Goliat. Namurcenses (1935) 393-407. — 30 Gf. 2 Tim 2:2455; 1 Pe 2:12; 5:3. — 31 Sant

1:5. — 32 Cf. Sant 3:6. — 33 Cf. 1 Cor 2:145; 3:3. — 34 1 Cor 14:33. — 35 1 Cor 3:3- — 36 Sab 1:4; 7:255. — 37 Prov 3:17;

Rom 8:6. — 38 La Vulgata y Nácar-Colunga traducen: modesta. Sin embargo, el término griego έτπεικήβ suele emplearse más

bien en el sentido de bondad, indulgencia, cuando se trata de la actitud de un superior hacia su inferior (cf. Sal 86:5; 1 Pe 2:18).

Por otra parte, la palabra εύπει3ής( = Vgta.: “suadibilis”; Nác.-Col.: “indulgente”), que sigue, se refiere a las relaciones de los inferiores

con sus superiores, y se traduciría mejor por dócil, flexible. — 39 La Vulgata añade una especie de glosa: bonis consentiens,

que no se encuentra en el texto y falta en los mejores códices de la Vulgata. Tal vez sea una doble versión del griego

εύπειβήβ, traducido antes por “suadibilis.” — 40 Cf. Sant 1:27. — 41 El non indicans de la Vulgata puede entenderse en el sentido

de “el que evita juicios temerarios.” El término άδιάκριτοβ = “imparcial” puede tener sentido pasivo: “no dividido, no dudoso,”

como generalmente sucede en el libro de los Prov, según la versión de los LXX. Λ-quí, sin embargo, se adapta mejor al contexto

el sentido activo: “sin parcialidad, que no •nace diferencia.” — 42 Cf. Sab 7:22-27. — 43 .p Cf. Mt 5:9; R. M. Díaz Carbonell,

Nota a lac 3:18: Sesiones de Estudio del Congreso •ucarístico (Barcelona 1952) 508ss.

Capítulo 4.

5315

Las Pasiones Engendran la Discordia, 4:1-12.

Aquí el autor sagrado pasa a considerar la ambición o el deseo de riquezas, que, como dice

San Pablo 1, es “la raíz de todos los males.” Esa ambición produce discordias entre los cristianos,

por lo cual Santiago arremete contra esta “auri sacra fames” en todo este capítulo y en

parte del siguiente 2. En toda esta sección expone las causas que motivan las discordias entre los

cristianos. Por una parte está la envidia de los pobres (v.1-12); por otra, la avaricia desmesurada

de los mercaderes (v. 13-17), y, en fin, la injusticia de los ricos (5:1-6).

Las causas que motivan la discordia son, 4:1-3.

1 ¿Y de dónde entre vosotros tantas guerras y contiendas? ¿No es de las pasiones,

que luchan en vuestros miembros? 2 Codiciáis, y no tenéis; matáis, ardéis en envidia,

y no alcanzáis nada; os combatís y os hacéis la guerra, y no tenéis porque no pedís; 3

pedís y no recibís, porque pedís mal, para dar satisfacción a vuestras pasiones.

La verdadera sabiduría produce la paz. Mas esta paz es frecuentemente turbada en las comunidades

cristianas por las querellas y los conflictos. La causa de todo esto son Zas pasiones desordenadas,

la concupiscencia (ηδονή), que tiene su sede en la parte inferior del cuerpo humano, es

decir, en nuestros miembros, de los cuales se sirve como instrumentos para engendrar la lucha

dentro de nosotros mismos (v.1). Esta lucha íntima fue experimentada también por San Pablo 3.

El objeto de la concupiscencia son los placeres y los deleites de los sentidos y la comodidad de la

vida. Para satisfacer éstos se necesitan bienes terrenos, como dinero, vestidos, joyas, los cuales

se desean con avaricia y se buscan por todos los medios.

La concupiscencia que no es domada provoca las guerras y las contiendas. Estas provienen

de la codicia de bienes que no se poseen y se desean ardientemente. Entonces nacen la envidia4

y los celos. Pero como ni con esto se obtiene lo que se desea, surge entonces la irritación, el

litigio, que pueden llevar a actos de hostilidad (v.2). El análisis psicológico de Santiago es muy

hermoso.

El motivo de no obtener lo que se desea es la falta de la verdadera oración. No se dirigen

a Dios con las verdaderas disposiciones de la oración impetratoria. Dios da a todos generosamente5,

a condición de que se lo pidamos 6. Pero esta petición hay que hacerla con buena intención

(ν.3). Santiago dice a sus lectores que piden los bienes codiciados con mala intención, no para

sostener la fragilidad humana, sino para satisfacer sus incontrolados placeres (San Beda). Muchos

fieles no cumplían el mandato del Señor: “Buscad ante todo el reino de Dios y su justicia”7,

sino que buscaban la abundancia para satisfacer sus pasiones. Los bienes terrenos pueden ser objeto

de oración. Nuestro Señor en el Padre nuestro nos manda pedir el pan cotidiano y demás

bienes de la tierra necesarios para la vida, pero en el supuesto de que no nos resulten nocivos 8.

Se pueden pedir bienes temporales en la oración con tal de que se haga con recta intención, o sea

para mejor cumplir la voluntad de Dios, pues, como dice la 1 Jn, “si pedimos alguna cosa conforme

con su voluntad, El nos oye.” 9

La segunda causa de discordias: el amor del mundo, 4:4-6.

4 Adúlteros, ¿no sabéis que la amistad del mundo es enemiga de Dios? Quien pretende

ser amigo del mundo se hace enemigo de Dios. 5 ¿O pensáis que sin causa dice

la Escritura: El Espíritu que mora en vosotros se deja llevar de la envidia? 6 Al contrario,

El da mayor gracia. Por lo cual dice: Dios resiste a los soberbios, pero a los

humildes da la gracia.

5316

Aquí inicia el autor sagrado una severa requisitoria contra aquellos que, siguiendo las pasiones,

abandonan a Dios, esposo de las almas, para cometer adulterio con el mundo. Los cristianos sometidos

a los placeres terrenos cometen un adulterio espiritual. En el Antiguo Testamento, la

alianza de Yahvé con el pueblo elegido es representada frecuentemente bajo la imagen del matrimonio:

Dios es el esposo; Israel, la esposa. Si ésta es infiel al pacto, Dios le reprocha llamándola

adúltera 10. También Jesucristo llamó adúltera a la generación judía que no lo quería reconocer

como Mesías. San Pablo llama a Cristo esposo y cabeza de la Iglesia 12. Lo que se aplicaba

al pueblo elegido, se podía aplicar a los cristianos, verdaderos sucesores del auténtico Israel

Santiago afirma claramente que no se puede ser amigo del mundo y, al mismo tiempo,

amigo de Dios. Los compromisos son imposibles entre estas dos potencias adversas. Es necesario

decidirse por el uno o por el otro. Esta enseñanza es el eco de aquellas palabras de Cristo:

“Nadie puede servir a dos señores, a Dios y a Mammón.”13 La hostilidad irreductible entre Cristo

y el mundo es afirmada por nuestro Señor mismo 14. Y lo mismo enseña San Juan en su primera

epístola 15.

El autor sagrado confirma a continuación su pensamiento con una prueba escriturística: ¿

O pensáis que sin causa dice la Escritura: Con ardiente celo, (Dios) ama el espíritu que ha

hecho habitar en nosotros? (ν.5). Sería una cita tomada de Gen 2:7, y que también estaría inspirada

en la idea — expresada frecuentemente en la Biblia — de que Dios ama con amor celoso a

los hombres 16. La versión que adoptamos nos parece ser la más conforme con los mejores códices

griegos. La Vulgata, a la cual sigue Nácar-Colunga, considera el espíritu como sujeto. Sería

el Espíritu Santo, que habita en nosotros 17, y nos desearía con ardiente celo. Pero, en este caso,

¿a qué texto bíblico aludiría? Creemos que es mejor considerar a Dios como sujeto de la frase. El

es el místico Esposo de nuestras almas, y ama, hasta sentir celos, el espíritu humano que ha infundido

en nosotros con su soplo creador, pues Dios es el único dueño del hombre por razón de

la creación.

Este texto, considerado una crux Ínterpretum, ha dado origen a muy diversas explicaciones

y conjeturas. La más interesante es, sin duda, la propuesta por Wettstein, el cual cree que se

dio una confusión entre las palabras πρόβ φ3όνον = “ad invidiam,” “con ardiente celo,” y προς

τον θεόν = “versus Deum,” que sería la lección original. En cuyo caso habría que traducir: “hacia

Dios dirige sus anhelos el espíritu que (El) hizo habitar en nosotros.” Esta corrección textual correspondería

perfectamente con el contexto, y provendría de dos textos bíblicos combinados 18.

Tiene, sin embargo, el inconveniente que no coincide bien con lo que sigue.

Dios quiere para sí solo todo el amor del hombre y no soporta que lo divida con el mundo.

Por el hecho de amarnos Dios con amor tan ardiente, nos otorga una mayor gracia (v.62), a

fin que podamos llevar a la práctica una cosa tan difícil. El hecho de que Dios exija la totalidad

de nuestro amor es difícil de cumplir, porque el mundo nos incita con sus atractivos. Pero mayor

es la gracia con la que Dios fortalece al hombre para que se entregue plenamente al servicio de

Dios. El comparativo μείζονα ha de entenderse, en este caso, en sentido absoluto. Esto nos recuerda

ciertos pasajes de los profetas, en que Israel, a pesar de haberse prostituido, es tan amado

de Yahvé que incluso le promete una bendición más abundante, una gloria aún mayor 19.

El recuerdo de la gracia trae a la mente del autor sagrado un texto bíblico que habla de este

don divino que Dios concede a los humildes: Dios resiste a los soberbios, pero a los humildes

da la gracia (v.6b). La cita pertenece al libro de los Proverbios, 3:34, aducida según la versión

de los LXX 20. La gracia que Dios da a los humildes debe entenderse, en el texto de los Proverbios,

de un favor divino que no es sólo espiritual, sino también temporal. Porque Dios maldice la

5317

casa de los malvados y bendice la de los justos. Pero Santiago entiende el texto en un sentido

más profundo 21, más en conformidad con el Nuevo Testamento 22.

Los soberbios son los amadores del mundo, a los cuales niega su gracia y benevolencia y

les prepara un castigo eterno. Los humildes representan aquellos que responden a la llamada divina,

se someten totalmente a su voluntad y confían en El. A éstos les da su gracia, los llena de

bienes como a amigos carísimos y les tiene reservada la bienaventuranza eterna.

La tercera causa de discordia: el orgullo, 4:7-10.

7 Someteos, pues, a Dios y resistid al diablo, y huirá de vosotros. 8 Acercaos a Dios, y

El se acercará a vosotros. Lavaos las manos, pecadores, y purificad vuestros corazones,

almas dobles. 9 Sentid vuestras miserias, llorad y lamentaos; conviértase en

llanto vuestra risa, y vuestra alegría en tristeza. 10 Humillaos delante del Señor y El

os ensalzará.

Para conseguir esa gracia superabundante hemos de humillarnos delante de Dios, someternos a

su santa voluntad, y de este modo venceremos al diablo (v.7). Santiago no dice explícitamente

con qué armas hemos de vencer al diablo, porque esto lo suponía bien sabido de los cristianos, a

los cuales se dirige. Al diablo se le debe vencer con el escudo de la fe y con la práctica de la

humildad y demás virtudes cristianas. El diablo no tiene poder sobre nosotros sino en la medida

en que nosotros se lo permitamos. Si obramos bien y estamos sometidos a Dios, no podrá hacer

nada contra nosotros y huirá. A este propósito dice muy bien Hermas: “No temáis al diablo. El

diablo no puede otra cosa que causar miedo, pero es un miedo vano. No temáis, y huirá lejos de

vosotros. No puede dominar a los siervos de Dios, que ponen toda su esperanza en Dios. Puede

combatir, pero no vencer. Si, pues, vosotros le resistís, huirá lejos de vosotros confundido.” 23

Huir del demonio es acercarse a Dios, el cual nos dará su gracia para poder resistir al mal.

A Dios nos podremos acercar mediante los afectos de nuestra alma, y principalmente por medio

de la oración, que penetra hasta el mismo trono de Dios 24. Dios se acercara a nosotros (v.8) mediante

sus favores y sus especiales auxilios, a fin de socorrernos en los momentos de peligro 25.

Pero, si queremos que Dios esté a nuestro lado, hemos de esforzarnos por purificar nuestras acciones

— lavaos las manos — y por purgar nuestros afectos internos — vuestros corazones —,

obrando con recta intención 26, y entonces desaparecerá la duplicidad del alma pecadora. El autor

sagrado se refiere a la purgación del alma de todas las manchas contraídas por la amistad con el

mundo y a la total renuncia al espíritu mundano.

Condición preliminar para la conversión es el reconocer y sentir la propia miseria moral

27. Santiago insiste sobre los signos que manifiestan externamente la compunción interior, como

era usual entre los orientales. En la Biblia se invita con frecuencia a cambiar la alegría profana en

llanto saludable de penitencia28. Es mejor para el alma practicar el espíritu de compunción, que

la conducirá a Dios, que abandonarse a las alegrías mundanas, las cuales hacen al alma olvidarse

de Dios. Jesucristo expresa las mismas ideas en el sermón de la Montaña cuando declara “bienaventurados

a los que lloran, porque ellos serán consolados” 29. El autor sagrado, al aconsejar a

los fieles que se aflijan y lloren, no les pide que supriman toda alegría moderada o todo goce

inocente, sino que quiere señalar a los hombres mundanos lo que deben hacer para recuperar el

favor divino. Como penitentes que rechazan lo que hasta entonces habían amado, han de imitar

al publicano del Evangelio, que, estando en el templo, “no se atrevía a levantar los ojos al cielo y

hería su pecho diciendo: ¡Oh Dios, sé propicio a mí, pecador!” 30 Esta humildad, provocada por

el conocimiento de su miseria, le valió la justificación.

5318

En lugar de gozar orgullosamente de la vida, han de humillarse delante del Señor, y El

los ensalzará (v.10). El Señor se complace en habitar con el humilde 31. El tema de la exaltación

del humilde se encuentra frecuentemente en la Biblia32. En nuestro pasaje se trata de una exaltación

espiritual y moral, con la perspectiva del premio en la vida futura. De esta exaltación había

hablado ya nuestro Señor en el Evangelio 33. Se trata de la exaltación que supone el ser hijo de

Dios, participante de la vida de la gracia y heredero de la vida eterna.

Cuarta causa de discordia: la maledicencia, 4:11-12.

11 No murmuréis unos de otros/hermanos; el que murmura de su hermano o juzga a

su hermano, murmura de la Ley, juzga la Ley. Y si juzgas la Ley, no eres ya cumplidor

de ella, sino juez. 12 Uno solo es el legislador y el juez, que puede salvar y perder.

Pero tú, ¿quién eres para juzgar a tu prójimo?

El hagiógrafo vuelve a hablar de los pecados de la lengua 34, porque entre los males provocados

por las pasiones en las comunidades cristianas tenía especial importancia la difamación. El autor

sagrado pone en guardia a los fieles contra los juicios temerarios y la difamación del prójimo,

que tienen su origen en el resentimiento y en la envidia. Uno de los motivos que debe disuadir a

los cristianos de hablar mal y de hacer juicios injuriosos del prójimo es la reverencia debida a la

ley y a su autor. Hablar mal o juzgar desfavorablemente a un hermano equivale a menospreciar

la ley cristiana, y principalmente la ley de la caridad 35. El detractor del prójimo rebasa el terreno

que le pertenece e invade el de Dios, único juez supremo y legislador universal36. Dios es el único

“que puede arder el alma y el cuerpo en la gehenna” 37, así como también librar 1 hombre de

ella. Por eso, el hombre, que no es nada delante de Dios, cuando juzga a su prójimo poco caritativamente,

se deja llevar de la soberbia y de la ambición. La humildad es el verdadero fundamento

de la caridad.

Advertencia a los ricos, 4:13-5:6.

Santiago ataca con fuerza en esta sección a los comerciantes y a los ricos, que, con orgullosa

presunción e independencia de Dios, creían que podían disponer del futuro a su antojo. Este

vicio provenía de la codicia de las cosas terrenas y del desprecio de las celestiales. Esta es la razón

de que les dirija una serie de advertencias. Las advertencias van dirigidas especialmente a los

comerciantes cristianos, que en sus negocios todo lo esperaban de su habilidad, sin recurrir para

nada a Dios y sin tener cuenta de El. El lanzarse a empresas comerciales para sacar grandes ganancias

conviene muy bien a judeo-cristianos que amaban el mundo y envidiaban a los ricos. Los

judíos fueron desde los tiempos de Alejandro Magno especialistas en el comercio 38.

Los proyectos de los comerciantes son efímeros, 4:13-17.

13 Y vosotros los que decís: Hoy o mañana iremos a tal ciudad, y pasaremos allí el

año, y negociaremos, lograremos buenas ganancias, 14 no sabéis cuál será vuestra

vida de mañana, pues sois humo, que aparece un momento y al punto se disipa. 15

En vez de esto debíais decir: Si el Señor quiere y vivimos, haremos esto o aquello. 16

Pero de otro modo os jactáis fanfarronamente, y esa jactancia es mala. 17 Pues al

que sabe hacer el bien y no lo hace, se le imputa a pecado.

El autor sagrado nos presenta a los comerciantes discutiendo entre sí los planes a realizar. Todo

lo preparan cuidadosamente. Piensan que todo les saldrá a pedir de boca, y ya proyectan grandes

5319

planes para el futuro (ν.13), sin tener en cuenta la brevedad de la vida y la ayuda divina. La tendencia

de los judíos al comercio ya era proverbial en aquel tiempo. Santiago no condena el comercio

en cuanto tal, sino que reprende a los comerciantes cristianos por el espíritu mundano que

manifestaban en sus ambiciosos planes. Se duele de que obren sólo por el afán de lucro y se olviden

totalmente de la Providencia divina. Por eso, Santiago les invita a reflexionar sobre la caducidad

de la vida (v. 14). Los comerciantes, de los que se habla aquí, olvidan que el mañana no

les pertenece. El futuro está únicamente en manos de Dios. Aunque el hombre propone, es Dios

el que dispone. Por cuya razón, la conducta de esos fieles es insensata, como la del rico de la parábola

39, que, habiendo tenido una buena cosecha, pensaba que ya tenía reservas para muchos

años, prometiéndoselas muy felices y descansadas. Pero aquella misma noche oyó la voz del Señor,

que le decía: “Insensato, esta misma noche te pedirán el alma, y todo lo que has acumulado,

¿para quién será?”

Si, pues, el hombre es como humo, que aparece un momento y al punto se disipa, no ha

de hablar con tanta arrogancia, como lo hacían los mercaderes de nuestra epístola, sino con

humildad y modestia, pensando en la brevedad de la vida y en la dependencia que tenemos de

Dios.

Consideraciones e imágenes semejantes a estas del Evangelio y de la epístola de Santiago

las encontramos con frecuencia en los libros Sapienciales 40.

A la actitud insensata de los comerciantes, el hagiógrafo opone la actitud de la sabiduría

cristiana, es decir la sumisión a la voluntad de Dios (v.15). La recomendación que hace Santiago

está inspirada en la fe sobre la Providencia divina. Se encuentra frecuentemente en San Pablo la

misma fórmula u otras semejantes 41. Sin embargo, los comerciantes, en lugar de someterse a

Dios, se complacen de su habilidad en los negocios y en sus grandiosos proyectos comerciales.

Esta complacencia mundana es mala, porque prescinde totalmente de Dios (v.16) y se atribuye a

sí misma los éxitos habidos en sus negocios. San Juan 42 considera la “soberbia de la vida” como

una de las tres pasiones fundamentales de las que provienen todos los vicios del mundo.

Santiago concluye con una máxima general (v.17), como es frecuente en él43. Los hombres

que conocen sus deberes y no los cumplen pecan. Y los fieles a los que se dirige el hagiógrafo

conocen la fragilidad de la vida humana, la existencia de la Providencia y lo que deben

hacer. Pero no lo hacen. Y nada aprovecha para la salvación el conocer sus obligaciones si no se

ponen en práctica. Al contrario, este conocimiento será motivo de mayor pecado y castigo. Son,

por lo tanto, inexcusables. Jesucristo también expresa en diversas ocasiones esta misma idea44; y

San Pablo la desarrolla en la epístola a los Romanos 45 a propósito de la Ley.

1 1 Tim 6:10. — 2 Sant 4:1-5:6. — 3 Rom 7:23; cf. 1 Pe 2:11. — 4 El verbo φονεύετε = matáis (Vulgata: “occiditis”), si se conserva tal

como se encuentra en toda la tradición manuscrita, habría que interpretarlo en sentido metafórico: “odiar” (cf. 1 Jn 3:15). Pero una

tal significación no es propia del verbo φονεύω. Por eso, muchos autores modernos, siguiendo a Erasmo, suponen la existencia de

una corrupción muy antigua del texto, el cual sería originariamente φ3ονεΐτε = envidiáis, y no φονεύετε. De este modo se obtiene

un sentido y una gradación excelentes: “Codiciáis, y no tenéis; envidiáis, y ardéis en celos, y no alcanzáis nada.” (Chaine, Charue,

Belser, Spitta, Dibelius). — 5 Sant 1:5. — 6 Mt 7:7. — 7 Mt 6:33. — 8 Mt 7:7-11; Le 11:9-13. — 9 1 Jn 5:14 — 10 Cf. Os 1-3; Is

1:21; Jer 3:7-10; Ez 23; Cant iss. En el griego tenemos μοιχαλίδες = = adúlteras, en femenino, no porque Santiago se dirija sólo a

las mujeres, sino porque habla, según el Antiguo Testamento, en el que Israel era la esposa de Dios, y con frecuencia la “posa era

adúltera. Y como en el Nuevo Testamento el pueblo cristiano y cada fiel ocupan el lugar de la esposa, de ahí que sean llamados

μοιχαλίδες. — 11 Mt 12:39; 16:4; Mc 8:38. — 12 Ef 5:22S; 2 Cor 11:2. — 13JMt6:24. — 14 Jn 7:7; 12:31-43; 14:17; 16:11. — 15

2:153. — 16 Ex 20:5; Dt 5:9; Jos 24:19; Is 9:6; Zac 1:14; 8:2. A propósito de este versículo se puede • Coppieters, La signification

et la provenance de la citation de Jac 4:5: RB 12 (1915) J. Jeremías, lac 4:5: epipothei: ZNTW (1959) 137ss. — 17 La Vulgata,

por su parte, lee κατώκησεν = “habitat” (de κοττοικέω); en cambio, los códices BSA 33 y Hermas (Mand. 3:1; Símil. 5:6:5) leen

κατώκισεν = “habitare fecit,” de κοποκίζοο, que parece ser la mejor lección. — 18 Sal 42:2 y Ecl 12:7. — 19 Is 44:1-10; Zac

1:14-17. — 20 Gf. 1 Pe 5:5. — 21 Cf. Sant 1:2.9.12; 5.10. — 22 Lc 1.51; 14:11; Mt 23:12. — 23 Mand. 12:4:6; 12:5:2. — 24

Eclo 35:21. — 25 Dt 4:7; Jer 29:12-14; Sal 145:18. — 26 Cf. Jer 7:3; Sal 24:3s. — 27 La Vulgata traduce el griego

ταλαιπωρήσοττε por misen estote; sin embargo, es mejor entenderlo en sentido reflexivo de sentid vuestras miserias (Nácar-

Colunga). 28 Am 8:10; Prov 14:13; Tob 2:6. — 29 Mt 5:4; cf. Lc 6:21-25; Jn 16:20. — 30 Lc 18:13. Cf. J. Hausherr, Penthos:

la doctrine de la componction dans l'Orient chrétien: Orientalia Christiana Analecta (Roma 1944) p. 132133. — 31 Is 57:15. —

5320

32 1 Sam 2:73; Prov 3:34; 29:23; Ez 17:24; Job 5:11; Eclo 3:20; Le 1:52. — 33 Mt 23:12; Le 14:11; 18:14; 1 Pe 5:6. — 34 Cf.

Sant 1:26; 3:1-12. — 35 Sant 1:25; 2:8.12. — 36 H. Willmering, o.c. IV P-413- Cf. 1 Sam 2:6; 2 Re 5:7; Dt 32:39. — 37 Mt

10:28. — 38 J. Chaine, o.c. p.iog. — 39 Lc 12:13-21. — 40 prov 27:1; Job 7:7; Sal 144:4; Eclo 18:8s; Sab 5:9-14. — 41 1 Cor

4:19; 16:7; Rom 1:10; 15:32; Act 18:21; Heb 6:3. Cf. Teófilo García De Orbiso, o.c. p.185-186; A. J. Festugiére, L'idéal religieux

des Crees et VÉvangile (París 1932) P.Iois.Ióis. En el v.15 existe una pequeña diferencia entre el texto griego y la Vulgata. Esta

dice: “Si dominus voluerit, et si vixerimus, faciemus hoc aut illud.” El griego, en cambio, dice: “Si el Señor quiere, viviremos y

haremos esto o aquello.” La lección del griego está atestiguada por los mejores códices y ha de ser preferida. — 42 1 Jn 2:16. Cf.

Is 23:16; Eclo 26:29-28:2. — 43 Sant 1:12; 2:13; 3:18. — 44 Lc 12:47; Jn 9:41; 15:22.24. — 45 3:20; 4:15; 5:20. Cf. 1 Cor 15:56;

Gal 3:19.

Capitulo 5.

Las alegrías engañosas de los ricos, 5:1-6.

1 Y vosotros los ricos llorad a gritos sobre las miserias que os amenazan. 2 Vuestra

riqueza está podrida; vuestros vestidos, consumidos por la polilla; 3 vuestro oro y

vuestra plata, comidos del orín, y el orín será testigo contra vosotros y roerá vuestras

carnes como fuego. Habéis atesorado para los últimos días. 4 El jornal de los

obreros que han segado vuestros campos, defraudado por vosotros, clama, y los gritos

de los segadores han llegado a los oídos del Señor de los ejércitos. 5 Habéis vivido

en delicias sobre la tierra, entregados a los placeres, y habéis engordado para el día

de la matanza. 6 Habéis condenado al justo, le habéis dado muerte sin que él os resistiera.

Santiago inicia en el capítulo 5 una severa requisitoria contra los ricos soberbios, injustos, avaros,

entregados a los placeres del mundo. Parece que el autor sagrado se dirige a cristianos ricos,

injustos y explotadores de los pobres, que ya entonces existían en las comunidades cristianas.

Santiago les amenaza con los castigos que van a venir sobre ellos. Nuestro autor imita el estilo de

los profetas, los cuales estaban tan ciertos de los castigos anunciados al pueblo de Israel, que los

presentaban como ya realizados o a punto de realizarse. Los ricos, avaros e injustos, en lugar de

alegrarse y de gozar deberían lamentarse por la suerte que les espera (v.1): perderán sus bienes y

serán condenados en el día del juicio (v.2-9). El castigo no será meramente temporal, sino eterno,

como parece insinuarlo el v.3. La perspectiva del tiempo permanece, sin embargo, vaga e imprecisa;

lo mismo que en las amenazas que el libro de Henoc 1 dirige a los ricos. Por eso no hay razón

para explicar este pasaje de Santiago — y otros semejantes — del último juicio al fin del

mundo. Santiago habla de la proximidad de la parusía de Cristo, lo mismo que San Pedro y San

Pablo 2.

Nuestro Señor también amenaza a los ricos con toda clase de privaciones 3. Las riquezas

que han amontonado esos ricos, consistentes en víveres, vestidos, ropas preciosas y metales 4,

serán consumidas por la polilla y el orín. Estos agentes destructores serán a su vez, en el día del

juicio, una prueba abrumadora de la avaricia culpable de esos ricos, un testimonio terrible que

será exhibido en contra de ellos. Han preferido tener sus riquezas inactivas en los cofres, a despecho

de la justicia y de la caridad 5. Pero ese orín será testigo en contra de ellos, porque hará

más evidente su avaricia y los acusará ante el tribunal del Juez supremo. El autor sagrado presenta

el orín como un testigo y un verdugo, en cuanto que, en el día del juicio divino, el orín acuciará

y morderá la conciencia, acusándola así ante Dios. Este tormento resultará intolerable. Así se

cumple lo que dice el libro de la Sabiduría: “Para que conozcan que por donde uno peca, por ahí

es atormentado.”6 Las riquezas putrefactas y llenas de orín constituirán para ellos un ejemplo y

como un símbolo del fin trágico que les espera: del mismo modo que perecieron las riquezas, así

5321

también perecerán ellos. Sus bienes serán la causa de su pérdida eterna, pues hicieron mal uso de

ellos. Pudieron vestir a los hermanos pobres con los vestidos guardados en sus roperos, pero prefirieron

dejarlos apelillarse. Amontonaron riquezas para hacer más terrible la cólera de Dios en el

día del juicio (v.2-5).

Jesucristo exhortaba también a sus discípulos a no amontonar riquezas en este mundo, en

donde pueden ser consumidas por el orín y la polilla, sino en el cielo 7, en donde no hay polilla

ni ladrones.

El severo juicio con el que amenaza el autor sagrado está justificado por tres graves injusticias

cometidas por esos malos ricos. Defraudan al pobre reteniendo su salario, con lo cual le

condenaban a pasar hambre o incluso a morir de inanición. Aquí se trata de obreros rurales, que,

según la ley, debían ser pagados todas las tardes 8. Una tarde sin salario era una tarde sin pan, un

día de hambre. El salario defraudado es comparado a una voz que, como la sangre de Abel 9, pide

venganza al cielo. Los gritos de los pobres oprimidos llegan a oídos del Señor de los ejércitos

(v.4) 10. La expresión parece inspirarse en el texto griego (LXX) de Is 5:8-9, en el que también se

habla de las injusticias de los ricos. En el Antiguo Testamento se protesta frecuentemente contra

las injusticias cometidas en el pago de los salarios 11. Dios mismo promete su ayuda, en Ex

22:26, a aquel que acuda a El pidiendo auxilio contra la injusta vejación. El v.4 está, por consiguiente,

lleno de reminiscencias del Antiguo Testamento. Santiago se dirige directamente a sus

lectores, suponiendo que ya conocen las prescripciones de la Ley en esta materia. Esto demuestra

que los destinatarios eran cristianos convertidos del judaísmo.

Insensibles a los gritos de los pobres, los ricos abusan de sus riquezas para el placer y el

lujo (v.5). Los banquetes y la ociosidad les han engordado como si se tratase de animales destinados

al matadero. Viven cual estúpido ganado que se engorda para el día de la matanza. En el

mismo sentido habla el profeta Jeremías 12 de los mercenarios de Egipto, gordos y preparados

para el castigo. El día Ae la matanza designa el día del juicio final, llamado así por los profetas

porque es considerado como el día de la victoria de Yahvé sobre sus enemigos, cuyos cadáveres

yacerán por tierra 13.

También los Libros Santos amonestan muchas veces contra los abusos de la comida y de

la bebida 14. Las parábolas evangélicas del rico insensato, del rico epulón y del pobre Lázaro 15

ilustran los severos reproches de Santiago. La suerte que les espera a estos ricos injustos y glotones

nos la indica Jesucristo en la parábola ya recordada del rico epulón: serán sepultados en el

infierno, en donde serán atormentados sin alivio alguno 16.

Finalmente, los ricos injustos condenan y matan al pobre inofensivo, que no puede oponer

resistencia (v.6). Este reproche de injusticia recuerda los apostrofes de Amos 17 o de Miqueas

18 contra los ancianos y jueces de Israel, que vendían la justicia y despojaban al pueblo de todo lo

que poseía. Cuando escribía Santiago, como ya en tiempo de los profetas, los regalos hechos a

los jueces decidían frecuentemente las sentencias. La expresión le habéis dado muerte no es necesario

entenderla de una muerte procurada directamente. Se puede entender también de una

muerte procurada indirectamente, sometiendo al pobre a gravísimas exacciones; condenándolo

así a una muerte lenta. El Siracida considera el pan como la vida de los pobres; privarles del pan

es, por lo tanto, matarles: “El pan de los pobres es la vida de los indigentes, y quien se lo quita es

un asesino. Mata al prójimo quien le priva de la subsistencia. Y derrama sangre el que retiene el

salario al jornalero” 19. El pensamiento de Santiago debe de ser parecido al del Siracida. Los ricos

matan al pobre realmente, condenándolo a muerte — en la antigüedad los poderosos eran

dueños de vidas y haciendas —, o bien lo matan moralmente, privándole de los medios de subsistencia.

5322

El justo (ó δίκαιος) del que habla nuestro texto no es Jesucristo, sino el cristiano pobre,

oprimido y perseguido. La expresión el justo tiene aquí sentido colectivo, como en el libro de la

Sabiduría 2:10.12.18; Is 57:1; Sal 94:21, y designa a los pobres que, perseguidos y calumniados

por los ricos malvados, confían en Dios, el cual no les abandonará en la prueba. El pecado de los

ricos es tanto más odioso cuanto que el pobre está sin defensa eficaz. Pero el Señor tomará su

defensa y vengará al justo oprimido 20.

Exhortaciones Finales, 5:7-20.

Comprende esta última sección de la epístola diversas exhortaciones dirigidas a los fieles.

Los v.7-11 contienen una recomendación de soportar con paciencia la opresión de los poderosos.

En el v.1a se habla contra los juramentos hechos a la ligera y sin motivo grave. Los v.13-18 nos

presentan las recomendaciones que hace el autor sagrado a los cristianos en las diversas circunstancias

de la vida, y especialmente en las enfermedades. Y, por último, Santiago termina su carta

exhortando a todos a trabajar por la conversión de los pecadores.

Exhortación a la paciencia, 5:7-11.

7 Tened, pues, paciencia, hermanos, hasta la venida del Señor. Ved cómo el labrador,

con la esperanza de los preciosos frutos de la tierra, aguarda con paciencia las

lluvias tempranas y las tardías. 8 Aguardad también vosotros con paciencia, fortaleced

vuestros corazones, porque la venida del Señor está cercana. 9 No os quejéis,

hermanos, murmurando unos de otros, para que no incurráis en juicio; mirad que

el Juez está a las puertas. 10 Tomad, hermanos, por modelo de tolerancia y de paciencia

a los profetas, que hablaron en nombre del Señor, 11 Ved cómo ahora aclamamos

bienaventurados a los que padecieron. Sabéis la paciencia de Job, el fin que

el Señor le otorgó, porque el Señor es compasivo y misericordioso.

Después de reprochar severamente las injusticias de los ricos, se vuelve a los pobres oprimidos

— debían de ser la mayoría —, recomendándoles la paciencia, porque la venida del Señor y el

día en que ha de dar a cada opresor el castigo merecido llegarán pronto e infaliblemente (v.7).

Entonces cesará el escándalo de la prosperidad de los impíos y la injusticia será castigada. Santiago,

más bien que incitar a la revolución social, pide a los fieles que esperen la sanción divina.

El autor sagrado está convencido de que la parusía del Señor restablecerá el orden perturbado.

Los pobres recibirán el premio de su paciencia y los opresores recibirán el castigo merecido

por sus injusticias. La venida del Señor no constituye motivo de preocupación para los fieles,

sino más bien motivo de confortamiento. Esto lo demuestra claramente la pequeña parábola que

pone a continuación para ilustrar la exhortación. Lo mismo que el labrador, que aspira a recoger

los frutos de la tierra, espera con paciencia la llegada del tiempo oportuno para que caigan las

lluvias tempranas y las tardías (v.7)21, así también los cristianos oprimidos han de esperar que el

Señor, con su venida, realice sus más íntimos anhelos (v.8). El pensamiento de la parusía o juicio,

que debía causar terror a los ricos, era un consuelo para los fieles pobres. La perspectiva escatológica

de Santiago permanece vaga, aunque considera la parusía como próxima 22.

En espera de la llegada del Señor, Santiago exhorta a practicar la caridad fraterna. La llegada

del Juez es tan cierta y tan próxima, que los fieles no deben dejarse llevar de la impaciencia

o de faltas contrarias a la caridad, que les pudieran conducir a recriminaciones juicios temerarios

contra los miembros de la comunidad o a merecer una severa sentencia del justo Juez (V.9). Los

cristianos han de tolerarse mutuamente los propios defectos: “Ayudaos mutuamente — dice San

5323

Pablo 23 — a llevar vuestras cargas, y así cumpliréis la ley de Cristo.” Las expresiones que emplea

la epístola de Santiago parecen inspirarse en el sermón de la Montaña 24 y en el discurso escatológico

de Cristo 25.

El autor sagrado dice a sus lectores que han de tomar como ejemplo a los profetas, que

tanto sufrieron de sus correligionarios por la justicia y por la predicación de la verdad (v.10). Los

sufrimientos de los profetas constituyen un ejemplo citado frecuentemente en la catequesis primitiva

26. El profeta paciente por excelencia era Jeremías. Pero también tuvieron mucho que sufrir

Amos, Oseas, Elias, Isaías, Daniel 27. Algunos de estos profetas sufrieron incluso prisión y

otros llegaron hasta soportar una muerte cruel por causa de Yahvé. Pues bien: si hombres tan

santos y amados de Dios, como eran los profetas, tuvieron que sufrir tanto, esto ha de valer para

animar a los fieles, porque, si sufren, es señal de que Dios los ama como a sus siervos los profetas

28. San Pedro cita en un contexto análogo 29 el ejemplo de paciencia que nos dejó Jesús. Si

Santiago no aduce el ejemplo de Cristo, tal vez sea porque, escribiendo a judeo-cristianos, les

cita aquellos ejemplos que ellos conocían desde la infancia, y que tenían para ellos un gran valor.

También el ejemplo de paciencia de Job ha de servir a los fieles para infundirles ánimos y

para que puedan perseverar hasta el momento en que el Señor tenga misericordia de ellos, como

la tuvo de Job 30. Al fin, también les dará, como dio a Job, el premio de su paciencia, porque el

Señor es compasivo y generoso (v.11). Nuestro Señor también había dicho: “El que persevere

hasta el fin será salvo.” 31 Y Santiago promete la corona de la vida 32 al que soporte la prueba

con paciencia 33.

Hay que evitar el perjurio, 5:12.

12 Pero ante todo, hermanos, no juréis, ni por el cielo, ni por la tierra, ni con otra especie

de juramento; que vuestro sí sea sí, y vuestro no sea no, para no incurrir en

juicio.

La impaciencia no debe llevar nunca a los cristianos a pronunciar palabras irrespetuosas contra

Dios. Los judíos eran muy inclinados a jurar; y esto mismo había introducido abusos deplorables.

Había muchos que no les importaba perjurar. Sobre todo después que la casuística rabínica había

regulado cuándo se podía quebrantar el juramento 34. Contra este laxismo se levantan el Siracida

35 y nuestro Señor 36, condenando el abuso del juramento. Santiago, siguiendo el ejemplo de

Cristo, quiere que la franqueza y la sencillez regulen las relaciones sociales de los fieles. Las palabras

de este versículo son muy afines a las de Jesús tal como nos las refiere San Mateo 37.

Esto no quiere decir que Santiago condene toda clase de juramento. Lo que rechaza es el

abuso y mal uso. La Iglesia ha declarado que el juramento, hecho con las debidas condiciones, es

lícito, y a veces ella misma lo exige e impone 38.

Se ha de acudir a Dios en la oración, 5:13-18.

13 ¿Está afligido alguno entre vosotros? Ore. ¿Está de buen ánimo? Salmodie. 14

¿Alguno entre vosotros enferma? Haga llamar a los presbíteros de la Iglesia y oren

sobre él, ungiéndole con óleo en el nombre del Señor, 15 y la oración de la fe salvará

al enfermo, y el Señor le aliviará, y los pecados que hubiere cometido le serán perdonados.

16 Confesaos, pues, mutuamente vuestras faltas y orad unos por otros para

que os salvéis. Mucho puede la oración fervorosa del justo. 17 Elías, hombre era, semejante

a nosotros, y oró para que no lloviese, y no llovió sobre la tierra durante

tres años y seis meses; 18 y de nuevo oró, y envió el cielo la lluvia, y produjo la tierra

5324

sus frutos.

En estos versículos indica Santiago lo que han de hacer los cristianos en las diversas circunstancias

de la vida, y especialmente en la enfermedad. En este contexto, con motivo de la recomendación

de la oración asidua, introduce el autor sagrado la instrucción acerca de la unción de los

enfermos (v. 14-15), que constituye uno de los siete sacramentos instituidos por Cristo y promulgado

aquí por Santiago.

La oración es la medicina de todos los males, pues con ella se consigue reanimar el alma

y se obtiene el auxilio pedido 39. Incluso Jesucristo, en un momento de suprema tristeza, recurre

a la oración 40 Es necesario volverse siempre hacia Dios y orar: en el sufrimiento, para implorar

ayuda41, y en la alegría, para darle gracias (v.15)· Se pueden dar gracias a Dios bien sea cantando

con los labios himnos sagrados o bien sólo con el corazón 42.

En el caso que un cristiano se enferme gravemente, el autor sagrado determina cómo ha

de comportarse (v.14-15): Haga llamar a los presbíteros de la Iglesia (v.14). Santiago, al decir

esto, da un consejo, no una orden perentoria o un precepto formal. Por eso el concilio Tridentino

afirma que el sacramento de la unción de los enfermos fue recomendado y promulgado por Santiago;

pero no dice que haya sido impuesto.

Los presbíteros — término tomado del ambiente judío, en el que los ancianos tenían una

función tan importante — designa frecuentemente en el Nuevo Testamento una realidad y una

función totalmente nuevas: son los sacerdotes. El presbyterium cristiano ya no constituye una

clase puramente honorífica o un consejo consultivo, formado por los fieles más ancianos, sino

que designa la institución sacerdotal que estaba al frente de cada Iglesia 43 y desempeñaba las

funciones del culto. También aparecen en las epístolas de San Pablo íntimamente unidos a los

apóstoles y compartiendo con ellos las cargas de la enseñanza44 y de la administración de los sacramentos45,

en grado superior a los diáconos46. El concilio de Trento definió que el ministro de

la unción de los enfermos no es un simple anciano, sino el sacerdote ordenado por el obispo 47.

Santiago habla de los presbíteros, en plural y con artículo, porque supone que la institución de

los presbíteros es un hecho cumplido en la Iglesia. Y en el plural se puede ver un plural de categoría48,

o tal vez sería mejor pensar que, siendo pequeña la comunidad y los presbíteros pocos

también, vengan juntos a ver al enfermo. En la Iglesia griega existe la costumbre de que vayan

siete presbíteros a administrar la unción al enfermo; y si este número no se puede tener, deben ir

al menos tres. La Iglesia romana, en cambio, sigue la costumbre de administrar la unción de los

enfermos por medio de un solo presbítero, pues no considera la pluralidad de presbíteros, de que

habla Santiago, como condición necesaria para la validez y eficacia del sacramento 49.

Llegados al lado del enfermo, han de orar sobre él, extendiendo sus manos sobre el enfermo,

tendido en la cama, y después ungirle con óleo en el nombre del Señor (v.14). La oración

litúrgica debía acompañar la unción con óleo. El participio aoristo άλείψαντες fungentes) parece

indicar simultaneidad con la acción del verbo principal προσευξάσ3ωσαν (orent). La unción con

óleo era hecha en el nombre del Señor50, es decir, por orden de Jesús, o mejor, porque iba acompañada

de una oración en la que se invocaba el nombre de Cristo. También el bautismo era administrado

en el nombre de Jesús51. Esta unción hecha en el nombre del Señor no sólo tenía una

finalidad terapéutica ordinaria, sino, principalmente, finalidad religiosa. Esto se ve claramente

por los efectos de esta unción descritos en el v.15: la oración de la fe salvará al enfermo. Es la

oración litúrgica que acompañaba a la unción, la oración de la comunidad, de la Iglesia, hecha

con fe52. Es conveniente observar que el autor sagrado no trata aquí de la eficacia ex opere operato

o ex opere operantis, porque, como muy bien dice J. Chaine 53, Santiago ni siquiera se propone

esta cuestión en nuestro pasaje.

5325

¿De qué salud se trata aquí? Hay autores, como A. Charue54, que entienden esta salud en

sentido amplio e impreciso de favor divino, favor divino de la restauración de la salud y del perdón

de los pecados. Otros autores (Belser, Bardenhewer, Chaine) creen que se trata únicamente,

o al menos principalmente, de la salud del cuerpo. Otros, finalmente, apoyándose en el sentido

que tiene el verbo σώσει en otros lugares de la epístola55, piensan que se trata de la salud espiritual,

de la salvación eterna. Santiago, cuando habla de la curación del cuerpo, emplea otro verbo

(ία3ήτε) 56. El efecto principal de la unción es, por consiguiente, el conferir al enfermo la salud

eterna.

El segundo efecto de la unción es el alivio que el Señor dará al enfermo. Hará que el enfermo

se levante de su enfermedad57, que sane. Es evidente que el autor sagrado no quiere decir

que todos han de sanar, porque, en este caso, todos los que recibiesen la unción no morirían. Se

sobrentiende la condicional: “si Dios lo quiere.”

El tercer efecto de la unción es el perdón de los pecados. La enfermedad no supone pecado;

pero, si los hay, le serán perdonados. El hagiógrafo no hace ninguna reserva. Por consiguiente,

entre los pecados incluye las faltas graves. De aquí pudo concluir con razón la teología que la

remisión de los pecados — incluso los graves — es un efecto propio, no accidental, del sacramento

de la unción de los enfermos, aunque los que la reciben tengan que confesar antes, si pueden,

las faltas graves. Esto mismo es enseñado claramente por el concilio Tridentino 5S, poniendo

así de relieve que el fruto espiritual que ha de obtenerse de la unción es la finalidad principal de

la administración de dicho rito.

En la antigüedad era conocida la virtud terapéutica del óleo59 sobre todo en los países cálidos,

en donde ayuda a desengrasar y a regularizar la transpiración, y también a limpiar y a suavizar

la piel. Los judíos tenían en gran aprecio el óleo como remedio contra las enfermedades 60.

Por otra parte, los semitas se servían del óleo para inaugurar un santuario y consagrar los objetos

de culto61. Lo empleaban en los sacrificios62, para consagrar al sumo sacerdote 63 y para ungir los

reyes entre los hebreos 64. De este significado religioso se ha podido pasar fácilmente a la unción

de los enfermos, cuya curación era esperada de Dios más que de los médicos. Por eso, cuando en

el Evangelio se dice que los apóstoles “ungían con óleo a muchos enfermos y los curaban”65, sin

duda que se alude a curaciones milagrosas. La duración y permanencia de este rito en las comunidades

cristianas — como nos lo demuestra la epístola de Santiago — supone una consigna del

mismo Jesucristo. Por eso dice el concilio de Trento: “Sacramentum a Christo Domino nostro

apud Marcum quidem insinuatum, per lacobum autem. fidelibus commendatum ac

promulgatum”66.

La unción de la que habla nuestra epístola tiene un valor religioso, porque es hecha en

nombre del Señor (v.14) y va acompañada de oraciones (v.14-15). Además, su finalidad no es

únicamente el alivio de las enfermedades, sino, sobre todo, la remisión de los pecados.

EL Sacramento de la Unción de los Enfermos.

El rito de la unción que, como hemos visto, describe Santiago, constituye un verdadero

sacramento de la Nueva Ley. La unción es un signo sensible muy adaptado para simbolizar la

curación espiritual. Entre los antiguos, la unción con óleo era un remedio terapéutico muy usado.

La materia remota es el óleo; la materia próxima, la unción; la forma, la oración litúrgica, y el

ministro, el presbítero o sacerdote. Fue instituido por Cristo y promulgado por Santiago en esta

epístola. El autor sagrado no precisa el número de unciones ni el modo de hacerlas. Sin duda supone

que los presbíteros ya sabían administrar la unción. De donde se deduce que debía de ser un

rito practicado ya en la Iglesia.

5326

Los efectos espirituales producidos por esta unción también son indicados: obtiene la salvación

espiritual mediante la remisión de los pecados y el aumento de la gracia santificante. Procura

la curación, o, al menos, el alivio material o moral del enfermo.

Tiene, por consiguiente, todas las propiedades y características propias de un sacramento.

El sentido auténtico de este texto de Santiago (v. 14-15) ha sido declarado por el magisterio

solemne de la Iglesia católica. Ya el papa San Inocencio I (a.416) utiliza expresamente este

texto de Santiago a propósito del sacramento de la unción de los enfermos. Más tarde, el concilio

Florentino67 también habla del sacramento de la unción de los enfermos, al cual se refiere Santiago

en este lugar. Pero es principalmente el concilio Tridentino el que enseña que Santiago en

este texto recomienda y promulga el sacramento de la unción de los enfermos, instituido por

nuestro Señor Jesucristo. La declaración del concilio de Trento se apoya no sólo en las palabras

de Santiago, sino también en la tradición apostólica recibida por la Iglesia68. Con razón, pues,

este concilio, interpretando el sentir de toda la tradición y en contra de la negación de los protestantes,

definió solemnemente que la unción de los enfermos es un sacramento. Si quis dixerit

extremam unctionem non esse veré et proprie sacramentum a Christo Domino nostro institutum

(cf. Mc 6:13) et a beato lacobo apostólo promulgatum (lac 5:14), sed ritum tantum acceptum a

patribus, aut figmentum humanum, anathema sit.”69

Los protestantes modernos y los racionalistas ven, en la unción de la que nos habla Santiago,

un remedio terapéutico ordinario, y en la visita de los presbíteros a los enfermos, una piadosa

y caritativa costumbre.

La materia de este sacramento es el óleo de oliva consagrado por obispos el día de Jueves

Santo. Este sacramento se puede repetir en caso de recaída en una enfermedad grave77. Aunque

es un sacramento no estrictamente necesario para la salvación — Santiago recomienda, no manda

—, sin embargo, pecaría el que lo despreciase78.

En los v.16-18, el autor sagrado ya no se dirige al enfermo, sino más bien a los cristianos

que rodean al enfermo, como parece sugerirlo la partícula griega oüv (= pues). Sin embargo, la

unión que parece suponer esta partícula no es fácil precisarla. Algunos piensan que Santiago une

la unción de los enfermos y la confesión en un solo bloque, como si formaran los sacramentos de

los enfermos. No obstante, como todo este pasaje parece tener por finalidad el indicar los medios

más aptos para obtener la salud del enfermo, es muy probable que aquí el autor sagrado invite a

los fieles presentes en torno al enfermo a que confiesen sus pecados, para que sus oraciones, salidas

de corazones purificados, puedan ser más eficaces delante de Dios. Entre los judíos era frecuente

confesar los propios pecados para hacer más eficaz la oración. El poder de la oración del

justo es un tema bastante conocido en el Antiguo Testamento79. Pero para que la oración sea de

buena calidad y tenga poder delante de Dios ha de proceder de un alma recta y justa. Con este

fin, la espiritualidad rabínica recomendaba con frecuencia la confesión de los pecados 80. Esta

misma costumbre se conservó entre los primeros cristianos. Por la Didajé 81 sabemos que los

cristianos tenían por costumbre confesarse en la iglesia para prepararse mejor a la oración.

¿De qué confesión habla Santiago? ¿Se trata de la confesión sacramental o de una simple

práctica devota? El término σλλήλοιβ (= mutuamente) puede tener un sentido genérico ordinario

y designar reciprocidad: “los unos a los otros”; pero a veces también puede revestir un sentido

relativo, restringido82. En cuyo caso, nuestro texto habría que entenderlo así: cada uno confiese

con quien está facultado para recibir la acusación, es decir, con los presbíteros. Sin embargo, en

este pasaje Santiago parece referirse a la comunidad. Por consiguiente, es mejor entender

άλλήλοις en sentido ordinario, y admitir que el autor sagrado alude aquí a la práctica litúrgica. La

expresión griega εξομολογείστε άλλήλοιβ se entiende más fácilmente de una confesión hecha en

5327

grupo, como la oración. Los fieles se reconocen culpables y dicen en voz alta sus faltas. La confesión

debía de referirse a faltas que podían ser conocidas sin inconveniente83.

De este texto tal vez provenga la costumbre de la confesión litúrgica pública (Confiteor

Deo.), que se recita antes de la misa y en otras ocasiones; así como la confesión monástica que se

realiza mediante la acusación de las culpas públicas ante el superior y toda la comunidad.

Sin embargo, los teólogos no coinciden en la determinación del verdadero significado de

la confesión recomendada por Santiago. San Agustín84 y, más tarde, el cardenal Cayetano 85 ven

en esto una piadosa costumbre de acusarse recíprocamente para obtener el perdón de los demás.

Otros sostienen que el autor sagrado habla de la confesión sacramental 90.

Además de la confesión recíproca, Santiago recomienda la oración: orad unos por otros

para que os salvéis (v.16). Una vez purificada su alma por la confesión de los pecados, los fieles

están mejor preparados para obtener de Dios lo que piden. La oración fervorosa del justo es muy

poderosa delante de Dios. Pero este poder depende de las buenas disposiciones y de la fe del que

ora 93. El autor sagrado confirma la eficacia de la oración del justo con el ejemplo del profeta

Elias 94, el cual, a pesar de ser hombre semejante a nosotros, obtuvo de Dios la sequía durante

tres años. Y de nuevo oró y envió el cielo la lluvia (v. 17-18). Santiago expresa la misma doctrina

que nuestro Señor cuando enseñaba a los apóstoles: “Si permanecéis en mí y mis palabras

permanecen en vosotros, pedid lo que. quisiereis y se os dará.” 95 Esto debe animar a los cristianos

a orar como Elías, porque también conseguirán los mismos resultados.

El libro 1 de los Reyes (17:1; 18:1) no habla de tres años y seis meses 96, como se expresa

nuestra epístola. Sólo habla de años, en plural, de muchos días y del año tercero; pero de los seis

meses nada se dice. Como Jesucristo en el Evangelio 97 dice lo mismo que Santiago, es muy probable

que tanto Cristo como Santiago hayan seguido la tradición judía, que determinaba más en

concreto el tiempo que duró la sequía en los días de Elías.

La corrección fraterna, 5:19-20.

19 Hermanos míos, si alguno de vosotros se extravía de la verdad y otro logra reducirle,

20 sepa que quien convierte a un pecador de su errado camino salvará su alma

de la muerte y cubrirá la muchedumbre de sus pecados.

Santiago termina su epístola con una recomendación final para que trabajen por la conversión de

los hermanos descarriados. El que esto haga conseguirá la total remisión de sus pecados y la salvación

final. El profeta Ezequiel había ya prometido la salvación de la propia alma al que se esforzare

por convertir al pecador de su mal camino 98. De igual modo, el cristiano celoso obtendrá

el perdón a causa de su abnegación. Y la abnegación en favor del prójimo, cuando es inspirada

por la caridad, cubrirá la muchedumbre de sus pecados, o sea, según el lenguaje bíblico, los hará

desaparecer. Se trata del premio de aquel que ha cumplido el acto de caridad de convertir al prójimo.

San Beda dice a este propósito: “Si enim magnae mercedis est a morte eripere carnem

quandoque morituram; quanti meriti est a morte animam liberare, in caelesti patria sine fine

victuram?” 100

El horizonte de la epístola parece limitarse a la comunidad cristiana.

La epístola termina bruscamente, sin los saludos y deseos con que terminan ordinariamente

las demás cartas del Nuevo Testamento, especialmente las de San Pablo. Pero esta falta se

comprenderá fácilmente si tenemos presente que la epístola de Santiago es una especie de circular

a las comunidades judías de la diáspora, que el autor no ha visitado ni conoce.

5328

Primera Epístola de San Pedro.

Introducción.

El Apóstol San Pedro.

Su nombre primitivo era Simón, hijo de Juan! Era oriundo de Betsaida de Galilea 2 y, con

su hermano Andrés, ejercía el oficio de pescador en el lago de Tiberíades 3. En un principio ambos

hermanos fueron discípulos de San Juan Bautista 4. Pero pronto siguieron a Jesucristo 5, del

cual recibió Simón el nombre de Pedro 6.

Hacia el año 42-43, San Pedro abandonó Jerusalén con motivo de la persecución de

Herodes Agripa 23. ¿Se fue entonces a Roma? Así lo afirman varios autores antiguos: Eusebio 24,

San Jerónimo 25, Orosio 26, y muchos autores modernos 27. Sin embargo, los testimonios de la

tradición no son muy fuertes, ya que San Jerónimo y Orosio parecen depender de Eusebio; y la

frase de Act 12:17: “Y salió, yéndose a otro lugar,” es demasiado vaga para apoyarse en ella. Lo

más probable es que el apóstol no se haya alejado de Palestina, contentándose con salir de las

regiones que pertenecían a Herodes Agripa. Sabemos que vivió durante cierto tiempo en Antioquía

28, de donde una antigua tradición le hace obispo 29. De todos modos, en el año 49-50 estuvo

presente en el concilio de Jerusalén 30.

La venida y el martirio de San Pedro en Roma son probables. Se discute el año en que

llegó, la duración de su permanencia y la fecha precisa de su muerte. Hoy varios autores piensan

que Pedro llegó a Roma bajo el emperador Nerón (54-68). La fecha de su martirio debió de ser

probablemente el año 67 32, aunque hay autores que piensan más bien en el año 64. La tradición

parece inclinarse más por el año 67, ya que señala el año 14 de Nerón como fecha del martirio de

San Pedro y San Pablo 33.

Los Destinatarios de la 1 Pe.

No sabemos si San Pedro había visitado las cristiandades del Asia Menor, a las cuales dirige

su primera carta. No existen indicios de que el apóstol conociese personalmente a los destinatarios.

La carta va dirigida a los cristianos que habitaban en diversas regiones del Asia Menor:

Ponto, Galacia, Capadocia, Asia proconsular, Bitinia42. Diversos indicios de la carta demuestran

que los lectores eran en su mayoría convertidos del paganismo: les dice que vivían en la ignorancia

de Dios43, lo cual no se podría decir de los judíos; que fueron llamados de las tinieblas a

una luz admirable 44; que en un tiempo no eran pueblo de Dios ni habían conseguido misericordia

45. También supone que antes no eran hijos de Abraham 46; y en 4:355 recomienda a sus lectores

el dejar de hacer, como en otro tiempo, la voluntad de los gentiles 47.

Varias de las regiones nombradas en el encabezamiento de la carta fueron evangelizadas

por San Pablo y sus discípulos48. De Pedro no sabemos que haya predicado en aquellas regiones.

Tal vez Pedro haya sabido por Silvano 49 las grandes dificultades por las que pasaba aquella Iglesia.

Y, por razón de su autoridad apostólica, les haya escrito para exhortarlos y confirmarlos en la

fe. Los destinatarios debían de pertenecer en su mayor parte a la clase social más humilde, como

se desprende de las amonestaciones que dirige a los esclavos 50. En cambio, faltan las amonesta5329

ciones correlativas dirigidas a los patronos. Los cristianos son muy probados 51; pero, al mismo

tiempo, saben que los demás cristianos del mundo entero han de sufrir del mismo modo 52. No

parece que esto suponga que las persecuciones del Imperio romano ya hubieran empezado. Por la

epístola se ve que se trata de vejaciones, de calumnias, no de persecuciones 53.

Ocasión y Finalidad de la 1 Pe.

Las pruebas que los cristianos tenían que sufrir de parte de los paganos y de los judíos,

ponían en peligro su fe 54. Injurias, calumnias, vejaciones de todo género, debilitaban la fe de

muchos, que podían volver a la vida disoluta anterior a su conversión 55. Por eso, la finalidad de

la epístola es exhortar a los cristianos a ser fieles a su fe. Para esto les recuerda su incomparable

dignidad 56 y el inmenso favor que el Señor les había hecho al llamarlos a su fe 57. Les exhorta a

que cumplan con todo cuidado los deberes para con todos los hombres; que vivan piadosamente,

para que, de este modo, puedan desenmascarar las calumnias de los enemigos.

La ocasión que motivó la 1 Pe debió de ser la situación difícil por la que atravesaban las

comunidades cristianas del Asia Menor, perseguidas, calumniadas, injuriadas por los paganos y

judíos 58. Pero ¿por qué no fue San Pablo el que escribió a dichas Iglesias, evangelizadas por él?

Posiblemente porque San Pablo en aquel momento estaba ausente de Roma, empeñado en su viaje

a España después Je ser liberado de su primera cautividad.

Fecha y lugar de composición de la 1 Pe.

Teniendo en cuenta ciertos indicios de la misma epístola, se puede colocar su composición

hacia el año 63-64. No pudo ser escrita antes del año 60, es decir, antes del tercer viaje

apostólico de San Pablo (54-58), ya que la epístola 59 supone que la religión cristiana había sido

propagada en casi todas las provincias del Asia Menor. Además, hay en la 1 Pe reminiscencias

de la epístola a los Romanos (57-58) y de la epístola a los Efesios (61-63). El hecho de que no se

manden saludos de San Pablo en esta epístola de San Pedro, escrita desde Roma, hace suponer

que San Pablo no se encontraba en Roma cuando fue escrita. Ahora bien, el Apóstol fue liberado

en la primavera del año 63. Luego no pudo ser escrita antes del año 63. Tampoco pudo ser escrita

después del año 64, ya que no se alude para nada a la persecución de Nerón, que estalló en el

otoño de aquel año. Así piensan Felten60, Meinertz61, Holzmeister 62 y Teófilo García de Orbiso63.

En todo caso, la misma epístola se opone a una composición demasiado tardía, como el

fin del siglo I o el siglo II. Los destinatarios pertenecen a la primera generación cristiana, ya que

San Pedro les dice que no vuelvan a los errores paganos que han abandonado 64. La parusía es

contemplada como próxima65. La organización jerárquica es todavía rudimentaria: las comunidades

son gobernadas por presbíteros66.

El lugar de composición fue Roma, como se ve por la expresión Os saluda la Iglesia de

Babilonia 67. Babilonia es un nombre simbólico que designa la Roma pagana, que era ciudad

grande, rica, soberbia, adoradora de falsos dioses, perseguidora de los santos, como había sido la

Babilonia de Mesopotamia. Así lo afirman escritores muy antiguos, como Papías, Clemente Alejandrino68,

San Jerónimo 69 y otros. Este modo de ver es confirmado por el Apocalipsis 70 y por

escritos apócrifos que emplean un simbolismo semejante71. Tiene muy poca probabilidad la opinión

de algunos que piensan que la epístola fue escrita en Babilonia de Mesopotamia. En aquel

tiempo, Babilonia estaba destruida, y en su lugar sólo existía un pueblecito medio desierto. Menos

probabilidad tiene aún la teoría de otros que colocan la composición de la 1 Pe en Babilonia

de Egipto, cerca de El Cairo. En el siglo i era tan sólo una estación militar.

5330

Autor de la 1 Pe.

San Pedro se sirvió de la ayuda de Silvano para la composición de la epístola72. Silvano,

llamado Silas en Act 15:22.32, era colaborador de San Pablo y había intervenido eficazmente en

la expansión del cristianismo en Asia Menor. Conocía bien, por consiguiente, el ambiente de las

comunidades cristianas del Asia Menor, a las que quería escribir San Pedro. Probablemente Silvano

no fue un simple amanuense, sino un redactor fiel de las ideas de Pedro. En cuyo caso hay

que suponer en el redactor el carisma de la inspiración, por haber intervenido de un modo considerable

en la redacción de la carta.

El estilo de la epístola tiene reminiscencias paulinas. Esto se explica fácilmente si tenemos

presente que Silvano — redactor de la epístola — era discípulo de San Pablo. De ahí las

semejanzas entre la 1 Pe y las epístolas a los Romanos y a los Efesios principalmente; y algunas

diferencias estilísticas entre la i y la 2 Pe, que pudo ser escrita por otro redactor. Las ideas de

ambas epístolas son de Pedro, pero la lengua y el estilo pertenecen a dos redactores diversos 73.

Lengua y estilo de la 1 Pe.

La epístola fue escrita en griego, como admiten todos los autores. La opinión de San Jerónimo

de que originariamente había sido escrita en arameo 74 es hoy día abandonada de todos.

Los caracteres fundamentales de la lengua y del estilo de la 1 Pe se encuentran en los demás escritos

neotestamentarios pertenecientes a la corriente petrina (2 Pe, discursos de San Pedro en

los Hechos de los Apóstoles, evangelio de San Marcos). Su vocabulario, fraseología, etc., tienen

bastante de común75.

El estilo de la 1 Pe es claro, sencillo y gramaticalmente correcto. “La característica del

estilo — afirma Verdunoy — es la frase invertebrada, sin continuación lógica exterior, pero dotada

de una lógica interior real”76. Un caso bien típico lo tenemos en la interminable frase de 1:3-

12, en la que se amontonan preposiciones subordinadas, que hacen difícil una traducción literal.

La influencia de la versión de los LXX es manifiesta, pues de 62 hapax del Nuevo Testamento

que se encuentran en nuestra epístola, 34 se hallan en los LXX. Ciertos semitismos y algunas incorrecciones

de estilo, como la omisión demasiado frecuente del artículo 77, el uso de la partícula

μη con participio en lugar del oú clásico 78, la ausencia de las conjunciones άρα, γε, έπεί, επειδή,

τε, δη, που, πώς, αν, denuncian un autor no griego. La circunstancia de que en la 1 Pe no se empleen

las partículas Que acabamos de indicar hace decir a Bigg 79: “Este solo hecho hasta para

demostrar que el autor no era un griego.” San Pedro era, en efecto, un hombre sin instrucción 80.

Sin embargo, el vocabulario de la epístola es rico, sus frases son flexibles, y sus expresiones, felices.

El autor conoce las antítesis verbales elegantes 81 y atestigua un sentido agudo de la estructura

rítmica 82. Por lo cual se ve que San Pedro se ha servido de un redactor.

El estilo de San Pedro es rico en imágenes, en metáforas. Sin embargo, ordinariamente,

no son originales, sino ya conocidas de la Biblia. Expresa sus sentimientos con entusiasmo y con

afecto, cautivando y encendiendo el alma de cada cristiano en deseos de imitar al divino paciente

83.

El estilo epistolar es más marcado que en la epístola de Santiago. Sin embargo, las exhortaciones

morales le dan más bien el aspecto de una homilía, con ciertos rasgos epistolares. Las

numerosas alusiones al bautismo 84 indican que el autor se ha servido para redactar su carta de

expresiones e ideas provenientes de la catequesis bautismal85.

Hay serios indicios que prueban la dependencia de la 1 Pe respecto de la epístola de Santiago:

encabezamiento semejante, empleo de las mismas palabras raras, las mismas citas del libro

5331

de los Proverbios 86.

Autenticidad y canonicidad de la 1 Pe.

La autenticidad petrina de la epístola ha sido negada o puesta en duda, desde principios

del siglo XIX, por muchos acatólicos (H. von Soden, H. Gunkel, R. Knopf, Jülicher-Fascher).

Los católicos, en cambio, a los que se unen también muchos acatólicos, defienden enérgicamente

la genuinidad de la epístola.

En la tradición patrística no se encuentra la menor traza de duda acerca de la autenticidad

y canonicidad de la carta. El primer testimonio canónico se encuentra en la 2 Pe, en donde se dice:

“Esta es, carísimos, la segunda epístola que os escribo.” 87 Tanto en la Iglesia oriental como

en la occidental abundan los testimonios explícitos sobre la autenticidad petrina de la epístola.

San Ireneo cita varias veces de modo explícito la epístola 88. Lo mismo hacen Clemente Alejandrino

89, Orígenes 90, Tertuliano 91 y Eusebio, según el cual la 1 Pe pertenece a los libros llamados

homologúmena (τα όμολογούμε-να), ο sea los que son recibidos por todos sin ninguna oposición

92. Por eso puede decir Tricot: “No hay libro en todo el Nuevo Testamento que tenga testimonios

más antiguos o más explícitos que la 1 Petri.”

La omisión de la 1 Pe en el Canon de Muratori — teniendo presente el consentimiento

unánime de la tradición de la Iglesia — no ha de sorprender demasiado, pues podría explicarse

por una mutilación o una corrupción del texto. Tanto más cuanto que el Pastor de Hermas conoce

la 1 Pe 93 y fue muy utilizada en el decurso del siglo II Se encuentra también en todas las versiones

antiguas: Siríaca, Vetus Latina, Cóptica, etc., y en los cánones antiguos de los libros sagrados.

El testimonio externo es confirmado por razones internas tomadas de la misma epístola.

El autor se llama a sí mismo Pedro apóstol 94, testigo de la pasión de Cristo 95. Habla de Marcos

como de su hijo 96, que, según una antiquísima tradición, era compañero y amanuense de Pedro.

Alude con frecuencia, como testigo ocular, a los sermones y a los hechos de Jesús 97.

Doctrina de la 1 Pe.

Aunque la epístola se propone como finalidad esencial el exhortar y atestiguar 98, contiene,

sin embargo, una gran riqueza doctrinal. Es importante observar que la 1 Pe recuerda frecuentemente

las expresiones y los puntos doctrinales de los discursos de Pedro, que nos han sido

transmitidos por los Hechos de los Apóstoles .” Sin embargo, la enseñanza cristiana de la epístola

ya no pertenece al estadio arcaico de la predicación apostólica.

Las principales ideas doctrinales de la epístola son las siguientes:

Dios es considerado como sabio 100, misericordioso 101, santo 102, padre 103, fiel104, juez

universal y justo 105, creador 106, poderoso 107 y salvador108. El misterio de la Santísima Trinidad

es profesado con bastante claridad 109.

Cristo es llamado Señor en diversos lugares 110. Lo considera como preexistente m, puesto

que iluminaba a los profetas antiguos 112. San Pedro aplica a Cristo todo cuanto en el Antiguo

Testamento es dicho de Yahvé 113. Jesucristo, siendo totalmente inocente 114, padeció y se sacrificó

por nosotros 115. Sus sufrimientos y su muerte, que nos han de servir de modelos 116, han expiado

por todos los pecados de los hombres 117. Después que Cristo murió en la cruz, fue a anunciar

la salvación a los espíritus de los justos prisioneros en los infiernos 118. Resucitó 119, subió al

cielo y está a la diestra de Dios 12°. Al final de los tiempos tendrá lugar la parusía de Cristo para

juzgar a los vivos y a los muertos 121.

El hombre era pecador 122, pero había sido predestinado a la santidad 123. Por eso fue re5332

generado por Cristo mediante la fe 124, la sumisión a Dios 125 y el bautismo 126. El bautismo fue

prefigurado por las aguas salvadoras del diluvio 127. El Espíritu nos regeneró y nos santificó 128.

Por este motivo, el hombre puede esperar una vida bienaventurada en el cielo 129. Pero para obtenerla

ha de despojarse de todos sus vicios y pecados 130, luchar contra el demonio 131 practicar la

candad fraterna 132, imitar la santidad de Dios 133 y unirse a Jesucristo para dar a Dios el verdadero

culto 134.

La Iglesia, o mejor, la doctrina eclesiológica, tiene mucha importancia en la I Pe. Los

cristianos son entre sí hermanos 135 y miembros de Cristo 136. Constituyen un edificio viviente,

cuyas piedras son ellos mismos, y la base, Jesucristo 137. Los cristianos han venido a formar el

verdadero pueblo de Dios 138. Cristo los gobierna como supremo pastor 139. Los pastores visibles

son los apóstoles y los presbíteros, los cuales han de mostrarse en su gobierno vigilantes, desinteresados,

celosos, amables, ejemplares 140.

División de la 1 Pe.

Siendo nuestra epístola casi en su totalidad par enética o exhortativa, resulta difícil hacer

una división perfecta. Si exceptuamos la introducción 141 y la conclusión 142, lo demás es una

continuación ininterrumpida de exhortaciones morales, estrechamente asociadas a consideraciones

doctrinales que las justifican. La preocupación dominante de la epístola es la vida cristiana

como fuente de valor y de esperanza.

1) Encabezamiento (1:1-2).

2) Acción de gracias por la regeneración bautismal (1:3-12).

a) La salud de los cristianos (1:3-9).

b) La esperanza de los profetas (1:10-12).

3) Exhortación a la santidad (1:13-2:10).

a) Exhortación a la vigilancia (1:13-21).

b) A la caridad (1:22-25).

c) A la simplicidad (2:1-3).

d) El nuevo sacerdocio (2:4-10).

4) Diversas obligaciones de los cristianos (2:11-3:17).

a) El buen ejemplo entre los paganos (2:11-12).

b) Sumisión a las autoridades (2:13-17).

c) Deberes de los siervos respecto de sus señores (2:18-25).

d) Deberes mutuos de los esposos (3:1-?)·

e) Deberes de candad fraterna (3:8-12).

f) Comportamiento cristiano en el sufrimiento (s.^-1?)·

5) La resurrección y el descenso a los infiernos (3:18-4:6).

6) Proximidad de la parusía (4:7-1 1).

7) Síntesis de la epístola (4:12-19).

8) Advertencias a los diversos miembros de la comunidad (5:1-11).

a) Advertencias a los presbíteros (5:1-4).

b) Advertencias a los fieles (5:5-11).

9) Últimos avisos y saludos (5:12-14).

5333

Capitulo 1.

Encabezamiento, 1:1-2.

1 Pedro, apóstol de Jesucristo, a los elegidos extranjeros de la dispersión del Ponto,

Galacia, Capadocia, Asia y Bitinia, 2 elegidos según la presciencia de Dios Padre en

la santificación del espíritu para la obediencia y la aspersión de la sangre de Jesucristo:

la gracia y la paz os sean multiplicadas.

En este prólogo, el autor sagrado indica su nombre, su categoría dentro de la Iglesia y los destinatarios.

Entre todas las epístolas católicas es aquí el único lugar donde el autor hace uso de su

título apostólico. Pedro = Pétros es la forma griega del arameo Kefas-(= roca), nombre impuesto

por Jesucristo a Simón.

Y puesto que sus lectores probablemente no le conocían personalmente, hace mención de

su categoría de apóstol de Jesucristo 3, a fin de que le obedezcan y acepten sus enseñanzas.

Los destinatarios de la epístola son los elegidos extranjeros de la dispersión (v.1). Todos

los cristianos son elegidos a la fe y a la gracia, porque han sido objeto de una elección especial y

gratuita por parte de Dios. Pero esta elección no es una predestinación definitiva, sino inicial,

pues ha de ser consumada en el cielo 4. Por este motivo, los destinatarios son considerados por el

apóstol como peregrinos, como extranjeros en este mundo. El término griego παρεπίδημος se

dice propiamente de los que habitan en un país extranjero temporalmente, sin convertirlo en su

residencia continua, fija. Pero aquí tiene un sentido místico y espiritual. El autor sagrado ve en la

vida terrena una morada provisoria, una especie de peregrinación hacia la vida eterna 5. Los cristianos,

a los cuales se dirige el apóstol, son considerados como ciudadanos de la Jerusalén celestial

6. La idea de que la vida del hombre en este mundo es como un continuo peregrinar se encuentra

ya en el Antiguo Testamento 7.

El término dispersión o diáspora designa ordinariamente todas las regiones en que vivían

los judíos fuera de Palestina 8. En este sentido emplea diáspora Santiago en su epístola 9. Sin embargo,

San Pedro aplica este término a los cristianos que, como desterrados en medio de un mundo

hostil, vivían dispersos entre los paganos. Las cinco provincias romanas enumeradas: Ponto,

Galacia, Capadocia, Asia y Bitinia, representan toda el Asia Menor, excepto la Cilicia. Todas

ellas estaban situadas en la zona central y septentrional de la Anatolia actual. Algunas de las regiones

que nombra San Pedro fueron evangelizadas por San Pablo y por sus discípulos 10. En

otras, el cristianismo debió de ser predicado por los judíos y prosélitos convertidos por San Pedro

el día de Pentecostés n. Por una carta de Plinio el Joven al emperador Trajano, sabemos que el

cristianismo estaba muy floreciente en Bitinia hacia el año 111. El procónsul se muestra

preocupado “propter periclitantium numerum. Multi enim omnis aetatis, omnis ordinis. vocantur

in periculum. Ñeque civitates tantum, sed vicos etiam atque agros superstitionis istius contagio

pervagata est.”12

Los cristianos han sido elegidos y llamados a la fe según la presciencia 13 de Dios Padre

(v.2). La vocación o elección de los cristianos tiene por principio la previsión de Dios Padre, el

cual, en virtud de un decreto eterno, providencial y misericordioso, nos eligió gratuitamente ab

aeterno 14. San Pablo insiste sobre esta misma idea en la epístola a los Romanos 15 y a los Efesios

16. Dios Padre es, pues, la causa eficiente de nuestra elección. La ejecución en el tiempo de la

elección hecha ab aeterno por el Padre se cumple por medio de la santificación (causa formal) 17,

que obra en nosotros el Espíritu Santo 18 infundiendo en nuestra alma la gracia santificante.

San Pedro atribuye, por apropiación, la santificación a la tercera persona de la Santísima Trini5334

dad. Esta santificación se opera inicialmente en el bautismo, se va desarrollando en la vida cristiana

y terminará en la gloria del cielo.

El efecto o el fin inmediato de la elección del cristiano es doble: los cristianos son elegidos

para que obedezcan a la fe en Jesucristo, es decir, para que le estén sometidos y practiquen

sus preceptos. El cristiano muestra su obediencia a Dios al abrazar el Evangelio. Al mismo tiempo,

los cristianos son elegidos para recibir la aspersión de la sangre de Jesucristo, o sea para obtener

la remisión de los pecados, participando de los frutos de la muerte salvadora de Cristo. La

aspersión de la sangre de Jesucristo, que constituyó la sanción oficial de la Nueva Alianza 19, recuerda

la aspersión de la sangre de las víctimas hecha por Moisés para renovar la alianza en el

Sinaí 20. La idea de muerte expiatoria de Cristo y de la alianza son familiares a la 1 Pe 21. Por eso

parece natural ver aquí una alusión esa muerte expiatoria, y no una simple alusión — como creen

bastantes autores — a las abluciones del templo de Jerusalén y al agua de la aspersión 22.

Es digno de notarse que en este v.2 son mencionadas las tres divinas personas. Al Padre

se atribuye la predestinación, al Espíritu Santo, la santificación, y al Hijo, la redención 23. Una

fórmula trinitaria análoga la encontramos en la 1 Cor 13:13.

San Pedro termina el saludo deseando a sus lectores que la gracia y Ia Paz les sean multiplicadas.

Gracia incluye todo favor y todo don divino que nos puede ayudar a conseguir la salvación.

La paz es un efecto del amor de Dios por las criaturas 24. San Pedro desea que estos bienes

y dones divinos se acrecienten cada día más en los fieles 25.

Acción de Gracias por la Regeneración, Bautismal, 1:3-12.

Después de saludar a los cristianos, San Pedro comienza dando gracias a Dios por el beneficio

de la salvación concedido a los cristianos. Y lo hace con una especie de doxología rica en

conceptos dogmáticos, que recuerda el exordio de la epístola a los Efesios 26.

La salad de los cristianos, 1:3-9.

3 “Bendito sea Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que por su gran misericordia

nos reengendró a una viva esperanza por la resurrección de Jesucristo de entre

los muertos, 4 para una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible, que

os está reservada en los cielos 5 a los que por el poder de Dios habéis sido guardados

mediante la fe para la salud que está dispuesta a manifestarse en el tiempo último. 6

Por lo cual exultáis, aunque ahora tengáis que entristeceros un poco en las diversas

tentaciones, 7 para que vuestra fe probada, más preciosa que el oro, que se corrompe

aunque acrisolado por el fuego, aparezca digna de alabanza, gloria y honor en la

revelación de Jesucristo, 8 a quien amáis sin haberlo visto, en quien ahora creéis sin

verle, y os regocijáis con un gozo inefable y glorioso, 9 recibiendo el fruto de vuestra

fe, la salud de las almas.”

Gracias a la inmensa misericordia de Dios, los cristianos han sido hechos participantes de los

méritos de la pasión y de los frutos £ la resurrección de Cristo. Han sido reengendrados 27 por

medio del bautismo, que les ha comunicado una nueva vida 28, constituyéndolos hijos adoptivos

suyos. Esta nueva vida ha infundido en el corazón de los cristianos una viva esperanza de la vida

eterna. El fundamento de esta esperanza es la resurrección de Jesucristo, la cual es el modelo y

causa de nuestra resurrección, porque del mismo modo que Jesús resucitó, así resucitaremos nosotros

29. La nueva vida conseguida en el bautismo obtendrá a los fieles la salvación definitiva,

5335

que todavía es considerada como futura. Pero la esperanza de conseguirla es una esperanza viva,

que no engaña, sino que sostiene y conduce a la vida eterna 30.

La regeneración divina, que ha producido en los cristianos una nueva vida, confirió a éstos

una esperanza viva de conseguir una herencia imperecedera y segura (v./j.). He aquí el objeto

principal de nuestra esperanza. Por el hecho de ser hijos de Dios tenemos derecho a la herencia,

que consiste en el reino de los cielos; pues, como dice San Pablo, “si somos hijos, también seremos

herederos, herederos de Dios, coherederos de Cristo.” 31 Pedro describe con tres epítetos la

excelencia de esta herencia: es incorruptible, incontaminada e inmarcesible, en cuanto que está

libre de toda corrupción, de toda mancha, de toda marchitez. Siempre está llena de suavidad inefable

y como reservada en los cielos, esperando el tiempo oportuno para ser revelada. Este

tiempo es el día de la manifestación de Jesucristo, es decir, el día del juicio 32.

La herencia que está reservada a los cristianos difiere totalmente de la herencia terrena,

que se puede perder y fácilmente se mancha con pecados cometidos en su adquisición o en su

uso. Por eso, no es raro que produzca tedio y aborrecimiento por parte de los que la poseen 33.

Dios ha preparado para los cristianos esa herencia desde el principio del mundo 34, y, además, la

ha preparado en el cielo, es decir, en un lugar seguro, en “donde ni la polilla ni el orín la corroen

y donde los ladrones no horadan ni roban.” 35

Dios tiene gran cuidado de los cristianos, y los defiende, como en una fortaleza, de todo

peligro mediante la fe (ν.5), por la cual el fiel puede superar las insidias del diablo. Gracias a la

fe, los cristianos escapan a los peligros que amenazan su salvación y logran llegar a las realidades

invisibles de la esperanza cristiana 36. Por el hecho de que Dios defiende poderosamente a los

cristianos, éstos deben tener una esperanza ciertísima y viva de que llegarán a poseer la herencia

que les tiene reservada en el cielo, pues nadie podrá arrebatar de la mano de Dios lo que él tiene.

La fe y la esperanza de la gloria futura anima y alegra, al presente, a los cristianos (v.6)

en medio de las dificultades y tentacioes de la vida terrena. Porque saben que Dios se sirve de las

aflic para instruir a sus verdaderos hijos 37 y se dan cuenta que la tribulación será breve; en cambio,

el fruto será abundantísimo y terno .38 Jesucristo, en el sermón de la Montaña 39, también

habla ¿e la alegría de aquellos que son insultados y perseguidos, porque saben que su recompensa

será grande en los cielos. Santiago también tiene expresiones parecidas sobre la alegría en el

dolor40. El sentirse alegre en medio del dolor y de las persecuciones ha de ser una de las características

del verdadero cristiano41. La 1 Pe habla con frecuencia del tema del dolor42, sin que parezca

aludir a una persecución, sino a las pruebas comunes a todos los cristianos.

Las pruebas y tentaciones de la vida presente servirán para perfeccionar nuestra fe; porque,

saliendo victoriosa de la lucha, será purificada y aparecerá incomparablemente más preciosa

que el oro perecedero que ha pasado por el crisol (v.7) 43. Una tal fe purificada y perfeccionada

por el sufrimiento será nuestro título de gloria en el día de la manifestación del Señor 44.

El triunfo de los fieles sobre las pruebas de esta vida supone un gran mérito, porque aman

al Señor sin haberle visto45 nunca y creen 46 en El sin haberle contemplado 47. Esta fe les hace

sentir un gusto anticipado del gozo inenarrable que experimentan los bienaventurados en el cielo.

Y, al mismo tiempo, les hace saber que conquistan, mediante su fidelidad, el fin mismo de la fe,

que es su propia salvación (v.8-9). La fe se ordena a la salvación del alma, que ya es iniciada en

este mundo por la gracia y será consumada en la gloria. Por eso, los cristianos pueden alegrarse

ya al presente, porque poseen en germen lo que esperan alcanzar en el cielo.

La esperanza de los profetas, 1:10-12.

10 Acerca de la cual inquirieron e investigaron los profetas que vaticinaron la gracia

5336

a vosotros destinada, 11 escudriñando qué y cuál tiempo indicaba el Espíritu de Cristo,

que en ellos moraba y de antemano testificaba los padecimientos de Cristo y las

glorias que habían de seguirlos. 12 A ellos fue revelado que no a sí mismo, sino a vosotros,

servían con esto, que os ha sido anunciado ahora por los que os evangelizaron,

movidos del Espíritu Santo, enviado del cielo, y que los mismos ángeles desean

contemplar.

En estos versículos muestra el apóstol la excelencia del misterio de nuestra redención, que llevó

a cabo Cristo, por el hecho de que ya en el Antiguo Testamento fue el objeto principal de todos

los oráculos y profecías. Y hasta los mismos ángeles lo deseaban contemplar 48. Los profetas se

mostraban particularmente ansiosos por conocer el tiempo y las diversas circunstancias en que

tendría lugar la pasión y glorificación del Mesías49. Este celo por penetrar el misterio de Cristo

pone de relieve la ventaja de los cristianos, que son los beneficiarios inmediatos. A éstos ha sido

revelado de una manera especial el misterio de Jesucristo, que permaneció, en cierto sentido,

oculto a los justos del Antiguo Testamento.

Los profetas no veían claro la sucesión de los tiempos — sus visiones suelen ser cuadros

sin perspectiva — ni conocían las circunstancias en que habían de suceder aquellas cosas que les

revelaba el Espíritu de Cristo (v.10-11)50. Este Espíritu divino, que guiará e iluminará a los apóstoles

en el Nuevo Testamento 51, moraba ya en los antiguos profetas y los dirigía hacia el conocimiento

de la vida, muerte y resurrección de Jesucristo, que les era revelada de un modo misterioso

52. Los sufrimientos y triunfos del Mesías habían sido predichos en el Antiguo Testamento

53; pero sólo se comprendieron plenamente cuando Jesús cumplió en su persona aquellos oráculos

54. El Espíritu de Cristo testificaba a los profetas los padecimientos de Cristo y la gloria que

les seguiría (v.11). Con esto quiere San Pedro consolar a los cristianos que se encontraban en la

tribulación: lo mismo que Cristo, serán ahora atribulados, pero después serán, como El, glorificados

55.

El recurso al Antiguo Testamento para probar que Jesús debía sufrir, morir y resucitar es

frecuente en los primeros discursos de San Pedro 56 y manifiesta la preocupación por evitar el

escándalo de la cruz. Para los apóstoles, ambos Testamentos están en perfecta continuidad y Jesucristo

es su más auténtica explicación 57.

A los profetas les fue revelado que ellos no serían los testigos de las maravillas que anunciaban

58. La teología judía enseñaba que la venida del Mesías era el secreto de Dios y que sería

cosa vana el querer computar rigurosamente el tiempo59. La misión de los profetas era preparar

la obra de Cristo y trabajar en beneficio de los cristianos. Los destinatarios de la epístola son

los beneficiarios del don que deseaban los profetas 60.

La revelación que recibieron los profetas había de servir principalmente a los cristianos,

que fueron evangelizados por hombres movidos por el Espíritu Santo (v.12). La evangelización

del mundo fue obra del Espíritu Santo, que se derramó abundantemente sobre los apóstoles y sobre

toda la Iglesia primitiva 61. Los apóstoles, impulsados por el Espíritu Santo 62, predicaron la

buena nueva y revelaron al mundo las maravillas del misterio cristiano, cuya 63 contemplación

extasía a los mismo ángeles. San Pablo dice que la contemplación de los misterios de la redención

manifiesta a los ángeles “la multiforme sabiduría de Dios” 64 y constituye una gracia 65 que

acrecienta la bienaventuranza angélica66. Lo mismo que los profetas deseaban saber el tiempo en

que debía empezar la obra mesiánica, así los ángeles desean conocer el tiempo de su consumación.

La inspiración profética es atribuida (cf. v.11) a Cristo preexistente, que ya en la antigua

economía, antes incluso de la encarnación, desempeñó un papel de suma importancia. Esta idea

5337

se encuentra ya en los apologistas cristianos67, que se esfuerzan por dar realce a la perfecta armonía

y continuidad de ambos Testamentos con el fin de oponerse a los primeros ataques de la

“gnosis.”

Exhortación a la Santidad, 1:13-2:10.

Después de una introducción de carácter más bien dogmático, el autor sagrado pasa a exhortar

y a inculcar la práctica de las virtudes cristianas.

Exhortación a la vigilancia, 1:13-21.

13 Por lo cual, ceñidos los lomos de vuestra mente y apercibidos, tened vuestra esperanza

completamente puesta en la gracia que os ha traído la revelación de Jesucristo.

14 Como hijos de obediencia, no os conforméis a las concupiscencias que primero

teníais en vuestra ignorancia, 15 antes, conforme a la santidad del que os llamó, sed

santos en todo, 16 porque escrito está: “Sed santos, porque santo soy yo.” 17 Y si llamáis

Padre al que sin acepción de personas juzga a cada cual según sus obras, vivid

con temor todo el tiempo de vuestra peregrinación, 18 considerando que habéis sido

rescatados de vuestro vano vivir según la tradición de vuestros padres, no con plata

y oro, corruptibles, 19 sino con la sangre preciosa de Cristo, como cordero sin defecto

ni mancha, 20 ya conocido antes de la creación del mundo y manifestado al fin de

los tiempos por amor vuestro; 21 los que por El creéis en Dios, que le resucitó de entre

los muertos y le dio la gloria de manera que en Dios tengamos nuestra fe y nuestra

esperanza.

Por el hecho de ser tan grande la excelencia de la herencia, qué está reservada a los cristianos,

San Pedro les exhorta a hacerse dignos de ella. Para progresar en la vida cristiana es necesario

trabajar en la perfección, disciplinando nuestros pensamientos y sentimientos para que no nos

impidan servir a Dios libremente. El autor sagrado se sirve de una metáfora tomada de las costumbres

orientales: cuando un oriental se dispone a un viaje o a un trabajo fatigoso, se levanta un

tanto la amplia túnica y la ciñe a la cintura con el fin de que los movimientos sean más fáciles 68.

San Pedro aplica la imagen al cristiano: la santificación es una labor ardua que exige que

el espíritu esté libre de las preocupaciones terrenas y preparado para emprender el largo camino

hacia el cielo. Con este mismo fin no han de preocuparse de los intereses y placeres de este mundo,

sino poner toda su esperanza en la gracia que ha traído la revelación de Jesucristo (ν.13).

La gracia (χάριβ) de que habla aquí la epístola es la gloria, la entrada definitiva en la herencia

celestial. En esta primera epístola de San Pedro, χάριβ significa todo favor divino o el título que

se tiene a los beneficios divinos. San Pablo y San Juan, en cambio, emplean χάρις para designar

“la gracia santificante.”

Un motivo que debe impulsar a los cristianos a la santidad es el hecho de ser Dios santo

(v. 15-16). Como hijos que en todo se muestran obedientes a la voluntad del Padre, los fieles se

han de mostrar ajenos a las concupiscencias y malos deseos que habían tenido antes de convertirse,

cuando se encontraban en las tinieblas del paganismo y desconocían a Dios, para tributarle el

honor debido (v.14). Esto presupone que los destinatarios de la 1 Pe procedían del paganismo al

menos en su mayoría. San Pablo también recuerda la ignorancia y las pasiones desenfrenadas de

los paganos 69.

Los cristianos han de imitar la santidad de Dios70 porque tal es su voluntad 71. El ideal

supremo de la vida cristiana es la santidad misma de Dios, el cual es, por esencia, todo bondad y

5338

justicia. A los cristianos se impone, más todavía que a los israelitas, la máxima del Levítico:

“Sed santos, porque santo soy yo, Yahvé, vuestro Dios” 72. San Pedro había insistido ya en varias

ocasiones en proclamar a Jesús “el Santo de Dios”73, “el santo y justo Siervo del Señor,” del que

nos habla Isaías 74. La santidad implica la separación de las pasiones y de todo elemento profano

e impuro. Esta separación se inicia por la vocación a la fe 75 y por la incorporación a Cristo mediante

el bautismo. Pero la santidad exige un esfuerzo continuado durante toda la vida del cristiano.

Por eso, los cristianos han de esforzarse por imitar la santidad de Cristo, ya que es su más

perfecto modelo. Si la imitación de Cristo ha de ser la norma suprema de la moral cristiana, es

porque la vida de Jesús es la manifestación humana más perfecta de la santidad de Dios 76.

También el santo temor del Dios-Juez (v.17) ha de ser un es eficaz para trabajar por adquirir

la santidad 77. Aunque los cristianos invoquen a Dios como a su Padre, según la enseñanza

del mismo Cristo 78, han de mantenerse siempre en una actitud de temor reverencial. Al mismo

tiempo, no han de olvidar que es un Dios justo, que dará a cada uno según sus obras 79, sin hacer

distinción ¿e personas 80. Por eso hay que vivir cristianamente, según el ideal de la santidad divina,

manteniéndose ajenos a todo lo que pudiera desagradar al Padre celestial. Hay que tener confianza

en la providencia paternal de Dios; pero, al mismo tiempo, hay que temer al Juez que puede

precipitar el alma en la gehenna, como decía el mis-mo Jesús 81. Entre los antiguos la idea de

paternidad evocaba no sólo el amor, sino también el temor reverencial que se debía tributar a los

padres 82.

La verdadera patria del cristiano está en el cielo. Por eso, ha de trabajar por librarse de

todo lo que le pudiera apartar de la meta durante su peregrinación por este mundo 83.

El apóstol recuerda un tercer motivo que ha de incitar a los fieles a la santidad: han sido

rescatados con un altísimo precio, con la sangre preciosa de Cristo (v. 18-19). “La sangre de

Cristo es llamada justamente preciosa — dice San Ambrosio — porque es sangre de un cuerpo

inmaculado, porque es sangre del Hijo de Dios, que nos ha rescatado no sólo de la maldición de

la Ley, sino también de la muerte perpetua” 84. Por eso, los cristianos han de recordar que fueron

rescatados 85 del vano vivir que les habían transmitido sus padres. El autor sagrado se refiere

evidentemente al culto de los ídolos 86, supremas vanidades de los paganos. Durante siglos y siglos

sus padres fueron esclavos de la idolatría y de los vicios que llevaba consigo. Pero ahora

Dios los ha rescatado no con plata y oro, sino con la sangre del cordero sin mancha. Es un precio

infinito, divino87. San Pedro tal vez aluda al cordero pascual, que debía ser sin defecto, y cuya

perfección física era figura de la perfección moral de Cristo y de la inmunidad de todo pecado

88. La representación de Cristo como cordero pascual era cosa conocida y corriente entre los primeros

cristianos 89. De igual modo, el valor expiatorio de la sangre de Cristo formaba parte de la

tradición primitiva cristiana.

El plan de la redención del mundo había sido decretado antes de la creación del mundo,

desde la eternidad. Pero el cumplimiento estaba reservado al fin de los tiempos, es decir, a los

tiempos mesiánicos (v.20), que eran considerados como la última etapa de la historia, como “la

plenitud de los tiempos” 90. Semejante manifestación y redención de Cristo ha de excitar a los

cristianos a la confianza y moverlos a la santidad, ya que Dios llevó a cabo la obra de la redención

por amor de ellos 91. Los primeros cristianos tenían conciencia de esta predilección y se

sentían objeto y centro de toda la historia de la redención 92.

La fe que poseen los fieles es obra también del Cordero inmaculado 93. Dios Padre, después

de aceptar el sacrificio de su Hijo, inmolado por los cristianos, le resucitó de entre los muerto

y le dio la gloria (v.21) para sostener la fe y la esperanza de esos fieles. Porque creyendo que

Dios resucitó y glorificó a Jesús, también esperarán resucitar y ser glorificados, pues por su con5339

versión han venido a ser miembros del Cuerpo de Cristo. Pedro presenta la resurrección de Cristo

como fundamento de nuestra fe 94. La resurrección es el objeto principal de la fe cristiana en la

primitiva Iglesia, porque mostraba a Cristo en su gloria más plena 95.

Exhortación a la caridad, 1:22-25.

22 Pues por la obediencia a la verdad habéis purificado vuestras almas para una sincera

caridad, amaos entrañablemente unos a otros, 23 como quienes han sido engendrados

no de semilla corruptible, sino incorruptible, por la palabra viva y permanente

de Dios, 24 porque toda carne es como heno, y toda su gloria, como flor de

heno. Secóse el heno y se cayó la flor, 25 mas la palabra del Señor permanece para

siempre. Y esta palabra es la que os ha sido anunciada.

Después de hablar de los motivos de nuestra santificación, el autor sagrado pasa a tratar de la caridad

fraterna. Supone que la fe ha obrado tan eficazmente sobre sus lectores, que ha purificado

sus almas de motivos egoístas por la obediencia a la verdad 96 y ha dado origen en ellos a un

sincero amor para con sus hermanos. La santidad del cristiano presupone como postulado fundamental

el amor fraterno. El amor fraterno debe constituir el distintivo del cristiano 97. Por eso,

San Pablo afirma que la caridad fraterna ha de ser preferida a todos los carismas 98. San Juan

también habla de la unión en la caridad como señal de la santidad cristiana.

Por la obediencia a la verdad, es decir, al Evangelio 100, han purificado sus almas. Esta

purificación tiene aquí sentido moral y ritual: por el bautismo han sido limpiados de sus pecados

y han iniciado, de este modo, la vida de la santidad. Esta santificación se ordena no solamente a

una perfección meramente personal, sino que también se ordena al amor fraterno. “La idea de

santidad — como dice el P Spicq — es, pues, fundamentalmente comunitaria, eclesiástica”101

La razón por la cual han de amarse tan íntimamente es la de haber sido engendrados sobrenaturalmente

a una nueva vida (v.23). Son hermanos en Cristo; y como hermanos, engendrados

por un mismo Padre, han de quererse sinceramente. La vida sobrenatural la han recibido no

de un padre terreno, sino del mismo Dios 102, mediante un semen incorruptible e inmortal, que es

su palabra divina, es decir, el Evangelio. Esta palabra de Dios es viva, en cuanto comunica la vida

sobrenatural103, y permanente, porque es eternamente eficaz 104. Tiene un poder divino, creador

y eterno. Sólo esta virtud divina es capaz de fecundar el alma humana y hacer florecer el

germen divino de la vida de la gracia 105. Algunos autores 106 prefieren ver en el semen de que

habla la epístola una alusión al Espíritu Santo, considerado como fuente inmediata de nuestra

divinización.

San Pedro pone de relieve en los v.24-25 el valor eterno y la eficacia inexhaurible de la

palabra de Dios, contraponiéndola a la caducidad e inestabilidad de las cosas de este mundo. La

cita con la que ilustra este pensamiento está tomada de Isaías 40:6-8, según los LXX. Santiago en

su epístola 107 aduce también este texto de Isaías.

1 Cf. Jn 1:42; ver Me 3:16; J. M. Bover, El nombre de Simón Pedro: EstEcl 24 (1950) — 2 Mt 16:16-18. — 3 El término apóstol fue

sustituyendo paulatinamente al más primitivo de ios Doce. Cf. Erfaux, Pour l'histoire du títre Apostóles dans le T.N. — 4 RSR 48

(1960) 76-92. — 5 4.15-19; cf. 2 Pe 1:10. — 6 2:11. — 7 Jn3:20; Heb 12:228.cf· 2 Cor 5.6; Ef 2:19; Heb 11:13. Filón (De agricultura

kpatr ΗΝ' 2'108) Va decía que toda alma sapiente considera realmente “el cielo como Por esrf' tler.ra” como un destierro, y

que posee la morada del cuerpo como una cosa extraña. se considera peregrina (παρεπιδημεΐν) sobre la tierra.” — 8 Mac 1:27; Jn

7:35. — 9 Sant 1:1. — 10 Act 16:7; 18:2; 19:1-10. — 12 Epist. ίο ad Traianum 96:95.6. — 11 Act 2:9- — 13 El término

πρόγνοοσις es una expresión petrina, que se encuentra sólo aquí y en Act 2:24. Esta presciencia no implica únicamente un mero

acto intelectual, sino que también supone el decreto y la intención divinas en orden a la elección y a la salud eterna de los cristianos.

— 14 Gf. Act 2:23. — 15 8:28-30. — 16 1:4s. — 17 Según el texto griego, εν άγιασμώ sería in sanctificatione, noín sanctificationem

de la Vulgata, e indicaría el medio o el instrumento por medio del cual se ejecuta una acción. — 18 Ef 1:3-4; 2 Tes

2:135. — 19 Mt 26:28; Heb 12:24. — 20 Ex 24:1-8. — 21 lPe 2:9-10; — 22 Núm 19:9.13.20. — 23 propósito de estas fórmulas

5340

trinitarias se puede consultar J. Lebreton, Histoire du ne de la Trinité (París 1927) vol.1 P-353S, y E. G. Selwyn, The First Epistle

ofSt. Peter. “monal Notes: The Trinitarian formula in 1:2 p.247-250. — 24 3:18. — 25 Tn 14:27' — 26 U- Holzmeister, Exordium

prioris Epistolae Sti Petri: VD 2 (1922) 209-12. — 27 13:15·Sa ( αΥεννήσαβ) término propio de San Pedro (1:23), pero que expresa

la misma idea que Juan cuando habla del nuevo nacimiento del cristiano: Jn 3:3-5; 1 Jn 2:29; 3:9. — 28 Cf. Gal 6:15; Tit

3:5- — 29 Rom 6:3-4; 8:11; 1 Cor 15:16-19; 1 Tes 4:13. Véase S. Lyonnet, La valeur sotériolo-gique de la résurrection: Gregorianum

39 (1958) 295-318; J. M. González Ruiz, Muerto po* nuestros pecados y resucitado por nuestra justificación: Bi 40

(1959) 837-858. — 30 Rom 5:51 Tit 1:2; 3:7- — 31 Rom 8:17; Gal 4:7- — 32 Cf. Jn 6:39. — 33 Teófilo García De Orbiso, Praelectiones

exegeticae de Novo Testamento (Roma 1958) p. 696. É — 34 Mt 5:34. l! — 35 Mt 6:20. — 36 Cf. Heb 11:1. — 37 Heb

12:6-8. — 38 2 Cor 4:17. — 39 Mt 5:11-12. — 40 Sant 1:2-3. — 41 Cf. Act 5:41; Rom 5:35; 2 Cor 6:10. — 42 1 Pe 1:6-9; 2:20; 3:13-

17; 4:12-19; 5.9. — 43 Cf. Sal 66:10; Prov 17:3; 1 Cor 3:13; Ap 3:18. — 44 Mt 25:21.34; 1 Cor 4:5. — 45 El códice B, las versiones

Peshitta, Sahídica, Vetus Latina, Vulgata, Armena y los Padres San Policarpo y San Ireneo tienen el partic. aoristo ιδόντες;

en cambio, APL(K) y otros teñen el perfecto εϊδότες. — 47 Cf. Jn 20:29 — 48 M. Sales, o.c. p. 535. — 49 Cf. Mt 13:17- — 50 Lo

que aquí llama el autor sagrado el Espíritu de Cristo es llamado en el v.12 Espíritu Sanio. Es llamado Espíritu de Cristo porque

procede de El y es enviado por El. Este texto vale, por lo tanto, para demostrar que el Espíritu Santo procede también del Hijo. —

51 Cf. Jn 14:16-18; 16:13. — 52 Cf. Epíst. de Bernabé 5:6; San Ignacio Mártir, Ad Magn. 8:2; Ad Philad. 5:2. — 53 Is 52:13-

53:12; Sal 22. — 54 Lc 24:26-27. Cf. A. M. Vitti, La conoscenza del vero messianesimo dei vaticini presso ι Profeti: Gregorianum

18 (1937) 30-51. — 55 Cf. 2 Txim 2:5.ns. — 56 Act 2:23-36; 3:18. — 57 A. Charue, o.c. p. 446. — 58 Cf. Núm 24:17; Dt 18:15.

— 59 J. Bonsirven, Le Judaisme. I p.386s. — 60 Mt 13:16-17; Lc 10:24. — 61 Cf. G. Kittel, Theol. Wórterbuch G. Ν.Τ. — 62

p.401-413. — 63 Cf. 2 Pe 1:20. — 64 La Vulgata supone la lección εις δ = in quem, que está poco atestiguada. Es más segunda

Acción εις ά = in quae, es decir, en aquellos bienes anunciados por los profetas, que los anseles desean ver. — 65 1 Cor 2:7-11. —

66 cf. Tomás, Suma Teol i q.57 3.5. — 67 Epíst. de Bernabé 5:6; el Pastor de Hermas, Sim. 9:12:1-3; San Ignacio Mártir, Ad n.

8:2; Ad Philad. 5:2; San Justino, Apoí. I 31-36. — 68 Ex 12:11; Tob 5:5; Ef 6:145. — 69 Act 17:30; Rom 1:18.243; Ef 4:18. — 70

Mt 5:48. — 71 1 Tes 4:3. — 72 Lev 19:2s; cf. 11:443; 20:7-8. — 73 Jn6:x69. — 74 Act 3:14; 4:27-30; cf. Is 52:13-53:12. — 75

Ef 4:1. — 76 A. Gharue, o.c. p-447. — 77 Cf. 1 Cor 9:27; 2 Cor 5:10; Flp 2:12; Heb 12:28. — 78 Mt 6:x9;cf. Dídaje'8:3. — 79 1

Cor 4:45; 2 Cor 5,ios. — 80 San Pedro emplea aquí el término raro οπτροσωττολήμτωβ = “sine acceptatione perso-narum,” que

ya había sido usado por él mismo en el discurso al centurión Cornelio (Act 10:34; cf. Sant 2:1). — 81 Mt 10:28; Lc 12:4-5. — 82

Cf. Lev 19:3; Eclo 3:1-16. — 83 Cf. 1 Pe 1:1. — 84 Lib. VII in Lucam c.12. — 85 El término έλυτρώ·9ητε, de λυτροώ, significa

redimir dando un precio, dejar en libertad a un esclavo, o a un prisionero, después de pagar el precio del rescate. — 86 El vano vivir

= μοτταίαβ es una expresión que se aplica en los LXX y en el Nuevo Testamento al culto de los ídolos: Lev 17:7; Jer 8:19;

10:14; Sab 13:1ss; Act 14:15; 1 Tes — 87 Cf. 1 Cor 6:20. “Si ením homo — dice Pelagio (In 1 Cor 6:20: PL 30:734) — a servo

para la Pecunia comparato continuam exigit servitutem, quanto magis ille, qui nos sua morte re- — 88 Ex 12:5; cf. Lev 14:10;

22:18; Is 53; Jn 1:29.36. Cf. DE Ambroggi, La salvezza nelle Were di S. Pietro: Scuol. Catt. 61 (1933) I 431-446. — 89 1 Cor 5:7;

Jn 19:36. — 90 Gal 4:4. — 91 Cf. Le 22:20; Gal 2:20. — 92 Cf. 1 Cor io,n. — 93 En v.21, BA y Vg leen πιστούς = “fideles”;

SCTR y sir. = πιστεύοντας: “creyentes”; el cod.33 = πιστεύσαντας. * — 94 Act 2:32-36; 3,15-17; 4:10. — 95 Fil 2:9-11. — 96 La

Vulgata, la Siríaca y la Bohaírica leen: “oboedientia caritatis.” Sin embargo, todos los códices griegos tienen “oboedientia veritatis,”

que ha de ser preferido. En la segunda parte del v.22 leen con BA, Vg y algunos minúsculos: εκ καρδίας = “entrañablemente.”

— 97 Jn 13:345; 1 Jn 3:14. — 98 1 Cor 13. — 99 1 Jn 4:16s; 5:1. — 100 2 Tes 2:13.14. — 101 G. Spicq., Ágape vol.2 (París

1959) p.315 nota 3. — 102 Jn 1:13. — 103 Cf. 1 Pe 1:3. — 104 Cf. Santi.15. — 105 Bonnetain, Gráce: DBS III 1097; J- Starcky,

Logos: DBS V 49?ss. — 106 Así G. Thils, L'ensegnement de S. Fierre (París 1944) P-77- — 107 Sant 1:1ο-ιι.

Capitulo 2.

Exhortación a la simplicidad, 2:1-3.

1 Despojaos, pues, de toda maldad y de todo engaño, de hipocresías, envidias y maledicencias,

2 y, como niños recién nacidos, apeteced la leche espiritual, para con ella

crecer en orden a la salvación, 3 si es que habéis gustado cuan bueno es el Señor.

Nacidos los cristianos a una nueva vida, son ahora invitados a vivir en conformidad con ese nuevo

estado, despojándose de toda malicia, engaño, hipocresía, envidia y detracción (v.1). Los vicios

enumerados son los que se oponen directamente a la caridad fraterna. El alma que no se

despoje de ellos no podrá recibir el verdadero alimento espiritual. La Palabra de Dios, es decir, el

Evangelio, que ha sido la causa de la regeneración del cristiano 1, ha de asegurar de igual modo

su crecimiento espiritual 2.

Los fieles a los que se dirige San Pedro, tardíamente renacidos a la fe 3, han de apetecer

la leche espiritual4, que no proviene de la materia, sino del espíritu; una leche pura, no adulterada

con mezcla de falsedad, libre de todo veneno de falsas doctrinas. Y han de alimentarse continuamente

con ella para poder llegar a la madurez en la fe 5. Como el niño, una vez que ha gustado

la leche materna, siente avidez de ella, así también el cristiano, una vez que ha gustado cuan

5341

suave es el Señor (ν.3), mediante las consolaciones que el Señor otorga cuando toma posesión de

un alma, ha de apetecer los dones de Dios 6. El autor sagrado alude a todas las gracias concedidas

por nuestro Señor a los fieles después del bautismo. Entre éstas ocupa el primer lugar la eucaristía

7.

Parece que este texto de San Pedro dio origen al rito, bastante difundido en la Iglesia antigua,

de ofrecer a los neobautizados leche con miel 8.

El nuevo sacerdocio, 2:4-10.

4 A El habéis de allegaros, como a piedra viva rechazada por los hombres, pero por

Dios escogida, preciosa, 5 Vosotros, como piedras vivas, sois edificados en casa espiritual

y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales, aceptos a Dios por Jesucristo.

6 Por lo cual en la Escritura se lee: “He aquí que yo pongo en Sión una piedra

angular, escogida, preciosa, y el que creyere en ella no será confundido.” 7 Para

vosotros, pues, los creyentes, es honor, mas para los incrédulos esa piedra desechada

por los constructores y convertida en cabeza de esquina, 8 es piedra de tropiezo y roca

de escándalo. Rehusando creer, vienen a tropezar en la palabra, pues también a

eso fueron destinados. 9 Pero vosotros sois linaje escogido, sacerdocio real, nación

santa, pueblo adquirido para pregonar el poder del que os llamó de las tinieblas a su

luz admirable. 10 Vosotros, que un tiempo no erais pueblo, ahora sois pueblo de

Dios; no habíais alcanzado misericordia, pero ahora habéis conseguido misericordia.

En esta nueva sección el apóstol exhorta a sus lectores a acercarse a Cristo 9 para unirse más íntimamente

a El, como a piedra viva y angular del edificio místico de la Iglesia. La Iglesia, o comunidad

cristiana, se edifica, en sentido realmente arquitectónico, por la unión de los convertidos

a la piedra angular, que es el mismo Cristo. La alegoría de la piedra angular había sido aplicada

por Cristo a sí mismo, inspirándose en Sal 118:22. También fue empleada por San Pedro en

su discurso ante el sanedrín 10. Aquí aparece unida a otras dos citas de Isaías, en las que se habla

de piedra angular 11. La piedra viva es Cristo resucitado y glorioso, rechazado por los jefes del

pueblo judío, pero escogido por Dios. La metáfora de la piedra rechazada por los constructores

se encuentra ya en la catequesis sinóptica 12, en los Hechos de los Apóstoles y en San Pablo 13.

Cristo es una piedra viviente, capaz de crecimiento y expansión, y que puede dar vida a

los demás. Los cristianos han de ser también piedras vivas (ν.5) edificadas sobre Cristo como

piedra angular. Han de formar con El un edificio espiritual, es decir, un organismo vivo, animado

por el Espíritu Santo, y en íntima unión con Cristo 14, porque el desarrollo espiritual de los

cristianos no puede tener lugar si no es en la comunidad, en la Iglesia. Pero los cristianos no sólo

componen el edificio espiritual, que es la Iglesia, sino que son también ministros de él, puesto

que constituyen un nuevo sacerdocio santo, es decir, están consagrados al servicio de Dios, para

ofrecerle sacrificios espirituales 15, como la oración 16, la alabanza de los labios 17, la santidad de

vida 18, la labor apostólica 19, la mortificación y hasta el martirio 20. Estos sacrificios espirituales

son agradables a Dios si son ofrecidos a Dios por medio de Jesucristo, nuestro Sumo Pontífice y

único Mediador al lado de Dios 21.

Los cristianos son al mismo tiempo templo y sacerdocio. Del mismo modo que los sacerdotes

son los intermediarios entre Dios y el pueblo, así los cristianos, formando colectivamente

la Iglesia, tienen que ser los intermediarios entre Dios y los hombres, continuando la misión del

pueblo judío, cuyo sucesor y heredero es el pueblo cristiano 22.

5342

Se debe tener presente que el lenguaje de este pasaje es metafórico. La expresión sacerdocio

santo está tomada en sentido amplio, como se ve por la frase que sigue: para ofrecer sacrificios

espirituales. Por aquí se ve claramente que no se trata de víctimas materiales ofrecidas públicamente

por ministros consagrados de modo especial para esto, sino de víctimas inmateriales,

consistentes en actos virtuosos, que pueden ser ofrecidas por cualquier cristiano. Los cristianos,

por el hecho de haber sido incorporados por el bautismo a Cristo, Pontífice de la Nueva Alianza,

participan en cierto modo de su sacerdocio 23. Pero en la Iglesia existe, al mismo tiempo, otro

sacerdocio propiamente dicho, distinto del común de los fieles, consagrado especialmente para la

misión sacerdotal y que es el único que tiene potestad para ofrecer el sacrificio externo de la

Nueva Ley. San Pedro no quiere decir que todos los fieles sean sacerdotes en sentido propio,

como piensan los protestantes. Por el contexto y el término pasivo empleado (ϊεράτευμα) se deduce

que el apóstol considera los fieles como un sacerdocio pasivo, o sea una sociedad gobernada

por el sacerdocio propiamente dicho. En efecto, el capítulo 5:1-4 supone la existencia de un

clero bien distinto de la masa de los fieles 24. Los fieles, de frente al sacerdocio activo, al sacerdocio

propiamente dicho, son, pues, simplemente un sacerdocio pasivo, subditos de la autoridad

sacerdotal y gobernados por ella; pero íntimamente unidos al sacerdocio activo de Cristo y al de

los sacerdotes propiamente dichos 25.

Jesucristo es la piedra angular, principio de salud para los que creen en El; pero, al mismo

tiempo, es tropiezo para los incrédulos, que se escandalizan de la cruz (v.6-8). San Pedro cita un

texto de

Tsaías 26 para probar esto. Del mismo modo que el profeta expresaba, bajo la metáfora de

la piedra angular, la protección divina sobre Terusalén, así también el apóstol ve en dicha piedra

una imagen del pesias, el garante supremo de la salud de Israel. Ya la teología judía veía en esta

piedra, puesta por Yahvé en Sión, una imagen del Mesías.

Isaías, en el Libro del Emmanuel, anuncia que Yahvé “será piedra de escándalo y piedra

de tropiezo para las dos casas de Israel” 27, es decir, que será ocasión de la ruina de las dinastías

de Israel y de Judá. San Pedro aplica a Cristo este texto que miraba directamente a Yahvé. También

Jesucristo, a pesar de haber venido a salvar a todos los hombres, será ocasión de ruina espiritual

para los que vengan a tropezar en la palabra, o sea en el Evangelio.

Los fieles se apoyan, mediante la fe, en esa piedra angular, que es Cristo. Y por esta

misma fe se preparan para tomar parte el día de mañana en el honor y en la gloria de Jesucristo al

lado del Padre. Los incrédulos, por el contrario, serán confundidos, porque rehusaron creer 28.

Dios, en castigo por su incredulidad, permite que vayan a tropezar y a destrozarse contra la piedra,

que había sido puesta para su salvación29.

Al final del v.8 la Vulgata dice: “Nec credunt in quo et positi sunt,” afirmación difícil de

entender, porque la edificación sobre Cristo es obra de la misma fe. El texto griego dice simplemente:

“a eso fueron destinados,” es decir, los incrédulos fueron destinados a ese funesto tropiezo.

Este pensamiento está muy en conformidad con la manera de hablar de la Biblia, que atribuye

todo lo que sucede directamente a Dios. San Pedro cita dos textos, tomados del Antiguo Testamento.

El primero pertenece a Sal 118:22, que también es citado por Me 12:10 como profecía de

la ruina del pueblo judío, y por San Pedro en Act 4:11. El segundo es de Is 8:14: Cristo ya no es

presentado como la piedra angular, sino como la piedra de tropiezo y roca de escándalo. El pueblo

judío tropieza en Jesucristo y se destroza, dejando así paso libre al cristianismo, que hereda

los privilegios de Israel y los eleva a su grado supremo. Los judíos, al rechazar el Evangelio, han

perdido sus prerrogativas, que son traspasadas a los cristianos 30. Por eso, San Pedro aplica ahora

a sus lectores todos los títulos gloriosos de los israelitas (V.9). La Iglesia es el verdadero Israel.

5343

Y, en consecuencia, se puede aplicar a los cristianos, en un sentido más pleno y verdadero, lo

que el Antiguo Testamento había dicho de los hebreos. Los cristianos son un linaje escogido., un

pueblo adquirido para pregonar el poder del que os llamó. Estas expresiones están tomadas de

Is 43:20-21, en donde designan al pueblo judío salvado de la cautividad babilónica. Israel era un

“pueblo adquirido” por Dios, porque Yahvé había hecho de él su Porción especialmente escogida,

su parte reservada entre todas las naciones de la tierra 31. También los cristianos fueron comprados,

adquiridos por Dios con la sangre de Jesucristo 32. Son, por consiguiente, propiedad de

Dios.

San Pedro sigue aplicando a los cristianos otros títulos: son un sacerdocio real, una nación

santa (v.8). Dos expresiones equivalentes o complementarias, tomadas del Éxodo 19:6, según

los LXX. El texto hebreo dice: “Un reino de sacerdotes.” 33 El sentido de este texto en el

Éxodo es el siguiente: los israelitas son reino de Dios, son su reino teocrático, porque Yahvé es

un rey. Israel es un “reino de sacerdotes” en cuanto que en él todos sus subditos están dedicados

a Dios, separados de los paganos. Los israelitas están destinados a ofrecer a Dios un culto que no

pueden ofrecer los demás pueblos. Se trata, por lo tanto, de una metáfora para significar que los

israelitas son personas consagradas al servicio de Dios en modo análogo, pero diverso, de los

sacerdotes propiamente dichos. De la misma manera que el individuo es segregado de la masa

humana y consagrado al servicio de Dios por el sacerdocio, así también el pueblo de Israel fue

escogido entre los demás pueblos para tributar a Dios un culto religioso. Los israelitas no eran

todos sacerdotes, como tampoco eran todos reyes, sino que eran subditos de la autoridad sacerdotal.

Eran miembros pasivos del sacerdocio y gobernados por éste. Esto se ve claramente por el

hecho de que el sacerdocio activo propiamente tal estaba reservado a los descendientes de Aarón.

Y las usurpaciones de la función sacerdotal eran castigadas severamente 34. Los israelitas en general

son llamados sacerdotes en sentido amplio, metafórico, en cuanto que eran miembros de la

nación santa, de la nación consagrada al culto del verdadero Dios.

Dios había escogido entre todos los pueblos a Israel, y lo había amado como a su hijo

primogénito, confiriéndole la dignidad sacerdotal, propia del primogénito. Como el sacerdote es

el intermediario entre Dios y el pueblo, así Israel, como primogénito entre todos los pueblos, es

el sacerdote intermediario entre Dios y la misma humanidad 35.

San Pedro aplica de un modo análogo a los cristianos el título de sacerdocio real. Pero no

quiere decir que todos los cristianos posean el verdadero sacerdocio, sino solamente que son

miembros de la nueva nación, de la Iglesia cristiana, consagrada al culto del verdadero Dios en

dependencia de los verdaderos sacerdotes. O sea, que, como dice el P. Mersch, “los cristianos

poseen una eminente dignidad cultual” 36. El mismo San Pedro 37 supone la existencia en la comunidad

cristiana de una jerarquía, bien distinta de la que puede poseer cada fiel en particular.

En el v.5 hablaba ya del sacerdocio santo de los cristianos, en cuanto que habían de ofrecer sacrificios

espirituales. Esta función no ha de ser confundida con el sacerdocio propiamente dicho,

cuya esencia es el sacrificio, el acto exterior y público de la religión. Por eso, el texto del V.9 ha

de ser explicado con la ayuda del v.5. El cristiano, por el bautismo, quedó incorporado a Cristo y

participa en cierto sentido del sacerdocio de Cristo. De ahí que todo cristiano, cuando obra como

tal, actualiza su participación en el sacerdocio de Jesucristo y realiza un acto de verdadero culto

cristiano 38.

En la epístola de San Pedro, el sacerdocio de los cristianos se presenta como un sacerdocio

de orden exclusivamente espiritual o moral. No hay, por lo tanto, motivo para atribuir a San

Pedro la idea luterana según la cual todos los fieles serían sacerdotes del mismo modo. En el

Apocalipsis 39 se habla únicamente del sacerdocio de la Iglesia triunfante con términos bastante

5344

imprecisos.

El pensamiento central de los V.9-10 es la vocación del pueblo cristiano, como heredero

del Israel espiritual, del Israel de las promesas40. Dios ha sacado a los cristianos de las tinieblas

del paganismo para introducirlos en su nuevo reino. San Pedro, deseando darles a entender lo

que su conversión significaba, les manda que comparen su estado anterior con el actual (v.10).

Hace esto parafraseando un texto de Oseas41, en el cual Dios mandaba al profeta imponer el

nombre de Lo-ammi = “No-pueblo-mío,” a uno de sus hijos, y de Lo'ruhamah = “Nomisericordia,”

a una de sus hijas, para significar que la nación elegida era repudiada por su esposo

Yahvé. También San Pablo42 aplica esta profecía de Oseas a la conversión de los gentiles.

Dios, sin embargo, había prometido al profeta Oseas volver a reconciliarse con su pueblo rebelde.

San Pedro ve esto cumplido en la Iglesia cristiana.

Diversas Obligaciones de los Cristianos, 2:11-3:17.

En esta parte, San Pedro habla de la conducta práctica que los cristianos han de observar

en las diversas circunstancias de la vida presente.

El buen ejemplo de los cristianos, 2:11-12.

11 Os ruego, carísimos, que, como peregrinos advenedizos, os abstengáis de los apetitos

carnales que combaten contra el alma, 12 y observéis entre los gentiles una conducta

ejemplar, a fin de que, en lo mismo por que os afrentan como malhechores,

considerando vuestras buenas obras, glorifiquen a Dios en el día de la visitación.

El buen ejemplo y la vida santa constituyen la mejor apología del cristianismo. Por eso, el apóstol

la recomienda con insistencia a los fieles. Se dirige a ellos llamándoles carísimos. Expresión

afectuosa que subraya la importancia de la advertencia que va a hacer. Los cristianos habitan

como extranjeros y peregrinos en este mundo43; por eso, no han de desear los bienes terrenos para

satisfacer los bajos apetitos carnales (v.11), que surgen de la parte inferior de nuestra naturaleza

y combaten nuestra alma44. La brevedad de la vida presente y la esperanza de poseer la vida

eterna han de llevar al cristiano a abstenerse de las tendencias pecaminosas del ser humano, cuyos

frutos nos describe San Pablo 45.

Los cristianos no han de dejarse llevar por esas malas tendencias, sino, por el contrario,

han de observar una conducta ejemplar e irreprensible en medio de los paganos, para no escandalizarlos.

El hecho de ser cristianos exponía ya en aquel tiempo a graves calumnias por parte de

los paganos. Se les acusaba de impiedad, de rebelión contra las autoridades del Estado, de fomentar

la insubordinación en la familia y en la sociedad, de obstruccionismo comercial, y hasta

de canibalismo46. Contra todas estas calumnias paganas, la mejor defensa ha de ser la buena conducta

y la vida inocente de los cristianos, que terminará por imponerse. Y los que hoy les calumnian

terminarán por reconocer su vida santa y glorificarán a Dios cuando les visite con la gracia

de la conversión (v.1a). El pensamiento de San Pedro es, sin duda, un eco de lo que enseña Jesús

en San Mateo 5:16.

Sumisión a las autoridades, 2:13-17.

13 Por amor del Señor, estad sujetos a toda autoridad humana: 14 ya al emperador,

como soberano; ya a los gobernadores, como delegados suyos para castigo de los

5345

malhechores y elogio de los buenos. 15 Tal es la voluntad de Dios, que, obrando el

bien, amordacemos la ignorancia de los hombres insensatos; 16 como libres y no como

quien tiene la libertad cual cobertura de la maldad, sino como siervos de Dios. 17

Honrad a todos, amad la fraternidad, temed a Dios y honrad al emperador.

En estos versículos, el apóstol trata de los deberes de los cristianos respecto del poder civil. Este

pasaje tiene diversos puntos de contacto con lo que dice San Pablo sobre el mismo tema 47.

El apostolado del buen ejemplo debe llevar a los cristianos a aceptar las formas de gobierno

establecidas y a someterse a los que ejercen la autoridad por amor del Señor (ν.13). Porque

toda autoridad procede de Dios 4S y porque el Señor así lo quiere, como dirá después (v.15);

o también porque Jesús ha dado ejemplo, sometiéndose a la autoridad del gobernador Poncio Pilatos49,

y lo ha ordenado así a sus discípulos50. Han de obedecer, en primer lugar, al emperador

romano, llamado por los griegos βασιλεύς = “rey”; y después a los gobernadores (ήγεμόσιν) 5lt

que eran los delegados de la autoridad suprema para administrar la justicia y aplicar las justas

sanciones (v.14). La sumisión a las autoridades es querida por Dios como el medio más eficaz

para cerrar la boca a los calumniadores del cristianismo (ν.15). La sumisión al poder civil establecido

tendrá un gran valor apologético en favor del cristianismo. Mediante ella demostrarán

que las acusaciones de insubordinación contra las autoridades son falsas. Al obedecer las leyes,

los cristianos demostrarán que no se sirven de la libertad que Cristo les dio para encubrir el libertinaje,

sino que toman la voluntad de Dios por modelo de su conducta (v.16). También San Judas

habla de ciertos hipócritas que abusaban de la libertad cristiana 52; y San Pablo enseña que la libertad

de los cristianos no ha de transformarse en licenciosa hipocresía para seguir los instintos

de la carne y para convertirla en pretexto para la rebeldía 53. La doctrina de San Pedro es la misma

que la de San Pablo 54: el equilibrio entre la libertad cristiana y la sumisión a la autoridad civil

legítimamente constituida.

Los apologistas cristianos no olvidarán esta recomendación de San Pedro en favor de la

obediencia de los fieles a las autoridades civiles 55.

El apóstol termina la exhortación a obedecer a las autoridades civiles] resumiendo en pocas

palabras las diversas obligaciones de un cristiano (v.17): tratar a todos con el respeto debido

a su dignidad; amar de una manera especial a nuestros hermanos en la fe 56; temer a Dios, porque

esto es el principio de la verdadera sabiduría, y honrar a la autoridad suprema 57.

Deberes de los siervos respecto de sus señores, 2:18-25.

18 Los siervos estén con todo temor sujetos a sus amos, no sólo a los bondadosos y

humanos, sino también a los rigurosos. 19 Agrada a Dios que por amor suyo soporte

uno las ofensas injustamente inferidas. 20 Pues ¿qué mérito tendríais si, delinquiendo

y castigados por ello, lo soportáis? Pero, si por haber hecho el bien padecéis y lo

lleváis con paciencia, esto es lo grato a Dios. 21 Pues para esto fuisteis llamados, ya

que también Cristo padeció por vosotros y os dejó ejemplo para que sigáis sus pasos.

22 El, en quien no hubo pecado y en cuya boca no se halló engaño, 23 ultrajado, no

replicaba con injurias, y, atormentado, no amenazaba, sino que lo remitía al que

juzga con justicia. 24 Llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para

que, muertos al pecado, viviéramos para la justicia, y por sus heridas hemos sido

curados. 25 Porque erais como ovejas descarriadas; mas ahora os habéis vuelto al

pastor y guardián de vuestras almas.

5346

En esta sección, San Pedro trata de los deberes de los esclavos respecto de sus amos. Después, en

el capítulo 3, tratará de los deberes de los cónyuges. Estos esquemas presuponen una organización

familiar propia de la antigüedad y tal vez provengan de tradiciones catequísticas de la Iglesia

primitiva. Semejantes recomendaciones se encuentran en otros pasajes del Nuevo Testamento58,

San Pedro, lo mismo que San Pablo, insiste en la obediencia de los siervos a sus señores,

porque es cosa agradable a Dios y porque Cristo también fue obediente y sufrió por nosotros sin

lamentarse 59. Estas exhortaciones eran muy necesarias en una sociedad en la que los esclavos

eran más numerosos que los hombres libres, y el trato que recibían era muchas veces inhumano

60. Los sufrimientos que tenían que soportar los pobres esclavos llevan al autor sagrado a extenderse

en la explicación del sentido de la pasión y muerte de Jesucristo.

San Pedro exhorta a los esclavos 61 a que presten respetuosa obediencia a sus amos, cualquiera

que sea su disposición: tanto si son buenos y comprensivos con ellos como si son rigurosos

y tratan injustamente a los esclavos de buena voluntad (v.18). La obediencia es para el cristiano

una consigna proveniente del mismo Dios, que no admite distinción entre las personas que

ejercen la autoridad62. Si son tratados injustamente, es cosa agradable63 a Dios que por amor suyo

soporten pacientemente él trato duro que se les da. Los cristianos deben someterse por la conciencia

que tienen de estar obligados delante de Dios, cuyos representantes son los patronos 64.

Nadie puede gloriarse de soportar un castigo merecido por una falta cometida. Pero sí es

digno de alabanza delante de Dios el que, habiendo hecho el bien, es, sin embargo, maltratado

por su señor y lo sufre con paciencia (v.20). El apóstol amonesta de este modo a los esclavos,

porque quiere impedir que éstos, exasperados por los malos tratos y sintiéndose interiormente

libres con la libertad evangélica, abusaran de ella para rebelarse y emanciparse de sus patronos

65; o bien se gloriaran de padecer con estoicismo, despreciando filosóficamente el sufrimiento. El

sufrimiento inmerecido es el elemento de la imitación de Cristo. Por eso, San Pedro apoya sus

exhortaciones en el ejemplo de Cristo paciente, que sufrió por nosotros66, sin haber cometido

culpa alguna (v.22), para darnos ejempolo (v.21). Jesucristo nos ha precedido en el camino del

dolor, y nosotros debemos seguir sus pisadas67. El verdadero discípulo de Cristo ha de imitarle

llevando también su cruz 68. Por esto mismo, los esclavos, los despreciados del mundo, han de

someterse a su triste suerte, porque de este modo imitarán más de cerca a Jesucristo.

San Pedro, al igual que San Pablo, no quiere alterar las estructuras sociales del Imperio

romano, si bien la doctrina de la libertad en Cristo 69, del amor fraterno 70 y de la hermandad de

todos los hombres en Cristo71 llevarían con el tiempo a la supresión de la

esclavitud.

La perfecta inocencia de Jesucristo ha de inducir con mayor fuerza a los cristianos a imitarle

fielmente incluso en medio de los sufrimientos inmerecidos. El cordero de Dios, no teniendo

ningún defecto ni pecado 72, se entregó mansamente en manos de sus enemigos, como ya

había predicho Isaías 73, para sufrir por los hombres. Por eso, los cristianos perseguidos y maltratados

injustamente han de imitar la paciencia de esta víctima inocente y su total abandono en el

Padre celestial (v.23). Jesús durante su Pasión no replicó a los que le maltrataban, y, cuando estaba

clavado en la cruz, imploró el perdón para sus verdugos y se remitió al que juzga con justicia

74, es decir, a Dios. San Pedro alude a las palabras con las que Jesucristo, antes de morir, recomendó

su alma a Dios: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.”75

Todo lo que Cristo sufrió lo hizo mirándonos a nosotros. Cargó con nuestros pecados

y se sometió al sacrificio de la cruz para que por sus heridas fuéramos curados (v.24). El apóstol

pasa de la ejemplaridad de los sufrimientos de Jesucristo a un sentido más profundo de su muerte,

a la idea de satisfacción vicaria de Cristo. Es éste un tema que se encuentra con frecuencia en

los escritos neotestamentarios76. San Pedro parece inspirarse en la profecía del Siervo de Yahvé

5347

77. Para él la muerte de Cristo sobre la cruz es un verdadero sacrificio78. El altar es el leño

(ξύλον) de la cruz en donde Cristo se ofreció a sí mismo, como víctima expiatoria, por nuestros

pecados. Una idea semejante se encuentra muy probablemente en la epístola a los Hebreos

13:1079. También en dicha epístola se expresa la relación entre pecado y sacrificio: “ofrecer cada

día víctimas. por sus propios pecados.”80 Jesús se sacrificó por nosotros sobre el altar de la cruz

para que, muertos al pecado, viviéramos para la justicia 81. Los hombres tenían gran necesidad

de que Cristo los curase con sus llagas, porque antes eran como ovejas descarriadas (v.25) 82, sin

guía, sin defensa, sin pastor. Mas al presente, por la gracia de la fe, han venido a formar parte del

rebaño de Cristo, buen pastor y guardián 83 de las almas 84. La designación de Jesucristo como

pastor es implícita ya en los sinópticos 85 y explícita en San Juan 86, 1 Pe 87 y en la epístola a los

Hebreos 88.

Capitulo 3.

Deberes Mutuos de los Esposos, 3:1-7.

1 Asimismo, vosotras, mujeres, estad sujetas a vuestros maridos, para que, si alguno

se muestra rebelde a la palabra, sea ganado sin palabras por la conducta de su mujer,

2 considerando vuestro respetuoso y honesto comportamiento. 3 Y vuestro ornato

no ha de ser el exterior del rizado de los cabellos, del ataviarse con joyas de oro o

el de la compostura de los vestidos, 4 sino el oculto en el corazón, que consiste en la

incorrupción de un espíritu manso y tranquilo; ésa es la hermosura en la presencia

de Dios. 5 Así es como en otro tiempo se adornaban las santas mujeres que esperaban

en Dios, obedientes a sus maridos. 6 Como Sara, cuyas hijas habéis venido a ser

vosotras, obedecía a Abraham y le llamaba señor, obrando el bien sin intimidación

alguna. 7 Igualmente vosotros, maridos, tratadlas con discreción, como a vaso más

frágil, honrándolas como a coherederas de la gracia de vida, para que nada impida

vuestras oraciones.

El apóstol se preocupa también de la moral familiar. Quiere que la conducta de los esposos sea

irreprensible. De este modo la buena conducta de la esposa podrá ganar al esposo que se muestra

rebelde a la predicación evangélica. San Pedro supone que un cierto número de mujeres convertidas

tenían maridos que eran todavía paganos y conservaban los prejuicios de los ambientes gentílicos

contra el cristianismo. El apóstol quiere que traten de ganarlos a la fe mediante una vida

santa y ejemplar! El ejemplo arrastra más que las palabras y las exhortaciones. Recuérdese si no

el ejemplo de Santa Mónica, de la cual dice su hijo San Agustín: “Sategit eum (maritum) lucrar i

tibí loquens te illi moribus suis” 2; y de tantas otras esposas cristianas que mediante una vida intachable

lograron ganar sus esposos para Dios. La mujer ocupa ya en el cristianismo primitivo un

puesto realmente preeminente, como no se conocía hasta entonces 3.

San Pedro recomienda a las esposas cristianas la sujeción amorosa, el espíritu de apostolado,

la conducta casta y timorata, trazando de este modo las líneas fundamentales de la moral

familiar 4.

También San Pablo inculca, en varias de sus epístolas 5, los deberes de los esposos cristianos.

Sin embargo, San Pedro no se plantea el problema de la separación de los esposos en el

caso de que constituyan un peligro para la fe del otro cónyuge 6, sino que se fija únicamente en

5348

los métodos suaves. Tal vez su propia experiencia7 le había enseñado el peligro de los medios

violentos.

Pedro subraya la necesidad de la modestia en los adornos de la mujer cristiana. Con este

motivo, el autor sagrado recuerda que las mujeres cristianas no han de complacerse en los refinamientos

de la moda de entonces: no han de preocuparse por el rizado de los cabellos, ni por

los adornos de oro puestos en la cabeza, en el cuello, en los brazos, en los dedos y hasta en las

piernas; ni tampoco por los vestidos elegantes y bien ajustados (v.3). Ya Isaías flagelaba la poca

modestia de las mujeres israelitas en la exhibición de sus adornos 8. El adorno que conviene sobre

todo a la esposa cristiana es la belleza interior del carácter, que se manifiesta en una disposición

no presuntuosa, sino serena (v.4), que agrada a Dios y a los hombres 9. Al adorno exterior y

aparente opone San Pedro la hermosura interior, la realidad misma. La dulzura y la modestia son

el más bello adorno de la mujer cristiana y contribuyen a la paz y al buen orden de la familia 10.

Dios, que ve los corazones H y no juzga según las apariencias 12, considera de gran valor la vida

abnegada y callada de la mujer cristiana 13.

El adorno interior es algo incorruptible y de inestimable precio delante de Dios. Con él

fueron adornadas muchas mujeres del Antiguo Testamento, que son propuestas por Pedro como

ejemplo a las esposas cristianas. Antiguamente, las mujeres santas practicaron la sumisión y la

obediencia a sus maridos ayudadas y sostenidas por el pensamiento de agradar a Dios. Así lo

hizo Sara, la cual llamaba a Abraham señor 14. Este título con el que la esposa hebrea se dirigía

ordinariamente a su marido, en un matrimonio modelo, como el de Abraham y Sara, no era una

pura fórmula, sino la expresión de la sumisión al marido, que ha de ser la virtud fundamental de

la esposa cristiana.

La verdadera descendencia de Abraham y de Sara son los cristianos 15. Pero éstos no merecerán

ser considerados hijos de Sara si no imitan sus virtudes 16, obrando el bien sin intimidación

alguna (v.6). El autor sagrado debe de pensar, sin duda, en las amenazas con las que un marido

pagano podía intimidar a su mujer 17. En la prueba, la mujer cristiana no ha de inquietarse

por nada 18, antes bien ha de conservar la serenidad, preocupándose únicamente por hacer el bien

y agradar a Dios.

Por lo que se refiere a los mandos, San Pedro les aconseja que cohabiten con sus esposas

sabiamente (κατά γνώσιν), ο sea según las reglas de la sabiduría, de la prudencia y de la honestidad

cristianas. Han de condescender con la natural debilidad física de las mujeres, tratándolas

con respeto, con el honor debido a la compañera de la vida, y no como a simple objeto de placer

(v.7). Porque también las mujeres son coherederas de la gracia de vida, es decir, del don gratuito

de la fe y de la vida de la gracia. Cristo, al llamar a todos los hombres a la vida de la gracia y de

la gloria, no ha hecho distinción alguna entre ambos sexos. Por eso, en el orden de la gracia, la

mujer es igual, e incluso puede ser superior, al hombre, porque participa de la misma fe, de los

mismos sacramentos y tiene derecho a la misma herencia. De este modo, la mujer es ennoblecida,

preparando así su justa emancipación en el cuadro respetado de la autoridad marital. Es necesario

respetar la paz y la moral familiar para que Dios escuche las oraciones de los esposos. Si

falta la cohabitación comprensiva de los casados, faltará la moral familiar; y sin ésta, las oraciones

perderán su eficacia 19.

La situación que el autor sagrado tiene ante la vista no es ya la de los maridos paganos

(v.1-3), sino la de los esposos cristianos. La exhortación dirigida a éstos parece indicar que normalmente

tenían esposas cristianas.

De los deberes de los cónyuges también trata San Pablo en varias de sus cartas 20.

5349

Deberes de caridad fraterna, 3:8-12.

8 Finalmente, todos tengan un mismo sentir, sean compasivos, fraternales, misericordiosos,

humildes, 9 no devolviendo mal por mal, ni ultraje por ultraje; al contrario,

bendiciendo, que para esto hemos sido llamados, para ser herederos de la bendición:

10 Pues quien quisiere amar la vida y ver días dichosos, cohiba su lengua del

mal y sus labios de haber engañado. 11 Apártese del mal y obre el bien, busque la

paz y sígala, 12 que los ojos del Señor miran a los justos, y sus oídos a sus oraciones,

pero el rostro del Señor está contra los que obran el mal.

Estas instrucciones van dirigidas a todos los cristianos. Todos deben inspirar su conducta en el

Evangelio. Han de tener todos un mismo sentir (Vulgata: “unánimes”), es decir, un solo corazón

y una sola alma, como hacían los primeros cristianos 21. Han de ser compasivos, estando dispuestos

a participar de las penas y de las alegrías ajenas 22; fraternales con los miembros de la Iglesia

23, misericordiosos 24 y humildes en sus relaciones con los demás 25.

San Pablo también habla de las características de la caridad en la 1 Cor 13:4-7. Los cristianos

han de practicar la caridad con todos los hombres, incluso con los enemigos y calumniadores.

Por eso, en lugar de volver mal por mal, hay que desear el bien a nuestros enemigos. Tal fue

la consigna que Jesús dio a sus seguidores: “Amad a vuestros enemigos y orad por los que os

persiguen.” 26 Para ejercitar esta caridad heroica fueron llamados los cristianos, a fin que, perdonando

y bendiciendo, obtengan como herencia la bendición del Padre celestial. El que ha sido

llamado misericordiosamente a recibir una bendición, no debe maldecir, sino hacer bien a los que

le maldigan.

En los v.10-12 el autor sagrado aduce el motivo por el cual los cristianos han de llevar a

la práctica las recomendaciones de los versículos precedentes. Una cita del salmo 34:13-17 (según

los LXX) recuerda a los fieles que una vida santa es el mejor título para que el Señor les escuche

y los bendiga. Dios no se olvida del hombre que gobierna su lengua y obra el bien, sino

que le concederá una vida pacífica y dichosa, y escuchará sus plegarias. En el salmo 34 se habla

de la vida terrena; pero San Pedro aplica las palabras del salmista a la vida eterna, sublimándolas

a la esfera de lo celeste.

Comportamiento del cristiano en el sufrimiento, 3:13-17.

13 ¿Y quién os hará mal si fuereis celosos promovedores del bien? l4 Y si, con todo,

padeciereis por la justicia, bienaventurados vosotros. No los temáis ni os turbéis, 15

antes glorificad en vuestros corazones a Cristo Señor y estad siempre prontos para

dar razón de vuestra esperanza a todo el que os la pidiere; 16 pero con mansedumbre

y respeto y en buena conciencia, para que en aquello mismo en que sois calumniados

queden confundidos los que denigran vuestra buena conducta en Cristo; 17

que mejor es padecer haciendo el bien, si tal es la voluntad de Dios, que padecer

haciendo el mal.

Los que obran el bien pueden contar con la protección divina y todo lo que sufran por la fe les

será recompensado con creces 27. De ahí que los promotores del bien no deben temer a nadie: ni

a Dios ni a los hombres. Porque “para quien ama a Dios todo coopera al bien.” 28 Υ si los cristianos

tienen que sufrir persecución por la virtud o por la religión que han abrazado, han de

considerarse dichosos, porque entonces entran a formar parte de aquellos a los cuales “pertenece

5350

el reino de los cielos.” 29 Así lo ha prometido Jesús en el sermón de la Montaña y lo han repetido

los apóstoles 30.

Aunque los destinatarios de la 1 Pe viven en medio de un mundo pagano y están expuestos

a las calumnias 31, nada hay en la epístola que indique que ya nos encontramos en la época de

las persecuciones.

San Pedro exhorta a los fieles a no temer a los perseguidores con los mismos términos

que Yahvé dirigiera al profeta Isaías para animarlo a no temer las amenazas del rey Ajaz y del

pueblo israelita 32. También Jesucristo recomendaba a sus discípulos: “No se turbe vuestro corazón

ni se intimide” 33. El cristiano no ha de temer, sino más bien santificar y glorificar en su

corazón a Cristo Señor (v.15), tributándole un culto interno y sincero. Esto nos recuerda la primera

petición del Padrenuestro: “santificado sea tu nombre.” 34 En la cita que hace San Pedro de

Is 8:7-13 se atribuye a Cristo el título de Señor (κύριος en los LXX), que es dado en el texto del

profeta a Yahvé. De este modo, el apóstol sitúa en el mismo plano de la divinidad a Yahvé y a

Jesucristo, reconociendo claramente la divinidad de este último.

A continuación, Pedro exhorta a los fieles al estudio de la doctrina cristiana para que

puedan defenderla tanto ante oyentes benévolos como ante adversarios. La mejor manera de estar

prontos para justificar su fe es viviendo esa fe. Porque los fieles que viven su fe están siempre

dispuestos a defenderla en todas partes, incluso ante los tribunales 35, y, si es necesario, con su

propia sangre. San Pedro gusta hablar de la esperanza cristiana, caracterizando la fe o la religión

como esperanza 36. Jesucristo había prometido a sus discípulos una asistencia especial del Espíritu

Santo para que pudieran responder como convenía ante los tribunales 37. Sostenidos por la

gracia del Espíritu Santo, los cristianos han de estar siempre prontos a comparecer ante los jueces

e incluso a dar razón de su fe ante cualquiera que les pida razón de ella. Pero a condición de que

se comporten en su defensa con mansedumbre y respeto, sin altanería y autosuficiencia 38. Sin

embargo, han de hacerlo con plena conciencia de que dicen la verdad. De este modo, su conducta

recta y su perfecta inocencia constituirán la respuesta victoriosa a las calumnias formuladas contra

los cristianos (v.16). Llegarán a convencerse de que eran mentiras las calumnias lanzadas

contra los fieles.

Las Actas de los mártires están llenas de respuestas sencillas y conmovedoras, pero francas

y categóricas, hechas por personas sin ninguna instrucción pero firmemente persuadidas de

su fe 39.

El sufrimiento tiene en el cristiano un valor y un sentido que no tiene en el impío. La justicia

divina y humana exigen que el delito sea expiado. Pero los cristianos deben estar dispuestos

a sufrir incluso sin culpa (v.17), imitando a Jesús, nuestro modelo (v. 18-22). Porque la resignación

a la voluntad divina hacen fácil y meritorio el sufrimiento soportado, incluso injustamente,

por amor de Dios.

La Resurrección de Cristo y su Descenso a los Infiernos, 3:18-

4:6.

San Pedro continúa exponiendo la idea del sufrimiento y de su sentido salvador en Jesucristo.

La mención que hace de la muerte y resurrección de Cristo le lleva a una digresión dogmática

sobre el descenso de Jesús a los infiernos (v.18), sobre el sentido típico del diluvio (v.20), sobre

la ascensión de Cristo y la subordinación a El de todos los espíritus, tanto buenos como malos

(v.22). Esta digresión dogmática dará motivo al apóstol para una nueva exhortación a la imita5351

ción de Jesucristo (4:1).

18 Porque también Cristo murió una vez por los pecados, el justo por los injustos,

para llevarnos a Dios. Murió en la carne, pero volvió a la vida por el Espíritu 19 y en

él fue a pregonar a los espíritus que estaban en la prisión, 20 incrédulos en otro

tiempo, cuando en los días de Noé los esperaba la paciencia de Dios, mientras se fabricaba

el arca, en la cual pocos, esto es, ocho personas, se salvaron por el agua. 21

Esta os salva ahora a vosotros, como antitipo, en el bautismo, no quitando la suciedad

de la carne, sino demandando a Dios una buena conciencia por la resurrección

de Jesucristo, 22 que, una vez sometidos a El los ángeles, las potestades y las virtudes,

subió al cielo y está sentado a la diestra de Dios. 21 Puesto que Cristo padeció en la

carne, armaos también del mismo pensamiento de que quien padeció en la carne ha

roto con el pecado, 2 para vivir el resto del tiempo no en codicias humanas, sino en la

voluntad de Dios. 3 Basta ya de hacer, como en otro tiempo, la voluntad de los gentiles,

viviendo en desenfreno, en liviandades, en crápula, en comilonas y embriagueces

y en abominables idolatrías. 4 Ahora, extrañados de que no concurráis a su desenfrenada

liviandad, os insultan; 5 pero tendrán que dar cuenta al que está pronto para

juzgar a vivos y a muertos. 6 Que por esto fue anunciado el Evangelio a los muertos,

para que, condenados en carne según los hombres, vivan en el espíritu según

Dios.

En los ν.18-22 aduce el autor sagrado el ejemplo de Cristo, el cual, siendo inocente, ha padecido

y ha muerto para expiar por nuestros pecados40. La pasión y muerte de Cristo han de servir de

estímulo a los cristianos cuando sean perseguidos injustamente. Jesucristo murió una vez por los

pecados (v.18) de los hombres, para dar a Dios, ofendido, la satisfacción conveniente. El sacrificio

de Jesucristo es único, porque es perfecto y de valor infinito, a diferencia de los sacrificios

antiguos, que por su imperfección debían ser repetidos. El Nuevo Testamento insiste en esta unicidad

de la muerte y de la resurrección de Cristo41. La razón de esta insistencia se ha de buscar

en la idea de que el sacrificio de Cristo era absolutamente suficiente, en oposición a la insuficiencia

de los sacrificios del Antiguo Testamento, que necesitaban repetirse continuamente.

San Pedro llama a Jesús el justo. Es una apelación que los cristianos adoptaron — probablemente

bajo la influencia de Isaías 53:11 — ya desde los primeros años de la Iglesia42.

El efecto de la muerte redentora del Señor fue el llevarnos a Dios (Vulgata: “ut nos offerret

Deo”), es decir, acercarnos a Dios, del cual nos habíamos alejado por el pecado43. Cristo murió

en su carne mortal sobre el madero de la cruz, pero resucitó glorioso cuando su alma glorificada

se unió a su cuerpo, al cual comunicó la gloria de que ella estaba inundada44. En esa misma

alma45 humana, ya gloriosa, unida a la divinidad, pero separada del cuerpo muerto, que todavía

seguía en el sepulcro, Cristo descendió a los infiernos a predicar la buena nueva de su resurrección.

El texto griego, en lugar de infierno, tiene φυλακή = “cárcel.” Esta cárcel era llamada

seol por los hebreos, es decir, un lugar tenebroso adonde iban las almas de todos, buenos y malos,

después de la muerte. Posteriormente, la teología rabínica distinguió en el seol dos partes:

una estaba reservada a los condenados, para los cuales no había esperanza de redención; la otra

estaba destinada a los justos que esperaban la venida del Redentor, y era llamada limbo o seno de

Abraham. Sería a esta segunda parte a la que descendió Cristo inmediatamente después de su

muerte y antes de su resurrección para anunciar a los justos la liberación (v.19)·

El sentido del verbo griego κηρύσσει ν = predicar, es indicado por el contexto general,

5352

que trata de la misericordia de Dios y de los efectos de la redención. La predicación tuvo que ser,

por lo tanto, el anuncio de una buena nueva. La hipótesis de una predicación condenatoria estaría

en contra del espíritu del pasaje. Además, κηρύσσειv, en el Nuevo Testamento, se emplea siempre

para designar la predicación de una buena nueva. Es aquí, por consiguiente, el equivalente de

εύαγγελίζεσ3αι46.

Los espíritus que estaban en la prisión son las almas de los justos, muertos antes de la

venida de Cristo al mundo. Hay bastantes autores, sobre todo de tendencia racionalista47, que ven

en esos espíritus a los ángeles caídos, que el Libro de Henoc identifica con los hijos de Dios de

que nos habla el libro del Génesis48. Sin embargo, parece mucho más probable que aquí se trata

de las almas separadas de los difuntos y no de los ángeles caídos, pues en el v.20 se dice que esos

espíritus son los incrédulos cuando se fabricaba el arca en tiempo de Noé. Ahora bien, a los ángeles

caídos no se predicó 49, pues su caída es anterior a la fabricación del arca.

Entre los habitantes del seno de Abraham, a los cuales también Cristo predicó la buena

nueva, el apóstol distingue especialmente a los contemporáneos de Noé (v.20), no para excluir a

los demás, sino para mejor hacer resaltar la eficacia de la muerte redentora de Jesús, que alcanzó

incluso a aquellos que en otro tiempo fueron considerados como grandes pecadores y provocaron

la mayor catástrofe, o sea el mayor castigo de Dios sobre el mundo. Se trata de los contemporáneos

de Noé, que primeramente, es decir, cuando Noé fabricaba el arca, habían sido incrédulos a

sus exhortaciones al arrepentimiento y a la penitencia — cuando la paciencia de Dios esperaba

su conversión (v.20) — Pero después, cuando se desencadenó el diluvio que confirmaba las palabras

de Noé, al ver que no tenían ninguna posibilidad de librarse, se arrepintieron, y antes de

morir pidieron a Dios perdón, y lo obtuvieron, aceptando la muerte como expiación por sus pecados

50.

La imagen del arca transportada por las aguas, en la cual se salvó Noé y su familia, sugiere

a San Pedro un paralelismo con el bautismo cristiano, que salva al neófito pasando por el

agua. El agua que fue motivo de ruina para muchos, fue al mismo tiempo el medio que Dios empleó

para salvar a Noé y a los suyos. En el agua del diluvio ve el apóstol un tipo del agua del

bautismo, que salva a los que la reciben. El pensamiento del autor sagrado se precisará más en el

v.21.

Descenso de Cristo a los Infiernos.

El hecho del descenso de Cristo a los infiernos es un dogma de fe que se encuentra en los

símbolos 51 y es enseñado por la Iglesia Ortodoxa.

La tradición eclesiástica ha visto siempre en el texto de la 1 Pe 3:19-20 la enseñanza de

este dogma. Cristo habría descendido al infierno en el triduo posterior a su muerte y antes de resucitar.

Los intérpretes cristianos más antiguos entienden por infierno (φυλακή = cárcel) aquella

parte del seol en donde se encontraban las almas de los justos del Antiguo Testamento, llamada

en el Nuevo Testamento seno de Abraham53 y, posteriormente, limbo de los santos padres 54. San

Agustín, sin embargo, dio una explicación más bien espiritual del descenso de Cristo a los infiernos.

Según este Padre, Cristo preexistente in spiritu habría intervenido por intermedio de Noé

para predicar a los contemporáneos del diluvio la verdad que los había de librar de la prisión, o

sea de las tinieblas de la ignorancia y del pecado 55. Esta opinión de San Agustín influyó de manera

decisiva sobre los escritores de la Iglesia latina. La Iglesia oriental, por el contrario, continuó

viendo en el texto de la 1 Pe la enseñanza del descenso de Cristo al infierno 57. El cardenal

Cayetano fue el primero en oponerse a la opinión de San Agustín, enseñando que Cristo, con su

5353

alma separada del cuerpo, descendió a los infiernos, en el triduo anterior a su resurrección, para

anunciar a las almas de los contemporáneos de Noé, arrepentidos antes de morir, el mensaje de

su liberación. Esta explicación fue adoptada y divulgada por San Roberto Belarmino, convirtiéndose

en la sentencia común entre los teólogos católicos modernos 58. Por eso, dice G. Philips:

“De todas las disertaciones de la teología católica, se deduce claramente que el alma de Cristo,

separada de su cuerpo, pero siempre unida a su persona divina, descendió a los infiernos como

verdadero triunfador, no para predicar una salud tardía y suprema, sino para abrir a los justos reunidos

en el seno de Abraham el acceso a la felicidad del cielo. De este modo, el descenso al reino

de los muertos constituye un complemento real de la redención. Es la aplicación de los méritos

del sacrificio expiatorio a todos aquellos que ya se encontraban preparados para gozar de

ellos inmediatamente, es decir, todos los elegidos del Antiguo Testamento.”59

Toda la tradición cristiana pone de relieve, de un modo muy especial, el carácter salvífico

y misericordioso del descenso de Cristo a los infiernos. No descendió para intimar a los malvados

la condenación eterna, sino más bien para anunciar a los justos del Antiguo Testamento la

buena nueva de la liberación. No fue a llevarles, como piensan algunos (Petavio, Tobac), los

dones del Espíritu Santo, que dan acceso al cielo y que no poseían los justos del Antiguo Testamento.

Porque, según la opinión más común entre los teólogos, los justos del Antiguo Testamento

eran ya hijos adoptivos de Dios y poseían la gracia santificante, aunque en modo menos

abundante que en el Nuevo Testamento60. Tampoco es admisible la opinión de algunos autores,

que ven en la expresión εν φ και el nombre de Ένώχ (J. Cramer, Rendel-Harris); y atribuyen a

Henoc el descenso a los infiernos. Por todo el contexto se ve claramente que el sujeto es Cristo y

no Henoc61. Para otros autores, Cristo habría ido al infierno a predicar la conversión a los condenados.

Con este motivo, Jesucristo habría cumplido la apocatastasis, o sea la restauración de

todo, llevando consigo al cielo a todos, buenos y malos. En el infierno sólo habrían quedado los

demonios 62. Esta teoría antigua está condenada.

En el v.21 de la 1 Pe el autor sagrado precisa más su pensamiento. Las ocho personas que

fueron salvadas por medio del agua del diluvio son una figura de los que son salvados por medio

del agua del bautismo. Como en tiempo de Noé no hubo salvación fuera del arca, así fuera de la

Iglesia tampoco hay salvación. Pero en el caso del diluvio se trata de la salvación de la vida física;

en el bautismo se trata de la vida sobrenatural de la gracia. El agua del diluvio, que permitió a

algunas personas salvarse, simboliza la economía de la Antigua Ley, cuyas prescripciones rituales

sólo conferían una purificación puramente exterior y carnal. El bautismo cristiano, en cambio,

obtiene la regeneración del alma. El rito mismo del bautismo es una petición — el mismo neófito

la formulaba en el momento de bautizarse — hecha a Dios para obtener una buena conciencia,

libre de todo pecado 63. Su eficacia proviene de la resurrección de Jesucristo, con quien los cristianos

fueron sepultados en el bautismo y han resucitado a una nueva vida 64. “Cristo resucitó —

dice San Pablo — para nuestra justificación.”65 Además, la vida que recibe el cristiano en el bautismo

es una participación de aquella vida que tuvo Cristo después de su resurrección.

El bautismo cristiano es el antitipo del agua del diluvio, que era el TÚTTOS imperfecto en

el Antiguo Testamento de la nueva realidad del bautismo de Cristo. El agua del diluvio prefiguraba

de una manera imperfecta el bautismo en la economía actual de la salvación 66.

El apóstol, después de haber hablado de los diversos aspectos de la redención de Cristo

(v. 18.19.21), termina describiendo su glorificación definitiva, que comprende la ascensión, la

sesión a la diestra de Dios y la sujeción de los espíritus celestes. San Pablo, en su epístola a los

Efesios 67, tiene un texto paralelo, que algunos autores consideran como la fuente del pasaje de

San Pedro. Sin embargo, la dependencia es muy dudosa. Es mejor pensar que ambos apóstoles se

5354

inspiran en la catequesis primitiva y en el símbolo de la fe cristiana, en donde se encuentran frecuentemente

las mismas alusiones68. San Pedro enseña que Cristo glorificado es superior a todas

las jerarquías angélicas, comprendidas incluso las de los ángeles caídos. El es Señor universal de

todas las criaturas 69.

1 Cf. 1 Cor 7:135. — 2 Cf. San Agustín, Confesiones 9:9:19: PL 32:772. — 3 Cf. F. Blanke-F. J. Leenhardt, Die Stellung der Frau im

Ν. T. und in der alten Kir-che (Zürich 1949); P. Ketter, Cristo y la Mujer (Madrid 1945). — 4 De Ambroggi, o.c. p.126. — 5 Cf.

Ef 5:22-24; 1 Tim 2:9-15; Tit 2:4-5. — 6 1 Cor 7:12-17. — 7 Mt 26:3335.518. — 8 Is 3:18-24; cf. 1 Tim 2:9-10. Véase también

Testamento de los XII Patriarcas: Rubén 5:5; Juvenal, Sátiras 6:487-507. — 9 El griego del comienzo del v.4, dice (lit): “el hombre

oculto del corazón,” es decir, la vida interior que adorna la virtud. La expresión “hombre oculto del corazón” corresponde a la

frase paulina “hombre interior” (Rom 7:22s). — 10 M. Sales, o.c. p-543. — 11 Rom 8:27; 1 Cor 4:5. — 12 1 Sam 16:7. — 13 Me

14:3. — 14 Gen 18:12: 'adonai = “señor mío.” — 15 Gáls,7ss. — 16 Jn8:39- — 17 Cf. San Justino, Apología II 2; Tertuliano, Ad

uxorem 2:5. — 18 Cf. Prov3:25. — 19 1 Cor 7:5. — 20 Rom 7:2-3; 1 Cor 7:1-15; Ef 5:22-33; Col 3:18-19; 1 Tim 2:9-12; Tit 2:3-

5. — 21 Act 4:32; cf. Jn 17:21-23; Rom 12:16. — 22 Rom 12:15; 1 Cor 12:26. — 23 1 Pe 1:22; cf. Jn 13:34; Rom 13:8. — 24 La

expresión griega significa “tener buen corazón”; cf. Ef 4:32. La Vulgata añade: “modesti,” que no se encuentra en el griego. — 25

“Humilde,” en el griego literario, tiene ordinariamente el sentido peyorativo de “abyecto,” “despreciable,” etc. En cambio, San

Pedro da a estos términos un sentido mucho más elevado, les da un sentido cristiano. — 26 Mt 5:44; Le 6:28; cf. Rom 12:14; 1

Cor 4:125. — 27 Mt 5:10-12. 28 Rom g,28. — 29 Mt 5:10. A propósito de ésta y otras bienaventuranzas que se encuentran en el

Ν. Τ., cf. S. Bartina, Los macarismos del Nuevo Testamento: EstEcl 34 (1960) 57-88. — 30 Mt 5:10-12; Rom 8:18; Sant 1:12. —

31 1 Pe 2:12.15. 32 is 8,12s. — 33 Jn 14:27; cf. Mt 10:28; Rom 8:18. En la Patrología orientalis (19:5755) se cita cierto Agraphon,

en el cual dice Jesús a Juan: “Si de crimine aliquo quispiam homo te arguat falso, magis etiam magisque Deo gratias age; in libro

enim vitae tuae calumnia eius adiungetur meritis tuis teipso ne cogitante quidem.” — 34 Mt 6:9; Le 11:2. — 35 Las expresiones

απολογία = respuesta, justificación, y αίτεΐν λόγον = pedir razón, se emplean principalmente tratándose de procesos ante tribunales.

— 36 1 Pe 1:3.13.21; 3:5.15. — 37 Mt 10:19; Le 12,lis. — 38 San Pedro sabía, por la experiencia amarga de su negación de

Cristo (Mc 14:29-31. 66-72), a dónde puede llevar la presunción. Por eso exhorta a dar razón de su fe con dulzura y temor. — 39

De Ambroggi, o.c. p.131; F. Ogara: — 40 17 (1937) 161-165. — 41 Pe 2:21; cf. Ley 5:7; 6:23; 14:19. — 42 Cf. Act 3:14; 7:52;

— 43 22:14. — 44 Rom 1:4; 1 Tim 3:16; Heb 9:14. Pero parece más probable entenderlo en el sentido de “alma.” En este caso se

explicará más fácilmente el pasaje en el que se habla del descenso de Cristo a los infiernos (v.19-20). — 45 La expresión εν φ es

entendida por algunos autores en sentido adverbial, y traducida: porque (Boatti), o bien en efecto, por consiguiente (cf. 1 Pe 4:4).

Sin embargo, el contexto y el sentido obvio exige que sea unida con el πνεψματι que precede. Cf. De Ambroggi, o.c. p.133. — 46

A propósito del descenso de Cristo a los infiernos, véanse Tomás, Suma Teológica 3 q.52; K. Gachwind, Ole Niederfahrt Christi

in die Unterwelt: Ntl. Abh. (Münster in W. 1911); A. Vitti, Descensus Christi ad inferos: VD 7 (1927) 111-118.138-144.171-181;

J. CHAINE, Deséente du Christ dans l'enfer (1 Pe 3:19)'· DBS 2 (1934) 418-428; Tricot." DTC 12 (1935) 1767-71- — 47 F. Spitta,

Christi Predigt an die Geister (Gottingen 1890) y otros, como R. Knopf, F. Hauck, B. Reicke, K. Gachwind, J. Jeremías, E. G.

Selwyn. — 48 Gen 6:2s. — 49 El Libro de Henoc 13,iss, dice que a los ángeles caídos se les conminó únicamente la sentencia

condenatoria. En cambio, por la 2 Pe 2:5 vemos que existía la tradición de una predicación de Noé a sus contemporáneos. — 50

El adverbio πότε, que la Vulgata traduce por aliquando, podría también traducirse por prius ( == primeramente), contrapuesto a

un postea (= más tarde) sobrentendido. Els entido ería: primeramente fueron incrédulos; más tarde, poco antes de morir, creyeron

y se arrepintieron. Cf. De Ambroggi, o.c. p.134. — 51 D6. 52 0429. — 53 Le 16:22-23. — 54 Así lo entienden.el Pastor de Hermas,

Sim. 9:16; Clem. Alej. Strom. 5:1:5: PL 9:268; San Atanasio, Ad Epictetum; PG 26:1050; San Hilario, In Psalmum 118: PL

9:5725; San Epifanio, Haer. 20: PG 41:275; Rufino, Comment. in Symbol 28: PL 21:364; San Jerónimo, In Isaiam 54:9:10: PL

24:540. — 55 Epist. 164 ad Evodiwn: PL 33:709-713. — 56 Cf. San Beda Ven.: PL 93:58; Glossa: PL 114:686; Tomás, Suma

Teol 3 q.52 a.2 ad 3. — 57 Cf. San J. Damasceno, Deflde orthodoxa 3:29: PG 94:1101; Ecumenio: PG 119:557; Teofilacto: PG

125:1232. — 58 Baste con ver J. Chaine, Descente du Christ dans l'enfer: DBS 2:415-423; A. M. VIT-TI, Descensus Christi ad inferas:

VD 7 (1927) p.n6; De AmbroggI, o.c. ρ.ι — 59 La deséente du Christ aux enfers: Rev. Eccl. de Liége (1932-1933) 286. —

60 Cf. P. Bonnetain, Grdce: DBS 2:701-1319; G. Philips sigue la opinión de Petavio V Tobac: ver G. PHILIPS, La gráce des justes

dans l'A. T.: EThL 24 (1948) 23-58. — 61 Cf. A. M. Vitti, Descensus Christi ad inferas iuxta apocryphos: VD 7 (1927) 138-144.

— 62 Así San Cirilo Alej., Hom. Pasch. 7: PG 72:552. — 63 Cf. E. M. Boismard, Une liturgie baptismale dans la i Pe: RB 63

(1956) 182-208. — 64 Rom 6:3-11. — 65 Rom 4:25. — 66 Rom 5:14; 1 Cor 10:6. El descenso de Cristo a los infiernos tiene una

gran importancia en la tipología bautismal, pues la tradición cristiana posterior ve en el bautismo una prefiguración de la bajada de

Cristo a los infiernos. Cf. P. Lundberg, La typologie baptismale dans l'ancienne Église (Upsala 1942) p.64-74; O. ROUSEAU, La

deséente aux enfers fondement soté-riologique du baptéme chrétien: RSR 40 (1951-52) 273-297. — 67 Ef 1:20-22. — 68 Cf. Col

1:18; 2:10. — 69 Fil 2:10. Respecto de la ascensión, véase V. Larrañaga, La ascensión de N. Señor en el Ν, Τ. (Roma 1938). La

frase de la Vulgata: “Deglutiens mortem ut vitae aeternae heredes efficeremur,” falta en los cód. griegos y en algunos latinos. Se

lee en San Agustín y en Dídimo. Es una glosa de origen latino.

Capitulo 4.

En los v.1-6 del capítulo 4 San Pedro vuelve a exhortar a los fieles a la consecución de la santidad.

Apoyándose en lo ya dicho, les hace ver que, si los sufrimientos de Cristo fueron benéficos,

también los nuestros lo pueden ser, a condición de que nosotros los soportemos con el mismo

espíritu que lo hizo Cristo. Por eso, del mismo modo que Cristo, sufriendo en la carne, rompió

5355

las relaciones con el pecado para vivir según la voluntad divina, de igual modo los cristianos han

de romper todo ligamen con los vicios de los paganos 1. El sufrimiento tiene la propiedad de

hacer mejores a los que sufren. El cristiano renovado por el bautismo ha muerto con Cristo al

pecado. Posee, en consecuencia, una gracia que puede dominar eficazmente las tendencias pecaminosas,

viviendo de este modo no en codicias humanas, sino según la voluntad de Dios (v.2).

Por consiguiente, los cristianos no deben dejarse arrastrar de nuevo a los vicios de los paganos.

La expresión quien padeció en la carne ha roto con el pecado (v.2) parece referirse a la muerte

mística del cristiano con Cristo por el bautismo, a la cual debe seguir una vida de renuncia al pecado.

El autor sagrado recalca con ironía, en el v.3, que ya es suficiente el tiempo que han consagrado

a practicar la voluntad de los gentiles. Esta vida de los paganos estaba caracterizada por

grandes vicios: desenfrenos contra las buenas costumbres, liviandades, crápulas, comilonas, que

iban unidas, con frecuencia, al culto de Baco, embriagueces y abominables idolatrías 2. Todos los

términos griegos para expresar los vicios de los paganos están en plural, como para mejor insinuar

la variedad y multiplicidad de dichos desórdenes. De todo el contexto resulta evidente que

los destinatarios provenían de la gentilidad, pues los judíos, de ordinario, no se entregaban a tales

vicios. El catálogo de vicios aducido por San Pedro difiere bastante de otros que se encuentran

en las cartas de San Pablo 3. Nuestro autor habla principalmente de los pecados propios de la sociedad

en la que habían vivido los destinatarios de la epístola antes de su conversión.

Los destinatarios de la carta, lejos ya de los abusos que en otro tiempo habían cometido,

llevaban una vida cristiana digna. Por eso, los paganos se extrañaban, o mejor, encontraban sospechosa

una tal conducta. De ahí que los calumniasen, tratándolos de hipócritas (v.4). Pero el

apóstol dice a los cristianos que no deben preocuparse por tales injurias, pues saben que quienes

les critican ahora tendrán que dar cuenta de sus calumnias delante de Cristo cuando venga a juzgar

a los vivos y a los muertos (ν.4). En otros lugares, San Pedro atribuía el juicio al Padre4; sin

embargo, dicho juicio había de coincidir con la manifestación de Cristo 5, y el Padre lo ejercerá

por medio de Cristo, pues es el mismo Padre el que ha designado a Jesucristo como Juez de vivos

y muertos 6. San Pedro ya había anunciado, en el discurso pronunciado delante del centurión

Cor-nelio7, que “Cristo ha sido constituido por Dios juez de vivos y muertos.” También San Pablo

emplea esta expresión8, que será recogida en el Símbolo de los Apóstoles.

Para que Cristo pudiera juzgar, como Señor, no sólo a los vivos, sino también a los muertos,

descendió al seno de Abraham para anunciar la liberación a los muertos que allí se encontraban.

Estos, después de haber sufrido la condena común a la muerte temporal — considerada por

los hombres como un castigo divino por haber muerto en el diluvio —, recibieron la salud y pudieron

vivir en el espíritu según Dios (v.6). San Agustín 9, en cambio, ve en los muertos los pecadores,

que en nuestro texto serían los paganos. Y, según esto, explica: el Evangelio es predicado

a los infieles para que se conviertan. Pero, como no lo han de aceptar, no se librarán del severo

juicio de Jesucristo.

Otros autores ven en los muertos de nuestro versículo a los cristianos ya fallecidos antes

de la segunda venida de Jesucristo. Estos, que no han llegado a ver a Cristo venir triunfante como

juez, para restablecer la justicia ahora conculcada, vivirán ante Dios una vida inmortal. A éstos

mismos se les ha predicado el Evangelio, no inútilmente, sino con el fin de que, condenados

según el modo de ver de los hombres durante su vida mortal, puedan vivir delante de Dios en

espíritu 10.

5356

Proximidad de la Parusía, 4:7-11.

En estos versículos (7-11), el apóstol enseña que el pensamiento del fin próximo del

mundo ha de excitar a los cristianos a la práctica de la virtud. Este pensamiento debería estar

siempre presente en la mente de un cristiano, ya que un tal pensamiento ayudaría a los fieles a

ser discretos y los dispondría para la oración (v.7).

7 El fin de todo está cercano. Sed, pues, discretos y velad en la oración. 8 Ante todo

tened los unos para los otros ferviente caridad, porque la caridad cubre la muchedumbre

de los pecados. 9 Sed hospitalarios unos con otros sin murmuración. 10 El

don que cada uno haya recibido póngalo al servicio de los otros, como buenos administradores

de la multiforme gracia de Dios. 11 Si alguno habla, sean sentencias de

Dios; si alguno ejerce un ministerio, sea como con poder que Dios otorga, a fin de

que en todo sea Dios glorificado por Jesucristo, cuya es la gloria y el imperio por los

siglos de los siglos. Amén.

Parece que San Pedro hace referencia a la proximidad de la parusía del Señor. Este tema ha ejercido

una influencia extraordinaria sobre toda la predicación moral de la Iglesia primitiva 11.

Nuestro Señor había ya anunciado el juicio y el fin del mundo como sucesos correlativos, exhortando

a sus discípulos a la vigilancia 12. La vigilancia protegerá a los cristianos contra las tentaciones

13 y los hará más aptos para la oración 14. También San Pedro deduce de la esperanza de la

parusía consecuencias de orden moral para la vida ordinaria de los cristianos 15. Ante todo recomienda

la discreción y 1a sobriedad, con las cuales alcanzarán la paz necesaria para entregarse a

la oración.

Al mismo tiempo, el cristiano ha de procurar observar de un modo especial el mandamiento

de la caridad fraterna (v.8), que tanto recomendó Cristo en el Evangelio 16. Porque la caridad

cubre la muchedumbre de los pecados. Esta máxima está tomada de los Proverbios 17 y es

citada también por Santiago 18. ¿Se refiere a los propios pecados o a los de los demás? Si examinamos

el contexto del libro de los Proverbios, de donde está tomada la expresión, se verá que se

refiere a los pecados del prójimo, que son cubiertos en el sentido de que son disimulados por el

que realmente ama al prójimo. También en nuestro pasaje es probable que se refiera San Pedro a

los pecados del prójimo: el cristiano que tiene amor verdadero al prójimo está siempre pronto a

disimular sus pecados en silencio, no hablando de ellos y procurando olvidarlos. Otros autores

(Camerlynck, Felten, Sales, Holzmeister, etc.) creen, por el contrario, que el apóstol enseña que

la caridad para con los demás moverá a Dios a perdonar los pecados personales. Y la razón sería

que San Pedro habla aquí de la caridad como de causa que cubre los pecados 19. En cambio, el

que la caridad disimule los pecados de los demás sería no causa, sino efecto de la ferviente caridad.

En cuyo caso, la idea de San Pedro significaría que el perdonar a los demás traería consigo

el perdón de los propios pecados 20.

Un ejemplo tradicional de amor al prójimo es la práctica de la hospitalidad. Por eso, San

Pedro recomienda a sus lectores la hospitalidad sin murmuración, es decir, sin lamentarse de las

incomodidades y gastos que presuponía para el que hacía esta obra de caridad. Es muy probable

que el apóstol se refiera a la hospitalidad que se debía dar a los misioneros itinerantes del Evangelio

21. La hospitalidad era muy apreciada entre los judíos y entre los primeros cristianos 22. Jesucristo

coloca la hospitalidad entre las obras de misericordia corporales por las cuales seremos

juzgados23. San Pablo la recomendaba de una manera especial a los obispos 24.

5357

La misma caridad ha de manifestarse en el uso de los varios dones recibidos de Dios. Es

necesario que el cristiano ponga al servicio de los demás las gracias recibidas (v.10). El apóstol

no emplea el término χάρισμα en el sentido técnico de “gratia gratis data,” como San Pablo 25,

sino en un sentido más genérico. Indica no sólo los dones extraordinarios y miraculosos, muy

frecuentes en la Iglesia primitiva, sino todos los favores, incluso naturales, que cada uno haya

recibido, con los cuales pudiera hacerse útil a su prójimo 26.

En nuestro caso, el carisma es la mayor o menor posibilidad de dar hospitalidad a los

demás. Todos los dones, incluso los de fortuna, han de tener una función social, querida por

Dios, y que el hombre ha de respetar. Los cristianos han de administrarlos como buenos ecónomos

o servidores, a los cuales Dios ha confiado la administración de sus bienes. Pero no han de

disponer de ellos como dueños absolutos de la multiforme gracia de Dios, sino como administradores,

a los cuales se pedirá cuenta de su administración. También aquí la expresión χάριβ tiene

sentido general, e indica todos los favores naturales y sobrenaturales recibidos de Dios. San

Pedro debía de tener en la mente las parábolas del siervo fiel27 y de los talentos 28. San Pablo

también habla de la obligación de distribuir “los misterios de Dios”29, y la recomienda a Tito 30.

San Pedro menciona dos clases de carismas (v.11), con el fin de indicar el buen uso que se ha de

hacer de los dones de Dios. El primero es el carisma de la palabra, ordenado a la enseñanza en

las asambleas. Este carisma podía manifestarse de modo extraordinario con la profecía, la glosolalia

o la interpretación, y también podía ejercerse de modo ordinario en la predicación evangélica

31. Él segundo es el carisma de servicio 32, que tiene por finalidad las obras de misericordia,

como la hospitalidad, el cuidado de los enfermos, de los huérfanos, viudas. El apóstol exhorta a

ejercitarlo de modo que se vea que es Dios quien le comunica la fuerza necesaria, y a no mostrarse

arrogante como si no hubiera recibido de Dios un tal don.

Es cosa digna de tenerse en cuenta que haya sido el mismo San Pedro el que tomó la iniciativa

de separar el “ministerio de la palabra,” reservado a los apóstoles, del “servicio de las mesas,”

encomendado a los diáconos 33, que posteriormente serán ayudados por las diaconisas 34.

La finalidad de todos estos actos de caridad, así como la de todas las acciones del cristiano,

ha de ser la gloria de Dios. Una tal gloria es tributada a Dios por medio de Jesucristo 35. Semejantes

doxologías comenzaron a dirigirse muy pronto en la Iglesia a Dios y a Jesucristo 36; pero

también a Dios por Jesucristo 37 y a Jesucristo solo 38. Aquí parece que va dirigida a Cristo. La

fórmula del Padre glorificado por la gloria del Hijo en sus discípulos es propia del cuarto evangelio

39.

Síntesis de la epístola, 4:12-19.

Concluida la doxología, que, según algunos autores, reproduciría una fórmula litúrgica,

San Pedro vuelve a hablar por cuarta vez de su argumento preferido: la paciencia en las pruebas40.

El apóstol exhorta a los cristianos a sufrir con gozo por amor de Jesucristo, porque de este

modo se asemejarán a El (v. 12-16) y se asegurarán mejor la vida eterna (v.17-19).

12 Carísimos, no os sorprendáis como de un suceso extraordinario del incendio que

se ha producido entre vosotros, que es para vuestra prueba; 13 antes habéis de alegraros

en la medida en que participáis en los padecimientos de Cristo, para que en

la revelación de su gloria exultéis de gozo.14 Bienaventurados vosotros si, por el

nombre de Cristo, sois ultrajados, porque el espíritu de la gloria, que es el Espíritu

de Dios, reposa sobre vosotros. 15 Que ninguno padezca por homicida, o por ladrón,

o por malhechor, o por entrometido; 16 mas si por cristiano padece, no se avergüen5358

ce, antes glorifique a Dios en este nombre.17 Porque ha llegado el tiempo de que comience

el juicio por la casa de Dios. Pues si empieza por nosotros, ¿cuál será el fin

de los que rehusan obedecer al Evangelio de Dios? 18 Y si el justo a duras penas se

salva, ¿qué será del impío y el pecador? 19 Así, pues, los que padecen según la voluntad

de Dios, encomienden al Creador fiel sus almas por la práctica del bien.

Los cristianos no han de extrañarse 41 de los sufrimientos que los cercan por todas partes. Porque

el sufrimiento para el seguidor de Cristo no es algo extraño, sino una cosa normal, natural y necesaria42,

que Dios permite para probarlos en sentido bueno. El incendio, ττύρωσις (ν.12), está

tomado en sentido figurado de una tribulación que purifica, y se refiere a las aflicciones y persecuciones

de todo género a que estaban expuestos los cristianos por parte de los paganos. Al mismo

tiempo, la imagen del horno sugiere la idea de purificación 43. En el Apocalipsis 44, ιτυρωσις

se dice del fuego de la gehenna. Nada hay que autorice la opinión de los que ven aquí una alusión

a la persecución de Nerón.

Las alegrías del cristiano han de estar en proporción con la participación en los dolores de

Cristo (ν.13). Cuanto más sufran, más han de alegrarse 45. Por eso, los apóstoles se sentían felices

por haber sido “dignos de padecer ultrajes por el nombre de Jesús”46. San Pablo expresa también

un pensamiento semejante en 2 Cor 1:5. El hecho mismo de que los cristianos sufran es una

prueba de que Dios los considera dignos de padecer por Cristo 47. De ahí que la medida de la alegría

ha de ser la medida de la participación en los sufrimientos de Jesucristo48. Y esta participación

de los cristianos en los padecimientos de Cristo, será motivo para que, en el día del juicio

final, cuando tenga lugar la revelación de la gloria de Cristo, el Señor premie a los buenos por las

pruebas soportadas y castigue a los malos.

Los ultrajes sufridos con paciencia por el nombre de Jesús manifiestan la presencia activa

en ellos del Espíritu Santo (v.14). San Pedro aplica a los cristianos lo que Isaías anunciaba del

Emmanuel49. El Espíritu Santo que habita en los cristianos es el Espíritu de la gloría, que nos ha

de procurar la gloria eterna después de un breve período de sufrimiento en este mundo 50. Este

pensamiento ha de alegrar a los cristianos en medio de las pruebas51.

La doctrina de San Pedro sobre el Espíritu Santo se parece más a la de los sinópticos 52

que a la de San Pablo o San Juan.

Es evidente que sufrir castigos por los crímenes cometidos es algo muy vergonzoso — el

Evangelio no beatifica a los criminales por el solo hecho de haber expiado sus faltas — . Pero

sufrir como cristiano no implica ninguna infamia; antes, al contrario, el que padece por el nombre

de Cristo glorifica a Dios (v. 15-16) 53. En el v.15 se encuentra el término griego

άλλοτριεπίσκοπος, que no se encuentra en ningún otro lugar antes del Pseudo-Dionisio. Por eso

su significación es un tanto incierta. La traducción de la Vulgata: “alienorum appetitor,” que es

apoyada por las antiguas versiones, por Tertuliano y por San Cipriano, tal vez se refiera a aquellos

cristianos indiscretos e imprudentes que se entrometían en los asuntos de otros, con peligro

de comprometer a la Iglesia. Boatti traduce por intrigante, que parece corresponder mejor al sentido

etimológico de la palabra54.

Otro motivo que debe mover al cristiano a soportar con paciencia los sufrimientos es el

juicio de Dios, que ya ha comenzado a ejecutarse a partir de la muerte del Salvador. Si el juicio

ha comenzado primeramente por la casa de Dios (v.17), es decir, por la Iglesia, o por los miembros

de la Iglesia, que sufren únicamente por el hecho de ser cristianos, y son, por lo tanto, justos,

¿cual será el fin de los que rehusan obedecer al Evangelio? Del mismo modo argumentaba

Jesús dirigiéndose a las piadosas mujeres de Jerusalén 55. San Pedro vuelve a ratificar la dureza

del juicio sobre los justos y lo implacable que será sobre los impíos con una cita tomada del libro

5359

de los Proverbios 56: si el justo se salva con dificultad y a fuerza de dolorosos sacrificios, ¿qué

será del impío y del pecador? (v.18). Lo que el libro de los Proverbios dice de la salud terrena lo

aplica San Pedro a la salvación escatológica.

El apóstol termina esta sección sacando una conclusión general (V.19) ¿e todo lo dicho

acerca de las pruebas (v.12ss): los cristianos, aun cuando padezcan, deben aceptar la prueba con

paciencia, abandonándose confiadamente en manos del Creador, que es fiel a sus criaturas y está

dispuesto a socorrerlas en sus necesidades 57. Este abandono en Dios no ha de ser, sin embargo,

un abandono quietista y ocioso, sino que ha de ir acompañado de la práctica constante de las

obras buenas 58. Lo dicho se refiere a los que padecen según la voluntad de Dios y no a los que

con sus crímenes se merecen el castigo

1 De Ambroggi, o.c. p.140; A. Charue, o.c. p.446. — 2 El término αθέμιτος significa lo que es contrario a Themís, es decir, a la justicia

y a ey moral. Para San Pedro es lo prohibido por la Ley mosaica, sobre todo la idolatría y la prostitución sagrada, que, de ordinario,

la acompañaba. — 3 Rom 1:24-32; 13:13; Gal 5:19-21; Col 3:5-8. — 4 1 Pe 1,17; 2,23. 5 1 Pe 1:13; 5:4 6 Me

8,38; Mt 25,siss; Act 17:31; Jn 5:22; Rom 3:6 — 7 Act 10:42. 8 2Tim4:1. — 9 Epist. 164:7,21: PL 33:717. 10 Esta opinión

es defendida por E. G. Selwyn, A. M. Stibbs y otros. Los que sostienen que la predicación del Evangelio fue dirigida por Cristo a

los muertos que estaban en el seno de Abraham, como en 1 Pe 3:19, son muchos: J. Ghaine (DBS 2:4255), H. Quilliet (DTC 4,

592), (A. Vitti: VD [1927] nos), F. Hauck, F. W. Beare, Ch. Bigg, H. Windisch, R. Knopf, etcétera. — 11 1 Pe 1:5; 4:7.17; 5:10; 1

Cor 16:22; Fil 4:5; Sant 5:8; 1 Jn 2:18; Ap 22:12. Apro-pósito de la escatología de San Pedro se puede ver A. Tricot, Fierre:

L'éschatologie: DTG 12, 1770; A. M. Vitti, Eschatologia in Petri epistula prima: VD n (1931) 298-306; J. Schil-Denberger,

Weissagung und Erfnllung: Bi 24 (1943) 122; E. B. Allo, L'Apocalypse* (París 1933) p.CXII-CXLIII. — 12 Mt 24:4288. — 13 Mc

14:38. — 14 Mc 4:38. San Hipólito (In Dan. 4:18:7: PG 10), San J. Crisóstomo (In Mat. hom. 77, 2: PG 58:705), San Jerónimo y

San Agustín extienden la exhortación de San Pedro a la vigilancia de la muerte de cada uno. “Diem Domini — dice San Jerónimo

(In loel 2:23: PL 25” 965) — diem intellige iudicii sive diem exitus uniuscuiusque de corpore. Quod enim in die iudicii futurum

est ómnibus, hoc in singulis die mortis impletur.” Y San Agustín dice lo mismo (Epist. 164 ad Hesychium 1:3: PL 33:906). — 15

Le 12:35-40; 1 Tes 5:155; Ap 3:11. Cf. R. Schnackenburg, Die sittliche Botschaft 11* T* Ρ·Ι27-ΐ34· — 16 Mt 5:44; 22:39; Jn

13:34s; cf. 1 Jn 4:11-21, — l7 Prov IO.12 según el texto hebreo. — 18 Sant 5:20. Cf. 1 Pe 1:16; 2:15.21; 3:9.12.18. Véase C.

Spicq, Ágape 2 (París 1959) 3345. — 19 Mt 6:145; Mc 11:255. — 21 Cf. Mt 10:1 iss; Rom 16,is; 3 Jn 55. — 22 Rom 12:13; Heb

13:15. — 23 Mt 25:3555. — 24 1 Tim 3:2; Tit 7:8. ; — 25 1 Cor 12:455. Cf. E. B. Allo, Premiére Epítre aux Corinthiens p.ióo.

— 26 Cf. 1 Cor 7:7. — 27 Mt 24:45; Lc 12:42-46. — 28 Mt 25:14-30; cf. Lc 19:11-27. — 29 1 Cor 4:1. — 30 Tit 1:7. — 31 A

propósito del uso de estos carismas en la Iglesia primitiva, véase San Pablo: 1 Cor 12-14; 2 Cor 2:17; 2 Tim 4:2; Tit 2:1. La división

de los carismas que nos da San Pedro parece reflejar una organización más primitiva de la Iglesia. En cambio, los elencos de

Rom 12:6; 1 Cor 12 muestran una organización mucho más desarrollada. — 32 Cf. Act6:2. — 33 Acto. 1-4. — 34 Rom 16:1; 1

Tim 5:9. — 35 El relativo φ = “cuya” se refiere a Jesucristo más bien que a Dios. — 36 Ap 1:6; 5:13. — 37 Rom 16:27; Ef 3:21;

Jds 25; cf. i Clem. 58:2. — 38 Rom 9:5; 2 Tim 4:18; Heb 13:21; 2 Pe 3:18. — 39 A. Charue, Vie, lumiére et glorie chez S.Jean:

Goliat. Namurcenses (1935) p.23353. — 40 Gf. 1 Pe 1:6; 2:18-21; 3:14-1? — 41 La Vulgata traduce: “nolite peregrinan in fervore,”

dando a ξενίζειν el sentido primitivo de peregrinar; aquí sería mejor dar a “nolite peregrinari”^el sentido de ono os extraviéis.”

— 42 1 Pe 2:21; Jn 16:33; Act 14:22; 2 Tim 3:12. — 43 Sab3:6; Prov 27:21. — 44 Ap 18:8.18. — 45 Cf. Mts.ns; Lc6:22s.

— 46 Act 5:41. — 47 Act 16:25. — 48 Rom 8:17; Fil 3:10; 2 Tim 2:11. — 49 Is 11:2; cf. Mt 10:19. — 50 1 Pe 5:4-10; cf. Rom

8:11; Ef 4:30. — 51 Una glosa antigua, y que se encuentra en muchos Mss griegos y latinos y en las versiones copta y heraclense,

añade al v.14: “(quod) ab illis blasphematur, a vobis autem honorifi-catur.” Sin embargo, falta en los mejores códices: BSAG, 33,

y en excelentes Mss de la Vulgata. En este mismo versículo, los códices SAC, 33, versión heraclense, y varios Mss de la Vulgata

añaden: και δυνάμεως = “et virtutis”; y los mismos testigos traducen dos veces δόξης = “honoris, gloriae et virtutis.” Cf. A. García

Del Moral, El Espíritu que habita en vosotros. Crítica textual de 1 Pe 4:14: EstBib 20 (1961) 45-77 y en Teología Espiritual 5

(1961) 443-458. — 52 Mt 10:19-20. — 53 Cf. Mt 5:10; Act 5:41. — 54 K. Erbes, Was bedeutet άλλοτριεπίσκοπος im 1 Pe 4:15?:

ZNTW 19 (1919-20) 39-44,' 20 (1921) 249. Para este autor significaría el que dilapida los bienes confiados a él por la comunidad.

— 55 Lc 23:31; cf. Rom 11:21; Jer 25:29. — 56 Prov 11:31. — 57 Mt 6:25-34. — 58 Cf.Mt5:7. — 59 1 Pe 2:193; 4:15-17.

Capitulo 5.

Advertencias a los Diversos Miembros de la Comunidad, 5:1-11.

San Pedro, después de haber exhortado a todos los fieles que sufren por el hecho de ser

cristianos, se dirige especialmente a los pastores de la comunidad cristiana. Inculca a los pastores

el deber de apacentar el rebaño con celo y buen ejemplo (v.1-4), y a continuación habla de los

deberes comunes a los jóvenes y a todos los cristianos, recomendando la humildad, la sobriedad,

la vigilancia y la confianza en Dios (v.5-11).

5360

Advertencias dirigidas a los presbíteros, 5:1-4.

1 A los presbíteros que hay entre vosotros los exhorto yo, copresbítero, testigo de los

sufrimientos de Cristo y participante de la gloria que ha de revelarse: 2 Apacentad el

rebaño de Dios que os ha sido confiado, no por fuerza, sino con blandura, según

Dios; ni por sórdido lucro, sino con prontitud de ánimo; 3 no como dominadores sobre

la heredad, sino sirviendo de ejemplo al rebaño. 4 Así, al aparecer el Pastor soberano,

recibiréis la corona inmarcesible de la gloria.

El apóstol, tomando pie de lo que acaba de enseñar en la sección anterior 1, recuerda a los presbíteros

cómo el pensamiento del juicio ha de incitarlos a cumplir con la mayor exactitud sus deberes

pastorales. En cuanto al término πρεσβύτεροι podemos observar que no designa la edad en

oposición a los jóvenes, sino el oficio. Aquí, además, parece tener el mismo sentido que

επίσκοποι. Ambos términos pueden considerarse en muchos lugares del Nuevo Testamento como

sinónimos. La razón de esto debe de ser que ambos términos están tomados en el sentido

etimológico de inspectores, vigilantes, y no según el significado jerárquico de obispos. La terminología

de la jerarquía eclesiástica es todavía imprecisa. Pero la organización eclesiástica que

presupone aquí San Pedro es semejante a la de los Hechos de los Apóstoles 2 y de las epístolas

pastorales 3. En estas epístolas los presbíteros son identificados con los obispos 4. Por los Hechos

de los Apóstoles sabemos que San Pablo y San Bernabé habían constituido en las Iglesias del

Asia Menor jefes jerárquicos llamados πρεσβύτεροι 5. Durante el tercer viaje apostólico de San

Pablo, éste reunió en Mileto a los presbíteros de Efeso, y en su exhortación les decía: “Mirad por

vosotros y por todo el rebaño, sobre el cual el Espíritu Santo os ha constituido obispos

(επίσκοπους), para apacentar la Iglesia de Dios.”6 Tanto en este discurso de San Pablo como en

nuestra epístola, los presbíteros y obispos son identificados. En los tiempos apostólicos parece

que todavía no existía distinción entre obispo y presbítero, aunque había jerarcas de orden superior,

que correspondían a nuestros obispos — como Tito, Timoteo —, y jerarcas de orden inferior,

que debían de asemejarse a nuestros simples sacerdotes7.

San Pedro quiere exhortar a esos presbíteros, y con afectuosa delicadeza les recuerda los

títulos que le dan derecho a intervenir para amonestarles (v.1). En primer lugar, les dice con gran

humildad que es su copresbítero; es decir, su compañero y hermano en el sacerdocio. En segundo

lugar, que ha sido testigo de los sufrimientos de Cristo desde Getsemaní hasta que murió en la

cruz. Y, finalmente, que ha sido llamado a participar de la gloria de Jesucristo, que se manifestará

en el día de la parusía; pero que ya se refleja, desde este mundo, sobre los que sufren por el

nombre de Cristo. Tal vez San Pedro aluda al hecho de haber participado como testigo en la

transfiguración de Jesucristo en el Tabor 8.

Pedro recuerda a los presbíteros que su misión es, ante todo, pastoral y está ordenada al

bien del rebaño que les ha sido confiado (v.2). La imagen de pastor es aplicada frecuentemente a

Yahvé en el Antiguo Testamento: Yahvé va delante del rebaño 9, lo conduce a los buenos pastos

10, lo defiende con el cayado 11, reúne a las ovejas extraviadas 12 y lleva en su seno a las débiles

13. También es aplicada dicha imagen a los jefes del pueblo israelita, y especialmente al Mesías

14. En el Evangelio es el mismo Cristo el que se da a sí mismo el título de Buen Pastor 15. Y San

Pedro les exhorta a ser buenos pastores y no mercenarios. Han de apacentar el rebaño de Dios

que les ha sido confiado, vigilándolo 17 no por fuerza, como mercenarios que esperan recibir un

salario, sino de buen grado por amor de Dios. Ni tampoco con fines lucrativos, sino con amorosa

abnegación y con intención sobrenatural. No con el fin de ejercer dominio sobre los demás,

5361

sino para darles ejemplo de caridad y abnegación (ν.3). Por eso, Jesús enseñó a sus discípulos a

no imitar a los príncipes de la tierra que tiranizan a los subditos 18. La exhortación que hace San

Pedro a no tiranizar parece suponer que los presbíteros ejercían autoridad sobre la comunidad y

que podían abusar de ella.

San Pablo también recomienda con frecuencia el buen ejemplo 19 como el mejor medio de

exhortar a los fieles a la virtud y al bien. El término κλήρος — “heredad” (Vulgata: “dominantes

in cleris”) no designa al clero propiamente dicho, como afirman algunos autores antiguos, sino

que significa suerte, porción que le cae en suerte a uno, heredad. En nuestro texto designa la

porción de fieles que había sido confiada al cuidado de cada pastor, es decir, lo equivalente hoy a

parroquias.

El premio que aguarda a los pastores fieles en el día de la parusía, cuando aparezca el

Pastor soberano para juzgar a los vivos y a los muertos, será la corona inmarcesible de la gloria

(v.4), es decir, la vida eterna en la gloria del cielo 20. La corona simboliza aquí el premio eterno

por los méritos adquiridos en este mundo. Como el griego lleva el artículo, indica que la promesa

de una tal corona era conocida de los destinatarios de la epístola 21. El título de Pastor soberano

tal vez haya sido sugerido por Jn 10:14 22.

Advertencias dirigidas a los fieles, 5:5-11.

5 Igualmente vosotros, los jóvenes, vivid sumisos a los presbíteros, y todos ceñidos de

humildad en el trato mutuo, porque Dios resiste a los soberbios, y a los humildes da

su gracia. 6 Humillaos, pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que a su tiempo os

ensalce. 7 Echad sobre El todos vuestros cuidados, puesto que tiene providencia de

vosotros. 8 Estad alerta y velad, que vuestro adversario el diablo, como león rugiente,

anda rondando y busca a quién devorar, 9 al cual resistiréis firmes en la fe, considerando

que los mismos padecimientos soportan vuestros hermanos dispersos por

el mundo. 10 Y el Dios de toda gracia que os llamó en Cristo a su gloria eterna, después

de un breve padecer, os perfeccionará y afirmará, os fortalecerá y consolidará.

11 A El la gloria y el imperio por los siglos de los siglos. Amén.

La perspectiva del juicio divino motiva (ομοίως = “igualmente”) las advertencias que siguen.

Los jóvenes, a los que el apóstol recomienda estar sometidos a los presbíteros, serían, según varios

autores (De Ambroggi, Felten, etc.), los ministros de grado inferior en la jerarquía de la Iglesia.

Sin embargo, a nuestro parecer, indicarían más bien los simples oficios, por oposición a los

pastores, llamados ancianos (presbíteros) 23; o también la gente joven, por oposición a los cristianos

adultos. Sabido es que los jóvenes siempre han sido más inclinados a la independencia, y

por eso necesitan que se les exhorte a la sumisión. Sin embargo, es preciso reconocer que aquí no

se trata de adolescentes contrapuestos a adultos, como en Tit 2:6.

Todos los cristianos, tanto los pastores como el rebaño, han de practicar la humildad en el

ejercicio de la mutua caridad, porque, como dice el libro de los Proverbios, “Dios resiste a los

soberbios, y a los humildes da su gracia” 24. Este texto es citado también por Santiago25 en un

contexto que tiene interesantes paralelos con el nuestro. La idea de la exaltación del humilde y de

la humillación del soberbio es muy frecuente en el Antiguo y en el Nuevo Testamento 26. Han de

revestirse, de ceñirse con la humildad. El verbo έγκομβοΰσ3οα significa “envolverse” en el

έγκόμβωμα, que era un vestido corto propio de los esclavos, el cual se ceñía a los costados mediante

un nudo (κόμβος). Es posible que San Pedro aluda aquí al gesto de Jesús en la última cena,

que, ciñéndose una toalla, se puso a lavar los pies de los discípulos 27.

5362

El apóstol, apoyándose en el texto citado de los Proverbios, concluye de esta manera:

Humillaos bajo la poderosa mano de Dios, aceptando con resignación y paciencia las tribulaciones

que os quiera mandar, para que a su tiempo os ensalce (v.6). Humillarse, en nuestro texto, es

aceptar humildemente los padecimientos inmerecidos, viendo en ellos la voluntad de Dios que

así lo dispone. Todo está controlado por la poderosa mano de Dios, el cual hará cesar a su tiempo

los sufrimientos que afligen a los cristianos. La verdadera exaltación de los humildes tendrá

lugar en el día del juicio final, cuando el Señor dará a cada uno según los méritos adquiridos.

Mientras tanto, San Pedro recomienda a los fieles que pongan toda su esperanza en Dios, abandonándose

en sus manos (v.7). Este versículo está formado por una cita tomada del salmo 55:23,

el cual dice: “Echa sobre Yahvé el cuidado de ti,” porque El se preocupa de los hombres 28. Los

salmos invitan con frecuencia a confiar en Dios en medio de las tribulaciones. La doctrina del

abandono en la Providencia divina es inculcada con fuerza por Jesús en el sermón de la Montaña

29.

Pero esta confianza constituiría una falsa seguridad si el cristiano no se mantiene vigilante.

La vida austera y sobria 30 contribuirá a que el fiel no pierda el control sobre sí mismo. Para

el cristiano no hay un solo momento que no sea de peligro, pues el adversario no duerme. Y si el

centinela no está alerta, podrá ser sorprendido fácilmente por el enemigo, que se lanzará sobre él

como león rugiente. También Jesucristo recomienda con insistencia la vigilancia 31, y otro tanto

hace San Pablo 32. El enemigo del cristiano es el diablo 33, que, como león, anda rondando, buscando

a quién devorar (v.8) 34. En el Apocalipsis, el demonio es presentado como “el grande

dragón, la antigua serpiente, llamada diablo y Satanás, que extravía a toda la redondez de la tierra.,

el acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba delante de nuestro Dios de día y de

noche.” 35 En la parábola de la cizaña 36, el demonio se identifica con el enemigo, que de noche

siembra la mala hierba entre el trigo bueno 37. Ante estos peligros, el cristiano ha de resistir al

demonio armado con la fortaleza de la fe, que, como escudo invencible, le defenderá contra los

más violentos asaltos 38. La virtud de la fe activada por la caridad 39, o sea la plena adhesión a

Cristo por la fe viva, echará por tierra todos los planes del demonio.

La comparación del enemigo con un león es una imagen que ya se encuentra en el Antiguo

Testamento40.

La mejor defensa contra este león rugiente, o diablo, es el resistirle permaneciendo firmes

en la fe (V.9). San Pedro sabía por propia experiencia la debilidad del hombre ante los asaltos del

enemigo. Por eso, recordando la exhortación que Cristo le dirigió de confirmar en la fe a sus

hermanos41, y, al mismo tiempo, para infundir ánimo y confortar a los cristianos, les recuerda

que los mismos padecimientos que ellos soportan los tienen que soportar sus hermanos (lit.: su

fraternidad = la Iglesia) esparcidos por el mundo. El saber que todos los miembros de la Iglesia

deben sufrir, lejos de ser un motivo de desaliento, constituía un motivo más para afianzarse en la

fe 42. Las tribulaciones constituyen la suerte inseparable y común de todos los cristianos. Así lo

han enseñado Jesús y los apóstoles en diversas ocasiones 43.

San Pedro añade todavía un motivo más para confortar a los fieles que sufren: Dios, que

los llamó en Cristo a la gloria eterna, después de un breve padecer, los perfeccionara y afirmará,

los fortalecerá y consolidará (v.10)44. Aunque en esta vida tengamos que sufrir siempre algo,

hemos de tener confianza en que la fuerza de la gracia suplirá nuestra debilidad. Y a través de los

breves padecimientos de la vida presente, llegaremos a la vida eterna 45. Además, los padecimientos

de este mundo, por graves y prolongados que sean, serán bien poca cosa ante la gloria

que nos espera.

El apóstol termina la epístola con una breve doxología (v.11), como en el capítulo 4:11,

5363

de entonación litúrgica, colocada antes de los saludos finales. Esta doxología va dirigida a Dios

Padre, al cual pertenece la gloria y el imperio por los siglos 46.

Últimos avisos y saludos, 5:12-14.

12 Por Silvano, a quien tengo por hermano fiel para con vosotros, os escribo brevemente,

amonestándoos y testificándoos ser la verdadera gracia de Dios esa en que

vosotros os mantenéis firmes. 13 Os saluda la Iglesia de Babilonia, partícipe de vuestra

elección, y Marcos, mi hijo. 14 Saludaos mutuamente en el ósculo de la caridad.

La paz a todos vosotros los que estáis en Cristo.

Terminada la carta, San Pedro dirige los saludos finales a sus lectores, deseándoles la paz en la

caridad. Silvano 47, probablemente, es el mismo que Silas, compañero de San Pablo en su segundo

viaje apostólico, cuando fueron fundadas varias Iglesias del Asia Menor 48. Colaboró de una

manera especial con San Pablo en la evangelización de Corinto 49. Es recordado también en las

epístolas a los Tesalonicenses 50, escritas desde Corinto en el segundo viaje misionero. Después

ya no vuelve a ser mencionado en la historia de San Pablo. Pudo entonces unirse a San Pedro.

Probablemente Silvano no sólo fue el portador de la epístola, sino el amanuense de ella. Así lo

han entendido los mejores comentaristas.

Silvano es presentado como el hermano fiel, al cual conocen perfectamente los lectores.

Es el hermano de confianza, por ser bien conocido y estimado en las comunidades cristianas del

Asia Menor, a cuya fundación había contribuido. El autor sagrado afirma que su carta es breve.

Y lo es, en efecto, si se considera la importancia de los temas tratados. Sin embargo, esta frase tal

vez sea pura fórmula, sin referencia alguna a la extensión verdadera de la carta 51.

Les ha escrito para exhortarlos y recordarles la gracia de Dios, es decir, la fe cristiana,

que nos obtendrá la gloria del cielo y la esperanza, que ya nos da en este mundo un gozo anticipado

del cielo por medio de la fe. El contenido de la epístola de San Pedro se puede resumir en

dos ideas: exhortación a permanecer en la fe y consolación en medio de las tribulaciones de la

vida presente.

La misión principal del apóstol es la de ser testigo de Jesucristo 52. Y aquí San Pedro les

asegura y garantiza que la fe cristiana, en la cual permanecen firmes y que han recibido en el

bautismo, es la que les asegurará el cielo.

El saludo final es dado en nombre de la Iglesia de Babilonia 53, elegida con vosotros

(ν.13). La elegida es la Iglesia particular desde la cual escribe Pedro, y que, según la costumbre,

saluda a las otras Iglesias 54. Algunos autores, sobre todo protestantes, ven en esta elegida a la

mujer de San Pedro. Si bien San Pedro estaba casado 55, no es probable que aquí aluda a su esposa.

La verdadera interpretación de la epístola se opone a este modo de ver. Al comienzo de la

epístola, San Pedro llamaba a los cristianos elegidos. Aquí, siguiendo la misma idea, llama elegida

a la “fraternidad,” es decir, al conjunto de los cristianos, a la Iglesia. San Juan también llama

elegida a la Iglesia a la cual se dirige 56. Además, casi todos los autores antiguos y la mayor parte

de los modernos ven designada en esta expresión a la Iglesia de Roma, elegida como las Iglesias

de los destinatarios. El nombre de Babilonia era de uso corriente entre los judíos cristianos para

designar la Roma pagana. Así es llamada en el Apocalipsis 57, en los libros apócrifos 58 y en la

literatura rabínica 59. La Babilonia del Eufrates, que en tiempo de San Pedro era un montón de

ruinas. La Babilonia de Egipto es otra posibilidad.

También San Pedro envía los saludos a su hijo Marcos. Nadie hoy sostiene que se trate

de un hijo físico de San Pedro, sino de un hijo espiritual62, por haber sido regenerado por el após5364

tol a la vida sobrenatural mediante el bautismo. Parece que se trata de Marcos el evangelista. La

casa de su madre en Jerusalén fue donde se refugió San Pedro al ser liberado por un ángel de la

cárcel63.

Acompañó a San Pablo y a San Bernabé, del cual era primo64; pero los abandonó pronto

65. Alrededor del año 6o se encontraba en Roma con San Pablo66. Papías nos dice que acompañó

a San Pedro y que fue su intérprete 67.

El beso de caridad (v.14) era el símbolo del amor sobrenatural que debía unir a los cristianos.

Es mencionado por San Pablo en cuatro de sus epístolas 68. Este beso de caridad es puesto

en conexión con las oraciones de la liturgia cristiana por los autores antiguos 69. Por eso, este

final de las epístolas de San Pablo y de San Pedro insinúa que las cartas de los apóstoles eran leídas

durante una función litúrgica70.

Y, finalmente, el apóstol les desea la paz, siguiendo el ejemplo y las enseñanzas de Cristo71.

La paz que desea San Pedro es el complejo de todos los bienes mesiánicos. Los judíos también

solían saludar deseando la paz = salom.

1 La partícula griega ούν == “por lo tanto,” une la advertencia que sigue con lo que precede. — 2 Act 14:23; 20:17. — 3 Tit 1:5. — 4

1 Tim 3:1-7; 5J7-19; Tit 1:5-7. — 5 Act 14:22-23. — 6 Act. 20:28. — 7 De Ambroggi, o.c. p.149s; L. Marchal, Evéques: DBS

2:1297-1333; E. Ruffini, La gerarchia della Chiesa negli Atti degli Apostoli e nelle lettere di S. Paolo (Roma 1921). — 8 Mt

17:1-9; 2 Pe 1:16ss. — 9 Sal 68:8. — 10 Sal 23:15. — 11 Sal 23:4. — 12 Is 56:8; Zac 10:8. — 13 Is 40:11. — 14 Ez 34:12-31. —

15 Jn 10:155. — 16 Jn 21:1555; Mt 16,16ss. — 17 Έτπσκοττοϋντες, que falta en los códices BS, 33, 323; pero se lee en los demás.

Generalmente es considerado por los críticos como una adición posterior. Sin embargo, Beare y otros la consideran como auténtica.

— 18 Me 10:42-45; Mt 20:25; Le 22:25. — 19 1 Cor 4:16; Fil 3:17; 1 Tim 4:12; Tit 2:7. — 20 Cf. 1 Cor 9:25; 2 Tim 4:8; Sant

1:12. — 21 Sant 1:12; 2 Tim 4:8. — 22 Gf. 1 Pe2:25;Heb 13:20. — 23 Cf. 1 Jn 2:12-14. — 24 Prov 3:34 según los LXX, cambiando

“Señor” por “Dios,” como en Sant 4:6. — 25 Sant 4:6-7. — 26 2 Sam 22:28; Job 5:11; Eclo 10:17; Lc 1:51s; 1 Cor 3:19.

— 27 Jn 13:43. — 28 Cf. Sab 12:13; Mt 6:32. 29 Mt 6:25-34; cf. Fil 4:6. — 30 Nácar-Colunga, en lugar de sed sobrios, traduce:

estad alerta. Las versiones siríacas y latinas, con algunos Mss griegos, añaden ότι = “quia,” después de γρηγορήσατε. — 31 Mt

24:42; 25:13- — 32 1 Tes 5:6; 1 Cor 16:13; 2 Tim 4:5. — 33 Adversario (αντίδικος) ο diablo, en hebreo Satán, que primeramente

significó “acusador” en un juicio (Job 1:6; Sal 109:6; Zac 3,is), pero que después pasó a designar al “acusador” por excelencia, al

diablo (i Crón 21:1). Cf. R. SCHARF, Die Gestalt des Satán im AT (Zü-nch 1948). — 34 San Cipriano (De zelo et livore 2: PL

4:639b) dice: “Circuit ille nos singulos et tam-iam hostis clausos obsidens muros explorat et tentat, an sit pars aliqua membrorum

(mu- — rorum) minus stabilis., cuius aditu ad interiora penetratur.” — 35 Ap 12:9-10; cf. Job 1:7; 2:2. — 36 Mt 13:24-30. — 37

Cf. Mt 13:1-9.13-23. — 38 Cf. Ef 6:16; 2 Cor 1:24. — 39 Gal 5:6. — 40 Sal 22:14; 17:12; Job 10:16. — 41 Lc22:31ss. — 42 Jn

16:33; Fil 1:295; 2 Tim 3:12. — 43 Mt 10:22; Jn 15:19; Act 14:22; 2 Tim 3:12. — 44 Estos cuatro verbos implican la idea de solidez

contra los peligros de todas clases. El último θεμελιώσει = consolidará, falta en los cód. ΒΑ ψ, en algunos minúsculos, en

algunos Mss de la Vetus latina, en la Vulgata y en la versión etiópica. 45 Cf. 1 Pe1:6s; 4:13; 5:1-4. 46 La Vulgata, con

varios códices griegos SL, 33, añade: «gloria et» ante «imperium». Sin embargo, falta en los códices BA, 2298, y es omitido por

Nestle ν otros críticos. 47 Silvanas es la forma latinizada de la helenística Silas, que correspondería al hebreo Sa'uí ν al arampo

Se'iía. — 48 Act 15:22.32.40. — 49 Act 18:5; 2 Cor 1:18. — 50 1 Tes 1:1; 2 Tes 1:1. — 51 Gf. San Ignacio Mártir, Ad Polyc.

7:3; San Epifanio, Haer. 33:7.10 — 52 Act 1:8. — 53 La Vulgata añade ecclesia, lo mismo que algunos códices antiguos, como S,

y las versiones Vetus latina, Pesitta y Armena. Sin embargo, parece ser una glosa que interpreta rectamente y precisa más el sentido.

— 54 Gf. 2 Jn 1.13; 1 Cor 16:19. Cf. San Ignacio Mártir, Ad Magn. 15; Ad Trall. 13:1; AdPhil. ii,2. — 55 Mt8,14. — 56 2 Jn

1:13. — 57 Ap 14:8; 16:19; 17:5; 18:2.10. — 58 Oráculos sibilinos 5:143.159-160; 4 Esd 3:1; Ap. de Baruc (siríaco) n,i. — 59

Cf. Strack-Billerbeck, o.c. 3 p.516. — 60 Is 47:1.5.8; Jer 51:13; cf. Ap 17:1.15.18. — 61 Jer 50:29. — 62 Cf. Act 12:12. — 63

Act 12:12-13. — 64 Act 13:5; Gol 4:10. — 65 Act 13:13. — 66 Gol 4:10; Flm 24; cf. 2 Tim 4:11. — 67 En Eusebio, Hist. Eccl

3:39:15. — 68 Rom, 1 Cor, 2 Cor, 1 Tes. — 69 Cf. San Justino, Apol. I 65:2. Lo asocia con la liturgia eucarística. Cf. J. A. Jungmann,

El sacrificio de la misa (BAC, Madrid 1959) 101955. — 70 A. Charue, o.c. p.474. — 71 Mt 5:9; Lc 10:5; 24:36; Jn 20:19-

21.

Segunda Epístola de San Pedro.

5365

Introducción.

Autenticidad y Canonicidad de la Carta.

No hay duda que la epístola se presenta como una carta del apóstol San Pedro. El autor se

identifica claramente, llamándose Simeón Pedro, siervo y apóstol de Jesucristo 1. Se considera

testimonio de la transfiguración sobre el Tabor 2; recuerda la predicción de su muerte hecha por

Cristo 3. Afirma haber escrito anteriormente una carta a sus lectores4, aludiendo indudablemente

a la primera epístola de San Pedro. Y habla de San Pablo, presentándolo como su colega en el

apostolado 5.

Por otra parte, del examen interno de la epístola parece deducirse que la carta pertenece a

la última época de la edad apostólica. A veces el autor parece hablar de los apóstoles como si no

formara parte de ellos6. La primera generación cristiana parece ya haber desaparecido, los padres

han muerto 7. Ya se había llegado a formar una colección, aunque tal vez incompleta, de las epístolas

de San Pablo 8. La parusía ya no se presenta tan inminente como en la primera epístola de

Pedro 9, pues algunos se extrañan que no haya llegado 10. La diversidad de estilo, de vocabulario

y preocupaciones de cada una de las dos epístolas parecen reflejar dos ambientes y dos épocas

diversas.

Teniendo en cuenta estas divergencias y las razones que parecen abogar por una época de

composición un tanto tardía, no es de extrañar que, ya desde la antigüedad, los escritores se

hayan preguntado si ambas cartas habrían sido escritas por un mismo autor.

El origen apostólico de la 2 Pe es difícil de probarlo históricamente por deficiencia de la

tradición antigua de la Iglesia y por las razones arriba indicadas. Falta en el Fragmento Muratoriano

(hacia 150); la Iglesia siríaca no la recibió hasta el siglo VI. La tradición patrística no nos

habla de la autenticidad petrina de esta epístola hasta el siglo ni. Tertuliano (c. a.240) no la cita,

ni San Cipriano (f 248). Orígenes (f 255) es el primer escritor eclesiástico que la cita, el cual,

aunque personalmente cree que la epístola es de San Pedro n, confiesa que se discutía su autenticidad

petrina 12. Eusebio de Cesárea (f 340) la coloca entre el número de los escritos antilegómena,

es decir, entre los libros cuya autenticidad era discutida; y él personalmente no la considera

como canónica 13.

San Jerónimo (f 420), haciéndose eco de estas dudas, escribía a principios del siglo IV:

“(Pedro) escribió dos epístolas que son llamadas católicas, la segunda de las cuales muchos niegan

que sea de él a causa de la diversidad de estilo con la primera.”15 Y en otro lugar explica él

mismo esta diferencia de estilo, diciendo: “Las dos epístolas que llevan el nombre de Pedro difieren

entre ellas tanto por el estilo como por el carácter. Por donde descubrimos que, según las necesidades,

se ha servido de diversos intérpretes.” 16

Sin embargo, encontramos en la tradición patrística testimonios en favor de la canonicidad

de la 2 Pe. El canon del codex Claromon-tanus, que es antiguo, contiene la 1 y 2 Pe. También

en el papiro Bodmer IX, del siglo ni, se encuentra la 2 Pe 17. Firmiliano, obispo de Cesárea

de Capadocia (f 269), en la Epístola a Cipriano 18, afirma que “los santos apóstoles Pedro y Pablo,

en sus epístolas, execraron a los herejes y nos amonestaron a huir de ellos.” Como la 1 Pe no

habla para nada de los herejes, hay que concluir que Firmiliano se refiere a la 2 Pe. Metodio,

obispo de Olimpo, en Licia, casi contemporáneo de Firmiliano, cita 2 Pe 3:8 como obra apostólica

y, por lo tanto, canónica. San Atanasio (f 373 admite la 2 Pe sin mencionar ninguna duda, y la

cita varias veces 19. Lo mismo hace San Gregorio Nacianceno (f 390) 20. También San Basilio (f

379) cita la 2 Pe como una autoridad que dirime una discusión 21. San Ambrosio (f 397) cita la 2

5366

Pe como escritura sagrada 22. El concilio de Laodicea (h. 3.360-365) y las Constitutiones Apostolicae,

atribuyen dos epístolas a San Pedro. El concilio Hiponense (a.393) considera las dos epístolas

de San Pedro como canónicas 23. El III y IV concilios de Cartago (3.397 Y 459) admiten en

el canon la 2 Pe sin hacer ninguna distinción de la l Pe.

Por consiguiente, a partir de la segunda mitad del siglo IV, se puede decir que existe ya

acuerdo moralmente unánime entre los testimonios de la tradición sobre el origen apostólico y la

canonicidad de la 2 Pe 24. Sin embargo, J. Chaine observa: “Por lo que se refiere a la autenticidad

de la 2 Pe, la tradición tiene numerosos testimonios favorables, pero también ha conservado el

recuerdo de controversias y de negaciones. La tradición no es suficiente, por lo tanto, para zanjar

la cuestión de saber si la epístola es o no es de San Pedro. Ante las incertidumbres de la tradición,

la respuesta pertenece sobre todo a la crítica interna.” 25

Los autores modernos están divididos por lo que se refiere a la autenticidad de la epístola.

Unos defienden que San Pedro es el autor de la epístola. Y explican las divergencias en el estilo

y en las ideas, así como la insistencia del autor por identificarse con San Pedro, por el hecho de

haber utilizado el apóstol un nuevo secretario-redactor distinto del de la 1 Pe. Otros creen que el

autor se ha servido de un seudónimo o de una ficción literaria. Y atribuyen la epístola a un cristiano

de cultura helenística, aunque perteneciente a la raza judía. Este cristiano, probablemente

discípulo de San Pedro, habría compuesto la carta hacia el año 80. Se propone transmitir una enseñanza

apostólica, como lo demostraría la insistencia del autor por identificarse con San Pedro.

Emplea la seudo-nimia, corriente entre los judíos de aquella época, para mejor acreditar su epístola.

Esta segunda solución está de acuerdo con la decisión del concilio de Trento, que, sin

zanjar la cuestión de la autenticidad, coloca la epístola entre los escritos canónicos 26.

Destinatarios

Esta epístola va dirigida, como la 1 Pe, a los cristianos convertidos de la gentilidad que

vivían en Asia Menor. Porque de ellos se dice que desde hace poco tiempo se han visto libres de

las contaminaciones de los paganos 27. Pero están en peligro de perder la fe y las buenas costumbres

a causa de los falsos maestros 28. Estos, viciosos y soberbios, transforman la libertad cristiana

en licencia 29, esforzándose en dividir la comunidad de los fieles 30. Desprecian la enseñanza

de los apóstoles 31 y rechazan la doctrina referente a Cristo y a los ángeles 32. Se rebelan contra la

jerarquía eclesiástica 33. Son hombres licenciosos entregados a los bajos instintos de la carne 34.

San Pablo ya les ha escrito para ponerles en guardia contra los que tentaren apartarlos de

la verdad evangélica, especialmente por lo que se refiere al juicio del Señor y a su parusía 35. Tal

vez se aluda a la epístola de San Pablo a los de Efeso, que tiene el carácter de una circular.

¿Quiénes eran esos herejes o malos cristianos contra los que habla la epístola? Sabemos

que desde la segunda mitad del siglo i después de Cristo en el Asia Menor existían herejes que

introducían costumbres licenciosas, que repudiaban la doctrina referente a Cristo y a los ángeles

y se entregaban a especulaciones, que hacían presentir la gnosis sistemática del siglo n. Las semejanzas

existentes entre los impíos de la 2 Pe y los discípulos de Carpócrates o los arcónticos

no bastan para probar la composición tardía de esta epístola.

Ocasión y finalidad de la epístola.

De lo dicho a propósito de los destinatarios, resulta claro que el apóstol, habiendo recibido

noticias inquietantes sobre la actividad nefasta de esos herejes en las comunidades cristianas

del Asia Menor, se decide a escribirles. Quiere ante todo animarlos y exhortarlos a resistir valientemente

a los atractivos del mal, a vivir cristianamente y a guardar intacta su fe en la parusía

5367

del Señor.

Doctrina de la epístola.

Dos son los puntos principales que toca la 2 Pe: la parusía y la guarda de una fe incontaminada.

La 2 Pe se sitúa en una perspectiva claramente escatológica. A partir de la resurrección,

la humanidad está viviendo en la última fase de su historia. Espera la llegada del día del Señor,

que marcará el fin del mundo presente e inaugurará una era de justicia 36. La enseñanza dogmática

principal de la 2 Pe es la certeza de la parusía y las sanciones que la acompañaran 37. Es en

función de esta espera como ha de ser resuelta la alternativa entre la virtud cristiana y la vida licenciosa

de los herejes 38. La garantía de esta fe son los oráculos de los profetas y la enseñanza

de los apóstoles 39.

Dios es considerado como creador40, juez universal, justo y misericordioso41. La Trinidad

es prácticamente profesada: el Padre42, el Hijo 43 y el Espíritu Santo 44.

Jesucristo es llamado Dios 45 y considerado como Hijo de Dios 46. El es nuestro Señor47 y

Salvador48, que ahora es glorificado por siempre (3:18) y reina como soberano sobre el reino

eterno49. El es el autor de la fe y de los dones que la acompañan (1:2s). Vendrá el día del juicio,

es decir, la parusía 50, a premiar a los buenos y a castigar a los malos 51.

El Espíritu Santo es inspirador de los profetas y de las Escrituras 52. Estas toman su valor

de la inspiración divina. Las cartas de San Pablo forman también parte de estas Escrituras inspiradas

53.

El hombre, redimido por Jesucristo 54, recibe de El la fe, que está basada en el conocimiento

íntimo, perfecto, de Dios y de Jesucristo 55. La fe crece por la práctica de las virtudes 56.

Defiende al hombre del pecado57 y le garantiza el acceso al reino eterno58. La fe trae como consecuencia

el hacer al hombre partícipe de la vida divina, es decir, le da la gracia, que es presentada

por 2 Pe como una participación de la naturaleza divina 59. El hombre debe crecer en la

gracia y en el conocimiento de Jesucristo 60 y estar preparado para el juicio divino61.

Lengua y estilo.

El estilo de la 2 Pe es, en general, bastante fluido, con cierta tendencia al énfasis oratorio.

El vocabulario es bastante elegante y a veces un tanto rebuscado. En las partes polémicas de la

epístola la frase se hace a veces retorcida, llena de anacolutos, de transiciones menos elegantes62,

de repeticiones insistentes. A pesar de lo reducida que es la epístola, contiene 56 hapax legómena,

de los cuales 33 no se encuentran en ninguna otra parte de la Biblia. La 2 Pe está escrita, como

dice el P. Abel, en un griego aprendido de los libros63. Es, por lo tanto, un griego correcto, y

demuestra que el autor poseía una buena cultura griega.

Aunque ciertas palabras o expresiones sean semejantes a las de la 1 Pe 64, el lenguaje de

la 2 Pe difiere bastante de la i Pe: es menos sencillo, menos afectivo. Ideas análogas son expresadas

con palabras completamente diferentes65. Un mismo ejemplo da lugar a interpretaciones

muy diversas 66.

Las diferencias de estilo entre ambas epístolas son atribuidas por San Jerónimo a dos secretarios

diversos que habrían ayudado a San Pedro en la composición de las dos epístolas.

La 2 Pe y la epístola de Judas.

Por el contrario, existe grande afinidad entre la 2 Pe y la de Judas. A veces el paralelismo

es tan estrecho que no se podría explicar adecuadamente por una común dependencia de otra

5368

fuente. El saludo y la despedida son muy semejantes en ambas epístolas; las doctrinas características

son las mismas (Cristo preexistente, criterios de la ortodoxia, etc.), los adversarios son los

mismos. El orden y la concatenación de ideas son frecuentemente las mismas; a veces incluso las

palabras y las expresiones son idénticas 67. Tanto en la segunda Pe como en Judas se encuentran

las mismas recomendaciones 68. Por consiguiente, existe indudable dependencia entre ambas.

¿Cuál es la primera? La mayoría de los críticos creen que la epístola de Judas es anterior, como

lo demuestra su estilo más conciso, más espontáneo, más claro. Los retoques y refundición redaccional

pertenecen a la 2 Pe. Se puede decir que toda la epístola de Judas está incorporada en

la 2 Pe. Confrontando ambas epístolas, resulta claro que el autor de la 2 Pe conoce el texto de

Judas y omite algunas cosas intencionadamente. Se explica bien que Pedro haya pasado por alto

los textos de Judas que se inspiraban en obras apócrifas y podían comprometer su carta 69. Por el

contrario, sería difícil admitir que Judas los haya añadido intencionadamente a la diatriba de Pedro

contra los falsos cristianos. Además, en la 2 Pe encontramos los ejemplos bíblicos de Noé y

de Lot, cuya supresión en Judas sería difícil de explicar en el caso de admitir la dependencia de

Judas respecto de Pedro. Por otra parte, si Judas hubiera conocido la carta de Pedro, sería difícil

comprender por qué ha conservado únicamente la parte central relativa a las aberraciones de los

falsos doctores. Varios textos de la 2 Pe sólo son plenamente comprensibles si se confrontan con

los lugares paralelos de Judas 70.

División.

La 2 Pe, además del saludo inicial y la exhortación y doxología final, consta de tres partes:

1. Saludo (1:1-2).

2. Exhortación a la santidad (1:3-21).

a) La liberalidad divina (1:3-11).

b) El testimonio apostólico (1:12-18).

c) La palabra profética (1:19-21).

3. Los falsos doctores (2:1-22).

a) El peligro que suponen (2:1-3).

b) Las lecciones del pasado (2:4-10).

c) El castigo futuro (2:11-22).

4. El día del Señor (3:1-16).

a) Exhortación a creer en la parusía (3:1-2).

b) La incredulidad de los falsos doctores (3:3-4).

c) Su reputación (3:5-10).

d) Exhortación a prepararse convenientemente para ese día (3,n-16).

5. Exhortación y doxología final (3:17-18).

1 2 Pe 1:1. — 2 1:16-18. — 3 I.13-15; cf. Jn 21,18. — 4 2 Pe 3:4; cf. 1 Pe 4:7-17; — 5 3:1s. — 6 3:2. — 7 3:4 — 8 3:15-16. — 9 5:1

— 10 2 Pe 3:9-10. — 11 In Lev hom. 4:4: PG 12:437; 14,1179; In los. 7:1: PG 12:857. — 12 Apud Eusebio, Hist. Eccl 6:258; PG

20:584. — 13 Híst. Ecd. 3:25: PG 20:215.269. — 14 Enarr. in 2 Pe 3:5: PG 39.1774- Sin embargo, la comenta y hace uso de la 2

Pe en su tratado De Trinitate 1:15.285.32: PG 39:313.409.416.429. — 15 De vir. illustr. i: PL 23:638. — 16 Epist. ad Hedib. 120:11:

GSEL 55:508. — 17 Cf. RB(196i) 137- — 18 75:6: PL 3:11-59 = GSEL 3:8135. — 19 Oratio c. Árlanos 1:16; De Trinitate 1:7:

PG 26:45; 28:1125. — 20 Carm. líber I 12; Sect. 1:12:37: PG 37:474. — 21 Adv. Eun. 5: PG 29:712. — 22 De Fide 1:19; 3:12;

Epist. 43:10: PL 16:557.608.839.1134. — 23 EB 16-17. — 24 Gf. J. Chaine, Les Építres catholiques* (París 1939) p.1-12. — 25

Ibid. p.13. — 26 Cf. R. Leconte, Les Építres catholiques, en La Sainte Bible de Jérusalem (París 1953) 96; D 784; J. GANTINAT,

Les Építres catholiqu.es, en Introduction a la Bible de A. Robert-A. Feuillet vol.2 (Tournai 1959) p-595· 27 2 Pe 2:1-8-20. —

29 2:25. — 30.13:35; — 31 1:16. — 32 2:10-12. — 33:17. — 33 Cf. Jds 16ss. — 34 Cf. Jd 10:19. — 35 3:15. — 36 2 Pe 3:10.13.

— 37 1:11.19; 3:4-5. — 38 2:1.2.19. — 39 1:4.16ss; 3:2. — 40 3:5. — 41 2:3ss; 3:7.9.15. — 42 1:17. — 43 1:17- — 44 1:21. —

45 1:1 — 46 1:17 — 47 1:8-11: 4·16; 2:20; 3:2.15:18. — 48 1:1-11; 2:20; 3:2.18. — 49 1:19; 2:9. — 50 1:11. — 51 1:11;

5369

2:2.93.12. — 52 1:19-21. — 53 3:15-16. — 54 2:1. — 55 I,2S.8; 2:20. — 56 1:5-8; 3:11.14.17.18. — 57 1:10. — 58 1:11 — 59

1:4; cf. 2 Cor 3:18; Heb 3:14; 6:4; Jn 1:12; 5:53ss; 1 Jn 1:3. — 60 3:18. — 61 3)14· Cf. G. Thils, L'einseignement de S. Fierre.

Études bibliques 2.a ed. (París 1943) — 62 1:19; 2:1.8.12.22. — 63 Grammaire du Grec Biblique. Études bibliques (París 1927)

p.XXXI. — 64 Cf. 1 Pe 2:12 = 2 Pe 1:16; 1 Pe 4:3 = 2 Pe 2:2. — 65 Cf. 1 Pe 1:7.13; 4:13 y 2 Pe 1:16; 3:4.12. — 66 Cf. 1 Pe

3:20-21 y 2 Pe 2:5; 3:5-7- — 67 Cf. 2 Pe 2:1-3:3 y Jds 4-18. — 68 2 Pe 3:23 y Jds 17-18. — 69 Cf. Jds 7:9.13.14.15. — 70 Cf. R.

Leconte, o.c. p. 90-91.

Capitulo 1.

Saludos, 1:1-2.

El saludo adopta la forma que era común en aquel tiempo y que encontramos en otros escritos

del Nuevo Testamento. Los destinatarios son designados de una manera muy general. A la

gracia y la paz se añade el conocimiento de Cristo, que es uno de los temas favoritos de nuestra

epístola.

1 Simeón Pedro, siervo y apóstol de Jesucristo, a los que han alcanzado la misma

preciosa fe por la justicia de nuestro Dios y Salvador Jesucristo: 2 Que la gracia y la

paz se os multipliquen mediante el conocimiento de Dios y de nuestro Señor Jesús.

El autor de la epístola se presenta bajo el nombre de Simeón Pedro. Simeón corresponde a la

forma hebrea Shime'on, que es más antigua. Esta forma hebraica se emplea pocas veces en el

Nuevo Testamento 1. El Nuevo Testamento emplea más bien la forma helenizada Simón. San

Pedro es llamado siempre en el Nuevo Testamento — si exceptuamos 2 Pe y Act 15:14 — Simón.

Esto explica la lección de Simón en B. La forma semítica Simeón, que casi había desaparecido,

tal vez sea aquí un arcaísmo intencional.

Al doble nombre añade un doble epíteto: siervo o ministro y apóstol de Jesucristo, por

haber sido llamado por El al apostolado para convertir al mundo.

El autor de la 2 Pe, preocupado por los peligros que amenazan la fe de los cristianos, pasa

inmediatamente a hablar de ella. Afirma que la fe concedida como don a los paganos convertidos

es del mismo precio que la que recibieron los mismos apóstoles. El que Dios los haya llamado a

la misma fe de los apóstoles fue un favor puramente gratuito, concedido por la justicia de nuestro

Dios y Salvador Jesucristo, es decir, imparcialmente a todos los que la deseaban, fueran judíos

o paganos. Para la justicia de Dios no hay acepción de personas ni de naciones, sino que derrama

su gracia sobre todos sin distinción 2. La fe de que nos habla el autor sagrado se refiere al

depósito de las verdades reveladas 3. Este depósito lo poseen por un don gratuito de Dios.

La expresión nuestro Dios y Salvador Jesucristo, ¿designa una sola persona divina o más

bien dos? Los autores se dividen. Pero la ausencia del artículo delante de Sajador, la comparación

con fórmulas similares de esta misma epístola 4 y los paralelos paulinos 5 y los joánicos 6,

creemos que prueban suficientemente que el nombre de Dios es aplicado aquí a Jesucristo. La

divinidad de Cristo era bien conocida y proclamada por los apóstoles desde los comienzos de la

Iglesia7.

El apóstol desea a sus lectores abundancia de gracia y de paz. Estos dones sólo se obtendrán

por el único medio eficaz, que es un conocimiento cada día más pleno de Dios y de nuestro

Señor Jesús. Cuanto más se avanza en el conocimiento práctico de Dios y de Jesucristo, tanta

mayor gracia se obtiene de Dios y tanta mayor felicidad se goza, porque el conocimiento de Dios

es la base y el fundamento de todo el edificio de nuestra salvación. Por eso decía Jesús: “Esta es

la vida eterna, que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado Jesucristo.” 8 Y en la 2

5370

Pe, Cristo es presentado siempre como el objeto del conocimiento de los fieles 9.

Exhortación a la Santidad, 1:3-21.

La liberalidad divina, 1:3-11.

3 Pues por el divino poder nos han sido otorgadas todas las cosas que tocan a la vida

y a la piedad, mediante el conocimiento del que nos llamó por su propia gloria y virtud,

4 y nos hizo merced de preciosas y ricas promesas para hacernos así partícipes

de la divina naturaleza, huyendo de la corrupción que por la concupiscencia existe

en el mundo; 5 habéis de poner todo empeño por mostrar en vuestra fe virtud, en la

virtud ciencia, 6 en la ciencia templanza, en la templanza paciencia, en la paciencia

piedad, 7 en la piedad fraternidad y en la fraternidad caridad. 8 Si éstas tenéis y en

ellas abundáis, no os dejarán ellas ociosos ni estériles en el conocimiento de nuestro

Señor Jesucristo. 9 Mas el que de ellas carece es de muy corta vista, es un ciego que

ha dado al olvido la purificación de sus antiguos pecados. 10 Por lo cual, hermanos,

tanto más procurad asegurar vuestra vocación y elección cuanto que, haciendo así,

jamás tropezaréis, 11 y tendréis ancha entrada en el reino eterno de nuestro Señor y

Salvador Jesucristo.

Al recordarles las extraordinarias bendiciones que recibieron por la fe, les muestra cuan ventajoso

sea cooperar seriamente a la obra de Dios en nosotros. El poder divino 10 de Jesús ha dado a

los cristianos todo lo necesario para la vida sobrenatural y para la auténtica piedad n. Jesucristo

ha sido el que nos ha hecho conocer íntimamente al Padre, al cual se atribuye el don de nuestra

vocación a la fe. Cristo, al manifestar en su propia persona los atributos divinos por medio de sus

milagros y de su incomparable santidad, logró atraerlos a la fe.

Por medio de estos mismos atributos (5Γ ων = per quae; no per quem, Vgta), es decir,

por la gloria y la virtud de Jesucristo, Dios nos ha dado, por puro acto de su bondad, las preciosas

y ricas promesas (v.4), que ya habían sido hechas en el Antiguo Testamento y se realizaron

en Cristo. Los bienes mesiánicos prometidos se concretizan especialmente en la justificación, o

sea en la gracia, que nos hace hijos de Dios y en cierto sentido semejantes a Dios. La regeneración

del cristiano es efecto de la gracia santificante, la cual es la participación de la vida divina:

divinae consortes naturae = ·9είαβ κοινωνοί φύσεως. La expresión ·εία φύσις es griega, y aparece

con frecuencia en los filósofos y en los escritores griegos, los cuales hablan de la physis divina

(Platón, Aristóteles, Jenofonte, Epicuro, Dio-doro Sículo, Josefo Flavio, Filón) 12. La fórmula

physis divina designa al Ser divino, a la misma divinidad. Es la misma naturaleza divina como

opuesta a todo lo que no es Dios. La fórmula lapidaria de San Pedro es audaz al mismo tiempo

que clara, ya que esclarece el más espléndido efecto de la gracia santificante. ¿Cómo se ha de

entender ese consorcio con la naturaleza divina? San Pedro, en la 1 Pe 5:1, se presenta como

“participante (κοινωνός) de la gloria que ha de revelarse.” Aquí precisa más el sentido de esa

gloria, llamándola naturaleza divina. Esta comunión no indica una simple relación, sino una

verdadera participación o comunión de Dios con el hombre, que no se puede reducir únicamente

a una semblanza moral. El cristianopar-ticipa de la misma naturaleza divina, es decir, de todo el

cúmulo de perfecciones contenidas de una manera formal-eminente en la esencia divina. De

Cristo surge una fuerza nueva, sobrenatural, de la que participan todos los que están unidos con

El por la fe y el amor. Cuando San Pablo habla de nuestra comunión con Cristo o con el Espíritu

5371

Santo, se refiere a una comunión con las fuerzas sobrenaturales que emanan de Jesucristo y del

Espíritu Santo, y que nos constituyen hijos adoptivos de Dios y herederos de su gloria 13. Para

San Juan, la vida que nos viene de Cristo es la vida común al Padre y al Hijo 14.

El cristiano participa, por lo tanto, de la naturaleza divina. Pero no se debe extender esta

participación hasta sostener que sea una identidad sustancial con la naturaleza divina en sentido

panteístico; o bien concebirla como una conversión de nuestra naturaleza en la divina, como entendieron

ciertos racionalistas y ciertos místicos quietistas. La teología católica ve en esta comunión

un efecto de la gracia santificante, que hace al alma verdadera y realmente partícipe de la

naturaleza divina, aunque se trata de una participación analógica y accidental. Dios nos hace participantes

de su naturaleza divina mediante la gracia, con la cual nos asemejamos más y más a El

16.

Esta participación de la naturaleza divina comienza ya en este mundo, como parecen insinuarlo

las palabras que siguen en la 2 Pe: huyendo de la corrupción que por la concupiscencia

existe en el mundo (v.4).

Para tener parte en el extraordinario favor de la participación de la naturaleza divina es

necesario evitar la corrupción moral que reina en el mundo. La eficacia de la obra divina en el

cristiano depende de su cooperación, porque hay oposición entre la naturaleza divina y la corrupción

moral. El que ama al mundo con sus concupiscencias no puede tener la vida divina en él 17.

El proceso descrito por el autor sagrado en los v.3-4 es el siguiente: primero, la vocación

a la fe, que es el fundamento de todos los demás dones divinos; después, el conocimiento de

Dios. Y, finalmente, por medio de este conocimiento llegamos a la participación de la naturaleza

divina y a la huida de la corrupción moral.

El hombre debe responder a estos dones divinos con la práctica de las virtudes. El autor

sagrado, con una construcción concatenada en forma gradual (climax), inculca la práctica de

ocho virtudes. De esta manera quiere significar que las virtudes nacen unas de las otras y se

completan mutuamente. Al don de la fe, que es principio de toda justificación, el cristiano ha de

unir la energía moral, la fuerza y el vigor de animo (αρετή) para obrar el bien. A la energía moral

ha de juntarse la ciencia (γνώσιβ) práctica, que hace conocer el bien que ha de hacerse y el

mal que ha de evitarse. Energía moral y ciencia práctica son correlativas: ésta da las directrices y

aquélla las ejecuta. A la ciencia va unida la templanza (εγκράτεια, ν. 6), por medio de la cual el

hombre se domina a sí mismo y a sus pasiones. La templanza es necesaria para que la ciencia o

el conocimiento no sea turbado por la pasión o los excesos. A la templanza se ha de unir la paciencia

(υπομονή) en las aflicciones, mediante la cual perseverarán en el bien a pesar de las dificultades

y no sentirán desaliento en la espera de la parusía 18. A la paciencia ha de ir unida la

piedad (ευσέβεια) para con Dios, que le confiere todo el valor religioso que puede poseer la paciencia.

La verdadera piedad que Dios espera de nosotros es el que amemos a nuestros hermanos

(φιλαδελφία, ν.7) 19, como miembros que son de una sola familia. Pero el amor fraterno no basta,

es necesario amar a todos los hombres amando primero a Dios. La caridad (αγάπη) para con

Dios y para con el prójimo es lo que realmente ha de distinguir al verdadero cristiano. Esto es lo

que nos enseña el sermón de la Montaña 20. El amor fraterno tiene su perfección en el amor del

prójimo 21. La caridad constituye la coronación y la plenitud de todas las virtudes 22 y es el lazo

que las une entre sí 23. Por eso dice muy bien San Ignacio Mártir 24: “La fe es el principio, la caridad

es el término de la vida cristiana”; y el concilio Tridentino habla de la fe perfecta, que se

manifiesta en la caridad 25.

La práctica de las virtudes tendrá como efecto la fertilidad, el adelantamiento espiritual,

5372

es decir, el progreso religioso del alma. El crecimiento en las virtudes llevará al conocimiento

(έπίγνωσιν) de nuestro Señor Jesucristo (v.8). Es necesario santificarse para comprender mejor a

Cristo. El conocimiento de Jesús es el punto de partida de la vida cristiana (cf. v.3) y es también

su término y coronamiento. Este conocimiento de Jesucristo es uno de los temas en torno al cual

gira la presente epístola 26. Para el autor sagrado el mejor remedio contra las falsas doctrinas es el

conocimiento de Jesucristo. Este conocimiento es algo dinámico, por eso puede ser causa y objeto

de la virtud.

El que no practique las virtudes carecerá de conocimiento verdadero de Jesucristo y será

semejante a un miope, a un ciego (V.9), porque no ve o ve imperfectamente las cosas celestiales.

La gnosis del Señor permanece oculta para él. En lugar de adelantar en el conocimiento de Cristo,

llega hasta olvidar su bautismo, que le había purificado de sus antiguos pecados, y a vivir como

si nunca hubiera sido regenerado 27. Por eso es necesario cooperar a la gracia divina recibida

en el bautismo practicando las virtudes. De esta manera asegurarán la vocación y elección que

han recibido (v.10). Vocación y elección en este pasaje son sinónimos. No se trata directamente

de la elección a la gloria, sino de la vocación a la fe y a la gracia obtenida por medio del bautismo.

El esfuerzo puesto en la práctica de las virtudes les ayudará a preservarse de cometer pecados

y los capacitará para entrar en el reino eterno de nuestro Señor, en donde recibirán las magníficas

promesas de que nos habla el v.4 (v.11).

La expresión haciendo así jamas tropezaréis (v.10) no significa que el autor sagrado

piense en una impecabilidad absoluta de los elegidos. Únicamente viene como a garantizar la

perseverancia en la medida en que se guarde fidelidad a las directrices formuladas.

El concilio Tridentino 28 cita este versículo de San Pedro como prueba de la necesidad y

de la posibilidad de practicar los mandamientos.

Veracidad del Testimonio Apostólico, 1:12-18.

El autor sagrado manifiesta en estos versículos el objeto de su carta. Quiere confirmar

una vez más la veracidad de su predicación sobre la venida de Cristo.

12 Por eso no cesaré de traeros a la memoria estas cosas, por más que las sepáis y estéis

afianzados en la verdad que al presente poseéis, 13 pues tengo por deber, mientras

habito en esta tienda, estimularos con mis amonestaciones, 14 considerando que

pronto veré abatida mi tienda, según nos lo ha manifestado nuestro Señor Jesucristo.

15 Quiero, pues, que, después de mi partida, en todo tiempo recordéis esto. 16

Porque no fue siguiendo artificiosas fábulas como os dimos a conocer el poder y la

venida de nuestro Señor Jesucristo, sino como quienes han sido testigos oculares de

su majestad. 17 El recibió de Dios Padre el honor y la gloria cuando de la magnífica

gloria se hizo oír aquella voz que decía: “Este es mi Hijo muy amado, en quien tengo

mis complacencias.”18 Y esta voz bajada del cielo la oímos los que con El estábamos

en el monte santo.

La importancia vital de las verdades ya expuestas incita al autor sagrado a volver de nuevo sobre

ellas. Les explica los motivos por los cuales les escribe estas cosas. Estos motivos son el celo

apostólico (v.13) y la persuasión de que su muerte está próxima (v.14). Sabedor de la responsabilidad

que pesa sobre sus espaldas, sobre todo ahora que nuestro Señor le ha revelado la proximidad

de su muerte, quiere recordarles la obligación que tienen de practicar la virtud. La revelación

de la que habla nuestro autor tal vez haga referencia a Jn 21:18s, en donde Jesús anuncia a Pedro

5373

su martirio. Otros autores, como, por ejemplo, De Ambroggi 30, piensan que aquí se trataría más

bien de una revelación ulterior de Cristo como aquella del Quo vadis? 31.

El autor sagrado, sabiendo que el tiempo de abandonar su tienda terrena está ya cercano

(v.14), piensa en el modo de conservar entre ellos viva su enseñanza incluso después de su muerte

(v.15). El modo de recordarles sus amonestaciones será mediante la lectura de su carta en las

asambleas cristianas. Este tal vez sea el sentido de la vaga declaración del apóstol. Muchos autores

(Camerlynck, Bigg.) piensan que este versículo ha dado origen a los numerosos apócrifos

atribuidos a San Pedro: Evangelio de Pedro, Apocalipsis de Pedro, Kerigma o predicación de

Pedro, etc.

En el ν. 16 el hagiógrafo pasa de la primera persona del singular a la del plural. Con lo

cual parece querer indicar que el autor sagrado se incluía a sí mismo entre aquellos que colaboraron

en la evangelización de los lectores. En el nosotros de estos v.16-18 sin duda que el autor

sagrado habla de sí mismo y de los demás apóstoles que fueron testigos de la transfiguración de

Cristo. El objeto de la predicación de Pedro, lo mismo que la de los otros apóstoles, versaba

principalmente sobre el poder divino y la venida o parusía de nuestro Señor Jesucristo (v.16).

San Pedro en su predicación, que nos ha sido conservada en el evangelio de Marcos 32, acentúa la

venida del Hijo del hombre en el esplendor de su poder.

La enseñanza cristiana acerca de la parusía no está entretejida con fábulas hábilmente inventadas,

como pensaban y enseñaban los falsos doctores 33. El autor sagrado invoca dos testimonios

en favor de la esperanza cristiana enseñada por los apóstoles. El primero es el del Padre

celestial en la transfiguración de Jesucristo 34. Los apóstoles contemplaron entonces el deslumbrante

resplandor de Cristo, que manifestaba su dignidad íntima. La transfiguración había venido,

pues, a ser una prueba del poder divino del Salvador y una garantía de su retorno glorioso.

Nuestro autor emplea el término έττότττηζ (= testigo, espectador), que era usado en el

lenguaje de los misterios paganos para designar al fiel iniciado en los más altos grados de los arcanos

divinos. Aquí el hagiógrafo da a este término un sentido cristiano, designando con él a los

apóstoles que fueron espectadores privilegiados de las manifestaciones más grandiosas de la gloria

de Cristo: transfiguración y resurrección.

La gloria divina de Jesucristo procede de la magnifica gloria (ν. 17), que es el Padre. La

nube luminosa, de que nos hablan los sinópticos 35, era lo que llamaban los judíos sekhina, es

decir, la gloria divina manifestada por una actividad sensible o mediante la nube de las teofanías

de Yahvé. El resplandor de Cristo en la transfiguración 36 es ya un testimonio divino; pero la voz

celeste precisa la revelación divina. La descripción que nos ofrece la 2 Pe se acerca más a la de

Mt 17:5 que a la de Mc 9:7 y Le 9:35. Tal vez fuera utilizado el evangelio de San Mateo en la

comunidad a la que pertenecía el autor de 2 Pe.

El autor se presenta como testigo de la transfiguración (v.18) de Cristo, que tuvo lugar

sobre el monte santo 37. Se ve que la catequesis daba ya este nombre al monte donde se transfiguró

Jesús, que muy probablemente se ha de identificar con el Tabor.

La palabra profética, 1:19-21.

19 Y tenernos aún algo más firme, a saber: la palabra profética, a la cual muy bien

hacéis en atender, como a lámpara que luce en lugar tenebroso hasta que luzca el

día y el lucero se levante en vuestros corazones. 20 Pues debéis ante todo saber que

ninguna profecía de la Escritura es de privada interpretación, 21 porque la profecía

no ha sido en los tiempos pasados proferida por humana voluntad, antes bien, movidos

del Espíritu Santo, hablaron los hombres de Dios.

5374

El segundo argumento lo constituyen las antiguas profecías. ¿Qué profecías son éstas? Deben de

ser las profecías referentes a la parusía. El autor sagrado quiere demostrar que su enseñanza sobre

la parusía es verdadera. La palabra profética (V.19) probablemente no se refiera a un oráculo

particular, sino a un anuncio que se desprende de los textos del Antiguo Testamento que tratan

de la gloria del Mesías (Camerlynck, Mayor, Bigg, Chaine) 38. San Pedro, en un discurso de Act

3:20-21, habla de la restauración de todas las cosas, según Dios había anunciado por boca de sus

santos profetas, refiriéndose sin duda a los tiempos de la parusía.

¿En qué sentido la palabra profética es mas firme, βεβαιότερος? Muchos exegetas creen

que el autor sagrado aduce un nuevo argumento que considera superior al precedente, no considerado

en absoluto, porque ambos provienen de Dios, sino en relación con los destinatarios a los

cuales se dirigía San Pedro, y que serían de origen judío. Otros, en cambio, piensan de modo diverso,

porque los lectores de la epístola no eran judíos, sino en gran parte paganos convertidos.

Además, la construcción de la frase griega και εχομεν no es equivalente a έ'χομεν δε; sugiere

más bien la idea de consecuencia que la de progresión. Por lo cual se podría traducir toda la frase:

“Y tenemos así mejor confirmada la palabra profética.” Con lo cual querría decir: hemos asistido

en la transfiguración de Cristo a una realización parcial de tales profecías, lo cual hace más

sólida en nosotros la esperanza de llegar a ver el cumplimiento definitivo 39.

Para el autor sagrado, después de haber sido testigo de la transfiguración, los oráculos referentes

a la parusía de Jesús adquieren un significado más pleno y claro. Y por eso exhorta a sus

lectores a prestarles gran atención, porque son como una lámpara que luce en lugar tenebroso

hasta que luzca el día (V.19). Las profecías mesiánicas son una luz provisoria, si bien sumamente

preciosa, en espera de la aurora de la perfecta luz que será la parusía del Señor 40. Pero para obtener

provecho de esta luz que es el Antiguo Testamento 41, hay que emplearla como conviene.

Toda profecía tiene a Dios por autor, y sólo El puede explicar el sentido preciso de ella. Por eso,

las Sagradas Escrituras no pueden ser interpretadas ni explicadas según el parecer privado de cada

uno. Sólo Cristo y aquellos a los que eligió para enseñar en su nombre tienen autoridad para

interpretar la Sagrada Escritura (v.20). Es a saber, los apóstoles, la tradición y, en definitiva, la

Iglesia. La llave de toda la Escritura es la Iglesia, a la cual parece referirse implícitamente el autor

sagrado. Por eso, dice el concilio Tridentino42, y lo repetirá más tarde el concilio Vaticano43:

Nemo suae prudentiae innixus, in rebus fidei et morum. Sacram Scripturam ad suos sensus

contorquens, contra eum sensum quem tenuit et tenet sancta mater Ecclesia, cuius est iudicare

de vero sensu et ínterpretatione Scripturarum sancta -rum, aut etiam contra unanimem

consensum Patrum, ipsam Scripturam sacram interpretar! Audeat.”44

Las palabras de la 2 Pe van dirigidas contra los falsos doctores, que interpretaban la palabra

profética a su modo. Al mismo tiempo condenan directamente las teorías del libre examen de

los protestantes.

La razón de que la Sagrada Escritura no puede ser interpretada según la voluntad de cada

hombre es que se trata no de una obra humana, sino de una obra divina. El Espíritu Santo es el

autor principal de la Sagrada Escritura, porque los profetas hablaron movidos, impulsados, llevados

(φερόμενοι) por este Espíritu divino45 para que dijeran aquello y sólo aquello que él quería

comunicar a los demás hombres. El profeta es el intérprete de Dios, habla en su nombre, o bien

escribe, es como un instrumento en manos de Dios. La metáfora, sin embargo, no autoriza a privar

al profeta de su libertad y de su actividad propia. El hagiógrafo, cuando escribe bajo la moción

del Espíritu Santo, conserva su libertad y su inteligencia propias. Dios puede regir las facultades

humanas sin destruirlas. Este texto de la 2 Pe 1:21 nos descubre algo de lo que es la natura5375

leza de la inspiración escrituraria al poner de relieve la colaboración divino-humana en la composición

de la Sagrada Escritura. Esta inefable colaboración hace que la obra, que es totalmente

de Dios, sea, al mismo tiempo, totalmente del hombre 46. Es uno de los textos del Nuevo Testamento

que más claramente nos habla de la naturaleza y del hecho de la inspiración bíblica.

1 Cf. Lc 2:25.34; Act 13:1; 15:14. — 2 Cf. Rom 1:17. — 3 Cf. 1 Tim 4:1.6. — 4 1:11; 2:2ο; 3:2.18. — 5 Rom 9:5; Tit 2:13; 3:4- — 6

Jn 1:1ss; 20:28. — 7 Cf. ZNTW (1904) p.335ss. — 8 Jn 17:3 — 9 1:3.8; 2:20; 3:18. — 10 Esta expresión, propia de la filosofía

griega, es empleada por el autor sagrado para designar la realidad de la divinidad de Cristo. — 11 Aquí piedad (ευσέβεια) parece

significar la buena conducta moral de los cristianos. — 12 Según H.Windisch (Excursus sobre Hellenistische Fromigkeit im 2 Pe,

en Handbuch zum N.T.3, Tubinga 1951), la espiritualidad helenista hablaba de la participación de la naturaleza divina concedida a

los hombres por la δύναμη de Dios, y del conocimiento de Dios. Cf. también A. J. Festugiére, L'ideal religieux des Crees et l'Évangile

(París 1936) p. 4735. — 13 Gal 4:4-7; Rom 8:14-24; Cf. 1:5. — 14 Jn 5:26; 14:20-23; 17:20-26; 1 Jn 1:2s. El N.T., en diversos

lugares, también nos dice que nacemos de Dios (Jn 1:13); que somos hijos de Dios, engendrados por El (Jn 3:5; Gal 4:6s),

partícipes de su vida (Jn 5:21). — 15 Suma Teológica 3 q.2 a.io ad i. — 16 Cf. A. Charue, Les Építres catholiques, en La Sainte

Bible de Pirot, vol.12 P-484J P· De Ambroggi, Le Epistole cattoliche 2.a ed. (Turín-Roma 1949) p.17is; Dom R. M. Díaz, Epístoles

catoliques, en La Biblia de Montserrat vol.22 (Montserrat 1958) p.122s. — 17 Cf. 1 Jn 2,15ss. — 18 Cf. 2 Pe 3:4. — 19 Gf.

1 Jn 4:7. Otras enumeraciones de virtudes: Gal 5:22-23; 2 Cor 6:4-5. — 20 Mt 5:43-48. — 21 Cf. Jn 13:345; 15:12.17; 1 Jn 2:10;

3:14. — 22 Rom 13:10. — 23 Gol 3:14; cf. 1 Cor 13:15. — 24 Ad Ephesios 14:1. — 25 Ses.6 c.7 y c.10. — 26 Cf. 1:2.3.5; 2:20;

3:18. — 27 Cf. Tit 3:5; Epíst. de Bernabé ι1:1ι; San Justino, Apol. I 61. — 28 Ses.6 c.11i. — 29 D 804.830.La idea de incertidumbre

acerca de la salvación definitiva aparece con frecuencia en los escritos del Nuevo Testamento (1 Cor 10:12; Fil 2:12; 1 Pe

1:17; Ap 3:11). — 30 O.c. p.176. — 31 Cf. Actas de Pedro c.35, edición de L. Vonaux (París 1922) p-426; Hegesipo, Histp-ñae

3:2: Csel 66:186; Orígenes, In lo. 20:12: PG 14:600; C. Fouard, S. Paul, ses dernié-res années, ed. 10 (París 1918) p.30i. La imagen

de la tienda, empleada en el v.13, trat su origen de la vida nómada (Is 38:12), y quiere significar que la vida humana es efímera,

como lo es la morada del nómada. Hoy está aquí, mañana en otro lado. — 32 9:1; 13:26. — 33 Las fábulas en el Ν. Τ. están

tomadas siempre en sentido peyorativo (cf. 1 Tim 1:4; 2 Tim 4:4; Tit 1:14). Son producto de la imaginación, y, en cuanto tales, se

oponen a la verdadera historia evangélica. Los gnósticos interpretaban la historia evangélica como si fuera un mito. — 34 Mc

9:2ss; Mt 17:1-9. — 35 Cf. Mt 17:5- — 36 Cf. Mt 17:2. — 37 Cf. Lc 9:28. — 38 La expresión palabra profética es empleada a

veces para designar a la Sagrada Escritura en general (cf. Filón, Leg. Alleg. 3:43). — 39 De Ambroggi, o.c. p.175s. — 40 Cf. Is

60:1-2; Lc 1:78. — 41 En el Ν. Τ. γραφή se emplea siempre como una designación de A. T. La profecía de a Escritura era, pues, la

del A. T., la profecía por excelencia. — 42 Ses.4, De edit, et usu Sacr. Libr.: EB 62. — 43 De Revelat. c.2: EB 78. — 44 Gf. D

786.1788. — 45 La lección de la Vulgata: “locuti sunt sancti Dei nomines,” se encuentra en varios códices griegos: S(A)KL.

Otros códices (BP), en lugar de άγιοι, tienen orno 3εοϋ= “a Deo.” Y una tercera serie de códices (C, etc.) presentan la lección από

3εοΟ άγιοι = “a Deo sancti.” Tischendorf, Westcott-Hort, Nestle, aceptan la lección del cód. B: coro 3eoO άνθρωποι, que parece

ser la más probable, aunque es la más difícil. El sentido sería: “Locuti sunt a Deo homines,” i.e., movidos por Dios hablaron los

hombres, o sea, los profetas. — 46 Cf. A. Βεα, De Sacrae Scripturae inspiratione (Romae IQ35) P-36. Véanse también Tomás,

Suma Teológica 2-2 q.171-174; P. Svnave-P. Benoit, La Prophetie dans S. Thomas d Aquin (Somme Théologique, edic. Rev. des

Jeunes, París 1947); G. M. Perrella, Introducción general a la Sagrada Escritura (Edit. El Perpetuo Socorro, Madrid 1954); H.

Hopfl-L. Leloir, Introductio generalis in Sacram Scripturam (Romae 1958); G. Courtade, Inspiration: DBS IV (París 1949)

col.482-559; J. M. Vosté, De divina inspiratione et veritate S. Scripturae (Romae 1932); P. De Ambroggi: ScuolCat 71 (1943)

349-63.

Capitulo 2.

Los Falsos Doctores, 2:1-22.

El autor sagrado deja momentáneamente la cuestión de la parusía del Señor, sobre la que

volverá más tarde l, y comienza una fuerte diatriba contra los falsos doctores que no creían en la

parusía. El presente capítulo no tiene relación directa con lo que precede. El paralelismo de este

capítulo con la epístola de Judas (v.4-16) es manifiesto. No sólo por lo que se refiere a las ideas e

imágenes, sino al orden expositivo y hasta, con frecuencia, a la identidad del lenguaje empleado.

Convendría leer antes la epístola de Judas para comprender mejor nuestro capítulo.

El peligro que suponen, 2:1-3.

1 Como hubo en el pueblo profetas falsos, así habrá falsos doctores, que introducirán

sectas perniciosas, llegando hasta negar al Señor que los rescató, y atraerán sobre

sí una repentina ruina. 2 Muchos les seguirán en sus liviandades, y, por causa de

ellos, será blasfemado el camino de la verdad. 3 Llevados de la avaricia, harán de vo5376

sotros mercadería con palabras mentirosas, pero su condenación, ya antigua, no

tardará, su ruina no se retrasará.

El apóstol comienza poniendo en guardia a sus lectores contra ciertos maestros engañosos, que

por su mala vida y su espíritu de avaricia arrastran a otros al mal. Por lo cual serán terriblemente

castigados. Del mismo modo que en Israel hubo falsos profetas 2 al lado de los auténticos profetas,

así también sucederá entre los cristianos. Surgirán falsos doctores (v.1), que se esforzarán

por alejar a los fieles de Cristo. Estos falsos maestros ya habían comenzado a esparcir sus errores,

pero San Pedro 3 habla de ellos en futuro (= introducirán) porque sabía que pronto se lanzarían

sobre el rebaño de Cristo con mayor furor. Por medios hipócritas introducirán sectas perniciosas,

es decir, esparcirán falsas doctrinas para sembrar entre los fieles la confusión, y así originar

partidos que se combatan entre sí. Por su escandalosa conducta moral, que va a la par de su

enseñanza doctrinal, han llegado hasta negar al Señor, que los rescató (v.1) por medio de su

muerte reparadora, obteniendo así sobre ellos derecho de dominio. Ahora estos ingratos se rebelan

contra El y reniegan de El. Semejante revuelta atraerá sobre ellos una repentina ruina. El

autor sagrado no nos dice en qué sentido niegan al Señor. Es posible se refiera a la negación de

la parusía, o segunda venida de Cristo.

El mal ejemplo de los falsos doctores será contagioso. Muchos de los fieles seguirán sus

liviandades (v.2). El autor sagrado, más bien que de doctrina, parece hablar de una desviación de

las costumbres, como se ve por lo que dice en los v. 10-22. También la epístola de Judas denuncia

la inmoralidad de los herejes 4. La mala conducta de estos cristianos será causa de escándalo

para los paganos, y la doctrina cristiana, camino de verdad 5, será motivo de escarnio y blasfemia

para los no cristianos, porque verán que no da los frutos que se esperaban de ella. ¡Qué obstáculo

tan grande al apostolado es la corrupción de los miembros de una Iglesia para la cual la santidad

de costumbres debe ser la señal auténtica de la obra de Dios! 6

El celo de estos falsos doctores es un celo interesado. Se dejan llevar de la avaricia (v.3).

Con sus doctrinas tratan de explotar a los fieles y de enriquecerse a expensas de ellos. La avaricia

es la nota característica de los falsos apóstoles; en cambio, el desinterés es la nota del verdadero

apóstol. Este será el criterio más tarde para determinar y distinguir los verdaderos de los falsos

profetas. “Si pide dinero — dirá la Doctrina de los doce Apóstoles —, es un falso profeta” 7. Sabemos

con qué cuidado San Pablo evitaba todo aquello que pudiera parecer interés material y

personal 8. Esa actividad de los falsos apóstoles podría hacer creer a los fieles que la justicia divina

no vigila. Sin embargo, la verdad es que su condenación ya hace tiempo que está decidida, y

llegará en el momento establecido 9.

Las lecciones del pasado, 2:4-10.

4 Porque, si Dios no perdonó a los ángeles que pecaron, sino que, precipitados en el

tártaro, los entregó a las prisiones tenebrosas, reservándolos para el juicio; 5 ni perdonó

tampoco al viejo mundo, sino que sólo guardó al octavo, a Noé, para pregonero

de la justicia cuando trajo el diluvio sobre el mundo de los impíos; 6 y a las ciudades

de Sodoma y de Comorra las condenó a la destrucción, reduciéndolas a cenizas para

escarmiento de los impíos venideros, 7 mientras que libró al justo Lot, acosado por

la conducta de los desenfrenados en su lascivia, 8 al justo que habitaba entre ellos

diariamente y sentía su alma atormentada viendo y oyendo sus obras inicuas. 9 Pues

sabe el Señor librar de la tentación a los piadosos y reservar a los malvados para

castigarlos en el día del juicio, 10 sobre todo a los que van en pos de la carne llevados

5377

de los deseos impuros y desprecian la autoridad del Señor. Audaces, pagados de sí

mismos, no temen blasfemar de las potestades superiores.

Nuestro autor prueba ahora con tres ejemplos bíblicos que Dios no dejará de castigar severamente

a esos falsos doctores. Del mismo modo que Dios castigó a los ángeles rebeldes (v.4), y a los

malvados con el diluvio (v.5), y a Sodoma y Comorra con la destrucción (v.6.8), así castigará a

los falsos e impúdicos apóstoles (V.9-10). La epístola de Judas (v.5-11) presenta un estrecho paralelo

con nuestro texto.

El autor sagrado, lo mismo que Judas, se refiere a la antigua tradición del pueblo hebreo,

que habla de un pecado de los ángeles y de su castigo. Este pecado fue una falta de soberbia y de

rebelión contra Dios, como enseñan San Agustín 10. Dios, a causa de este pecado, los precipitó

en el tártaro (v.4). Este nombre designaba en la mitología griega el lugar subterráneo en que'

eran atormentados los titanes y los enemigos de los dioses. Después pasó a significar el lugar en

donde penan los pecadores, el infierno. Los entregó a las prisiones tenebrosas (v.4) 12. Las tinieblas

son el símbolo del sufrimiento y del horror; por el contrario, la luz es el símbolo de la felicidad

celestial. Dios ha reservado a los ángeles malos para el día del juicio, es decir, que, si bien

fueron castigados inmediatamente después de rebelarse contra su creador, su condenación solemne

ante todo el mundo está reservada al juicio final. Judas, en el lugar paralelo, dice expresamente:

“para el juicio del gran día.”

El segundo ejemplo de castigos citado por la 2 Pe (no por Judas) se refiere al diluvio

(v.5). El diluvio es considerado como la transición entre el mundo antiguo, que es destruido, y la

constitución del nuevo mundo. Por eso el diluvio es, en las epístolas de San Pedro, el tipo de la

renovación esperada 13 y del bautismo 14. Dios salvó del diluvio sólo al pregonero de la justicia,

Noé, con otras siete personas (literalmente: al octavo) . Noé era el octavo contando a su mujer,

sus tres hijos y las mujeres de éstos. La bondad de Dios manifestada con Noé y los suyos hace

resaltar su severidad para con el pecador impenitente. Noé es llamado pregonero, predicador de

la justicia, porque tanto con su palabra como con su ejemplo y la construcción del arca habría

exhortado a los hombres a la penitencia anunciando el castigo divino 15. Además, la tradición

judía también nos habla de la predicación de Noé 16. La 2 Pe aludiría a un dato tomado de la

Haggada, del mismo modo que Judas aludiría a la ascensión de Moisés y a Henoc 17.

El tercer ejemplo sobre la intervención de la justicia divina, que corresponde al segundo

de Judas (v.7), es la destrucción de Sodoma - Comorra (Gen 19:1585). También Jesucristo, para

mostrar la severidad de los juicios divinos, aduce los ejemplos del diluvio y de la destrucción de

Sodoma y Comorra 18.

Los v.7-8 de 2 Pe hacen contraste con lo que precede. Muestran la misericordia divina

para con el justo. La justicia de Lot se manifiesta en la aflicción que le producía la conducta impúdica

y desenfrenada de los sodomitas. El sufrimiento a la vista del pecado es efectivamente lo

propio del justo. La literatura rabínica no es, sin embargo, muy favorable a Lot19. Con frecuencia

lo considera como un libertino y un impío a causa del hecho que nos cuenta el Gen 19:31-38. Sea

lo que fuere de esto, lo cierto es que su conducta antes de la destrucción de Sodoma y Comorra

fue irreprensible 20. También ciertos textos rabínicos consideran a Lot como un justo 21.

Después de la larga prótasis de los v.4-8, llegamos por fin a la apódosis. El autor sagrado

termina con un principio general: Dios salva a los justos, como lo hizo con Noé y con Lot, pero

se muestra severo con los impíos, como lo hizo con los malvados de la época del diluvio y con

Sodoma y Comorra (V.9). De este modo, el apóstol infundía valor y confianza a sus lectores, que

también vivían en medio de graves pruebas materiales y espirituales. Por otra parte, advierte que

5378

los impíos no han de hacerse ilusión. Si Dios no los castiga aquí abajo, es porque están reservados

para el gran día del juicio, en que serán terriblemente castigados. Sin embargo, el castigo divino

no será igual para todos. Los falsos doctores serán castigados de una manera especialísima a

causa de su vida escandalosa, pues se dejan arrastrar por los placeres sensuales y la lujuria, imitando

a los contemporáneos de Noé y Lot. Esclavos de la carne, desprecian la autoridad del Señor

(literalmente: “desprecian la soberanía divina,” v.10). La soberanía de la que nos habla el

texto sagrado parece ser la de Jesucristo, que es llamado con frecuencia en la epístola “nuestro

Señor.” 22

La conducta de estos doctores licenciosos está llena de audacia, de temeridad y de arrogancia,

pues no temen blasfemar de las potestades superiores (liter.: de las glorias, v.10). Las

glorias (δόξαι) designarían, según algunos autores (Bigg, Calmes), personas eclesiásticas o civiles

constituidas en dignidad. Mas, por el contexto (v.11) y por el lugar paralelo de la epístola de

Judas (v.8), se ve que se trata de los ángeles.

El castigo futuro, 2:11-22.

11 Cuando los ángeles, aun siendo superiores en fuerza y poder, no profieren ante el

Señor un juicio injurioso contra ellas. 12 Pero éstos blasfeman de lo que no conocen,

como brutos irracionales, naturalmente destinados a ser presa de la corrupción, perecerán

en su corrupción, 13 recibiendo con esto la justa paga de su iniquidad, pues

hacen sus delicias de los placeres de cada día; hombres sucios, corrompidos, se gozan

en sus extravíos, mientras banquetean con vosotros. 14 Sus ojos están llenos de

adulterio, son insaciables de pecado, seducen a las almas inconstantes, tienen el corazón

ejercitado en la avaricia, son hijos de maldición. 15 Dejando la senda recta, se

extraviaron, y siguieron el camino de Balam, hijo de Beor, que, buscando el salario

de la iniquidad, 16 halló la reprensión de su propia demencia cuando una muda bestia

de carga, hablando con voz humana, reprimió la insensatez del profeta. 17 Son éstos

fuentes sin agua, nubes empujadas por el huracán, a quienes está reservado el

orco tenebroso. 18 Profiriendo palabras hinchadas de vanidad, atraen a los deseos

carnales a aquellos que apenas se habían apartado de los que viven en el error, 19

prometiéndoles libertad, cuando ellos son esclavos de la corrupción, puesto que cada

cual es esclavo de quien triunfó de él. 20 Si, pues, una vez retirados de las corruptelas

del mundo por el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, de nuevo se

enredan en ellas y se dejan vencer, sus postrimerías se hacen peores que los principios.

21 Mejor les fuera no haber conocido el camino de la justicia que, después de

conocerlo, abandonar los santos preceptos que les fueron dados. 22 En ellos se realiza

aquel proverbio verdadero: “Volvióse el perro a su vómito, y la cerda, layada, vuelve

a revolcarse en el cieno.”

¿De qué ángeles se trata en el ν. 11? En el texto paralelo de Judas son los ángeles buenos; aquí,

en cambio, el contexto parece indicar que se trata de los ángeles caídos (cf. v.4). Estos son dignos

de reprobación; pero los ángeles buenos, aun siendo superiores, no se atreven a proferir injurias

contra ellos. El pasaje paralelo de San Judas (v.6) nos habla del altercado entre el arcángel

San Miguel y Satanás, en el cual Miguel no se atrevió a pronunciar contra el diablo ningún juicio

injurioso, sino que se limitó a decir: Que el Señor te reprenda 23. Lo que no se atreven a hacer los

ángeles buenos respecto de los ángeles malos, lo hacen los falsos doctores, que no temen injuriar

a las glorias. Tal vez los falsos doctores negaban a los ángeles malos la capacidad de hacer mal.

5379

El apóstol siente repugnancia de estos falsos maestros, comparables a los brutos irracionales

(v.12). La vida que llevan es como la de las bestias, destinadas a ser capturadas y a perecer.

Por eso también ellos terminarán en la perdición. Encenagados en los apetitos de la carne, blasfeman

de todo lo que no responde a sus instintos y de todo lo que no conocen, es decir, del poder

de los ángeles Y de Dios. El placer de estos falsos doctores está en los grandes banquetes 24 de

cada día, que son para ellos motivo de pecado. Porque asisten a los ágapes de la comunidad con

la única preocupación de engordar y extraviar a los demás (ν.13).

Tammbién pecan los falsos doctores buscando y deseando la mujer adúltera (v.14). Todo

lo que ven les excita a las pasiones y los lleva a cometer mayores pecados, particularmente incitando

con su conducta y sus palabras al pecado a las almas más débiles. Jesús enseña en el

Evangelio: “Todo el que mira a una mujer deseándola, ya adulteró con ella en su corazón.” 25 No

es éste sólo su vicio habitual, sino que también conocen todas las habilidades del avaro para

amontonar riquezas. Emplean sin ningún escrúpulo todos los medios, incluso los más deshonestos.

Por eso la maldición divina se desencadenará sobre ellos en el día de la parusía.

Estas ideas de avaricia y de maldición sirven para introducir muy naturalmente la historia

de Balam (v. 15-16), al cual se reprochaba la codicia y había sido llamado por Balac para maldecir.

Balam es el tipo de los que obran el mal por espíritu de lucro. Su pecado más conocido fue el

haber aceptado maldecir a Israel para obtener del rey de Moab una buena suma de dinero 26. Pero

Balam no sólo fue culpable de avaricia y de engaño, sino que también incitó a las mujeres moabitas

para que tentaran a los israelitas 27. Por estos motivos la tradición judía atribuyó a Balam

todas las torpezas e hizo de él el prototipo de los condenados 28. De los ejemplos de Caín, Balam

y Coré aducidos por Judas (v.11), la 2 Pe sólo escoge uno: el de Balam 29.

Los falsos doctores hacen sufrir una cruel desilusión a los incautos que esperaban de ellos

la verdad y la salvación. Para significar esto, el autor sagrado emplea dos imágenes, tomadas de

Judas, ν.12-13, con cierta libertad, que insinúan la desilusión de un peregrino sediento (v.17).

Jeremías había ya comparado los falsos profetas a cisternas rotas, que no pueden contener el

agua 30. Los falsos doctores, sin poder dar lo que prometen, irán a parar al orco tenebroso; en

cambio, los justos resplandecerán como estrellas por toda la eternidad 31.

Los v.18-19 precisan en qué consiste la desilusión que se llevarán los secuaces de los falsos

doctores. Profiriendo palabras hinchadas de vanidad (v.18), se asemejan a las nubes empujadas

por el huracán, que prometen mucho y no dan nada. Sin embargo, logran seducir con el cebo

de la sensualidad a los incautos y a los débiles; es decir, a los que se han convertido recientemente

del paganismo y que todavía no han conseguido vencer plenamente sus anteriores errores y

malos hábitos. Abusando de la predicación cristiana, prometen, bajo el nombre de libertad, una

verdadera esclavitud, porque el que no observa la ley moral será esclavo de los vicios (v. 19). El

vencido se convertía en esclavo del vencedor, según el antiguo derecho de guerra. Los falsos

doctores han sido ya vencidos por la corrupción, porque “el que comete el pecado se hace esclavo

del pecado” 32. Los falsos profetas se habían dejado vencer por los vicios de la carne 33.

La incorporación a Cristo mediante el bautismo y el conocimiento de la doctrina cristiana

libraba a los cristianos de las corruptelas del mundo (v.20). Pero, si de nuevo se enredan en ellas

y se dejan vencer, su situación se hace más crítica que antes 34, porque ya no tienen la excusa de

la ignorancia. Mejor les hubiese sido no conocer la verdad cristiana que, una vez conocida, apartarse

de ella (v.21); porque su pecado sería menor. Es mejor ser pagano que convertirse en apóstata.

La expresión camino de la justicia designa la santidad cristiana con tocio lo que ella implica,

pues esta santidad proviene del conocimiento que se tiene de Jesucristo.

El autor sagrado ilustra con dos proverbios populares lo que había dicho sobre los apósta5380

tas. El primero está tomado de Prov 26, n: volvióse el perro a su vómito. El fiel que vuelve a su

vida de pecado se hace tan abominable como el perro que vuelve de nuevo a vomitar. El segundo

proverbio no es bíblico, pero se encuentra ya en la leyenda de Ahikar: “la cerda lavada vuelve a

revolcarse en el cieno.” La comparación con el fiel se refiere al retorno a un estado inmundo del

cual había salido. Jesucristo también había empleado la imagen del perro y del cerdo para designar

a los adversarios incorregibles 35. Los autores paganos consideran al perro, y sobre todo al

puerco, como símbolo de la mancha moral 36.

1 3:1-10. — 2 Jer 7:8; 14:14; Dt 13:1-6; Ez 13:9; Zac 13:23. — 3 Cf. también 1 Tim 3:1ss — 4 Jds 4.7.8.13.16.18.23. — 5 Cf. Act

9:2; 18:25; 19:9. — 6 A. Charue, o.c. p.491. — 7 Doctrina de los doce Apóstoles u,6 = Didajé. Cf. D. Ruiz Bueno, Padres Apostólicos

(BAC, Madrid 1950) p.89. — 8 1 Cor 9:1-18; 2 Cor 12:13. El ansia de lucro personal era bastante común entre los judíos de

entonces, como nos lo atestiguan diversos lugares del Nuevo Testamento (Mt 23:145; Tit 1:105; cf. Ez 34:3). — 9 Cf. Jds 4-5. —

10 Pe C™ Dei 14:13-1 — 11 Suma Teol. ι q.63 a.2. 12 seguimos, con los códices BSAC y los Padres latinos, la lección

σειροΐ$ ο bien σιροϊς == «en los abismos», que parece ser la mejor atestiguada. — 13 12:13 — 14 1 Pe 3 20-21. 15 Cf.Heb

11:7. 16 Wt. Josefo Flavio, Ant. 1,3,1; Oráculos sibilinos 1,129.150-198. Cf. Strack-Bil 17 Cf. J. Chaine, 6.c. p.63.

18 Cf- Lc 17:26-29. 19 Cf. Strack-Billerbeck, vol.3 p.76953. — 20 Cf. Gen 18; 19; Sab 10:6. — 21 S. Rappaport, Der gerechte

Lot: ZNTW 29 (1930) p.299. El Gen 19,iss nos habla de su hospitalidad. — 22 1:8.14.16; 2:20; 3:2.15.18; cf. Jds 8; Didajé

4:1. Para San Pablo (Ef 1:21; Col I:l6) soberanía = κυριότηβ designa un determinado coro de ángeles. — 23 Esta disputa entre

Miguel y Satanás estaría tomada, según Orígenes (De principiis 3:2,i: PG 11:303), del apócrifo Asunción de Moisés, el cual sólo

ha llegado a nosotros fragmentariamente. La 2 Pe la sustituye por una afirmación de carácter general. — 24 La lección άγάπαιβ de

BA2C2 Vgta. parece preferible a cnrórrats de SAKLP, ya e en el texto paralelo de Judas (v. 10-12), del que depende 2 Pe, son los

falsos doctores Participan en los banquetes de la comunidad. La Asunción de Moisés 4:4 también nos ibla de “los que buscan los

convites a cualquier hora del día.” — 25 Mt 5:28. — 26 Cf. Núm 22-24. — 27 Cf. Núm 25:1-3; Dt 31:16. — 28 Cf. G. H. Guyot,

Baíaam: CBQ.3 (1941) 235-242. — 29 Parece como si la 2 Pe supusiera conocido el texto de Judas. — 30 Jer 2:13. — 31 Dan

12:3. — 32 Jn 8:34- San Pablo, en su epístola a los Romanos 8:21, pone en contraste la libertad de los hijos de Dios con la servidumbre

de la corrupción de las criaturas, lo mismo que hace aquí la 2 Pe. Y en la epístola a los Calatas 5:13 exhorta a no tomar la

libertad como pretexto para servir a la carne. Epicteto ('Platicas 1.2:20:3; 22:31) también llama siervo de sus excesos al hombre

vicioso. Cf. Cicerón, Verr. 3:22. — 33 Cf. Rom 6:16. Y, sin embargo, los gnósticos afirmaban que para los espirituales, como

ellos se creían, no era posible la corrupción (San Ireneo, Adv. haer. 1:6:2). — 34 Cf. Mt 12:45; Le 11:26. El Ν. Τ. recalca siempre

la gravedad del pecado de apostasia: Lc 9:62; Heb 6:4ss; 10:26; 1 Jn 5,16s. — 35 Mt 7:6. — 36 Cf. Horacio, Epist. 1:2:26; Cicerón,

Verr. 4:24; Varrón, Res rusíicae 2.

Capitulo 3.

El Día del Señor, 3:1-18.

El autor sagrado ya había hablado de la parusía del Señor (1:16). Ahora vuelve a tratar de

nuevo esta cuestión, que era rechazada por los falsos doctores con el fin de atraer más fácilmente

a los cristianos a sus inmoralidades. Previene a sus lectores contra estos malvados y los exhorta a

esperar la venida del Señor. Esta parte constituye una verdadera apocalipsis de Pedro.

Exhortación a creer en la parusía, 3:1-2.

1 Esta es, carísimos, la segunda epístola que os escribo, y en ella he procurado excitar

con mis avisos vuestra sana inteligencia, 2 a fin de que traigáis a la memoria las

palabras predichas por los santos profetas y el precepto del Señor y Salvador, predicado

por vuestros apóstoles.

Al término de la diatriba contra los falsos doctores, se dirige a los fieles llamándoles carísimos

(άγαττητοί). Lo mismo sucede en la epístola de Judas (v.17). La alusión a una primera epístola

(v.1) parece referirse a la 1 Pe. En dicha epístola encontramos insinuado en forma expositiva todo

lo que aquí se presenta en forma polémica. En la 1 Pe también se citan los testimonios de los

profetas y de los evangelizadores l. Se habla del valor salvífico de la pasión de Jesús, de su resu5381

rrección y ascensión 2, y se trata de la par usía del Señor 3. Los destinatarios de la 2 Pe tienen la

inteligencia sana, es decir, que todavía no han sido contaminados por las doctrinas de los falsos

doctores. Sin embargo, el autor quiere ponerlos en sobreaviso y recordarles la enseñanza tradicional

para que no sean contaminados.

Ante todo han de tener presente lo que han predicho 4 los santos profetas. y vuestros

apóstoles (v.2), que han transmitido a los fieles el programa de vida de Cristo. También en la

epístola de Judas (v.17) se encuentra una alusión semejante “a las palabras predichas por los

apóstoles.” La expresión nuestros apóstoles no excluye al autor de la epístola de entre ellos. Sin

embargo, la generación apostólica aparecerá ya como en el pasado en el ν.φ El autor no se presenta,

desde luego, como el padre en la fe de los fieles a los cuales escribe. Precepto tiene aquí

sentido amplio: es la doctrina cristiana (cf. 2:21).

Incredulidad de los falsos doctores, 3:3-4.

3 Y, ante todo, debéis saber cómo en los postreros días vendrán con sus burlas escarnecedores,

que viven según sus propias concupiscencias 4y dicen: ¿Dónde está la

promesa de su venida? Porque, desde que murieron los padres, todo permanece

igual desde el principio de la creación.

Los fieles han de saber que los esfuerzos de los herejes y escarnecedores del nombre de Dios

han sido predichos para los postreros días (v.3). El pensamiento resulta más claro en Judas

(v.18) que en nuestra epístola: los herejes que han de venir han sido anunciados por los apóstoles,

los cuales recibieron, a su vez, esta enseñanza del mismo Cristo5. Esos herejes serán gentes

escarnecedoras que se burlarán de las creencias más santas, con el fin de legitimar su vida licenciosa.

Se ríen de la parusía del Señor diciendo: ¿Dónde está el cumplimiento del prometido retorno

de Cristo? Ha pasado toda una generación de creyentes sin ser testigos de esa parusía, y

continúan igual todas las cosas, pues la naturaleza no ha sido destruida por ninguna catástrofe,

que, según la predicción de Cristo, había de tener lugar antes de su retorno6. Luego, si nada ha

ocurrido hasta ahora, es muy probable que nada ocurra en el futuro.

Jesucristo había dicho efectivamente que vendría en su gloria, pero sin indicar el momento.

El amor que los fieles profesaban a Cristo, sus esperanzas de la retribución y sus deseos de

verle les hacían pensar en un retorno próximo, que se manifiesta en toda la primera generación

cristiana. También los apóstoles esperaban la parusía, aunque nada enseñaron sobre el tiempo en

que sucedería. Sin embargo, con el pasar de los años se sintió la necesidad de disociar la parusía

y el juicio final de las esperanzas escatológicas con las cuales eran unidos. Bajo la presión de los

hechos se daba un progreso teológico, no en el sentido que cambiase la revelación, sino en cuanto

que había que mirar y expresar los datos revelados independientemente de una concepción

temporal que no formaba parte de ellos y que resultaba difícil mantener 7.

Los padres del v.4 no son los antepasados del Antiguo Testamento, sino los cristianos de

la, primera generación que habían muerto.

Refutación de los Falsos Doctores, 3:5-10.

5 Es que voluntariamente quieren ignorar que en otro tiempo hubo cielos y hubo tierra,

salida del agua y en el agua asentada por la palabra de Dios;6 por lo cual el

mundo de entonces pereció anegado en el agua, 7 mientras que los cielos y la tierra

actuales están reservados por la misma palabra para el fuego en el día del juicio y de

la perdición de los impíos. 8 Carísimos, no se os caiga de la memoria que delante de

5382

Dios un solo día es como mil años, y mil años como un solo día. 9 No retrasa el Señor

la promesa, como algunos creen; es que pacientemente os aguarda, no queriendo

que nadie perezca, sino que todos vengan a penitencia. 10 Pero vendrá el día del Señor

como ladrón, y en él pasarán con estrépito los cielos, y los elementos, abrasados,

se disolverán, y asimismo la tierra con las obras que en ella hay.

El hagiógrafo la emprende ahora directamente contra los falsos profetas, que se burlaban de la

parusía, y refuta sus errores.

El autor sagrado rechaza primeramente el argumento en que se apoyaban los falsos doctores

para negar la parusía: la estabilidad de. la naturaleza. El apóstol afirma que en la naturaleza

se operó un gran cambio por medio del diluvio (v.5-7), especialmente en lo que se refiere a los

hombres. Por el diluvio volvió la tierra al estado en que se halló al principio, antes de la separación

de las aguas y de la tierra en el día tercero de la creación. Si los falsos doctores no quieren

reconocer esta verdad, es que voluntariamente se hacen cómplices de esta ignorancia. La creación

y la destrucción operada por las aguas son garantía de la destrucción final que será producida

por el fuego.

Para el autor de la 2 Pe el fin del mundo será una inmensa conflagración (v.7.10.12ss). La

idea de que el fin del mundo vendría por el fuego parece ser de origen persa. Posteriormente esta

concepción se hizo corriente en el mundo greco-romano, de donde pasó a los judíos y cristianos

8.

En este pasaje de la 2 Pe parecen confluir — según Mollat 9 — dos influencias: una especulación

filosófica greco-romana, según la cual el mundo terminará abrasado por el fuego, y una

concepción bíblica, según la cual el fuego significaría la venida de Dios y el castigo de los malvados.

En el Antiguo Testamento, el triunfo de Yahvé va acompañado de un fuego vengador que

destruye los enemigos de su causa y alcanza hasta los elementos materiales del mundo. El autor

sagrado tal vez aluda en el v.7 a los vaticinios de Isaías: “He aquí que llega Yahvé en fuego, y es

su carro un torbellino. Porque va a juzgar Yahvé por el fuego.” 10 Y en otro lugar: “Pasarán los

cielos como humo, se envejecerá como un vestido la tierra” u. Del fuego en conexión con el juicio

hablan también los profetas Miqueas 12, Sofonías 13, Daniel 14 y el salmo 98:3. San Pablo

también habla del fuego del juicio 15, y enseña que Jesucristo se manifestará en un incendio de

llamas para hacer escarmiento 16. Los escritos apócrifos judíos también aluden frecuentemente al

tema del fuego que destruirá y renovará el universo 17. Otro tanto sucede con los escritos cristianos

en donde se trata este tema 18.

A continuación (v.8) el autor sagrado responde a la pregunta sarcástica de los falsos doctores:

¿Dónde está la promesa de su venida? (v.4). Para Dios no hay tiempo, pues todo está presente

en su mente, y, por consiguiente, las distinciones temporales que nosotros establecemos no

tienen sentido en los planes divinos. La dilación es una prueba de la paciencia de Dios, como dice

San Agustín, porque no quiere que nadie perezca, sino que todos tengan tiempo para arrepentirse

(v.8) 19. El apóstol se inspira en el salmo 90:4: “Mil años son a tus ojos como el día de

ayer, que ya pasó; como una vigilia de la noche.” La literatura rabínica pretende descubrir en este

salmo conclusiones sobre la duración de los tiempos mesiánicos y sobre el fin del mundo 20.

También los milenaristas se sirvieron de este texto de la 2 Pe para apoyar sus doctrinas sobre el

milenio de felicidad en este mundo. Sin embargo, el apóstol no dice absolutamente nada sobre el

milenio, sino que se limita simplemente a aplicar al caso concreto el pensamiento del salmista, el

cual niega toda medida entre la eternidad de Dios y el breve tiempo de nuestra vida.

El Señor es paciente, pero debemos prevenirnos contra la presunción y no diferir demasiado

el arrepentimiento, porque vendrá el día del Señor como un ladrón (v.10). Es una imagen

5383

bíblica muy expresiva para describir el día de la venida del Señor. Había sido empleada por Jesús

21, y lo será después por la tradición22. En aquel día, el universo desaparecerá y serán consumidos

los cielos, los astros (στοιχεία), la tierra con todo lo que en ella hay.

La escatología judía admitía la caída de los astros 23 como uno de los elementos característicos

del día del Señor. El fuego celeste abrasará, penetrará todas las cosas para purificarlas y

ponerlas al descubierto. En la escatología de los primeros siglos tanto judía como cristiana, el

fuego tenía una parte preponderante en la conflagración final24. San Pablo mismo, en 1 Cor 3:10-

15, afirma que en aquel día las obras de cada uno serán probadas por el fuego y quedarán de manifiesto.

Exhortación a prepararse convenientemente para ese día, 3:11-16.

11 Pues si todo de este modo ha de disolverse, ¿cuáles debéis ser vosotros en vuestra

santa conversión y en vuestra piedad, 12 en la expectación de la llegada del día de

Dios, cuando los cielos, abrasados, se disolverán, y los elementos, abrasados, se derretirán?

13 Pero nosotros esperamos otros cielos nuevos y otra tierra nueva, en que

tiene su morada la justicia, según la promesa del Señor, 14 Por esto, carísimos, viviendo

en esta esperanza, procurad con diligencia ser hallados en paz, limpios e

irreprochables delante de El, 15 y creed que la paciencia del Señor es para nuestra

salud, según que nuestro amado hermano Pablo os escribió conforme a la sabiduría

que a él le fue concedida. 16 Es lo mismo que hablando de esto enseña en todas sus

epístolas, en las cuales hay algunos puntos de difícil inteligencia, que hombres indoctos

e inconstantes pervierten, no menos que las demás Escrituras, para su propia

perdición.

La idea de la parusía y de la caducidad del mundo ha ejercido siempre un grande influjo sobre la

espiritualidad tanto judía como cristiana 25.

El autor sagrado resume lo que acaba de decir y saca una conclusión práctica. Puesto que

el mundo presente está destinado a desaparecer y el día del Señor vendrá de repente como un ladrón,

hay que estar preparados llevando una vida santa. Los plurales “in sanctis conversationibus

et pietatibus” (Vgta.) indican las múltiples manifestaciones de la santidad y de la piedad que han

de resplandecer en toda la conducta de los cristianos. Viviendo santamente, los cristianos podrán

esperar con confianza el día del Señor; y, al mismo tiempo, completarán el número de los elegidos,

y así acelerarán la hora de la venida del Señor 26. El Señor espera pacientemente y difiere su

retorno para dejar tiempo a los culpables al arrepentimiento 27; porque cuanto mayor sea el número

de los fieles, más pronto vendrá el Señor (v.12). Seguramente el autor sagrado alude a la

idea difundida en los ambientes judíos, según la cual la aceleración o retardo de los tiempos mesiánicos

dependía de los méritos o pecados de Israel 28.

La catástrofe cósmica es, sin embargo, motivo de alegría para los fieles que la esperan y

la aceleran con el deseo y la oración. Más allá de la tragedia y de la prueba, entrevén la transfiguración

del universo. El mundo futuro será un mundo en donde la justicia y la santidad habitarán

(v. 13). Estas mismas ideas las encontramos en Is 65:17; 66:22. San Pablo también presenta a la

naturaleza como una persona que espera con inquietud la transformación 29. Y San Pedro, en un

discurso de los Hechos de los Apóstoles 30, habla de “la restauración de todas las cosas.”

Si los cristianos esperan este mundo nuevo, deben comportarse de tal manera que sean

hallados por el Señor en una disposición moral y espiritual tal que les permita entrar en él (v.14).

La espera de la parusía era un poderoso motivo de santificación 31. Además, los fieles han de ver

5384

en el retardo de la parusía una prueba de la voluntad salvífica universal de Dios, que espera para

que todos se enmienden y practiquen la virtud (v.15). El apóstol confirma su exhortación con la

autoridad de San Pablo, que había enseñado la misma verdad en una epístola enviada a los mismos

destinatarios de la 2 Pe. ¿De qué epístola se trata? La epístola a los Romanos 32 y la i a los

Corintios 33 hablan de las numerosas gracias de conversión que el Señor da a los elegidos; pero

no es probable que la 2 Pe haya sido escrita a los cristianos de Roma o de Corinto. Es difícil determinar

con precisión de qué carta se trata. La mayor parte de los comentaristas están acordes en

admitir que se alude o bien a Golosenses 34, en donde se encuentra una sentencia análoga a la de

San Pedro, o bien a Efesios, en la cual se dan varias exhortaciones a la santidad 35. Algunos autores

creen que se trata de una epístola perdida 36.

El autor de la 2 Pe habla de Pablo como de un amado hermano (v.15), en el cual reconoce

el carisma de la sabiduría. Esta sabiduría tal vez se refiere a un conocimiento extraordinario

de los misterios revelados. Pero como el v.16 reconoce el carácter sagrado de los escritos de Pablo,

es muy posible que podamos ver en esa sabiduría, que dirigía al apóstol cuando escribía, el

carisma de la inspiración divina.

Después de aludir a una epístola determinada de San Pablo, el autor de la 2 Pe habla de

las demás cartas del Apóstol de los Gentiles, en donde exhorta a la santidad, a la preparación para

la parusía (v.16). Los falsos doctores debían de apoyarse en San Pablo cuando prometían la

libertad 37. A lo cual replica el autor de la 2 Pe diciendo que Pablo enseñaba lo mismo que él en

todas sus epístolas. La expresión todas sus epístolas no significa necesariamente que el autor de

la 2 Pe conociese todo el cor pus paulinum actual. Puede referirse a todas las cartas conocidas

entonces por el autor de la 2 Pe y por los destinatarios de esta epístola. Existía ya, por consiguiente,

una colección paulina, sin que podamos decir cuántas cartas contenía. Este detalle de la

2 Pe es de gran importancia, porque nos hace conocer que en las diversas Iglesias se comenzaron

a recoger, desde muy temprano, los escritos de los apóstoles. Es el comienzo del canon del Nuevo

Testamento.

En esas cartas de San Pablo, reconoce el autor de la 2 Pe, se encuentran puntos de difícil

inteligencia, que gentes ignorantes de la verdad evangélica y mal fundamentados en la fe pervierten

(v.16). De este modo la palabra de Dios sirve para perder las almas. Los textos torcidamente

interpretados por los falsos doctores serían probablemente los que tratan de la Ley y de la

libertad cristiana y los que hablan de la parusía, que eran obscuros por naturaleza 38. Se formula

aquí implícitamente el principio de hermenéutica escrituraria según el cual la interpretación de

las Escrituras no puede ser abandonada al sentir de cada uno. El trato que dan esos falsos doctores

a las epístolas de San Pablo es el mismo que dan a las demás Escrituras (v.16). La expresión

τάς λοιπάς γραφάς designa el Antiguo Testamento. Por aquí se ve que la 2 Pe coloca las epístolas

de Pablo al mismo nivel de las Escrituras. Y demuestra que nuestro autor considera las epístolas

paulinas en el mismo plano de autoridad y dignidad que las Sagradas Escrituras. En toda la literatura

judía y cristiana, la Escritura o Escrituras designan los escritos sagrados y normativos, los

escritos inspirados, en cuanto que fueron compuestos bajo la inspiración del Espíritu Santo 39.

Este versículo 16 de la 2 Pe implica implícitamente la doctrina eclesiástica de la canonicidad y

de la inspiración de as epístolas paulinas y de todo el Nuevo Testamento, pues no hay razón alguna

para juzgar de otro modo los escritos de los demás apóstoles.

Exhortación y doxología final, 3:17-18.

17 Vosotros, pues, amados, que de antemano sois avisados, estad alerta, no sea que,

dejándoos llevar del error de los libertinos, vengáis a decaer en vuestra firmeza. 18

5385

Creced más bien en la gracia y en el conocimiento de nuestro Señor y salvador Jesucristo.

A El la gloria así ahora como en el día de la eternidad.

El autor sagrado vuelve, en la advertencia final, sobre el pensamiento del v.14; y recomienda a

los fieles vigilar para no ser seducidos por los falsos doctores (v.17), y crecer en el conocimiento

y en la gracia de Dios.

Los lectores de la 2 Pe estaban siempre en peligro de ser seducidos por los falsos doctores

que interpretaban torcidamente las enseñanzas apostólicas. Por eso el autor sagrado les dice que

deben permanecer firmes en la fe profesada, guardando intactos los principios de su vida cristiana.

Han de esforzarse, además, por crecer en la gracia y en el conocimiento de nuestro Señor

Jesucristo (v.18). La vida cristiana no es algo estático, sino que debe crecer cada día en gracia y

en conocimiento de Dios. Al principio de la epístola, el autor deseaba esta gracia y conocimiento

a sus lectores40. Ahora termina con el mismo pensamiento en forma de inclusio semítica.

La carta se concluye con una doxología a Cristo que recuerda la de 1 Pe 4:11. En este último

versículo de la 2 Pe se afirma claramente la divinidad de Cristo.

1 1:10-12.25. — 2 1:3-18; 2:4; 3:18-22; 4:1-13; 5:1 — 3 1:7-11; 4.55.11:13; 5:4-10· Es, pues, probable que el autor sagrado se refiera

a la i Pe, que ya por entonces se había difundido con bastante rapidez entre los fieles y las iglesias. No descartamos tampoco la

hipótesis de que se pueda referir a una carta del apóstol, que se ha perdido. — 4 El predixi de la Vg. es erróneo. — 5 Act 20:23-

31; 2 Tim 3:1-9; 4:3; cf. Me 13:22; Mt 24:24. Estos textos se refieren a profecías generales acerca de la aparición de herejías y disensiones

antes de la segunda venida de Cristo. Pero nuestro autor bien pudiera referirse a tradiciones orales que no han llegado

hasta nosotros. — 6 Cf. Mc 13:19. — 7 J. Chaine, o.c. p.Sas. Cf. Tertuliano, De patientia 2; Eusebio, Hist. Eccl. 7:24:25. — 8 Cf.

J. Chaine, Cosmogonie aquatique et conflagration finale d'aprés la 2 Pe: RB (1937) 207-216; J. Plessis, Babylone et la Bible:

DBS I 716-736. Para comprender la idea de la 2 Pe hay que tener presente que la tierra había emergido de entre las aguas por la

acción del espíritu de Dios (Gen 1:2.9). Con el diluvio la tierra vuelve a ser cubierta por las aguas (Gen 7:11), con lo que retorna

en cierto modo al caos primitivo. De este segundo caos le saca la acción del viento (pneuma) enviado por Dios (Gen 8:1). Es en

este sentido en el que se puede hablar de una nueva creación. — 9 1:18 3 8 — 10 Is66,15s. — 11 Is 51:6; cf. Is 65:17; 66:22. —

12 1:4 — 13 En DBS IV 1379. — 14 7:8-10. — 15 1 Cor 3:13-15 — 16 2 Tes 1:73. La Vida de Adán y Eva 49 habla de dos juicios,

uno por el agua y el otro por el fuego. Cf. Oráculos sibil. 4:1735. — 17 Cf. strack-billerbeck, III p.775- — 18 Hermas, Vis.

4:3:3 (Funck, I 464); Apoc. Petr. aetiop. 5; San Justino, Apol. I 20:4. — 19 1 Tim 2:4; cf. £2 18:23. — 20 Gf. M. J. Lagrange, Le

Messianisme chez les Juifs (París 1909) 186-209; Strack-Bil-Lerbeck, III p.773s. — 21 Mt 24:42-44; Lc 12:38-40. — 22 1 Tes

5:2; Ap 3:31 16:15· — 23 Cf. Is 34:4; Jl 2,ios; 3:15; Mt 24:29; Ap 6,12ss. — 24 Cf. Mts.11; 11:3.16. — 25 Gf. R. schnackenburg,

DiesittlicheBotschaft des Neuen Test. (München 1954)p.127-34· — 26 Cf. U. Holzmeister, Num et quomodo docente S. Petro

(Act 3:195; 2 Pe 3:12) paru-siam decelerare possimus: VD 18 (1938) 299-307. — 27 Cf. v.9. — 28 Cf. Bonsirven, Le Judaísme

vol.1 p.379ss; A. Charue, o.c. p.soo; De Ambroggi, o.c. P.IQS. — 29 Rom 8:19-22; cf. 1 Cor 7:31. Ver A. Colunga, El cielo nuevo

y tierra nueva: Sal 3 (1956) 485-492; J. M. González Ruiz, Gravitación escatológica del Cosmos en el Ν. Τ. en XIV SemBibEsp

(Madrid 1954) 103-127; A. Viard, Expectatio creaturae (Rom 8:19-22) : RB 59 (1952) 337-354· 30 3:21. — 31 J. Chaine, o.c.

93. — 32 2:4-10; 9.22SS. — 33 1 Cor 1:7-8. — 34 1:22ss. — 35 Gf. 1:5-14; 4:30; 5:53. — 36 Cf. RB (1902) 573SS. El P. C.

Spicq., Les Epítres pastorales (París 1947) p.XCV, cree que aquí se cita explícitamente un pasaje de 1 Tim 1:16. — 37 2 Pe 2:19.

El autor sagrado no nos dice cuáles eran los puntos doctrinales difíciles de entender y que los falsos doctores interpretaban mal.

Tal vez se refiera a la doctrina paulina sobre la libertad de la Ley. — 38 Gf. 2 Tes 2:5. — 39 Cf. 1:21.

Primera Epístola de San Juan.

Introducción.

Autenticidad y canonicidad de la epístola.

a) Testimonio de la tradición. — Las tres epístolas de San Juan presentan, sin duda alguna,

grandes semejanzas con el cuarto evangelio. Las analogías son evidentes en lo referente a la

doctrina, al vocabulario y al estilo. Estos escritos nos muestran un mundo de ideas y un lenguaje

que sólo ha hablado y escrito San Juan Apóstol. Un lenguaje sencillo y sublime, al mismo tiempo

5386

que transmite un mensaje de verdad, de luz, de pureza y de amor. Toda la ideología teológica es

de San Juan l.

Por este motivo, la mayoría de los escritores admiten que el autor de los escritos joánicos

es el mismo San Juan Apóstol. Y para los que admiten que el cuarto evangelio es obra de San

Juan Apóstol no hay ninguna dificultad en reconocer que también San Juan Apóstol es el autor

de estas epístolas. Esto mismo se deduce del acuerdo frecuente entre los argumentos internos de

dichos escritos y los testimonios más antiguos de la tradición.

En efecto, entre las epístolas católicas, la primera epístola de San Juan es, con la i Pe, la

mejor atestiguada por la tradición. Era ya conocida y recibida en un círculo bastante amplio a

mediados del siglo II después de Cristo. Y algunos de los testimonios provienen de iglesias bastante

distantes de la iglesia a la cual San Juan dirigió inmediatamente su carta.

El testimonio más antiguo es el de San Policarpo (f 155), discípulo del mismo San Juan,

que en su Epístola a los Filipenses 2 alude claramente a 1 Jn 4:2-3, y también a 2 Jn 7. Eusebio 3

afirma que Papías había utilizado la 1 Jn. También es muy probable que la haya conocido San

Justino (f entre 163-167), como se ve por las citaciones o reminiscencias que se encuentran en

sus obras4. Al final del siglo u o comienzos del siglo πι tenemos el testimonio explícito del

Fragmento de Muratori (lín.26-31), que cita el comienzo de la 1 Jn 1:1-4. También se encuentra

en las antiguas versiones, como la Vetus Latina (s.11). Es atribuida a San Juan explícitamente

por San Ireneo (f 203)5. Clemente Alejandrino (f 211) comentó la 1 Jn en las Hypothyposeis y

atribuye muchas veces la epístola al apóstol Juan en sus Stromata6. Dionisio de Alejandría se

funda en la 1 Jn para hacer observaciones críticas acerca del Apocalipsis 7.

También es atribuida a San Juan por Tertuliano (f 245) 8 y por Orígenes (f 254) 9. Por

eso, dice Eusebio que, además del cuarto evangelio, la 1 Jn es recibida por todos como auténtica

10. De igual modo, San Jerónimo afirma que era considerada como canónica por todos los hombres

competentes de la Iglesia 11. Y lo mismo enseña, todavía con mayor energía, San Agustín 12.

Se encuentra asimismo en todos los cánones de las diversas iglesias, tanto orientales como

occidentales: así lo demuestran el canon de Mommsen; el canon que nos han transmitido

Orígenes y San Atanasio; el canon de Eusebio; el de los concilios de África de fines del siglo IV

(Hiponense, Cartaginense III y IV) y la Epístola a Exuperio, del papa Inocencio I.

b) Semejanzas con el cuarto evangelio. — Las pruebas de crítica interna que confirman la

atribución de 1 Jn al mismo autor del cuarto evangelio, son igualmente abundantes y convincentes.

Las semejanzas entre ambos escritos, en lo referente al estilo, a la estructura de las frases, a

la repetición de locuciones joánicas, al vocabulario, a la teología, son muy estrechas y acentuadas.

“El parentesco es tan estrecho — dice Vogels — cuanto es posible: ambos escritos son todavía

más hermanos que no lo son, entre ellos, Le y Act, 1 y 2 Tes, Gal y Rom, Ef y Col. La semejanza

es tal, que debe provenir no sólo del mismo ambiente, sino de la misma pluma.” 13

La fraseología de la 1 Jn es muy parecida a la del cuarto evangelio. Existen frases semejantes

en ambos que no se encuentran en otros escritos del Nuevo Testamento: hacer la verdad;

dar testimonio de; permanecer en Dios, en el Hijo, en el Padre (en sentido místico); haber nacido

de Dios, de la verdad, del mundo, del diablo; guardar los mandamientos, la palabra. Se encuentran

frases enteras semejantes en 1 Jn y en Jn 14.

El estilo también es, en uno y otro escrito, de carácter semítico muy acentuado: proposiciones

que comienzan por todo o por KCCÍ, como en hebreo; tendencia al paralelismo, a la antítesis

y a la “inclusio.” El estilo también parece demostrar que el autor de la 1 Jn y el del cuarto

evangelio es el mismo. W. F. Howard 15 ha mostrado, en contra de C. H. Dodd 16, que las concordancias

de estilo y vocabulario son tan frecuentes y unánimes, que no se puede dudar de la

5387

unidad de autor. Las diferencias existentes son de poca importancia, y menos frecuentes que entre

las mismas cartas de San Pablo.

Las ideas doctrinales principales manifiestan también un estrecho parentesco. En ambos

escritos, Cristo es llamado Logos, fyíonogenes, Salvador 17. Se insiste especialmente sobre su

venida en la carne y se afirma que logró borrar el pecado mediante su encarnación 18. La conversión

al cristianismo es considerada como un nuevo nacimiento, como un paso de la muerte a la

vida. Se encuentran las mismas antítesis: luz y tinieblas, verdad y mentira, vida y muerte, amor y

odio, Dios y el mundo, los hijos de Dios y los hijos del diablo, los discípulos y el mundo. Se da

mucha importancia a la caridad o amor fraterno, llamado mandamiento nuevo. La 1 Jn y el cuarto

evangelio dan gran relieve al oficio de iluminador atribuido al Espíritu Santo 19. Por todo lo

cual podemos concluir que en los puntos esenciales — en el terreno doctrinal — coinciden plenamente

la 1 Jn y el cuarto evangelio.

c) Diferencias de la 1 Jn con el cuarto evangelio. — Por otra parte, entre ambos escritos

existen diferencias importantes, que han hecho dudar a algunos autores sobre su unidad (J. Reville,

J. Wellhausen), y a otros les han llevado a negarla (C. H. Dodd). Algunas expresiones características

del cuarto evangelio no se encuentran en la 1 Jn: nacer de arriba, ser de abajo, juzgar y

juicio, Espíritu Santo, Escritura y Ley (en el sentido de Sagrada Escritura), salvar y salvación,

gloria y glorificación, perder y pérdida, buscar, enviar. Por el contrario, ciertos términos propios

de la 1 Jn no son empleados por el cuarto evangelio: negar el Padre, negar el Hijo, tener el Padre,

tener el Hijo, comunión, parusía, propiciación, germen de Dios, anticristo, victoria, mensaje,

unción. Además, el estilo de la 1 Jn es bastante menos semítico que el del evangelio.

Por otra parte, el nombre de Paráclito, dado en el cuarto evangelio al Espíritu Santo, es

atribuido en la 1 Jn a Cristo 20. En la epístola se espera la llegada de la parusía, y esta perspectiva

dirige la vida moral 21. En cambio, en el cuarto evangelio apenas se encuentra semejante idea. La

imagen de expiación por la sangre de Cristo 22 no se encuentra bajo esta forma en el evangelio 23.

d) Conclusión. — No obstante estas diferencias, creemos que la tesis tradicional se impone

fuertemente. La razón es que tiene en su favor el testimonio unánime de la tradición antigua,

el peso de las afinidades verbales y, sobre todo, las semejanzas doctrinales. Las enseñanzas teológicas

son, en ambos escritos, fundamentalmente las mismas, y las diferencias son más bien secundarias

y de poca importancia. Por lo cual sostenemos que el apóstol San Juan es el autor de

ambos escritos: 1 Jn y cuarto evangelio.

Las particularidades propias de la 1 Jn se pueden explicar por las diversas circunstancias

que motivaron la composición de la carta, especialmente la necesidad de luchar contra los errores

doctrinales, que comenzaban a pulular entonces.

Destinatarios de la 1 Jn.

La epístola no tiene encabezamiento. Por eso no sabemos con certeza a quiénes fue dirigida.

Sin embargo, de la misma 1 Jn se desprende que los lectores debían de tener relaciones

muy estrechas con el autor. Llama a sus lectores hijitos míos (nueve veces), carísimos (seis veces);

conoce la firmeza de su fe 24, sus disposiciones íntimas 25, las luchas que han de sostener 26.

La falta de toda indicación concreta de personas y de lugares, que se advierte en la 2.a y 3.a epístolas

de San Juan, sugiere que la 1 Jn va dirigida a las iglesias de alguna región y no a una comunidad

particular. Por otra parte, sabemos que los lectores eran convertidos del paganismo 27 desde

hacía tiempo 28 y que estaban expuestos a recaer de nuevo en la mentalidad pagana. Algunos

ya habían apostatado abiertamente, convirtiéndose en anticristos 29. Estas defecciones dejaban

vestigios dolorosos en la comunidad. Ante esto, San Juan se decidió a intervenir, componiendo

5388

una epístola de carácter pastoral para preservar a los fieles de los peligros.

La tradición antigua afirma que San Juan Apóstol pasó los últimos años de su vida en

Efeso, en donde escribió el evangelio 30 y desde donde habría desarrollado una intensa labor

apostólica 31 en favor de las comunidades cristianas de la provincia proconsular de Asia. A estas

mismas iglesias habría dirigido San Juan su primera epístola, así como su evangelio. El elogio

que hace la 1 Jn de la fe de los destinatarios corresponde bien a la situación de las iglesias a las

cuales van dirigidas las cartas del Apocalipsis 32. Algunas merecían, sin duda, el ser amonestadas

por haber decaído en su fervor primitivo; pero el conjunto era fiel a la ortodoxia.

San Agustín 33 y otros autores latinos antiguos intitulan la 1 Jn de una forma un tanto extraña:

Epístola loannis ad Parthos. Como no sabemos que San Juan haya tenido relación con los

partos, los autores tratan de explicar este extraño título de diversas maneras. Para unos existiría

la confusión con ττρόβ ττάντας = ad omnes, que presupondría en la 1 Jn una carta encíclica. Para

otros, el origen de la confusión habría que buscarlo en el hecho de que Clemente Alejandrino, en

su obra Adumbrationes, presenta la 2 Jn como escrita προς παρβένουβ — ad virgines. Algún copista

habría abreviado la expresión, y, en lugar de τυρός τταρ3ένουβ, habría escrito προς πάριους

= ad Parthos. El título así modificado habría pasado de la 2 Jn a la 1 Jn.

Ocasión y finalidad de la 1 Jn.

Es frecuente entre los autores ver en la 1 Jn una carta que habría escrito San Juan para

acompañar la publicación del cuarto evangelio y servirle como de prefacio. A esto parece aludir

el Canon de Muratonii (1Jn.27ss) y Clemente Alejandrino 35. Sin embargo, la mayoría de los autores

prefieren ver en la 1 Jn un suplemento del cuarto evangelio. Todos, desde luego, reconocen

que la 1 Jn está estrechamente vinculada al cuarto evangelio tanto por la época de composición

como por su finalidad.

Por la misma epístola se ve que en las Iglesias a las cuales va dirigida habían surgido falsos

doctores, falsos profetas, anticristos 36, entregados a toda suerte de desórdenes morales, a

errores doctrinales. Afirmaban amar a Dios 37, y odiaban a sus hermanos 38; pero más bien amaban

al mundo, porque eran del mundo 39. Pretendían conocer a Dios con un conocimiento especial

y permanecer en El sin observar sus preceptos 40. Y llegaba su locura hasta considerarse sin

pecado41. Negaban la encarnación de Cristo42 y afirmaban que Jesucristo no era el Mesías ni el

Hijo de Dios 43. Rechazaban, por consiguiente, la verdadera redención por la sangre de Cristo

derramada realmente en la cruz 44. Con estas doctrinas trataban de seducir a los fieles. Por eso,

San Juan, con el fin de oponerse a estas tendencias corruptoras del verdadero cristianismo, confiesa

claramente que Jesús era Hijo de Dios y que había derramado su sangre, que es la que nos

purifica de todo pecado y lo constituye en propiciación nuestra y de todo el mundo45.

¿Quiénes fueron estos falsos profetas y doctores? Algunos escritores antiguos, como San

Ir éneo 46, creen que San Juan alude en esta carta a los errores de Cerinto. Este enseñaba que Jesús

no era el Hijo de Dios, pues el Verbo habría habitado en él sólo transitoriamente. Jesús había

nacido — según él — de María y José, conforme al orden natural, y en el bautismo el Verbo

había descendido sobre él, permaneciendo con él hasta la pasión, y después le abandonó. Por otra

parte sabemos que San Juan se encontró con Cerinto en Efeso 47. Por eso, tal vez San Juan Apóstol

se proponga en esta epístola confutar dichos errores y confirmar a los cristianos en la fe.

Otros autores, como Bonsirven y Schnackenburg48, piensan que San Juan combate en su primera

epístola las diversas formas de gnosticismo, que ya habían comenzado a difundirse a fines del

siglo i y que se desarrollarán plenamente en el siglo II.

La finalidad de la 1 Jn es, por lo tanto, la misma que la del cuarto evangelio 49: probar

5389

que Cristo es Dios y que en Cristo encontramos la vida eterna y quedamos unidos por medio de

El a Dios 50.

Tiempo y lugar de composición.

“El tono de la epístola — dice Charue — es el de un anciano que se dirige a generaciones

más jóvenes, de un meditativo que ha penetrado profundamente y vivido largamente la revelación

del Maestro y la enseñanza de la Iglesia primitiva. Todo, en la doctrina y en su expresión,

manifiesta que estamos en la época del cuarto evangelio, sin duda un poco después de la publicación

de éste.”51 La razón es que los temas teológicos que se encuentran en la 1 Jn están más desarrollados

que los del evangelio e incluso parece que el autor de la epístola supone conocido el

evangelio por sus lectores. La 1 Jn ha de ser considerada como uno de los escritos más tardíos

del Nuevo Testamento. Es una obra de larga maduración y meditación, en donde están reunidos

los datos esenciales del dogma, de la moral y de la mística cristiana 52.

La composición de la 1 Jn habría que colocarla en una época posterior a la redacción del

Apocalipsis, porque la situación creada por la herejía parece haber mejorado en la epístola con

relación al Apocalipsis 53. La fecha de composición, por consiguiente, se podría fijar entre la redacción

del Apocalipsis (entre 90-96) y la muerte de San Juan (hacia el 100).

Como lugar de composición suele señalarse Efeso, la ciudad en donde vivió y murió el

apóstol. Sin embargo, no existen argumentos positivos.

Doctrina de la 1 Jn.

La 1 Jn puede considerarse como un resumen de la teología de San Juan. Merece ser tenida

como el prototipo de la teología espiritual cristiana. La riqueza doctrinal de esta epístola es

notable. El apóstol expone en forma práctica las verdades más importantes del Evangelio, que le

sirven de base para su instrucción moral.

Para San Juan, Dios es luz 54. Los cristianos han de caminar en esta luz si quieren tener

comunión con El55. Dios es santidad56. Para ser hijos de Dios hay que evitar el pecado y ser santos

57. Dios es amor 58. Y para participar del amor de Dios es necesario amar a los demás cristianos

59.

Jesucristo es el punto central de su doctrina: El es el Verbo que se manifestó al mundo 60;

El es el Hijo de Dios, el Unigénito, el Verbo de vida61. El que niegue esto tendrá el espíritu del

anticristo 62. El Padre envió a su Hijo al mundo para manifestar su amor por la humanidad 63. Jesucristo

se entregó a la muerte para redimirnos 64, nos purificó del pecado por medio de su sangre

65, y se convirtió en nuestra propiciación 66, mereciéndonos la unión con Dios y el poder ser hijos

de Dios 67. En Cristo está la vida eterna, y si nos unimos a El por medio de la gracia, conseguiremos

la vida eterna 68.

En la 1 Jn se insiste particularmente sobre la divinidad de Cristo. Este aparece más trascendente

que en el cuarto evangelio. Se le atribuyen todas la prerrogativas del Padre, porque con

El tiene una misma naturaleza y actividad.

La 1 Jn también nos habla de la vida nueva del cristiano. Los cristianos han nacido de

Dios, y son hijos de El 69. En la vida presente gozan de una íntima unión con Dios, de modo que

Dios mora en ellos70, y después de esta vida verán a Dios tal como es71. Los cristianos han de

practicar la caridad fraterna 72, porque sin ella no serán hijos de Dios, sino que caminarán en tinieblas

73. El que no ama a sus hermanos no puede amar a Dios 74.

5390

Lengua y estilo de la 1 Jn.

La 1 Jn es considerada como epístola por la Vulgata y por la mayoría de los autores antiguos.

Sin embargo, hablando en sentido estricto, no es una carta, pues le faltan elementos formales

externos propios del género epistolar: el encabezamiento, los saludos iniciales y la despedida.

Por otra parte, como la carta contiene trozos pare-néticos75, sería mejor considerarla como una

especie de carta homilética dirigida a las iglesias del Asia Menor conocidas de San Juan.

El estilo y la lengua de la 1 Jn son muy parecidos a los del cuarto evangelio. El autor sagrado

expresa las grandes verdades de la vida divina, sobrenatural, con un vocabulario reducido

y una frase muy sencilla. Aunque escribe el griego Koiné con suficiente corrección, se advierte

inmediatamente que es un semita hablando arameo el que escribe. Esto explica la tendencia al

paralelismo y a las antítesis: luz y tinieblas, amor y odio, Dios y el diablo 76. También emplea la

¿ndusio, a la manera semítica 77. La mayoría de las proposiciones son unidas por και, como se

hace en hebreo por medio del wau; en cambio, escasean las partículas δε y yáp. Las preposiciones

varían poco. Emplea sobre todo dos: εν y εκ. Usa con bastante frecuencia la expresión πάς ó

con el participio, y el artículo seguido del participio (47 veces) 78.

San Juan es un místico contemplativo que imprime significación profunda a las palabras

más sencillas. Con una impresionante simplicidad sabe producir efectos admirables y comunicar

majestad y grandeza a sus escritos. El paralelismo, la uniformidad de las frases, la repetición de

las palabras, la predilección por el estilo directo, la yuxtaposición de sentencias sencillas y precisas,

el énfasis que da a ciertas palabras e ideas, todo impresiona vivamente el espíritu y la imaginación

del lector79. Tiene las ideas fundamentales siempre presentes al pensamiento. A veces las

deja para volver después sobre ellas. Es un estilo que progresa en forma que podríamos llamar

circular: un estilo de ondas concéntricas, en que las ideas se suceden progresivamente. “Juan —

como dice el P. Alio — completa lentamente su idea. Primero la da en conjunto; después la analiza,

variando un poco o repitiendo sus expresiones. Se diría que el evangelista no ha agotado

jamás sus conceptos, tan vastos son, mientras que son tan restringidos sus medios de expresión.”

80 Por eso, generalmente no hay ilación lógica de pensamiento en la 1 Jn; sin embargo, se puede

percibir un desarrollo coherente. La solemnidad y la unción con que está escrita esta epístola

hacen que sean impresionantes las amonestaciones del apóstol81.

Integridad de la 1 Jn.

El texto griego ofrece pocos problemas textuales. Sin embargo, la Vulgata nos presenta

un pasaje que plantea un grave problema de crítica textual. El texto suena así: “Quoniam tres

sunt qui testimonium dant in cáelo: Pater, Verbum et Spiritu Sanctus, et hi tres unum sunt. Et

tres sunt qui testimonium dant in térra: Spiritus et aqua et sanguis, et hi tres unum sunt.” 82 Las

palabras subrayadas han recibido el nombre de Comma loanneum. Este texto no se encuentra en

ningún manuscrito griego, excepto en cuatro tardíos. Falta también en todas las versiones orientales

antiguas. Y aunque se encuentra en la mayor parte de los manuscritos latinos, sin embargo,

falta también en los mejores y más antiguos Mss de la Vetus Latina y de la Vulgata. Los códices

más antiguos de la Vulgata (AmiatinuSy Fuldensis, Armachanus, Sangermanensis, Vallicellanus)

no tienen el Comma. Lo tienen, en cambio, los códices posteriores al siglo IX (Cavensis, Lemovicensis,

Complutensis, Toletanus). Por lo dicho se puede suponer con fundamento que el Comma

no se leía en la Vulgata primitiva.

Antes de Prisciliano, obispo de Avila (f 380), ningún Padre de la Iglesia, sea griego o latino,

aduce este texto; lo cual resultaría inexplicable si se hallase en la 1 Jn, ya que lo habrían

5391

utilizado, a no dudarlo, en las controversias trinitarias.

La primera atestación segura del Comma se encuentra en un escrito priscilianista español

llamado el Líber Apologeticus, atribuido a Prisciliano por muchos autores 83; otros, siguiendo a

dom G. Morin 84, lo atribuyen a Instancio, discípulo de Prisciliano. En el texto priscilianista los

testimonios terrestres están delante de los celestes: “Sicut lohannes ait: tria sunt quae testimonium

dicunt in térra aqua, caro et sanguis, et haec tria in unum sunt, et tria sunt quae testimonium

dicunt in cáelo Pater, Verbum et Spiritus, et haec tria unum sunt in Christo lesu.”85 Después de

Prisciliano los tres testimonios celestes son citados frecuentemente en los documentos españoles

y africanos.

Los estudios modernos sobre la autenticidad del Comma llevan a las conclusiones siguientes:

a) El Comma no es auténtico, sino una interpolación en el texto latino de la Vulgata. En

la Iglesia primitiva era desconocido tanto en Oriente como en Occidente.

b) En Oriente nunca fue aceptado; en cambio, en Occidente, sí. Pero hay que distinguir

dos épocas: en la primera época es desconocido por todos los testimonios (Vetus Latina, Tertuliano,

San Cipriano, San Hilario, San Ambrosio, San Jerónimo, San Agustín, Lucífero Cal.), excepto

en España, en donde comienza a aparecer.

c) En España revistió dos formas: una ortodoxa, a través de la Vetus Latina, y otra con

elementos heréticos, bajo la influencia de Prisciliano. La forma priscilianista tal vez dependa de

la exégesis alegórica de San Cipriano, sobre los tres testigos terrestres nombrados por San Juan.

a) Al principio debió de ser probablemente una nota marginal existente en los manuscritos

latinos de la 1 Jn. Hacia mediados del siglo IV pasó del margen al texto en algún códice de la

Vetus Latina copiado en España. En el siglo ν entró en la Vulgata, como nota marginal, en la recensión

de San Peregrino. En el siglo VII San Isidoro de Sevilla lo trasladó del margen al texto.

A partir del siglo XII fue introducido en las demás recensiones de la Vulgata debido a la influencia

y difusión del texto hispánico de la Vulgata, a la autoridad de un prólogo a las epístolas católicas

atribuido falsamente a San Jerónimo y a la naturaleza teológica del texto, de tanta utilidad

para las demostraciones escolásticas 86.

Sobre la autenticidad del Comma se comenzó a disputar ya en el siglo xvi. Erasmo de

Rotterdam lo suprime en las primeras ediciones de su Nuevo Testamento griego (1516-1519).

Pero la controversia se agudizó sobremanera en el siglo xix cuando todas las ediciones críticas

del Nuevo Testamento lo excluían basándose en razones críticas. Muchos católicos, sin embargo,

lo defendían, apoyándose en razones teológicas, principalmente en el decreto del concilio de

Trento, según el cual han de ser recibidos todos los libros íntegros, con todas sus partes, tal como

se leen en el texto de la Vulgata 87.

La Iglesia católica, ante las dudas de algunos católicos, respondió con un decreto del Santo

Oficio (13 de enero de 1897), en el que declaraba que no se podía negar tuto sin peligro, ni

siquiera poner en duda la autenticidad del texto de la 1 Jn 5:7. Sin embargo, seis meses después,

el cardenal Vaughan, deseoso de pacificar ciertos ambientes ingleses excitados por la decisión

del Santo Oficio, obtuvo de personas autorizadas la seguridad de que la Sagrada Congregación

no había intentado cerrar el debate 88. Y, en efecto, varios autores católicos prosiguieron el estudio

crítico del Comma. El arzobispo de Friburgo, en Brisgovia, concedió el Imprimatur para la

publicación de una memoria de K. Künstle 89 en la que negaba el origen joánico del Comma y lo

atribuía a Prisciliano. Las discusiones continuaron. Y, finalmente, el 2 de junio de 1927 el Santo

Oficio publicaba una interpretación oficial del decreto de 1897, en la que precisaba: “Este decreto

fue dado para frenar la audacia de los doctores privados que se arrogaban el derecho de recha5392

zar enteramente la autenticidad del Comma joánico, o, al menos, la ponían en duda con un juicio

definitivo. No quiso de ninguna manera impedir que los escritores católicos examinaran el asunto

más profundamente y se inclinaran, después de haber ponderado bien en todas sus partes los argumentos

con la moderación y prudencia que requiere la gravedad de la cuestión, hacia la sentencia

contraria a la autenticidad, con tal de que se mostrasen dispuestos a someterse al juicio de

la Iglesia, a la cual fue confiado por Jesucristo el encargo no sólo de interpretar las Sagradas Escrituras,

sino también el de custodiarlas con fidelidad.” 90 Con esta declaración la controversia

quedó resuelta. Y hoy día los exegetas se pronuncian unánimemente en contra de la autenticidad

joánica del Comma. El decreto del concilio de Trento, que define “sagrados y canónicos los libros

íntegros con todas sus partes en la medida en que fueron usados por la Iglesia en el decurso

de los siglos y pertenecen a la Vulgata Latina” 91, no se opone a la manera de pensar de los escrituristas.

En efecto, la Iglesia griega y las Iglesias orientales nunca admitieron el Comma. Y éste

no se encontraba en la verdadera Vulgata de San Jerónimo.

Plan de la 1 Jn.

Muchas han sido las divisiones propuestas por los autores, sin que ninguna sea satisfactoria.

La epístola no sigue un plan lógico, sino más bien analítico. El P. F. M. Braun 92 la divide de

este modo: una corta introducción (1:1-4); cuatro grandes temas, que son presentados en dos partes

(1:5-2:28 y 2:29-4:6), correspondiéndose paralelamente. Una tercera parte (4:7-5:12), sobre la

fuente de la caridad y de la fe, completa las dos anteriores. Sigue la conclusión (5:13) y dos

complementos (5:14-17 y 5:18-21).

1) Introducción: Testimonio sobre el Verbo, principio y fuente de vida (1:1-4).

2) Primera parte: El cristiano ha de caminar en la luz (1:5-2:28). Principio: Caminar en

la luz (1:5-7).

a) Romper con el pecado (1:8-2:2).

b) Observar los mandamientos (2:3-11).

c) Guardarse del mundo (2:12-17).

d) Desconfiar de los anticristos (2:18-28).

3) Segunda parte: El cristiano ha de vivir como hijo de Dios (2:29-4:6). Principio: Vivir

como hijos de Dios (2:29-3:2).

a) Romper con el pecado (3:3-10).

b) Observar los mandamientos (3:11 -24).

c) Guardarse del mundo (3:13; 4:5-6).

d) Desconfiar de los falsos profetas (4:1-4).

4) Tercera parte: La fuente del amor y de la fe (4:7-5:12).

a) Hay que amar, pues Dios es amor (4:7-5:4).

b) Hay que creer, pues no hay nada más grande que el testimonio de Dios (5:5-

12).

5) Conclusión: Objeto del escrito (5:13).

6) Apéndices:

a) La oración por los pecadores (5:14-17).

b) Resumen de la epístola (5:18-21).

1 Cf. R. M. Díaz, Les epistoles catoliques, en La Biblia de Montserrat vol.22 p.164. — 2 7,i :PG 5:1012. — 3 Hist. Eccl. 3:39:17: PG

20:300. — 4 Gf. Apología I 32:8 = 1 Jn 2:11; 3:9; Apología II 6:5 = 1 Jn 3:8; Dial, con Trifón 123, I Jn 3:1.22; 2:3; 5:3- — 5 Adv.

haer. 3:16:5:8: PG 7:925.927. — 6 Stromata 2:15:66; 3:4:32; 5:44; 6:45. — 7 Eusebio, Hist. Eccl. 7:25:7-8. — 8 Adv. Prax. 15;

Scorp. 12; Adv. Marc. 5:16. — 9 In lob 5:3, citado por Eusebio, Hist. Ecd. 6:25:10: PG 20:584; In lesu Nave 7:1. 10 Hist. Ecd.

3:24:17: PG 20:268. — 11 San Jerónimo dice textualmente: “ab universis ecclesiasticis et eruditis viris probari” (De viris illustr.

5393

9: PL 23:655). — 12 In 1 4:8; De doctrina christ. 2:8. — 13 Einleitung in das N.T. p.232. — 14 Compárense, por ejemplo, 1 Jn

1:6 con Jn 12:35; 1 Jn 1:8 con Jn 8:44; 1 Jn 2:15 con Jn 5:42; 1 Jn 4:16 con Jn 6:69; 1 Jn 5:9 con Jn 5:34. Cf. Chaine, o.c. p,

10453. — 15 W. F. Howard, The Common Authorship ofthe John Cospel and Epistles: JTS 48 (1947) 12-25. — 16 C. H. Dodd,

The First Epistle and the Fourth Cospel: BJRL 21 (1937) 129-56. — 17 1 Jn 1:1 = Jn 1:1; 1 Jn 5:20 = Jn 1:1; 20:29; 1 Jn 4:9 ==

Jn 1:18. — 18 Cf. 1 Jn3:5 y Jn 1:29. — 19 Cf. A. Feuillet, Les Épitres Johanniques, en Introduction a la Bible, de A. Robert-A., II

(Tournai 1959) p.695s; A. Charue, Vie, lumiére et glorie chez S. Jean, en Goliat. Namurcenses (1935) 65-77.229-241. — 20 1 Jn

2:1. — 21 1 Jn 2:18-28; 3:2ss. — 22 1 Jn 2:2; 4:10. — 23 Cf. A. Feuillet, o.c. II 9.6965. — 24 1 Jn 2:20; 3:15” — 25 1 Jn 2,12SS.

— 26 1 Jn 2:26; 4:1. — 27 1 Jn 5:21. — 28 1 Jn 2:7.24; 3:11. — 29 1 Jn 2:19. — 30 San Ireneo, Adv. haer. 3:1:1. — 31 Cf. F. M.

Braun, en La Sainte Bible de Pirot-Clamer, vol.io p.sois. — 32 Ap 1:4-3:22. — 33 San Agustín, Quaest. evang. II 39: PL 35:1353.

Lo mismo dicen San Beda Ven. (PL 93:9-10), los comentaristas Posidio, Idacio Claro, Casiodoro (PL 70:1369-1370) y el tratado

Contra Varimadwn, de Virgilio de Thapse (PL 62:359). — 34 Cf. J. Chaine, o.c. p. 123-124. — 35 En Eusebio, Hist. Eccl 7:25. —

37 I Jn2,18;4:1. 1 Jn4:20. — 38 1 Jn 2:9-ii. — 40 Í Jn2:456.4'5' — 42 1 Jn 4:2s. — 43 1 Jn 2:22; 4:3.145. — 44 1 Jn5:6. — 45 1

Jn 1:7; 2:2; 4:10. — 46 Adv. haer. 1:26: PG 7:686. — 47 Cf. San Ireneo, Adv. haer. 3:3. — 48 R. SChnackenburg, Herders Theologischer

Komrnentar zum N.T. (Friburgo in Br. *953J p.20; J. Bonsirven, L'Épitre premiére de S. Jean: Verbum Salutis2 (París

1954). — 49 Cf. 1 Jn 1:3-4; 5:13 y Jn 20:31. — 50 Cf. M. Sales, Le Lettere degli Apostoli vol.2 (Turín 1914) p.5?i. — 51 A. Charue,

o.c. p-5p8. — 52 F. M. Braun, Les Épitres de Saint Jean, en La Sainte Bible de Jénisalem?· (París 1960) — P.209. 57!

Jn3:2S. — 53 A. Charue, o.c. p.soS. — 54 1 Jn 1:5. — 55 1 Jn i,6. — 56 1 Jn 2:29. — 57 1 Jn5:11. — 58 1 Jn 4:8. — 59 1 Jn4:7.

— 60 1 Jn 1:1.2. — 61 1 Jn 2:22; 4:9. — 62 Un 4:3. — 63 1 Jn4:9- — 64 1 Jn3,16. — 65 1 Jn 1:7. — 66 1 Jn 2:2. — 67 1 Jn 3:1-2.

— 68 4:7-12; 4:19-5:3· — 69 1 Jn 2:29; 3:1; 4:7; 5:1. — 70 1 Jn 2:5s. — 71 1 Jn 3:2. — 72 1 Jn3:23- — 73 1 Jn 2:9ss; 3:10.173.

— 74 1 Jn 4:20. — 75 Cf. 1 Jn 2:15-17; 3:11-24; — 76 Emplea el paralelismo en 1:5-10; 2:10-11; 4:7-8; la antítesis en 3:7-10;

4:4-6; 5:18-19· — 77 1 Jn 2:18; 3:9; 5:10. — 78 Se puede ver un estudio muy detallado del léxico y del estilo de la 1 Jn en J.

Chaine, • Ρ-104-113, en donde lo compara con el léxico y el estilo del cuarto evangelio. — 79 Cf. R. M. DÍAZ, o.c. p.iÓ7. — 80 E.

B. Allo, Apocalypse* (París 1933) p.CCXVIII. — 81 Cf. H. Willmering, Epístolas de S. Juan, en Verbum Dei vol-4 (Barcelona

1959) P-440. — 82 1 Jn 5:7b-8a. — 83 El Líber Apologeticus ha sido publicado por Sheps en el Corpus Scriptorum Ecclesiasticorum

Latinorum (CSEL) 18. — 84 Études, Textes, Documents I (París 1946) 440-444. — 85 Tractus 1:4: CSEL 18:6. — 86 A

estas conclusiones llega Teófilo Ayuso Marazuela en su trabajo Nuevo estudio sobre el “Comma /ohanneum,” acompañado de la

edición crítica del cap. 5 de la primera epístola de S.Juan: Bi 28 (1947) 83-112.216-235; 29 (1948) 52-76; cf. De Ambroggi, o.c.

p.212; M. Del Álamo, Los tres testificantes de la i Ep. de Juan: CultBi 4 (1947) 11-14; DBS 2:67-73; W. Thie-Le, Beobachtungen

zum Comma lohanneum (i Jn 5:7β)'- ZNT W 50 (1959) 61-73. — 87 Cf. EB 58-60. — 88 Cf. RB(1898)p.149. — 89 Das Comma

lohanneum auf seine Herkunf untersucht (Friburgo in Br. 1905). Véanse otros trabajos citados por E. Tobac en su estudio Le

Comma lohannis: Collectanea Mechli-niensia (1930)p.5ss. — 90 EB 136. — 91 EB 60; 0784 — 92 F. M. Braun, Les Épitres de

Saint /βαη, en La Sainte Bible de Jérusalem2 (París 1960) p.aios.

Capitulo 1.

Introducción.

Comienza la 1 Jn con un prólogo en el que se expone el objeto de la epístola. El autor sagrado

quiere hablar a los cristianos del misterio de Jesucristo, que se hizo hombre y vino al mundo para

dar a los hombres la vida eterna. San Juan mismo fue testigo de la manifestación del Verbo en el

tiempo, y ahora quiere dar testimonio de ese acontecimiento extraordinario para que los fieles

puedan participar más plenamente de la comunión con Cristo.

Testimonio sobre el Verbo, principio y fuente de vida, 1:1-4.

1 Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros

ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos tocando al Verbo de vida, —

2 porque la vida se ha manifestado y nosotros hemos visto y testificamos y os anunciamos

la vida eterna, que estaba en el Padre y se nos manifestó —, 3 lo que hemos

visto y oído os lo anunciamos a vosotros, a fin de que viváis también en comunión

con nosotros. Y esta comunión nuestra es con el Padre y con su Hijo Jesucristo. 4 Os

escribimos esto para que sea completo vuestro gozo.

El prólogo de esta epístola es solemne y majestuoso como el del cuarto evangelio y tiene estrecho

contacto con él. El pensamiento central de ambos prólogos — la encarnación del Verbo —

es el mismo. También presentan semejanzas en cuanto al fondo y a la forma. Ambos prólogos

5394

designan a Cristo con el nombre de Verbo = Logos; ambos comienzan con la expresión al principio;

en los dos se da mucha importancia a la vida.

El autor sagrado, contrariamente a la costumbre de los antiguos y de los escritores del

Nuevo Testamento, comienza su carta prescindiendo del saludo. También omite su nombre y título,

como sucede en el cuarto evangelio, pero afirma su carácter de testigo de la manifestación

del Verbo. El comienzo ex abrupto da a esta epístola la traza de una homilía.

La introducción de la 1 Jn constituye un evidente paralelo del prólogo del cuarto evangelio.

Presenta de modo más sucinto la misma teología. El autor sagrado quiere hablar de Jesucristo

como Verbo de Dios, el cual se encarnó por amor a los hombres. Vino al mundo con el fin de

procurar la vida eterna a la humanidad. El apóstol va a revelar ahora a sus lectores este gran misterio.

Lo que era desde el principio (v.1). El pronombre neutro lo que (quod = Vulgata) designa

la persona del Verbo, y será precisado poco después con las palabras el Verbo de vida. San Juan

ha querido designar al Hijo de Dios por medio de un giro impersonal y abstracto, porque la persona

del Verbo desborda los estrechos moldes de las categorías humanas. Para el discípulo amado

la existencia sin principio ¿el Verbo era (ην) siempre actual.

Evidentemente, San Juan alude a las primeras palabras del cuarto evangelio 2: “Al principio

era el Verbo.” El autor sagrado comienza afirmando la eternidad del Verbo, para pasar en

seguida a afirmar la divinidad de Jesucristo. El Verbo invisible de Dios se hizo visible un día tomando

carne humana. Los apóstoles pudieron verlo, oírlo, palparlo y tratarlo con íntima familiaridad.

La elección y gradación de estos verbos debe ser consciente y está llena de sentido. La encarnación

y aparición del Verbo en figura humana es una extraordinaria revelación que Dios ha

hecho a los hombres. Los apóstoles le siguieron y oyeron sus palabras de vida, creyendo firmemente

en su divinidad.

San Juan expresa la gran familiaridad que acompañaba al trato cotidiano que tenían los

discípulos con el Maestro, afirmando: nuestras manos palparon al Verbo de vida, es decir, al

Logos 3, a la segunda persona de la Santísima Trinidad, en la cual estaba la vida4, que es comunicada

a los hombres. Posiblemente San Juan se refiere a situaciones determinadas en que merecieron

ver y tocar de una manera muy especial a Jesucristo 5.

Teniendo en cuenta el paralelo del prólogo del cuarto evangelio, la expresión Verbo de

vida no se ha de interpretar de la palabra viviente, es decir, del Evangelio, sino del Verbo, persona

divina. Se trata del Logos preexistente y eterno, que se encarnó por amor a los hombres.

A continuación el autor sagrado introduce un paréntesis (v.2) para explicar cómo ha podido

ver, oír y tocar al Verbo de vida. La Vida se ha manifestado en forma sensible en el Verbo

encarnado y resucitado, con el cual habían convivido los apóstoles. Las palabras de la 1 Jn son

como un comentario del prólogo del cuarto evangelio, en donde se dice que “en el Verbo estaba

la vida, y la vida era la luz de los hombres.”6 Esta vida es la vida misma de Dios, de la divinidad

poseída por el Verbo, descrita aquí como vida7, que se manifestó en la encarnación para comunicarse

a los hombres por la gracia y luego por la gloria. El Padre es la fuente de la vida y la posee

sin limitaciones. El Hijo nos revela esa vida y nos la comunica 8.

El concepto de Vida eterna usado por San Juan para describir la divinidad debía de ser

mucho más comprensible para sus lectores que el concepto abstracto de “ser perfectísimo,” preferido

por los filósofos. La palabra Vida es uno de los términos favoritos de San Juan, que emplea

frecuentemente tanto en las epístolas como en el evangelio 9.

Cristo, al encarnarse, nos manifestó el misterio hasta entonces oculto de la verdadera Vida,

que sólo se encuentra en Dios. El Verbo fue la más auténtica manifestación de la esencia

oculta de Dios. Pero el Logos se manifestó no únicamente a través de las palabras, sino sobre

5395

todo por medio de hechos, de obras, que descubren de un modo especial algo de lo que es la

esencia divina 10.

Los apóstoles tuvieron la dicha de ver la manifestación de la vida divina. Por eso dan testimonio

de esa verdad, para producir y reafirmar en los fieles la fe en la vida eterna (v.2). Cristo

es llamado aquí explícitamente la vida eterna en cuanto que es el portador de esa vida divina y,

al mismo tiempo, el Mediador de esa vida para comunicarla a los hombres. El Verbo es la vida

eterna que estaba en el Padre, y se manifestó a los hombres en la persona de Jesús. La vida

eterna tiene, pues, un sentido personal, lo mismo que en el v.1 el Verbo de vida.

San Juan, después del paréntesis en el que ha explicado cómo ha podido ver y oír al Verbo,

vuelve a hablar de la realidad misteriosa de la divinidad de Cristo: lo que hemos visto y oído,

es decir, el Verbo encarnado, os lo anunciamos (v.3). San Juan insiste sobre esto porque quiere

que sus lectores tengan una fe firme en esta verdad negada por los falsos profetas. La fe en la divinidad

de Jesucristo hará a los fieles participantes de la vida divina y les reunirá en una misteriosa

comunión vital. De este modo los que no le han visto, ni oído, ni tocado participarán también

del gran beneficio que nos ha traído Cristo, o sea la unión con Dios. El apóstol escribe no

para conseguir la comunión 1J que ya posee, sino para hacer participantes a sus lectores de la experiencia

de los que vivieron con Cristo, con el fin de introducirlos en el corazón de la unidad

cristiana, en la comunión con el Padre y el Hijo. Los apóstoles son el trámite por el cual los fieles

pueden conseguir la comunión con las personas divinas.

Tener comunión con Dios significa participar de los bienes divinos, de Dios mismo, mediante

la participación de la naturaleza divina por ja gracia 12. Pero el cristiano ha de tener también

comunión con el Hijo de Dios, Jesucristo, pues la unión con el Padre sólo se puede alcanzar

por medio de su Hijo.

El autor sagrado afirma claramente que Jesucristo es el Hijo de Dios. De esta manera se

proclama la igualdad y distinción entre el Hijo y el Padre, verdades que tendrán mucha importancia

en las luchas cristológicas posteriores.

La comunión de los cristianos con Dios es, al mismo tiempo, una comunión entre ellos

mismos, porque, estando unidos al Padre y al Hijo, los fieles están unidos entre ellos, están animados

por la misma vida. Esta comunión será expresada bajo diferentes formas: el cristiano

permanece en Dios y Dios en él 13, ha nacido de Dios 14, es de Dios 15, conoce a Dios 16. Al Padre

llegamos por el Hijo. Y la comunión con el Padre y con el Hijo supone el acuerdo y la unión

con los apóstoles, es decir, con la jerarquía y con toda la Iglesia. Por eso afirmaba San Beda el

Venerable que, para obtener la comunión con Dios, es necesario conservar la unión con los apóstoles

y sus sucesores. Y San Cipriano escribía por su parte: “No puede tener a Dios por Padre

quien no tiene a la Iglesia por madre.”17

Sin la comunión de los fieles con Dios y la unión con los apóstoles, la alegría de San Juan

sería incompleta (v.4) 18. La alegría más grande del apóstol consiste en difundir la gracia del

Evangelio y en hacer vivir las almas en la comunión íntima y vital con Dios, fuente de todo gozo.

Y esta alegría redunda ante todo en gozo personal suyo al saber que los fieles están íntimamente

unidos a Dios 19. San Juan expresa en el v.4 la alegría del apostolado. Su alegría proviene de la

comunión de los fieles con Dios y entre sí; es, por consiguiente, análoga a la que Cristo experimenta

en su unión con el Padre 20.

Primera parte: el Cristiano ha de caminar en la Luz, 1:5-2:28.

San Juan explica a continuación a los fieles en qué condiciones pueden permanecer en

5396

comunión con el Padre y el Hijo. Y desarrolla este tema bajo la imagen del caminar en la luz.

Primeramente enuncia un principio general: es necesario caminar en la luz (1:5-7); después añade

cuatro condiciones prácticas (1:8-2:2; 2:3-11; 2:12-17; 2:18-28), que examinaremos más tarde.

Principio: Es necesario caminar en la luz, 1:5-7.

5 Este es el mensaje que de El hemos oído y os anunciamos, que Dios es luz y que en

El no hay tiniebla alguna. 6 Si dijéremos que vivimos en comunión con El y andamos

en tinieblas, mentiríamos y no obraríamos según verdad. 7 Pero si andamos en la

luz, como El está en la luz, entonces estamos en comunión unos con otros y la sangre

de Jesús, su Hijo, nos purifica de todo pecado.

El mensaje que San Juan ha recibido del Verbo es que Dios es luz (ν.ζ). Con esto no intenta darnos

una definición filosófica de Dios, sino que pretende designarlo en un aspecto que cuadra perfectamente

a su intento. Esta definición de Dios se asemeja a aquellas otras: Dios es amor 21,

Dios es espíritu 22. El apóstol lo enuncia como una nueva revelación. Sin embargo, la idea de que

Dios es luz y de que el Mesías es la luz de las naciones es ya conocida en el Antiguo Testamento

23. La luz es el símbolo de la gloria y de la majestad de Dios Padre. En los Evangelios es también

empleado para designar a Cristo 24, que tuvo como misión el disipar las tinieblas del error y del

pecado. San Juan dice de El que era la luz verdadera que. ilumina a todo hombre25. La luz se

manifiesta en Cristo, que es el resplandor de la gloria del Padre, y a su vez resplandece en

la revelación cristiana 26.

Si San Juan presenta la idea de que Dios es luz como una nueva revelación, la razón hay

que buscarla en la acepción profunda en que toma dicho concepto. Al decir Dios es luz, quiere

expresar la suma perfección de Dios, que excluye todo lo que puede suponer imperfección, tinieblas.

Porque Dios es espíritu puro, inteligencia perfecta, fuente de la luz y de la verdad que ilumina

a los hombres y los conduce a la vida divina.

La idea de que Dios es luz ha de entenderse — como se deduce del contexto — en un

sentido más bien moral que intelectual: la luz permite ver la senda por donde se camina, para no

apartarse de los caminos de Dios 27. Una luz puramente intelectual sirve poco para caminar hacia

la santidad y la perfección cristianas.

San Juan corrobora la misma idea de que Dios es luz por un segundo miembro de paralelismo

antitético: Y en El no hay tiniebla alguna. Del mismo modo que la luz es símbolo de la

verdad y del bien, las tinieblas son el símbolo del error y del mal 28. El pecado es obra de las tinieblas

29.

Tinieblas, en lenguaje joánico, significa ausencia de verdad y de bondad moral, predominio

del error y del pecado 30. La lucha entablada entre la luz y las tinieblas es una idea característica

de San Juan. Pero el discípulo amado no admite el dualismo ontológico de los persas o de

los gnósticos, sino que acentúa la absoluta superioridad de Dios sobre el mal 31.

Si en Dios no puede haber tinieblas, por ser la luz y la verdad rnisma, el que vive en comunión

con El (v.6) no puede caminar en tinieblas 32. El pretender poseer la comunión con Dios

y caminar, al mismo tiempo, en tinieblas es un contrasentido, una cosa imposible. Y el que se

atreva a decirlo, miente. Porque la verdad no está unida jamás a las tinieblas. Una vida de pecado

no puede conducir, de ninguna manera, a la unión con Dios.

Andar en tinieblas y no hacer la verdad son dos expresiones hebraicas que repiten y subrayan,

siguiendo el paralelismo semítico, el mismo concepto. La verdad se opone a la mentira, a

5397

las tinieblas y el mal. Obrar la verdad es amoldar nuestra vida y conducta a las normas del

Evangelio; es cooperar con Dios, que obra en nuestra alma 33; es, en definitiva, imitar a Cristo,

siguiendo fielmente la doctrina que El nos enseñó 34.

Los documentos de Qumrán hablan igualmente de caminar en la luz y en las tinieblas, del

espíritu de error y del espíritu de verdad 35.

San Juan parece que quiere reaccionar — como se verá por el resto de la epístola — contra

algún error doctrinal que consideraba el pecado como cosa indiferente. En los capítulos 2-4

nos habla el apóstol de ciertos herejes que participaban tranquilamente en las orgías de los cultos

paganos por creerse investidos de una gnosis o conocimiento superior a la doctrina cristiana que

les garantizaba la impunidad. De los gnósticos provenían probablemente los valen-tinianos, que

en el siglo n presumían de ser espirituales por naturaleza, y, en consecuencia, no necesitaban seguir

una buena conducta 36.

A caminar en las tinieblas opone el apóstol el andar en la luz (v.7). Caminar en la luz 37

es llevar una vida buena y santa. Dios es luz 38 y está siempre en la luz; por eso, nosotros debemos

caminar también en la luz 39. Por el hecho de ser Dios luz y amor40, el que está unido a El no

podrá menos de llevar una vida de luz y de amor, guardando sus preceptos, especialmente el del

amor fraterno41. Participando de la luz, participamos de la vida de Dios y nos unimos a El, al

mismo tiempo que nos unimos a los demás fieles. Para la comunión con Dios es indispensable la

comunión con los fieles que creen en Jesucristo y observan sus palabras. Porque, si los cristianos

están unidos entre sí, es gracias a la participación que tienen en la vida del Padre. La unión mística

con Dios y entre los fieles es la consecuencia del caminar en la luz. San Juan insiste en esta

idea para oponerse a los herejes, que se gloriaban de una unión personal e inmediata con Dios.

En el v.3 ya nos ha hablado San Juan de la unión saludable con Dios y con Jesucristo

mediante la comunión previa de los fieles con los apóstoles. Para tener comunión con Dios hace

falta antes tener comunión con los fieles. “La comunión eclesiástica — dice A. Charue —, asegurada

por la fidelidad de todos a las mismas directrices, es la condición y la prenda de la obra

auténtica de la gracia en los fieles”42. Cuando los fieles mantienen esta comunión, entonces la

sangre redentora de Jesús tiene su plena eficacia, sobre los cristianos. La sangre derramada en

sacrificio expiatorio sobre el Calvario nos purifica de todo pecado. Se trata de la purificación

cada día más íntima de las almas que caminan en la luz, pero que no logran evitar todo pecado.

El cristiano tiene necesidad de una purificación constante de las malas inclinaciones y de

los pecados actuales que continuamente comete. Jesucristo, derramando su sangre en la cruz, satisface

por nuestros pecados y nos merece su perdón43.

La importancia de la sangre de Cristo en la obra de la salvación parece haber impresionado

vivamente a San Juan. En el Apocalipsis ensalza el poder expiatorio de la sangre del Cordero

inmolado por los hombres44.

El apóstol, probablemente, se vio obligado a insistir sobre el misterio de la sangre redentora,

porque herejes como Cerinto le negaban toda eficacia salvadora, ya que enseñaban que Jesús

no era Dios. San Juan afirma categóricamente que es la sangre del Hijo de Dios, porque, al

hacerse hombre y tomar la naturaleza humana, a causa de la unidad de persona, se puede llamar

con razón sangre del Hijo de Dios45. De aquí procede su eficacia expiatoria y salvadora.

Romper con el pecado, 1:8-2:2.

8 Si dijéramos que no tenemos pecado, nos engañaríamos a nosotros mismos y la

verdad no estaría en nosotros. 9 Si confesamos nuestros pecados, fiel y justo es El

para perdonarnos y limpiarnos de toda iniquidad. 10 Si decimos que no hemos peca5398

do, le desmentimos y su palabra no está en nosotros. O i Mijitos míos, os escribo esto

para que no pequéis. Si alguno peca, abogado tenemos ante el Padre, a Jesucristo,

justo. 2 El es la propiciación por nuestros pecados. Y no sólo por los nuestros, sino

por los de todo el mundo.

El apóstol, que ha dicho que la sangre de Cristo nos purifica de todo pecado, quiere ahora mostrar

que todos tenernos necesidad de purificación. Ciertos herejes o algunos miembros descarriados

de la Iglesia debían de sostener que no cometían pecados. Los gnósticos, sobre todo, se dejaban

llevar de una orgullosa autosuficiencia y afirmaban que el creyente que llegaba a la gnosis

no pecaba. 48.

A esos pretenciosos declara San Juan que quienquiera que tal piense no está guiado por la

verdad, sino que es víctima del propio engaño. Nadie puede afirmar que está libre de pecado. La

universalidad del pecado es una doctrina que se encuentra ya en el Antiguo Testamento47 y es

reafirmada en el Nuevo Testamento48 y definida por el concilio de Trento 49.

Parece ser que San Juan se refiere — como se deduce del contexto (V.9) — a pecados

personales, actuales, graves o leves, todavía no perdonados. Aún no han sido perdonados porque

hay que confesarlos, y son pecados personales y actuales por el hecho de que todos caemos en

muchos pecados50. El concilio Milevitano II da la interpretación de los v.8 y 9 contra los pelagianos,

declarando excomulgado al que interpreta las palabras de San Juan simplemente como

una expresión de humildad y no como la afirmación de una verdad51.

El que realmente pretenda no tener pecado, se engañará a sí mismo y la verdad no estará

en él (v.8). La autosuficiencia lleva también al autoengaño. Al pretender ser impecables, nos seducimos,

nos engañamos a nosotros mismos. Y al obcecarnos no podremos ver la verdad.

En lugar de negar los pecados hay que reconocerlos y confesarlos (V.9). De la misma manera

que en la epístola de Santiago52, también aquí parece referirse San Juan a una práctica de

confesión en uso entre los judíos, corno lo fue también muy pronto entre los cristianos 53. Muchos

autores han querido ver en este versículo de la 1 Jn una alusión a la confesión sacramental,

ya que es el mismo San Juan quien recuerda el poder de perdonar los pecados conferido a los

apóstoles 54. Existiría entre nuestro pasaje y el texto evangélico un paralelo verbal evidente. Según

esto, se podría ver aquí una alusión a la confesión sacramental, pues San Juan sabía que los

apóstoles habían recibido el poder de perdonar los pecados.

Sin embargo, la exégesis antigua (Teofilacto, Ecumenio, San Agustín, San Beda) ha visto

aquí únicamente la acusación humilde e interior de los pecados delante de Dios55. El concilio

Tridentino, al hablar de la institución del sacramento de la penitencia, aduce 1 Jn 1:9 junto con

Sant 5:16, pero sin definir el sentido exacto de los textos 56. A partir del siglo XVII, muchos teólogos,

siguiendo a San Roberto Belarmino, han visto en este versículo de la 1 Jn una mención de

la confesión sacramental. Esto tal vez sea precisar demasiado y dar al pensamiento de San Juan

más de lo que en realidad contiene. Probablemente sería más exacto decir que el apóstol afirma

la necesidad de confesar nuestros pecados, pero sin especificar el dónde y cómo.

Dios otorga el perdón de los pecados a aquel que sincera y humildemente pide perdón,

porque Dios es fiel y justo. Es decir, Dios se muestra justo, porque sus sentencias son siempre

justas 57; y es fiel, porque siempre cumple lo prometido 5S. Dios es misericordioso para con el

que llora sus pecados y, al mismo tiempo, muestra su justicia al dar a cada uno lo merecido. Dios

desea que confesemos nuestros pecados para perdonarnos y limpiarnos de toda iniquidad. Esta

es la intención misericordiosa de Dios. Este perdón nos ha sido conseguido por la sangre redentora

de Cristo59.

5399

Todos somos pecadores e incurrimos continuamente en pecados aun después de la justificación.

Decir lo contrario sería tratar a Dios de mentiroso (v.10), pues repetidas veces se afirma

en la Sagrada Escritura que el hombre es pecador60. El hombre que no se reconoce culpable se

priva de la luz que le comunicaría la palabra de Dios, la enseñanza divina del Evangelio, que es

la que confiere al alma la verdad y la hace verdaderamente libre61. El apóstol se refiere a toda

clase de pecados actuales.

1 Jn 1:1-18. — 2 Jn 1:1. — 3 El término Logos era ya bien conocido por los fieles y formó parte de la catequesis primitiva antes de ser

consignado en la Sagrada Escritura. Sobre el origen del Logos, cf. M. J. LAGRANGE, Évangile selon Saint Jean7 (París 1947)

p.CLXXIII. — 4 Cf. Jn 1:4; 11:25; 14:6. — 5 El verbo contemplamos (έ3εασάμε3α) tal vez se refiera a ciertos momentos en que

San Juan vio a Cristo de un modo más elevado (cf. Mt 17:1-13; Mc 9:1-13; Lc 9:28-36; Jn 1:14. 34; Act 1:11). El tocar parece

una alusión al caso de Tomás (Jn 20:27), ° al momento en que Jesús les dice: “Palpad” (Le 24:39). — 6 Jn 4 — 7 1 Jn 5:20. — 8

Jn 5:26. — 9 El término vida es empleado 37 veces en el cuarto evangelio y 13 veces en las epístolas joánicas. A propósito de la

literatura acerca del concepto de vida en San Juan, cf. J. Bonsirven, Építres de Saint Jean, en Verbum Salutis 9 (París 1936) p.77-

?8; J. B. Frey, Le concept de “Vie” dans l'Évangile de St. Jean: Bi i (1920) 37-58.211-239; B. Bardessono, La “vita eterna·” in S.

Giovanni: DivThom (Piacenza) 39 (1936) 15-34-1 13-142; J. Vosté, Studia loannea (Roma 1930) ρ-30-100. — 10 El verbo

φανερουν = “se ha manifestado,” en los escritos joámcos, designa una revelación por medio de hechos principalmente (Jn 2:11;

17.6; 1 Jn 4:9). — 11 El “ut. societas nostra sit cum Patre” de la Vulgata parece querer significar que ban Juan escribe para tener

la comunión con las personas divinas. Es mejor comenzar un nuevo período con και ή κοινωνία y sobrentender εστίν. Cf. S. Muñoz

Iglesias, Concepto bíblico de κοινωνία:SemBiEsp — 12 2 Pe 1:4. Cf. F. J. Rodríguez Molero, Epístolas de San Juan, en La

Sagrada Escritura Nuevo Testamento III (BAC, Madrid 1962) p.353 — 13 (Madrid 1954)p.211ss; H. Seesemann, Der

Begrifjκοινωνία im N.T.: Suppl. — 14 de ZNTW (Giessen 1933)· — 15 1 Jn 2:5.6.24.27; 3:6.24; 4:12.13.15. — 16. 1 Jn2:29; 3:9;

4:7; 5:1.1 — 17 De unitate Ecclesiae: PL 4:508. — 18. 1 Jn 2:16; 3:10; 4:4.6; 5:19. 1 Mn 2:3.13-14; 3:6; 4:7-8. Hay dos lecturas

en los Mss: unos tienen vuestro, otros nuestro. Los códices crieeos y los latinos AFDZB leen nuestro. — 19 Cf. 2 Jn 4; 3 Jn 4; 1

Tes 2:19; Fil 2:2. — 20 Qf. Jn 15:105. — 21 1 Jn 4,16. — 22 Jn 4:24. — 23 2 Sam 22:29; Is 10:17; 42:6; 49:6; 60:19-20; Sab

7:26. — 24 Le 1:785; 2:32; Jn 1:45; 8:12; 9:5; 12:353.46. — 25 Jn 1:9. — 26 Cf. W. Grossouw, Pour mieux comprendre St. Jean

(Malinas 1946) p.34-35- — 30 1 Jn 2:8s11; Jn 1:5; 8:12. — 31 Jn 2:13; 3:9; 4:4; 5:4 — 32 Cf. Ef 5:8ss. — 33 Jn 1:17; 8:32.44. —

34 A propósito del concepto obrar la verdad se pueden consultar: R. Bultmann, Unter-suchungen zum Joh.-Evang.: ZNTW 27

(1928) 113-153; M. Zerwick: VE 18 (1938) 338-341. 373-377; A. J. Trepat, San Juan. Ideas características. La Verdad: CultBib

3 (1946) 355-356. — 35 Cf 15 — 36 1:5; 5:3; 8:2. — 37 Cf. Rom 13:13. — 38 1 Jn 1:5. — 39. Ireneo, Adv. haer. 1:6:2: PG

7:505; Clemente Alej., Stromata 3:4: PG 8:1156 — 40 1 Jn4:8. — 41 1 Jn 2:105; 3:10; 4:8.16. — 42 A. Charue, o.c. p.523. — 43

Cf. Tomás, Suma Teol. 3 q.48 a.6; q.so a.6. — 44 Cf. Ap 1:5-6; 5:9-10; 7:14; 12,n. También la epístola a los Hebreos (9:12.14)

nos habla del poder purificador de la sangre; y la 1 Pe (1:2.19) insiste en el valor salvífico de la sangre preciosa de Cristo. — 45

La muerte y la sangre de Cristo derramada por nosotros no nos rescataría ni libraría del pecado si no fuera la sangre del Hijo de

Dios. Cf. San Beda : PL 93:88. — 46 En algún tiempo se atribuyó esta idea a Clemente Alejandrino: Eglogue ex scripturis 'opheticis

15: PG 9:706. Hoy, sin embargo, ya no se atribuye a Clem. Alej. Cf. Bardy, Clent d'Alexandrie (París 1926) 246-288. —

47 1 Re 8:46; Job 4:17; 15:14; Prov 20:9; Ecl 7:20; Eclo 19:17; Sal 143:2. — 48 Mt 6:12; Rom 3:9-18; — 49 Sant 3:2. — 50 1

Cor 4:4; Sant 3:2. — 51 D 106. — 52 Sant 5:16. — 53 Cf. Mc 1:5; Didajé 4:14; 14:1. — 54 Jn 20:23. — 55 Así piensa B.

Poschmann, Paenitentia secunda (Bonn 1940) 68:1; en cambio, otros, como R. Seeberg, Die Sünden und die Sündenvergebung, en

Festschrift Ihmels (1928) 22, ven en nuestro texto uno de los testimonios más antiguos en favor de la confesión sacramental. — 56

Ses.14:5: D 899. — 57 Ap 16:5-7. — 58 Heb 10:23;. — 59 1 Jn 1:7; 2:2. — 60 Gen 6:5; 8:21; 1 Re 8:46; Sal 14:3; 51,2ss; 53:2;

Job 4:17; 15:14-16; Prov 20:9; Eclo 19:17; Rom 3:10; Sant 3:2. — 61 Como se ve claramente, en los v.8-10 existe verdadero paralelismo.

Los v.8 y 9 desarrollan un paralelismo antitético, y el v.10 repite el v.8.

Capitulo 2.

El hecho de que todos los hombres sean pecadores es una consecuencia de la fragilidad humana.

Sin embargo, esto no autoriza para dejarse llevar del pesimismo una vez que se ha tenido la

debilidad de pecar. El apóstol ofrece a los pecadores la esperanza del perdón, porque tenemos un

abogado ante el Padre, a Jesucristo, justo (2:1). Este abogado defensor, intercesor y mediador es

el mismo Cristo, ofrecido como víctima por nuestros pecados. El cristiano que se esfuerza por

seguir a Jesucristo y conoce su propia fragilidad, debe recurrir constantemente al abogado que

tenemos ante el Padre y a su sangre propiciatoria.

Cuando Jesús anunciaba a sus discípulos que volvía al Padre, les prometió otro defensor

(Paráclito) 1, con lo cual declaraba que El mismo era también un abogado defensor. San Juan lo

dice explícitamente en este pasaje de la 1 Jn. Cristo es defensor porque intercede ante el Padre en

favor de los pecadores. La doctrina tan consoladora de la intercesión de Cristo en el cielo forma5400

ba parte de la catequesis primitiva 2. El autor sagrado recuerda a los fieles la inclinación al pecado

que experimenta todo mortal; pero, al mismo tiempo, les hace ver que, si por desgracia caen

en pecado, tienen un abogado en el cielo que intercede por ellos. De este modo les indica el camino

a seguir. No sólo el pecador habitual tiene necesidad de acudir a Cristo, sino también el que

ha cometido un solo pecado. La intercesión de Jesucristo por los pecadores no se dio una sola

vez para siempre, sino que continuamente está ejerciéndola en favor nuestro. Y esta mediación

la lleva a cabo ante su Padre. El término Padre muestra que no se trata de un juez severo,

sino de un Padre amoroso que está dispuesto a escuchar con complacencia la intercesión de su

Hijo.

Jesucristo abogado es llamado justo porque en El no hay pecado, es la santidad misma, el

Hijo de Dios. Por el hecho de ser justo puede defender eficacísimamente al pecador ante el Padre

justo 3. Este adjetivo justo parece hacer referencia a la eficacia de la intercesión de Jesucristo.

Cristo no sólo es abogado, sino también la propiciación por nuestros pecados (v.2). El

término abstracto propiciación (ίλασμός) parece empleado para significar una situación definitivamente

adquirida de víctima, una función tan propia de Jesucristo, que viene como a definirle.

Cristo es llamado propiciación por los pecados en cuanto que ha derramado su sangre por nuestros

pecados y por su sacrificio nos ha reconciliado con Dios. Por el hecho de que Cristo se ofreció

a sí mismo en sacrificio expiatorio 4, ahora puede aplacar al Padre presentando su sangre derramada

por nuestros pecados 5. Jesucristo se está ofreciendo continuamente al Padre por los pecadores.

Se trata de algo permanente y que se repite incesantemente. Cristo, por el hecho de ser

justo, está siempre presente ante el Padre como propiciación para interceder por nosotros.

Ya San Pablo había dicho que Cristo era un ιλαστήριον, un medio de propiciación procurado

a los hombres por el mismo Dios6. Ί término ιλαστήριον traduce en los LXX el hebreo kaphoreth,

que designa la tapa del arca de la alianza. El kaphoreth simbolizaba la presencia especial

de Yahvé en medio de su pueblo. Por eso era considerado como el centro del culto mosaico, como

el lugar donde el sacrificio de la Expiación obtenía toda su eficacia, aplacaba a Dios y le volvía

propicio. En el Nuevo Testamento, es decir, en el sacrificio de la cruz, Cristo es para siempre

nuestro propiciatorio, el medio de toda propiciación. Jesucristo realiza en su persona la propiciación

que figuraba típicamente el kaphoreth del arca, rociado con la sangre de las víctimas expiatorias

7. El autor sagrado debía de pensar, sin duda, en las purificaciones mosaicas por medio de

la sangre de las víctimas y la intercesión del sumo sacerdote el día de la Expiación. Todo eso lo

realizó de un modo extraordinario y maravilloso Jesucristo en su pasión y muerte, y lo sigue realizando

todos los días en el cielo 8.

La expiación de Cristo es eficaz no sólo para los pecados de los cristianos, sino para los

del mundo entero. La propiciación de Jesucristo alcanza a todo el mundo sin limitaciones de razas

ni de tiempos. Todos los hombres tienen, por lo tanto, la posibilidad de salvarse, con tal de

que sepan aprovecharse del perdón que se les ofrece 9. San Juan insiste sobre la universalidad de

la redención, sin restricción alguna 10 de espacio y de tiempo. Al afirmar la voluntad salvífica de

Dios en favor de todos los hombres, tal vez el autor tuviese presente el error de aquel gnosticismo

que reconocía la eficacia del sacrificio de Cristo, pero sólo en favor de los buenos o espirituales.

Observar los mandamientos, 2:3-11.

3 Sabemos que le hemos conocido si guardamos sus mandamientos. 4 El que dice que

le conoce y no guarda sus mandamientos, miente y la verdad no está en él. 5 Pero el

que guarda su palabra, en ése la caridad de Dios es verdaderamente perfecta. En es5401

to conocemos que estamos en EL 6 Quien dice que permanece en El, debe andar como

El anduvo. 7 Carísimos, no os escribo un mandato nuevo, sino un mandato antiguo

que tenéis desde el principio. Y ese mandato antiguo es la palabra que habéis

oído. 8 Mas, de otra parte, os escribo un mandamiento nuevo, que es verdadero en

El y en vosotros, a saber, que las tinieblas pasan y aparece ya la luz verdadera. 9 El

que dice que está en la luz y aborrece a su hermano, ése está aún en las tinieblas. 10

El que ama a su hermano está en la luz, y en él no hay escándalo, u El que aborrece

a su hermano está en tinieblas, y en tinieblas anda sin saber adonde va, porque las

tinieblas han cegado sus ojos.

El apóstol, por vía de contraste, muestra quiénes son los hijos de Dios y los hijos del diablo. Y

describe las realidades fundamentales que los separan. Para ser verdaderos cristianos no hemos

de limitarnos a evitar el pecado, sino que es necesaria la práctica de los mandamientos. El criterio

que indicará si los hombres conocen a Dios será la observancia de los mandamientos que el

Señor ha inculcado en el Evangelio. Sobre todo, el precepto del amor fraterno. No es suficiente

huir del pecado, sino que es necesario guardar sus mandamientos (v.3). Porque el verdadero conocimiento

de Dios no es teórico, sino práctico. No debemos conocer a Dios sólo especulativamente,

a la manera de los filósofos, sino con una fe viva que se apodere de todo el hombre para

unirlo eficazmente a Dios y le sirva de regla en su vida moral. El verbo conocer puede tener dos

significaciones: o bien designa el acto de saber, o bien la experiencia que se tiene de algo por el

hecho de estar unido a ello. En nuestro texto encontramos ambas significaciones. El conocer del

v.3 tiene el sentido de “saber”; en cambio, el conocer del v.4 supone más bien la idea de “estar

unido.” La comunión con Dios será tanto más íntima cuanto más íntimamente se le conozca. Por

eso, conocer a Dios — como afirma el Ρ. Μ. E. Boismard — implica una participación en la vida

divina y es equivalente a estar en comunión con Dios.

San Juan pone en conexión el conocimiento de Dios y la práctica de los mandamientos.

Otro tanto hace Santiago 12 al hablar de la unión de la fe y de las obras, y San Pablo, cuando nos

dice que lo que tiene valor en la vida cristiana es la fe actuada por la caridad 13. Son conceptos

equivalentes, que sirven para distinguir al verdadero fiel del hereje, del cual va a hablar 14. La

enseñanza de San Juan contra los gnósticos es clara: el conocimiento meramente especulativo de

Dios que no lleve consigo la práctica de los preceptos, no vale nada. No hay conocimiento verdadero

de Dios ni comunión íntima con El si no conformamos nuestra voluntad con la de El. La

obediencia a los mandamientos divinos nos demostrará que conocemos verdaderamente a Dios.

El que pretenda conocer a Dios sin observar sus mandamientos es un mentiroso (v.4). Es

de la misma calaña que aquel que camina en las tinieblas y, sin embargo, se cree en comunión

con Dios 15. El apóstol seguramente se refiere a los falsos doctores, que se gloriaban de su ciencia,

pero descuidaban los deberes más sagrados de la vida cristiana. Con la disculpa de la libertad

alcanzada por la iluminación de la gnosis, daban rienda suelta a sus pasiones más bajas. Su moral

era prácticamente el libertinaje y la rebelión contra los preceptos evangélicos. Por eso, el apóstol

los trata de embusteros, porque su gnosis es falsa, ya que no poseen la gracia divina, que es la

única que capacita para el verdadero conocimiento de Dios. “El verdadero conocimiento — dice

J. Chaine — termina en el amor; y este amor se realiza de una manera perfecta en la práctica de

los mandamientos 16. La obediencia a la palabra de Dios supone una serie de actos y de esfuerzos

por los cuales el amor se afirma y se perfecciona”17. Este amor es el que los fieles tienen

por Dios y no el amor que Dios tiene por los hombres. A no ser que San Juan hable del amor

de Dios en un sentido más alto, comprendiendo ambos aspectos, ya que la caridad “se ha derra5402

mado en nuestros corazones por el Espíritu Santo (amor increado de Dios) que nos ha sido dado.”

18

San Juan da a la caridad la primacía sobre el conocimiento, como San Pablo se la da sobre

la fe 19.

En el v-5 se contrapone al falso cristiano la figura del cristiano auténtico, que cumple y

guarda la palabra divina. La expresión guardar su palabra implica un concepto más amplio que

guardar sus mandamientos. La palabra de Dios, a la que hace referencia aquí San Juan, abarca

toda la revelación y no tan sólo algunos preceptos de esa revelación 20. El cristiano que se deja

guiar por la palabra de Dios, demuestra que en él la caridad es verdaderamente, perfecta. Ese es

el auténtico creyente21. Porque conocer verdaderamente a Dios y amarlo, es permanecer en El 22.

Y para permanecer en El hay que practicar los mandamientos, los cuales alcanzan su perfección

en la caridad, en la imitación de Cristo. La imitación de Cristo es la más alta norma de vida cristiana

(v.6). La caridad, en nuestra epístola, es una realidad sobrenatural que Dios ha dado al

hombre. Es una verdadera participación del amor increado de Dios. La misma esencia divina es

caridad, como es sabiduría y bondad. Por eso, la bondad por la que formalmente somos buenos

es una participación de la divina bondad. Así también la caridad, con la cual formalmente amamos

al prójimo, es cierta participación de la divina caridad.

El cristiano obediente a los preceptos divinos posee en toda su autenticidad la verdadera

caridad. El fiel ha de manifestar con sus obras que posee realmente la caridad, el amor de Dios.

Jesucristo, nuestro modelo, ha cumplido también la voluntad de su Padre 24, ha guardado sus

mandamientos 25 y nos ha dado ejemplo para que nosotros le imitásemos 26. El cristiano que

quiera permanecer2'7 en Dios ha de imitar a Cristo. Si esto hace, conocerá que esta en Dios.

Permanecer en es sinónimo de estar en, expresiones joánicas que designan la inhabitación de

Dios en el cristiano y la inmanencia de éste en Dios 28. La última de las expresiones indicadas,

estar en, equivale a la frase paulina in Christo lesu.

El cristiano que permanezca en Cristo y Cristo en él podrá ir transformándose y uniéndose

de modo tan íntimo a Dios como los sarmientos están unidos a la vid 29. Pero para conseguir

esta permanencia en Cristo ha de imitarlo — andar como El anduvo — lo más exactamente posible

30. Según esto, la imitación de Cristo, criterio de la comunión con Dios, corresponde a la

práctica de los mandamientos, criterio del conocimiento y del verdadero amor de Dios 31.

La imitación de Cristo impone al cristiano la práctica del amor fraterno 32. Este precepto

es antiguo (v.7) desde el punto de vista de los fieles, que lo habían recibido durante su preparación

bautismal. Por eso no constituye ninguna novedad para ellos. Es tan antiguo como el Evangelio

de Jesucristo, que hacía más de sesenta años que había sido predicado en Palestina. Por

otra, parte, el precepto del amor fraterno puede considerarse como nuevo (v.8), pues así lo llamó

el mismo Cristo cuando en la noche de la última cena dijo a sus discípulos: “Un precepto nuevo

os doy: que os améis los unos a los otros como yo os he amado.” 33 Es nuevo porque Jesús lo

proclamó en toda su amplitud: amor fraterno a todos los hombres. Es nuevo por el espíritu y modalidad

que Cristo le ha infundido: lo enseñó con su palabra y su ejemplo de modo tan sublime,

que no se podrá presentar jamás otro caso semejante 34. Es nuevo porque demuestra la originalidad

de la doctrina de Cristo y servirá para distinguir a los discípulos de Jesús 35. Es nuevo, en

una palabra, en el mismo sentido que su doctrina. Jesucristo está en el centro de este mandamiento

y le confiere toda su novedad. Antes de la venida de Cristo ya existía este precepto 36; pero no

se practicó con el vigor, la extensión y ejemplaridad con que lo hizo Jesús. Cristo no sólo promulgó

el mandamiento del amor, sino que fue la encarnación viviente y el ejemplo insuperable

de amor al prójimo.

5403

La transformación iniciada por el precepto del amor fraterno va ganando poco a poco las

almas que se convierten. De este modo van desapareciendo las tinieblas y aparece ya la luz verdadera

(v.8b). Las tinieblas son los errores, el odio que predicaban el paganismo y los hombres

malvados, y que constituyen una fuente de tantos crímenes. La luz es la verdad del Evangelio, el

precepto de la candad, que cada día brilla con más resplandor, en contraste con la falsa luz del

gnosticismo. Aquí aparecen frente a frente luz y tinieblas, formando un dualismo vigoroso que es

bastante frecuente en San Juan. Esos dos términos designan metafóricamente dos mundos opuestos:

el mundo de la vida divina, de la gracia, de la salvación, y el mundo del pecado, de la muerte,

de la condenación 37.

El poder vivificante de la luz evangélica va avanzando entre las tinieblas merced al ejemplo

sublime que nos dio Cristo al morir por nosotros sobre el madero de la cruz. El nuevo precepto

de la caridad que El nos dio, cuando se cumple de una manera perfecta, ahuyenta las tinieblas

del odio y del error.

Por eso, faltar a la caridad es faltar a la obligación principal impuesta por la fe cristiana.

El que odia a su hermano está todavía en las tinieblas aunque pretenda estar en la luz (V.9). No

ha comprendido el precepto nuevo del amor al prójimo, porque el que odia al hermano muestra

que no se mueve por motivos de fe y de caridad, sino por puro egoísmo, como los que viven en

las tinieblas del paganismo. El precepto de la caridad, que se inspira en el amor de Jesús, rige

principalmente las relaciones entre los cristianos, entre los hermanos en la fe. San Juan considera

la práctica del amor fraterno como condición indispensable para permanecer en la comunión con

Dios.

El apóstol piensa en el odio de los falsos cristianos contra los cristianos fieles. El término

hermano no suele designar en San Juan al prójimo en general, sino más bien a los miembros de

la Iglesia cristiana. Pero como Cristo es la luz del mundo, que ha venido para salvar a todos los

hombres 38, la fraternidad cristiana desborda la comunidad para alcanzar a todos los hombres,

que pueden llegar a ser hermanos 39.

Aunque un hombre se haya convertido al cristianismo y se haya bautizado, si tiene odio a

su hermano, permanece aún en las tinieblas. No ha logrado todavía salir de las tinieblas morales,

del dominio de Satanás. Por el contrario, el que ama a su hermano permanece en la luz (v.10), es

decir, en Dios (cf. v.6), porque Dios es luz40. El que ama camina por buena vía, porque la luz le

ilumina, y no tropezará con ningún obstáculo que le haga caer. Para San Juan, el amor, la caridad,

no sólo es una virtud, sino más bien constituye un estado en el que ha de moverse el cristiano.

El objeto de ese amor es el hermano, el cristiano fiel. El apóstol del amor nunca habla de la

caridad hacia el prójimo, sino de la caridad hacia el hermano41. Sin embargo, aunque hermano

tenga un valor restringido en este lugar, virtualmente tiene un alcance universal. La caridad

hacia el prójimo implica la caridad hacia el hermano. Y la caridad fraterna supone virtualmente

la caridad hacia el prójimo. A propósito de esto dice muy bien el P. Huby: “Hablar aquí del particularismo

de San Juan, de los límites restrictivos que ímpone en ágape Por el hecho de recomendarlo

directamente a los fieles entre sí, es atribuirle sin razón alguna la idea de la Iglesia corno

de una sociedad estática y la concepción del ágape como de una virtud reservada exclusivamente

a la comunidad cristiana, cuando en realidad es un impulso que tiende a alcanzar a todos

los hombres, a ejemplo de Cristo, Salvador del mundo, que se ha hecho víctima expiatoria no

sólo por nuestros pecados, sino por los de todo el mundo (1 Jn 2:2; Jn 3:17).”42

San Juan, por el hecho de dirigirse a los cristianos, pone como objeto de la caridad, no el

prójimo ni el enemigo, sino el hermano en la fe, o sea, todos los que pertenecen al mundo de la

luz 43. En el reino de la luz no existe ningún lazo que nos pueda hacer caer, porque el que camina

5404

en la luz ve el obstáculo y puede evitarlo. En cambio, el que odia a su hermano tiene una trampa

puesta a sus pies (v.11). Porque el odio ofusca, ciega 44 la conciencia y le impide juzgar rectamente45.

El que se deja guiar por la ciega pasión del odio no sabe a qué precipicios puede ser llevado.

Ya que el odio puede ir cegando cada día más su conciencia y endureciendo su corazón

hasta llevarlo a la perdición.

San Juan va precisando su pensamiento en frases paralelas y rítmicas (V.9-11), como ya

había hecho en 1:8-9; 2:3-4.

Hay que guardarse del mundo, 2:12-17.

12 Os escribo, hijitos, porque por su nombre os han sido perdonados los pecados. 13

Os escribo, padres, porque habéis conocido al que es desde el principio. Os escribo,

jóvenes, porque habéis vencido al maligno. 14 Os escribo, niños, porque habéis conocido

al Padre. Os escribo, padres, porque habéis conocido al que es desde el principio.

Os escribo, jóvenes, porque sois fuertes, y la palabra de Dios permanece en vosotros

y habéis vencido al maligno. 15 No améis al mundo ni lo que hay en el mundo.

Si alguno ama al mundo, no está en él la caridad del Padre. 16 Porque todo lo que

hay en el mundo, concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos y orgullo de

la vida, no viene del Padre, sino que procede del mundo. 17 Y el mundo pasa, y también

sus concupiscencias; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para

siempre.

Los v.12-14 forman una breve sección, que consta de dos períodos tripartitos, los cuales se corresponden

exactamente. Constituyen una exhortación dada a los fieles, y que sirve, al mismo

tiempo, de introducción a la advertencia sobre el mundo (v.15-17).

El término hijitos (τεκνία) — en el v.14 emplea la expresión niñitos (παιδία) — parece

designar aquí, como en 2:1; 3:7.18; 5:21, a todos los fieles, a los que se dirige San Juan sin ninguna

referencia a edad o posición en el seno de la comunidad cristiana. Ambas expresiones son

términos de cariño, usados con frecuencia por el anciano apóstol al dirigirse a todos sus cristianos

queridos. San Juan se dirige, pues, a toda la comunidad para exhortarla y alentarla. Así entendidos

los términos hijitos, niñitos, se justifica plenamente el orden de cada período. Primero

se dirige a la comunidad cristiana entera, después a los mayores y, por fin, a los jóvenes.

El apóstol les escribe porque conoce que sus lectores son buenos cristianos, que tienen su

alma purificada por haber obtenido 46 la remisión de sus pecados por su nombre. El nombre por

cuya virtud han obtenido el perdón de los pecados es el de Jesús, víctima propiciatoria47, que,

habiendo derramado su sangre sobre la cruz, fue constituido Mediador entre Dios y los hombres.

Jesucristo, nuestro Redentor, fue el que les consiguió esta gracia, quitando los obstáculos que

pudieran oponerse a su unión con Dios. El discípulo amado tranquiliza a sus lectores diciéndoles

que sus pecados les han sido perdonados. Y la razón de tranquilizarlos es la unión que

mantienen con Cristo. Al perdón de los pecados por el nombre de Jesús sigue la comunión de

vida con Dios.

El apóstol supone a continuación que los más avanzados en edad — los padres48 — han

crecido más en virtud, porque conocen desde su conversión al que es desde el principio (v.13),

es decir, al Verbo encarnado. Este conocimiento de los padres es el que va acompañado de la

práctica de los mandamientos y acaba en la unión con el objeto conocido, en el amor de

Dios.

Después, dirigiéndose a los jóvenes (νεανίσκοι), les alaba por haber conseguido la victo5405

ria sobre el diablo, probablemente dominando sus pasiones y practicando la virtud. No solamente

han logrado librarse del mundo de las tinieblas, sino que se mantienen en la virtud, luchando victoriosamente

contra las pasiones, que en los jóvenes se manifiestan con mayor violencia. La lucha

es propia de los jóvenes, así como el conocimiento es propio de los adultos y de los ancianos.

En una segunda serie de proposiciones (v.14) se dirige de nuevo a los niños, a los padres

y a los jóvenes, repitiéndoles lo ya dicho anteriormente. En esta segunda serie, San Juan cambia

de tiempo: en lugar del yo escribo de los v. 12-13, tiene el aoristo, yo escribí. ¿Por qué este cambio?

La mejor explicación es la que ve en ese aoristo un aoristo epistolar o literario: el autor se

coloca con el pensamiento en el momento en que los destinatarios han de leer su escrito. Es un

artificio literario que emplea San Juan para evitar la repetición monótona. El aoristo epistolar es

equivalente al presente, empleado ya en la primera serie de proposiciones.

El apelativo niños o niñitos (παιδία) hace referencia, como en el v.12, a todos los cristianos,

a los cuales se dirige San Juan. Sin embargo, aquí ya no habla de la remisión de los pecados

por el nombre de Jesucristo, sino de la posesión de la verdad espiritual por medio ¿el conocimiento

que han tenido y tienen del Padre. Con todo, el autor sagrado se expresa desde el mismo

punto de vista de la comunión con Dios.

A los padres les dice exactamente lo mismo que en el v.13. No obstante, ésta no es razón

suficiente para suprimir dichas frases, como lo hacen algunos códices y la Vulgata. Los cristianos

ya adultos conservan la comunión con el Padre, al cual han aprendido a conocer y amar desde

hace tiempo.

La segunda alocución dirigida a los jóvenes es ampliada respecto de la primera. Les escribe

porque se han mostrado fuertes en el espíritu. Son fuertes en la lucha espiritual entablada

contra Satanás, sobre el cual han obtenido ya la victoria. Y esa victoria la han logrado porque la

palabra de Dios, el Evangelio vivido por los cristianos, está siempre actuando en sus corazones y

se convierte en principio de fuerza moral y de santidad49. Al mismo tiempo, la palabra de Dios

que los fieles viven profundamente va acompañada de la comunión vital con Cristo. En este sentido,

la palabra de Dios es sinónimo de gracia, que actúa en el interior de los cristianos, los dispone

para la unión con Dios, y la realiza.

Los cristianos pertenecen, por consiguiente, a un orden extraordinariamente elevado: han

sido llamados a la santidad. Y su salvación es asegurada, por el conocimiento y por la comunión

vital que conservan con Cristo y con el Padre. De ahí que el apóstol les exhorte, en el

v.15, a evitar todo lo que se opone a la alta condición de los fieles de Jesucristo. No sólo han de

huir del maligno, sino que también han de luchar contra el mundo y sus concupiscencias.

San Juan se dirige a todos los fieles: No améis. Y pone ante su consideración una consecuencia

evidente: si han vencido al maligno5 o, han de permanecer en una separación radical del

mundo perverso, cuyo príncipe es Satanás51. El mundo, en la terminología joánica, designa a la

humanidad enemiga de Dios: al reino de Satanás con sus doctrinas perversas, sus errores y sus

pecados 52. Para guardar los mandamientos y permanecer en el amor de Dios53 hay que renunciar

al amor del mundo. Porque, como dice el apóstol Santiago, “la amistad del mundo, es enemiga

de Dios. Quien pretende ser amigo del mundo se hace enemigo de Dios.”54 La incompatibilidad

del amor de Dios y del amor del mundo es tan radical, que muy bien se puede decir: el amor del

mundo implica la privación del amor de Dios. El amor del mundo no puede existir en el corazón

de un cristiano que conoce y ama a su Padre celeste. La idea de la oposición radical entre Dios y

el mundo con todo lo que le pertenece formaba parte de la catequesis apostólica, siendo una de

sus enseñanzas más constantes 55.

El que se deja seducir por el mundo y por sus placeres, no puede tener en sí, no puede es5406

tar en él la caridad del Padre (v.15). San Juan no prohibe amar las cosas que hay en el mundo

material; lo que prohibe es que se amen desordenadamente. La caridad del Padre tiene sus objetos

determinados, que los cristianos no pueden modificar ni alargar. El ágape es más que una virtud,

es una vida y como una nueva naturaleza que nos incorpora al mundo de lo divino 56. Esta es

la razón de que el amor del mundo y el amor del Padre sean incompatibles. El amor del mundo

no puede coexistir con el amor de Dios 57. El cristiano ha sido engendrado por Dios a nueva vida,

y no puede tener otro amor que el que recibe de Dios 58. Por eso ha de ser incapaz de amar lo que

Dios no ama o lo que no le ofrece algo de la presencia de Dios. A este propósito dice muy bien

San Agustín: “Todo lo que hay en el mundo, Dios lo ha hecho.; pero ¡ay de ti si tú amas las criaturas

hasta el punto de abandonar al Creador! Dios no te prohibe amar estas cosas, pero te prohibe

amarlas hasta el punto de buscar en ellas tu felicidad. Dios te ha dado todas estas cosas. Ama

al que las ha hecho. Un bien mayor es el que El quiere darte, a sí mismo, que ha hecho estas cosas.

Si, por el contrario, tú amas estas cosas, aunque hechas por Dios, y tú descuidas al Creador y

amas al mundo, ¿acaso no será juzgado adúltero tu amor?”59 Y poco después vuelve a decir el

obispo de Hipona: “¿Amas la tierra? Tierra eres. ¿Amas a Dios? ¿Qué diré? ¿Eres Dios? No me

atrevo a decirlo por cuenta propia. Oigamos las Escrituras: Yo he dicho: Sois dioses e hijos del

Altísimo.” 60

A continuación el apóstol precisa las cosas del mundo que el cristiano ha de aborrecer.

Tres cosas principalmente hacen que el corazón del hombre se aleje de Dios: concupiscencia de

la carne, concupiscencia de los ojos y orgullo de la vida (v.16). La expresión concupiscencia

(επιθυμία) de la carne significa los deseos que emanan de la carne, es decir, de la naturaleza

humana corrompida, como el comer, el beber, el procrear, buscados de una manera desordenada,

110 para usar y servirse de ellos en la medida establecida por Dios, sino para abusar de ellos. La

frase de San Juan no designa, pues, lo que nosotros llamamos hoy día las pasiones de la carne.

Abarca rnás bien todos los apetitos y deseos propios de nuestra complexión corporal: la lujuria

en primer lugar, pero también los apetitos desordenados de la bebida, de la comida, de los placeres

mundanos, la aspiración al bienestar sensible, al dolce far mente, el austo por las emociones

fuertes61.

La concupiscencia de los ojos se refiere a la mala inclinación existente en el hombre de

servirse de los ojos para cometer pecados. Los ojos son las ventanas del alma, y a través de estas

ventanas entran las mayores excitaciones, que incitan al alma al mal. Los rabinos llamaban a los

ojos “los proscenios de la lujuria.”62 La concupiscencia de los ojos no hay que restringirla, como

han creído muchos autores, al dominio de la lujuria, ni todavía menos a la codicia de los bienes

terrenos. Abarca todas las malas inclinaciones que son atizadas por la vista; los deseos desordenados

de verlo todo: espectáculos, teatros, circos, revistas, boxeo, e incluso cosas ilícitas, por la

vana curiosidad o el placer de verlo todo. En tiempo de San Juan era frecuente contemplar en los

anfiteatros visiones crueles y espeluznantes que un cristiano no podía aprobar 63.

El orgullo (αλαζονεία) de la vida dice relación a la vanidad y al deseo desenfrenado

de honores, a la ostentación orgullosa de todo aquello que se posee y sirve para la vida. Es la

jactancia de los bienes terrenos, de las riquezas y de la fortuna 64. Es la idolatría del propio yo, la

autosuficiencia, que le lleva a no buscarse más que a sí mismo 65. El hombre tentado por el orgullo

de la vida desea y busca el fasto, el lujo excesivo, la exaltación de la propia persona. Implica

también la vanidad más vulgar, provocada por el poder que parece conferir la posesión de muchos

bienes terrenos.

Este es el peligro real de las riquezas. Por eso, Jesucristo en el Evangelio nos exhorta —

especialmente en el evangelio de San Lucas — a estar en guardia contra el peligro de las rique5407

zas 66.

Algunos padres de la Iglesia afirman que de estas tres concupiscencias derivan, como

de tres raíces, todos los pecados. Los tres votos religiosos de pobreza, castidad y obediencia

se oponen a estas tres concupiscencias 68.

Todas estas pasiones que se encuentran en el mundo es evidente que no provienen del

Padre, no se inspiran en su espíritu. Tales concupiscencias proceden del mundo, es decir, del

desorden que el pecado ha introducido en toda la creación. Por eso, el cristiano, engendrado por

Dios, no ha de tener otro amor que el del Padre. El amor del Padre tiene sus objetos determinados,

que sus hijos no pueden cambiar. Los fieles, nacidos de Dios, están en plena dependencia de

El, unidos a El de pensamiento y de corazón por la caridad. En consecuencia, rio podrían dejarse

arrastrar por lo que les es radicalmente opuesto, porque amar es conformarse a la voluntad divina

69 y adoptar los objetos de su caridad 70.

Por lo tanto, amar el mundo y sus cosas es una locura, porque el mundo pasa, y también

sus concupiscencias (v. 17); en cambio, el fiel que cumple la voluntad de Dios participa de su

eternidad. La fugacidad de las cosas mundanas es un motivo más para evitar el amor del mundo.

Por el contrario, el que pone en práctica los mandamientos — el que hace la voluntad de Dios

ése posee la vida eterna. La comunión con Dios, que se realiza aquí mediante la gracia, se perpetuará

en el cielo, en la comunión de la gloria eterna.

Desconfiar de los anticristos, 2:18-28.

18 Hijitos, ésta es la hora postrera, y corno habéis oído que está para llegar el anticristo,

os digo ahora que muchos se han hecho anticristos, por lo cual conocemos

que ésta es la hora postrera. 19 De nosotros han salido, pero no eran de los nuestros.

Si de los nuestros fueran, hubieran permanecido con nosotros; pero así se ha hecho

manifiesto que no todos son de los nuestros. 20 Cuanto a vosotros, tenéis la unción

del Santo y conocéis todas las cosas. No os escribo porque no conozcáis la verdad, 21

sino porque la conocéis, y sabéis que la mentira no procede de la verdad. 22 ¿Quién

es el embustero sino el que niega que Jesús es Cristo? Ese es el anticristo, el que niega

al Padre y al Hijo. 23 Todo el que niega al Hijo, tampoco tiene al Padre. El que

confiesa al Hijo, tiene también al Padre. 24 Lo que desde el principio habéis oído,

procurad que permanezca en vosotros. Si en vosotros permanece lo que habéis oído

desde el principio, también vosotros permaneceréis en el Hijo y en el Padre. 25 Y ésta

es la promesa que El nos hizo, la vida eterna. 26 Os escribo esto a propósito de los

que pretenden extraviaros. 27 La unción que de El habéis recibido perdura en vosotros,

y no necesitáis que nadie os enseñe, porque, como la unción os lo enseña todo y

es verídica y no mentirosa, permanecéis en El, según que os enseñó. 28 Ahora, pues,

hijitos, permaneced en El, para que, cuando apareciere, tengamos confianza y no

seamos confundidos por El en su venida.

El apóstol exhorta a los cristianos a permanecer fieles en la comunión cristiana ante el gran peligro

que les amenaza. Porque los anticristos ya están en el mundo (v.18). Son los herejes que se

esfuerzan por apartar a los fieles de Cristo. La aparición de estos seductores y anticristos es señal

de que la hora de la parusía está próxima. El tema de la proximidad de la parusía era una doctrina

enseñada en toda la Iglesia primitiva71.

San Juan es el único escritor del Nuevo Testamento que emplea el nombre de anticristo

72. Con este término quiere designar a los falsos cristos y falsos profetas que, según la enseñanza

5408

de Cristo y de los apóstoles, habían de aparecer como precursores de la parusía y del fin del

mundo 73. San Pablo nos habla del hombre de pecado, del hijo de perdición 74, pero no usa el

término anticristo. Por eso no podemos determinar si esta expresión es anterior o posterior a San

Pablo. San Juan considera al anticristo como un adversario de Cristo, como un enemigo de Dios,

como un usurpador, que trata de embaucar a los hombres presentándose como mesias75.

San Juan advierte a sus lectores que en el mundo existen ya muchos anticristos, conforme

a la predicación de nuestro Señor 76. Son todos aquellos que se oponen a Jesucristo y a su doctrina.

Son todos los impostores, los falsos profetas y falsos mesías, que circulan por un lado y por

otro difundiendo falsas doctrinas contra la divinidad de Jesucristo77. De la existencia de muchos

anticristos, los fieles han de concluir que ésta es la hora postrera (v.18). La expresión no ha de

tomarse literalmente, como si se tratase del tiempo inmediatamente anterior al juicio. San Juan

no quiere decir que la venida del Señor sea inminente. Se propone simplemente afirmar que la

última fase de la historia humana, la decisiva, que se extiende desde la encamación de Cristo hasta

la segunda venida 78, ya ha comenzado. El apóstol no se pronuncia sobre el momento de la parusía.

El Apocalipsis da pie para suponer que San Juan pensaba que antes del fin del mundo

habían de verificarse muchas cosas 79.

Nuestro Señor había anunciado, como ya hemos insinuado, que el fin del mundo sería

precedido por la aparición de pseudocristos y de pseudoprofetas 80. El término anticristo de San

Juan recapitula estos diferentes personajes que se oponen al reino mesiánico. El apóstol parece

designar con el nombre de anticristos (en plural) una colectividad. Si bien en 2 Tes 2:1-12 el adversario

aparece bajo los rasgos de un individuo, en la 1 Jn es más bien un grupo de herejes, de

adversarios de Cristo. En el Apocalipsis81 se trata también de potencias políticas y religiosas contrarias

a la doctrina de Jesucristo. San Pablo — según la sentencia de varios autores — habría

cambiado de opinión al final de su vida, considerando al anticristo como una colectividad herética

en lugar de un individuo 82. La idea de un anticristo individual y la de un anticristo colectivo

parece ser de origen judío83. Sin embargo, el P. Bonsirven afirma 84 que “la literatura judía no

conoce un anticristo personal.” Con todo, hay textos que parecen decir lo contrario 85. Desde luego,

el texto de la 1 Jn muestra con bastante claridad que San Juan piensa en una colectividad. La

frase: os digo ahora que muchos se han hecho anticristos (v.18), entendida en sentido colectivo

adquiere claridad insospechada. El anticristo — personificación de las fuerzas enemigas de Cristo

en todas las edades — está ya obrando en el mundo mediante ciertos individuos, que se pueden

llamar también anticristos. Por consiguiente, el anticristo colectivo lo constituyen todas las

fuerzas humanas opuestas a Jesucristo, que se han manifestado en las persecuciones desencadenadas

contra la Iglesia, en las doctrinas y en los escándalos esparcidos por los herejes y apóstatas

86.

Los anticristos de que habla el apóstol eran los falsos doctores, que antes habían pertenecido

a la comunidad a la cual se dirige San Juan. Formaban parte de ella sólo exteriormente, porque

no le pertenecían interiormente. No poseían su fe ni su espíritu. Eran falsos hermanos 87, lobos

con piel de oveja 88. Y la prueba de que no eran verdaderos cristianos está en que no han

permanecido con nosotros (V.1Q). Su espíritu de hipocresía no era compatible con el Espíritu de

verdad que mora en los cristianos. Como miembros muertos del Cuerpo místico de Cristo, se separaron

del resto de los cristianos: De los nuestros han salido. Esta separación fue providencial,

pues así la comunidad ha sido purificada, y ha desaparecido un peligro grave de contaminación.

No se trata de una excomunión, sino de una separación espontánea.

San Juan, al decir que no eran de los nuestros, no quiere significar que quien cae en el

error o en el pecado no haya estado antes en la verdad o en la justicia. Lo que quiere decir es que

5409

ordinariamente los que caen en el error es que antes no se habían adherido sinceramente a la verdad

cíe la fe (Colunga). El cristiano auténtico entra tan de lleno y tan decididamente en la nueva

luz divina de Cristo, que de ningún modo puede volverse atrás, contando siempre, naturalmente,

con la ayuda eficaz de la gracia. Sin embargo, en el plan divino entra que la doctrina de Jesucristo

sea motivo de separación entre los que la reciben y los que la rechazan. Y una tal separación

pondrá de manifiesto la fidelidad de los verdaderos cristianos 89.

En contraste con estos apóstatas están los fieles, que han recibido la unción del Santo y

poseen el verdadero conocimiento (v.20), que les permite distinguir el error de la verdad. Unción

(Χρίσμα) ordinariamente designa el acto consumado de ungir. Sin embargo, los LXX emplean el

término χρίσμα para designar el aceite de la unción 90. Y como la unción con óleo se llevaba a

cabo en los reyes, sacerdotes y profetas cuando eran elegidos o consagrados para desempeñar su

alta misión, de ahí que el óleo de la unción haya venido a tener un valor simbólico. Los cristianos

en el bautismo han recibido una unción sagrada, recibieron al Espíritu Santo 91. Ese Espíritu divino

ejerce sobre los fieles su acción iluminadora y santificadora. Por eso dirá en el v.21 que la

unción les proporciona el conocimiento de la verdad; y en el v.27, que la unción les enseña todo.

Otro tanto dice Jesús del Espíritu Santo prometido a los discípulos 92.

El Santo del que procede la unción es el mismo Jesús (cf. v.27). En el cuarto evangelio se

nos dice que el Espíritu Santo procede del Hijo 93, aunque también se afirma que procede del Padre

94. En realidad, en la unción del cristiano toman parte tanto el Padre como el Hijo.

San Juan escribe 95 a los fieles porque sabe que no están apegados al error (v.21). Ellos,

que han sido ungidos con el Espíritu de la verdad, no pueden ignorar la verdad. La verdad es la

fe cristiana; la mentira por excelencia es la doctrina de los anticristos. Los que son de la verdad y

han sido iluminados por su luz interior, saben que los errores de los anticristos se oponen a la

verdad. Los que propalan y defienden una mentira, no pueden ser de Dios ni pertenecer a la Iglesia

de Cristo. Si tuvieran algún apego al error, el apóstol no les escribiría, pues estaría separado

de ellos, como lo está de los falsos doctores. Les escribe porque está en comunión con ellos.

La mentira que esparcen los anticristos es la afirmación de que Jesús no es el Cristo

(v.22). Niegan, por lo tanto, la divinidad de Jesucristo, la filiación divina de Cristo. Bastantes

autores ven aquí una alusión probable al error de los ebionitas, herejes gnósticos que concebían a

Cristo como un eón que descendió sobre el hombre Jesús en el bautismo y que lo abandonó en el

momento de la pasión. En cuyo caso el que habría muerto y resucitado sería tan sólo el hombre

Jesús 96. De donde se deduce que esta herejía negaba la divinidad de Cristo y la redención. Negar

que Jesús es el Cristo es lo mismo que negar que es el Hijo de Dios. Y negar al Hijo es también

negar al Padre, por la correlación existente entre la filiación y la paternidad y porque el Hijo es la

revelación del Padre. El Hijo es inseparable del Padre. Y “nadie conoce al Padre sino el Hijo y

aquel a quien el Hijo quisiere revelárselo.” 97 En cambio, el que conoce y confiesa al Hijo está en

íntima comunión con el Padre, y tiene en sí al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo 98. Una vez que

Cristo vino al mundo, no hay comunión posible con Dios sino a través del Hijo. Jesucristo es el

único camino que conduce realmente a los fieles a la verdadera unión con Dios .”

Después de referirse a los errores cristológicos y trinitarios, San Juan, se vuelve de nuevo

a los cristianos para exhortarlos. Lo que han oído los fieles desde el principio (v,24) es la doctrina

tradicional de la fe enseñada por los apóstoles. Esa doctrina tradicional ha de permanecer en

ellos 100. Porque la fidelidad a la enseñanza tradicional es condición esencial para permanecer en

el Hijo y en el Padre, para conservar la gracia y la comunión vital con la Santísima Trinidad. El

apóstol da gran importancia a la tradición, fuente de la revelación. Afirma que la doctrina que

recibieron desde el principio es la tradicional de la comunidad, la que siempre se enseñó en la

5410

Iglesia por haber sido enseñada por los mismos apóstoles 101.

La palabra de Cristo es una realidad tan sublime, que el permanecer en ella nos procura el

bien supremo: la inhabitación de la Santísima Trinidad en nuestras almas, que es la forma más

perfecta de comunión con Dios 102. La comunión con la Trinidad Beatísima da a los cristianos la

seguridad de poseer la vida eterna prometida por Cristo (v.25). Esta vida, coronamiento en la

gloria de la unión comenzada sobre la tierra, es presentada como el objeto del mensaje de Jesús.

Porque su conocimiento implica el conocimiento de toda la revelación hecha por el Verbo encarnado

103.

En este pasaje, vida eterna tiene sentido escatológico y designa la gloria prometida. Ordinariamente,

para San Juan la vida eterna es la comunión vital con Dios, es la vida de la gracia

poseída por los cristianos en este mundo 104. En realidad, gracia y gloria para el apóstol San Juan

no son otra cosa que diversas fases, distintos estadios de la gloria definitiva.

San Juan ha escrito estas cosas a los fieles a propósito de los herejes para que estén siempre

en guardia contra las insidias y los engaños de los falsos maestros (v.26). Porque si bien están

fuera de la Iglesia, permanecen siendo un peligro continuo, ya que tratan de hacer prosélitos.

Estos herejes seductores no se limitan a defender sus falsas doctrinas, sino que se esfuerzan por

arrastrar a otros a ellas.

Los cristianos, a los cuales se dirige San Juan, no necesitan que nadie les enseñe, porque

la unción que de El han recibido les enseña todo (v.27). El apóstol se refiere a los falsos maestros

de los que ha hablado. Los fieles no tienen necesidad que ninguno de esos falsos doctores les

instruya. Esto no significa que San Juan aconseje a sus lectores la emancipación de toda autoridad

docente. El hecho de haber recibido la unción del Espíritu Santo no les dispensa de la debida

sumisión al magisterio eclesiástico. San Juan coloca al lado de la aceptación creyente del mensaje

de Jesucristo recibido por tradición la enseñanza interior del Espíritu Santo, que dará a

los fieles la certeza subjetiva de su verdad. Es decir, que para San Juan existe, además del magisterio

externo de la Iglesia, el magisterio interno del Espíritu Santo. Gracias a la enseñanza dada

por la unción de una manera siempre presente y actual, los cristianos pueden permanecer en

Cristo.

Este magisterio interior del Espíritu Santo infunde en las almas la luz de la fe 105, da a los

cristianos el gusto y la inteligencia de la verdad revelada y confiere un conocimiento especial de

Dios, una verdadera iluminación que introduce al alma en el secreto de los misterios divinos 106.

De este magisterio interior nos hablan ya en el Antiguo Testamento Isaías 107 y Jeremías 108, y en

el Nuevo Testamento, San Juan 109 y San Pablo 110.

¿Hay fundamento en este v.27 para que Lutero y muchos protestantes opongan la concepción

pneumática de la 1 Jn a la doctrina católica del magisterio eclesiástico? No hay fundamento

alguno, porque San Juan no pretende excluir, sino que más bien supone que en la Iglesia

existe un magisterio legítimo y externo. Lo ha afirmado ya claramente en el v.24 al hablar de la

doctrina evangélica recibida de los apóstoles. Además de este magisterio externo existe para los

fieles que permanecen en comunión vital con Cristo otro magisterio interior, constituido por la

misteriosa unción divina. Los fieles han de permanecer en esa comunión con Dios, no siguiendo

las doctrinas erróneas de los falsos maestros, sino las enseñanzas de la fe y de la moral que han

aprendido en el pasado por boca de los apóstoles 111.

Cristo es el que ha dado a los fieles la unción del Espíritu, que les enseña todo. Y el Espíritu

Santo, a su vez, es el que conduce los cristianos a la comunión con Cristo y los conserva en

ella 112.

El apóstol concluye esta sección insistiendo en su exhortación a permanecer unidos a

5411

Cristo (v.28). La expresión ahora puede ser una conclusión lógica de lo que precede o una alusión

a la parusía, de la que va a hablar. San Juan invita a los fieles a permanecer en Cristo. El

motivo por el cual les invita a permanecer en El es para estar preparados para el día de la parusía.

El Señor se manifestó ya una primera vez al venir al mundo para redimirnos. Esta primera manifestación

ha sido, sobre todo, revelación del amor de Dios 113. Pero habrá otra manifestación gloriosa

al final de los tiempos. Será la parusía, la segunda venida de Cristo como Señor y como

Juez para dar a cada uno según sus obras. Sin embargo, en esta última manifestación, por muy

terrible que sea, se mostrará el amor misericordioso de Dios, que nos debe infundir confianza

(παρρησία) en esa hora suprema. Permaneciendo en Cristo, se posee una feliz confianza; no se

siente temor de ser confundido cuando aparezca como Juez supremo. El término παρρησία designa

la libertad llena de confianza con la que el creyente debe presentarse ante Cristo Juez 114.

La idea que tiene San Juan de la parusía 115 es una concepción casi filial y llena de confianza del

juicio final.

1 Jn 14:16. Cf. F. Mussner, Die iohanneischen Parakletsprüche und die apostolische Tradition: BZ (1961) 56-70. — 2 Rom 8:34; Heb

4:14-16; 7:24-25; 9:24; cf. 1 Tim 2:5. Cf. A. G. James, Jesús our Advote: ExpTim 39 (1928) 473-475- — 3 Jn 17:25; 1 Jn 1:9. —

4 Is 52:13-53:12. — 5 Heb 9:11-14; Ap 1:5. — 6 Rom 3:25. — 7 Cf. A. Charue, o.c. 1x525. — 8 Gf. Ap 5:6. A propósito de la

satisfacción sobreabundante de la pasión de Cristo, véase Tomás, Suma Teol. 3 q.48 a.2. — 9 Cf. Jn 3:16-21. — 10 1 Jn 4:14; cf.

Jn 3:17; 4:42; 12:47; 1 Tim 2:4-6. — 11 M. E. Boismard, La connaissance de Dieu dans l'Alliance Nouvelle d'aprés la premiére

lettre de S. Jean: RB 56 (1949) 381. Cf. también J. Alfaro, Cognitio Del et Christi in 1 Jn: J 39 (1961) 89-91; F. J. Rodríguez Molero,

o.c. p.372. — 12 Sant 2:14ss. — 14 pal 5:6. — 15 1 Jn 1:6. — 16 Cf.Jn 14:15.21.23. — 17 J. Chaine, o.c. ρ.155· — 18 Rom

5:5. — 19 1 Cor 8:2-3; — 20 Cf. Jn 14:24; Ap 22:7.9- — 21 Cf. Jn 5:38; 8:31; 1 Jn 1:10; 2:14. — 22 La segunda parte del v.5: en

esto conocemos que estamos en El, parece referirse a lo que sigue y no a lo que precede (Vulgata). La razón es que la gracia es

considerada bajo el aspecto de nuestra inclusión en Dios, corno en el v.6. Es el anuncio de un segundo signo de la comunión con

Dios. Así lo interpretan Merk, Charue, Chaine, dom R. Díaz, etc. — 23 SANTO TOMÁS, Suma Teol. 2-2 q.23 a.2 ad i. Cf. C. Spicq,

Ágape. Prolegoménes a vne étude de la théologie ncotestamentaire (Lovaina 1955) p.21oss; A. Sustar, De caritate apud S. loannem:

VD 28 (1950) 265. — 25 Jn 15:10. — 24 Jn 4:34; 5:30; 6:38ss. — 26 Jn 13:15. — 27 La frase permanecer en El es una expresión

joánica que se encuentra con frecuencia en los escritos de San Juan: 41 veces en el cuarto evangelio, 22 veces en la 1 Jn y

3 veces en la 2 Jn. Cf. G. Pecorara, De verbo “numere” apud loannem: DivThom 40 (1937) 154-171· — 28 Cf. Jn 15:6-7; 1 Jn

2:24; 3:24; 4:12. — 29 Jn 15:4-7. — 20 Cf. 1 Jn 2:18-27; 3:2.12.23; Lc 6:36. — 31 J. Ghaine, o.c. p.15o. — 32 En los v.7 y 8, San

Juan habla de un mandamiento antiguo que, sin embargo, es nue-No alude a lo que precede, sino que quiere designar un mandamiento

determinado, que solo en el v.g se expresa. Como sucede frecuentemente en San Juan, el pensamiento se va precisando a

medida que se desarrolla. — 33 Jn 13:34; 15:10-12. — 34 Lc 10:25-37; 23:34; Jn 15,12s. — 35 Jn 13:345. — 36 Gf. Lev 19:18.

Cf. F. J. Rodríguez Molero, o.c. p.38os. — 37 Acerca del concepto de luz en San Juan se pueden ver J. C. Bott, De notione lucís in

scriptis S. loannis Apostoli: VD 19 (1939) 81-91; B. BUSSMANN, Der Begriff des Lichtes beim heiligem Johannes (Münster 1957);

R. Bultmann, Theologie des Neuen Testaments (Tü-bingen 1954) p.36453. — 38 Jn 8:12; 12:47; cf. 1 Jn 2:2. — 39 A. Charue,

o.c. p.527. — 40 1 Jn 1:5. — 41 En los sinópticos, por el contrario, el objeto del amor es el prójimo, que puede referirse a cualquier

hombre, incluso a un enemigo (Mt 22:39; 25:42-46; Mc 12:28-34; Lc 10:25-37)· Sin embargo, no podemos decir que exista

oposición entre los escritos de San Juan y los de los demás autores del Nuevo Testamento, incluido también San Pablo, para el

cual prójimo no es sólo el hermano en la fe, sino cualquier hombre. La caridad fraterna implica y es la perfección de la caridad

hacia el prójimo. Cf. F. J. Rodríguez Molero, o.c. p.386-387. — 42 J. Huby, Mystiques pauUnienne et johannique (París 1946)

p.15s. — 43 Prov 4:19; Jn 12:35. — 44 C. Spicq, Ágape vol.3 (París 1959) p.249. — 45 Tiempo mantenido y fomentado en el corazón

de los falsos cristianos.. — 46 Con la mayoría de los autores, Charue, Plummer, De Ambroggi, Nácar-Colunga, Zerwick,

damos a OTI un sentido causal: porque. Creemos que es preferible al sentido completivo que. — 47 1 Jn 1:7.9; 2:2. — 48 El término

padres (πατέρες), para designar a las personas de más edad entre sus lectores y a los más avanzados en virtud, es único en el

Nuevo Testamento. Sólo encontramos algo parecido en San Pablo (cf. Ef 6:4 y Gol 3:21). Gf. F. J. Rodríguez Molero, o.c. p-393·

— 49 Gf. 1 Jn 1:10; 2:5-6. — 50 1 Jn 2:12-14. — 51 1 Jn 12:31. Cf. G. Spicq, Ágape III p.250. — 52 Mundo es uno de los términos

más empleados por San Juan: en el cuarto evangelio aparece 77 veces; en 1 Jn, 22 veces. Gf. R. Lowe, Kosmos und Aion (Gütersloh

1935) 1243. — 53 1 Jn 2:3-11. — 54 Sant 4:4-5. — 55 Mt 6:24; Lc 16:13; Jn 17:9; 1 Cor 2:12; 3:19. — 56 C. Spicq, o.c.

p.251. — 57 Filón, De decálogo 151. — 58 1 Jn 4:7. Cf. G. Spicq, o.c. p.251. — 59 San Agustín, In I Epist. loannis, tr.2.11 : PL

35:1995. — 60 San Agustín, ibid., tr.2,14: PL 35:1997. — 61 Cf. Ef 2:3; 1 Pe 2:11; 2 Pe 2:10-12. — 62 Gf. J. Bonsirven, Epítres

de S. Jean, en Verbwn Salutis 9 (París 1936) p.128. Véase también Ez 23:12-17; Prov 27:20; Job 31:1; Mt 5:28. — 63 Cf. San

Agustín, Confesiones 10:53: PL 32:801. — 64 Cf. 1 Jn 3:17; Mc 12:44; Lc 15:12.30. — 65 Cf. Sab 5:8; Sant 4:16. — 66 Cf. Me

10:23; Le 6:24; 11:41; 12:15.16-21; 14:12-14; 16:19-31. Cf. F. M. López Melús, Pobreza ν riqueza en los Evangelios (Madrid

1963) p.101-222. — 67 Tomás, 2-2 q.78 a. 5. — 68 Cf. De Ambroggi, o.c. p.238. — 69 1 Jn 2:5. — 70 G. Spicq, Ágape III p.251.

Cf. F. J. Rodríguez Molero, o.c. p.402. — 71 Gf. Rom 13:11; 1 Cor 7:29-31; FÜ4:5; 1 Tes 5:1; 2 Tes 5:1; 2 Tes 2:2; Heb 10:25;

Sant 5:8; 2 Pe 3:9. Cf. también Didajé 10:6; 1 Clem. 23:2; Epíst. de Bernabé 4:1; San Ignacio De Antioquía, Ad Eph. ir,i; San Justino

M., Dial, con Trifón 32:3; San Cipriano, De mortal, 2:15.25; Ad Demetr. 3:4; De unit. Eccl. 16; Ad Fortun. i; Epist. 58:1;

61:4; 67:7. — 72 1 Jn 2:18; 2:22; 4:3; 2 Jn 7. — 73 Mt 24:5.24; Mc 13:6; Lc 17:23; Act 20:30; 1 Tim 4:1.; 2 Tim.4:3. — 74 2 Tes

2:3-12. — 75 Mt 24:24; Mc 13:22. — 76 Mt 24:24; Mc 13:21; Lc 17:23 — 77 2 Jn7. — 78 Cf. Act 2:17; Heb 1:2; 1 Pe 1:20. —

79 Cf. E. B. Allo, Apocalypse*: Études Bibliques (París 1933) p.CXX.CXXXVII-CXLIIl. — 80 Mc 13:22. — 81 Ap 11:7; 13:1-

10; 16:13; 17:8; 20:1-3.7-10. — 82 1 Tim 4:1-4; cf. Jds v.17-18. — 83 Strack-Éillerbeck, o.c. III 637-641. — 84 J. Bonsirven, Le

Judaisme palestinien vol.i (París 1934) p.405. — 85 Or. Sib. 3:63-74; 4:119-121.137-139; 5:1-51.100-110.215-245; 4 Esd. 5:6.

5412

Cf. J. Chaine, o.c. p.168. — 86 Cf. De Ambroggi. o.c., p.240; B. Rigaux, L'Antechrist (París 1932) p.386. — 87 Gal 2:4 — 88 Mt

7:15; Act 20:29. — 89 Cf. 1 Cor 11:19. — 90 Ex 29:7; 30:25; 40:15. — 91 2 Cor 1:21-22. — 92 Jn 14:16; 16:13. — 93 Jn 15:26;

16:14-15. — 94 Jn 14:16.26. — 95 El os escribo (έγραψα) es un aoristo epistolar que equivale a nuestro presente. — 96 Cf. San

Ireneo, Adv. haer. 1:26:1: PG 7:686. — 97 Mt 11:27; cf. Jn 1:18; 5:23; 14:6-9; 15:23. — 98 Cf. Jn 8:19; 14:9-11. — 99 Jn 14:6ss.

— 100 Cf. G. Pecorara, De verbo “manere” apud lohannem: DivThom 40 (1937) 159-17i· — 101 1 Jn 1:1-3. — 102 1 Jn 1:4. Cf.

F. J. Rodríguez Molero, o.c. p,416. — 103 Cf. J. Chaine, o.c. p.173. — 104 Cf. 1 Jn 3:15 ; Jn 3:36. — 105 1 Jn 5:9-10; cf. Jn

5:37ss; 6:4455. — 106 J. Bonsirven, Építres de S. Jean, en Verbum Salutis 9 (París 1936) p. 146-150. Cf. también Tomás, Suma

Teol. 2-2 q.8 a.4 ad i; San Agustín, In I Épist. loannis tr.3:11: PL 35:2004. — 107 Jn 14:26. — 108 31:31-34; cf. Jn 6:45; Heb 8:8-

12. — 109 54:13 — 110 1 Tes 4:9. — 111 Cf. San Acustín,'Ín JEptst. loannis tr.3:13: PL 35:2004; F. J. R. Molero, o.c. p.417-418.

— 112 Cf. Jn 14:26; 16.11SS. — 113 1 Jn 1:2; 3:5; 4:9; 5:11. — 114 Literalmente παρρησία significa “franqueza, osadía, libertad

al hablar” a un hombre superior. — 115 Parusía (παρουσία), que es tan frecuente en el Nuevo Testamento, en los escritos joánicos

sólo se encuentra en este lugar. Literalmente significaba “presencia,” y designaba la primera visita solemne que realizaba un rey a

una ciudad o provincia. En el Nuevo Testamento es un término técnico para expresar la segunda venida de Cristo.

Segunda parte: El cristiano ha de vivir como hijo de Dios, 2:29-

4:6.

En esta segunda parte de la epístola, San Juan continúa hablando de la unión con Dios, pero la

considera bajo el aspecto de la filiación divina de los cristianos. Con diversas imágenes 1 trata de

expresar la participación de los fieles en la vida de Dios. Afirma que somos hijos de Dios y que

esta filiación es la prueba del amor del Padre para con nosotros (2:29-3:2); los hijos de Dios han

de ser santos (3:3-10), han de practicar la caridad fraterna (3:11-24) y guardarse del error (4:1-

6).

Principio: Vivir como hijos de Dios, 2:29-3:2.

29 Si sabéis que El es justo, sabed también que todo el que practica la justicia es nacido

de El. 1 Ved qué amor nos ha mostrado el Padre, que seamos llamados hijos de

Dios y lo seamos. Por eso el mundo no nos conoce, porque no le conoce a EL 2 Carísimos,

ahora somos hijos de Dios, aunque aún no se ha manifestado lo que hemos de

ser. Sabemos que cuando aparezca seremos semejantes a El, porque le veremos tal

cual es.

La idea de justicia es la que sirve de lazo de unión entre el v.29 y la sección precedente. Los que

practican la justicia podrán presentarse con confianza en el día del juicio, porque los justos son

realmente los hijos de Dios, nacidos en El a una nueva vida. El cristiano por el bautismo adquiere

la filiación divina 2, la gracia, por la que el hombre se hace partícipe de la naturaleza divina 3.

El ser nacidos de Dios es algo sobrenatural, algo totalmente divino que no puede brotar de la naturaleza

humana.

El apóstol dice a los fieles que ellos saben bien que Dios es justo y esencialmente perfecto.

De aquí han de sacar la consecuencia: el que ha nacido verdaderamente de Dios y participa

realmente de su vida es el que practica la justicia, el que guarda los mandamientos 4. Y el que

practica la justicia, es decir, el que realiza en su vida la ley moral, ha nacido de Dios. El criterio

de la filiación divina es la semejanza con Dios, la perfección interior que da al cristiano la gracia.

Por eso, dice Jesús en el sermón de la Montaña: “Sed perfectos, como perfecto es vuestro Padre

celestial.”5 La razón profunda de todo esto es que, cuando se ha nacido de Dios, se participa

de su naturaleza y, por lo tanto, se asemeja a El.

5413

Capitulo 3.

La imagen del nacimiento aplicada al don de la vida divina se encuentra frecuentemente en San

Juan 6. Ese nacimiento tiene lugar en el bautismo. El nuevo nacimiento del cristiano le confiere

el nombre y, en cierto sentido, la naturaleza de hijo de Dios. El amor de Dios es tan generoso,

que llega a engendrar al hombre por amor a la vida divina. El cristiano no es llamado hijo de

Dios únicamente por una ficción jurídica y extrínseca, sino que es realmente hijo de Dios. La filiación

adoptiva entre los hombres consiste solamente en la comunicación exterior de un derecho

entre el adoptante y el adoptado. En cambio, la filiación adoptiva divina consiste en la participación

de una nueva vida, de una nueva naturaleza semejante a la de Dios, el cual adopta al hombre

por medio de un nuevo nacimiento o regeneración7. Por eso muy bien puede exclamar San Juan,

maravillado al recordar a sus lectores el don extraordinario de la filiación divina: Ved qué amor

nos ha manifestado el Padre, que seamos llamados hijos de Dios y lo seamos en realidad (v.1) 8.

Dios nos ha amado tanto, que, no contento con darnos a su Hijo único 9, nos ha hecho a nosotros

mismos hijos suyos por adopción comunicándonos su propia naturaleza 10. Si tal es la dignidad

del cristiano, nada tiene de particular que el mundo no los conozca. Mundo está tomado aquí en

sentido peyorativo: designa a los enemigos de Dios u. Como nuestra dignidad sobrenatural es

una participación misteriosa de la vida de Dios, los que no conocen a Dios tampoco conocerán a

los hijos de Dios. Ya lo había anunciado nuestro Señor: Los que han de perseguir a los discípulos

de Cristo, “lo harán porque no conocieron al Padre ni al Hijo.” 12

El amor (αγάπη) divino es una realidad espiritual que no cae bajo el dominio de los sentidos.

Pero aunque sea espiritual es perceptible en sus efectos (Ιδεΐν) y objeto de la fe 13. Ved

(ίδεΐν) evoca una mirada de simpatía, de admiración hacia su objeto 14, de contemplación jubilosa

15. “La caridad — dice el P. Spicq —, cuyo objeto somos nosotros mismos, es un amor excepcional,

prodigiosamente generoso, que viene del cielo; es decir, su naturaleza no puede ser sino

divina.”16 Este amor divino es una realidad existente que Dios nos da (δέδωκεν) gratuitamente.

El verbo griego acentúa la gratuidad y la realidad de este don divino. Este don concedido por el

Padre a los creyentes es Dios mismo, que nos hace partícipes de su naturaleza divina por medio

de la gracia 17 y nos hace hijos del mismo Dios. El nacimiento a la vida divina es atribuido aquí

al amor (αγάπη) del Padre, ese amor maravilloso de Dios con el que ama tiernamente a los cristianos

como a sus propios hijos 18.

Este amor especial del Padre a los discípulos de Jesús se extiende a todos los que aman a

su Hijo, a todos los verdaderos cristianos. Ser llamado, en lenguaje bíblico, es equivalente a ser,

porque, cuando Dios llama o impone un nombre, realiza lo que ese nombre enuncia19. Por consiguiente,

los cristianos llamados hijos de Dios lo son realmente 20. Por eso San Juan añade con

énfasis: y lo seamos. Nuestra filiación divina no constituye, por lo tanto, una simple metáfora,

sino que es una consoladora realidad 21.

El apóstol vuelve en el v.2 a interpelar a los fieles para atraer su atención, y les dice: Carísimos,

ya somos desde ahora hijos de Dios, aunque todavía no se ha manifestado plenamente

lo que hemos de ser (v.2). La dignidad que los cristianos poseen realmente es ignorada del mundo

e imperfectamente conocida por los mismos fieles, porque aún no ha producido todos sus

efectos. Los misterios divinos sólo los podemos entrever aquí abajo como en enigmas, como a

través de un espejo imperfecto, que refleja mal la imagen 22. Será en el cielo donde los hijos de

Dios aparecerán lo que realmente son. Hijos de Dios ya lo somos desde ahora, porque la vida

eterna ya mora en nosotros 23. Pero la filiación divina tendrá su plena expansión solamente en el

cielo, cuando los fieles vean a Dios tal cual es. Por la fe ya conocemos nuestra, dignidad de hijos

5414

de Dios; mas el premio que nos espera en el cielo sólo lo podemos pregustar en esperanza.

Cuando aparezca Cristo glorioso en la parusía final o cuando se haya terminado nuestro perfeccionamiento

sobrenatural, entonces gozaremos de la visión beatífica y nos haremos semejantes a

El, porque la filiación divina nos descubrirá su inmensa profundidad al conocer mejor nuestra

semejanza con Dios. La visión implica una unión consciente y, por lo tanto, más perfecta del alma

con Dios. En la visión beatífica, nuestra inteligencia alcanzará la misma esencia de la causa

primera. De esta suerte logrará la perfección por la unión con Dios como su sujeto, en el cual

únicamente está la bienaventuranza del hombre. En el cíelo veremos a Dios “cara a cara” y sin

velos, con una visión inmediata, intuitiva, facial 25.

Romper con el pecado, 3:3-10.

3 Y todo el que tiene en El esta esperanza se santifica, como Santo es El. 4 El que comete

pecado traspasa la Ley, porque el pecado es transgresión de la Ley. 5 Sabéis

que apareció para destruir el pecado y que en El no hay pecado. 6 Todo el que permanece

en El no peca; y todo el que peca no le ha visto ni le ha conocido. 7 Mijitos,

que nadie os extravíe: el que practica la justicia es justo, según que El es justo; 8 el

que comete pecado, ése es del diablo, porque el diablo desde el principio peca. Y para

esto apareció el Hijo de Dios, para destruir las obras del diablo. 9 Quien ha nacido

de Dios no peca, porque la simiente de Dios está en él, y no puede pecar porque

ha nacido de Dios. 10 En esto se conocen los hijos de Dios y los hijos del diablo. El

que no practica la justicia, no es de Dios, y tampoco el que no ama a su hermano.

La esperanza cierta de la visión beatífica es un motivo poderoso para santificarse. La esperanza

cristiana es también un don gratuito de Dios 26. Se funda en la promesa divina 27 y en la realidad

de la filiación divina. La idea de que poseen en su alma el don de la gracia divina ha de impulsar

a los cristianos a purificarse de toda mancha (v.5). La imagen de la purificación (Nácar-Colunga:

“se santifica”), tomada aquí en sentido moral, probablemente se inspira en las ceremonias legales

hebreas. Del mismo modo que los hebreos se purificaban con sacrificios y ritos expiatorios para

entrar en el templo de Jerusalén 28, así también los cristianos deben purificarse espiritual e interiormente

para entrar en el cielo.

San Juan había dicho en 1 Jn 1:7 que la sangre de Jesús es la que nos purifica de todo pecado.

Aquí, en cambio, enseña que el que tiene la esperanza de la visión beatífica, se purifica a sí

mismo de los pecados. Sin embargo, no existe contradicción entre estos dos textos. Los cristianos

no pueden salvarse sin la gracia y los méritos de Cristo, y, al mismo tiempo, nuestro esfuerzo

es también necesario en la obra de nuestra santificación. El cristiano no debe contentarse con una

pureza meramente negativa, sino que, para imitar mejor a Cristo, ha de esforzarse por adquirir

una pureza positiva, que le hará conformarse más plenamente con Dios. Por eso, si Cristo es santo,

es decir, libre de todo pecado, también el cristiano ha de esforzarse por conseguir esa pureza.

La justicia del cristiano es incompatible con el pecado porque el pecado es, por definición,

la transgresión de la voluntad divina manifestada en la ley moral (v.4). Nácar-Colunga traduce

ανομία por transgresión de la Ley, siguiendo el sentido etimológico de la palabra: ilegalidad,

violación de la ley. Pero en este pasaje ανομία no parece referirse a la ley mosaica 29. El

término ανομία tiene en el Nuevo Testamento el significado de iniquidad. Designa un estado colectivo,

el de la hostilidad de las fuerzas del mal contra el reino de Dios. Por eso, dice Beda Rigaux

3°: “El Nuevo Testamento entiende por ανομία el estado de hostilidad a Dios en que se encuentra

el que rehusa los privilegios hecho a la humanidad por Cristo.”

5415

San Juan, siguiendo su costumbre de los contrastes, pone frente a los hijos de Dios — de

los que ha estado hablando (v.1-3) — los hijos del diablo. Por el comportamiento moral que tenga

cada cristiano podrá saber a qué grupo pertenece: si forma parte del bando de los hijos del

diablo o del de los hijos de Dios. Todo el que comete pecado, no sólo comete una acción mala,

sino que también obra la iniquidad, revelándose como hijo del diablo y enemigo de Dios. El término

ανομία == iniquidad, describe, por lo tanto, la realidad espiritual, el estado interior del pecador

31.

El apóstol aduce a continuación la razón por la cual los cristianos no deben pecar: Cristo

vino al mundo para destruir el pecado (ν.5). El término pecado está en plural: τάς αμαρτίας, como

para indicar mejor la universalidad de la redención. Cristo apareció en este mundo para destruir

los pecados de todos los hombres. San Juan Bautista había llamado a Jesús “el cordero de

Dios que quita el pecado del mundo” 32. Aquí San Juan no llama a Jesús cordero, pero afirma su

santidad sustancial, en virtud de la cual ha podido santificar a los cristianos. Jesucristo tomó sobre

sí nuestros dolores y nuestros pecados para expiar por ellos y borrarlos 33, aunque en El no

había ningún pecado. Por consiguiente, si Jesucristo, siendo la misma impecabilidad, sufrió tanto

por librarnos del pecado, nosotros, a ejemplo de El, hemos de aborrecer totalmente el pecado,

pues formamos un solo cuerpo con El.

Y el que permanece en Cristo mediante la comunión vital de la gracia, no peca (v.6). El

apóstol enseña que la verdadera comunión con Dios excluye el pecado. De donde se sigue que el

que peca no posee la unión con Cristo. Por el contrario, el que permanece en Cristo no peca; no

comete los pecados que los herejes permitían. Los herejes, contra los cuales combate San Juan,

pretendían tener la comunión con Dios sin guardar los mandamientos 34. No se puede estar en

pecado y con Cristo. El pecado es, por lo tanto, un signo de discernimiento entre los verdaderos y

falsos cristianos.

San Juan, al decir: todo el que permanece en El no peca (v.6), no afirma la impecabilidad

absoluta del cristiano ya justificado, como se ve claramente por lo que deja dicho en 1 Jn 1:8;

2:1. Lo que dice el apóstol es que el cristiano, mientras practica la justicia, es decir, mientras se

esfuerza por vivir según la ley de Dios, posee la comunión con Dios y no puede pecar 35. Pero

este esfuerzo por vivir en conformidad con la ley de Dios presupone la renuncia seria del cristiano

a todo lo que es pecado. Como dice San Agustín con frase lapidaria: “In quantum in ipso manet,

in tantum non peccat36. El estado normal del cristiano es el estado de gracia 37.

La transgresión voluntaria y consciente de la ley de Dios aparta al hombre de El e indica

falta de verdadero conocimiento de Cristo. El conocimiento que se tiene de Cristo se manifiesta

en la conducta de la vida. Los que habitualmente pecan o están en estado de pecado muestran

con su conducta que nunca conocieron realmente a Cristo. Porque, si realmente lo hubieran conocido

con una fe viva acompañada de obras de caridad, no podrían permanecer en el pecado. De

donde se deduce la consecuencia de que el que peca es porque no conoce a Cristo, no le ha visto

con los ojos de la fe.

En el v.7, el apóstol dirige a sus lectores una vibrante exhortación: Mijitos, que nadie os

extravíe diciendo que el pecado puede coexistir con la comunión divina. Tal era la enseñanza de

los anticristianos, de los falsos doctores, con la cual — tanto en la 1 Jn como en la epístola de

Judas y en la 2 Pe — trataban de seducir a los fieles. San Juan les advierte que podrán saber si

son buenos o malos cristianos fijándose en los frutos que dan. El árbol se conoce por los frutos

38. El que practica la justicia es justo, como Cristo también es justo. Justicia (δικαιοσύνη) aquí

designa la observancia de todos los preceptos y la práctica de todas las virtudes. En cambio, el

que comete pecado es del diablo (v.8), porque participa de su malicia y se somete a su imperio.

5416

San Juan acentúa la antítesis al contraponer el que comete pecado al que practica la justicia.

La expresión ser del diablo indica una relación de pertenencia, de dependencia. Los que

son del diablo se dejan conducir por él, siguen sus inspiraciones 39, imitan su manera de proceder.

Por eso dice muy bien San Agustín que se es hijo del diablo por imitación 40. El diablo fue el

que introdujo el pecado en el mundo y el que sedujo a nuestros primeros padres. Desde entonces

continúa pecando y haciendo pecar a los hombres41.

Jesucristo vino al mundo para destruir el pecado, que es obra del demonio. Por eso en

realidad la redención ha ido dirigida contra el diablo. La encarnación ha tenido como finalidad,

según San Juan, la destrucción del pecado. Cristo ha entablado con el demonio una lucha sin

cuartel, que todavía continúa después de su magnífica victoria sobre la cruz. Los cristianos están

complicados en esta terrible lucha, y han de perseverar en ella hasta la victoria final.

En oposición al pecador, que pertenece al diablo, San Juan nos presenta al que ha nacido

de Dios, el cual no peca (V.9). La realidad sublime de la filiación divina tiene para el apóstol una

importancia extraordinariamente elevada. No somos hijos de Dios en un sentido metafórico, sino

en un sentido muy real, en cuanto participamos de la misma vida de Dios. El V.9 vuelve a tratar

de la impecabilidad del que ha nacido de Dios42, de la que ya ha hablado en el v.6. San Juan

prueba esa impecabilidad del verdadero cristiano diciendo: Quien ha nacido de Dios no peca,

porque la simiente de Dios está en él. La simiente de Dios es el principio de la vida divina, el

germen divino, que nos hace hijos de Dios. Es lo que los teólogos llaman gracia santificante, que

va acompañada de los dones del Espíritu Santo, de las virtudes infusas y de actos sobrenaturales.

La mayor parte de los autores entiende esta simiente del Espíritu Santo. En realidad, la gracia

santificante y la inhabitación del Espíritu Santo están en íntima relación, en cuanto que una supone

la otra 43. Otros han visto designado en esta expresión a Cristo, el Germen por excelencia44.

El P. Braun45, siguiendo la interpretación que da de 1 Jn 2:20-27, cree que simiente significa la

palabra de Dios, es decir, el objeto de la fe recibido por los neófitos como principio de nueva

vida y de santificación, que es conservado en lo profundo del alma 46. En este sentido nos dice

San Juan en su evangelio: “Vosotros estáis ya limpios por la palabra que os he hablado”47. San

Pablo también afirma: “Por el evangelio yo os he engendrado”48. Y San Pedro enseña que los

cristianos “han sido engendrados no de semilla corruptible, sino incorruptible, por la palabra viva

y permanente de Dios.”49 Y esto mismo es confirmado por Santiago cuando escribe: “De su propia

voluntad nos engendró por la palabra de la verdad.”50

El apóstol con esta imagen de la semilla nos presenta uno de los puntos más importantes

de la doctrina de la gracia. El cristiano que permanezca en estado de gracia no puede pecar, porque

ha nacido de Dios (V.9). Se trata evidentemente de una impecabilidad relativa, que no quita

la libertad y admite excepciones. San Juan no quiere decir que todo bautizado esté confirmado en

gracia y no pueda caer en pecado, sino que el pecado es totalmente incompatible con la condición

del verdadero hijo de Dios51. Mientras el cristiano conserve en su alma la gracia no pecará.

El Espíritu Santo actúa en el alma de los fieles por medio de sus dones, de la gracia, de la palabra

divina. Lo único que exige de ellos es docilidad, sumisión a su enseñanza e inspiraciones. Si son

dóciles y conservan en sus almas la gracia, no pecarán. La obediencia y la sumisión del cristiano

a la ley nueva de la gracia, inscrita en sus corazones por el Espíritu divino, les preservarán de no

pecar. Por eso es muy verdadera la sentencia de San Agustín: “In quantum in ipso manet, in tantum

non peccat.”52 La impecabilidad será plena y definitiva en la fase última del reino, es decir,

en el cielo, en donde la gracia poseída ya en este mundo alcanzará su máxima floración. Mientras

estemos en este mundo, la filiación divina no nos exime totalmente del pecado. Hemos de luchar

valientemente por nuestra salvación. El concilio Tridentino ha condenado la doctrina según la

5417

cual el hombre, una vez justificado, ya no puede pecar 53.

En el v.10, el apóstol nos presenta la justicia y la caridad como signo de discriminación

de los cristianos. En esto se conocen los hijos de Dios y los hijos del diablo: el que no practica la

justicia, no es de Dios, y tampoco el que no ama a su hermano (v.10). El autor sagrado sobrentiende

que el que practica la justicia y ama a su hermano es de Dios. La práctica de la justicia, o

sea de la santidad, es el criterio que permite distinguir a los hijos de Dios de los hijos del diablo.

Tanto unos como otros se conocerán por sus frutos 54. La justicia designa aquí el conjunto de todas

las virtudes y la observancia de todos los mandamientos. El amor a los hermanos, es decir, la

caridad, no constituye un segundo criterio, sino que es una especificación del primero. La caridad

es la perfección de la justicia, el pleno cumplimiento de la ley 55. El discípulo predilecto recuerda

la lección dada por Jesucristo a sus apóstoles: “En esto conocerán todos que sois mis discípulos:

si tenéis caridad unos para con otros.” 56

Para San Juan, el amor al hermano, es decir, al prójimo, es el que define al cristiano.

Quien ama a su hermano muestra ser auténtico hijo de Dios; quien no le ama se revela como hijo

del diablo. El amor al prójimo es el verdadero signo de discriminación entre los cristianos.

San Agustín lo afirma muy hermosamente: “Sólo la dilección discierne los hijos de Dios de los

hijos del diablo. Todos pueden signarse con el signo de la cruz de Cristo, y todos pueden responder

“amén,” y todos cantar “aleluya,” y todos bautizarse y entrar en las iglesias. Pero los hijos de

Dios no se distinguen de los hijos del diablo sino por la caridad. Los que tienen caridad han nacido

de Dios; los que no la tienen, no han nacido de Dios. ¡Gran indicio! Esta es la margarita

preciosa 57, la caridad, sin la cual de nada te aprovecha todo lo que tuvieres, y, si la tienes a ella

sola, te basta.”58

Observar los mandamientos, 3:11-24.

11 Porque éste es el mensaje que desde el principio habéis oído, que nos amemos los

unos a los otros.12 No como Caín, que, inspirado del maligno, mató a su hermano.

¿Y por qué lo mató? Porque sus obras eran malas, y las de su hermano, justas. 13 No

os maravilléis, hermanos, si el mundo os aborrece. ^Sabemos que hemos sido trasladados

de la muerte a la vida porque amamos a los hermanos. El que no ama permanece

en la muerte. 15 Quien aborrece a su hermano es homicida, y ya sabéis que todo

homicida no tiene en sí la vida eterna. 16 En esto hemos conocido la caridad, en que

El dio su vida por nosotros; y nosotros debemos dar nuestra vida por nuestros hermanos.

17 El que tuviere bienes de este mundo y, viendo a su hermano pasar necesidad,

le cierra sus entrañas, ¿cómo mora en él la caridad de Dios? 18 Hijitos, no

amemos de palabra ni de lengua, sino de obra y de verdad. 19 En eso conoceremos

que somos de la verdad, y nuestros corazones descansarán tranquilos en El, 20 porque,

si nuestro corazón nos arguye, mejor que nuestro corazón es Dios, que todo lo

conoce. 21 Carísimos, si el corazón no nos arguye, podemos acudir confiados a Dios,

22 y, si pedimos, recibiremos de El, porque guardamos sus preceptos y hacemos lo

que es grato en su presencia. 23 Y su precepto es que creamos en el nombre de su

Hijo Jesucristo y nos amemos mutuamente conforme al mandamiento que nos dio. 24

El que guarda sus mandamientos permanece en Dios, y Dios en él; y nosotros conocemos

que permanece en nosotros por el Espíritu que nos ha dado.

Esta perícopa está en estrecha relación con lo que precede. La alusión a la caridad del v.10 lleva

al apóstol a desarrollar el concepto de amor al prójimo. Esto lo hace por medio de consideracio5418

nes místicas y prácticas con el fin de inculcar más profundamente el amor fraterno. La caridad es

la que distingue a los hijos de Dios. El amor fraterno, practicado por el cristiano, es un aspecto

de la justicia o de la observancia de la ley moral59. San Pablo nos dice que la caridad fraterna es

la nueva justicia, el pleno cumplimiento de la Ley 60. Por eso, nuestro Señor manda a los cristianos

amarse los unos a los otros (v.11). Este mandamiento es tan importante, que es el mensaje

mismo de Dios a su Iglesia, es la recomendación suprema de Cristo. En la catequesis primitiva

(αττ' αρχής = desde el principio) se insistía en este precepto de la caridad, que era el distintivo de

los primeros cristianos. “Toda la Ley se resume — dice San Pablo — en este solo precepto:

Amarás a tu prójimo como a ti mismo.”61

San Juan, para inculcar todavía mejor el precepto del amor fraterno, acude a una antítesis:

el odio al hermano. El amor sugiere su opuesto, el odio, de la misma manera que los hijos de

Dios se contraponían a los hijos del diablo. El tipo tradicional del odio fraterno62 era Caín (v.1a),

que, llevado por la envidia, mató a su hermano 63. La traducción inspirado por el diablo, de Nácar-

Colunga, no es exacta. Es mejor y más literal traducir: era del diablo o del malo. Esta expresión

constituye un paralelo de la frase ser del diablo que hemos visto anteriormente64. Caín pertenecía,

por consiguiente, al bando del diablo, y de ahí que su figura se haya convertido en representante

de los secuaces de Satanás.

Los cristianos han de procurar no ser como Caín, el cual fue desde el principio el prototipo

de los hijos del diablo. Esta idea es presentada bajo la forma de incidente suspendido, que es

una construcción propia de San Juan. En la actitud de Caín y Abel se puede descubrir la actitud

de todos los hombres: unos odian, imitando a Caín, otros aman, siguiendo a Abel. ¿Por qué esta

diferencia de conducta entre Caín y Abel? Porque las obras malas de Caín y su espíritu diabólico

contrastaban con la conducta irreprochable de Abel. El Génesis supone este contraste moral65. El

primer fratricidio de la humanidad tuvo origen en la envidia, en el odio del malvado contra el

justo. La justicia de Abel fue la que excitó el odio envidioso de su hermano. Las ofrendas de

Abel eran agradables a los ojos de Dios, porque eran buenas y justas; y, en cambio, las de Caín

no fueron aceptas a Dios por el mal espíritu con que las ofrecía. Teniendo presente la historia de

Caín y Abel, no hay que extrañarse que el mundo aborrezca a los cristianos (ν.13). El odio pertenece

a la esencia de los hombres mundanos, del mundo, y es el que lleva a los hombres a la perdición.

Por el contrario, la condición de los cristianos es el amor, que tiene que suscitar necesariamente

la envidia y el odio del mundo, sumido bajo el dominio del demonio. El mundo aborrece

a los fieles, porque las obras de aquél son malas 66; en cambio, las de los fieles son buenas.

Del mismo modo que el cristiano no puede amar al mundo y conservar el amor de Dios, de igual

modo el mundo no puede menos de odiar a los cristianos. La historia de Caín todavía se sigue

repitiendo. Jesucristo ya había predicho que el mundo aborrecía y perseguía a los que no compartiesen

sus principios67. Existe oposición esencial entre los discípulos de Cristo y del mundo como

entre la luz y las tinieblas.

Al odio que el mundo manifiesta por los cristianos opone San Juan el amor que debe reinar

entre los miembros de Jesucristo. El amor fraterno será signo de que están en comunión

de vida con Dios. Jesucristo ya había dicho que el que recibe su palabra y cree en aquel que

le ha enviado, tiene la vida eterna, porque pasó de la muerte a la vida 68. San Juan aplica, en

1 Jn 3:14, a la caridad lo que Jesús había dicho de la fe. La fórmula empleada es la misma. La fe

se perfecciona en la caridad. Por eso, el cristiano, para conocer su estado espiritual, se puede servir

del criterio de la caridad: si ama a sus hermanos, será señal de que ha pasado de la muerte a la

vida (v.14). La vida es la comunión con Dios, causa de nuestra filiación; la muerte es la separación

de Dios por el pecado. Fuera de Cristo, los hombres sólo podrán encontrar la muerte. Por el

5419

contrario, los nacidos de Dios han pasado de la muerte a la vida, porque por el amor se llega a la

vida. El amor fraterno es señal de que se ha nacido de Dios 69. Filón comparaba la virtud a la vida,

y el mal a la muerte 70. El no amar a su hermano será señal de que está muerto a la gracia, de

que no tiene comunión vital con Dios. La caridad fraterna es el mejor signo para distinguir a los

buenos cristianos de aquellos que no lo son. “¿De dónde sabemos que hemos pasado de la muerte

a la vida? — dice San Agustín — . Nadie interrogue a nadie. Que cada uno entre en su corazón.

Si allí hallare la caridad fraterna, esté seguro que ha pasado de la muerte a la vida. Ya está a

la derecha.” 71

No amar es odiar. Por eso quien aborrece a su hermano es homicida (v.15), es decir, se

hace participante de la malicia del homicida, y llega a ser émulo de Caín el fratricida. Porque el

odio tiende por su naturaleza a suprimir la persona odiada: “Quem odit quis, periisse cupit,” dice

San Jerónimo 72. El apóstol aplica aquí la doctrina del sermón de la Montaña, que atribuye a los

actos internos deliberadamente consentidos la malicia de los actos externos73. Los cristianos sabían,

por la enseñanza apostólica, que el homicidio era uno de los pecados más graves, que excluía

del reino de los cielos74. Porque el homicida no tiene en sí la vida eterna. La vida eterna

no es entendida aquí en sentido escatológico, sino como una realidad presente; es la gracia

santificante, que hace hijos de Dios; es la comunión íntima con Dios.

La más alta revelación del amor de Dios está en el Calvario 75. El Crucificado es el supremo

modelo del amor perfecto y desinteresado 76, que se entrega a la muerte más cruel por sus

amigos e incluso por sus enemigos 77. Su sacrificio voluntario es la expresión del auténtico amor

fraterno. El mismo Cristo había ya presentado su muerte como una manifestación de su amor78.

La cruz es un hecho histórico que revela a los cristianos un misterio, el misterio del amor 79. Los

seguidores de Cristo deben obrar como su Maestro 80, deben amar como El ha amado. Han de

practicar la caridad hasta dar la vida — si es necesario — por sus hermanos (v.16). La ley cristiana

impone a los pastores de almas la obligación de socorrerlas en la necesidad espiritual extrema

aun con peligro de la propia vida. Clemente de Alejandría 81 nos refiere que San Juan

Evangelista cumplió este deber con un cristiano que se había convertido en jefe de salteadores,

diciendo: “Si es necesario, yo moriré voluntariamente por ti, como el Salvador lo ha hecho por

todos nosotros. Yo daré mi vida en lugar de la suya.”

Si se debe dar la vida por amor a los hermanos, con mayor razón se deben dar los bienes

de este mundo (v.17). Es un poco extraño que San Juan, después del don total de la propia vida,

proponga un caso de menos importancia, como es el socorrer a los necesitados. Sin embargo, la

pedagogía de San Juan sigue la misma línea que la de Jesús en el sermón de la Montaña. Jesucristo,

para mostrar lo que es la caridad paciente, manda dejarse abofetear o coger la túnica 82,

cuando sufrir la muerte sería el solo efecto adecuado del amor. De la misma manera, San Juan,

para indicar el desinterés y la generosidad del cristiano, evoca un caso que podría ser como indicio

de una caridad sincera: amar es darse 83. Por eso decía San Agustín: “Ved dónde empieza la

caridad: si todavía no eres capaz de morir por un hermano, sé ya capaz de darle de tus bienes. Si,

pues, no puedes dar a tu hermano las cosas superfluas, ¿cómo vas a entregar tu alma por tu hermano?

84

San Juan, por consiguiente, inculca y enseña la caridad fraterna, proponiendo un caso que

en la comunidad primitiva no debía de ser meramente hipotético. Si uno tuviere bienes de este

mundo y, viendo a su hermano en necesidad, le cierra las entrañas, será señal de que en él no mora

la caridad 85. El hombre que no tiene compasión del prójimo que se encuentra en necesidad, no

puede ser hijo de Dios, el amor divino no puede permanecer en su alma. El verdadero amor, la

caridad, hace que la sensibilidad del cristiano sea extremadamente delicada y sus entrañas se es5420

tremezcan ante la necesidad de sus hermanos pobres. El rico auténticamente cristiano siente una

emoción profunda, una angustia terrible, al contemplar a su hermano necesitado. Esta compasión

es específicamente cristiana; porque, si bien los estoicos, sobre todo Séneca, exhortaban a socorrer

a los necesitados, sin embargo, enseñaban que no había que afligirse por su suerte; antes bien

debían permanecer insensibles a los males que aliviaban. La compasión estaba prohibida al verdadero

estoico 86.

El discípulo de Jesucristo ha de ser compasivo, como lo es Cristo, Sacerdote de la Nueva

Alianza 87. El corazón insensible no puede ser cristiano. El amor por el prójimo será la señal y la

medida de la presencia activa del amor de Dios en el corazón del cristiano. El amor fraterno ha

de ser efectivo. No debe limitarse únicamente a palabras, sino que ha de manifestarse en obras

(v.18), como, por ejemplo, en la limosna y hasta en el sacrificio de la propia vida. “Obras son

amores y no buenas razones,” dice muy bien y con mucha filosofía el refrán popular. San Juan

exhorta a los cristianos a tomar muy en serio las exigencias de la caridad. El amor efectivo se

muestra en las obras y no en bellas palabras. Santiago fustiga igualmente la hipocresía del rico

que harta al miserable con solas buenas palabras 88. Amar de verdad es amar como Jesucristo

crucificado nos ha amado 89. De ahí que cualquier obra buena que hagamos en favor del prójimo

ha de ser ejecutada con el mismo amor que animaba a Cristo sobre la cruz. El Señor y su discípulo

no han de formar sino uno solo 90.

En la realización práctica de la caridad conoceremos que somos de la verdad, es decir, de Dios

(V.1Q). Sólo cuando la caridad es activa y efectiva, nuestra conciencia nos asegura que llevamos

una vida conforme a la voluntad divina y que somos hijos de Dios. El amor efectivo, que imita el

de Cristo y procede de él, es la “caridad sin hipocresía” de que nos hablan San Pedro y San Pablo

91. El hecho de que los tres apóstoles insistan en la sinceridad del amor fraterno, que se prueba

por las obras, demuestra la importancia tan extraordinaria que tenía en la Iglesia primitiva. Sin

embargo, San Juan es el único de los tres que hace de esa sinceridad del amor fraterno el criterio

de la filiación divina. No se puede amar al prójimo con sinceridad si no somos de Dios. Y si este

amor se da realmente en nosotros, será señal de que estamos en comunión con Dios. El fiel que

realiza lo que el apóstol acaba de decir de la caridad, puede estar seguro que va por buen camino

92.

Los cristianos deben sentirse tranquilos 93, aunque su corazón les arguya de alguna falta,

si demuestran con los hechos su amor al prójimo, porque Dios es mas grande que nuestro corazón

y conoce todo (v.20) 94. Dios conoce mejor que nosotros el estado de nuestra conciencia, la

fragilidad de nuestra naturaleza, nuestras caídas y nuestros actos de arrepentimiento. Conoce todo

y perdona nuestras faltas, porque sabe que le amamos a pesar de nuestras ingratitudes 95. Dios

es un juez infalible que tiene un conocimiento exacto de todo lo que hacemos. Pero, a pesar de

esta omnisciencia divina, nuestro corazón y nuestra conciencia pueden permanecer tranquilos,

porque, más allá de nuestros pecados, Dios ve nuestro amor al prójimo, que es señal de nuestra

filiación divina. San Juan funda la paz del corazón de los hijos de Dios en la magnanimidad del

corazón de su Padre 96. Dios nos ama de un modo trascendente, muy superior al de los hombres.

Su amor se guía por otros criterios de apreciación. Su corazón es un océano inmenso de misericordia

siempre abierto a sus hijos 97.

Si la conciencia no reprocha nada al cristiano, entonces podrá dirigirse a Dios con toda

confianza (v.21). El hijo libre del temor recobra su audacia filial (παρρησία) para dirigirse al Padre

de los cielos. La παρρησία 98 en este caso expresa la confianza atrevida, franca, de un hijo

obediente delante del padre cuya bondad ya ha experimentado otras veces. Se presenta con gozosa

seguridad, porque está seguro que su padre le escuchará en sus justos deseos. Dios escucha la

5421

oración del alma cuya conciencia no siente ningún reproche. El agradar a Dios, es decir, el cumplir

sus preceptos, es condición necesaria para que la oración sea eficaz (v.22). Y el precepto

principal que el cristiano ha de observar es el de la caridad fraterna. El cumplimiento de este precepto

garantiza la eficacia de la oración. Porque el que ama a su hermano vive en una íntima y

vital comunión con Dios, ya que el amor activo en favor del prójimo es sumamente agradable a

los ojos del Padre. San Agustín dice a este propósito: “La misma caridad gime, la misma caridad

ora; a ella no sabe cerrarle los oídos quien nos la dio. Está seguro; que la caridad pida, y allí estarán

los oídos de Dios” .”

Jesucristo había prometido que el Padre escucharía las oraciones de los suyos: “Si permanecéis

en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que quisiereis y se os dará.” 100

Y San Juan sabía por experiencia propia que el Señor escucha al buen cristiano.

El apóstol resume en el v.23 todo lo dicho anteriormente. Para él el precepto fundamental

y que más agrada a Dios es la fe en Jesucristo y la caridad fraterna. La fe joánica 101 no implica

únicamente la adhesión intelectual, sino también la obediencia absoluta, incondicional, a sus preceptos.

Ya hemos visto que para San Juan la fe se perfecciona en la práctica de los mandamientos

102. Por eso, la caridad fraterna es presentada como algo relacionado muy íntimamente con la

fe, es como la consecuencia de ella. La caridad fraterna manifiesta nuestra fe en Dios y nuestra

unión con Cristo. El cristianismo se define tanto por el objeto de su fe: Jesús es el Hijo de Dios,

como por la vida práctica de sus fieles: cristiano es el hombre que ama a sus hermanos en la Iglesia

103. Los cristianos son hijos de Dios por la fe en Cristo 104, y la obligación de amar a los hermanos

deriva de nuestra filiación cristiana.

La adhesión a la verdadera fe y la práctica de la caridad fraterna aseguran la comunión íntima

y vital con Dios. Esta unión íntima con Dios confiere a nuestras oraciones una confianza

y una seguridad total. Tal es el tema de las promesas de Jesucristo en el discurso después de

la cena 105.

La observancia de los mandamientos será prenda de nuestra permanencia en Dios y de

Dios en nosotros (v.24). Dios y el cristiano vienen a formar como una sola cosa. La caridad fraterna

es para San Juan garantía de la inmanencia divina en el fiel y de la más estrecha unión de

éste con Dios. Un criterio que servirá para conocer si Dios mora en el cristiano será la presencia

en el alma del fiel del Espíritu Santo. La posesión de este Espíritu divino será el signo

indicador para conocer nuestra comunión vital con Dios. El apóstol insinúa que se cumple aquí

lo que Jesús había pedido en la oración sacerdotal: “Que todos sean uno, como tú, Padre, estás en

mí y yo en ti, para que también ellos sean en nosotros.”106 El Espíritu Santo mora en los hijos de

Dios como en un templo 107, y desde allí les certifica que Dios permanece en ellos. San Juan no

dice expresamente cómo los fieles saben que poseen el Espíritu Santo. Pero sin duda que piensa

en la experiencia íntima de los cristianos 108 y en los continuos favores que les hace, los cuales

son prueba de su presencia en el alma 109. Otro tanto enseña San Pablo cuando dice que el Espíritu

Santo que Dios ha infundido en nuestros corazones “da testimonio a nuestro espíritu de que

somos hijos de Dios.” 110 Esta presencia del Espíritu Santo es el principio de la vida de Dios en

nosotros. Es el don increado que Dios se ha dignado darnos, y que nos permite tener conciencia

de nuestra unión vital con Dios.

1 Cf. 1 Jn 2:29; 3:9. — 2 Cf. Jn 3:3-8. — 3 2 Pe 1:4. — 4 Cf. Jn 14:15-17; 15:10; 1 Jn 2:3-6.9-11. — 5 Mt 5:48. — 6 1 Jn 3:3; 4:7;

5:1.4-18; cf. Jn 3:3-8. — 7 Cf. Tomás, Sum. Teol. 39-3 a.2-4· — 8 Cf. C. Spicq, Lajustification du Charitable (i Jn 3:1-21): Bi 40

(1959) 915-927” — 9 Jn3:16. — 10 1 Jn2:29; Jn 1:13 — 11 Cf. 1 Jn 2:15-17 — 12 Jn l6:3 — 13 C. SPICQ, Ágape III p.252. En Mt

21:32; Mc 15:32; Jn 6:30; 20:8.29, es frecuente la unión entre los verbos ίδεΐν-πιστεύειν = ver-creer. — 14 Cf. Mc 2:12; Act

13:41. — 15 Cf. Jn 8:56; cf. también Mt 13:17; Lc 17:22. — 16 C. Spicq, o.c. p.254. — 17 2 Pe 1:4. — 18 Jn 14:21. — 19 Cf. Is

7:14; Lc 1:32: “Será llamado Emmanuel.,” “Hijo del Altísimo.” — 20 C. Spicq, o.c. p.254- — 21 Cf. 1 Jn 3:9- — 22 Cf. 1 Cor

13:12. — 23 Cf. 1 Jn 3:9; 413; Jn 3:36; 6:53. — 24 Suma Teol. 1-2 q.3 a.8; cf. 3 Contra Gentes 0.51. — 25 1 Cor 13:12. Cf. con5422

cilio de Viena: D 475, y conc. Florentino: D 693. — 26 Cf. 2 Tes 2:16; Rom 15:4; 2 Cor 3:12; — 27 Cf. Mt 5:8; Ap 22:4. — 28

Ef 2:12. — 29 En los escritos joánicos, νόμος se aplica exclusivamente a la ley mosaica, de la que no se habla en este pasaje. —

30 L'Antechrist p.257. Cf. I. De La Potterie, Le peché, c'est l'imqwté (i lo 3:4) :NRTh78 (1956) 785-797; F. J. Rodríguez Molero,

o.c. p-437 — 31 C. M. E. Boismard, La connaissance dans l'Alliance nouvelle d'aprés la premiére lettre de S. Jean: RB 56 (1949)

371-376. — 32 Jn 1:29. — 33 Gf. Is 53:4-6.11.12. — 34 1 Jn 2:4-6. — 35 Acerca de la impecabilidad del cristiano, cf. P. Galtier,

Le chrétien impecable (i Jn 3:6 et 9): MelScR 4 (1947) 137-154; I. De La Potterie, L'impeccabüité du chrétien d'aprés i lo 3. 6-9:

L Evangile de Jean (Lovaina 1958) 161-177. — 36 In i loannis, tr.4:8: PL 35:20103. — 37 j, Chaine, o.c. p,182. — 38 Mt 12:33.

— 39 Cf. Jn 13:2.27; 2 Tes 2:9. — 40 In EPist· I loannis tr.4:9-n : PL 35:2011. — 41 Cf. Jn 8:44 — 42 El que ha nacido de Dios es

una expresión propia de San Juan. En el cuarto evangelio aparece una sola vez (Jn 1:13); en cambio, en la 1 Jn se emplea nueve

veces (i Jn 2:29; 3:9; 4:7; 5:1.4-18). — 43 Gf. J. G. Martínez Gómez, Relación entre la inhabitación del Espíritu Santo y los dones

creados de la justificación: EstEcl 14 (1935) 20-50. — 44 Gf. Jer 23:5; Zac 3:8; Gal 3:16; Ap 12:17. — 45 Les Épitres de S. Jean

en La Bible de Jérusalem (París 1960) p.224 nota c. — 46 Gf. 1 Jn 2:24. — 47 Jn 15:3 — 48 1 Cor 4:15. — 49 1 Pe 1:23. — 50

Sant 1:18. Siguen esta interpretación Clem. Alej., San Agustín, San Beda (PL 114:679), I. de la Potterie (o.c. p. 170-172). — 51

Gf. H. Willmering, Epístola de S. Juan: VD IV p.444; De Ambroggi, o.c. p.249- — 52 San AGUSTÍN, Jn Epist. I loannis tr.4:8: PL

35:2010; cf. I. De La Potterie, L'impeccabi-lité du chrétien p.174; ID-, Le peché, c'est l'iniquité: NRTh 78 (1956) 795 nota 25. —

53 Ses.6 can.23: D 833. — 54 Mt 7:16-18; Lc 6:43-45. — 55 Rom 13:10. La caridad es para San Agustín “verissima, plenissima

et perfectissima iustitia” (De natura et gratia 42). — 56 Jn 13:35- — 57 Mt 13:46. — 58 In Epist. I loannis tr.5:7: PL 35:2016.

Cf. F. J. Rodríguez Molero, o.c. p.45O. — 59 1 Jn 2:29. Cf. C. Spicq, Ágape III p.2S8 nota 6. — 60 Rom 13:9-10. — 61 Gal 5:14.

Cf. San Agustín, ín Epist. I loannis tr.5:7: PL 35:2016. — 62 Cf. Heb 11:4; Jds ii; Filón, De sacrificiis Abel et Caín. — 63 Mt 23:35;

Heb 11:4. — 64 1 Jn 3:8. — 65 Gen 4:533; cf. Heb 11:4. — 66 1 Jn 2:15-17; cf. 1 Pe 4:4. — 67 Jn 15:183; 17:14. — 68 Jn 5:24. —

69 1 Jn 3:10; 4:7. — 70 Filón, De fuga et invent. 58. — 79 G. Spicq, Ágape III p.26o-26i. — 71 San Agustín, In Epist. I loannis

tr.s.io: PL 35:2017. — 72 San Jerónimo, Epist. 62: PL 22:737- — 73 Mt 5:21-28. — 74 Gal 5:21. — 75 Cf. Jn 15:13. — 76 Cf. Jn

10:11-18. — 78 Jn 15:12-13. — 79 c. Spicq., Ag — 80 1 Jn2:6. — 81 Cf. Eusebio, Hist. Eccl. 3:23:655. — 82 Mt 5:39-41·77 Rom

5:7-10. — 83 C. Spicq, o.c., p.262. — 84 San Agustín, In Epist. I loannis tr.5,12: PL 35:2018. — 85 Cf. Sant 2:15-16. — 86 G.

Spicq, o.c. p.202 nt.3. — 87 Heb 2:16-18; 4:15; 5:2;cf. Cf4:32; 1 Pe 3:8. — 88 Sant 2:15-16; cf. 1:25 — 89 1 Jn3:16. — 90 G.

Spicq, Ágape III p.263s. — 91 Cf. 1 Pe 1:22; Rom 12:9; 2 Cor 6:6. — 92 C. SPICQ, o.c. p.264. — 93 El verbo πείβειν aquí tiene el

sentido de “estar en paz,” “sentirse tranquilo,” y no el de “persuadir” (= suadebimus) de la Vulgata. — 94 En el v.20 se suceden

dos ότι que resultan difíciles de explicar. Por eso algunos mss griegos A, 33, etc., y varias versiones, como la Vulgata, omiten el

segundo ότι. Pero esta omisión va contra la mayoría de los grandes códices griegos: B, S, C, y contra la masa de los testimonios

griegos. Ante esta dificultad parece preferible ver, con Westcott, en el primer ότι un pronombre relativo ó τι, seguido de εάν, en

lugar de αν, con el significado de “cualquier cosa que.” Esta construcción es joánica: Jn 2:5; 14:13; 15:7; 1 Jn 3:22; 3 Jn 5. Por eso

es preferible traducir: “Si algo nos reprochara..” — 95 Jn 21:17. — 96 C. Spicq, o.c. p.26Ss. Un himno encontrado en Qumrán (1

Cf IV 29-37) designa esta magnanimidad divina con la expresión “la inmensidad de su amor.” En Os 11:8-9, la trascendencia divina

implica una misericordia infinita. — 97 Ha habido autores que han entendido el v.20 de la grandeza imponente y terrible del

Juez severísimo (San Agustín: PL 35:201955; San Beda: PL 93:104; Calvino, etc.). Confróntese A. Skrinjar, Maior est Deus corde

nostro (i Jn 3:20) : VD 20 (1940) 340-350. — 98 Cf. H. Jaeger, παρρησία et fiducia; étude spirituelle desmots,en K. Aland-F. L.

Cross, Studia Patrística (Berlín 1957) I p.221-239; D. Smolders, L'audace de l'apótre selon Saint Paul. Le théme de la parrésia:

Collectanea Mechliniensia (1958) p.16-30.1 17-133; A. M. Denis, L'Apótre Paul, prophéte “messíaraque” des Gentils: EThL

(1957) p.249-259. — 99 San Agustín, In Epist. I loannis tr.6:8: PL 35:2024. } — 100 1 Jn 15:7; cf. 16:23. — 101 Para San Juan,

la fe consiste esencialmente en el reconocimiento de Jesús como pesias e Hijo de Dios y en la observancia de sus preceptos. Sobre

la fe en San Juan, cf. J. Huby, JJe la connaissance de foi dans S. Jean: RSR 31 (1931) 385-421; P. M. Menoud, La foi dans ngile

de Jean: Cah. bibl. de Foi et de Vie (1936) 27-42; R. Schnackenburg, Der Glaube ff vierten Evangelium (Breslau 1937); J. Lessel,

De natura et momento fidei, quid eruatur ex evangelio S. loannis: VD 20 (1940) 19-28.85-93.241-255. — 102 1 Jn2:3-11. — 103

C. Spicq, o.c. p.268. — 104 1 Jn 5:1.12. — 105 Cf. Jn 15:7-11; cf Jn 14:138. — 106 Jn 17:21. — 107 1 Cor 3:16; cf. Rom 8:14-16;

1 Cor 12:7; 2 Cor 13:13; 2 Tim 1:12. — 108 1 Jn2:2? — 109 cf. Gal 3:2.5. — 110 Rom 8:16; Gal 4:6.

Capitulo 4.

San Juan interrumpe las reflexiones referentes a la caridad para volver a hablar de los herejes. El

pensamiento de los falsos doctores parecía querer aflorar ya en 3:23-24. La idea de Espíritu del

3:24 le sirve de transición. El cristiano ha de poner especial cuidado en distinguir los espíritus

(4:1). El criterio de la fe en Cristo sirve para distinguir el espíritu de Dios del espíritu del anticristo,

propio de los falsos doctores (v.2-3). La oposición que existe entre ambos es la que existe

entre Dios y el mundo (v.4-6).

Desconfiar de los falsos profetas, 4:1-4.

1 Carísimos, no creáis a cualquier espíritu, sino examinad los espíritus si son de

Dios, porque muchos seudoprofetas se han levantado en el mundo. 2 Podéis conocer

el espíritu de Dios por esto: todo espíritu que confiese que Jesucristo ha venido en

carne es de Dios; 3 pero todo espíritu que no confiese a Jesús, ése no es de Dios, es

5423

del anticristo, de quien habéis oído que está para llegar y que al presente se halla ya

en el mundo. 4 Vosotros, hijitos, sois de Dios y los habéis vencido, porque mayor es

quien está en vosotros que quien está en el mundo.

El tema de los espíritus de la verdad y del error, sometidos al ángel de la luz y al ángel de las tinieblas

respectivamente, y que dividen el mundo en dos partes antagónicas, era bien conocido

del judaismo 1. San Juan se sirve también de esta doctrina, cristianizándola, para poner en guardia

a los fieles contra los falsos profetas o anticristos 2 que surgían por todas partes, conforme lo

había predicho el Señor 3. Por consiguiente, los espíritus que San Juan aconseja examinar son

simplemente hombres movidos por Dios o por el demonio. En la primitiva Iglesia, al abundar los

carismas, no faltaban hombres perversos y hábiles que fingían tener tales dones sobrenaturales.

El apóstol exhorta a los fieles a no fiarse de ninguno hasta que hayan comprobado si son de Dios

(v.1)4. Los falsos profetas abundaban y constituían un gran peligro para los fieles. Esto preocupaba

vivamente a los apóstoles y a las primitivas comunidades cristianas sobre todo cuando se

trataba de distinguir los verdaderos profetas de los falsos5. En la Didajé (c. 11-13) encontramos

normas interesantes para probar a los predicadores itinerantes. Los criterios que sirven para distinguir

a los verdaderos profetas de los falsos son dos: fidelidad a la doctrina apostólica y buena

conducta moral6.

San Juan insiste a continuación (v.2-3) sobre el criterio de la fidelidad a la doctrina apostólica.

Sobre el otro criterio ya ha hablado en 3:3-10. El apóstol afirma que la profesión de fe en

Jesucristo, Mesías e Hijo de Dios encarnado, será el signo por el cual los fieles conocerán a los

verdaderos profetas. San Juan enseña en esta primera epístola que la vida divina llega hasta el

hombre a través del Hijo de Dios encarnado 7, y el hombre sólo la puede obtener por medio de la

fe en Jesucristo 8. Por el contrario, los falsos profetas de los que nos habla el apóstol no consideraban

a Cristo ni como Redentor ni como Mediador necesario entre Dios y los hombres. Ellos,

mediante su “gnosis,” pretendían conocer otro camino más directo hacia el Padre. La herejía aquí

combatida tal vez sea la de Cerinto, que, según San Ireneo 9, sostenía que Cristo, eón divino, se

unió sólo transitoriamente al hombre Jesús y lo abandonó al comienzo de su pasión. Esta doctrina

negaba prácticamente la divinidad de Jesucristo.

Los falsos profetas combatidos por San Juan negaban la dignidad trascendente de Jesús

10. Por eso dice el apóstol que el que no confiesa a Jesús, según la enseñanza apostólica, ése no

es de Dios, sino del anticristo, que esta para llegar, o mejor dicho, ya se halla presente en el

mundo (v.3). Los herejes participan del espíritu del anticristo, como los fieles del Espíritu de

Dios. De este texto de San Juan parece deducirse que considera el anticristo como un individuo.

Pero por lo dicho en 1 Jn 2:18-22 resulta que el apóstol piensa más bien en una fuerza maléfica

de error y de seducción, que toma cuerpo en los falsos doctores y en las doctrinas perversas que

éstos esparcían. Esto mismo es confirmado por el pronombre relativo neutro ó, que no se puede

referir a αντίχριστος, el cual es masculino, sino a su espíritu (πνεύμα), que es neutro. Esa fuerza

maléfica y seductora por medio de la cual obra Satanás en el mundo, ya se encuentra entre nosotros.

Los falsos maestros, con sus pestíferas doctrinas, están ya trabajando intensamente para seducir

a los fieles.

Pero los fieles a los cuales se dirige San Juan nada tienen de común con los falsos doctores

o anticristos, sino que los han vencido, resistiendo a la atracción del error. La victoria de los

cristianos no procede de sus propias fuerzas, antes bien proviene de la fuerza divina que obra en

ellos, la cual es más poderosa que el príncipe de este mundo (v.4) 11. Dios está en los cristianos:

mora y obra en ellos con un influjo inmediato y directo.

5424

La seguridad que tenía San Juan sobre la victoria que los cristianos habían de obtener sobre

los herejes provenía de su fe profunda y de la solidez de su concepción teológica. La ayuda

divina que los fieles han recibido para vencer al demonio ha de inspirarles confianza y al mismo

tiempo infundirles sentimientos de humildad, como reconoce San Agustín: “No te ensoberbezcas.

Mira quién es el que vence en ti.” 12

Guardarse del mundo, 4:5-6.

5 Ellos son del mundo; por eso hablan del mundo y el mundo los oye. 6 Nosotros somos

de Dios. El que conoce a Dios nos escucha; el que no es de Dios no nos escucha.

Por aquí conocemos el espíritu de la verdad y el espíritu del error.

En los v.5-6, el apóstol presenta, en una antítesis perfecta, a los seudoprofetas y a los fieles. Los

seudoprofetas son del mundo porque le pertenecen, porque participan de su espíritu y siguen sus

inspiraciones. Mundo está tomado aquí en sentido peyorativo: designa a los hombres hostiles a

Dios y a Jesucristo. A los falsos doctores, la inspiración para proponer sus falsas doctrinas les

viene del mundo, no de Dios. Por eso mismo obtienen fáciles éxitos ante aquellos que pertenecen

al mundo. A los mundanos les gusta, como es natural, oír la sabiduría del mundo. De ahí que escuchen

a los falsos doctores, porque creen encontrar en ellos esa sabiduría mundana.

La propaganda de estos herejes debía de hacer prosélitos entre los cristianos poco afianzados

en la fe. Tal vez formaran ya un grupo aparte, una especie de secta separada de la verdadera

Iglesia de Cristo.

San Juan, identificándose con la jerarquía de la Iglesia y con los predicadores del Evangelio,

habla en primera persona plural contraponiéndose a los seudoprofetas. La oposición es establecida

entre los verdaderos y falsos maestros 13. Los pastores de la Iglesia, entre los que se

cuenta San Juan, son de Dios (v.6), es decir, hablan según Dios, según la verdad. Y los fieles que

conocen a Dios escuchan la palabra de sus apóstoles, reconocen la verdad de su enseñanza. El

criterio que permite discernir los buenos espíritus es la sumisión al magisterio jerárquico. Jesucristo

ya había dicho: “El que a vosotros oye, a mí me oye, y el que a vosotros desecha, a mí me

desecha” 14. La actitud ante la doctrina enseñada por los apóstoles es un criterio que permite discernir

los espíritus. San Ignacio Mártir decía a principios del siglo n que la manera de librarse de

las herejías es el mantenerse “inseparablemente unidos a Dios, a Jesucristo, al obispo y a los preceptos

de los apóstoles.”15

La fe, transmitida unánimemente en las iglesias y enseñada por los obispos, es la

norma suprema de los fieles, el criterio último de la doctrina ortodoxa 16. Los que la escuchan

y obedecen son de Dios; los que no la oyen no son de Dios, sino que pertenecen al bando de

Satanás.

Tercera parte: La fuente del amor y de la fe, 4:7-5:12.

Después del paréntesis, en el que el apóstol ponía en guardia a los fieles contra los seudoprofetas

(4:1-6), vuelve San Juan sobre el tema del amor fraternal, su argumento favorito. Exhorta a

los fieles al amor recíproco a fin de que permanezcan en la comunión con Dios.

5425

Hay que amar, pues Dios es amor, 4:7-5:4.

7 Carísimos, arriémonos unos a otros, porque la caridad procede de Dios, y todo el

que ama es nacido de Dios y a Dios conoce. 8 El que no ama no conoce a Dios, porque

Dios es caridad. 9 La caridad de Dios hacia nosotros se manifestó en que Dios

envió al mundo a su Hijo unigénito para que nosotros vivamos por El. 10 En eso está

la caridad, no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que El nos amó y envió

a su Hijo, víctima expiatoria de nuestros pecados. 11 Carísimos, si de esta manera

nos amó Dios, también nosotros debemos amarnos unos a otros. 12 A Dios nunca le

vio nadie; si nosotros nos amamos mutuamente, Dios permanece en nosotros y su

amor es en nosotros perfecto. 13 Conocemos que permanecemos en El y El en nosotros

en que nos dio su Espíritu. 14 Y hemos visto, y damos de ello testimonio, que el

Padre envió a su Hijo por Salvador del mundo. 15 Quien confiese que Jesús es el Hijo

de Dios, Dios permanece en él y él en Dios. 16 Y nosotros hemos conocido y creído la

caridad que Dios nos tiene. Dios es caridad, y el que vive en caridad permanece en

Dios, y Dios en él. 17 La perfección del amor en nosotros se muestra en que tengamos

confianza en el día del juicio, porque como es El, así somos nosotros en este mundo.

18 En la caridad no hay temor, pues la caridad perfecta echa fuera el temor; porque

el temor supone castigo, y el que teme no es perfecto en la caridad. 19 Cuanto a nosotros,

amemos a Dios, porque El nos amó primero. 20 Si alguno dijere: Amo a Dios,

pero aborrece a su hermano, miente. Pues el que no ama a su hermano, a quien ve,

no es posible que ame a Dios, a quien no ve. 21 Y nosotros tenemos de El este precepto,

que quien ama a Dios ame también a su hermano. C 1 Todo el que cree que Jesús

es el Cristo, ése es nacido de Dios, y todo el que ama al que le engendró, ama al engendrado

de El. 2 Conocemos que amamos a los hijos de Dios en que amamos a Dios

y cumplimos sus mandamientos. 3 Pues ésta es la caridad de Dios, que guardemos

sus preceptos. Sus preceptos no son pesados, 4 porque todo el engendrado de Dios

vence al mundo; y ésta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe.

La idea central de esta sección es el amor, la dilección. San Juan sugiere en su exhortación que la

dilección no es una obligación arbitraria, sino una exigencia de la naturaleza, porque Dios es

amor. Dios, al engendrar a los cristianos a una nueva vida, les ha comunicado su propia naturaleza

y su vida. Esto significa que los cristianos pueden amar como su Padre celestial. Y el ejercicio

de la caridad por parte de los fieles será la prueba que demuestre su filiación. Tenemos aquí la

más alta concepción del ágape joánico. El amor, según San Juan, es una participación de la

vida de Dios; es algo que procede de Dios 17.

El amor proviene de Dios como de su fuente. Por eso, el que ama es nacido de Dios (v.7),

es hijo de Dios, animado por su gracia 18. El amor fraterno es un efecto de nuestro nacimiento

sobrenatural. Dios, al hacernos participantes de su vida, nos ha hecho también partícipes de su

caridad. Por eso, la caridad no es un don divino cualquiera, ni una gracia carismática concedida

temporalmente, sino que está íntimamente ligada con el renacimiento del cristiano, es lo propio

de su filiación divina: Todo el que ama es nacido de Dios (v.7). Dios, al engendrarnos a la vida

divina, nos comunica su naturaleza y su vida, Y la facultad de amar es algo inherente a la naturaleza

divina recibida de Dios. El amor es fruto del germen divino recibido en el bautismo. De ahí

que el cristiano sea capaz de amar por sí mismo, por la misma razón de que es hijo de Dios. 19

El ágape es el que da al creyente la posibilidad de estar en comunión con Dios y de cono5426

cerle. Y el conocimiento actual y permanente de Dios es, a su vez, algo que va unido al amor fraterno

habitual. El que ama muestra que conoce a Dios, porque el verdadero conocimiento se perfecciona

en la práctica del gran precepto del amor 20. La filiación divina y el conocimiento de

Dios son los principios y los fundamentos de la caridad fraterna. El que ha sido engendrado por

Dios y se ha hecho partícipe de su naturaleza divina, es apto para amar y conocer divinamente.

El conocimiento de Dios como Padre 21 está impregnado de amor y condicionado por ese mismo

amor 22. Por consiguiente, hay que amar a Dios para conocerle y permanecer en El 23.

Por el contrario, el que no ama divinamente demuestra que no ha llegado al .verdadero

conocimiento de Dios (v.8). No le conoce íntima y realmente. Un gran teólogo podrá saber mucho

de Dios, de sus perfecciones y atributos. Pero eso no es conocerle como hay que conocerle

24. El conocimiento de que nos habla San Juan presupone una relación íntima y personal con

Dios fundada en una experiencia viva y amorosa. Sólo el que ama puede llegar a conocer la realidad

íntima de las personas y de las cosas. En cambio, el que no ama 110 puede conocer bien

esas realidades íntimas 25. Sin la caridad fraterna no puede existir auténtico conocimiento de

Dios, porque Dios es amor.

Esta es la mejor definición de Dios y la que resume todo lo que el cristiano puede saber

de su Creador 26. El amor es el atributo divino que mejor da a conocer la naturaleza de Dios.

El amor, el ágape, es la revelación más prodigiosa y constante de Dios a los seres humanos.

Ya desde el sermón de la Montaña, Jesús evoca el amor del Padre celestial, generoso incluso para

con los enemigos y pecadores 27. La vida misma de Cristo está toda ella llena de benignidad y

de paciencia. Y se termina por el sacrificio de su vida, entregada para rescatarnos de la esclavitud

del demonio. Esta es la expresión suprema del amor de Dios por los hombres 28. Hasta tal punto

es propio de Dios el amor, que San Juan ya casi no lo considera como un atributo, sino como la

expresión de la naturaleza misma de Dios. El apóstol llega aquí a la cumbre de la mística y del

pensamiento humano: nada hay más grande. Por eso, pudo muy bien decir San Agustín: “¿Qué

más se pudo decir, hermanos? Si en alabanza del amor nada se dijese a través de todas las páginas

de esta epístola, si nada absolutamente se dijese en las demás páginas de las Escrituras y sólo

oyéremos esta palabra de la boca del Espíritu de Dios, que Dios es amor, ya no deberíamos buscar

ninguna cosa más.” 29 Y C. H. Dodd afirma con mucha razón: “El amor no es solamente una

de las actividades de Dios, sino que toda su actividad es una actividad amante. Si crea, crea por

amor; si gobierna, gobierna con amor; si juzga, juzga con amor. Todo cuanto hace es la expresión

de su naturaleza, que es amar.” 30

Ya en el Antiguo Testamento, Dios se muestra lleno de bondad y de amor. Constituye al

hombre rey de toda la creación 31; socorre a los suyos en el momento de la prueba y perdona a

los que se arrepienten. La alianza con Israel depende del amor y de la hesed divina 32. Y Dios

mismo se revela en muchos lugares de la Sagrada Escritura 33 lleno de paterno amor por los

hombres 34. Pero es sobre todo en el Nuevo Testamento donde el amor de Dios se ha manifestado

de modo más sublime. San Juan lo contempla especialmente en la encarnación: “Tanto amó Dios

al mundo, que le dio su unigénito Hijo para que todo el que crea en El no perezca, sino que tenga

la vida eterna.” 35 El amor de Dios a los hombres resplandece de modo particular en los misterios

de la encarnación, de la redención y de la gracia. Es el amor del Padre y del Hijo que, nacido en

el seno mismo de la divinidad, se desborda en la encarnación del Hijo unigénito, en la aceptación

sumisa de la muerte por la vida del mundo. Este ímpetu de amor del Padre y del Hijo se comunica

también al cristiano, se perfecciona y se consuma en él, para volver a Dios, su punto de partida

36. El amor del cristiano es, por consiguiente, participación del amor de Dios. Sólo Dios y sus

hijos pueden amar con este amor. De ahí que el cristianismo haya podido ser definido como una

5427

religión de amor 37.

La encarnación es la manifestación, la epifanía del amor de Dios (v.8). Porque el amor de

Dios se ha hecho evidente y palpable en el envío de su Hijo unigénito para salvarnos. San Juan

considera la encarnación como una venida de Cristo al mundo, como un hecho histórico ya realizado

una vez para siempre en el mundo, pero que conserva una actualidad permanente. El perfecto

άπέσταλκεν sugiere que, si bien se trata de un suceso pasado, todavía perdura en su efecto.

Jesucristo ya ha venido, pero aún continúa viniendo a sus fieles y habita en ellos por la gracia 38 a

fin de darles la vida. Esta mediación vivificadora (vivir por El) es el efecto, a un mismo tiempo,

de la encarnación de Cristo 39, de su muerte redentora en la cruz40 y de su glorificación a la diestra

de Dios Padre41. La encarnación y la redención son frutos del amor de Dios por los hombres.

Y el amor de Dios es amor fecundo que comunica la vida42.

La encarnación de Jesucristo, con relación al Padre, constituye una misión, una delegación,

un envío 43. El enviado tiene una comisión especial: hablar y obrar en nombre del Padre,

representarlo ante los hombres. Por consiguiente, es el Padre quien se revela y manifiesta su

amor infinito a los hombres. Pero el Padre no envía un delegado cualquiera, sino a su propio Hijo

unigénito, es decir, a su Hijo el más amado44. Este acto de benevolencia del Padre nos demuestra,

mejor que otra cosa, su amor inmenso por nosotros, que no dudó en sacrificar a su Hijo muy

amado por la salud del mundo.

La finalidad que Dios se propuso al enviar a su Hijo al mundo fue para que los creyentes

en El obtuvieran la vida45. Quiso que los hombres pudieran acercarse a Dios y conseguir la sola

verdadera vida 46: la vida de la gracia y de la gloria.

Jesucristo ha revelado y comunicado a los hombres el amor de su Padre. Y el Padre, a su

vez, ha mostrado que era amor enviando su Hijo al mundo, ordenándole sacrificarse por nosotros

para purificarnos de nuestros pecados. “Estos tres grandes misterios de la economía cristiana:

encarnación, redención, gracia, resumen el Evangelio, y San Juan, lo mismo que San Pablo, los

han comprendido como concebidos y realizados por el amor infinito de Dios.”47

La caridad está no en que nosotros le hayamos amado, sino en que El nos amó (v.10)

primero. Nosotros hemos amado al Señor; pero ese amor nuestro no es otra cosa que una respuesta

a un amor primero que Dios nos ha tenido y sigue teniéndonos. “Quoniam ipse prior dilexit

nos,” dice la Vulgata. El amor de Dios tiene sobre el nuestro una prioridad cronológica,

pues Dios nos ha amado ya desde la eternidad.

La iniciativa de la salvación corresponde, por consiguiente, al Padre, el cual envió a su

Hijo al mundo con la misión de ser víctima expiatoria de nuestros pecados (v.10). Jesucristo es

propiciación (ιλασμός) 48 por los pecados de toda la humanidad. El ha expiado como víctima

propiciatoria por nuestros pecados para aplacar la justicia divina ofendida y para que los mismos

que la habían ofendido pudieran vivir de su propia vida divina49. San Pablo expresa la misma

idea en Rom 5:8-9; 8:32 y Ef 2:4-5. El amor de Dios por los hombres se ha revelado, pues, en la

forma más alta. Ha sido un amor misericordioso, totalmente desinteresado, gratuito y generoso.

Dios nos ama no a título de reciprocidad, sino espontáneamente, porque su naturaleza es toda

amor. Después de enviar su Hijo al mundo, lo entrega en manos de los pecadores y lo abandona a

la muerte, porque la caridad divina no perdona ni siquiera al ser más amado con tal de atraer

hacia sí a los que quiere salvar 50.

Las Odas de Salomón (s.II d.C.) contienen esta bella reflexión: “No hubiera sabido amar

al Señor si El no me hubiera amado en primer lugar”51. Como San Juan, el autor de las Odas de

Salomón había meditado sobre la prioridad del amor divino.

En el ν. 11 San Juan saca la conclusión de lo que acaba de decir a propósito del amor de

5428

Dios por nosotros. Si Dios ha amado de manera tan extraordinaria a los hombres, tan inferiores a

El por naturaleza y, a veces, enemigos suyos, los cristianos, que participan de la naturaleza divina,

tienen la obligación — con mayor motivo — de amar a sus hermanos, de amarse unos a

otros. La conclusión lógica de la proposición: Si de esta manera nos amó Dios, sería evidentemente:

“Amémosle nosotros a El también.” Sin embargo, San Juan saca otra consecuencia muy

en conformidad con la doctrina de toda la epístola: Amémonos unos a otros. La razón es que sólo

cuando el cristiano ejercita la caridad con el prójimo, el amor puede tener los caracteres de prioridad,

de gratuidad, de espontaneidad, que son propios del ágape divino 52. Amando a sus hermanos

demostrarán poseer el verdadero amor de Dios. Y el amor de Dios, que es la fuente del

amor fraternal, es también su modelo. Por eso, quien haya conocido lo mucho que nos amó Dios

entregando su Hijo a la muerte por nosotros y se haya beneficiado de esta extraordinaria generosidad,

está absolutamente obligado a mostrar amor a sus hermanos. El amor fraterno procurará a

las almas, por otra parte, la comunión íntima y verdadera con Dios (v.12). Pero ¿cómo podremos

saber que estamos en comunión íntima con Dios? Lo podremos conocer por la práctica de la caridad

fraterna. La caridad es, en efecto, el criterio para conocer a los hijos de Dios 53. Los cristianos

que aman a sus hermanos están en comunión vital con Dios, y Dios mora en ellos y ellos en

El. Esa inmanencia recíproca les permite tener un verdadero conocimiento de Dios 54. El amor

fraterno nos da la seguridad de que Dios permanece en nosotros con la presencia transformante

de su gracia. Pero únicamente la caridad efectiva, la caridad que actúa, es la que nos puede dar la

seguridad de que Dios y su amor están realmente en nosotros. De ahí que, aunque Dios sea invisible

(v.12), lo podamos considerar como presente en nuestras almas cuando practicamos la caridad

fraterna. Porque el ejercicio de la caridad en favor del prójimo lleva consigo la presencia de

Dios en nosotros, como el Señor lo había prometido: “Si alguno me ama, guardará mi palabra, y

mi Padre le amará, y vendremos a él y en él haremos morada.”55

A Dios le podremos ver tal como es sólo en la gloria 56. Mientras estamos en el mundo, la

visión directa de Dios es imposible. Ya lo había dicho el mismo San Juan en el Evangelio: “A

Dios nadie le vio.”57 Tan sólo el Unigénito, en la intimidad de la vida trinitaria, tiene un perfecto

conocimiento del Padre y nos lo revela. En la tierra poseemos sólo un conocimiento de Dios por

medio de la fe 58 Sin embargo, el conocimiento, la visión de Dios en la gloria, es considerada por

San Pablo 59 como el fruto y la coronación de la dilección fraterna.

Otro criterio para conocer si estamos en comunión vital con Dios es la presencia en nosotros

del Espíritu Santo (v.13). San Juan repite aquí el mismo pensamiento que ya había expresado

en 3:24. Dios nos ha dado una participación del Espíritu, cuya plenitud la posee Cristo 60. El

apóstol no parece referirse aquí a alguna manifestación carismática, sino más bien a un testimonio

interno del Espíritu en el alma. Jesús ya había predicho en el Evangelio esta misteriosa testificación

del Paráclito61. El Espíritu Santo, presente en nuestras almas, testifica que somos hijos

de Dios62.

San Juan recuerda el testimonio dado por los apóstoles acerca de la verdad del mensaje

evangélico. Han visto con sus ojos al Hijo de Dios encarnado, y han reconocido en esa venida

del Hijo la prueba sublime del amor del Padre. Mediante signos incontestables, que revelaban

su divinidad y su misión redentora, han logrado comprender — aunque imperfectamente —

el misterio insondable del Verbo encarnado. Y como testigos oculares dan testimonio de ello

(v.14).

Jesucristo es llamado Salvador del mundo en cuanto que sólo por su nombre pueden los

hombres ser salvos. El es el Salvador tanto de los judíos como de los soberbios gnósticos — que

no consideraban necesaria la salvación por la sangre de Cristo — y de todos los hombres, de

5429

cualquier raza y nación que sean. Fuera de Cristo no puede haber salvación.

La fidelidad a la doctrina predicada por los apóstoles es también un criterio de la unión

del cristiano con Dios. Y esta fidelidad u ortodoxia consiste en reconocer que Jesús de Nazaret,

enviado por Dios al mundo, ha sufrido para redimir al mundo y es el Hijo de Dios. Esta fe en la

divinidad de Cristo es un presupuesto necesario para conservar la comunión vital con Dios

(v.15). La fe y el amor son dos signos que demuestran que esa comunión e inhabitación divinas

permanecen en el fiel cristiano.

Los que han tenido la dicha de ver a Jesús, Hijo de Dios, han podido comprender el amor

que Dios tiene siempre a los cristianos. Este amor de Dios se manifestaba claramente en las

comunidades cristianas a las que se dirige San Juan. Por eso, el apóstol se atreve a decir: Nosotros

hemos conocido y creído el amor que Dios nos tiene (v.16). San Juan insiste sobre la certeza

de su conocimiento del amor divino manifestado en Cristo: Hemos conocido (έγνώκαμεν) y

creído (πεττιστεύκαμεν) 63. La certeza adquirida en otro tiempo nunca se ha perdido ni siquiera

se ha debilitado; perdura aún hoy, es total y absoluta. Los apóstoles, entre los cuales se contaba

San Juan, están plenamente convencidos y totalmente persuadidos; creen con toda su alma en el

amor que Dios ha manifestado a los hombres. El conocimiento que tienen de este amor no es meramente

especulativo, como era el de los herejes gnósticos, combatidos por San Juan, sino el resultado

de una experiencia personal e histórica. De ahí su certeza inconmovible e infalible, propia

de los apóstoles, de los fundamentos de la Iglesia64.

El objeto de este conocimiento y de esta fe es el amor, el ágape divino, que se ha revelado

en Jesucristo y se ha comunicado a los hombres. Es la caridad que Dios posee de una manera

esencial y permanente, y que El ha querido que se manifestase de una manera concreta entre nosotros

(εν ήμΐν) 65. Esta manifestación ha tenido lugar mediante el envío del Hijo de Dios al

mundo. Y los apóstoles han reconocido y creído en esa revelación viviente y tangible del amor

del Padre66.

Los Doce, después de contemplar a Dios dándose tan generosamente a los hombres y

haber meditado este misterio de bondad, pudieron concluir que Dios es amor. Es decir, un amor

que se manifiesta, se comunica y se entrega totalmente a los hombres. Creer en ese amor no es

solamente confesar a Jesucristo, en el cual se revela ese ágape, sino que presupone el haberle

dado digna acogida, el unirse a El y vivir en Él. Por consiguiente, permanecer en el amor es incorporarse

el ágape divino, que es propio del cristiano. Porque cristiano es el que se adhiere a

Cristo y se va adentrando más en su vida íntima mediante la práctica de sus preceptos67, especialmente

el de la caridad fraterna68. De ahí que ó μένων εν TTJ αγάπη sea una verdadera definición

del cristiano, pues la expresión el que permanece en el amor viene como a resumir toda la

vida cristiana, pues el que permanece en el amor, permanece en Dios y Dios permanece en él

(v.16). “Esta inhabitación mutua y permanente — dice el p. Spicq — es la esencia misma de la

vida religiosa. San Juan la ha considerado anteriormente como fruto del pneuma, de la fe, de la

fidelidad a los preceptos y del ejercicio de la caridad fraterna 69; aquí la define en su misma naturaleza:

No sólo el ágape es lazo y unión, sino que, puesto que Dios es amor, permanecer en el

amor es morar en el mismo Dios.”70 Esta inmanencia consiste en las relaciones personales que se

establecen entre el cristiano y Dios por medio de la caridad. Es la realización viviente de la oración

de Cristo: “Que el amor con que tú me has amado esté en ellos y yo en ellos”71. La perseverancia

en el amor y en la unión con Dios depende de la fidelidad a los preceptos del Señor, como

ya dejamos indicado. El que permanece en el amor, en la caridad fraterna, permanece en Dios y

Dios en él, porque el que ama es nacido de Dios 72. Es decir, que sin la caridad fraterna no se da

comunión con Dios.

5430

La señal de que el amor fraterno ha llegado a su perfección será el que tengamos confianza

en el día del juicio (v.17). San Juan había dicho que en el día de la parusía los que permanecieren

en El no tendrían nada que temer73. La caridad fraterna es otro motivo de confianza, porque

la caridad nos hace semejantes a Cristo. Si permanecemos en el amor, seremos semejantes a

El. Y, por lo tanto, no tendremos nada que temer de Jesucristo Juez en el día del juicio final74, La

caridad es garantía de salvación. El temor de ser condenado en el día del juicio es incompatible

con la caridad. Y cuanto mayor sea ésta, tanto más confianza tendremos en el día de la parusía,

pues sólo la candad perfecta tiene la virtud de quitar todo temor.

La perfección del amor se manifiesta en la audaz confianza, en la santa osadía, en la íntima

seguridad que engendra en nosotros la caridad fraterna. Esta caridad realiza la comunión vital

entre Dios y el cristiano 75, la cual va eliminando poco a poco el temor que puede existir en el

corazón de los fieles ante la incertidumbre del juicio. Cuanto más crece esta caridad, mayor será

la confianza y la seguridad. El auténtico cristiano, por consiguiente, aunque sienta que su conciencia

le reprocha de algo, podrá presentarse sin temor ante el Juez divino el día del juicio final.

Pero no sólo en el juicio final, sino que ya desde ahora el amor perfecto excluye del cristiano todo

temor. Porque, si el amor es actual, también lo será el sentimiento de confianza que engendra

en el que lo posee. Cristo, por otra parte, ha venido a librarnos del “temor a la muerte”76, y, en

consecuencia, del temor al juicio final.

Jesucristo había inculcado también a sus discípulos la confianza en el discurso de despedida

77. En medio de las tribulaciones han de tener paz y confianza en Jesús, pues El ha vencido

al mundo y les auxiliará.

El motivo que engendra nuestra confianza en el día del juicio es nuestro ser de cristianos,

nuestra conformidad con Cristo, adquirida en el bautismo por medio del germen divino de la gracia78.

Como El es, así somos nosotros en este mundo (v.17). “Pero ¿de qué modo puede el hombre

ser como Dios?” pregunta San Beda. Y responde: “El como no siempre indica igualdad, sino

que también a veces indica semejanza. Si nosotros hemos sido creados a imagen y semejanza de

Dios, ¿por qué no podremos decir que somos como Dios? La semejanza que existe entre nosotros

y Dios está en la caridad.”79 Somos como Dios porque llevamos en nuestra alma la semilla divina

de la gracia, que nos hace participantes de la naturaleza divina. Y la gracia se manifiesta

mediante la caridad.

Por San Pablo 80 sabemos que los cristianos han sido predestinados a ser conformes a la

imagen de su Hijo, Jesús. Esta semejanza o configuración del cristiano con Cristo es invisible en

este mundo, pero “sabemos que cuando aparezca seremos semejantes a El, porque le veremos tal

cual es.”81 Nuestra transformación y asimilación a Cristo llegará a su punto culminante en el cielo,

cuando aparezcamos junto con El en la gloria 82.

Una tal semejanza con Cristo autoriza al cristiano para tener una confianza ciega en el

Señor incluso en el día terrible del juicio final, No puede haber fundamento más sólido de la esperanza

cristiana, ya que la configuración con Cristo elimina radicalmente toda diferencia entre

el presente y el futuro 83. La filiación divina, obtenida por la fe 84, no excluye el juicio futuro,

pero garantiza contra una sentencia de condenación 85.

El amor sólo es perfecto una vez que ha logrado eliminar del alma el temor. Amor y temor

son incompatibles. Donde hay temor no puede haber amor; al menos amor perfecto (v.18).

San Juan habla de la incompatibilidad del amor de caridad propiamente dicho con el temor. Sin

embargo, el temor es algo inherente a toda criatura al hallarse delante de Dios. El cristiano sabe

que es hijo de Dios y que ha sido configurado a imagen de Cristo. Sabe que, si es fiel a los preceptos

del Señor, obtendrá el cielo. Pero, a pesar de todo, no puede eliminar totalmente el temor

5431

ante el Juez soberano. Es necesario que la caridad obre sobre los pensamientos y sentimientos del

cristiano y vaya modificando poco a poco sus reacciones 86. A este propósito comenta San Agustín:

“El temor no se da en el amor. Pero ¿en qué amor? No en el amor imperfecto. ¿En cuál,

pues? En el amor perfecto, que expulsa el temor. Por consiguiente, es el temor el que comienza,

pues el comienzo de la sabiduría es el temor de Dios. El temor, en cierto sentido, prepara el sitio

al amor. Pero una vez que el amor comienza a habitar (en el alma), el temor que le había preparado

la morada es arrojado fuera. Cuanto más crece el amor, más decrece el temor; cuanto más

interior se hace el amor, tanto más es echado el temor. A mayor amor, menor temor; a menor temor,

mayor mor. Pero, si no hubiera ningún temor, no tendría por qué hacer su entrada el amor.

El temor es un medicamento; la caridad, la salud” 87·

La caridad implica unión y comunión con Dios 88, que engendra en el fiel una respetuosa

y confiada osadía en sus relaciones con el padre celestial. El temor, por el contrario, separa, aleja

y hace desconfiar de Dios. Se trata aquí del temor servil, que supone castigo (v.18) y es propio

de los esclavos. Este temor es del todo incompatible con el amor propio de los hijos de Dios.

Los teólogos, además del temor servil, distinguen el temor inicial, por el que se teme la

culpa y la pena; el temor filial, por el que se siente dolor de la culpa cometida, y el temor reverencial,

por el que el alma comprende toda su debilidad en presencia de la majestad infinita de

Dios. El temor servil no es compatible con la caridad, pero puede introducirla en el alma. Por eso

enseña el concilio Tridenti-no 89 que de ordinario la justificación del hombre comienza por el

temor del infierno. El temor inicial también se puede dar con la caridad, pero va disminuyendo a

medida que crece la caridad. El temor filial es tanto más grande cuanto mayor es la caridad. Otro

tanto podemos decir del temor reverencial, que permanece incluso en el cielo y crece con la caridad

90.

San Juan concluye su tesis sobre el amor fraterno dando las razones por las cuales los

cristianos han de amar. En primer lugar, los fieles han de amar a Dios porque El les amó primero

(V.19), con un amor sumo, gratuito y misericordioso 91. Si Dios, que es amor, nos ha amado

tanto y nos ha manifestado primero su amor infinito, invitándonos a amarle como El nos ha amado

92, hemos de responderle amándole cada día más intensamente. Hemos de dejar desplegarse

nuestra redamatio en una plena confianza. Por el hecho de que Dios haya tomado la iniciativa

amándonos por razón de su generosidad y fidelidad sin límites, podemos estar seguros de que su

amor será permanente, y que, por consiguiente, no tenemos nada que temer 93. Esto debe infundir

en nuestra alma una confianza (παρρησία) filial, porque sabemos que Dios nos ama real y

entrañablemente. La caridad perfecta es, además, un abandono en el amor divino 94.

Pero que nadie se engañe creyendo presuntuosamente poseer la caridad perfecta. Por eso,

San Juan recuerda el criterio infalible del amor perfecto: el que no ama a su hermano, a quien ve,

no es posible que ame a Dios, a quien no ve (v.20). La caridad fraterna está en íntima correlación

con el amor de Dios 95. El amor de Dios es inseparable del amor al prójimo 96. Pretender que el

primero puede existir sin el segundo es una mentira. El que afirma que ama a Dios, ha de amar

también al prójimo, porque, de lo contrario, se equivoca: no se puede amar a Dios sin amar al

prójimo.

San Juan seguramente se refiere a los falsos doctores, que pretendían amar a Dios y aborrecían

a sus hermanos. Obrando así se equivocan, porque nadie puede amar verdaderamente al

divino Redentor si odia a los que El redimió con su sangre.

El pecado de mentira tiene para el apóstol una gravedad especial. No porque sea un pecado

capital o incluso mortal, sino porque el que miente viene como a pasarse al bando del diablo,

el mentiroso por excelencia 97. Es ésta, según San Juan 98, una de las notas características de los

5432

herejes que él combate. El castigo de éstos será el de ser precipitados en el estanque de fuego.”

Semejante severidad se comprende mejor si tenemos presente la doctrina de San Juan sobre

el antagonismo entre el espíritu de verdad y el espíritu de mentira, entre la luz y las tinieblas.

También la literatura de Qumrán divide la humanidad en dos bandos: de una parte están los hijos

del espíritu de verdad, del ángel de la luz; del otro están los hijos del espíritu de mentira, del ángel

de las tinieblas. Ambos bandos se combaten encarnizadamente hasta el momento preestablecido

por Dios, en el cual Dios destruirá la maldad y sus seguidores 100.

San Juan estigmatiza al mentiroso con tanta fuerza como Jesús condenaba a los fariseos

hipócritas 101. Para el apóstol es una grave mentira afirmar que se ama a Dios cuando no se ama

al prójimo, porque es imposible excluir al prójimo de la caridad. El que no ama a su hermano,

con el cual continuamente convive, que es semejante o inferior a él y al que puede exteriorizar en

cualquier momento su amor, mucho menos puede amar a Dios, siempre invisible, infinito y, sobre

todo, porque Dios ha dispuesto que el amor hacia El y hacía el prójimo estén íntimamente

unidos, sean inseparables.

A la imposibilidad de separar el amor de Dios del amor del prójimo añade San Juan el argumento

final: Nosotros tenemos de El este precepto, que quien ama a Dios ame también a su

hermano (v.21). Es voluntad expresa de Dios, manifestada mediante un precepto explícito, categórico,

dado por Jesucristo y los apóstoles. San Juan alude probablemente a los dos grandes

mandamientos de que nos habla Jesucristo 102. Los sinópticos, propiamente hablando, no nos

transmiten ese mandato tal como es formulado por San Juan. El cuarto evangelio enseña en varios

lugares 1(>3 que amar a Dios es observar sus mandamientos, el primero de los cuales es el

amor fraterno 104. San Juan, lo mismo que San Pablo ^5, reduce la ley evangélica a un solo precepto:

el del amor al prójimo. Debemos amar a Dios ante todo; pero este amor de Dios se realiza,

se lleva a efecto, por disposición divina, amando al prójimo. En el prójimo hemos de amar a

Dios, cuyo hijo es el prójimo, y como tal, hermano nuestro. Porque todo amor, para ser santo, ha

de fundarse en Dios.

1 En los documentos 'de Qumrám también se pone de relieve este dualismo (1 95 III 13-IV26). — 2 1 Jn2:18s. — 3 Mt 24:11.24. — 4

También San Pablo da normas a sus fieles para discernir los carismas que abundaban en las comunidades evangelizadas por él (cf.

1 Tes 5:21; 1 Cor 12:31). Cf. 1 Tes 5:19-21; — 5 1 Cor 14:29. — 6 Consúltese también el Pastor de Hermas, Mand. 11:7 (Funk, I

506); San Ignacio M., Ad Ephes. 16-17; Ad Philad. 6:1-2 (FuNK, I 226ss). — 7 I M 11:1'3· — 8 1 Jn 5:12.20. — 9 San Ireneo, Adv,

haer. 1:14:3; 1:26-1: PG 7:602.686. — 10 Aceptamos la lección έληλυ3ότα = venido, de los mejores testimonios del texto griego,

en lugar de έληλυθέναι de B, Vulgata y de bastantes Padres. En cuyo caso, el acento no 30ne sobre la palabra carne, como hace la

Vulgata, suponiendo que los herejes negaban palidad física de la humanidad de Cristo, sino que se pone sobre la dignidad trascendente

le Jesus- Cf. F. J. rodríguez molero, o.c. p.472. — 11 Cf. Jn 12:31; 14:30; 16:33; Ap 2:7; 3:5; 12:11; 15:2. — 12 San Agustín,

In Epist. I loannis tr.7:2: PL 35:2030. Cf. F. J. RODRÍGUEZ MOLERO, — 13 Cf. 1 Cor 14:37- — 14 Lc 10:16; Jn 8:47. — 15

San Ignacio M., Ad Trall 7:1. — 16 Cf. Teodorico Da Castel S. Pietro, La Chiesa nella lettera agli Ebrei (Turín-Roma 1945)

ρ.194-206. — 17 C. SPICQ, Ágape III p.2?o-271; A. Sustar, De caritate apud S. loannem: VD 28 (10950) P.334- — 18 Cf. 1 Jn3:9.

— 19 C. Spicq, o.c. p.271-272. Por el texto de Rom 5:5 se podría pensar que es el Espíritu Santo el que ama en nosotros. Pero San

Juan precisa, diciendo que es el mismo cristiano el que ama, pues es capaz de amar divinamente. — 20 1 Jn 2:3-11. — 21 Rom

8:15; Gal 4:6. Cf. M. E. Boismard, La connaissance dans l'AUiance nouvelle, a aprés la i lettre de S. Jean: RB 56 (1949) p.388. —

22 1 Cor 8:3. — 23 C Spicq o.c. p.272-273- — 24 Cf. 1 Cor 8:2; Rom 1:28s. Según Tomás, “actus credentis non terminatur ad enuntiabile,

sed ad rem” — 25: J. Camelot, Credere Deo, credere Deum, credere in Deum: RSPT (1941) p.150ss. — 26 J. Chatne, o.c., p.201.

— 27 Mt 5:43-48; 9:13; Lc 15:7.10. — 28 Rom 5:8; 8:32.39. — 29 San Agustín, In Epist. I loannis tr.7:4: PL 35:2031. Cf. E.

Walter, Wesen und Machi der Liebe (Friburgo 1955) góss. Cf. también C. SPICQ, Ágape III p.270-278. — 30 C. H. DODD, The Johannine

Epist les (Londres 1947) p.no. — 31 Gen 1:28-30. — 32 La hesed divina es el amor de predilección, el cuidado absolutamente

gratuito y misericordioso que Dios tiene de sus criaturas. Cf. Jer 3:12; Sal 145:8. — 33 Cf. Ex 33:18-19; Os 11; Sal 136.

— 34 Cf. C. Spicq, Prolégoménes p. 88-129; J. P. Hyatt, The God of Love in the Oíd Testa-ment, en To Do and to Teach-Essays

in honor of Ch. L. Pyatt (Lexington 1953) p. 15-26; G. M. Behler, Divini amoris suprema revelatio in antiquo foedere data: Ang

20 (1943) 102-116. — 35 Jn 2:16. — 36 Cf. W. Grossouw, Pour mieux comprendre S. Jean (Malinas 1946) p.23. — 37 C. spicq,

Ágape III p.278. — 38 Jn 14:23. — 39 Jn 1:14.175. — 40 Jn 17:19; 1 Jn 1:7; 2:2; 4:10. — 41 Jn 11 — 42 A. Charue, o.c. p.545-

43 C. Spicq, o.c. p.18; cf. B. F. Westcott, The Epistles of St. John'2· (Cambridge 1886) p. 124-128. — 44 A propósito de Unigénito,

cf. M. J. Lagrange, Évangile selon S. Jean p.22-23; A. Suriansky, De mysterio Verbi incarnati ad mentem B. lo. ap. I (Roma

1941) 103-128. — 45 1 Jn 1:2; Jn 1:4; 5:26. — 46 J. M. Bover, Illuminavit vitam: Bi 28 (1947) 13653. — 47 C. Spicq, o.c. p.279·

Cf. Rom 5:8-9; Ef 2:4-5; Jn 3:16; 1 Jn3,16. — 48 El substantivo ίλασμός se encuentra diez veces en los LXX. En el N. T.. Parece

evocar las nociones de propiciación y de expiación por el pecado.. C. Spicq, L'Építre aux Hébreux (París 1952) I P-304-305; L.

Morris, The Apostoh'c rreaching ofthe Cross (Londres 1955) p.125-18s. — 49 1 Jn4:9; Jn3,16. — 50 Rom 5:8-9; Tit 3:3-7- — 51

5433

Odas de Salomón 3:3. — 52 C. Spicq, o.c. p.284- — 53 1 Jn 3:10.14. — 54 Jn 14:17. Cf. A. R. George, Communion with God in

the New Testament (Londres 1953) p.20455; CH. V. Herís, Le mystére de Dieu (París 1946) p.145-152; G. Pecorara, De verbo

“manere” apud loannem: DivThom (1937) p. 159-171. — 55 Jn 14:23. — 56 1 Jn 3:2. — 57 Jn 1:18. — 58 El concilio Vienense

reprobó la siguiente proposición de los beguinos y begardos: “El alma, para ver a Dios y gozar de El, no tiene necesidad del lumen

gloriae que la eleve” (Cf 475). Y el Santo Oficio (18 sept. 1861) condenó esta proposición de los ontologistas: “El conocimiento

inmediato de Dios, 'al menos habitual, es esencial al intelecto humano, de tal manera que sin él no podrá conocer nada, por el

hecho de que es el mismo lumen intelectual. El ser que está en todos y sin el cual no podemos entender nada es el ser divino.” —

59 Gf. 1 Cor 13:8-12; Heb 12:14- — 60 Jn 1:16. — 61 jn 15:26s. — 62 Rom 8:16; cf. 1 Cor 3:16; 6:19; 12:4; Gal 5:22; Rom 5:5;

8:2. Se pueden consultar G. Philips, L'Esprit Saint en nous: EThL 24 (1948) 127-135; C. Colombo, L'inabitazione jeí/a SS. Trinita

nell'anima in grazia: ScuolCat 76 (1948) 242-244; M. Cuervo, La inhabita-ción de la Trinidad en toda alma en gracia, según

Juan de Tomás: CT 69 (1945) 114-220. — 63 La unión de los dos verbos γινώσκειν-τπστεύειν es una redundancia que tiene valor

superlativo, que todavía es reforzado por el empleo del perfecto, pues éste indica un hecho pasado cuyos efectos continúan al presente.

Gf. C. Spicq, o.c. p.28g; ID., L'Építre aux Hébreux (París 1952) p.366-307. — 64 G. Spicq, Ágape III p.aSg. — 65 Casi todos

los autores traducen εν ήμΐν como si fuera είβ ήμαβ: el amor que Dios tiene por nosotros. Pero, en conformidad con el contexto,

el objeto de la fe es Cristo. Luego hay que dar a εν sentido local: en medio de, entre. — 66 Jn 1:14; Tit 3:4. Cf. C. Spicq, o.c.

p.290. — 67 Jn 15:9-10. — 68 Jn 13:34. — 69 1 Jn3:24; 4:12.13.15” — 70 C. Spicq, o.c. p.291. — 71 Jn 17:26. — 72 Cf. 1 Jn

4:7. — 73 1 Jn 2:28. — 74 Cf. Jn5:22. — 75 1 Jn4,16. — 76 Heb2,15· — 77 Jn 14:1.27; 16:33. — 78 1 Jn 3:9. Cf. C. Spicq, o.c.

p.295; E. F. Harrison, A Key to the Understanding of First John: Bibliotheca Sacra 441 (1954) p.39-46. — 79 San Beda Ven., In

Epist. I loannis expositio h.l: PL 93:111. — 80 Rom 8:29. — 81 1 Jn 3:2. — 82 Col 3:4. — 83 C. SPICQ, o.c. p.296. — 84 1 Jn

4:12.15. — 85 c. Spicq, o.c. p.296 nt. 1 Cf. Sant 5:9. — 86 C. Spicq, o.c. p.296-29? — 87 San Agustín, In Epist. I loannis tr.9:4:

PL 35.2047. — 88 1 Jn 4,16. — 89 Las palabras del concilio Tridentino son éstas: “Disponuntur autem ad ipsam iustitiam, dum

excitati divina gratia et adiuti. libere moventur in Deum, credentes vera esse quae di-vinitus revelata et promissa sunt, atque illud

in primis, a Deo iustificari impium per gratiam eius, “per redemptionem, quae est in Christo lesu,” et dum, peccatores se esse intelligentes,

a divinae iustitiae timore, quo utiliter concutiuntur, ad considerandam Dei misericordiam se convertendo, in spem eriguntur,

fidentes Deum sibi propter Christum propitium fore, illun-Que tanquam omnis iustitiae fontem diligere incipiunt ac propterea

moventur adversus pec-cata per odium aliquod et detestationem, hoc est, per eam poenitentiam, quam ante baptismum agí

oportet” (ses.6 c.6: D 708). — 90 M. Sales, II Nuovo Testamento vol.2: Le Lettere degli Apostoli (Turín 1914) P-589. — 91 Cf. 1

Jn 4:10-11. — 92 1 Jn 3:10.11.143. — 93 Cf. Rom 8:37-39-Jn 15:9. — 94 Spicq, o.c. p.299. — 95 Cf. 1 Jn 4:12. — 96 Mt 25:40;

— 97 Jn 8:44 — 98 1 Jn 2:22; 4:15; Ap 2:2. — 99 Ap 21:8. Cf. A. Maillot, art. Mensonge, en J. J. Von Allmen, Vocabulaire biblique

(Neuchátel-París 1954) p.iyoss. — 100 El autor de la Regía de la Comunidad de Qumrán trata, en la sección i QS III 13-IV

26, de la lucha entablada entre la luz y las tinieblas, entre la verdad y la iniquidad, entre los hombres buenos y malos, entre el ángel

bueno y el malo, entre el espíritu bueno y el malo. La máxima división se da — según la Regía de la Comunidad — entre los

hombres de la luz y los hombres de las tinieblas (i QS I 10). “Los (hombres) — dice la Regía — caminan por la vía de la sabiduría

o de la estulticia. Cuanto más el hombre participa de la verdad y de la justicia, tanto más odio tendrá a la perversidad. Y cuanta

más participación tenga en la perversidad y en la impiedad, tanto más abominará la verdad. Pues ambas especies de personas puso

Dios, una al canto de la otra, hasta el término inevitable y hasta la creación de las cosas nuevas” (i QS IV 24-25). Entrambos caminos,

es decir, el de la sabiduría y el de la estulticia, están dominados por el ángel de la luz y por el ángel de las tinieblas respectivamente.

“En manos del príncipe de la luz está el dominio de todos los hijos de la justicia, y andan por el camino de la luz. En

manos del ángel de las tinieblas se encuentra todo el dominio de los hijos de la perversidad, los cuales caminan por los senderos

de las tinieblas. Y por medio del ángel de las tinieblas se lleva a cabo la seducción de todos los hijos de la justicia; y todos sus pecados

e iniquidades, y sus delitos y los efectos de todas sus obras caen bajo su dominio, (lo cual acaece), en conformidad con los

designios misteriosos de Dios, hasta el término establecido por El. Todos sus suplicios y sus tiempos de tribulación también están

bajo del dominio de su Mastema. Y todos los espíritus de su bando están dedicados a hacer caer a los hijos de la luz. Pero el Dios

de Israel y el ángel de la verdad ayudan a todos los hijos de la luz” (i QS III 20-24). Por consiguiente, luz y tinieblas, verdad e iniquidad,

ángel de la luz y ángel de las tinieblas, representan la doble tendencia de la humanidad, es decir, el distinto medio ambiente

en que se mueven los hombres. El hombre obra bien o mal, o sea pertenece al bando de Dios o del diablo, según que se encuentre

bajo el dominio de la verdad o de la iniquidad. Este dualismo qumránico no es, sin embargo, absoluto, pues Dios creó el principio

bueno y el malo, y domina ambos (i 95 III 25). Al fin, Dios destruirá la impiedad. Cf. G. Berardi, Regoía della guerra o la

guerra dei figli della luce contro i figli delVoscurita: Palestra del Clero 36 (1956-1957) 649-658.699-710; R. E. Brown, The Qumrán

Scrolls and the Johannine Cospel and Epistles: CBQ 17 (1955) 403-419.559-574; J. Carminag, La Regle de la Guerre desfils

de lumiére contrelesfilsdes ténébres (París 1958); F. Nótscher, Wahrheit ais theologischer Terminus in dem Qumran-Texten:

Festchrift V. Christian (Viena 1956) p.83-92; H. Wildeberger, Der Dualismus in den Qum-ranschriften: Asiatische Studien (Berna

1954) p. 163-177. — 101 Cf. Mt 23:14.15.23.25-27.29. Cf. C. Spicq, o.c. p.501. — 102 Mt 22:37-40; Mc 12:29-311 cf. Jn 15:9-

14· — 103 Jn 14:15.21; 15:10. — 104 Jn 13:34; 15:12. — 105 Gal 5:14.

Capitulo 5.

El apóstol San Juan pasa a hablar, en el capítulo 5, de la fe en Jesucristo y de las ventajas que

ella procura (ν.ι-ΐβ). En los v.14-hace ver cómo la fe es la raíz de la caridad fraterna y cómo ésta

no puede existir sin el verdadero amor de Dios. La fe es el criterio de nuestra filiación, y la filiación

es la razón profunda del amor. La fe y la caridad son, por consiguiente, correlativas: en

donde se da verdadera fe, se lleva a cabo una verdadera regeneración espiritual y se engendra la

caridad. Sin embargo, la fe, en cuanto tal, es una causa dispositiva de la gracia l.

5434

La fe, que es criterio de nuestra filiación divina 2, es la que confiesa que Jesús es el

Cristo, el Hijo de Dios (v.1). Admitir esto es creer en la divinidad de Jesucristo y en su encarnación

3, es considerarlo como revelador del Padre y Salvador del mundo 4. Pero no se trata

únicamente de reconocerle en lo que es, sino de someterse a El y de vivir unido a El 5.

El que cree en la divinidad de Cristo es señal de que ha nacido de Dios. Sin la fe no se da

la filiación divina ni la caridad 6. El nacimiento sobrenatural implica la caridad fraterna, pues establece

entre los creyentes los lazos de una misma vida. No es posible amar a Dios, autor de

nuestra regeneración espiritual, y odiar a los que El ha regenerado. El amor que tenemos a Dios

se extiende hasta sus hijos. El que odia a sus hermanos no posee en sí la vida eterna 7. Todo el

que cree en Dios ha de amar a los hijos de Dios, pues son sus propios hermanos.

El cristiano es esencialmente el hombre nacido, engendrado de Dios (τον γεγεννημένον

εξ αυτού) 8. Dios le ha dado una nueva vida: la vida de la gracia. Pero, a diferencia de la generación

humana, el cristiano no cesa de recibir durante toda su existencia el ser y la vida divina de

su Padre 9. El cristiano continúa renaciendo incesantemente de Dios, que es su verdadero Padre.

La expresión todo el que ama al que le engendró (v.1) trae a la mente la piedad filial, el

amor de todo hijo por su padre. Si, pues, los que están unidos por los lazos naturales de la carne

y de la sangre se aman con un amor natural muy intenso, ¡cuánto más tendrá que amar un cristiano

a su Padre celestial, que le ha dado la vida espiritual, la conserva y, finalmente, le concederá

la vida eterna! Y si ama al Padre celeste, también tendrá ue amar a los que han nacido de

El, es decir, a todos los demás cristianos. Ha de amarlos por amor de Dios, porque sabe que

está unido a ellos por la misma naturaleza y posee la misma gracia. Además, Dios, nuestro Padre,

habita continua y personalmente en todo verdadero cristiano, vive en él. La gracia, participación

de la misma naturaleza divina, establece una relación íntima entre Dios y el fiel. Funda una semejanza

entre Dios y el cristiano que es también motivo de amor.

La fe engendra, por consiguiente, nuevas relaciones de fraternidad entre los cristianos,

porque establece entre ellos estrechos lazos de parentesco espiritual10.

Según 1 Jn 4:20, el amor fraterno era el criterio del amor de Dios. Aquí (v.2), por el contrario,

el amor de Dios es el criterio del amor fraterno. Ambos son inseparables. La ausencia de

uno será signo cierto de la falta del otro. En cambio, la presencia de uno implicará necesariamente

la existencia del otro. Los dos se completan mutuamente, porque en realidad sólo existe un

verdadero amor: el ágape con que Dios se ama y nos ama a nosotros.

Pudiera parecer que San Juan da como criterio de la verdadera caridad fraterna un signo

incontrolable: el amor de Dios. Sin embargo, el apóstol precisa inmediatamente que el cumplimiento

de los mandamientos de Dios será la prueba auténtica de la existencia de la caridad fraterna.

De donde se sigue que el cristiano que observa los preceptos divinos demostrará poseer el

verdadero amor de Dios. Y siempre que n hacemos un acto de amor a Dios conocemos que poseemos

el amor que nos une a nuestros hermanos, es decir, que el amor a Dios comporta también

la caridad para con los hermanos, por consiguiente, siempre que se da verdadero amor de Dios

— éste se conoce por la práctica de los preceptos — podremos tener la seguridad de que también

el amor fraterno es auténtico. Pocos textos bíblicos hay tan decisivos como el nuestro para demostrar

el carácter sobrenatural del amor al prójimo en la Iglesia de Cristo. El amor fraterno no

puede existir sino en un alma virtuosa y que pertenece a Dios 12.

El amor a Dios se ha de manifestar en la práctica de los mandamientos, o sea, en las obras

(v.5). El apóstol no precisa de qué mandamientos se trata, pues los fieles ya lo sabían. El libro de

la Sabiduría ya había dicho que el amor consiste en la observancia de las leyes 13. Jesucristo también

insiste en el cumplimiento de sus preceptos 14, pues no basta con escuchar las enseñanzas

5435

del Maestro y creerlas, sino que es necesario ponerlas en práctica 15.

San Juan añade, como para animar a los fieles, que los preceptos del Señor no son pesados,

como se podría suponer. Dios no impone a sus hijos cargas demasiado pesadas 16. Los preceptos

inculcados por la 1 Jn: creer en la encarnación redentora de Cristo, en el amor del Padre y

de Jesucristo por nosotros, amar a Dios y a los hermanos, son fáciles de cumplir. La religión del

Antiguo Testamento se fundaba sobre todo en el temor; la del Nuevo Testamento, en el amor.

Jesús reprocha a los fariseos en el Evangelio 17 el imponer fardos demasiado pesados a sus adeptos.

En cambio, El declaraba que su yugo era suave y ligero 18. La Ley Antigua era pesada porque

hacía conocer el pecado sin dar las fuerzas para evitarlo 19; la fe de Cristo, por el contrario,

unida a la caridad, hace ligera la ley y da las fuerzas necesarias para observar los preceptos. Para

el que ama, el cumplimiento de los preceptos resulta fácil y agradable 20. El discípulo de Cristo

no es un esclavo que se mueve por el temor. Es un hijo que corre hacia su Padre movido y sostenido

por el amor. El amor allana todas las dificultades por grandes que sean y aligera el peso de

los preceptos divinos. Por eso dice San Agustín: “En lo que se ama no se encuentra trabajo, o

bien se ama el trabajo.” 21 Y comentando nuestro pasaje, añade: “Ama y haz lo que quieras.” 22

El cumplimiento de los preceptos no es cosa pesada para los hijos de Dios, porque la gracia

que nos hace hijos de Dios nos da también la fuerza para superar las concupiscencias del

mundo 23, y hace ligeros y fáciles los mandamientos divinos. Por lo cual el cristiano puede en

cualquier momento vencer al mundo (v.4), es decir, vencer todas las malas tendencias que le incitan

al pecado. Y esta victoria sobre el mundo la obtiene el cristiano mediante la fe: Esta es la

victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe. El principio de la fuerza que nos lleva a la victoria

es la fe. Esto lo atestiguan bien claramente las actas de los mártires, en las cuales se contemplan

los milagros obrados por la fe 24. La fe es, en el verdadero cristiano, victoria y vencedor a un

mismo tiempo. Con la fe obtiene la victoria sobre sí mismo y sobre el mundo, a imitación de

Cristo 25. Y esta victoria sobre el mundo es también una victoria sobre el demonio 26, porque para

San Juan el mundo está dividido en dos campos: de un lado está Cristo con los suyos, del otro

está el diablo con sus partidarios.

Se debe creer en el testimonio de Dios, 5:5-12.

5 ¿Y quién es el que vence al mundo sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios? 6

El es el que vino por el agua y por la sangre, Jesucristo; no en agua sólo, sino en el

agua y en la sangre. Y es el Espíritu el que lo certifica, porque el Espíritu es la verdad.

7 Porque tres son los que testifican, el Espíritu, el agua y la sangre, y los tres se

reducen a uno solo. 9 Si aceptamos el testimonio de los hombres, mayor es el testimonio

de Dios, que ha testificado de su Hijo.10 El que cree en el Hijo de Dios, tiene

este testimonio en sí mismo. El que no cree en Dios le hace embustero, porque no

cree en el testimonio que Dios ha dado de su Hijo. 11 Y el testimonio es que Dios nos

ha dado la vida eterna, y esta vida está en su Hijo. 12 El que tiene al Hijo tiene la vida;

el que no tiene al Hijo de Dios, tampoco tiene la vida.

El apóstol nos habla en esta narración de los fundamentos de la fe, es decir, del testimonio divino

en el cual se funda la fe. En el versículo anterior afirmaba que el que ha nacido de Dios, el cristiano

justificado, ha vencido al mundo por medio de la fe. Ahora declara ya más en particular

que la verdad que les ha dado la victoria es el creer que Jesús es el Hijo de Dios (v.5). Sin la fe

en Cristo no se da filiación divina 27, y sin filiación no hay fuerza para vencer. La fe proporciona

a los cristianos el ideal sublime por el que han de luchar y les confiere el auxilio de la

5436

gracia divina.

En los v.6-12, San Juan prueba con un triple testimonio que Jesucristo es verdaderamente

Hijo de Dios y que la fe en El nos consigue la vida eterna. El apóstol insiste en la identidad del

Jesús histórico con el Hijo de Dios. Esta verdad era una de las fundamentales de la religión cristiana.

Sólo el que crea en esta verdad de fe podrá vencer al mundo.

Jesucristo vino al mundo para cumplir la misión redentora que le había encomendado su

Padre por medio del agua y de la sangre (v.6). Estos elementos, agua y sangre, fueron empleados

por Cristo como medios de salvación 28. San Juan viene como a personificar cada uno de estos

elementos, constituyéndolos testimonios de Jesucristo. Ellos son los que testifican que Cristo es

el Hijo de Dios.

Las palabras del apóstol agua y sangre han recibido diversas interpretaciones. La mayoría

de los autores cree que el agua aludiría al bautismo de Jesús, y la sangre, a su muerte en la

cruz. En cuyo caso, el autor sagrado querría decir: Jesús ha manifestado a los hombres la divinidad

de su misión al principio de su vida pública, cuando en su bautismo se oyó la voz del Padre,

que decía: “Este es mi Hijo muy amado”29. Esta proclamación divina, lo mismo que el descenso

del Espíritu Santo sobre El al salir del agua, no sólo revisten el carácter de testimonios, sino que

son al mismo tiempo la explicación de su misión divina. Pero también la sangre ha dado testimonio

de la divinidad de Jesús con diversos milagros. A la muerte de Jesús sobre la cruz, el velo

del templo se rasgó en dos partes; la tierra tembló y se hendieron las rocas; se abrieron los sepulcros

y resucitaron los cuerpos de muchos santos. El centurión y los que guardaban a Jesús, maravillados

sobremanera de todo lo que había sucedido, confesaron la divinidad de Jesús 30. Por

consiguiente, el bautismo de Cristo y su muerte en la cruz vienen como a encuadrar y resumir

toda la vida de Jesús y su Admisión redentora. Pero San Juan, como queriendo recalcar todavía

más esta idea, añade seguidamente: Jesucristo vino no en agua sólo, sino en el agua y en la sangre.

Con cuya afirmación probablemente quiere enseñar que el mismo Cristo del bautismo fue el

que murió en la cruz para combatir los errores de Cerinto y demás seudoprofetas, los cuales

afirmaban que quien murió en la cruz no fue el Hijo de Dios, sino el hombre Jesús.

Otros autores, siguiendo a San Agustín 31, piensan que el apóstol alude al agua y a la sangre

que salieron del costado de Cristo ya muerto sobre la cruz 32. Cristo habría venido por medio

del agua y de la sangre salidas de su costado para testificar la realidad de su naturaleza humana.

Sin embargo, hay una grave dificultad que se opone a esta interpretación de San Agustín: la efusión

de la sangre y del agua, después de la lanzada dada por el soldado romano, se produjo en el

cuerpo muerto de Jesucristo. En cambio, nuestra epístola nos habla más bien de Jesucristo vivo,

que vino por el agua y la sangre. Para otros escritores, el agua y la sangre serían meros símbolos

o figuras de los sacramentos del bautismo y de la eucaristía. Estos dos sacramentos también testifican,

cada uno a su manera, la inmensa caridad de Cristo para con los hombres y su divinidad 33.

La primera interpretación nos parece la más probable. Sin embargo, no hay que olvidar el

simbolismo joánico, que muy bien pudiera implicar las tres interpretaciones. Cristo habría venido

por el bautismo en el Jordán y por la muerte sobre la cruz. Pero también habría venido por el

agua y la sangre que fluyeron del costado de Jesús, y en las que la Iglesia antigua ha visto los

símbolos de los dos grandes sacramentos cristianos: el bautismo y la eucaristía 34.

También el Espíritu Santo testifica continuamente 35 en la Iglesia en favor de Jesús,

afirmando que Cristo es el Hijo de Dios y el Redentor del mundo. El mismo Jesucristo

había predicho este testimonio del Espíritu Santo 36. El Espíritu divino transforma a los apóstoles

y les infunde nuevo valor para dar testimonio de Cristo incluso derramando su sangre. Este

mismo Espíritu convierte el escándalo de la cruz en la victoria por excelencia de Cristo sobre el

5437

demonio 37. Esto es lo que conviene precisamente al Espíritu de la verdad 3S, el cual posee la

verdad divina y la transmite fielmente. Y si el Espíritu es la verdad, no puede testificar nada falso.

De ahí que debamos creer el testimonio que el Espíritu da de la venida de Jesucristo. Dio testimonio

de Cristo en el bautismo apareciéndose en forma de paloma 39. Lo dio también solemnemente

el día de Pentecostés apareciendo en forma de fuego, instruyendo y confirmando a los

apóstoles. Y da continuamente testimonio de Cristo en la historia de la Iglesia con sus carismas y

con su obra santificadora.

Muchos Padres han dado del presente versículo una explicación trinitaria, a la cual no parece

ajeno el Comma loanneum, que fue interpolado en el v.7. Del Comma loanneum ya hemos

hablado en la introducción a San Juan (p. 184-186).

A continuación, el apóstol nos presenta tres testigos: el Espíritu, el agua y la sangre (v.7-

8), que testifican unánimemente en favor de la divinidad de Jesucristo y de su misión redentora.

El testimonio 40 en San Juan tiene siempre una finalidad determinada: es una invitación a creer.

Guando el Señor exige de nosotros la fe en su divinidad presenta siempre testigos que apoyen esa

fe 41. Según la Ley mosaica, eran necesarios dos o tres testigos para constatar con certeza una

cosa 42. San Pablo recurre también a esta disposición legal43, y lo mismo hace Cristo44. Aquí

también San Juan aduce el testimonio de tres testigos: el Espíritu, el agua y la sangre, que garantizan

en óptima forma — según lo estipula la Ley mosaica — la filiación divina de Cristo y su

misión redentora. Y estos tres testimonios convienen en la testificación que dan en favor de Jesús.

El Espíritu Santo testifica mediante su acción en el alma de los fieles y por la asistencia

que presta a la Iglesia. El agua da testimonio en el bautismo de Jesús. La sangre de Cristo derramada

sobre la cruz, más elocuente que la de Abel45, atestigua también la filiación divina de Jesús.

Estos tres testigos simbolizan al mismo tiempo la unción del Espíritu al recibir el catecúmeno

la gracia de la fe, el bautismo cristiano y la eucaristía, que a su vez dan testimonio de la encarnación

por medio de sus efectos espirituales 46.

Si, pues, aceptamos un triple testimonio humano para confirmar la verdad de algo, ¿por

qué no hemos de aceptar el testimonio de Dios, que es mayor, el cual ha testificado de su Hijo?

(V.9), se pregunta San Juan. Si Dios ha dado testimonio, no se puede rehusar, porque procede de

la misma Verdad, y no puede ser falso. El testimonio del que habla aquí el apóstol es el que Dios

ha dado en favor de Jesús, atestiguando que era verdaderamente Hijo de Dios, como ya ha dicho

en los v.7-8. No se trata de un nuevo testimonio, sino que el apóstol quiere significar que, a través

del testimonio de la fe y de los sacramentos, Dios mismo continúa — el perfecto

μεμαρτυρηκεν indica que el testimonio aún perdura en sus efectos — dando testimonio en favor

de su Hijo. Por medio de esta testificación, el testimonio dado en el Jordán y en el Calvario continúa

actualizándose en nosotros.

Algunos autores, como J. Huby, Bonsirven, Schnackenburg, piensan que el v.8 comenzaría

una nueva sección. Y para Bonsirven 47 esta nueva sección hablaría del testimonio que el Padre

da en favor del Hijo en el interior de las almas. Se trataría de un testimonio interior más indiscutible

que el testimonio exterior del Espíritu, del agua y de la sangre. Sin embargo, como no

hay ningún indicio de cambio de tema, es mejor ver en este testimonio divino una continuación y

un ahondamiento conforme al gusto de San Juan. El v.9 se puede considerar como un resumen o

una conclusión de lo que precede. El apóstol reduce los diferentes testimonios a uno solo: al testimonio

del Padre. El testimonio de Dios equivale, por consiguiente, a los tres testimonios precedentes:

el Espíritu, el agua y la sangre. Pues es Dios el que testifica por medio de la fe y de los

sacramentos, que esos testimonios simbolizan.

5438

En el v.10, San Juan contrapone el creyente al incrédulo. El que cree en el Hijo de Dios,

es decir, el que profesa la verdadera doctrina sobre la encarnación y la divinidad de Cristo, posee

el testimonio de Dios en sí mismo. El verdadero creyente ha recibido y aceptado el testimonio de

Dios como auténtico y lo conserva en su alma como prenda de salvación. Para ciertos autores,

este testimonio sería de orden interno 48. Produciría en el alma el acto de fe, el cual sería como el

principio de su vida. Y el cristiano con su vida santa esparciría en torno suyo esta verdad y daría

testimonio de ella. Sin embargo, otros autores, con mayor razón a nuestro parecer, sostienen que

el testimonio del v.10 es también un testimonio externo. Es la revelación divina asimilada por la

fe. Y esta revelación divina interiorizada por la fe es fuente de vida para el creyente y es la que

impulsa al cristiano a dar una respuesta a ese testimonio divino que, viniendo de fuera, obra en el

interior de su alma 49.

Por el contrario, el que no cree en la divinidad de Cristo, considera a Dios embustero,

porque no admite el testimonio divino con el cual El ha declarado que Cristo es su Hijo. El testimonio

del Padre es tan manifiesto, que el no aceptarlo es rechazar la veracidad divina, no dar fe

a Dios. La fe es un homenaje a la veracidad divina 50; la incredulidad es un insulto a Dios. El ser

humano debe creer en la divinidad de Cristo, en el testimonio que da Dios sobre su Hijo,

porque de lo contrario se juzga a sí mismo y se dispone a caer en la muerte eterna.

El testimonio de Dios se reduce a esto: que Dios, al darnos al Hijo, nos ha dado la vida

eterna (v.11), es decir, la vida de la gracia y de la gloria, porque ambas se encuentran en el Hijo

51. Los fieles han de participar de esta vida uniéndose por medio de la fe y de los sacramentos al

Verbo encarnado 52. El cristiano que posee la gracia, posee ya la vida eterna al menos en estado

incoativo, porque la gracia es el germen divino que florecerá plenamente en la gloria. El apóstol

enseña que esta vida es propia del Padre y reside en el Hijo 53. Y como el Hijo es quien nos la

comunica 54, demuestra con esto que es ciertamente el Hijo de Dios encarnado. De donde se deduce

que, siendo el Hijo el Mediador único de esta vida, es necesario estar en comunión vital con

el Hijo para obtener la vida. Es necesario creer que Jesús es el Cristo, el Verbo encarnado 55,

porque sólo el que está unido a Cristo por la fe posee la vida.

Si en Jesucristo está la vida, se sigue que el que tiene al Hijo tiene la vida; y, en cambio,

el que no tiene al Hijo de Dios, tampoco tienen, la vida (v.12). La expresión tener al Hijo es

equivalente a creer en el Hijo 56 Pero también implica la unión con Cristo mediante la gracia y la

caridad. Tener al Hijo, en este sentido, es poseer la vida en el sentido pleno de la palabra. Y creer

en Cristo es ya poseer la vida eterna.

Conclusión.

Objeto de la carta, 5:13.

13 Esto os escribo a los que creéis en el nombre del Hijo de Dios para que conozcáis

que tenéis la vida eterna.

La conclusión de esta epístola es semejante a la del cuarto evangelio57. La finalidad, sin embargo,

no es exactamente la misma. San Juan escribe el evangelio para conducir a sus lectores a la

verdadera fe, a fin de que, creyendo en Jesús, Hijo de Dios, obtengan la vida. La epístola, en

cambio, se propone hacer conocer a los cristianos las riquezas de la vida eterna y señalarles los

criterios por los cuales podrán conocer que poseen la vida eterna58.

5439

La intención del apóstol en esta conclusión (v.15) es el asegurar a los fieles que ellos poseen

ya esa vida eterna por el mismo hecho de que creen en el nombre del Hijo de Dios. Porque

el saber que poseen esa vida les dará fuerzas para defender ese supremo bien de las asechanzas

de los seudo profetas y falsos doctores.

Apéndices, 5:14-21.

Los ν. 14-21 del capítulo 5 forman una especie de epílogo. Ha habido autores 59 que los han

atribuido a una mano diversa de la de San Juan. Sin embargo, son conjeturas aisladas que tienen

poco fundamento. En el siglo n, Clemente Alejandrino60 y Tertuliano61 atribuyen expresamente a

San Juan este epílogo al citar algunos versículos de esta sección bajo su nombre. Además, el vocabulario

y el estilo son propios de San Juan. Y las ideas también, si bien aparecen algunas que

pudieran llamarse nuevas: la oración por los pecadores (v.16) y la exhortación a guardarse de los

ídolos (v.21).

Se puede suponer que San Juan, después de haber terminado la epístola (v.13), se da

cuenta que aún le queda algo que decir, lo mismo que sucede en el cuarto evangelio62. Consta de

dos partes: habla primero de la eficacia de la oración (v.14-17) y luego exhorta a los fieles a evitar

el pecado y a tener fe en Dios a fin de obtener la vida eterna (v. 18-21).

La oración por los pecadores, 5:14-17.

14 Y la confianza que tenemos en El es que, si le pedimos alguna cosa conforme con

su voluntad, El nos oye. 15 Y si sabemos que nos oye en cuanto le pedimos, sabemos

que obtenemos las peticiones que le hemos hecho. 16 Si alguno ve a su hermano cometer

un pecado que no le lleva a la muerte, ore y alcanzará vida para los que no

pecan de muerte. Hay un pecado de muerte, y no es por éste por el que digo yo que

se ruegue. 17 Toda injusticia es pecado, pero hay pecado que no es de muerte.

La fe confiere al cristiano una santa audacia 63 mediante la cual se atreve a dirigirse al Señor, seguro

de que cualquier cosa que le pida en conformidad con la voluntad de Dios se lo concederá

(v.14). Esta es la verdadera norma de la oración: pedir según la voluntad de Dios, que es, a su

vez, la norma de nuestra vida. Cuando el fiel cree sinceramente en Cristo y posee en sí la vida,

puede pedir al Señor con plena confianza. El ciego de nacimiento de que nos habla el cuarto

evangelio, también sabía que Dios escucha al que posee el temor de Dios y cumple su voluntad

64. El Padre ha prometido, por boca de Cristo, que nos concederá todo lo que le pidamos en nombre

de su Hijo 65. San Pablo también enseña que “el Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza,

porque nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene” 66. Porque el que pide para dar satisfacción

a sus pasiones 67, no pide conforme a la voluntad de Dios. En cambio, el justo, por la absoluta

conformidad que tiene con la voluntad de Dios, obtiene todo lo que pide 68, no sólo en cosas

espirituales, sino también en cosas temporales 69.

Por la plena confianza que tenemos en Dios y por el hecho de que conocemos la eficacia

de la oración cristiana, podemos ya considerar como obtenido lo que hemos pedido incluso antes

de que Dios nos lo haya concedido (v.15). Sabemos por experiencia, y, por lo tanto, con certeza,

que lo pedido ya lo poseemos. Los cristianos, hermanos de Cristo por la gracia, pueden tener la

misma seguridad que su Maestro — siempre que pidan en conformidad con la voluntad divina —

de que Dios les concederá lo que piden. A propósito de esto decía Jesús: “Padre, te doy gracias

5440

porque me has escuchado; yo ya sé que siempre me escuchas.70 Algo parecido puede decir el

fiel, pues ha recibido de Cristo la promesa de ser escuchado: “Todo cuanto con fe pidiereis en la

oración lo recibiréis.”71

La confianza filial que el fiel ha de tener en la oración se extiende todos los cristianos y

debe animarles a orar por los que han caído n pecado. Porque, como dice Santiago, “quien convierte

a un pecador de su errado camino salvará su alma de la muerte”72. San Juan exhorta a sus

lectores a orar por los pecadores, pues así alcanzaran 73 vida para los que no pecan de muerte

(v.16). El apóstol distingue, en los v.16-i? dos especies de pecados: pecado para muerte y pecado

que no es para muerte. En el Antiguo Testamento, pecado para muerte designaba una transgresión

a la que se castigaba con la pena de muerte 74. De aquí proviene la idea de pecados para

muerte o de pecados mortales. ¿De qué pecado se trata en nuestro texto? Han sido muy diversas

las interpretaciones. Tertuliano 75 identifica el “pecado para muerte” con los pecados irremisibles

por la penitencia eclesiástica. Estos eran, para Tertuliano montañista, la idolatría, la apostasía, la

blasfemia y el homicidio. Ha habido también otros Padres que identifican ese “pecado para

muerte” con alguno de los pecados que fueron considerados en la antigüedad — al menos por

algunos — como irremisibles 76.

El pecado ad mortem de nuestro pasaje parece designar no solamente un pecado muy

grave, sino también un pecado que hace perder la vida divina de una manera definitiva. Se trata

sin duda del pecado de apostasía 77, por el cual el fiel se aparta voluntariamente de la luz para

volver a las tinieblas, renunciando de esta manera a su fe. El pecador que ha cometido esta falta

se separa totalmente de Cristo y se convierte en sarmiento seco, bueno para el fuego 78. Este pecado

ad mortem recuerda el pecado contra el Espíritu Santo 79 y el pecado irremisible de la epístola

a los Hebreos 80. La apostasía, sobre todo cuando es obstinada, es indudablemente uno de

los pecados más graves, en especial cuando es voluntaria y después de haber experimentado los

dones de la gracia divina. Tal sucedía con aquellos apóstatas obstinados a los cuales alude San

Juan en este y en otros pasajes de su primera epístola.

El apóstol no prohibe en absoluto orar por los apóstatas, ni tampoco afirma que tales oraciones

nunca serán escuchadas, sino que advierte simplemente que su recomendación no se refiere

a tales pecadores. Y da a entender que las oraciones hechas por ellos serán más difícilmente

escuchadas a causa del endurecimiento en el mal de aquellos que abandonan a Cristo y a su Iglesia.

Sin embargo, San Juan no dice que este pecado sea absolutamente irremisible, pues en otros

lugares enseña que la redención es universal 81. El apóstol exhorta a pedir por los que caen en

pecados que no son ad mortem, porque la oración respecto de estos pecados será más eficaz. El

pecado que no es para muerte se refiere probablemente a una falta que ha hecho perder la vida de

la gracia al cristiano. Pero este cristiano todavía conserva la fe, principio y condición de la filiación

divina 82. Un tal pecador todavía se puede convertir y obtener la salvación. En cambio, el

pecado que es para muerte parece designar no un acto, sino un hábito o estado pecaminoso en el

que se persiste voluntariamente.

El papa San Gelasio define el pecado ad mortem y el pecado que no es ad mortem de esta

manera: “Hay un pecado ad mortem para los que perseveran en el mismo pecado, y hay un pecado

non ad mortem para los que se alejan del pecado. Pero no hay pecado por cuya remisión no

ruegue la Iglesia o que por su divina potestad no pueda absolver en los que se alejan de él o perdonar

en los que hacen penitencia.” 83

Resumen de toda la epístola, 5:18-21.

18 Sabemos que todo el nacido de Dios no peca, sino que el nacido de Dios le guarda,

5441

y el maligno no le toca. 19 Sabemos que somos de Dios, mientras que el mundo todo

está bajo el maligno, 20 y sabemos que el Hijo de Dios vino y nos dio inteligencia para

que conozcamos al que es verdadero, y nosotros estamos en el Verdadero, en su

Hijo Jesucristo. El es el verdadero Dios y la vida eterna. 21 Hijitos, guardaos de los

ídolos.

Estos versículos resumen toda la doctrina de la epístola en una triple repetición de sabemos

(οϊδαμεν), que expresa la certeza llena de confianza del cristiano. El apóstol habla aquí como

unido a los cristianos: “nosotros sabemos,” “nosotros estamos.” Como en los versículos anteriores

había hablado del pecado, esto le lleva a hablar de la impecabilidad del cristiano. El fiel nacido

de Dios (v.15), mientras se mantenga firme en su condición de hijo de Dios, no pecará, porque

lleva en sí el nuevo principio de vida del Espíritu divino 84. Y si el cristiano coopera con la

gracia, no caerá en pecado 85. El maligno no le podrá alcanzar, porque Jesucristo le guarda de

todo mal. El Buen Pastor defiende a sus ovejas del lobo infernal 86. La asistencia protectora del

Hijo de Dios es complementaria de la presencia del Espíritu Santo, de la gracia divina en el alma

del fiel 87.

Existe cierta dificultad por lo que se refiere a la frase el nacido de Dios le guarda 88. El

participio griego γεννη3είβ — nacido, puede referirse al cristiano o bien a Jesucristo. Algunos

comentaristas modernos lo refieren al cristiano, y traducen la frase de este modo: “El aue nació

de Dios (= el cristiano) le es fiel (= se mantiene fiel a píos)” (Schnackenburg). Pero esta manera

de interpretar la frase τηρεί αυτόν es bastante extraña y singular. Otros autores en lugar Je αυτόν

leen εαυτόν, que se encuentra en varios Mss. y es seguido por Von Soden, Merk, Vogels. Estos

traducen así: “El nacido de píos se guarda a sí mismo.” Es decir, la impecabilidad del cristiano

supondría la intervención divina y la cooperación activa del hombre. ASÍ han entendido este pasaje

comentaristas antiguos, a los que sigue cierto número de autores modernos. A nosotros nos

parece más probable — siguiendo a la mayoría de los autores modernos — la interpretación que

refiere el ό γεννηθείς εκ του 3εου: el nacido de Dios, a Jesucristo, y el αυτόν = le (a él), al cristiano.

El Verbo encarnado, el Engendrado de Dios, protege al cristiano de todo mal. El Hijo de

Dios viene en auxilio del fiel para que éste no peque y obtenga victoria sobre el maligno que va a

nombrar. Existe, además, antítesis entre el Hijo que preserva y el maligno que quiere hacer daño.

Esta idea recuerda diversos textos joánicos en los que se habla de este modo 89. Por otra parte, el

fiel es llamado frecuentemente por San Juan ó γεγεννη μένος, pero nunca se le designa con la

expresión ó γεννηθείς 90.

Los cristianos saben — es el segundo sabemos del texto griego — que son nacidos de

Dios (V.19). Y, por lo tanto, pertenecen a Dios, forman el rebaño de Cristo, al cual el Buen Pastor

guarda con todo cuidado 91. Sin embargo, a la comunidad de los fielofe se opone el mundo

tenebroso y rebelde a Cristo, dirigido por Satanás, el príncipe de este mundo, y que incluso reside

— según el texto griego — en el mismo maligno 92. De nuevo encontramos aquí frente a frente

los dos bandos irreconciliables: Dios y el mundo-demonio, que se combaten sin descanso hasta

el fin.

Los cristiano también saben — es el tercer sabemos — que Cristo los ha salvado viniendo

al mundo y haciéndose hombre por amor a ellos. Este es un hecho histórico decisivo, que

constituye la esencia misma de la fe cristiana 93. Y Cristo, al venir al mundo, se ha dignado iluminar

nuestra mente para que conozcamos al que es Verdadero (v.20). El objeto del conocimiento

de la fe es el Verdadero, es decir, el verdadero Dios. Es ésta una expresión propia del judaismo,

empleada para poner en oposición el Dios verdadero a los dioses falsos, de los cuales va a

hablar en el v.21. Dios es el Verdadero por excelencia, porque es el principio de toda verdad. El

5442

verdadero Dios es tanto el Padre como el Hijo. El conocimiento del misterio trinitario es un conocimiento

unitivo, es una adhesión total del hombre a Dios por la fe, el amor y la sumisión a su

voluntad 94. Y esto se lleva a cabo mediante nuestra inclusión en el Verdadero, es decir, en Jesucristo.

El conocimiento (διάνοια) nuevo que Cristo nos ha dado es una aptitud especial de la inteligencia

para percibir mejor las cosas sobrenaturales. Este conocimiento no es una cosa meramente

especulativa, sino que es algo que une a Dios. Esto mismo es subrayado por el verbo

γινώσκομεν = conozcamos, que es más que saber una cosa; es entrar en comunión vital con Dios

95. Por eso, dice muy bien a continuación el apóstol: Y nosotros estamos en el Verdadero, en su

Hijo Jesucristo. Jesucristo es el único mediador entre el Padre y los hombres ^, el que da la vida

divina 97 y el que revela al Padre 98. Todo cuanto los cristianos poseen de sobrenatural se lo deben

al Hijo. Porque Cristo es amor y es vida eterna. Es la fuente de donde brota nuestra vida. El

constituye nuestra esperanza para la vida eterna. Jesucristo es la fuente de donde mana la vida de

la gracia y de la gloria. Este versículo constituye el testimonio más claro de la divinidad de Cristo.

Jesucristo es el Hijo de Dios, el Dios verdadero y la vida eterna para los creyentes.

San Juan termina su epístola poniendo en guardia a los fieles contra los ídolos (v.21), que

se oponen al culto del Verdadero, porque son engañosos. Esto parece indicar el origen pagano de

los destinatarios de la 1 Jn y los peligros que les rodeaban. La idolatría se infiltraba solapadamente

entre los cristianos sobre todo mediante el culto de los emperadores 99.En sentido metafórico,

ídolos también puede designar el paganismo, o bien los “ídolos del corazón,” que apartan al

hombre de la verdad. Más probablemente designa a los anticristos, a los apóstatas y a sus falsas

doctrinas. Estos, al mismo tiempo que negaban el culto debido a Dios, se construían fetiches,

ídolos, con los cuales se esforzaban por introducir ocultamente en el seno de la comunidad cristiana

el paganismo 100.

1 Cf. Gal 2:16; Rom i,16s; 3:22. — 2 Jn 1:12. — 3 1 Jn 2:22; 4:2.3; cf. Jn 11:27; 20:31 — 4 Cf. Jn 4:29-42. — 5 G. Spicq, o.c. p.304

nota 1. — 6 J. Chaine, o.c. p.210. — 7 1 Jn 3:15. 8 El participio de perfecto pasivo designa una cualidad adquirida una vez para

siempre y que mantiene a su sujeto en dependencia continua de Dios (cf. C. Spicq, o.c. p.304). — 9 C. Spicq, o.c. p.304. — 10 C.

Spicq, ibíd. p-30s. — 11 El όταν, en el griego Koiné, cuando va con indicativo presente o futuro, es una partícula temporal que

implica repetición: “siempre que,” “cada vez que.” San Juan también la emplea con indicativo, significando “cuando,” “en el momento

que” (Jn 7:27; Ap 4:9; 8:1). — 12 C. Spicq., o.c. p.306-307. — 13 Sap 6,18. — 14 Jn 14:15.21.23; 15:10; cf. 1 Jn 2:3-6;

3:22-24; 5:2. — 15 Mt 7:24. — 16 El concilio Tridentino, citando 1 Jn 5:3, afirma que Dios no manda cosas imposibles (ses.6 c.n

: D 804.828). Filón dice muy acertadamente: “Dios no pide nada pesado, ni complicado, ni difícil, sino absolutamente sencillo y

fácil. Es simplemente amarle a El como a un bienhechor” (De spec. /eg. 1:299). — 17 Mt 23:4; cf. Lc 11:46. — 18 Mt 11:30. Cf.

G. Lambert, Mon joug est aisé et mon fardeau léger: NRTh 77 (1955) p.963-969. — 19 Rom 7. — 20 Cf. San Agustín, De bono

viduitatis — 21 San Agustín, De bono viduitatis, ibíd. — 22 San Agustín, In Epist. I loannis tr.7:8: PL 35:2033. — 23 1 Jn2,16. 21 1

JnS,i. 24 Cf. Heb i i,33s. Cf. también Me 9:23; Ef 6:16. — 25 Jn 16:33. — 26 1 Jn 2:13-17; 4:4. — 27: PL 40:448; In Epist. I loannis

tr.7:8: PL 35:2033. — 28 Tanto la partícula δια como εν tienen valor instrumental: “por medio de,” “mediante.” :o resulta evidente

por lo que se refiere a la preposición εν; y por paralelismo también es — 29 Mt 3:17; cf. Jn 1:32-34 — 30 Mt 27:51-54. — 31

Contra Maximin. 1.2 c.22. — 32 Jn 19.34SS. — 33 Cf. I. De La Potterie, La notion de témoignage dans S. Jean: Sacra Pagina.

Miscellanea Bíblica Congressus Internationalis Catholici de Re Bíblica II (París, Gembloux, 1959) p.203. — 34 F. M. Braun, Les

Építres de S. Jean, en La Bible de Jérusalem (París 1953) P-234- Ya Tertuliano unía las diversas interpretaciones con estas palabras:

“El había venido por medio del agua y de la sangre, como había escrito Juan, a fin de ser bautizado en el agua y glorificado

por la sangre, para hacernos a nosotros de igual manera llamados en agua y escogidos en sangre. Estos dos bautismos, que El hizo

brotar de la herida de su costado llagado, los hizo brotar para que aquellos que creyeran en su sangre pudieran ser bañados en el

agua; y los que hubieran sido bañados en el agua pudieran de igual manera beber la sangre” (De Baptismo 16: PL 1, 1217). Cf. F.

J. Rodríguez Molero, o.c. p.506-507. — 35 El verbo μαρτυρούν está en presente, indicando que se trata de un testimonio constante

y actual. — 36 Cf. Jn 15:26; 16:8-10.13-15. — 37 Jn 14:1.30; 16:10.33. — 38 Jn 14:17; 15:26; 16:13; 1 Jn 4:6. Cf. I. De La

Potterie, La notion johannique de témoignage: SPag II p.205 nt. 4. La Vulgata traduce: “Quoniam Christus est veritas,” tal vez bajo

el influjo del “Ego sum veritas” de Jn 14:6. Sin embargo, la verdadera lecciones ττνεΟμα — Spiritus, atestiguada por todos los

mejores códices griegos. — 39 Mt 3:16; Jn 1:33. — 40 San Juan emplea con frecuencia μαρτυρεΐν-μαρτυρία. En la 1 Jn emplea

seis veces el verbo y otras seis el sustantivo. En el evangelio, treinta y tres y catorce respectivamente. — 41 Jn 8:18, etc. — 42 Dt

17:6; 19:15. — 43 2 Cor 13:1. — 44 Mt 18:16; Jn 8:17-18. — 45 Heb 12:24. — 46 Cf. F. M. Braun, L'eau et l'Esprit: RT 49

(1949 19-22; W. Nauck, Die Tradition und • der Charakter des i Johannesbriefes (Tübingen 1957), 2 Exkursus: “Geist, Wasser

und Blut,” P·147-182; I. De La Potterie, L'onction du chrétienpar la foi: Bi 40 (1959) 12-69. — 47 Építres de Saint Jean, en Verbum

Salutis 9 (París 1936) p.26is. — 48 Así piensan, entreoíros, J. Chaine, o.c. p.216; J. Bonsirven, o.c. p.263s; TH. Preiss, Le témoignage

intérieur du Saint-Esprit (Neuchátel 1946) etc. — 49 Cf. I. De La Potterie, La notion de témoignage dans S. Jean: SPag

II (1959) 207. — 50 Cf. Jn 3:33. — 51 Cf. Jn 1:4.14; 5:6; 17:4. — 52 Cf. Jn 3:155.36; 5:24; 6:37; 10:28; 20:31; 1 Jn 2:25; 3:14.

— 53 Jn 5:26; 6:57; cf. Act 3:15. — 54 1 Jn 4:9. — 55 1 Jn 5:17 — 56 Cf. 1 Jn 5:10. — 57 Jn 20:303. — 58 F. M. Braun, Les

5443

Epítres de S. Jean, en La Bible dejérusalem, p.236. — 59 Entre éstos, uno de los de mayor nota es R. Bultmann, Die kirchliche

Redaktion des IJohannes: In memoriam E. Lohmeyer (Stuttgart 1951) p.iSgss. — 60 Stromata 2:15: PG 8:1003. — 61 De corona.

10: PL 2:110; De pudicitia 19: PL 2:1074. — 62 Jn 21. — 63 San Juan habla en cuatro lugares de su primera epístola del tema de

la παρρησία = audacia, osadía, franqueza. Dos veces cuando habla del día del juicio (2:28; 4:17) y otras dos al hablar de la oración

(3:21; 5:14). — 64 Jn 9:31. — 65 Jn 14:13; 15:16; 16:23-26. — 66 Rom 8:26. — 67 Sant4:3. — 68 Cf. Prov 10:24; Jn 11:42. —

69 Cf. Jn 15:7; 16:23. — 70 Jn 11:41-42. — 71 Mt 21:22; Mc 11:24; Jn 16:24. — 72 Sant 5:20. — 73 El griego tiene el verbo δώσει =

dará. Pero Dios es el único que puede dar la vida, sobre todo la vida eterna. Ante esta dificultad, muchos autores modernos notan que San Juan no

habla de vida eterna, sino simplemente de vida = ζωήν, sin artículo. Lo cual significaría que por su intercesión volvería a encontrar la vida, a restaurarla

en su estado primitivo. — 74 Cf. Ex 21:14-17.23; 22:17-18; Núm 18:22. — 75 De pudicitia 2 y 19: PL 1:985.1020. — 76 Así

hablan Orígenes (Homil in Ex. 10:3: PG 12:372), San Hilario (In Ps. 140:8: PG 59:828), San Juan Grisóstomo (In Ps. 49:7: PG

55:251), San Jerónimo (Adv. lovin. 2:30: PL 23:328). — 77 Esta es la interpretación de San Agustín (De sermone Domini 1:22:73:

PL 34:1266; Retract. 1:19:7: PL 32:616) y de San Beda (PL 93:117), que ven en el pecado ad mortem el de los falsos doctores

que se separaron de la Iglesia para combatirla. — 78 Jn 15:6. — 79 Mc 3:29; Mt 12:31; Lc 12:10. — 80 Heb 6:4-8. — 81 1 Jn

1:7; 2:2', 3:5; 4:14; cf. 1 Tim 2:1. — 82 1 Jn 2:23; 5:1.12. — 83 D 167. — 84 Jn 3:6; 1 Jn 3:9. — 85 1 Jn 2:29; 3:7; 4:7- — 86 Jn

10:28; 16:33; 17:11-15. — 87 1 Jn 3:9 — 88 Existe, por lo que se refiere a esta frase, una doble lección respecto de las palabras:

γεννηθείς y γέννησιβ; αυτόν y écorróv. En cuanto al primer par, casi todos los Mss tienen γεννη3είβ· La Vulgata y dos Mss minúsculos

leen γέννηση = “generatio.” En cuanto al segundo par, BA, Vulgata, tienen ocOTÓv.que parece ser la lección original;

SAcKLP leen éccu-róv que debe de ser una corrección — en lugar de corróv con espíritu áspero, que equivale a εαυτόν —, Pues

la forma reflexiva contracta es muy rara en el griego de la Koiné (cf. F. M. ABEL, Gram-maire du grec biblique p.54; J. CHAINE,

o.c. p.221). — 89 Jn 17:12.15; Ap 3:10. — 90 J. Chaine, o.c. p.222. — 91 1 Jn 1:3.6.7. — 92 Cf. Jn 12:31; 14:30; 16:11. — 93 1

Jn 4:2; 5:6, — 94 Cf. J. Alfaro, Cognitio Dei et Christi in lo: VD 39 (1961) p.89- — 95 Cf. 1 Jn 2:3.13; 3:1; 4:6-7· — 96 1 Jn 1:3;

Jn 1:16; 14:10.23; 17.21. — 97 1 Jn 1:2; 5:11. — 98 1 Jn 5:20; Jn 1:18. — 99 Cf. Gal 5:12; 1 Cor 5:2; 10:1-7. — 100 Cf. Ap

2:14.20; 9:20; 21:8.

Segunda y Tercera Epístolas de San Juan.

Introducción.

Autenticidad y canonicidad de la 2 y 3 Jn.

La genuinidad de estas dos breves epístolas fue controvertida en la antigüedad. Y actualmente

hay bastantes críticos acatólicos que niegan la autenticidad joánica de estas dos epístolas.

Los críticos suelen atribuirlas a un cierto Juan, presbítero, contemporáneo del apóstol, el cual

posteriormente habría sido confundido con él e identificado con el discípulo amado. Esta sentencia

pugna, como veremos en seguida, con la tradición y con el testimonio de las mismas epístolas.

a) Critica interna. — En primer lugar podemos observar que la 2 y 3 Jn tienen tales semejanzas

entre sí, que todos los autores coinciden en atribuirlas a un mismo autor. Son, como

decía Holtzmann, “dos hermanas gemelas” 1. La parte inicial y final de ambas epístolas se corresponden

claramente 2. La parte central difiere, porque trata de materia diversa. En las dos epístolas,

su autor es designado con el título de el Presbítero, es decir, el Anciano. Se le debía de dar

este título o apelativo más por su autoridad extraordinaria que por su ancianidad. El Presbítero

gozaba de una gran autoridad en todas las iglesias del Asia Menor. Por eso en sus epístolas ordena,

corrige, juzga, alaba con autoridad. Y su autoridad es indiscutible entre todos los fieles. El

título de Presbítero, que implica al mismo tiempo ancianidad y sobre todo autoridad jerárquica,

corresponde perfectamente al apóstol San Juan, que era el único que quedaba del colegio apostólico

a finales del siglo I.

Hay, sin embargo, autores modernos que se sirven del título de Presbítero (6

ττρεσβύτεροβ) para negar la autenticidad apostólica de las dos epístolas, pues afirman que ese

título no convenía a un apóstol. Estas dudas tienen, en parte, su fundamento en un texto de Papías,

obispo de Hierápolis, en que se habla de un Juan presbítero distinto de San Juan Apóstol 3.

Pero el sentido normal del texto de Papías demuestra que el término πρεσβύτεροι, en plural, se

5444

refiere a los apóstoles Andrés, Pedro, Felipe, Tomás y Juan. Y la palabra ó πρεσβύτερος, en singular,

se refiere en el mismo contexto a Juan discípulo del Señor, para distinguirlo de otro discípulo

del Señor llamado Aristión. Por donde se ve que presbítero para Papías es sinónimo de

apóstol al menos en el contexto indicado. El apóstol San

Pedro, escribiendo a los presbíteros, se llama también a sí mismo copresbítero

(συμπρεσβύτεροβ) 4. Υ San Pablo se designa a sí mismo con el calificativo de anciano

(πρεσβύτης) 5. De donde se sigue que no tiene nada de anormal que a un apóstol se dé el título de

el Presbítero. Y esto se comprenderá aún mejor si tenemos presente que San Juan vivió hasta

edad muy avanzada. Tenían que llevarle a las reuniones cristianas por no poder valerse por sí

mismo. Y se hizo voz corriente entre los discípulos que no moriría antes de la venida del Señor 6,

Además, es muy propio de San Juan acudir a un circunloquio para designarse a sí mismo, como

hace en el evangelio con la expresión “el discípulo a quien Jesús amaba,” y en estas dos cartas

con el título de el Anciano. En este rasgo de modestia vio ya Dionisio de Alejandría un argumento

en favor de la unidad de autor de las dos epístolas y del evangelio 7. Por otra parte, si estas dos

cartas tan pequeñas no procedieran de Juan, probablemente no se hubieran conservado.

b) Para identificar el autor también ayudan las numerosas semejanzas de estas dos epístolas

con la 1 Jn. Casi todos los versículos de la 2 Jn tienen su paralelo en la 1 Jn 8. Las semejanzas

entre la 3 Jn y la 1 Jn son menos numerosas, lo cual es explicable si tenemos en cuenta que tratan

de materia diversa. Sin embargo, también se encuentran paralelos, y sobre todo expresiones características

del lenguaje joánico 9. También son muy numerosas las analogías y paralelismos

que presentan ambas epístolas con el cuarto evangelio 10. Las semejanzas que presentan son tantas,

que J. Chaine no teme afirmar que en estas dos epístolas “se encuentra la misma teología del

cuarto evangelio, expresada en el mismo estilo y en la misma lengua.”11

Estos argumentos internos bastante significativos, unidos a la extraordinaria autoridad de

que gozaba el Presbítero en las iglesias a las cuales se dirige, inducen muy fuertemente a pensar

que el autor es Juan el apóstol, como lo sugiere con bastante evidencia la tradición. Pues, a pesar

de la brevedad de estas dos epístolas, los testimonios de la antigüedad son bastante numerosos.

c) Testimonio de la tradición. — Los testimonios en favor de la autenticidad j canica de

las dos epístolas aparecen ya a partir de la segunda mitad del siglo n. San Policarpo (f 156), discípulo

de Juan, parece utilizar la 2 Jn 7 12. San Ireneo (f 202) cita dos veces la

2 Jn 7 y 11 como obra de San Juan Apóstol13. Clemente Alejandrino (t C-214) citada 1 Jn

51 diciendo: “Juan en su epístola mayor.” 14· Luego conocía otra u otras epístolas menores de

San Juan. Orígenes (t £-254) conoce las discusiones sobre la autenticidad de la 2 y 3 Jn 61 él las

acepta como canónicas 15. San Dionisio Alejandrino (f 265) también las acepta 16. Tertuliano (f

c.222) 17 y Prisciliano (f 0.385) 18 Se refieren a la 2 Jn 7. San Atanasio (f 373) 19, San Cirilo de

Jerusalén (f 386) 20, San Gregorio Nacianceno (t 389) 21 San Epifanio (f 403) 22, Rufino (f 410)

23, San Agustín (t 43°) 24 consideran explícitamente la 2 y 3 Jn como obra de San Juan Apóstol.

El Fragmento Muratoriano (fines del s.II) habla en plural de las epístolas de San Juan:

“in epistolis suis” (lín.28). Y en la línea 69 parece hablar de dos epístolas de Juan: “superscriptio

loannis duas in catholica habentur.” En el concilio de Cartago de 256 se alega la 2 Jn los como

una autoridad canónica25. Los concilios de Hipona de 393 Y otros dos de Cartago de 397 y de

419 colocan la 2 y 3 Jn en el canon de las Sagradas Escrituras26. También el códice Claromontanus

y el Catálogo de Mommsen contienen las tres epístolas de San Juan 27.

Sin embargo, la aceptación de la autenticidad joánica de la 2 y 3 Jn no ha estado exenta

de dudas y discusiones. Orígenes alude a las dudas sobre la autenticidad de la 2 y 3 Jn, que él no

comparte 28. Eusebio coloca las dos epístolas entre los antilegómena, es decir, entre los “escritos

5445

discutidos.” 29 También San Jerónimo se hace eco de las dudas críticas que en su tiempo se aducían

contra la 2 y 3 Jn. Sin embargo, él utiliza la 2 y 3 Jn como canónicas y escritas por el apóstol

San Juan 30. El Decreto gelasiano (año 495) las atribuye a Juan él Presbítero. San Cipriano (t

258), Teodoro de Mopsuestia (f 428) y San Juan Crisóstomo (f 407) no las utilizan. La Iglesia

siríaca las aceptó bastante tardíamente en su canon. En el siglo XVI, los protestantes volvieron a

resucitar las dudas sobre su autenticidad y canonicidad. Incluso en el campo católico hubo algunos,

como Cayetano y sobre todo Erasmo, que se hicieron eco de esas dudas.

El 8 de abril de 1546, el concilio de Trento 31 definió la canonicidad de las dos epístolas,

poniendo fin a todas las dudas de los católicos.

Ocasión y argumento de la 2 y 3 Jn.

a) Segunda epístola de San Juan. — La segunda epístola de San Juan va dirigida a la señora

Electa (Εκλεκτή κυρία) y a sus hijos (v.1). Algunos autores ven en esta señora el nombre

propio de una cristiana de alto rango. Sin embargo, la mayoría de los exegetas creen con razón

que la señora Electa designa a una iglesia del Asia Menor. Así lo insinúan ciertos indicios: el

autor sagrado unas veces le habla en singular (v.4.5.13), otras en plural (v.9.5.10.12); todos los

fieles aman a sus hijos (v.1); su hermana — otra iglesia local — se llama también Electa (v.13).

No se puede determinar cuál es la iglesia a la que se dirige San Juan. Muy probablemente

era una iglesia del Asia Menor, pues parece hablar de los mismos herejes 32 que en la 1 Jn. Y el

apóstol les dice que pronto irá a verlos 33. Dicha iglesia, en su mayoría fiel, está amenazada por

seductores que no confiesan que Jesucristo ha venido en carne (v.7). El apóstol pone en guardia

a los fieles contra este peligro, recomendándoles que mantengan la pureza, la práctica de la caridad

fraterna y la ruptura completa de las relaciones con los seductores.

b) Dimisión de la 2 Jn. — La 2 Jn viene a ser como un primer esbozo o un resumen de la

1 Jn. Se podría dividir del modo siguiente:

1. Encabezamiento (v.1-3).

2. Exhortación a la caridad fraterna y a la perseverancia en la fe (v.4-11).

3. Conclusión (v.1a-13).

c) Tercera epístola de San Juan. — Va dirigida a Gayo, hombre de confianza del apóstol y sostén

de la parte fiel del rebaño de Cristo. La 3 Jn tuvo por origen un conflicto entre el apóstol y el

jefe de una comunidad, llamado Diotrefes. Este se negaba a recibir a los predicadores itinerantes

enviados por San Juan y llegaba hasta expulsar de la comunidad a los cristianos que los recibían.

Gayo, en cambio, se ha mantenido fiel al apóstol y se ha mostrado generoso con los predicadores

de Juan. Al final de la 3 Jn 34 se habla de un tal Demetrio, seguramente uno de los predicadores

que probablemente tenía el encargo de reemplazar a Diotrefes en el gobierno de la comunidad o

bien el de instituir a Gayo jefe de esta iglesia. Las Constituciones apostolicae 35 hablan de un

Gayo obispo de Pér-gamo y de un Demetrio obispo de Filadelfia.

La insistencia de la carta sobre la verdad, por la cual trabajan Gayo, Demetrio y los misioneros

36, hace pensar en las luchas doctrinales de las que nos hablan las otras dos epístolas de

San Juan. La 3 Jn tal vez sea la primera de las tres cronológicamente, pues parece reflejar una

situación doctrinal menos peligrosa. En efecto, la separación o alejamiento de los anticristos parece

que todavía no se ha producido.

La 3 Jn es una de esas cartas de recomendación que utilizaba la propaganda misionera

desde los primeros tiempos 37.

d) Difisión de la 3 Jn. — Podemos dividirla en tres partes:

1. Encabezamiento (v.1-a).

5446

2. Felicitaciones a Gayo, y condenación de Diotrefes (v.3-12).

3. Epílogo (v.13-15).

Fecha y lugar de composición.

Por lo que se refiere a la fecha en que fueron escritas, nada sabemos de cierto. Sólo disponemos

de ciertos indicios que tal vez sirvan para determinar algo más en concreto el tiempo de

composición de estas epístolas. La 2 Jn es considerada por la mayoría de los autores como un

resumen de la 1 Jn. Por eso mismo se supone que fue escrita un poco después de la 1 Jn. De la 3

Jn ya hemos dicho que cronológicamente es probable que sea la primera, por describir una situación

menos peligrosa en la comunidad cristiana a la que se dirige. Los seudodoctores todavía no

se han alejado de la comunidad. Por lo tanto, habría que colocarlas al final del siglo I, entre los

años 95 y 100.

San Juan debió de escribir estas dos cartas en Efeso, en donde vivió los últimos años de

su vida, según nos refiere la tradición. Desde aquella ciudad, San Juan dirigía y gobernaba todas

las iglesias de aquella región.

Forma literaria de la 2 y 3 Jn.

La 2 y 3 Jn tienen de común el ser simples billetes de circunstancias. Difieren de la 1 Jn

por su brevedad y también por su forma literaria. Mientras la 1 Jn se parece un poco a una encíclica

y va dirigida a varias comunidades, la 2 y 3 Jn van destinadas a una sola iglesia y tienen

una forma epistolar muy marcada. En el encabezamiento se indica el nombre del que envía la

carta y el de los destinatarios, con los saludos correspondientes, y se terminan por una despedida.

Además, se diferencian de la 1 Jn en que no son anónimas: ambas están firmadas por el Presbítero,

que, como dejamos dicho, designa al apóstol San Juan.

1 Cf. J. Marty, Conírtbuízon a l'étude des problémes johanniques. Les petites építres 2 et 3 Jean: RevHistRel (1925) P-202. — 2 Jn 1 y

4 = 3 Jn i y 3; 2 Jn 12s = 3 Jn 1353. — 3 Véase Eusebio, Hist. Eccl. 3:39:3: FUNK, Paires Aposíoíia I 352. — 4 1 Pe 5:1. — 5

Flmg. — 6 Jn 21:23. — 7 Cf. Eusebio, Hist. Eccl 7:25:7-11. Acerca del presbítero Juan y sus relaciones con el apóstol San Juan se

puede consultar P. DE AMBROGGI: Scuol Cat 69 (1930) I 301-314-389-399· — 8 Gf. 2 Jn i = 1 Jn3,18; 2 Jn4= 1 Jn2,14;2 Jns = 1

Jn2:7; 2 Jn7 = 1 Jn4,12; 2 Jn 9 ~ 1 Jn 2:23; 2 Jn ii = 1 Jn 3:10. Se puede ver un elenco más completo en J. Chaine, o.c. p. 232-235-

— 9 Cf. 3 Jn 3 = 1 Jn i,6s; 2:11; 3 Jn 1:7 11 = 1 Jn 3:6.10.18. — 10 Cf. 2 Jn 2 =<= Jn 5:38; 6:56; 8:31; 15:4-10; 2 Jn 4 = Jn 8:12;

12:35; 10:18; 2 Jn 5 = Jn 13:34; 2 Jn 6 = Jn 15:12; 2 Jn 12 = Jn 16:24; 3 Jn 4 = Jn 15:13; 3 Jn 11 = Jn 14.95 3 Jn 12 = Jn 8:14. —

11 J. Chaine, o.c. p.235. — 12 Cf.Ad Philip. 7:1. — 13 Adv. haer. 1:16.3; 3,16:8:.P,G 7:633.927. — 14 Stromata 2:16:76: PG

8:1003. — 15 In loannem 5:3, apud Eusebio, Hist. Eccl. 6:25:7-10: PG 20:584. — 16 Cf. Eusebio, Hist. Eccl. 7:25:11: PG 20:700.

— 17 De carne Christi 24; De pudicitia 19: PL 2:1020. — 18 Líber Apologeticus 1:37. — 19 Epist. 39: De Paschate festo: PG

26:1437. — 20 Catech. 4:36: PG 33:500. — 21 Carm. 1:12:37: PG 37:474 — 22 Haer. 76:5: PG 42:562. — 23 Comm. in symb.

apost. 37: PL 21:374. — 24 De doctr. christ. 2:8: PL 34:41. — 25 PL 3:110. — 26 EB 16-20. — 27 Cf. M. J. Lagrange, Histoire

ancienne du Canon du N. T. (París 1933) p.87-92. — 28 In loan. 5:3, en Eusebio, Hist. Eccl. 6:25:7-10. — 29 Hist. Eccl. 3:25:3:

PG 20:269. — 30 De vir. ülustr. 9:18: PL 23:62388.637; Ad Paul Epist. 53:8: PL 22:548. — 31 Ses.4: Decretum de canonicis

Scripturis: EB 593. — 32 2Jn7. — 33 2Jn12. — 34 3 Jn 12. — 35 Const. Aposí. 7:46: PG : — 36 3 Jn 3-4.8.12.

Segunda Epístola de San Juan.

Capitulo Único.

Encabezamiento, 1-3.

El encabezamiento de la carta se adapta perfectamente al modelo usual de las epístolas

5447

cristianas. Esta 2 Jn sigue el modelo paulino, cambiando únicamente el título de apóstol por el de

Presbítero. La epístola va dirigida a la “señora Electa” y a sus hijos, es decir, a una iglesia del

Asia Menor.

1 El presbítero, a la señora Electa y a sus hijos, a los cuales amo en la verdad; y no

sólo yo, sino también cuantos conocen la verdad, 2 por amor de la verdad, que mora

en nosotros y con nosotros está para siempre. 3 Con vosotros sea la gracia, la misericordia

y la paz de parte de Dios Padre y de Jesucristo, Hijo del Padre, en la verdad y

en la caridad.

El autor de la 2 Jn se llama a sí mismo el Presbítero. El artículo indica que el que llevaba este

nombre era una persona bien conocida y reverenciada por los lectores: era el Presbítero, el Anciano,

por excelencia. El servirse de este seudónimo para no revelar su propio nombre es una nota

que conviene perfectamente a San Juan Apóstol, que en el cuarto evangelio siempre se designa

con el apelativo de “el discípulo a quien Jesús amaba.” Quien dice presbítero no significa que

quiera designar necesariamente un apóstol, pero tampoco lo excluye, pues San Pedro se llama a

sí mismo “copresbítero” l. En los Padres apostólicos, el título πρεσβύτερος es característico para

designar a los jefes espirituales de la comunidad (sacerdotes y a veces obispos). En esta designación

interviene mucho menos la edad que la autoridad. De igual modo, el título de el Presbítero

por excelencia dado al apóstol San Juan provenía más bien de su extraordinaria autoridad que de

su ancianidad.

San Juan escribe a la señora Electa y a sus hijos (v.1). Esta dirección constituye un título

de honor y de cortesía, que se encuentra en los papiros en el encabezamiento de cartas dirigidas a

mujeres. En la 2 Jn este título probabilísimamente no se refiere a una persona determinada, sino

que es un símbolo para designar una iglesia del Asia Menor. El significado colectivo de este apelativo

se deduce del hecho de que San Juan se dirige a esta señora tanto en singular como en plural

(v.12-13). Los hijos de esta señora son amados por todos aquellos que han conocido la verdad

(v.1-2). El precepto que ella recibe de la caridad fraterna es el precepto dado a todos los cristianos

de amarse los unos a los otros (v.5). El apóstol exhorta a los hijos de la Electa, es decir, a los

fieles, a precaverse contra los peligros de los falsos doctores (v.7.5ss). Una hermana de la Electa

es llamada también la Elegida o Electa (v.15). El apóstol San Pedro también llama a la iglesia

romana la Coelecta 2.

La personificación de Jerusalén y del pueblo de Israel bajo la figura de una mujer es frecuente

en los profetas 3. También en el Apocalipsis están personificadas las siete iglesias o comunidades

del Asia Menor 4; y la Iglesia en su totalidad está personificada en, la mujer vestida

de sol5.

El apóstol de la caridad comienza expresando el amor sincero que tiene a la señora Electa

y a sus hijos: la ama en la verdad cristiana, en Cristo6. Este amor en la verdad sería semejante al

amor en Cristo Jesús de San Pablo 7. Sería un amor auténtico, un amor santo, que une entre sí a

todos los hijos de Dios 8. San Juan les quiere decir que los ama profundamente. Se trata, por consiguiente,

de un amor propiamente divino, pero humanamente asimilado por el apóstol. Este ama

a los fieles en Dios 9, y, sin embargo, es él mismo el que ama 10. Y este amor se lo tienen todos

cuantos conocen la verdadt es decir, todos los cristianos que han llegado a conocer a Dios con un

conocimiento vital, de comunión íntima con la Verdad.

La razón profunda de este amor es la verdad que mora en nosotros (v.2). La verdad es

considerada como un huésped, o mejor, como un principio activo que permanece en el alma, como

la palabra de Dios en 1 Jn 2:14. La verdad casi personificada de que nos habla el apóstol pa5448

rece identificarse — si nos atenemos a lo que dicen algunos autores — con el Espíritu Santo, que

mora en nosotros n y es también Espíritu de verdad 12. Sin embargo, parece más probable que la

verdad de este versículo haya que identificarla con la doctrina de Cristo. Mientras que la verdad

revelada por Jesucristo permanezca en el cristiano, éste se conservará unido a Dios.

La presencia de la verdad en el fiel, o la inhabitación del Espíritu Santo, verdad divina, en

el alma del cristiano, atraerá sobre él toda clase de dones. Esos dones están resumidos en un trinomio:

gracia, misericordia y paz (v.3). La gracia no es la alegría que los griegos deseaban en el

saludo, sino la gracia en el sentido general de favor divino. La misericordia designa la disposición

benévola de Dios hacia nosotros, pobres pecadores; e implica también el perdón divino de

nuestras faltas y el auxilio que Dios otorga a los cristianos en sus necesidades espirituales y temporales.

La paz no es sólo el saludo semítico, sino que supone mucho más: implica los bienes

mesiánicos que Cristo nos vino a traer, especialmente el don de la reconciliación que Jesucristo

nos mereció con su muerte, y que el mundo no puede dar 13. Esta reconciliación con Dios confiere

al Cristiano una gran seguridad sobrenatural en medio de las pruebas de este mundo. La paz

que Cristo nos ha traído del Padre es algo que el mundo no conoce 14.

Todos estos dones nos vienen de Dios Padre y de Jesucristo, su Hijo. Esta fórmula expresa

claramente la consubstancialidad de las dos personas divinas. Por eso escribe muy bien San

Beda: “Juan. atestigua que también de Cristo, como de Dios Padre, proviene la gracia, la misericordia

y la paz, y para demostrar que es igual y co-eterno al Padre, dice que cuanto puede dar el

Padre puede darlo también el Hijo”15. Las palabras de San Juan parecen como un eco del sermón

de la última cena, en que Jesús anunciaba que El y el Padre enviarían al Espíritu Santo 16. San

Juan enseña en varios lugares que el Padre envió a su Hijo al mundo para darnos la verdad y la

vida 17 y para 'ser propiciación por nuestros pecados 18. Los dones que el Padre comunica a los

fieles por medio del Hijo crecen y se expansionan en la vida de los cristianos por el ejercicio de

la fe y de la caridad: en la verdad y en la caridad 19.

Exhortación a la caridad fraterna, 4-11.

4 Mucho me he alegrado al saber que tus hijos caminan en la verdad, conforme al

mandato que hemos recibido del Padre. 5 Ahora te ruego, señora, no como quien escribe

un precepto nuevo, sino el que desde el principio tenemos, que os améis unos a

otros; 6 y ésta es la caridad, que caminemos según sus preceptos. Y el precepto es

que andemos en caridad, según habéis oído desde el principio.7 Ahora se han levantado

en el mundo muchos seductores, que no confiesan que Jesucristo ha venido en

carne. Este es el seductor y el anticristo. 8 Guardaos, no vayáis a perder lo que

habéis trabajado, sino haced por recibir un galardón cumplido. 9 Todo el que se extravía

y no permanece en la doctrina de Cristo, no tiene a Dios; el que permanece en

la doctrina, ése tiene al Padre y al Hijo. 10 Si alguno viene a vosotros y no lleva esa

doctrina, no le recibáis en casa ni le saludéis, n pues el que le saluda comunica en sus

malas obras.

El apóstol manifiesta su alegría por haber encontrado (ευρηκα) 20, en Efeso o durante sus peregrinaciones

apostólicas, fieles de la Iglesia a la cual escribe que caminan en la verdad (v.4). San

Juan se regocija, porque la fidelidad de éstos le permite juzgar de toda la comunidad. No es un

reproche, sino más bien una alabanza. Caminar en la verdad es un hebraísmo que significa vivir

según los mandamientos 21. Esos cristianos conforman su conducta a la doctrina evangélica y al

mandato que hemos recibido del Padre (v.4) 22, que comporta la creencia en Jesucristo y la prác5449

tica de la caridad fraterna.

El precepto de la caridad fraterna no es recomendado como una cosa nueva, sino como un

recuerdo de la catequesis tradicional (v.5). Es el gran mandamiento que ellos han recibido

desde el principio de su iniciación en la religión cristiana. Las expresiones que emplea San

Juan y la doctrina son las mismas que encontramos en 1 Jn 2:7. Después de hablar en general de

caminar según los preceptos del Señor, el apóstol los resume todos en el gran precepto de la caridad

(v.6). El amor se prueba con la observancia de los preceptos. La expresión y ésta es la caridad

puede referirse al versículo precedente y a 1 Jn 5:2, en cuyo caso la caridad es el amor del

prójimo. En cambio, si tenemos presente su semejanza con 1 Jn 5:3, parece más bien referirse al

amor del cristiano hacia Dios. Tal vez se refiera a ambos, y quiera designar de un modo general

la esencia del amor, la participación de la caridad misma de Dios 23, propia de todos sus hijos, y

que constituye el alma misma de la vida cristiana 24.

“Si el amor auténtico y .religioso sé manifiesta en la fidelidad al conjunto de los preceptos

del Señor, existe un mandamiento excepcional, esencial, predominante, al cual todos los demás

se refieren, el de amar a su prójimo. San Juan repite la enseñanza de su primera epístola: es

sobre todo amando a sus hermanos como se prueba el amor que profesamos a Dios, y en primer

lugar que somos sus hijos.” 25

Lo que hace más urgente la exhortación a la caridad es la presencia de seductores en la

comunidad cristiana. Estos negaban que Jesucristo fuese el verdadero Hijo de Dios, encarnado y

muerto por los hombres (v.7) 26. Negando la encarnación, desconocían el amor que Dios había

manifestado a los hombres. Amor que es la fuente y el modelo del que nosotros hemos de profesar

a nuestros hermanos 27. San Juan considera la caridad como inseparable de la verdadera fe.

Los herejes son los mismos ya denunciados en 1 Jn y que allí llamaba seudoprofetas 28. Sin embargo,

el apóstol en su primera epístola consideraba la encarnación como un hecho acaecido en

el pasado 29; en cambio, en esta segunda epístola la considera como actual y permanente: la

unión del Verbo con la naturaleza humana es un hecho que permanece 30. Los falsos doctores

constituyen colectivamente el anticristo: Este es el seductor y el anticristo, que ya desde ahora

ejercita su influjo satánico sobre el mundo. El artículo delante de seductor y de anticristo indica

que se trata de un personaje conocido. En 1 Jn 2:18 llamaba a los seudoprofetas anticristos. Éstos

seducían lo mismo que el anticristo de 2 Jn, pues ambos representan un mismo personaje escatológico,

que ya está actuando entre los hombres por medio de sus secuaces.

El error es tan engañoso, que el apóstol exhorta a los fieles 31 a mantenerse en guardia para

no dejarse arrastrar por él. Porque en caso contrario perderían lo que han ganado con tanto trabajo

(v.8). La vida del cristiano supone trabajo y renuncia, que delante de Dios le merecerán un

gran galardón 32. Los cristianos que permanezcan fieles hasta el final en la fe recibida de los

apóstoles y no sacrifiquen absolutamente nada de ella, obtendrán una recompensa plena. Por el

contrario, el que se deja llevar por el error habrá trabajado en vano 33. El galardón cumplido es la

vida eterna, que Dios ha prometido a los que le sean fieles 34. Si la vida eterna es llamada galardón,

recompensa, salario, esto quiere significar, que los justos, por medio de las obras buenas

hechas en gracia, la pueden realmente merecer.

Ante todo, es necesario permanecer en la doctrina tradicional, es decir, en la enseñanza

dada por los apóstoles. Cuando se pretende poseer — como hacían los seudoprofetas- — una revelación

más perfecta, una gnosis más sublime, con el propósito de apartarse de la enseñanza de

la Iglesia, se demuestra que no se tiene a Dios, que no se permanece en la comunión vital con

Dios. La doctrina de Cristo (V.9) es la que Jesús predicó y confió a sus apóstoles 35, o también la

doctrina referente a Cristo, es decir, la que reconoce en Cristo al Hijo de Dios 36. En el cuarto

5450

evangelio, San Juan presenta a Cristo hablando de su doctrina 37, y a Caigas preguntando a Jesús

por su doctrina 38. El que, por el contrario, permanece en la doctrina, ése tiene al Padre y al

Hijo; o sea, está en comunión vital con el Padre y el Hijo 39. Con esta afirmación, San Juan quiere

enseñar e inculcar que la comunión vital con Dios sólo se alcanza por el Hijo 40.

En aplicación de la advertencia dada en el v.8, el apóstol establece una regla de conducta:

cuando algún predicador viene a casa de algún fiel y no confiesa que Jesús es el Hijo de Dios

encarnado y muerto por los hombres, San Juan manda al cristiano no recibirlo en casa ni saludarlo

(v.10-11). Estas severas palabras del apóstol hay que entenderlas a la luz del ambiente

oriental. Entre los orientales, el saludo no era un simple signo de urbanidad, al estilo moderno,

sino que era una señal de simpatía, : de solidaridad y de familiaridad. La hospitalidad tampoco

era un simple acto de cortesía o un medio de lucro, como sucede hoy día, sino un deber sagrado,

un acto de caridad41, una verdadera demostración de solidaridad para con el huésped. Sin embargo,

en nuestro caso, una tal demostración de simpatía y de solidaridad para con los falsos doctores

constituía un grave peligro para la fe. El contacto con ellos podía ser motivo de seducción

para los fieles. La prohibición de tener contacto con los herejes y con los falsos hermanos es bastante

común en la Iglesia primitiva 42. El mismo San Juan rehuía todo contacto con los herejes.

San Ire-neo43 narra cómo el apóstol puso en práctica dicha advertencia al encontrarse una vez

con Cerinto: “Juan, el discípulo del Señor, habiendo entrado en el baño en Efeso y habiendo visto

allí a Cerinto, diose prisa a salir de allí sin bañarse, diciendo: Huyamos, no sea que el baño se

hunda por encontrarse en él Cerinto, el enemigo de la verdad. Y el mismo Policarpo, encontrándose

un día con Marción, éste le preguntó: ¿No me reconoces? Y el Santo le respondió: Reconozco

en ti al primogénito de Satanás.” San Ignacio de Antioquía también aconseja a los cristianos

huir el contacto con los falsos maestros 44.

El que recibe y saluda a los herejes — en el sentido indicado más arriba — se hace cómplice

de sus malas obras. Se solidariza (κοινωνεί) con los males de otro, comunica en sus perversas

obras (v.11). De ahí que el apóstol se esfuerce por librar a los cristianos del peligro de contaminación

que les amenazaba.

Lo que San Juan dice de los herejes podemos extenderlo a los malos amigos, a los libros

y periódicos que constituyen un peligro para la fe y para las buenas costumbres45.

Conclusión, 12-13.

12 Mucho más tendría que escribiros, pero no he querido hacerlo con papel y tinta,

porque espero ir a vosotros y hablaros cara a cara, para que sea cumplido nuestro

gozo* 13 Te saludan los hijos de tu hermana Electa.

El apóstol explica por qué no les escribe más, aunque tendría muchas más cosas que decirles.

Pero las deja para su próxima visita, en que les podrá ver y decírselas de viva voz (v.12). Su visita

les proporcionará mayor alegría que una larga carta. El encuentro del apóstol con sus fieles

será motivo de gozo recíproco. San Pablo también deseaba ver a los romanos “para consolarse

con ellos por la mutua comunicación de nuestra común fe.” 46

San Juan concluye la carta enviando saludos a la señora Electa de parte de los hijos de su

hermana, llamada también Electa (ν.13). Los hijos representan los miembros de la iglesia — la

Electa, madre de esos fieles — desde donde escribía el apóstol, probablemente Efeso. Si San

Juan no manda su saludo personal, es porque él mismo se incluye entre los miembros de la iglesia.

5451

1 1 Pe 5:1. — 2 1 Pe 5:13. — 3 Os 2; Is 49:22; 54; Jer 4:30; 6:2; Ez 16:23, etc. — 4 Ap 2-3. — 5 Ap 12. — 6 Cf. J. Bonsirven, O.C.

p.283. — 7 Gf. Rom 16:3.7.10. — 8 Cf. 1 Jn 5:1-2. — 9 1 Jn 4:21-5:1. — 10 C. Spicq, Ágape III p.30Q- — 11 Jn 14:17; 15:26. —

12x Jn 14:17; 1 Jn 5:6. — 13 Jn 14:27. — 14 Jn 14:17; 16:33. — 15 San Beda: PL 93:121. — 16 Jn 14:26; 15:26. — 17 Jn 1:17; 1

Jns,12. — 18 1 Jn 2:2. — 19 Cf. I. De La Potterie, L'arriére-fond du théme johannique de la venté: Studia Evangélica P-285. —

20 Nácar-Colunga traduce: a? saber que (liter. es: encontré). — 21 Cf. 1 Jn i;6-7; 2:6-11. — 22 Cf. Jn 10:18; 12:49; 14:31; 15:10.

No se trata de un precepto dado individualmente en forma cíe inspiraciones interiores, sino de un mandamiento inculcado externamente

a todos IOS cristianos. ' — 23 1 Jn4:7; Jn 17:26- — 24 Jn 17:26. Cf. C. Spicq, o.c. p.510. Los críticos discuten sobre la

frase εν αύτη del final del v.6. Para unos se refiere al precepto. Y la traducción sería: “Este es el precepto, que caminéis en él”

(Vulgata, Brooke, Büchsel, De Ambroggi). Charue adopta la lección más fácil de BLP: καθώς. ίνα εν αυτή.: “Tal es el mandamiento,

que, así como habéis aprendido desde el comienzo, marchéis por él.” El sentido es excelente, pero el texto no es seguro.

Parece mejor referirse εν αΟτή = “en él,” al amor, pues estos versículos tratan del amor: “Este es el precepto., que caminéis en el

amor.” — 25- C. Spicq, o.c. p.511. — 26 Cf. 1 Jn4:2. — 27 Cf. 1 Jn 4:7.955. 28 1 Jn 4:1 — 29 1 jn 4:2. — 30 El participio presente

ερχόμενον — “que viene,” indica que San Juan considera la encarnación de Cristo como presente y actuando en la Iglesia y

en los cristianos. — 31 El plural indica que el apóstol se dirige a la comunidad. — 32 Mt 12:49; Jn 4:36. — 33 Gal 3:4; 1 Cor 15:2; cf.

Mt 10:42; Me 9:41. — 34 Cf.Jn6:27; 1 Jn 2:25. — 35 Jn 7:16; 18:19; 1 Jn 2:22. — 36 A. Charue, o.c. p.558. — 37 Jn7:16. — 38

Jn 18:19. — 39 cf. 1 Jn 2:22s;'4:2s. — 40 Cf. 1 Jn 2:23; 5:12. — 41 Cf. Rom 12:13; 1 Tim 5:10; Heb 13:1-2: 1 Pe 4,0. — 42 Cf.

Jds 23. — 43 Adv. haer. 3:3:4: PG 7:853. — 44 San Ignacio Ant., Ad Eph. 7:1; 8:1; 9:1; Ad Smirn. 4:1; 5:1; 7:2. — 45 De Ambroggi,

o.c. p.283. — 46 Rom 1:12.·

Tercera Epístola de San Juan.

Capitulo Único.

Encabezamiento, 1-2.

1 El presbítero, al amado Gayo, a quien amo en la verdad. 2 Carísimo, deseo que en

todo prosperes y goces de buena salud, así como prospera tu alma.

A diferencia de la 1 y 2 Jn, la tercera carta de San Juan muestra un carácter totalmente personal.

La dirección es la más breve de todas las epístolas del Nuevo Testamento y la que más se asemeja

a la de las cartas privadas de época greco-romana llegadas hasta nosotros. Contiene únicamente

el nombre del que escribe y el del destinatario. Como en la 2 Jn, la epístola comienza con el

título de el presbítero, autodesignación del apóstol Juan, y va dirigida al amado Gayo. No sabemos

quién era ese Gayo, porque el nombre era muy común en el ambiente greco-romano de

aquella época 1. En el Nuevo Testamento aparecen tres o cuatro personajes con ese nombre 2.

Sin embargo, el Gayo de la 3 Jn parece que no se puede identificar con ninguno de ellos. Probablemente

era un laico rico perteneciente a una iglesia del Asia Menor a la que San Juan ya había

dirigido otra carta (V.9). Esta carta tal vez haya que identificarla con la 2 Jn. Gayo había permanecido

fiel al apóstol (ν.8), sin dejarse impresionar por la actitud del ambicioso obispo local,

Diotrefes (V.9-10). Había dado generosa hospitalidad a los misioneros itinerantes enviados por

San Juan (v.s-y) Su fidelidad y generosa conducta le merecieron que el apóstol le escogiese para

transmitir a sus amigos fieles sus órdenes, aunque no debía ocupar ningún cargo eclesiástico. San

Juan lo llama cuatro veces — en una carta tan corta — amado (άγαττητός). El amor del apóstol

se funda en motivos de orden sobrenatural. Amaba a Gayo en la verdad (v.1), es decir, en Cristo.

Este amor le lleva a interesarse vivamente por su salud y prosperidad (v.2). Le desea que su situación

material y física sea tan próspera como su situación espiritual. Esto no quiere decir que

Gayo estuviese enfermo. Se trata únicamente de una fórmula epistolar frecuente en los papiros

de aquella época, que expresa el deseo de que le vaya bien a uno en sentido general.

5452

Elogio de Gayo y condenación de Diotrefes, 3-12.

3 Mucho me alegraré con la venida de los hermanos y con el testimonio de tu verdad,

es decir, de cómo andas en la verdad. 4 No hay para mí mayor alegría que oír de mis

hijos que andan en la verdad. 5 Carísimo, bien haces en todo lo que practicas con los

hermanos y aun con los peregrinos; 6 ellos hicieron el elogio de tu caridad en presencia

de la iglesia. Muy bien harás en proveerlos para su viaje de manera digna de

Dios, 7 pues por el nombre partieron sin recibir nada de los gentiles. 8 Por tanto, debemos

nosotros acogerlos para ser cooperadores de la verdad, 9 He escrito a la iglesia;

pero Diotrefes, que ambiciona la primacía entre ellos, no nos recibe. 10 Por esto,

si voy allá, le recordaré las malas obras que hace, diciendo desvergonzadamente contra

nosotros cosas falsas. No contento con esto, no recibe a los hermanos, y a los

que quieren recibirlos se lo prohibe y los echa de la iglesia. 11 Carísimo, no imites lo

malo, sino lo bueno. El que obra el bien, es de Dios; el que obra el mal, no ha visto a

Dios. 12 De Demetrio todos dan testimonio, y lo da la misma verdad, y nosotros mismos

damos testimonio, y tú sabes que nuestro testimonio es verdadero*

La fe de Gayo era viva, operosa, acompañada de la práctica de la virtud de la caridad. Su generosidad

había sido proclamada ante el apóstol por los misioneros itinerantes, que habían pasado

predicando por la comunidad a la que pertenecía Gayo (v.3). Habían narrado al apóstol que Gayo

andaba en la verdad. Expresión que significa que Gayo posee la verdadera doctrina y la realiza

en su vida. El cristiano camina en la verdad cuando profesa la doctrina ortodoxa y practica la caridad.

El apóstol ha experimentado una gran alegría al oír tales noticias, pues no hay para un padre

mayor alegría que oír de sus hijos que caminan en la verdad (v-4). San Juan emplea la expresión

hijos para designar a todos los cristianos de las iglesias a las cuales se dirige 3. También San

Pablo llamaba a Onésimo su hijo, porque lo había engendrado en la fe y tal vez lo había bautizado

4.

San Juan elogia la conducta de Gayo para con los hermanos itinerantes y forasteros (v.5).

Porque, a pesar de ser desconocidos para él y de no pertenecer a su iglesia, sin embargo, los ha

tratado con suma caridad y generosidad. Su proceder contrasta con el egoísmo y la poca generosidad

de Diotrefes. Su comportamiento es un bello testimonio de la hospitalidad cristiana primitiva

4b.

Los misioneros han dado públicamente testimonio de la caridad de Gayo en presencia de

la iglesia (v.6), o sea, durante una reunión de la comunidad, en la cual habían dado cuenta de su

peregrinación apostólica, como hacían Bernabé y Pablo 5. Los misioneros itinerantes han visto

que la generosidad de Gayo para con ellos procedía del amor divino que ardía en su alma. Gayo

caminaba por la vía de la verdad porque su conducta manifestaba una verdadera caridad6. El

amor se manifiesta con las obras. Y Gayo había atendido con premura y desvelo a los misioneros,

dándoles alimentos, albergue y todo lo necesario para el viaje.

Después de elogiarlo, San Juan pide a Gayo que continúe ejerciendo su generosa caridad.

De nuevo los hermanos van a pasar por el lugar donde habita Gayo, y el apóstol le pide que

atienda a las necesidades de los viajeros y les provea de víveres para el viaje7. Los obreros evangélicos

tienen derecho a su salario, como lo proclama el mismo Cristo 8, lo recuerda San Pablo 9

y la Iglesia primitiva lo exigía de sus fieles 10.

En el v.7 San Juan explica por qué ha de proveer generosamente a los misioneros. Los

hermanos partieron por el nombre sin recibir nada de los gentiles. La expresión, un tanto miste5453

riosa: partieron, salieron por el nombre, hay que entenderla a la luz de la costumbre judaica de

no pronunciar el nombre sagrado de Dios. Llevados de la suma reverencia que profesaban al

nombre de Yahvé, lo sustituían con otra expresión como el nombre, el cielo, la gloria, etc. Para

los cristianos, el nombre no designa únicamente a Dios, sino también, y de una manera especial,

a Dios hecho hombre, a Jesucristo, Hijo de Dios n. En el Nuevo Testamento, el nombre de Jesús

está por encima de todo nombre 12, y los apóstoles llegan hasta sufrir azotes por amor de este

nombre 13. En la segunda generación cristiana, los misioneros salían también, a imitación de los

apóstoles, a predicar la palabra de Dios. Y debían ser recibidos como el Señor, pues eran enviados

de los apóstoles y de las iglesias. Esos misioneros viajaban sin aceptar nada de los paganos,

cumpliendo a la letra la recomendación del Señor: “Gratis lo recibisteis, dadlo gratis”14. También

San Pablo y los demás apóstoles cumplían el mandato del Señor, no exigiendo nada por su predicación

15. Así podían anunciar más libremente y sin sospecha de lucro la palabra de Dios.

Por eso, San Juan, hablando en nombre de toda la Iglesia, se coloca él mismo entre los

que tienen la obligación de acoger a los predicadores de la verdad: Debemos nosotros acogerlos

para ser cooperadores de la verdad (v.8). El deber de predicar el Evangelio obliga a todos los

cristianos. Por consiguiente, los que no puedan cumplir ese deber personalmente han de ayudar

al misionero en sus necesidades especialmente materiales. En todas las épocas, los verdaderos

cristianos han sentido la necesidad de la cooperación misionera, como se puede ver en nuestros

días por las publicaciones anuales de Propaganda Fide y de los institutos misioneros 16. Jesucristo

había prometido recompensas especiales a los que acojan y ayuden a sus enviados 17.

En la iglesia a la que pertenecía Gayo hay una gran sombra, que parece oscurecer un tanto

los actos virtuosos de Gayo y de los demás fieles. Diotrefes, el obispo de aquella iglesia, no

cumple con los deberes de caridad y hospitalidad para con los misioneros itinerantes. Debía de

ser un hombre ambicioso, muy pagado de su autoridad y que no hacía caso de las advertencias

del apóstol, pues éste le había escrito ya una carta, que no había hecho efecto alguno sobre el jefe

de la comunidad. Hay bastantes autores que piensan que la carta aludida era la 2 Jn 18. Otros, por

el contrario, creen que la carta a la cual se refiere el apóstol contendría reproches contra el jefe

de la comunidad cristiana. Sería parecida a las que se leen en el Apocalipsis (2-3), si es que no

era una de ellas 19. De Diotrefes sólo sabemos lo que nos dice San Juan. Era un hombre que ambicionaba

el primer puesto entre los miembros de la iglesia. El apóstol le debió de escribir para

recomendarle los misioneros, pero no había hecho caso alguno de la carta. Diotrefes se debía de

oponer a mantener los misioneros ambulantes enviados por San Juan (V.9). Además, llegaba hasta

prohibir que se les diese hospitalidad; siendo la hospitalidad una cualidad requerida para llegar

a ser obispo 20. Y llevó su oposición hasta arrojar de la iglesia a los que, como Gayo, los recibían

en su casa. Se trata, por consiguiente, de un pastor ambicioso y egoísta, que se oponía al anciano

apóstol, el cual le amenaza con una pública amonestación si le obliga a trasladarse allá. El apóstol

no cede ante la rebelión de un subordinado. Si es necesario, irá en persona para denunciar ante

la comunidad las malas obras y palabras de Diotrefes e imponer las sanciones convenientes

(v.10). Parece que dicho personaje intrigaba, escarnecía (φλυαρεΐν) al apóstol San Juan, hablando

en contra de él a causa de su manera de proceder en los problemas misionales. No contento

con esto, se negó a recibir y ayudar a los misioneros, a lo que estaba obligado por su puesto de

obispo. Se oponía de este modo al mandato del Señor de “amarse los unos a los otros”21. E incluso

impidió la práctica de la hospitalidad a otros cristianos que deseaban recibir a los misioneros

en sus casas. Y a los que, a pesar de todo, los recibieron, los expulsó de la iglesia. Este acto de

echarlos de la iglesia no parece implicar una excomunión en sentido moderno, sino que posiblemente

les impedía la asistencia a las reuniones y asambleas de la comunidad.

5454

Un tal ejemplo podía producir mucho daño viniendo del jefe de una comunidad. Por eso,

San Juan exhorta a Gayo y a todos los buenos cristianos a seguir lo bueno y a no imitar lo malo,

aunque sea practicado por alguien que tenga autoridad. Porque el que obra el bien es de Dios, es

decir, posee en sí un germen divino, la gracia, y después la vida eterna. En cambio, el que obra el

mal no ha visto a Dios (v.11), no lo ha conocido22, no vive en comunión vital con El 23. Los árboles

se conocen por sus frutos; y del mismo modo los hijos de Dios y los del demonio se reconocen

por sus obras buenas o malas 24. Estas mismas ideas teológico-morales se encuentran en la

1 Jn 25.

En contraste con la imagen sombría de Diotrefes aparece la simpática figura de Demetrio,

que debía de ser uno de los misioneros itinerantes, tal vez el jefe de todo un grupo, o bien el portador

de la carta. De todas formas era un hombre de confianza del apóstol, como se ve por las

alabanzas que le dedica. San Juan dice a Gayo que de Demetrio todos dan buen testimonio, y lo

da la misma verdad (v.12), es decir, Dios, que se ha manifestado en Jesucristo, y el Espíritu Santo,

mediante sus carismas. Otros autores, como J. Chaine 26, creen que verdad aquí es la conformidad

de la vida con los mandamientos y la doctrina de Cristo. La verdad atestigua en favor de

Demetrio en el sentido de que basta contemplar su conducta intachable para ver que marcha por

el buen camino. Como confirmación de los testimonios anteriores, San Juan añade el suyo propio.

El apóstol predilecto gusta de apelar a la veracidad de su testimonio en los momentos más

importantes de sus escritos 27. El testimonio del viejo apóstol debía de ser de gran peso en toda la

Iglesia.

Epílogo, 13-15.

13 Muchas cosas tendría que escribirte, pero no quiero hacerlo con tinta y cálamo; 14

espero verte pronto, y hablaremos cara a cara.15 La paz sea contigo. Los amigos te

saludan. Saluda a los amigos en particular.

La conclusión de esta epístola es muy parecida a la de la 2 Jn, lo que indica que ambas salieron

de la misma mano. El apóstol afirma que muchas cosas tendrá todavía que decirle, pero como

espera ver a Gayo muy pronto, entonces podrán tratar los asuntos ampliamente (v.13-14). El viaje

al que alude el apóstol no sabemos si fue un viaje especial para reducir al rebelde Diotrefes o

bien un viaje misionero por diversas iglesias del Asia Menor.

A la manera oriental, San Juan le desea la paz, pero una paz que implica un don que el

mundo no puede dar y que proviene de la amistad y comunión con Dios 28. La expresión la paz

sea contigo era el saludo propio de los judíos. Aquí, sin embargo, está ya lleno de un profundo

significado cristiano. Jesucristo resucitado también saludaba a sus discípulos con la paz 29. Y en

la última cena, al despedirse de sus discípulos en el cenáculo, les decía: “La paz os dejo, mi paz

os doy.” 30

Como la carta no va dirigida a una comunidad, los saludos son personales. Gayo es encargado

de transmitir los saludos del apóstol a los que reconocen su autoridad. Diotrefes no le

hubiera permitido dirigirse a toda la comunidad en nombre de Juan, ni siquiera leer su carta en

presencia de la iglesia reunida. Por eso, le ruega que salude a todos los amigos nominalmente, en

particular.

1 Cf. Rom 16:23. Cf. Act 19:29; 20:4; — 2 1 Cor 1:14; Rom 16:23. — 3 Cf. 1 Jn 2:1.12.28; 3:7-18; 4:4; 1:21;2 Jn 1:4. — 4 Flm 10;

cf. 1 Cor 4:15. — 4b Para los cristianos era necesario hospedarse entre sus hermanos, como ha demostrado T. kleberg, Hotels, restaurants

et cabarets dans VAntiquité romaine (Upsala 1957)· Cf. C. W. firebaugh, The Inns ofGreece and Rome (Chicago 1928).

— 5 Act 14:27; 15:4; 21,18s. El término εκκλησία empleado aquí por San Juan conserva su sentido etimológico de asamblea, reunión

(1 Cor 14:19; Heb 2:12). San Juan la emplea solamente en su tercera epístola (v.6.9.10) y en el Apocalipsis. También San

5455

Pablo emplea con frecuencia el término εκκλησία para designar a una comunidad local. Cf. A. wikenhauser, Die Kirche ais der

Mystische Leib Christi nach dem Apostel Paulus (Münster 1937)· — 6 Cf. 2 Jni; 3 Jn 1-3. — 7 Cf. Act 15:3; 1 Cor 16:6.11; 2 Cor

1:16; Tit3,13. — 8 Lc 10:7-8. — 9 1 Cor 9:5-18; 1 Tim 5:18. — 10 Didajé 11:6; 13:1-14 — 11 Cf. 1 Jn2:12; Sant2:7. — 12

Fil2:9. — 13 Act 5:41. — 14 Mt 10:8. — 15 1 Tes 2:9; 2 Tes 3:8; 1 Cor 9:15-18; 2 Cor 11:9; 12:14. Cf. Didajé 11:6. — 16 Cf. J.

Schmidlin, Storia deile missioni cattoliche, trad. italiana (Milán 1943). — 17 Mt 10:40.42; Act 20:35. — 18 Cf. B. Bresky, Das

Verhaltnis des zweiten Johannesbriefes zum dritten (Münster 1906); H. Wendt, Zum zweiten und dritten Johannesbriefes: ZNTW

23 (1924) 18-27; DE Ambroggi, o.c. p.aSy. También hay otros autores, como Meinertz, Cornely-Merk, Hopfl-Gut, que piensan lo

mismo. — 19 Cf. A. Charue, o.c. p.s63s; J. Chaine, o.c. ρ.255§. — 20 Cf. 1 Tim 3:2; Tit 1:8. — 21 Jn 13:34-35; cf. 1 Jn 2:9; 3:11:

4:11; 2 Jn 5. — 22 Cf. 1 Jn 3:6. — 23 l Jn 3:10; 4:4; 5:19 — 24 Mt 7:17-18; Lc 3:9; 6:44. — 25 1 Jn 2:3.29; 3:1-10; 4:6-10; 5:19.

— 26 O.c. q.259. — 27 Cf. Jn 19:35; 21:24. — 28 Jn 14:27; 20:19.21.26; 2 Jn 3. — 29 Jn 20:19-26. — 30 Jn 14:27.

Epístola de San Judas.

Introducción.

Personalidad del autor.

El autor de esta epístola se presenta a sí mismo como Judas, siervo de Jesucristo, hermano

de Santiago (v.1). El nombre solo de Judas no permite una identificación precisa, pues hay

varios personajes de la Iglesia primitiva que tenían este nombre 1. En cambio, la expresión hermano

de Santiago nos hace pensar inmediatamente en Judas pariente del Señor, lo mismo que su

hermano Santiago, obispo de Jerusalén 2. El que aluda a Santiago, sin más explicaciones, para

presentarse a sus lectores, indica que dicho Santiago era bien conocido de las comunidades. Este

no podía ser otro que Santiago, obispo de Jerusalén y “hermano del Señor.” San Pablo nos habla

de él3 como de la personalidad más representativa de la iglesia de Jerusalén.

Judas, el autor de esta epístola, ¿fue apóstol? Así lo cree la tradición antigua 4, aunque no

unánimemente, la cual lo identifica con el apóstol Judas Tadeo. Se apoya en los textos de Mc

3:18 y Mt 10:3, en donde “Santiago, el de Alfeo, y Tadeo” van juntos. Lucas, en cambio, designa

a Judas apóstol con la expresión Ιούδας Ιακώβου, dándole el sentido de “Judas hermano de Santiago.”

Sin embargo, en el Nuevo Testamento, cuando se trata de parentesco expresado por un

genitivo después de un nombre, se quiere designar una relación no de fraternidad, sino de paternidad.

Judas en el Evangelio, es hijo de Santiago; por lo tanto, un individuo distinto de nuestro

Judas, hermano de Santiago. Por consiguiente, Judas autor de nuestra epístola y hermano de Santiago

es probable que no sea apóstol, como el mismo Santiago 6.

Los “hermanos del Señor” parece que no eran apóstoles, pues siempre son distinguidos,

tanto en los Evangelios7 como en los Hechos 8, de los Apóstoles. Además, en la literatura patrística

se dan fluctuaciones y dudas acerca de la identificación de Judas, principalmente en algunos

escritores de la iglesia antioquena 9. Por otra parte, la misma epístola de Judas no dice que su autor

formase parte de los Doce. Todo lo contrario, parece distinguirlo del grupo apostólico, cuya

enseñanza coloca .en .el pasado (Jds 17).-Sin embargo, aunque no fuera apóstol, su parentesco

con Jesucristo le aseguraba una altísima consideración en la Iglesia naciente.

Según una tradición antigua, dos nietos de Judas que eran simples labradores fueron llevados

ajuicio durante la persecución de Domiciano 10. La tradición le hace predicar primero en

Palestina, después en Siria, Mesopotamia, Persia, Arabia. Habría muerto en Edesa 11.

Autenticidad y canonicidad de la epístola.

La utilización de la epístola en los primeros siglos es un tanto incierta, pues los testimo5456

nios que se han querido encontrar en los escritores del siglo n no son bastante claros. Si se admite

la prioridad de la epístola de Judas sobre la 2 Pe y la dependencia de ésta respecto de aquélla,

habría que admitir que la 2 Pe es el primer testimonio en favor de San Judas. El Fragmento Muratoriano

(fin del s.u) coloca la epístola de Judas entre los escritos canónicos 12. En el siglo ni

tenemos a Tertuliano, que cita la epístola “del apóstol Judas,” considerándola como canónica 13.

Clemente Alejandrino escribió un comentario a la epístola de Judas 14. Orígenes atribuye la epístola

a Judas apóstol, la admite en el canon y la cita con frecuencia 15. Después, muchos otros Padres,

como San Atanasio, Dídimo, San Cirilo de Jerusalén, San Agustín, San Jerónimo, San Epifanio,

la consideran como canónica.

Sin embargo, hay otros escritores de esta época que rechazan su autenticidad. La objeción

más grave contra su autenticidad era la cita que hace la epístola del Libro de Henoc (Jds 14-15 =

Henoc 1:9), como nos lo dice expresamente San Jerónimo: “ludas, frater lacobi, parvam quae de

septem catholicis est epistolam reliquit; et quia de libro Enoch, qui apocryphus est, in ea assumit

testimo-nium, a plerisque reiicitur; tamen auctoritatem vetustate iam et usu meruit, et ínter sanctas

Scripturas computatur”16. Eusebio de Cesárea la coloca entre los antilegómena, es decir, entre

los escritos discutidos 17.

A pesar de estas fluctuaciones, en el siglo IV y V se multiplican los testimonios en favor

de la autenticidad de la epístola. La carta de Judas se encuentra también en todos los catálogos de

los concilios y cánones (excepto el Mommsenianus), y será admitida por todos hasta los tiempos

del protestantismo, en que vuelven a surgir las dudas. El concilio de Trento, teniendo en cuenta

la tradición, definió su canonicidad 18.

Destinatarios.

El encabezamiento de la epístola: a los amados en Dios Padre, llamados y conservados

en Jesucristo 19, es de lo más genérico y nada os dice sobre quiénes eran esos destinatarios. Algunos

autores 20 han pensado que se trataba de una epístola dirigida a toda la Iglesia Sin embargo,

el tenor del escrito indica que el autor mira a una situación bien precisa, que no puede convenir

a todas las comunidades. Los falsos doctores no se encontraban en todas las iglesias; el tenor

de los v. 17-18 se ve que hace referencia a un grupo bien determinado.

La mayoría de los autores creen que la carta fue dirigida a convertidos judío-cristianos,

como parece insinuarlo el uso intensivo del Antiguo Testamento y las alusiones a tradiciones judías

extra-bíblicas. También la referencia a Santiago se comprendería mejor en una carta

dirigida a iglesias especialmente influenciadas por el obispo de Jerusalén. Una comunidad

judío-cristiana de la región de Antioquía se adaptaría perfectamente a la índole de la epístola 21.

Otros autores, Wikenhauser, Holzmeister, Chaine, Leconte, Cantinat, sin embargo, piensan que

la epístola fue dirigida a cristianos convertidos del paganismo, sin que se pueda precisar la iglesia

a la que pertenecían. El antinomismo y los vicios impuros que tratan de introducir los falsos

doctores se comprenderían mucho mejor si se tratase de cristianos provenientes del paganismo.

Un ambiente judío, por el hecho de ser más rígido, hubiera sido impermeable a tales infiltraciones.

Además, parece que a los lectores a los cuales se dirigía les interesaban poco las vicisitudes

de la nación judía, pues nada dice de la caída de Jerusalén del año 70.

Fecha y lugar de composición.

Muchos autores sostienen que Judas escribió su epístola antes del año 70. Su estilo tiene

color semítico; sus citas de los apócrifos judíos probarían que se dirigía a los judíos. Por otra parte,

si hubiera escrito después del año 70, no hubiera dejado de aludir a la ruina de Jerusalén. No

5457

obstante, hay que procurar no exagerar el alcance de estos indicios. El estilo semitizante y las

citas de la literatura rabínica y apócrifos suponen únicamente que Judas había recibido una educación

judía. Que no diga nada sobre la ruina de Jerusalén se explicaría bien si se admite que Judas

se dirige a cristianos venidos del paganismo, los cuales se interesarían poco de lo acaecido a

los judíos.

La carta supone ya un tanto lejana la predicación de los apóstoles (v.17). El hecho de que

la epístola coloque en el pasado las predicciones de los apóstoles relativas a la venida de los

herejes 22 se explicaría perfectamente colocando su composición después del año 70, es decir,

entre el 70 y el 8o, cuando los apóstoles ya habían muerto. Creemos, por lo tanto, probable que la

epístola de Judas, en la cual se inspira la 2 Pe, fue compuesta en los últimos años de la edad

apostólica, entre el 70 y el 8p 23. El lugar de composición de la epístola nos es desconocido. Judas

debía de estar bastante lejos del país de los destinatarios, puesto que nada dice de que les irá

a visitar.

Ocasión y finalidad de la epístola.

El motivo que indujo a San Judas a escribir esta carta fue la nefasta actividad de los falsos

doctores, los cuales comenzaron a esparcir doctrinas contrarias a la fe. Judas quiere prevenir

a los fieles para que no se dejen seducir por los falsos doctores y los exhorta a conservar intacta

la fe recibida. Los adversarios combatidos por Judas parecen ser los mismos que los de la 2 Pe.

Los errores combatidos en la epístola de Judas son semejantes a los combatidos en la 2

Pe. Lo que más ha escandalizado a los cristianos son los vicios impúdicos de los falsos doctores

(v.4.8. 11.13). También les ha causado muy mala impresión el interés por el dinero y la glotonería

que manifiestan (v. 11.12.16). Por otra parte, reniegan de Cristo (v.4), desconocen su soberanía

(v.8), tratan los seres superiores con poca reverencia (v.5b.10).

Doctrina.

Orígenes dice a propósito de nuestra epístola: “Judas escribió una carta muy breve, pero

toda penetrada de divina sabiduría” 24. Aunque es uno de los escritos más breves de la Biblia,

contiene datos doctrinales de interés: Dios es único (v.25), Padre y salvador (v.1.s), poderoso

(v.25), fuente de gracia (v.4), de caridad (v.21) y de justicia vindicativa (v.5ss). Los fieles también

conocen la Trinidad (v.20-21). Jesucristo es el único Maestro y Señor (v.4). Fue enviado

por el Padre para operar nuestra salvación (v.25). Es el que habla por sus apóstoles (v.17). El

guarda a los cristianos (v.1) y tendrá piedad de ellos para que obtengan la vida eterna (v.21). El

Espíritu Santo está presente en el alma del fiel, y en él ha de ser hecha la oración (v.20) 25.

Los ángeles existen. Unos son buenos, como San Miguel (V.9); y otros malos, como el

diablo y los que han sido castigados por haber pecado (V.6.9). El cristiano ha sido llamado por

Dios. La fe constituye el fundamento de la vida cristiana (v.20). El cristiano ha de luchar por

conservarla (v.3) y no ha de separarla de la caridad (v.21). Si esto hace, recibirá la vida eterna

(v.21), para la cual está destinado (v.16). En cambio, si se deja llevar del libertinaje (v.4b. 8.10)

y del amor del dinero (v. 12.16), perderá su fe (v.4.8) y sufrirá el castigo divino (v. 4.11.145).

Judas también cree en la unidad del Antiguo y Nuevo Testamento y en el valor figurativo

de la Ley Antigua (v.5.6.7,11) 26·

Lengua y estilo.

El estilo es correcto y de estructura sencilla y regular. Es también de notable viveza y rico

5458

en imágenes. El vocabulario es variado, y se distingue por la búsqueda intencionada de palabras

poco comunes (contiene por lo menos 12 hapax legómenon), poéticas y sonoras. La gramática es

correcta y se acerca al buen griego. Emplea alguna vez el optativo, el superlativo y construcciones

participiales subordinadas. Incluso muestra que conoce expresiones clásicas. Por consiguiente,

la epístola nos manifiesta un serio conocimiento de la lengua griega, que sólo un buen judío

helenista podía poseer. Sin embargo, contiene semitismos y el tono es de tipo semítico. Por eso

la hipótesis de una colaboración redaccional no tiene nada de improbable 27.

Uso de la literatura apócrifa.

Es algo propio de esta epístola el tomar sus argumentos no sólo de la Biblia, sino también

de tradiciones judías extrabíblicas. La cita que hace del Libro de Henoc (Jds v.14-15 = Henoc

1:9; cf. Jds v.7 = Henoc 9:8; 10,11; 12:4) es explícita y no admite ninguna duda. Existen, además,

otros textos que presentan reminiscencias y paralelos con la Asunción de Moisés (Jds v.9.16

= Asunc. Moisés 5-5) Y con los Testamentos de los XII patriarcas (Jds v.6s).

Estas citas indujeron a bastantes escritores antiguos a rechazar la canonicidad de la epístola

de Judas, como nos lo dice San Jerónimo 28. Otros, en cambio, como Tertuliano y, en cierto

sentido, San Agustín 29, admitieron la inspiración de los Libros de Henoc.

Esta manera de juzgar provenía, sin duda, de una falsa noción del concepto de inspiración.

El que un autor sagrado se sirva de la literatura judía o pagana no es contrario, de ningún

modo, a la inspiración bíblica. Judas, como todo escritor, era tributario del tiempo y del ambiente

en que vivía. Sería muy difícil que al escribir no dejase traslucir — mediante verdaderas citas o

vagas reminiscencias — su conocimiento de la literatura judía. Judas no intenta hablarnos de la

autoridad de los apócrifos, sino que quiere simplemente poner de relieve la culpabilidad de los

herejes y la severidad del castigo que les espera. La expresión que emplea la epístola: “De ellos

también profetizo (έπροφήτευσεν). Henoc,” no significa que considere a Henoc como profeta. El

verbo profetizar, lo mismo que el título de profeta, puede también entenderse en sentido amplio.

San Pablo también da el título de profeta a un autor pagano: “Bien dijo de ellos su propio profeta:

Los cretenses, siempre embusteros, bestias malas y glotones.”30 Se trata de Epiménides (hacia

600 a. C.), al cual nadie jamás ha considerado como profeta, en sentido propio.

1 Cf. Me 3:19; 6:3; Act 1:13; 15:22. — 2 Cf. Me 6:3. — 3 Gal 2:9. — 4 Orígenes, Ad Rom. 5:1: PG 14:1016; De principiis III 2:1: PG

11:303; Tertuliano, Decultufem. 1:3: PL 1:1308. — 5 Lc6,16; Act 1:13. — 6 Cf. Introd. a la epístola de Santiago p.7ss. — 7 Mt

12:46-50; Me 3:31-35- — 8 Act i,14;cf. 1 Cor 9:5- — 9 Cf.RSR (1939) 335-351. — 10 Cf. Hegesipo, citado por Eusebio, Hist.

Eccl. 3:18-20:PG 20:252-3. — 11 Nicéforo, Hist. Eccl. 2:40: PG 145:863; Eusebio, Ht'st. Eccl. 1:13: PG 20:124. — 12 Cf. EB6.

— 13 Cf. Decultufem. 1:3: PL 1:1308. — 14 Cf. Eusebio, Hist. Eccl. 6:14: PG 20:549. — 15 Comm. in Mí. 10:17: PG 13:877; In

los. homil. 7:1: PG 12:857. — 16 De viris illustr. 4: PL 23:61355. — 17 Hist. Eccl. 3:25: PG 20:269. — 18 Ses.4 (8 abril 1546)

Decretum de canonicis Scripturis: EB 59. 19 Jd i. — 20 Ermoni (DB III col. 1808) y Calmes. — 21 Cf. Act 11:22ss; 15,iss. Ver

A. Charue, o.c. 0.567. — 22 Jds 18.19. — 23 Cf. R. Leconte, Les Epítres catholiques, en La Sainte Bible de Jérusalem (París

1953) P-49- — 24 In Matth 10:17: PG 13:877. — 25 Cf. Rom. 8:15.26; 1 Cor 12:3. — 26 Cf. Cantinat, o.c. p.óogs; Leconte, o.c.

p.46. — 27 Cf. R. M. DÍAZ, Epistoles catoliques, en Biblia Montserrat XXII p.148. — 28 De viris illustr. 4: PL 23:61355. — 29

De dv. Dei 15:23: PL 41470. — 30 Tit 1:12.

División de la Epístola.

La epístola, con sus veinticinco versículos, presenta los elementos esenciales de una carta,

la cual se desarrolla con un orden bastante preciso en sus dos partes principales:

1) Encabezamiento y saludo (v.1-2).

2) Ocasión de la carta (v.3-4).

3) Primera parte: los falsos doctores (v.5-16). a) El castigo que les amenaza (v.5-y). b )

5459

Sus blasfemias (v. 8 -11). c) Su perversidad (v. 12-16).

4) Segunda parte: exhortación a los fieles (v. 17-23).

a) La enseñanza de los apóstoles (v. 17-19).

b) El deber de la candad (v.20-23).

5) Doxología final (v.24-25).

Encabezamiento y saludo, 1-2.

1 Judas” siervo de Jesucristo y hermano de Santiago, a los amados en Dios Padre,

llamados y conservados en Jesucristo; 2 la misericordia, la paz y la caridad abunden

más y más en vosotros.

Judas era un nombre muy frecuente entre los judíos por haber sido el nombre del hijo principal

de Jacob. A pesar de que el autor de nuestra epístola era un pariente del Señor, sin embargo, pasa

en silencio este título tan honorífico, presentándose humildemente como siervo de Jesucristo y

hermano de Santiago, obispo de Jerusalén, muy conocido en la Iglesia primitiva. Dirige su carta

a los que Dios, en su amor, llamó a la fe y los preservó uniéndoles a Jesucristo. Los fieles han

sido el objeto de un llamamiento divino. La iniciativa de este llamamiento pertenece a la voluntad

amorosa de Dios Padre 1. Los fieles, una vez llamados, son conservados en Cristo, incorporados

a él, como los miembros del Cuerpo místico. En cambio, los herejes, los falsos doctores, se

han separado de Dios y de Cristo.

Judas desea a sus lectores una triple bendición divina: la misericordia de parte de Dios, la

paz del alma con El, tal como Cristo la había prometido a sus discípulos 2, y la caridad para con

el prójimo (v.2). Las semejanzas que presenta el saludo de Judas con el saludo de la 2 Pe 3 y con

otros escritos apostólicos parecen indicar que tales fórmulas eran frecuentes en la Iglesia primitiva.

Ocasión de la carta, 3-4.

3 Carísimos, deseando vivamente escribiros acerca de nuestra común salud, he sentido

la necesidad de hacerlo, exhortándoos a combatir por la fe, que, una vez para

siempre, ha sido dada a los santos. 4 Porque disimuladamente se han introducido algunos

impíos, ya desde antiguo señalados para esta condenación, que convierten en

lascivia la gracia de nuestro Dios y niegan al único Dueño y Señor nuestro, Jesucristo.

De estos versículos parece deducirse que Judas tenía pensado escribir una epístola general acerca

de nuestra común salud (ν.β), para exhortar a los cristianos a ser más fieles a Cristo. Pero llegaron

repentinamente noticias alarmantes sobre la actividad de los falsos doctores. Y, ante la inminencia

del peligro, escribió esta carta-epístola, que es una carta de combate y, en su mayor parte,

una diatriba contra los falsos doctores. En ella les exhorta a combatir por la fe, es decir, a luchar

por conservar intacto el conjunto de verdades dogmáticas y morales que ha sido dado a los santos

(v.3). La fe es considerada como ya transmitida de una vez para siempre. Forma ya una tradición

que no cambia, un depósito que se ha de conservar intacto4. Esto no excluye el progreso

dogmático, sino que condena toda heterodoxia. Santos designa a los cristianos.

El peligro para la fe de los lectores de Judas procede del hecho de que hombres perversos

se han ido introduciendo disimuladamente entre los fieles y siembran entre los hermanos doctrinas

subversivas con el fin de destruir su fe (v.4). San Ignacio Mártir conocía también predicado5460

res ambulantes que esparcían doctrinas contrarias a la fe, de los cuales hay que huir como de las

bestias salvajes 5. Su suerte ya está decidida desde antiguo. Están prefigurados en los severos

castigos infligidos a los impíos, de que nos habla la Sagrada Escritura. En el v.5-y recordará algunos

de estos terribles castigos. Se señalan dos inculpaciones principales contra esos falsos doctores:

abusan de la gracia de Dios y de la libertad evangélica para entregarse a la lascivia y a la

intemperancia y por su conducta inmoral niegan prácticamente la autoridad de Dios y de Jesucristo.

El autor sagrado emplea el término δεσπότης, empleado ordinariamente para designar a

Dios, atribuyéndolo a Cristo juntamente con el título de Κύριος. De donde se deduce que Judas

reconoce claramente la divinidad y el supremo dominio de Cristo.

Primera Parte: Los Falsos Doctores, v.5-16.

Para poner en guardia a los lectores contra las ideas corrosivas de los falsos doctores, les recuerda

que esos malvados no escaparán a la justicia divina. Aduce tres ejemplos famosos de castigos

que se leen en el Antiguo Testamento.

El castigo que amenaza a los falsos doctores, 5-7.

5 Quiero recordaros a vosotros que ya habéis conocido todas las cosas, cómo el Señor,

después de salvar de Egipto a su pueblo, hizo luego perecer a los incrédulos; 6 y

cómo a los ángeles que no guardaron su dignidad y abandonaron su propio domicilio,

los tiene reservados en perpetua prisión, en el orco, para el juicio del gran día. 7

Cómo Sodoma y Comorra y las ciudades vecinas, que, de igual modo que ellas,

habían fornicado, yéndose tras los vicios contra naturaleza, fueron puestas para escarmiento,

sufriendo la pena del fuego perdurable.

Judas trae a la memoria algunos ejemplos, muy conocidos ya de los cristianos, en los que Dios

infligió un severo castigo por el pecado. El primero está tomado de Núm 14:1-36, en donde se

nos dice que Dios hizo perecer en el desierto a los israelitas incrédulos, sin que pudieran llegar a

la tierra prometida. La lección que los cristianos han de sacar de este hecho 6 es que no deben

presumir de sus privilegios, ya que los israelitas, que habían sido liberados de Egipto mediante

una serie de portentosos milagros, murieron, no obstante, en el desierto a causa de su incredulidad.

Es digno de tener en cuenta que en nuestro texto, como en el de 1 Cor 10:4-9, los sucesos

del Éxodo son atribuidos a Cristo preexistente, que opera en la historia del mundo. El paralelismo

con la 1 Cor autoriza para considerar a Jesús como sujeto, aunque se prefiera la lección Señor.

El segundo ejemplo se refiere a la caída de los ángeles y al castigo que Dios les infligió

(v.6). Los ángeles habían sido creados sublimes entre todos los seres de la creación. Dios les

había encomendado el gobierno del cosmos7 y les había dado la misión de interceder por los

seres humanos 8. Pero ellos se rebelaron contra Dios, y entonces fueron arrojados del cielo, en

donde habitaban con Dios, y aherrojados en las regiones tenebrosas del infierno. En el orco tenebroso

están reservados en perpetua prisión hasta el día del juicio final, cuando los ángeles rebeldes

recibirán su sentencia definitiva. En la 2 Pe 2:4 se encuentra un pasaje paralelo. Ciertas expresiones

de Judas pueden ser esclarecidas por textos del Libro de Henoc 9, tan estimado por

nuestro autor.

El tercer ejemplo alude a la destrucción de las ciudades de la Pentápolis (v.7), que es na5461

rrada en Gen 19:455. Además de Sodoma y Comorra, la tradición había conservado el recuerdo

de otras dos ciudades, Adama y Seboím, que habían desaparecido en la misma catástrofe 10.

Acerca de la expresión τον δμοιον τρόπον τούτοις — simili modo (NÁc.-CoL.: “de igual modo

que ellas”), algunos autores (Calmes, De Bruyne, Leconte) afirman que Judas asimila la falta de

los sodomitas a la cometida por los ángeles, inspirándose en la interpretación sexual de Gen 6.

Otros autores (Chaine, Nácar-Colunga, etc.) creen que la comparación se hace entre las ciudades

secundarias de la Pentápolis y las nombradas en el texto sagrado, en cuyo caso τούτος se referiría

a los habitantes de Sodoma y Comorra. Pero también τούτοις podría hacer referencia a los falsos

doctores del v.4. A nosotros, sin embargo, nos parece más probable que Judas, influenciado por

el Libro de Henoc y la literatura apócrifa, haga referencia a la idea, muy extendida entonces, de

que ciertos ángeles habían pecado con mujeres n. Judas menciona juntamente el pecado de los

ángeles (v.6) y el de Sodoma, como lo hacen los apócrifos judíos; por ejemplo, los Testamentos

de los XII patriarcas. Los ángeles de que nos habla Gen 6:2-4 se habían aparecido en forma corporal,

como los que visitaron a Abraham y a Lot. Por eso, el pecado con las mujeres sería un pecado

contra naturaleza, por no ser los ángeles de naturaleza humana. Del mismo modo, Judas

dice que los sodomitas habían fornicado yéndose tras los vicios contra naturaleza (v.7). El autor

sagrado haría referencia aquí al hecho de que los habitantes de Sodoma, según Gen 19:1-11, quisieron

infligir un trato infame a los ángeles que habían venido a visitar a Lot. Los sodomitas quisieron

pecar con una carne que no era humana, que era diferente a su naturaleza. De ahí que Judas

hable de los vicios contra naturaleza. Sin embargo, la mayoría de los autores entienden “los

vicios contra naturaleza” de los pecados de sodomía.

Las ciudades de la Pentápolis, manchadas con tan abominables pecados, fueron terriblemente

castigadas, sufriendo la pena del fuego perdurable (v.7). Ya el Dt 29:22ss consideraba las

ruinas de estas ciudades pecadoras como tipo de los castigos reservados a los enemigos de Dios.

La región donde estaban esas ciudades está constituida por tierras improductivas, quemadas; en

donde las emanaciones bituminosas y de azufre, así como los vapores de fuentes de agua caliente,

hacen pensar en el fuego eterno 12.

Las blasfemias de los falsos doctores, 8-11.

8 También éstos, dejándose llevar de sus delirios, manchan su carne, menosprecian

la autoridad y blasfeman de las dignidades. 9 El arcángel Miguel, cuando altercaba

con el diablo contendiendo sobre el cuerpo de Moisés, no se atrevió a proferir un

juicio de blasfemia, sino que dijo: “Que el Señor te reprenda.” 10 Pero éstos blasfeman

de cuanto ignoran; y aun en lo que naturalmente, como brutos irracionales,

conocen, en eso mismo se corrompen. 11 Ay de ellos, que han seguido la senda de Caín

y se dejaron seducir del error de Balam por la recompensa y perecieron en la rebelión

de Coré!

Aquí tenemos la aplicación de los ejemplos a los falsos doctores. A pesar de los terribles castigos,

los falsos doctores se conducen del mismo modo que los grandes culpables a los cuales Dios

castigó: manchan su carne, entregándose a la lujuria más degradante, como los sodomitas; menosprecian

la soberanía y blasfeman de las glorias (v.8). Los falsos doctores rechazan la soberanía

de Cristo, nuestro Señor, no haciendo caso de sus ordenaciones y entregándose a una vida

licenciosa y a especulaciones heréticas. Además injurian a las glorias, es decir, a los ángeles, en

los que se refleja la majestad divina. Aquí, a diferencia de 2 Pe 2:10, los ángeles no son considerados

como malos, sino como buenos. La blasfemia contra los ángeles caídos no constituiría un

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grave pecado al lado de los pecados de lujuria y de rebelión contra la soberanía del Señor.

En contraste con la ultrajante conducta de los falsos doctores, está la moderación que San

Miguel muestra en su disputa con el diablo a propósito del cuerpo de Moisés (V.9). Mientras

aquéllos injurian a los ángeles buenos, el arcángel San Miguel no osa siquiera insultar al demonio.

Judas parece depender aquí del apócrifo Asunción de Moisés, según dicen expresamente

Orígenes 13 y Clemente Alejandrino 14. Sin embargo, en los fragmentos de la Asunción de Moisés

llegados hasta nosotros no se encuentra este pasaje. Las especulaciones judías posteriores sobre

la muerte de Moisés se apoyan en Dt 34:6, en donde se atribuye al mismo Yahvé el enterramiento

de Moisés. Filón atribuye a los ángeles el enterramiento de Moisés 15. La Asunción de

Moisés lo atribuye a San Miguel. Cuando es enviado por Dios para enterrar a Moisés, el diablo

se le opone. Satán reclama el cuerpo de Moisés, pues se considera señor de la materia. Una tradición

referida por Ecumenio 16 narra que el diablo se oponía a una sepultura honorable de Moisés

por considerarlo asesino, ya que había matado a un egipcio 17. La discusión con Satanás terminó

con la réplica del arcángel San Miguel: Que el Señor te reprenda. Esta especie de imprecación se

parece a aquella otra pronunciada por el ángel de Yahvé contra Satán en el libro de Zacarías 18:

“¡Que Yahvé te reprima, ¡oh Satán!; que Yahvé te reprima, pues El ha elegido a Jerusalén!”19

Los falsos doctores están en el polo opuesto de la discreción de San Miguel. Incapaces de

elevarse hasta el conocimiento del mundo espiritual y hasta las realidades de la fe, blasfeman de

cuanto ignoran (v.10). Por lo que se refiere al mundo material, aunque lo conocen, lo conocen a

la manera de las bestias irracionales; es decir, siguiendo las inclinaciones de la naturaleza corrompida,

las pasiones sensuales, que los arrastran y les causan la ruina moral y después la eterna

20.

Después los falsos doctores son comparados con tres personajes del Antiguo Testamento,

que son como los prototipos de los grandes pecadores: Caín, Balam, Coré. La idea que quiere

exponer Judas es que los falsos doctores son tan criminales como ellos. Porque imitan la conducta

homicida de Caín, matando espiritualmente a los hermanos con sus perversas doctrinas y licenciosa

vida21. Como Balam, permiten que la codicia ahogue la voz de la conciencia e incitan a

toda clase de obscenidades 22.

A ejemplo de Coré, los falsos doctores no obedecen, siguen sus propias ideas 23. Por eso,

les aguarda un terrible castigo en el fuego eterno.

Perversidad de los falsos doctores, 12-16.

12 Estos son deshonra de vuestros ágapes; banquetean con vosotros sin vergüenza,

apacentándose a sí mismos; son nubes sin agua, arrastradas por los vientos; árboles

tardíos sin fruto, dos veces muertos, desarraigados;13 olas bravas del mar, que arrojan

la espuma de sus impurezas; astros errantes, a los cuales está reservado el orco

tenebroso para siempre. 14 De ellos también profetizó el séptimo desde Adán, Henoc,

cuando dijo: “He aquí que viene el Señor con sus santas miríadas 15 para ejercer un

juicio contra todos y convencer a todos los impíos de todas las impiedades que cometieron

y de todas las crudezas que contra El hablaron los pecadores impíos.” 16 Estos

son murmuradores, querellosos, que viven según sus pasiones, cuya boca habla con

soberbia, que por interés fingen admirar a las personas.

Judas utiliza una serie de metáforas tornadas de la naturaleza para describir el deplorable estado

en que se encuentran los falsos doctores. Participan en los ágapes de la comunidad, cuando los

cristianos se reunían para comer juntamente los alimentos que llevaban como signo de unión y

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de mutuo amor 24. Pero ellos, con su conducta escandalosa y de crápula, se convertían en escollos

25 que hacían naufragar la fe de los que se reunían con ellos. Su arrogancia, su doctrina está

vacía de todo significado. Es engañosa como las nubes que prometen agua, pero que luego son

arrastradas por el viento 26. Su vida está vacía de obras virtuosas. Por eso son semejantes a los

árboles otoñales que debieran estar cargados de frutos, pero son estériles. Los falsos doctores,

considerados como desarraigados (v.1a), no forman ya parte de la comunidad. Están dos veces

muertos, porque, viviendo espiritualmente muertos antes de su conversión, han vuelto a morir a

la gracia de Cristo; o bien porque, estando muertos al presente por el pecado, han incurrido ya en

la segunda muerte, en la condenación 27.

La conducta impetuosa y obscena de estos malvados es comparada a las furiosas olas del

mar, que arrojan a la costa impurezas y fango (ν.13). Así también ellos arrojan sobre los fieles

sus vergonzosas doctrinas y pésimos ejemplos. Pretenden ser lumbreras, pero no son sino extraviados

que, al apartarse de la sana doctrina, se asemejan a una estrella fugaz que desaparece en la

oscuridad para siempre. Las estrellas o los cometas simbolizan aquí a los falsos doctores que

aparentaban ser buenos cristianos, pero que no tardaban en apartarse de Dios, y que serán arrojados

para siempre en las tinieblas del infierno. Quizá se aluda a una leyenda antigua, según la cual

los planetas habrían abandonado el puesto que tenían señalado 28.

La alusión al castigo que aguarda a los falsos doctores lleva al autor sagrado a citar un

texto del libro de Henoc, que hace referencia al castigo final de los impíos (v.14). Henoc es llamado

el séptimo patriarca desde Adán. O sea, en la serie de patriarcas antediluvianos, Henoc

ocupa el séptimo puesto (Adán, Seth, Enos, Cainan, Malaleel, Yared, Henoc). El autor sagrado

precisa de este modo para impedir que se confunda con el tercero llamado Enos 29. Además, el

número siete implica perfección, y es indicio, símbolo, de predilección del patriarca por parte de

Dios. En efecto, por el Gen 5:22-24 sabemos que “anduvo constantemente en la presencia de

Dios, y desapareció, pues se lo llevó Dios.” 30

La expresión profetizo hay que tomarla en sentido amplio y en conformidad con las costumbres

literarias apocalípticas de la época en que fue compuesto Henoc. Aunque la cita no sea

una auténtica profecía, sin embargo, contiene una doctrina verdadera. Del uso que hace Judas del

libro de Henoc no se sigue que lo haya considerado como canónico e inspirado. El texto citado es

Henoc 1:9. Chaine 31 compara varias recensiones de este texto y concluye que Judas introduce

algunas modificaciones, citando el texto de memoria. En él se describe el juicio divino como

universal, y anuncia la suerte terrible reservada a los impíos en el gran día del Señor, cuando

Cristo aparezca rodeado de sus santas miríadas, es decir, de sus ángeles 32. Entonces todo será

conocido y retribuido, no sólo las obras impías, sino también las palabras ultrajantes contra Dios

(v.15). Porque los falsos doctores cometen pecados análogos a los de Caín, Balam y Coré (cf.

v.11): son murmuradores y querellosos (v.16), descontentos siempre de su suerte, se quejan de la

Providencia, viven a su antojo, cuyo lenguaje es presuntuoso, pero que por interés condescienden

con la adulación.

Segunda parte: Exhortación a los fieles, 17-23.

La segunda parte, en claro contraste con la primera, tiene carácter exhortativo. Inculca la fidelidad

a la enseñanza de los apóstoles, y recomienda las tres virtudes teologales como medio de

conseguir la vida eterna.

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La enseñanza de los apóstoles, 17-19.

17 Pero vosotros, carísimos, acordaos de lo predicho por los apóstoles de nuestro Señor

Jesucristo. 18 Ellos os decían que a lo último del tiempo habría mofadores que se

irían tras sus impíos deseos. 19 Estos son los que fomentan las discordias; hombres

animales, sin espíritu.

Los fieles no han de admirarse de la presencia de los falsos doctores en la comunidad cristiana.

Han de recordar las palabras que los apóstoles les habían dicho acerca de esto. Sin duda que todos

los apóstoles en sus instrucciones al pueblo les habían prevenido contra los impíos que habían

de surgir (v. 17-18). El autor se expresa como si él mismo no fuera apóstol. Sin embargo, tomadas

las palabras en sentido estricto, pudieran entenderse en el sentido de que algunos apóstoles,

no todos, habían muerto 33. Con todo, creemos que este versículo de Judas, así como la ausencia

del título de apóstol en el v.1, constituye un argumento en favor de la no identificación de

Judas hermano del Señor y Judas apóstol 34.

Las enseñanzas apostólicas que recuerda Judas no son palabras escritas, sino la enseñanza

transmitida por la catequesis oral. La autoridad apostólica constituye el sólido fundamento de la

Iglesia de Cristo 35. Este versículo de Judas hace ver la importancia fundamental para la Iglesia

de la tradición apostólica, fuente de la revelación.

Una vez más el autor sagrado vuelve a mencionar a los falsos doctores, tratándoles de

fomentadores de discordias 36, de hombres animales, sin espíritu (v.18). Los falsos doctores, con

su maligna propaganda, introducen cismas y divisiones en la comunidad 37; y es posible que traten

a los demás de hombres carnales. Judas se revuelve contra su orgullosa pretensión, tratándolos

de hombres carnales, que se guían únicamente por los deseos malignos de la carne, pues son

hombres sin espíritu, es decir, no tienen en sí el Espíritu Santo, no son movidos por el Espíritu

Santo 38. Hay, sin embargo, autores que creen que aquí espíritu no se refiere al Espíritu Santo,

sino que Judas compara simplemente estos herejes a “bestias sin razón.” Por las epístolas paulinas

sabemos que psíquico se opone a pneumático, y designa a los que no son guiados por el Espíritu

Santo 39.

El deber de la caridad, 20-23.

20 Pero vosotros, carísimos, edificándoos por vuestra santísima fe, orando en el Espíritu

Santo, 21 conservaos en el amor de Dios, esperando la misericordia de nuestro

Señor Jesucristo para la vida eterna, 22 Cuanto a aquéllos, a unos reprendedlos,

pues que todavía vacilan; 23 a otros salvadlos, arrancándolos del fuego; de los otros

compadeceos con temor, execrando hasta la túnica contaminada por su carne.

Después de una última crítica contra los falsos doctores, Judas se vuelve a los fieles para indicarles

el camino que han de seguir. Les propone un programa de vida cristiana: mientras los herejes

destruyen poco a poco la Iglesia de Cristo, los verdaderos fieles han de apoyarse cada día más

firmemente en la fe. Para esto han de impetrar en la oración la ayuda del Espíritu Santo, que les

hará permanecer en el amor de Dios y les obtendrá misericordia para la vida eterna (v.20-21).

La fe es considerada como el fundamento del edificio de todas las virtudes y prácticas

cristianas. La fe de la que aquí se habla es la fe objetiva, pero la invitación a apoyarse sobre ella

mira a la fe subjetiva. Los fieles, una vez integrados en el edificio de la Iglesia, en el Cuerpo místico

de Cristo, son vivificados por el Espíritu Santo, que es el alma de la Iglesia, y los dispone

5465

para el cumplimiento de obras saludables. Estas obras se dividen en dos grupos: por una parte, la

oración en el Espíritu Santo 40; por otra, el esfuerzo ascético mediante el cual cada uno trata de

perseverar en el amor y en la gracia de Dios. Toda la vida cristiana consiste en la observancia de

los preceptos del Señor para permanecer en el amor de Cristo y del Padre41. Y el que permanece

en este amor puede esperar con alegría el juicio del Señor misericordioso. Es digno de notarse la

doctrina trinitaria de los v.20-21.

En los v.22-23 seguimos la lección larga de los códices A y Ν (S), y Vgta, que menciona

tres clases de delincuentes. El cód. B. prefiere el texto corto de dos cláusulas: “Tened de

los unos, de los que vacilan, salvadlos, arrancadlos del fuego; en cuanto a los otros, tened piedad

de ellos.” En estos versículos, el autor sagrado recomienda la prudencia caritativa para con todos.

Judas señala la conducta a seguir con los cristianos seducidos más o menos por la herejía. Distingue

tres clases: Los que vacilan como los neófitos, etc., deben ser instruidos por los que conozcan

mejor la doctrina apostólica. La segunda clase estaba en peligro más grave: habían flaqueado

ya, pero aún podían ser rescatados. Estaban envueltos en llamas, pero todavía podían ser

socorridos. Con los de la tercera clase, que son hombres manifiestamente depravados y sin esperanza

de ser salvados, han de portarse con temerosa misericordia y mantenerlos a distancia por

temor a contaminarse42.

Doxología final, 24-25.

24 A aquel que puede guardaros sin pecado y haceros ante su gloria irreprensibles

con alegría, 25 el solo Dios, salvador nuestro, por Jesucristo nuestro Señor, sea la

gloria, la magnificencia, el imperio y la potestad desde antes de los siglos, ahora y

por todos los siglos. Amén.

Judas concluye su epístola con una solemne doxología dirigida a Dios Padre, Salvador, por Jesucristo

nuestro Señor. La doxología tiene cierto aire litúrgico, ya que, como las oraciones litúrgicas

de la Iglesia, se dirige al Padre “per Christum Dominum nostrum.” El autor sagrado pone de

relieve cuatro atributos divinos en el v.25: la gloria, la magnificencia, el imperio y el poder. La

expresión, el solo Dios, o bien, el único Dios, aparece con frecuencia en boca de autores judíos y

cristianos. Por eso no parece necesario ver aquí una indicación contra los gnósticos, que admitían

diversos eones salvadores. San Pablo emplea la misma frase en su doxología de la epístola a los

Romanos 16:27.

El v.24 es importante desde el punto de vista doctrinal. San Judas afirma que sólo con el

auxilio de la gracia de Dios podrán los fieles mantenerse firmes en la fe. Dios es el único que podrá

conservarlos sin tacha y sin pecado, a fin de que puedan presentarse ante la majestad divina

totalmente irreprensibles.

1 Cf. Jn 15:16. — 2 Jn 14:27. — 3 2 Pe 1:1; cf. 1 Pe 1:1. — 4 J. Chaine, o.c. p.295. Es un cuerpo de doctrina, como en Gal 1:6-9; Rom

10:8. — 5 AdEph. 7:1; 9:1. — 6 Cf. Sal. 95.7-10 — 7 Cf. Henoc 43:2; 60:10-23:82:7-20. — 8 Gf. J. Bonsirven, Le Juda'isme palestinien

I p.231-233. — 9 6:7; 10:4-13; 13:1-2; 15:2-3. En Henoc 21,2ss se describe el pecado de los ángeles. — 10 Dt 29:22; Os

11:8. — 11 Esta idea se encuentra en Henoc 7; 9:8; 10:11; 12:4;15:4-12; 19:1-2; 69; 86; en los Jubileos 4:15.22; 9-10; enlos Testamentos

de los XII patriarcas (Rubén 5; Neftalí 3); en Josefo Flav., Anf. iud. 1:3:1; en los textos rabínicos (cf. STRACK-BILL., III

781-783), y también en muchos Padres, como San Cipriano (De habitu virginum 14), San Ambrosio (Apología prophetae David

1:4). Cf. J. CHAINE, o.c. p.304; A. Robert, Les fus de Dieu et les filies de l'homme: RB (1895) 348-366; A. Dubarle, Lepéchédesangesdansl'építredejude:

Mém. Chaine, p.145-148- — 12 Cf. Sab 10:7-8. — 13 De principiis 3:2:1: PG 11:303. — 14 Adumbrat.

in Epist. Iud.: PG 9:733. — 15 De vita Moisis 2:291. — 16 Jn epist. ludae: PG 119:713. — 17 Ex 2:12. — 18 3:1-2. — 19 Cf. P.

Joüon: Bíblica 6 (1925) 318-321. — 20 Cf. 2 Pe 2:12. — 21 Gen 4:7; Sab 10:3. — 22 Núm. 22:7; cf. 2 Pe 2:15. Según Josefo Flavio

(Ant.iud. 4:6:6-9), fue Balam el que aconsejó a Balac de incitar a los israelitas a la idolatría mediante las mujeres madianitas.

— 23 Núm 16. Cf. G. H. Boobyer, The Verbs injud 11: NTS 5 (1958-59) 45ss. — 24 Cf. 1 Cor 11:20s. — 25 Vg: “maculae”; Nácar-

Colunga: “deshonra.” — 26 Tal vez haya una alusión a Prov 25:14: “Nube y viento sin lluvia es el hombre que se jacta de vana liberalidad.”

— 27 Cf. 2 Pe 2:20-22; Ap 2:11; 20:6:14; 21:8. — 28 Cf. Henoc 18,14ss; 21:3. — 29 Gen 5:6. — 30 Cf. Eclo 44:16;

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Heb 11:5. — 31 O.C. p.322. — 32 Cf. Dan 7:10; Mt 25:21. Cf. J. Azpiazu, Las profecías de Henoc en San Juan: Razón y Fe 42

(1915) 17-27- — 33 Cf. 2 Pe 3:2. Es posible que Judas se refiera al testimonio primitivo y más colegial de los apóstoles. — 34 J.

Chaine, o.c. p.327. — 35 Cf. 1 Cor 3:4-7; 15:9-11; Ef 2:20; 3:5. — 36 Vg: “segregarit semetipsos”; en el griego no se encuentra el

“semetipsos.” — 37 Cf. 2 Pe 2:1. — 38 Cf. Rom 5:5; 8:11-15; 1 Cor 2:13-15; 3:16. Cf. 1 Cor 2:13-3:3; — 39 15:44-46. — 40 Cf.

Rom 8:26. — 41 Jn 15:9-10. Cf. U. Holzmeister, Compendium officiorum christianorum a S. luda 20s propositum: VD 5 (1925)

367-369. — 42 Cf. 1 Cor 5:5; 1 Tim 1:20